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Si hay un punto en el que todos los estudiosos de la cultura
están de acuerdo es en que el Teatro no fue nunca, salvo incidentalmente, una
aventura espontánea. Por el contrario, el Teatro, que en su origen es una ‘liturgia’
en sentido estricto, aparece en todas las sociedades y en todas las épocas como
un fenómeno cercano al Poder y acaso como un instrumento suyo, al que el Estado
o como se llame en cada instante histórico ese Leviatán, encomienda la difusión
de las ideologías básicas en que todo grupo se asienta y desde las que se
justifica. Es sabido que en Grecia, por poner un ejemplo preclaro, el Teatro
era gratuito, al menos para las clases inferiores (aunque excluidos los
esclavos y las hembras, tal vez), que su montaje era una función pública
reglamentada y un honor cívico de primer orden, que la ‘polis’ pagaba a los
actores cuya instrucción correspondía al poeta con la ayuda del “coro” que le
proporcionaba la Administración. Hasta los premios eran allí cosa política,
pues los jurados, como hoy diríamos, eran colegios elegidos por la ‘Boulé’, la asamblea
pública, entre los candidatos propuestos por los ‘coregas’. ¿Sólo en Grecia? Acerquémonos más a nuestro ambiente. Un
iluminador estudio de Maravall (padre, se entiende) dejó claro el papel ancilar
que el Teatro jugaba en el universo mental de la monarquía señorial-feudal. Esa
monarquía marcaba vaga pero enérgicamente las lindes que no habían de
traspasarse, lo mismo que señalaba los motivos sobre los que resultaba
conveniente adoctrinar a las conciencias, de modo que el Teatro llegaría a
convertirse en un auténtico maestro del
pueblo. Lo mismo, aunque con las lógicas variantes, se ha sostenido del teatro
shakespeariano, isabelino, o del colosal montaje historicista de un Racine en
Francia. Y por supuesto, en su día corrieron entre nosotros caudalosos regajos
de tinta para denunciar la tarea de catequesis (de “socialización” decimos hoy)
que el teatro romántico jugó a favor de los intereses de la incipiente burguesía
nacional. La bronca de los modernistas contra Echegaray, el famoso estreno de
la “Electra” galdosiana, fueron, cada uno por su lado, dos ejemplos mayúsculos
de este cuento. Ah, pero no hay época en que un puñado o unos cuantos
puñados de ciudadanos libres, voluntariamente marginados, como ahora se dice, dejara
de subirse a un escenario a decir lo que nadie esperaba que dijese, aunque a
muchos acabara gustando, que era precisamente lo peligroso. El éxito medieval
de la “Commedia dell’ Arte” responde a esa voluntad subversiva, a ese designio
crítico radical que niega el orden corriente (el “nomos” de los antiguos griegos)
frente a cuyos valores, que estima caducos, ese teatro radical propone una
axiología nueva, unos valores rompedores, estridentes acaso, que a nadie dejarán
impasibles. El Teatro es perseguido siempre y en todo lugar –en la hoguera
acaba algún cómico en España: vean el catálogo de alegaciones fiscales de la
Inquisición, pongo por caso— en cuanto se permite discrepar de los valores
‘oficiales’, para lo cual el Poder inventa desde el principio ese instrumento
idóneo que es la Censura. Pues bien, ni esa presión oficial, ni la marginación del
grupo, consigue acallar esa rebeldía que “encanta a los príncipes como encanta
a la canalla”, y cuyos efectos son tan inquietantes como perceptibles. Véase el
caso de Albert Boadella (más que nuestro Brecht o nuestro Artaud, nuestro Darío
Fo), la crónica ejemplar de esa aventura llamada “Joglars”, para comprobarlo.
