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Garrote y prensa


El Mundo de Andalucía
30/11/00

Una leyenda franquista asegura que cuando sus edecanes le llevaban al dictador las sentencias de muerte, en plena sobremesa, éste gustaba de anotar en el margen, junto al visto bueno, las circunstancias de la pena. Si se trataba de un militar, por ejemplo, solía beneficiarlo con el privilegio del fusilamiento, siempre más decoroso y castrense. Si de un rojo del común, lo usual era que le prescribiera el garrote vil. Pero si se trataba de un rojo ilustre o ejemplar, entonces Franco disponía en tres palabras toda una estrategia ejemplarizante: “garrote y prensa”. Garrote y prensa, suplicio y publicidad: el fascismo veía en los medios de comunicación una picota ubicua en la que infligir a la víctima la pena suplementaria de la difamación. Hoy nos horroriza de aquella maldad el hecho elemental de que la pena se agota en su ejecución, supuesto que la sentencia, precisamente por ser pública, no admite una segunda publicidad. Un ministro secuestrador, pongo por caso, tendrá que aceptar el comentario público de su sentencia, pero no puede ser objeto de una campaña de difamación suplementaria sólo porque algún extremista crea que la divulgación de su crimen contribuye al orden. En un marco democrático sólo el juez impone penas y fuera de éstas no hay sanción justificable contra el reo. Eso es así en España, por supuesto, y en consecuencia, también en Castilla-La Mancha.

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La audacia de Bono al presentar una ley que permita a la Administración, quizá también a la sociedad, poner en la picota a los maltratadores es un gesto demagógico porque ningún Parlamento autonómico puede legislar sobre derechos de ésa índole y menos establecer diferencias entre el derecho de sus ciudadanos y el de otras comunidades. Pero a esta obviedad hay que añadir la principal ya comentada: que nadie puede añadir a una pena sanciones distintas de las que dispone la sentencia. Ni entro en los efectos que podrían derivarse de un error judicial o de un exceso ciudadano. Pero sí hay que decir que, de producirse ese último supuesto, el maltratador habría de pasarle la factura a quien lo ha puesto al alcance de su agresor. Salvadas las distancias, hay que protestar que Pepes Rey son lo que sobran en este país furtivo que hasta reclama ya galgos para que le levanten las liebres de su vindicta. Aparte, ya digo, está el absurdo de que un malnacido podría ver su nombre en los carteles por lo que hizo en Ciudad Real pero no por lo que perpetró en Málaga. ¿Tiene esto sentido? Lo que lo tiene, entero y pleno, es que Bono no andaría por estos légamos de haber ganado el Congreso que perdió.


La foto olvidada


El Mundo de Andalucía
29/11/00

¡Qué paliza indignante! ¡Y en la puerta del Congreso! Veo esas imágenes en tv y no doy crédito. ¡Parece que salen de alguno de los reportajes retrospectivos de esta temporada de memorias encantadas! Unos jóvenes sentados en la escalinata, acogidos a sagrado bajo la sombra de los leones de la libertad, apaleados brutalmente por una policía absolutamente asilvestrada. ¿Cómo entender tanto tiento con la canalla que en las calles de Euskadi grita “gora ETA” y tilda de “asesinos” a los manifestantes antiterror, y tanta violencia con un puñado de inofensivos pacifistas? Lo ignoro, pero justo es insistir en lo de pacifistas y recordar que lo que reclamaban esos jóvenes era algo que demanda hoy medio mundo, desde el papa de Roma hasta la mayoría de dirigentes occidentales, desde los premios Nobeles hasta el peatón informado: la condonación de la deuda del Tercer Mundo. ¡Y aunque fuera otra cosa, qué más daría! ¿Es posible tolerar esa violencia en una sociedad que lucha desesperademente contra la violencia? El PP, su Gobierno sobre todo, ha sacado a pasear el célebre dóberman como los anteriores lo sacaron (no nos hagan recordar ocasiones, por favor) cuando les vino en gana. ¿Es violento cuando el caso llega todo Poder? No entiendo como todavía no ha salido ese Gobierno a protestar contra semejante atropello. Pero volver a contemplar estas escenas en el superado blanco y negro de la memoria es para llorar. Incluso a la policía debería interesarle quitarse de encima un muerto como ése.

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Cabezas rotas, patadas al caído, arrastres por los pelos, botes de humo. ¡Vamos, hombre, ese roneo en San Sebastián! Quizá hay que buscar en el estupor la razón por la que el personal no se ha rebelado contra la anacrónica exhibición de violencia, pero ese silencio relativo nos deja en muy mal lugar a todos. Y en especial a los huéspedes de ese Congreso que no han dicho (apenas) esta boca es mía tras el barullo. ¿Tan difícil es averiguar quién es el bárbaro que dio semejante orden a las fuerzas y sentarlo a clasificar DNIs? Pues como no sean capaces de reaccionar, una cosa de hecho tan pequeña va a crecer como una hiedra mala en la conciencia colectiva. Cuando más necesitamos confiar en la policía, una exhibición de brutalidad como la que vimos en tv no debe tolerarse. Mayor Oreja habría muy bien mandando a los albañiles a un par de minervas que no salen en esas imágenes. Y a una docena de los que salen, claro.


El sentido común


El Mundo de Andalucía
28/11/00

Me encanta, sin dejar de ponerme los pelos como escarpias, la perspectiva de Darío Fo como alcalde de Milán. Su propuesta de sustituir “las minucias de las leyes” por el “sentido común” ni siquiera nos devuelven a una Acracia imaginaria, hecha a la medida del hombre, más “physis” que “nomos, más “natural” que “social” --que era lo que deslumbraba a muchos espíritus ingenuos desde Bakunin a Federico Urales--, sino que nos aboca, a una jungla tan tentadora como inquietante. Aparte de que a ver qué es eso del “sentido común”, ¡a buenas horas!, en medio de este mundo en caída libre. La idea (los anarquistas la escribían siempre con mayúscula, “la Idea”) de que lo que emputece al hombre es la ley esconde no una mentira sino algo peor: un error. Y su equidistante, el concepto que proclama el carácter salvífico de la “Naturaleza”, un gran camelo. Esta misma mañana leo que los rousseaunianos “buenos salvajes” de este planeta han mutilado genitalmente a 130 millones de mujeres, incluyendo las que infibulan los sábados en la “banlieu” de Paris. Claro que también me entero de que en cuestión de días Alemania prohibirá, al fin, la harina animal que ha convertido a los herbívoros en caníbales, aunque en España tendremos que esperar aún algún tiempo para ello. O de que, sólo en USA, el “síndrome del Golfo”, que el Estado se niega incluso a admitir, lleva cobradas ya 8.000 vidas y cobrará 32.000 más en los próximos años. ¡Aviados vamos con la “physis” y con el “nomos”!

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Insisto en mi matraca de esta temporada: ¿es de fiar el Estado? ¿Debo creer al ministro de Agricultura cuando dice que España está a salvo de las vacas locas un día antes de que en Galicia aparezca la primera? ¿O debo desconfiar de la ministra de Sanidad y la legión de consejeros autonómicos del ramo cuando sostienen que en España no hay epidemia de “legionella” justo el día antes de que el brote catalán se reproduzca en Logroño y Cáceres? Pues no sé a ciencia cierta, pero incluso después de conocer de cerca de alcaldes tan disuasorios como muchos de los que padecemos, se me abren las carnes ante la idea de ver a los maceros precediendo a ese simpático Fo que todo lo más que podría conseguir sería devolver el drama de la política a la “comedia dell’arte”. Hace ya tiempo que Coluche optó por derecho a la Presidencia francesa y, naturalmente, quedó con honra pero en la cola. Si Fo gana, de lo que único que podemos estar seguros es que se verá un ejemplar.


Revolución blanca


El Mundo de Andalucía
27/11/00

Ha dicho Bill Gates, el discutido megamillanario americano, que en los próximos 20 años toda la riqueza ahora en manos de los financieros volverá a la sociedad. Cuando Gates habla de riqueza se refiere, para hacernos una idea de la escala, a sus 60 billones de dólares (bueno, en realidad nunca sé si “billón” en yanqui quiere decir lo que en francés “milliardo” y en español (copyright: Antonio Burgos) “pellón”, o sea, mil millones del ala), pero tienen que convenir conmigo en que, montados en esos andamios, lo mismo nos da que nos da lo mismo. Si su socio, Paul Allen, que tiene 80, dedica 20 millones a una biblioteca en Seattle y 240 a un museo musical interactivo, cuatro a un jardín de Esculturas y más de once para instalar radiotelescopios con que escrutar el cielo de Hart Creek, Gates no se queda corto atizándole generosamente nada menos que 22 billones a una serie de nobles causas entre las que está la vacunación masiva de niños o ese billón de dólares que dedica a un gigantesco programa de escolarización. Bueno, quién sabe si, a este paso, no será una pasada eso del retorno de la riqueza a la sociedad. Hasta ahora la caridad ha tenido mala prensa porque se ha hecho a base de calderilla y huchas. Ya veremos qué ocurre con este álgebra mastodóntica de la que parece aflorar brumoso un nuevo sueño solidario.