Siempre exitosos aunque nunca consentidos, igual de beligerantes contra la
dictadura que frente a los abusos de la democracia, “Joglars”, es decir,
Boadella, ha atravesado incólume largos decenios a pesar de plantarle cara a
todas y cada una de las instituciones con peso en la vida colectiva, desde el
Estado a la Iglesia, desde el ejército a la administración, lo mismo a altos
que a bajos, sin tentarse la ropa a la hora de dar el zurriagazo, pero también
sin agudizar más de lo pertinente la estridencia, como equilibrados siempre por
un sentido del orden razonable que es esencial a la representación para que
conserve su impronta realista. Claro está que esa actitud –he estado a punto
decir ese sacerdocio—le ha costado lo suyo (y nunca mejor empleado este giro) a
Boadella y a los pobres “Joglars”, jamás subvencionados, siempre expuestos a
trampas y zancadillas. A un personaje tan discreto –me atrevería a decir que
tímido—como Boadella, tales presiones le han hecho conocer la censura, la
violencia, la cárcel y, lo que resulta más valleinclaniano de todo, la fuga de
prisión, un gesto que lo ingresa por las bravas, además de entre tantos
combatientes, en la compañía del mismísimo san Pedro o en la del místico Juan
de la Cruz. Y lo que quizá sea lo más ilustrativo y ejemplar: a un tío como
Boadella, que es un catalán profundo, insobornable, acaso nadie ha perseguido
más que el talibanismo nacionalista, cuyos abusos, cuya mangancia y cuyo
desprecio por la Cultura y su auténtico papel, ha venido él denunciado sin
tregua, sin excluir de su galería de inolvidables retratos a sus más altos
popes. Recuérdese la inefable parodia de Pujol. Hoy que ese complejo tema está en el candelero, lo mismo si
hablamos de la precita lengua que de jockey o de corridas de toros, es normal
que resalte más que cualquier otra crítica de Boadella ésa implacable que hizo
sin salir de casa. Pero es necesario que inscribamos esa escena en la larga
función de Boadella y los suyos –esa cooperativa, que tal vez es la única
empresa colectivista del país--, y que incluye a todas las fuerzas con
capacidad de influencia social, a todos los abusadores, a todos los
privilegiados, a los mitómanos, a los cuentistas, a los saqueadores y a los que
fingen ser lo que no son para ganarse al aplauso del respetable. Pocos
personajes españoles poseen la inteligencia crítica de Boadella; menos aún, su
capacidad de aunar inteligencia e instinto sin desnaturalizar el resultado;
ninguno su innegociable compromiso con la que él cree su Verdad. Personalmente,
si llevo no quiero decirles cuantos años admirando a este personaje eximio –yo
era “Goliardo” cuando él triunfaba como “jotglar”--, debo decir que nunca me he
sentido tan entrañablemente deudor de su rebeldía y de su agudeza como en estos
tiempos recios que nos ha tocado vivir Él encarna, en fin, la descendencia
legítima de nuestros “cómicos de la legua”, de Lope de Rueda, de Cervantes, la
herencia de nuestra picaresca pero también la de nuestro quijostismo. Yo no sé
cual de esos personajes preferirá él. Yo, desde luego, elijo a Boadella. Boadella ha denunciado sin ambages desde el abuso supino de
la dictadura hasta la degradación de la democracia, desde la falacia mayúscula
de ciertos artes contemporáneos a los camelos de la “nueva cocina”, desde el
mandarinismo político a loa papanatismos en que nos cebamos muchas veces los
“medios”. A ninguna de esas lacras le ha dedicado más acerada crítica, varapalo
más contundente, que a la desmesura nacionalista y a sus derivaciones
patológicas. Hace unas noches le escuché por la radio, en la alta madrugada,
vaticinar la fatal prohibición de las corridas como tributo del débil cesarismo
gubernamental al ridículo antiespañolismo de los socios separatistas del
Gobierno. En muchas otras ocasiones le oí vaticinios certeros y siempre he
admirado su extremada libertad, su indiferencia ante los riesgos. Hace poco, un
inquieto ciudadano –tras enterarse de que habría sido declarado “non grato” y
de que había renunciado a la máxima distinción oficial en su país—me pidió que
le trasmitiera un cálido mensaje de solidaridad en el sentido de que no tenía
qué temer soledades, porque frente al peor de los eventuales exilios, siempre
le quedaría Andalucía. Te lo trasmito, desde luego, pero no sin matizar la
oferta, querido Albert, para decirte que, en caso de tan triste pero no
improbable eventualidad, siempre te quedará Cataluña, es decir, España.
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El periodismo de
investigación ha sido pieza clave en el desarrollo de la actual democracia. Una
rama suya, el periodismo de investigación económica, no menos compleja ni
arriesgada, suele ser, sin embargo, mucho menos reconocida por la opinión
pública, a pesar del extraordinario impacto que en ella producen sus hallazgos.
A los españoles les interesa y los subleva más el delito económico que el
político, evidentemente, y está claro que una malhadada filosofía
justificatoria puesta en marcha desde el Poder, ha contribuido no poco a volverlos
indulgentes con atroces crímenes sin perjuicio de la severidad frente a la
corrupción. Indignan más, lamentablemente, los duros afanados por Roldán, Vera o
Urralburu, de un lado, y los que hicieron desaparecer los prestidigitadores de
las finanzas como Conde, De la Rosa o Prado, que atrocidades como las que la
Justicia ha puesto en claro en los casos del secuestro de Segundo Marey o del
secuestro, tortura y asesinato de Lasa y Zabala. Pero eso es lo que hay, y es
preciso reconocer que tres cuartas partes de lo mismo denunciaron en la Francia
de De Gaulle, cuando la escabechina de la OAS, y sin gran provecho ciertamente,
desde Sartre a Mauriac pasando por su legión liberal.
Una doble conclusión
demoledora opera, sin embargo, en la mentalidad colectiva: una, aquí hay mucha
gente que se apropia indebidamente tanto del dinero público como del privado; y
dos, aquí nadie devuelve un duro una vez descubierto y condenado. Ahí tienern a
Roldán saliendo de la cárcel a razón de 150 millones al año, o a Vera o a
Manuel Prado saliendo por una millonada al día como presos comunes. Pero en ese
complejo universo de los negocios ocultos, incluso secretos, hay un factor esencial
que es el que convierte en arriesgada la tarea debeladora del investigador y,
en especial, del periodista: el hecho de que su ámbito natural es el ámbito
mismo del Poder. No se roban fortunas colosales, ni en cajas públicas ni en
Cajas privadas, si no media algún género de connivencia de ese Poder, que por
otra parte, se ha demostrado judicialmente que hasta ha sido –piensen en el
“caso Filesa”—organizador y beneficiario de tales operaciones. Entre los escasos investigadores que, en el medio periodístico, han tenido coraje y talento para enfrentarse a esa hidra, no cabe duda de que Jesús Cacho ocupa un lugar preeminente. Un largo y constante trabajo lo acredita, incluso, no sólo como un sabueso de primer nivel, sino como uno de los pocos capaces de enfrentarse lo mismo a las potencias políticas que al poderío financiero, cuya larga mano es proverbial. Yo no voy a descubrir ahora lo que Cacho nos ha revelado en sus artículos y en sus libros, pero sí he de decir que –con independencia de reparos y diferencias de criterio puntuales— dos cosas que me parecen esenciales para su adecuada caracterización. La primera es que su obra investigadora abarca prácticamente todas las regiones de la vida en que el dinero se ha movido en régimen de penumbra u oscuridad absoluta, sin distinguir entre los manejos perpetrados en los altos despachos gubernamentales y los que se han tramado en los sanedrines financieros. Y segunda, y evidentemente, capital: que si hay en España un periodista que ha sido capaz de rompar el llamado “tabú de la Corona”, ese periodista se llama Jesús Cacho. El mismo título de hoy es elocuente –“Del Rey abajo, todos”—porque esa paráfrasis del que hizo célebre Rojas Zorrilla dice en cuatro palabras mucho de aquello por lo que se han preguntado los españoles y no poco de eso otro que, naturalmente, nunca conocerán del todo, pero que Cacho y otros como él, han conseguido impedir que permaneciera definitivamente invisible. No se entendería la España actual sin conocer sus entresijos económicos, empezando por esa debatida cuestión que gira alrededor del sigilo obligado como un satélite encadenado a su órbita: el patrimonio real. Como no se entendería mientras se dé por buena la ingenua versión del mundo financiero como un país transparente. Cacho ha estado presente en casi todos los “casos” concernientes a grandes personajes –una vez más, “Del Rey abajo, todos”—con una imparcialidad que constituye, probablemente, la mayor causa de enojo de sus escaldados descubiertos. Pero ojo, que estos trabajos no salen gratis al que los realiza, por legítima que sea su intención. Desde la Familia Real a los grandes monopolios, desde las fortunas estelares hasta los fabulosos tinglados mixto de ambos poderes, no hay entre esos invesytigados ni uno solo que carezca de capacidad de devolver el golpe. En eso estribaría el valor más notable del trabajo de periodistas como cacho si no fuera porque no hemos de olvidar el que, sin duda, le confiere su demostrado talento.