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Es estupendo, en todo caso, como se mantiene el invariante humano también en este dúo revolucionario. Mientras Gates apuesta por remover este bajo mundo, Allen parece decidido a explorar el Otro en busca de nuevas utopías por las que derrapar fascinado hacia el futuro. Aunque no debe escapársenos que tan espectacular montaje sólo se entiende desde el hecho capital que es la súbita hipertrofia que la “new economy” ha hecho realidad. Es probable que la limitación de perspectiva de los clásicos modelos de cambio fuera inseparable de la estatura financiera de sus economías. Y lo es que la casi ilimitada talla del novísimo neocapitalismo -¡chavales que se agencian en pocos años billones de dólares!-- suplanta bruscamente tanto las perspectivas de acumulación como las sugestiones que propician la generosidad. Muchas cosas están cambiando por las bravas: mi sobrino Luisito me graba en conpactos vírgenes lo mismo a Jacques Brel que al Fary en los ratos que le deja libre el Derecho Civil. Sí, ya sé, una ilegalidad, pero a ver qué significa ese concepto en tanto adaptamos la moral a ese álgebra psicodélica de los nuevos billonarios.


El precio del hombre


El Mundo de Andalucía
26/11/00

Desde que el hombre es hombre (quiero decir, ser social, “zoon politikon”, ejem), una rara unanimidad lo reúne como pocas: la vida no tiene precio, un hombre vale lo que nadie tiene. Mucho más fina e irónicamente, a mi juicio, lo expresaba Malraux en “La condición humana”, aquella biblia olvidada, cuando decía (cito de memoria) que si bien una vida no vale un pimiento, no hay nada en el mundo que valga lo que una vida. Bien, toda esta retórica choca con la realidad del mercado, es decir, con el hecho de que -se mire por el cristal marxista o por el liberal-la vida humana, o más concretamente, el hombre y la mujer, tienen un precio por lo general cierto y casi siempre bajo. Papini, que era un estúpido con ramalazos geniales incluso antes de “convertirse”, escribió aquella indigna maldad que era algo más que una ironía: “Todos sabemos cual es el precio medio de una mujer en el mercado”. Y así hemos ido bandeándonos hasta que los sabios de la Unión Europea han establecido que la vida de un hombre vale (es decir, que su muerte debe costar) exactamente un millón y medio de euros. Bueno, no está mal, en fin de cuentas. Comparado con los precios que ofrece el baremo que regula las indemnizaciones de nuestros siniestros laborales, esa cifra es incluso un puntazo.

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No son sólo los terrorismos negros los que deprecian la vida. Los “blancos”, que son muchos, van también de rebajas continuas en esa oferta que, como todas, es función de la demanda. ¿Ustedes saben lo que le dan a la viuda de un minero, lo que recibe la familia de un policía asesinado, cuánto vale para la Ley que un albañil se estampe desde un andamio? O suavizando el trazo, si prefieren, ¿tienen idea de lo que vale toda una vida de trabajo a la hora de echar números de jubilación --¡a cualquier cosa le llaman “júbilo”!-o a la de valorar un miembro perdido, un brazo, pongo por caso, un ojo quizá? Yo supongo que ahora que la UE ha calculado nuestro valor real (“valor” y “precio”, nada que ver: Machado/Marx, ya saben, pero en fin) deberían subir nuestra tarifa automáticamente, oigan, que millón y medio de euros viene a ser casi un cuarto de billón de nuestras pesetas crepusculares, y ya en esas alturas del extracto de cuenta, los duelos no serían los mismos y hasta a más de uno le merecería la pena --¡qué no se hace por los hijos, esas criaturas!-quitarse el cinto, hacer el triple salto desde la grúa y matar varios pájaros de un tiro. Claro, que todavía habrá quién se eche las manos a la cabeza, ya lo verán. Cuando se acostumbra uno a lo barato ya no suele haber razón bastante para hacer que aceptemos ninguna carestía.


La mano al pecho


El Mundo de Andalucía
25/11/00

Por correo electrónico me llega desde Argentina un culto e-mail, con firma que sospecho pseudónima, y una circunstanciada conversa alrededor del restaurado “Caballero de la mano en el pecho”. Todos hemos oído ruido de sables corporativistas alrededor de ese arreglo y, en concreto, sobre los efectos de la limpieza del lienzo que ha dejado a la vista, como suele suceder, lo que no esperábamos, aparte de eliminar aquello a lo que andábamos acostumbrados. Lo que no habíamos escuchado, al menos yo, era el supuesto descubrimiento de una faz femenina en el lugar de aquella cara, tan severa, casi hipocondriaca, que atribuíamos por tradición al notario mayor don Juan de Silva, y que correspondería tal vez -ancha es Castilla para las conjeturas en estos casos-al de una dama secretísima, doña Yolanda de Castaño, marquesa de Covarrubias, a la que atribuía amores con el Greco el propio doctor Marañón, y que fuera también amiga y protectora de Quevedo. ¡Más misterio sobre ese astigmático misterio que es el Greco, pero esta vez no por obra de la sombra sino, precisamente, por un goethiano efecto de la luz! No quiero ni pensar que una limpieza a fondo del “Entierro” --frente el que tantas horas hemos pasado en Santo Tomé antes de que nos invadiera el Japón, y cuya nómina conocemos tan bien-- acabara revelándonos que aquella santa compaña no es corro de notables varonías sino un encubierto daguerrotipo de las chicas de Colsada.

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Todo cambia cuando la luz varía y el tiempo hace que varíe, de eso no hay duda. Veo estos días por doquier la foto del cuarto de siglo, foto con tapices y maceros, seria instantánea de otra España que para bien y para mal ya no es la de entonces, con un rey instalado en lugar de un príncipe inverosímil, en la que afortunadamente faltan muchos y por desgracia sobran demasiados todavía, y estudio en ella la lección del Tiempo que descubre la verdadera cara de cada cual, la de aquellos rojos que hoy no raspan ya ni la socialdemocracia, la de aquellos franquistas que ahora son demócratas de toda la vida, todas sobre un fondo popular entre indiferente y confuso, que difícilmente se reconocería a sí mismo bajo la nueva luz interna que irradia el propio lienzo de la Historia. Habría que darle un flete a ese retrato hasta desenmascararlo enteramente. Sabe Dios la de marquesas ocultas que se acogen en él al sagrado de las apariencias.


Los puentes


El Mundo de Andalucía
24/11/00

Un grupo de amigos anda empeñado en hacer una historia de la “Transición” andaluza. A ver cómo se las avían para hacer esa canasta con las cuatro cañas. Una de las cosas más difíciles de la memoria es adaptar la lente, comprender que, como insinuara Rilke, el ojo cambia a compás de las cosas. Lo recordaba ayer Albiac con una frase espléndida: “Vemos con las palabras, nunca con los ojos”. Lo llamé para recordarle otra de Apuleyo, en la “Flórida”, que venía a decir que estando Sócrates pendiente de un efebo largo rato, y como éste permaneciera en silencio, le dijo “Habla para que te vea”. Sí, inventamos palabras y acabamos por creernos su contenido. “Transición” por ejemplo. Medio mundo se ha tragado esa bola y hasta Guerra, que es tan cuco, se fue a Moscú con la pizarra por delante (¡y con Mario Conde!) para explicar aquel milagro español. Hoy, tras estos 25 años de rodaje, podemos escuchar el coro unánime que interpreta al único pensamiento proclamando el mito. Bueno está: bien está lo que bien acaba, como decía el Otro. Pero muchos nos resistimos a abdicar de la razón y, sobre todo, a entregar la memoria. En la radio me decía alguien el otro día que la “Transición” la hizo el pueblo español. Eso no se lo cree ni Marujita Díaz.

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No se trata de ponerse estupendo, pero es que esto que estamos viviendo estos días va ya de unanimidad franquista. Se anda elevando el mito a realidad, dándole carne y sangre a lo que nunca fue más que estructura y mecano. Hasta los que se desgañitaban pidiendo la “Ruptura” callan como muertos --¿lo estarán?-para entonar el salmo colectivo. Los pueblos también viven de entelequias, es cierto, y a veces es verdad que mejor que con realidades. Pero no es bueno perder la memoria, es decir, sustituir la Verdad. La “Transición” -como sugiere ingenuamente el concepto-no fue más que un deslizamiento para prolongar lo que había adaptándolo al calendario, lo que quiere decir un cambio radical para garantizar la continuidad esencial del modelo, necesidad que ya buscaban a tientas algunos franquistas que, claro, ahí siguen tan panchos. El Tiempo, “los tiempos”, han hecho más por esa transformación que aquellos pactos sacralizados. Y yo no digo que no hayamos ganado lo nuestro; lo que digo es que perdimos mucho en el trueque. Variaciones sobre un mismo tema. Aleixandre diría lo de “pasar por un puente a otro puente”. Con todos los respetos, yo también lo digo.


Música de bombo


El Mundo de Andalucía
23/11/00

Me dicen que un tal Chamorro, “Sherry batasuna” pura, crianza más que solera, iba a dar ayer una rueda de prensa en Sevilla -aquí da ya ruedas de prensa hasta el puntillero-para defender su propuesta guerra de ikurriñas andaluzas. Espero que no se lo hayan consentido sus jefes estando Ernest Lluch de cuerpo presente, pero no me extrañaría que, ya puestos, haya perpetrado su proyecto. ¿Es este Chamorro el mismo que tocaba el bombo, pon pon pon poropón pon pon, en la chirigota carnavalesca? No estoy seguro pero ciertamente su indignante salida de pata de banco lo acerca más a la cuaresma dogmática que a la catarsis carnavalesca de la inteligencia crítica. ¡Quitar la bandera española de los balcones el 4-D! Ese ganapán ha elegido mal el santo y la ocasión, a nos ser que la ocasión la haya visto en el momento caótico que traviesa un andalucismo cuya dirección -atada de pies y manos- ni autoriza al insensato ni lo deja de autorizar. Chamorro el del Bombo tiene ante sí, pues, la tarea de atronar el vacío mental del andalucismo para que el ruido nos distraiga de cuánto ocurre en sus covachuelas. Habría que darle el “cajonazo” a él y a sus cómplices mudos. Pero en la cabeza.

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Mas como las desgracias nunca vienen solas y hay más tontos que botellines de cerveza, Pacheco ha dictado también bando en Jerez disponiendo, en su media lengua disléxica, que en esa fecha se arríe la bandera de todos, con lo que la espontánea carlistada de un majara batasuno pasa alzar batallón en uno de los fuertes históricos del andalucismo. Hombre, lo lógico será que el coro de los andaluces, del que esa plebe vive a mesa y mantel, desprecie a esa chirigota como se merece que, al fin y al cabo, el carnaval queda todavía lejos, y hasta es posible que este año estos rebeldes sin causa tengan que verlo desde la acera. Eso sí, no estamos ante una anécdota insignificante: esto es una irresponsabilidad peligrosa, una inculta pedrada en la vidriera colectiva andaluza cuyas variadas teselas históricas componen un genuino conjunto español. ¿Por qué guarda silencio (en público, no en privado) los dinosaurios del partido, por qué se encogen ante uno que toca el bombo y un flautista tartaja de Hamelin que apenas congrega tras él cuatro ratas? Eso que lo contesten ellos, Ortega mismo. Si no lo hacen, merecerían que les caigan en lo alto la pedrea de esa kale borroca inventada a medias por el chirigotero del bombo y un flautista acomplejado que no sale de las cuatro notas.


Adios al chino


El Mundo de Andalucía
22/11/00

Dos democracias atrapadas simultáneamente en sus escrutinios constituyen un síntoma además de un escándalo. Razón: que lo que descubren esos atascos es el fraude. Nadie se plantea siquiera el de Perú: la peripecia de Montesinos y el propio talante del Chino no permiten dudas acerca del pucherazo, que no es el primero, además. Lo de USA es más grave, pero la negativa de los republicanos a que se recuenten los votos declara ese fraude tanto como el empeño de los demócratas en que así se proceda. Seamos, claros: hasta antier pocos hubieran admitido la posibilidad de un fraude electoral en USA. Por eso precisamente su descubrimiento ha sido tan desconcertante, y por eso incluso los eventuales perdedores andan cavilando sobre la conveniencia de tragarse las actas trajinadas por el hermano chico de los Bush, que siempre será mejor -piensan ellos-que joder el Sistema para los restos. No sé, lo dudo. Tanto en Lima como en Washington se ha demostrado que la democracia actual tiene trampa. Si hay algo asombroso en todo ello es que lleven medio mes sin saber cómo salir del lío. Estando todos de acuerdo en la cuestión de fondo, el incendio del templo parece más propio de Erostrato que de esos dos pardillos.

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Muchas han sido las aproximaciones al tema del fraude democrático en aquella democracia supuestamente perfecta. Por ahí anduvo un bestseller que probaba que el triunfo de Kennedy --¡sólo cien mil votos sobre Nixon!-tenía no poco que ver con las maniobras de la Mafia con la que los Kennedy, como es archisabido, mantuvieron siempre excelentes relaciones. Cuando Johnson entró al Poder por la portezuela falsa de un avión en vuelo, resultó aún menos difícil relacionarlo con el extraño magnicidio, casi con toda seguridad (ver Norman Mailer, por ejemplo) manejado por aquella organización. Y nadie se inmutó. Si es verdad que Bob Kennedy se enfrentó a Jimmy Hoffa, ya saben cual fue, en cualquier caso, el resultado. En cuanto a Chinito, sobran conjeturas. Pero entre ambos sucesos corre un resistente hilo secreto que anuda en el mismo atadijo la realidad de que el fraude vive como parásito necesario en la democracia actual. ¡Ya nos hubiera gustado a muchos un recuento cuando el referéndum de la OTAN! Pero también entonces había mucho dinero por medio. Lo que defrauda en las urnas no son las papeletas trucadas sino los doblones contantes y sonantes.


Un cuarto de siglo


El Mundo de Andalucía
21/11/00

Según los sondeos, apenas un cuatro y medio de españoles añoran hoy a Franco. Lo dudo, a no ser que se aisle ese dato en su marco de edad: el franquismo de hoy es, si acaso, memoria de los ancianos de la tribu, nostalgia de sí mismos. Lo decía mi entrañable Vázquez Montalbán: “Con Franco éramos más jóvenes”. ¡Y tanto! Pero no soy yo ni el español de enfrente quienes hemos madurado o tal vez envejecido, es España la que ha crecido en el tiempo y ha madurado en su era. Tras leer maniáticamente durante años la inmensa (y generalmente banal literatura sobre el tema), de una cosa estoy bien cierto: Franco no es un hecho español, como pretende el providencialismo reaccionario, sino un epifenómeno europeo, un golpe de reflujo en la conmoción fascista, como sostiene la sociología política general, a todo el continente. En esa marea instintiva iban, con Franco y sus mílites africanistas, los sectores sociales asustados por la Revolución de Octubre y su amenaza internacional. Con la Iglesia a la cabeza: ahí están esas fotos de cardenales, arzobispos y obispos, además de curas a gogó, saludando brazo en alto al tirano desde Santiago a Sevilla pasando por Mardrid. El enfrentamiento, la secesión interna era cosa antigua. Lo que era nuevo era la coyuntura. Franco sin Mussolini y Hitler quizá no hubiera pasado de lo que era hasta el día antes de la rebelión: un militar brillante y taimado, monárquico, con cuatro ideas elementales bajo la gorra de plato, que fusilaba a un insuborbinado sin despeinarse pero que pedía garantías financieras para sublevarse. El franquismo es la versión española del fascismo europeo. Una simple franquicia, valga el juego de palabras.

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Aparte de ello, hubo muchos franquismos, diversas edades de la dictadura cada cual con su idiosincracia y su estilo de violencia. Pero Utrera Molina, el más ingenuo de la cuadrilla, comprende hoy que, al final, ya no creían en el Régimen ni los barandas que lo dirigían. ¡Pues claro! ¡Es que había cambiado la época, no sólo ellos! El Príncipe heredero conspiraba con don Torcuato, la CIA vigilaba atentamente, el SPD alemán sugería lideratos y enviaba dinero, mientras en el interior el PCE ganaba terreno aceleradamente al tiempo que el franquismo lo perdía. Franco, un personaje cazurro e inquietantemente vulgar, acabó fascinando a muchos como ocurre siempre con los mitos. Utrera cuenta que a él le confesó su ilusión de ser gobernador de Ciudad Real. Qué lástima que no se empeñara, joé.


Limpieza de manos


El Mundo de Andalucía
20/11/00

A propósito del Siglo de Oro, acaba de recordarnos el profesor Joseph Pérez un conocido decreto dictado en 1622 por el Conde-Duque de Olivares en el que se establecía la obligatoriedad de la declaración de bienes para los cargos públicos. El taimado valido no inventaba nada nuevo, por supuesto, porque la misma providencia se venía predicando (y supongo que incumpliendo) desde la más remota antigüedad y desde Egipto a China. En España rigió durante el Antiguo Régimen, por no hablar de las “Visitas” de inspección, un expediente aún mejor, el “juicio de residencia”, que obligaba a los políticos a rendir cuentas de su gestión y abría al perjudicado, cualquiera que fuese su condición, la puerta de un posible resarcimiento. Pero ni la ocasión de revisar fortunas ni la que prometía el control de los temidos “visitadores” logró limpiar las manos de nuestra clase política --“estamento” más bien por aquel entonces-ni amparar al común contra los desafueros. En la Biblia o en la historia de la “polis”, en el cronicón del feudo o en la oratoria romana, un poco por todas partes y en todo tiempo, reaparece ese fantasma ubicuo que es el abuso de poder y su estela de corrupciones. Olivares es uno más en la comedia. Y se llevó el manso, como es sabido, para más inri.

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Estos días ensombrece la vida andaluza, cierto que ya en tono menor y aún sordo, una leyenda de alcaldes mafiosos, concejales trincones o “cuñados” mangantes que surge de los partidos y sobre ellos recae como piedra en tejado de vidrio, para ruina de la Política, con mayúscula, y desmoralización de ciudadanos. Pero la cita de Pérez nos recuerda que ni la tragedia cívica de la corrupción ni la comedia política de sus controles son nuevos ni, probablemente, tengan remedio. Es difícil “controlar” al poder y quizá imposible garantizar esa “limpieza de manos” que todos y en todas las épocas han invocado para luego mirar hacia otro lado y dejar correr las cosas. Nuestra democracia -y nuestra autonomía-se han asentado sobre este quebradizo cimiento moral que es la convicción de inevitabilidad del agio, de la “necesidad” de la mangancia. Y esa debilidad no lo puede apuntalar una declaración de bienes en un Registro ni todos los pronunciamientos puritanos del mundo. ¿Ninguna esperanza? Quién sabe. Pero no, desde luego, mientras no veamos camino del trullo a unos cuantos indecentes de todos conocidos. Por debajo de la trifulca partidista rige una eficaz “omertà”. Marbella no es en ese panorama ninguna excepción.