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Acabamos de enterarnos, como si fuera la cosa más natural, que un “lobby” norteamericano ha estado promocionando a Severo Morto, el aspirante a sucesor de Obiang en Guinea, desde hace años. La democracia vive, en definitiva, de su sentido práctico, de su capacidad para asumir lo que resulta imposible rechazar, para acabar legitimando, por activa o por pasiva, lo mismo que legitimarían Talleyrand o Napoleón llegado el caso, es decir, cuanto se tercie legitimar para mantener el poder. Eso son los “lobbies”, instituciones teóricamente ajenas a la política que se dedican a forzarla a hacer lo que interesa a determinados grupos. ¿No nos interesa ya –como nos interesó en su día—el tirano que fusiló a Macías? Pues se pone en funcionamiento un complejo mecanismo de influencias para promocionar a un sustituto y santas pascuas. ¿Qué quien lo paga? Pues a ver quien va a ser: quien tenga en la operación intereses que lo justifiquen. Los “lobbies” se han beneficiado siempre de una curiosa indulgencia crítica en le marco de la teoría sociológica de los “pressure groups” o grupos de presión, esas “entidades desconcertantes” que, a pesar de haber sido beneficiadas con el argumento de que, aunque patológicos, desviados y lo que se quiera, tal vez constituyan una necesidad del sistema. Una buena parte de la sociología de los años 60 consagró la monserga de que, en realidad, esos grupos constituían un elemento equilibrador de las fuerzas políticas genuinas, aunque sin dejar de cogérsela con papel de fumar avisando de que, desviados interesadamente de esa naturaleza benéfica, podrían resultar simples instrumentos al servicio de intereses particulares. Y en ello andamos. En democracia nos hemos reconciliado con la idea del ‘lobby’ quizá porque no es posible ya trazar la raya entre su coto privado y el latifundio político. Hemos llegado a ver normal que un grupo de influencia cobre por derrocar a un tirano (o por entronizarlo, por supuesto) lo mismo que por conseguir una medalla caprichosa para redondear la vanidad de un jefe de gobierno, que para que su antecesor salga en las prestigiosas portadas de los grandes medios mundiales o se ennoblezca con un premio de campanillas. No tendría lógica, después de todo, que se criticara a Severo Moto (es decir, a los intereses agazapados tras la opción que él representaría como gobernante) en un planeta mediático en el que cualquier “friqui”, hasta el más ‘pringao’, tiene su representante y todo representante tiene su aldaba. O lo que es lo mismo: hemos alcanzado un estadio democrático de segundo orden, un sistema de autogobierno en el que la decisión legítima se define e impulsa desde fuera por los poderosos de hecho y es ejecutada desde dentro por quienes ostenta la legitimidad formal. Todavía Dos Passos decía que la democracia sólo sería tal en tanto que la libertad no gestionara directamente su propio negocio. Pero ¿dónde ocurre esa cosa tan rara? La hipocresía es tan imprescindible a las democracias como el cinismo a las tiranías. Se puede estar cordialmente como Severo Moto sin perjuicio de esta verdad colosal.
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El ministro de Exteriores acaba de pedirle al alcalde de Lepe un favor personal: que le envíe un “catálogo de chistes” para amenizar esa ardua tarea en la que se incluyen ya retos tan duros como renovar el diálogo con la autocracia senil de Castro o apoyar sin reservas la dictadura bolivariana de Chávez. Falta va a hacerle el humor, desde luego, aunque el ministro, siquiera por su privilegiada posición, debería saber que la fama de Lepe no es exclusiva, ya que hay pueblos en Francia o en Alemania a los que la tópica palurda confiere el mismo y dudoso privilegio –tan bien encajado por los leperos, por cierto-- de ‘representar’ paradigmáticamente la idiocia y el humor chusco. Es cierto también que, sin salir del ministerio y su historia, Moratinos podría haberse ahorrado el sello, pues por alguna razón que no se me alcanza no pocos entre sus titulares del periodo democrático han llegado a convertirse en blanco de las pullas y protagonizar el disparate como empeñados en relevar de su peana histórica a personajes como el Bizco Pardal o el literario Manolito Gázquez. A Morán lo frieron sin compasión los sicarios humorísticos del guerrismo, a Solana lo libraron del mismo triste sino algunos influyentes periodistas cobijados en su nómina y, en fin, a la última ministra no ha habido quien la librara de una imagen que ella parecía empeñada en consolidar para las crónicas. Y acaso por esa razón Moratinos ha tomado la iniciativa de convertirse en el chistoso antes que sufrir las inclemencias del chiste, que es un instrumento de tan largo alcance como ya explicaron Simmel, Bergson, Freud o Eco. Allá él, que la cosa tampoco tiene mayor importancia, desde luego, comparada con las papeletas que le aguardan, más las que él mismo (y ZP, por supuesto) anda empeñado en añadir a su agenda. Todo indica, sin embargo, que, aunque con una competencia inusitada dentro del actual gabinete, Moratinos va derecho a por ese trofeo de la popularidad que hace norma de lo grotesco y regla del disparate. Quien tal vez ha aconsejado a ZP que se adelantara a todos para felicitar a Chávez tras su discutido triunfo lleva ya mucha pista recorrida para cortar la cinta de meta, pero si se encaja en los foros internacionales dispuesto a amenizarlos con imágenes de concertistas leperos arrastrando el piano o colocando el río bajo el nuevo puente, la verdad es que puede dar ya por ceñido el laurel de ese éxito chusco. “Trinca un lepero el tratado de Niza…”, “va un lepero y coge por banda al jefe de los pastunes…”: cuesta imaginarse a un canciller –incluso a la zaga de precedecesores tan ilustres—haciendo del chascarrillo el ariete de su diplomacia, pero Moratinos va a aliviarnos esa dificultad, me temo que más pronto que tarde y en materias o con motivos menos divertidos. Yo no sé que le habrá contestado al ministro el alcalde de Lepe. En su lugar uno le habría solicitado a vuelta de correos una antología de chirigotas ministeriales, y a otra cosa.