Ideas en el tiempo


El Mundo de Andalucía
19/11/00

¿Sorpresa por el relativo fracaso del gran homenaje preparado para conmemorar los tres cuartos de siglo de la muerte de Pablo Iglesias? Guerra se vio medio solo en la inauguración, para empezar, con un puñado de amigos devotos. El alcalde conservador de Madrid ha reivindicado luego la memoria del mítico “educador de muchedumbres” como “un patrimonio de todos”. Pero ni gentíos, ni apreturas, ni siquiera movida mediática alrededor de esa memoria perdida. Sí, perdida, por más que desde cierta perspectiva moral y política a muchos les (nos) ofenda esa amnesia inevitable. ¿Podría ser de otra forma? Pues yo creo que no. Vivimos un momento histórico en el que se prescinde de referentes políticos y, excuso decir, morales, y en el que la desideologización es una realidad palpable y programada. ¿Cómo iba a permanecer la memoria de Iglesias si apenas queda rastro de la de Marx, de la de Engels, de la de Bakunin? ¿Sería posible para el priscocolectivismo mantenerse en pie en plena era neoliberal? Seamos serios: la figura de Pablo Iglesias es un mito que pertenece tanto a la clase trabajadora como a las clases medias urbanas y radicales, pero que siempre fue discutido y hasta negado desde la izquierda radical. Frente a la hagiografía entrañable de Juan José Morato está la dureza crítica de Anselmo Lorenzo. Y si es verdad que Iglesias acabó como “patrimonio”, si no de todos, al menos de una notable mayoría ciudadana (recuérdese su entierro), no lo es menos que desde el socialismo inconformista (incluído el anarquismo, los sindicatos revolucionarios y demás) se vio siempre con inquietud --en particular a partir de la Semana Trágica de 1909 y de las huelgas generales de 1902 y 1911-- su estrategia cautelosa y su pragmatismo. Un hombre admirable -e Iglesias lo fue, no hay duda alguna-no tiene por qué seguir siendo un mito en un mundo enteramente distinto.

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Al margen de ello, el propio PSOE que hoy lo reivindica tiene muy poco que ver ya con sus ideas. Incluso creo que si aquel “obrero honrado e inteligente” levantara la cabeza ante determinadas ocurrencias hodiernas, entregaba el carné y pedía la baja. ¿Y esperaban que se abarrotara algún salón en su memoria? ¿Quién iba a empujar en esa bulla, si aquí la ideología colectiva cabe en un papel de fumar y sobra medio para el canuto? Iglesias tiene un sitio en el panteón y la ventaja de que los mitos no se discuten. Pero como abran el sarcófago, lo saquen en procesión y le de la luz de plano, lo más probable es que su imagen estalle o se volatilice. Este PSOE debe más a Freeman que a Iglesias. Ya me dirán si no hubiera sido mejor dejarlo en su media luz al cuidado de sus devotos.


El tiempo es oro


El Mundo de Andalucía
18/11/00

¿Viven los ricos más que los pobres? Un amigo de Internet, E.T (no es broma), sostiene que sí: dice haber visto recientemente un estudio que asegura que los ricos viven ocho años cabales más que los menesterosos, y hasta añade por su cuenta, el tío, una reflexión que concluye que, al fin y al cabo, eso es lo justo. Ni entro ni salgo en esas justicias, como comprenderán. Pero se me ha venido a la cabeza el dato curioso de que, hace cosa de siglo y medio, un docto “higienista” que estudió con ahínco los problemas sanitarios del primer urbanismo en Barcelona, don José Felipe Monlau, el editor de “El Monitor de la Salud”, sostuvo, si no ando equivocado, la misma tesis: que la vida del hombre rico, estadística en mano, era por aquel entonces ocho años más larga que la del pobre hombre. ¿Casualidad? ¿Acaso una ley de bronce (o de hierro, no empecemos) de la sociofisiología, esa ciencia por explorar de la que creo que cabría esperar mucho? Lo ignoro, como tantas cosas, pero entiendo que el tema mismo, el mero hecho de que se plantee la cuestión no deja de tener ya su enjundia y su relevancia a la hora de orientar el clasismo subyacente en esta sociedad farisea que se proclama todo menos clasista. Si hay palabras que descubren, hay ideas que desnudan.

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La longevidad es función del progreso y éste cuesta dinero, eso va a misa. Resulta estremecedor, pongo por caso, asomarse a la demografía africana (aunque no sólo a ella) para ver cuan corta es la perra vida de esa humanidad sub a la que todo lo más estamos dispuestos a concederle un adarme de mala conciencia a la hora del almuerzo. La cifra de niños que no alcanzará la adolescencia al sur del Sáhara es estremecedora. La de los jóvenes que no vivirán para sufrir la vejez, ni les cuento. Pero incluso aquí en el Paraíso, por lo que se ve, llevan los pobres la peor parte aunque no sé yo si esa presunta premoriencia no vendrá a ser para algunos forzados una suerte de liberación. Este tío que me escribe por el ordenata me mete en estos légamos antes de que me percate, y acabo con frecuencia metido en filosofías, que es una cosa que, por prurito sociologista, supongo, me jode una barbaridad. Pero ya puestos constaten conmigo que, de ser cierto el asunto, sería preocupante esa complicidad entre naturaleza y sociedad, ese complot mayúsculo que habría logrado introducir la desigualdad hasta en la víscera humana. ¡Aviados vamos, E.T., como se enteren los buitres de los seguros!


El menú amenazado


El Mundo de Andalucía
17/11/00

En Francia anda el patio revuelto con el lío de las vacas locas. Vamos, que el negocio se ha convertido en el tema político del momento en la agenda de Jospin. Aquí, ni mu. Se oyen criterios contradictorios, incluidos los interesados y los tremendistas: apocalípticos integrados que no falten. Pero la realidad es que, aunque ahora se insiste en que el vacuno español se cría aquí “con garantías oficiales” porque se compran terneros fuera de sospecha (¿) y está prohibida hace años la alimentación con harinas animales, a ver quién es el guapo que confía, a esta alturas, en el Estado. ¿No han estado cerrando los ojos durante años mientras Gran Bretaña exportaba primero carnes afectadas y luego esas harinas temibles? Pero, además, resulta que si el vacuno no come ya esos piensos, sí que se emplean en las piscifactorías y nadie dice que no se le suministre al bovino, lo que quiere decir que si huyendo de un bistec pide uno una trucha o unas chuletas de cordero puede que haya hecho de la torta un pan. ¿Alarmismo? Más bien sentido común: ¿quién se fía hoy del Poder tras la canallada del Gobierno británico con las vacas, el crimen del francés con la sangre del SIDA o la inopia del español en el pleito de la colza? Si a alguien hay que pedirle cuentas del disparate que puede acabar produciéndose, no será a los observadores. Si hay una prueba contundente de que el poder político sólo es instancia vicaria del económico, ahí están esos casos temibles.

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Que el Estado -el que sea-no esté en condiciones de controlar una catástrofe como ésta descubre una honda crisis de supeditación al sistema de capital. Ni la Thatcher ni Blair han sido capaces de enfrentarse a los ganaderos ingleses como, a niveles enteramente diferentes, Aznar es incapaz de plantarse ante las petroleras. Pero esa falla, más allá de la tentación teórica general, debe enfocarse desde la perspectiva pragmática de la micropolítica. Dejen que los políticos desdramaticen cuanto quieran, pero lean los dossier sobre el tema (recomiendo de de “Libération”) o, simplemente, observen los regates de Jospin, para convencerse de que comer carne de vaca hoy comporta un riesgo mayor o menor, pero un riesgo. Lo malo es que a saber qué ocurre con el pescado de factoría, el cordero que no sea pastueño (¿y cómo saberlo?) o la lasaña precocinada que suele uno tener en la despensa para un desavío. Ampliemos esa escama a las frutas y verduras mal tratadas y tendríamos por delante un riguroso e impredecible ramadán.


Arqueología y terror


El Mundo de Andalucía
16/11/00

Parece un escarnio más que una paradoja, pero la pregunta sobre cual es la “razón” posible de la “causa vasca” no admite más que respuestas banales. Fuera de la retórica de los furrieles (militares y civiles) del vaquismo no hay hoy día, aunque haya podido haberlas en algún momento histórico, ni Razón ni razones que justifiquen la tensión y menos la barbarie. No vamos a estar toda la vida remitiendo a la obra de Juaristi o a la del propio Elorza porque la realidad salta tanto a la vista que no es preciso apadrinarla. Hace poco hemos asistido al desmantelamiento del mito celta en el sentido de que aquella raza y culturas procederían de Europa central y no de las regiones occidentales (Irlanda, Galicia, Bretaña o la Provenza) que han hecho del muérdago su símbolo y del mito la base de su “razón” política. Un celtista supino como Jean Markale ya nos había advertido sobre el riesgo epistemológico de estas historias sentimentales: “los celtas han pensado míticamente su historia” y por eso lo que “más nos choca de esa tradición es el rechazo a disociar el mito y la historia”, pero han debido ser los arqueólogos quienes descubran el pufo. Aquí, ni descubriéndolo luminosamente ha cesado el fuego. Me temo que hay demasiado pistolero a sueldo en esa aldea como para desmontar el tinglado.

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No sólo Markale han explicado cuánto le debe al terror la conservación de esos mitos. Otros autores -incluso el dudoso Eliade de postguerra-convienen en que el terror es el prerrequisito de la “construcción” mítica, bien que en ocasiones no se trate de terror físico sino metafísico. Por eso un mitómano como Arzálluz declara que, en la industria nacionalista, unos menean el nogal y otros recogen las nueces. Ahora mismo, la leyenda de un fracasado en apuros como Pepe Rey está consiguiendo resultados, a mi modo de ver, muy superiores a su auténtica capacidad, pero la realidad es que esa leyenda ha conseguido aterrar a mucha gente que lo eleva, míticamente también, a “garganta profunda” de la banda etarra cuando todo indica que no es más que un malvado majareta al que está demostrado que desprecian los propios terroristas y sus cómplices de paisano. Peor fue lo de Arzálluz señalándole a los pistoleros las nucas de Isabel Sansebastián y Carlos Herrera, desde luego, o lo de Otegui justificando los atentados contra periodistas por la función pública de éstos. Esta pelea no se libra sólo entre justos y bárbaros. Lo malo es que la justa de fondo enfrenta a la Razón con la más degradada irracionalidad.


Los esdrújulos


El Mundo de Andalucía
15/11/00

La democracia americana va a salir malparada, qué duda cabe, de este trance en que la han metido barberos, bachilleres y tonguistas. Eso ya no hay quien pueda disimularlo, porque salta a la vista, y cada medida que toman, peor me lo ponen, porque ¡anda que como tengan finalmente que decidir los jueces o elegir, como prevé la Constitución, un presidente provisional hasta que acabe el recuento! Aquí nos han mirado como a dementes a los que hemos sugerido con mayor o menor timidez que el referéndum de la OTAN nos lo birlaron de la misma manera que a Borrell sus “primarias”. Pero eso es agua pasada y agua pasada no mueve molino. Ahora es cosa de centrarse en lo que está pasando en América que no es simplemente una incidencia del contage sino el descubrimiento de una falla imprevista en lo que creíamos la Roca de las democracias. A ver qué sacamos en limpio de lo que, evidentemente, ha sido un manejo, un trampón a la medida del paquidermo que era, hay que reconocerlo, la fe en el Sistema que predicó Tocqueville. Nada será igual después de la jugada del pequeño de los Bush, seguro. Habrán de vestir primorosamente a esta mona, pero no han podido evitar que medio mundo (el otro es ciego) le vea el culo.

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Que, por cierto, ahora resulta que, si hemos de creer a los locutores, no se dice Florida sino Flórida. Tampoco se dice Arkansas, sino Árkansas, a ver cómo se les queda el cuerpo, que de ésta va a salir trastabillado no solo el tinglado político sino hasta en el mapa. En este aspecto, el lío del escrutinio va a servirnos, al menos, para ponernos al día en toponimia norteamericana, tal como ya los estábamos en onomástica griega tras enterarnos de que no ha de decirse Esquilo sino Ésquilo ni, por el contrario, debemos pronunciar esdrújulo el nombre de Cátulo, pues es, en rigor de rigores, Catulo, de la misma manera que debe decirse Tibulo y no Tíbulo, como ignaramente hemos dicho toda la vida. Ya lo ven: nunca debimos fiarnos de nuestros profes de política pero tampoco de los de literatura, cuita que no ha de abrumar a nuestros hijos que ya no estudian ni la una ni la otra entra tantas bachillerías como han de meterse entre pecho y espalda. Puede que lo que ellos acaben sacando en claro de ésta es que para ver lo que se ha visto en Flórida o Florida como carajo se diga, mejor quedarse en la cama tras el día de reflexión. Con la poca moral que a uno le va quedando ya, la verdad, no seré yo quién se lo recrimine.


Contar muertos


El Mundo de Andalucía
14/11/00

En España los muertos se han contado siempre mal. Los de la guerra civil, mismamente, se cifraron en un millón en la memoria pública más que nada por el éxito que tuvo una novela mediocre. Si fueran ciertas las bajas que le hicieron nuestras baterías a los ingleses en Trafalgar y nuestros garrochistas a los franceses en Bailén, aún andarían recuperándose esas naciones sobre sus lastimadas demografías. Contamos de más, generalmente, aunque también somos maestros en achicar estadísticas y ocultar hecatombes. La que recoge las muertes laborales, por ejemplo, y no sólo las de la mina, que son siempre, además de terribles, más propicias al chafarrinón trágico. De los andamios se cae la gente como las hojas de los árboles si hemos de creer el albarán que nos ofrece el sindicato: 81 muertos en Andalucía en los primeros seis meses del 2000, más de 150 al año, pues, tres a la semana. Hace poco, un insensato con entorchados salió diciendo impunemente desde la patronal que había que relacionar esa hecatombe con la bebida. ¡Hay que ser cabrón! Pero lo que dice la estadística oficial aplasta ese arrastrado argumento: lo que aquí ocurre es lo peor de toda España y, en consecuencia, lo peor de Europa. 160 muertos al año: nada puede justificar ese precio.

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No hace falta beber (o quizá sí) para preguntarse qué hace el poder por evitar esos abusos que producen tragedias. Y qué hacen los domesticados sindicatos, aparte de trajinar “planes de choque” desde sus bien subvencionadas oficinas y salir de vez en cuando a mostrarnos los números del horror. Y no sólo en relación con los muertos difuntos sin con los muertos en vida que trabajan en secreto --¡hasta con zulos!-sabiéndolo de coronilla hasta el alcalde sociata del pueblo. Pero, ah, los muertos difuntos, con su negro crespón irreversible y la desolación de sus familias, deberían levantarse como zombies y entrar a saco en las oficinas de la buena conciencia, espantar a los culpables y obligar a abrir los ojos como platos a la inspección de trabajo, ésa mona legal ciega, sorda y muda. ¿Cómo consiente la autonomía que haya más muertos aquí que en cualquier otra comunidad? Ahí tienen un buen tema los “confrontadores”, a poco que sean capaces de escurrirse del gran dinero y del pequeño, que tampoco es manco. Tres muertos por semana es una estadística de guerra que no debería consentir un sistema que se funda en la promesa de la paz social.


Las urna rota


El Mundo de Andalucía
13/11/00

No creo que la batalla postelectoral que se está librando en USA sea sólo un problema interno de la metrópoli imperial. A todos nos afecta que el “sistema” falle, que se venga abajo la convención -como se ve, no verificada-de que la democracia es el modo incuestionable de la participación, algo así como el método natural de expresión de la Libertad. Es malo mitificar las cosas, por supuesto. La democracia, por ejemplo, nunca fue un modelo admirable y si hoy es posible escuchar a un membrillo decir por la tele, en plan barrida, que él es demócrata a “la griega clásica” es, sencillamente, porque el membrillo no sabe de qué habla. ¿O es que podemos tomar por modelo a una democracia restringida a quienes podían dedicarse a la noble función política porque otros, sin derecho a voto, sacaban la basura por ellos? No hay que ver en aquella elite que dejaba su piedra blanca o negra en el óstrakon sino lo que era: un montaje elitista, aristocrático y parasitario. La perspectiva acaba por revelarnos la cara oculta de las cosas. Cualquiera que se haya asomado al proceso de Sócrates sabe por qué lo digo.

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Estos días empezamos a ver que a lo peor el prestigio de la democracia americana se basa también, pese a tanto Tocqueville como anda por ahí, en equívocos insalvables. Dos partidos amenazándose con los tribunales han izado el insólito fantasma del fraude aunque las cábalas partidistas vayan ganando la batalla de la discreción: que el pueblo no se entere, si es que ha habido fraude. ¡Pero es que lo ha habido, al parecer! En Miami se han contado dos veces 17.000 votos decisivos bajo la capa del hermano de Bush. En Volusia se ha sabido luego que le fueron arrebatados 16.000 a Gore con alguna excusa informática. En Palm Beach una papeleta trucada impedía a los electores votar lo que querían. ¿No estamos ante una catástrofe histórica, no se viene abajo el mito del sistema perfecto, libre de toda sospecha? Si al final son los tribunales los que han de decidir sobre lo ocurrido en las urnas, es evidente que algo grave ha quebrado en el paraíso democrático. Y será lícito mirar atrás y plantearse cuántas veces se la habrán dado con queso unos a otros en aquel edén imaginario que es hace un siglo el espejo de las libertades. En España lo tradicional y castizo era que votaran los muertos. Si Romanones o Romero Robledo pillan un ordenata en condiciones se iba a enterar esa pléyade de picapleitos yanquis de cómo se da un pucherazo perfecto sin moverse del cortijo.


El juez y el "Emilio"


El Mundo de Andalucía
12/11/00

Un juez de Granada le ha impuesto a un ladronzuelo por condena escribir un alegato sobre el derecho de propiedad. Y como el reo se declarara analfabeto, el juez lo ha “condenado” a aprender: para marzo, cuando granen los habares machadianos, el reo deberá haber aprendido a leer y a escribir, aparte de dominar siquiera las “tres reglas”, sumar, restar y multiplicar, que de la división le ha hecho gracia su Señoría. “El dogma de Rousseau combinado con la ley de la selva”, dice el admirado Antonio Soler. No sé, no sé. Rousseau más bien lo hubiera devuelto a la selva, sencillamente, convencido como estaba de que a “Emilio” basta con evitarle que haga el mal sin impedirle que lo haga: “la experiencia o la impotencia han de reemplazar a la Ley”. Lo que es rousseauniano en el juez Calatayud es la idea de que la educación redime, esto es, que acomoda en la sociedad o, como dicen los funcionalistas, que “integra”. Herbert Read, aquel pedazo de sabio, señaló con agudeza que Rousseau, hechura de protestante, creyó siempre que la ley moral estaba dentro del hombre. Hoy sabemos -el marxismo ha contribuido a ese hallazgo más que nada-que está fuera y que, en consecuencia, la educación no es sino el camino, quizá hasta el atajo, para alcanzarla. En la selva interior hay sólo oscuro instinto. La claridad hay que acarrearla desde fuera.

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Claro que habría que preguntarle a ese cadí prudente qué podrá hacer “Emilio” una vez que cumpla sus tareas. Podrá escribir, por ejemplo, el alegato en defensa de la propiedad ajena mientras a su alrededor prosperan las ratas como un monumento a la ironía. Podrá leer los periódicos para enterarse de la lenidad con que la Justicia trata a la gran delincuencia en contraste con la severidad con que abruma a la pequeña. Podrá, en fin, estirar su integración hasta alienarse en la moral de los Otros, hasta renunciar a su libertad salvaje para doblegarse a la disciplina ajena. Ha hecho bien ese juez enviando al raterito a la escuela en lugar de hundirlo en el trullo, enterrando al “buen salvaje” para que de su semilla germine el hombre civilizado, el probo ciudadano condecorado por todas las convenciones. Lo que digo es que esta película no acaba aquí, o lo que es lo mismo, que habría que escribir esta crónica humanísima como un guión con más finales, conscientes de que la escuela da, a su vez, sobre otra selva intrincada en la que nuestro mono gramático deberá seguir brincando para que no lo alcancen los cazadores. Que Dios bendiga a ese juez bueno. Pero que le eche una mano -la izquierda a poder ser-al ladrón analfabeto.


La puntilla


El Mundo de Andalucía
11/11/00

No me cuento entre quienes anuncian que abandonarán los toros tras la retirada del maestro Curro Romero. Seguro que él tampoco. Todo sugiere, sin embargo, que el momento taurino no es precisamente boyante, sometido como anda el negocio, a falta de figuras indiscutibles, a figuritas y figurones, y amenazado desde fuera por la eterna conspiración antiespañola. Los sabios varones de la Comisión Europea --los mismos que han cerrado los ojos mientras Gran Bretaña vendía a medio mundo su harina contaminada por el mal de las vacas locas-se han propuesto ahora extremar su celo con los toros cuerdos hasta un punto que puede poner en peligro el toreo y mandar a los albañiles, con su viejo vestido de luces azul y plata, a ese maestro del callejón maestrante que es Lebrija el puntillero. ¿Qué no? Vean esa directiva de la Unión Europea de fecha 1 de Octubre que en su artículo 5 prohibe el uso de “material lacerante de los tejidos de riesgo”, humanísima metáfora tras la que se esconde lisa y llanamente la proscripción de la puntilla. De aquí en adelante, el que no mate al volapié y sin puntilla, que se vaya a las ferias de Portugal. Ooooole.

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¿Unos Estados Unidos de Europa? Lo que se van a cargar es la misma fe europeísta, tan débil aún que da miedo comprobar en las encuestas la cantidad de españolitos que sencillamente ignoran que andamos medio federados con el continente, junto a los que empiezan a cuestionarse las ventajas de esa alianza. No hay almuerzo que no nos lo joda el telediario con su correspondiente bajada del euro, ni piadosa subvención que no nos discutan los manchesterianos de Bruselas. Y ahora, por si algo faltaba, van y prohíben que a un toro sin vista se le administre esa especie de eutanasia primitiva que es el cachetazo, como se dice en la Monumental con acento de Madrisss. ¿Qué por qué? Bueno, pues personalmente estoy en que les resulta más fácil prohibir el descabello a la española que exigirle a los ingleses, como deberían hacer, que sacrifiquen su inmensa cabaña y quiten de la circulación, con puntilla o en la silla eléctrica, a esos millones de ovejas que parece que andan reproduciendo la terrible enfermedad. ¡Qué va a ser de nosotros el Domingo de Resurección, sin Curro y sin Lebrija, Dios mío de mi alma! Yo veo en Europa una barbarie ordenada en la que las ideas de civilización y orden se confunden a cada paso. Cada vez que me acuerdo de esta visión de Malraux es cómo si me dieran la puntilla.


El empate


El Mundo de Andalucía
10/11/00

A las ocho de la mañana, tras una larga madrugada de duermevela, la solución: Bush presidente. Se acabó, pienso. Pero no me da tiempo ni a quitarme el auricular: Gore, que acaba de felicitar al ganador, retira los plácemes y la tensión vuelve: nadie sabe quién ganó porque hay mil quinientos votos, al parecer, quizá aún menos, que deciden, y habrá que recontarlos. Dos días después parece que son sólo unos cientos. ¿Se acuerdan cuando aquí se hablaba de “dulce derrota” porque la Derecha sólo aventajaba en doscientos mil a una socialdemocracia en bancarrota relativa? Pues ya ven, en USA -doscientos no sé cuántos millones de almas (de cuerpos, más bien)-basta con unos cientos para legitimar al Presidente. El final es lo de menos. A mí lo que me interesa -entre los dos candidatos, “cuestiones de principio” aparte, no veo mayores diferencias-es la sociología del voto: resulta que son los negros, los “coolies” (chinos), los chicanos, portorriqueños y cubanos, toda esa fauna technicolor que anima el zoo americano, la que instalada en el borde del sistema, elige al Gran Blanco que garantizará la desigualdad durante otros cuatro años. ¡Maravilla de la democracia, esta docilidad de los de abajo en la partida de los de arriba! No sé qué ocurriría si votaran los 35 millones de “homeless” que bastante tienen con husmear en la basura y buscar un rincón para dormir. Pero como no votan, no hay caso.

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Curioso de cualquier modo: son las minorías despreciadas, incluso las perseguidas, las que deciden en el inmenso senado imperial. Los chicanos que son perseguidos a muerte (estos días se ejecuta a otro mexicano en Texas) constituyen un factor decisivo en ese Estado. Los portorriqueños del West Side quienes descabalan la balanza en Nueva York. Pero esta vez serán los cubanos del exilio quienes, al parecer, concederán la púrpura y, cabreados como andan con el negocio de Eliancito, lo más verosímil es que su vuelco hacia los republicanos sea el factor decisivo. Miren por donde, aunque sea por una vez, Más Canosa va a lograr lo que Castro no puede soñar siquiera: poner y quitar al Presidente. Si Tocqueville levantara la cabeza es posible que suscribiera el rollo ése de que el “empate técnico” (¿qué querrá decir eso?) confirma la grandeza de la democracia americana. Visto desde aquí el show, lo que más resalta es la moraleja: unos cientos de votos, uno solitario acaso, hacen la mayoría. El próximo que obtenga una “derrota dulce” no debería olvidarlo.


El precio del saber


El Mundo de Andalucía
09/11/00

Conferencia del doctor Fuster en el CSIC. Sobre el precio del saber o, visto por ela otra cara del transparente, sobre la fuga de cerebros. La del suyo, para empezar. Hipótesis: con estos presupuestos para investigación científica no vamos a ninguna parte, o mejor quizá, nos columpiamos de ninguna parte a ninguna parte. Da las cifras del modelo USA, numerología casi mágica para un pueblo científicamente atrasado como el nuestro: 45 billones ¡billones!-de dólares al año cuyo beneficio se calcula en trillones ¡trillones!--… en la próxima década. Esto no es llegar y mojar, sino que requiere paciencia, como todo cultivo, como toda “cultura”, que es lo mismo. ¿El truco? La exención fiscal. Las compañías gigantes pagan a cambio de no pagar impuestos y, por su parte, la sociedad ve en ese trueque no un manejo sino una solución razonable. Lo que Fuster plantea colea aquí hace tiempo, a saber, una nueva y moderna concepción del mecenazgo, cuyo instrumento podría ser una buena normativa sobre las fundaciones. Vista y paciencia, en suma, invertir grandes sumas con la calderilla no se va a ninguna parte-y aguardar sin prisas. Un decenio al menos. Luego ganaremos todos. Ellos, los de siempre, más que nadie, claro, pero todos al cabo. Echo una mirada a las cifras españolas y se me caen los palos del sombrajo. Por eso la gente como ese sabio se arrima a otra sombra.

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Costará meter en este coco esa idea. Aquí hemos visto siempre al investigador como un tipo raro, quizá como un extravagante. Desde Faustino Cordón, que tenía que racionar las migajas que le arrimaban con cuentagotas, hasta el propio CSIC, cuyos científicos han sido funcionarios no especialmente valorados por nuestra sociedad, y desde luego, peor pagados. ¿Cómo llevar al ánimo de esta tribu que es negocio invertir en lo invisible a diez años vista? Pues será difícil pero habrá que hacerlo. Claro que el maestro John D.Bernal, todavía en la estela marxista, explicó irrefutablemente que la ciencia (con mayúscula o minúscula, igual da) que se hace en cada momento viene determinada por el paradigma socioeconómico en que se produce, vamos, que se aplica a los propios intereses del que paga. ¡A ver! El problema español y andaluz es justamente ése: que ni por ésas paga nadie. Sigo con lupa lo que hace el flamante departamento de “desarrollo tecnológico” de nuestro gobiernillo autónomo. Por eso quizá escribo con acentuada amargura, porque sé de lo que hablo.


El mayismo residual


El Mundo de Andalucía
08/11/00

Mucha gente en mi generación padece cierta servidumbre de mayismo residual. Profesamos un género de humanismo que hoy resulta cuando no anacrónico, simplemente inadecuado. Es una generación resistente, la nuestra. Miren al escenario. Ahí está Rod Steward junto a Bob Dylan, como dos rosas pero con más años que un palmar. Ahí tienen a Pete Twonshend (el de los “Who”) o a Mark Knopfler (el de “Dire Straits”) acariciando onánicamente al niño secreto que todos llevamos entrañado. ¡Qué decir de Tom Jones o Mick Jagger! Fíjense que no hablo de carrozas averiadas (no daré nombres) sino de gente que, veinticinco, treinta, incluso cuarenta años después, sigue en la brecha ¡y con la misma murga!. En Sevilla ví hace pocos años a Donovan en olor de multitudes… juveniles. O a Serrat. Tiene aguante, no hay duda, la generación. Ahora bien, ¿no conlleva eso cierto riesgo de irrealidad, de anacronismo siquiera relativo? Tengo la sensación de que sí. A nuestros hijos les gusta Donovan por otras razones, desde otra perspectiva, aunque coincidan con nosotros en la admiración. Incluso me pregunto a veces si es que nosotros hemos conseguido llegar al futuro o es que ellos, nuestros hijos, vienen de regreso hacia el pasado.

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Esa componente humanista nos está enredando mucho el debate sobre las medidas antiterroristas. A unos, porque recelan, con razón, de posturas (oficiales incluso) que parece que lo que buscan es darle a la gente una esperanza, bien que ilusoria, y quizá un vago sentido de venganza, cuando se habla de la “perpetua”. A otros, porque se resisten a renunciar al progreso penal conseguido desde entonces. Personalmente entiendo que el debate debe enfocarse, al margen de ideologías, apuntando a conseguir que las penas sean reales y no ficticias y que, sin renunciar a humanismo alguno, entendamos de una vez que para ser recuperable lo primero es querer serlo: esos asesinos que se reafirman en sus treces deben ir a cumplir sencillamente su pena completa, sin perjuicio de que el sistema disponga de mecanismos de revisión adecuados. No hay que olvidar que a ETA no la inquieta esa amenaza porque supone que más pronto que tarde ganará y que, con la victoria, vendrá una amnistía. Pero hasta eso se puede prever y condicionar: ahí está Irlanda. Más allá de lo cual, ¿no se va pareciendo esto cada día más a la vieja situación italiana?

 

El león de Judá


El Mundo de Andalucía
07/11/00

Un cuarto de siglo enterrado bajo un lavabo de palacio por los mismos verdugos que lo ahogaron con una almohada. Antier domingo, sin embargo, sus partidarios lo enterraron con honores en la catedral tras pasearlo por las calles de Adis Abeba, la capital etiope por cuya única calle empedrada desfiló tras su coronación el descendiente de Salomón y la reina de Saba, Haile Selasie, aquel hombre diminuto que se hacía llamar “Negus” y que fue la pesadilla de Musolini y la estrella del primer anticolonialismo. Mi padre y sus amigos aliadófilos, que no podían conocer aún la preciosa indagación que André Chastel haría sobre el mito de Saba, veían en el “León de Judá” una suerte de vínculo misterioso entre el palimpsesto bíblico y la trivialidad contemporánea, en una época en la que, al otro lado del mundo, en Jamaica, la superstición sincretista de un “rey negro” con estigmas de la pasión en las manos que sería coronado en África llegó a constituir uno de los episodios más peregrinos de la imaginación oprimida. ¡De nuevo la historia del Preste Juan sólo que cambiado el atrezzo! Hay una cercanía sorprendente entre mitología y política. A veces, incluso, no es posible distinguir entre esos dos dominios de la necesidad.

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No sé cómo se desprecia tanto la Historia si tanta gente echa mano de ella a la hora de montar el chiringuito. En Euskadi, la confusión míticohistórica del pasado se ha convertido, a sangre y fuego, en un argumento de futuro. Aquí mismo, en Andalucía, sólo muy relativamente fracasó el proyecto tergiversador que confundía adrede Al Andalus con Andalucía y hasta hubo peregrinaciones semioficiales a lejanas tumbas marroquíes. Hitler ponía la pértiga en Wagner para saltar a un pasado imaginario de nibelungos y walquirias tal como los ideólogos de Franco, salvadas las distancias, encandilaba nuestro patriotismo infantil, al apostar por Viriato, con un héroe portugués. La viuda de Bob Marley asegura que en las manos del hombre que antier enterraban en Adids Abeba habría visto los estigmas de los clavos de Cristo. ¡Maravillosa panacea la Historia para fundar la política cuando no hay base racional! El domingo bailaban en ese cortejo guerreros que lucían al viento melenas de león porque a quien enterraban era, precisamente, el “León de Judá”. Leo en un periódico que Milosevic asegura que cierto desagradable olor a otro tiempo delata a los bosnios. Y en todos, que Arzálluz remonta al paleolítico la leyenda del RH. En esa tesitura, enterrar dignamente al hijo de Salomón es lo menos que se podía hacer.

 

Nada cambia


El Mundo de Andalucía
06/11/00

Un partido es, como estamos viendo, una cosa muy parecida a un “movimiento”. Y un “movimiento” es, sobre todo, lo contrario de lo que sugiere su concepto: algo que no se mueve, que permanece, que se reproduce casi biológicamente, por reduplicación, hasta desembocar en otro partido. Miren la nómina de la derecha actual: están en ella los hijos de Arias Salgado, de Fernández Miranda, de Pío Cabanillas o de Chozas, el sobrino de Fraga e hijo de Robles Piquer, el hijo de Gallardón y nieto del Tebib Arrumi, el nieto de Aznar y la sobrina/nieta del ilustre antiabortista (no lo fue por otra cosa) rector Botella Llusiá. Vienen a ser los nietos precoces del franquismo como sus padres fueron los nietos tardíos del 98: los benjamines. Pero miren enfrente a la izquierda y verán una foto fija que lleva en nómina de altos cargos desde hace un cuarto de siglo, una galería de daguerrotipos en que figuran juntos aunque no revueltos padres, hijos y nietos del 68. Todo es este mundo tiende a perpetuarse, porque la vida es en sí misma (ay, Faustino Cordón) una pulsión constante por sobrevivir, un incesante debatirse (ay, Sartre) entre el ser y la nada. El Ser político: un cargo, una nómina; la Nada: pues eso, nada. Es un primo el que espere que un partido se renueve por voluntad propia, o el que se crea eso de la antorcha encendida que se pasa de mano en mano entre generaciones. Cuentos. Los políticos no cambian para que la política permanezca, esa es la veri.

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No hay diferencias en este punto entre derecha e izquierda, y si las purgas soviéticas se hicieron famosas, no vean lo que se podría haber hecho, sin salir de España, con las liquidaciones franquistas. Y la explicación es que la estructura del Poder es invariante, es decir, que aunque no siempre se conquiste de igual modo, siempre se tiende a conservarlo de la misma manera. Si la derecha no oculta el viejo libro de familia, nuestra izquierda habla precisamente de “familias” a la hora de explicar la transmisión/conservación del Poder, y en sus tarjetas de visita, como en la vida, se distinguen los grupos por apellidos: gonzalistas, guerristas, borrelistas, zapateristas, chavistas, borbollistas, vazquistas o bonistas. El empantamiento del PSOE en la diatriba de la “renovación” responde a la misma lógica que en su día ahogó nonnatos los vagos proyectos de “asociacionismo político”. Y al mismo obstáculo objetivo: a la supervivencia del Jefe. Chaves hace hoy el papel de Utrera. Hay gente, sin embargo, que espera aún que Zapatero haga el de Suárez.

 

Arzálluz picapiedra


El Mundo de Andalucía
05/11/00

Los últimos debates en biología se centran en el “prion”. No se sabe qué es ni en qué consiste a ciencia cierta, más allá de que funciona como una proteína indispensable en estado normal y letal en estado patógeno. Por las buenas, el prion viene a ser como un centro de señales -el hombre es un animal simbólico, decía Cassirer-instalado en la membrana celular para dirigir el tráfico de información que regula las funciones de la neurona. Con las del beri, el semáforo se vuelve áspid y envenena la relación de esas células vitales con su entorno: las vuelve locas, como volvería loco a un barrio un guardia de tráfico majareta. La gran batalla ahora está en descifrar ese enigma mutante para asegurar que se emplee siempre en ordenarnos la chaveta y nunca en desordenárnosla con el triste síndrome Creutzfeldt-Jakob. Estamos empezando a vislumbrar complejidades insospechadas en nuestra organización. La biología clásica va a quedar como pieza del museo mental. Un neurólogo me dice que lo del RH, por ejemplo, sugiere el mundo de los Picapiedra. Le pido un respeto: ni ----- ni Pedro era tontos de remate como Arzálluz o Arana.

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Sería estupendo que se hiciera, a expensas públicas, una edición completa de los disparates en que se funda el biologismo separatista. Pero más aún lo sería que nuestros científicos (los genetistas y “enógrafos”, como dice Arzálluz en su ignorancia) explicaran, siquiera como divertimento, qué clase de chorrada es ésa de la diferencia genética entre la raza superior euskalduna y las demás. El racismo de Arzálluz no es diferente del nazi o del serbio, del que practica a gran escala el Ku-Klux-Klan o a pequeña nuestros propios vándalos. Y su argumento de la “pureza” es tan “científico” como el del “soplo de los antepasados” que alentó la matanza de los hutus. Claro que todavía un cabrón como Rosenberg estaba muy cerca del romanticismo cuando inventaba su “mito de la sangre” y el padre Arzálluz está muy lejos. En este idiota, como en los pistoleros que lo sostienen, no hay más ciencia ni conciencia: hay pura ambición: Arzálluz no sería sin ETA (sin mito y terror) más que un presidente de Diputación cualquiera, y él lo sabe. Y con ETA hasta habla en la prensa extranjera. Tonterías, por descontado, a ver de qué va hablar a estas alturas de la tragedia y cuando Europa entera condena su causa. Hay que alegrarse , por ejemplo, de que vuelva sobre lo del RH porque ello lo descubre inapelablemente en su primitiva inopia.

 

Los malpagaos


El Mundo de Andalucía
04/11/00

Creo que en el Ayuntamiento sevillano se le ha tributado un homenaje --¿hará falta decir que merecido?-a los dos valientes policías que pistola en mano se enfrentaron sin complejos a los asesinos del doctor Cariñano, hirieron a uno y apresaron al otro. Medalla al canto, supongo, y me malicio que de las brillantes pero no pensionadas, es decir, chatarra patriótica, ilusoria baratija tan honrosa, qué duda cabe, como injusta si se considera la circunstancias de nuestros agentes. Unos policías como esos que se jugaron la vida el otro día -me asesoran-vienen a cobrar, sumando horas, complementos y pluses, no llega a los cuarenta mil duritos. Andan cortitos de dotación, utilizan sus propios móviles y nadie los protege a su vea, naturalmente, ante un posible ataque terrorista. El que murió en Madrid el lunes pasado era otro de ellos y ya tiene su viuda la bandera cuidadosamente doblada y la cajita con la medalla al mérito que no ha de cubrir la catástrofe familiar -también económica-que su fatalidad ha provocado. Yo no sé, francamente, qué pensarán estos trabajadores forzadamente heroicos en su mayoría, cuando se pongan a considerar la miseria de sus retribuciones con, pongo por caso, la factura de los próceres que ellos se encargan de proteger en la puerta del restaurante. No lo sé, pero yo me subiría por las paredes.

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¿Qué no hay dinero? Bueno, hombre, eso según se miren las cosas. ¿Cómo encuentra la Junta con tanta facilidad treinta millones para premiar a un caballo ganador? ¿Qué se podría hacer con los cientos de millones que, sólo en este Presupuesto, se han añadido para pagar más altos cargos? ¿No le pone Gallardón chófer y secretaria perpetua a los expresidentes de Madrid: cuánto cuesta eso? Se me ocurre incluso un procedimiento fácil si es que andan mal de fondos públicos: pedirle a una Caja un préstamo condonable, como el que el PP -y antes que él, todos los partidos-ha mangado esta semana en La General? Pero no ha de ser así, nada de eso. Aquí se piensa que jugarse la vida es un deber que entra en el sueldo de un policía del mismo modo que comer diariamente en restaurantes caros viene a ser un derecho incuestionado de la mayoría de los altos cargos. ¿No se compró la Junta una avioneta en la que apenas habrá hecho unos pocos viajes? Axioma: hay dinero para lo que lo hay, no lo hay para lo que no lo hay. Y no lo hay para lo que no interesa. Dos hombres jugándose la vida en acto de servicio no son nada del otro mundo. Hay medallas para eso. Yo me conformaba sólo con que le dieran a cada uno de ellos lo que cobra, tras su cese en el cargo, el ministro al que tal vez habrían salvado la vida.

 

Funky business


El Mundo de Andalucía
03/11/00

En el madrileño Instituto de Empresa, cuya solvencia tiendo a mitificar a tenor de lo que me costó la matrícula de mi hija en su “master”, dos profesores suecos de enrevesado nombre han presentado un libro sopresa: se titula “Funki business” y en él se dice que “Marx ha vuelto y tenía razón”, aparte de formularse la hipótesis -invisible para Marx-de que estamos pasando de un sistema cautivo “por los propietarios de capital a otro controlado por los dueños del talento”. En fin, Dios sea loado, aunque en el primer instante no niego que pensé que podía tratarse de otra maniobra de ese socio de González que junto a él anda predicando por ahí la buena nueva de la sociedad de los “emprendedores”. No debe ser así, sin embargo, porque los nuevos profetas claman contra la derrota de la lealtad y sostienen que ni Internet servirá para nada ni la familia feliz o el Estado-Nación tienen el menor futuro. Francamente yo creía que en Suecia andaban mejor las cosas.

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Aquí entre nosotros el sencillo ejemplo de la subida del gasoil se encarga de simplificar teorías y entreabrirle al viejo debate (marxista o no) su rechinante postigo en la medida en que demuestra el fracaso radical del mito de la “mano invisible”: sin una mínima presencia estatal en los sectores estratégicos, la ferocidad capitalista devora lo que le echen. Pero por ahí fuera el debate es más interesante. Escucho al presidente del Banco Mundial, James Wolfensohn, asegurar lúcidamente que “un mundo injusto es un mundo peligroso”, advertencia que mucho recuerda la teoría de las “condiciones objetivas”, pero que resuena con incierto eco sobre los muros del pensamiento único. Da un argumento tremendo: el 20 por ciento de la Humanidad posee el 80 de los recursos. O visto de frente y cuerpo entero: tres mil millones de seres viven con dos dólares al día. Sin moverme de aquí, constato por mi parte que Andalucía, además de ser la comunidad económicamente menos favorecida de España, es también la que menos ahorra, lo que ahonda el abismo que nos aísla del resto de modo fatal. Un cuarto de siglo de centrismo (conservador o socialdemócrata) ha servido de poco. Habrá que leer, en consecuencia, “Funki business” pero, sobre todo, estar atentos a ese superbanquero que no se ha dejado seducir por el mito ultraliberal y entiende que un exceso de consenso estalla, por lo general, en conflicto. Esta es, después de todo, pura doctrina funcionalista. Igual hay que rehabilitar a Parsons o a Merton casi tanto como a Marx.

 

La ciudad ausente


El Mundo de Andalucía
02/11/00

Cuatro gatos a la hora fijada en la puerta del Ayuntamiento. Igual me da en Sevilla que en Huelva, en Jaén que en Almería. En Granada 1500 gatos, que son pocos teniendo en cuenta la razón de la convocatoria. Desde temprano resuena por la radio el último hallazgo tertuliano: las manifestaciones sirven de poco. Victoria Prego afina más y dice que “los españoles no tienen el ánimo interminable”, razón por la que conviene saber cuándo y en cuántas ocasiones se les convoca. Total, confusión para despedir entre furiosas lágrimas este octubre sangriento que se salda con otra novedad: la de los etarras que amenazan a los jueces en el estrado. El de la Audiencia Nacional, amenazado por el pistolero detenido en Sevilla, se revuelve y le replica que su condición de magistrado le impide darle dos hostias. Así andamos. Pero por la radio insisten los “discretos”: no es momento de hablar de penas, el PNV será siempre imprescindible, Aznar (y esto lo suscribo) lleva agua ensangrentada a su molino electoral, siempre se puede hablar con ETA (González desde México). Mientras, un gran susto: me aseguran que, por vez primera en muchos años, la opinión se decanta en mayoría a favor de la pena de muerte. Ya ven los “discretos” que llegan tarde con sus prudencias, porque el debate no es ya la “perpetua”, ni siquiera el cumplimiento real de las condenas, sino el retorno a la otra barbarie. Eso por arriba, claro. Por abajo, en las capas medias, la sociedad ni se menea. El peligro es enteramente ajeno en tanto no es directamente propio. Cuatro gatos en la puerta de los Ayuntamientos. Y maullando cada cual por su lado.

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Creo, sin embargo, que hay dos prioridades estratégicas para el momento que vivimos. La primera conseguir la movilización radical, serena pero apasionada, de la mayoría ciudadana. La segunda, asumir que el sistema penal y penitenciario de padecemos no sirve en esta tesitura. La movilización tiene que legitimar la acción del poder y evitar que decisiones cruciales sean adoptadas de espaldas al pueblo. El reajuste debe extremar las posibilidades del actual sistema sancionador y proveer de modo que una condena resulte disuasoria y no estimulante. Cambiando lo que haya que cambiar, Constitución incluida. Porque la realidad demuestra que es ilusorio hablar del terrorista como un reinsertable (ahí está la ofensiva contra los jueces). Y la experiencia que la gente anda encerrada en casa, ciudad ausente y confiada, enfurecida pero autista. Cuatro gatos son pocos gatos. Y los terroristas lo saben.

 

Los árbitros


El Mundo de Andalucía
01/11/00

Los sueldos en España parecen asignados por un loco. ¿Saben ustedes que a los árbitros les han puesto un sueldo de presidente del Gobierno? Pues sí, un millón mal contado al mes por su actuación del fin de semana, compatible, claro es, con el otro trabajo, porque ya saben que los árbitros de fútbol suelen ser profesionales de esto y de lo otro. Es cierto que ejercen cuando arbitran una función de riesgo considerable y que a alguno que otro, sobre todo por esos pueblos despeñacabras, lo han perseguido los lugareños hasta empalarlo o molerle las costillas. Pero, oigan, ¿y qué me dicen de tantos trabajadores que se le juegan a diario --y no sólo los fines de semana-por un salario de hambre? Piensen en las últimas víctimas de ETA: un conductor del PMM (30.000 duritos más alguna dieta), un policía de escolta (otro tanto) y un magistrado de la Audiencia Nacional, cuyo salario pueden estar seguros de que está por debajo del que van a percibir los tirillas. ¿Quién corre mayor riesgo tal como van las cosas, a ver, el árbitro, el policía, el chófer oficial, el juez, el concejal que no sea nacionalista, el peluquero de una prisión, el albañil, el minero, el pescador? Miren, yo no lo sé, porque tal vez ser español se ha convertido a estas alturas en un oficio peligroso. Calculen en que se ha convertido ejercer de tal.

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Pero volviendo a los sueldos. Aquí, cada vez que se quieren subir el sueldo los que mandan se ponen de acuerdo por la vía rápida: hay que decir que nuestros políticos cobran hoy salarios muy superiores a sus niveles profesionales y escandalosamente mayores que los de grandes profesionales como puedan ser los médicos cualificados, el personal de Justicia o los altos funcionarios. Un concejal en muchos Ayuntamientos cobra hoy bastante más que un comandante y no menos que un general, en la mayoría de las ocasiones sin otro pedegree ni curriculum que el que le dibuja el dedo del partido. Y los árbitros, conscientes de que el fútbol es una esfera superior de la política, un planeta privilegiado del Poder, se han puesto ternes hasta codearse con los ministros. Recuerdo, ya les digo, el atentado del lunes, me pongo a cavilar sobre las cuentecitas negras que van a tener que hacer ese par de viudas modestas, y no puedo dejar de cabrearme con este país de idiotas -dicho sea con perdón del lector inteligente-que se conforma con un buen pasar o incluso con un subsidio mediano, aunque goce del privilegio de ver cuatro partidos entre el sábado y el domingo.