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Cada año, cuando se viene encima el ferragosto de mañanas brillantes y largas mediodías, y allá por la Juncia y el charco de la Víbora clama el rojo de las adelfas difundiendo su vaga aroma campurriana, se me viene a la cabeza la Feria vieja, la del Vallelafuente, con su alumbrado veneciano y sus casetas estamentales, el colofón que era la plataforma de los “coches locos” o “el látigo” cerrando, allá delante de El Teléfono, la feria que se estiraba calle arriba con sus tómbolas y cunitas, sus puestecillos y trampantojos. Y de las personas, de los que se fueron: me acuerdo de los que ya no están, pero a los que veo vivísimos en le ferial de mi memoria, cada uno a lo suyo, todos protestando del clamor y las sirenas, de los reclamos de altavoz, de la ocupación de las puertas --¡la tía Isabel Mora, coronela invicta, arrancando sin contemplaciones los farolillos municipales con el escobón de deshollinar!--, los sufridos vecinos consolándose con el espectáculo desde el palquillo de sus puertas, el trajín de la gente nueva, el humerío del puesto de los pinchitos, la leyenda infantil del circo que traía una domadora de serpientes, el zoo improvisado con cebras y leones, o aquel cartelón en el que se veía al profesor Melgari –“¡Un espectáculo culto y moral, Señoras y Señores!”-- separando la cabeza del tronco de su compañera con su fingida guillotina. El alumbrado era un milagro anual, un soponcio que bastaba para acendrar la convicción de que no había feria como la Feria ni pueblo como Valverde, la multitud abarrotando la Plaza y las parejas de la Guardia Civil embozadas discretamente, como quien no quiere la cosa, sin quitarle ojo a los primeros curdas que bajaban ya del Cuquillo o la caseta de la Plaza –aguantando la broma de los guasones de La Goya-- para aventurarse por el territorio, ahora deslumbrante, de la calle convertida en ‘real’. Y allí estaba “Caballos”, “Caballitos”, con su tingladillo de vallas bajas y cuatro patos alquilados –“¡Pa pa qué ví via comprajlo, si no loj loj puen coger: no no caben!”—a los que trataban de atrapar ingenuos los chiquillos y algún que otro campestre con la argolla de una caña amañada. Se llamaba José Montín Díaz y era de El Puerto, había llegado a Valverde precisamente con los feriantes, y en Valverde se quedó, el pobre, echando una mano aquí y otra allá, lo mismo con la carretilla que en lo alto de un andamio, hasta que mi tío Vázquez lo metió en su generosa nómina –yo creo que ya cuando la obra de El Santo, de la que él fue responsable—un poco de hombre para todo y no, desde luego, sin sus más y sus menos. Una vez “Caballitos” cayó malo y resultó que estaba tuberculoso, y yo recuerdo de qué manera tan liberal se formó en El Recreo una especie de comité –don Pedro Vizcaíno, que era el alcalde, don José Castilla el médico, mi tío Vázquez por supuesto, y algunos más-- que le arregló sobre la marcha una temporada en El Tomillar y, de paso, le echó la imprescindible mano en casa, donde quedaba Catalina con sus hijos y hasta sus nietos, allá por ‘El Doló’, más o menos por donde ahora para la camioneta de Damas. A “Caballitos” lo mató un toro, quizá uno de Gerardo, de una cornada seca, una mañana a principio de los 60, cuando se quedó encerrado en la puerta del chiquero y ya no se vio más por el pueblo su figura delgada, aquel andar suyo, tan decidido, trajinando en las obras o aguardando clientes en su trucada “atracción” de feriante ocasional, aquella de los patos que no cabían por la argolla, estoico y hecho al palo, incansable y leal. --“Hay que ver “Caballos”, que es que no quiere usted ni ver a su mujer, con lo buenísima que es la Catalina, la pobre!”, le decía con guasa, sólo para oirlo, mi tía Juana. Y él respondía con su media tartaja, mordisqueando una hoja amarga del limonero, en el patio de mi abuela: “Sí que que pue pueo vejla, señora, si que que pueo vejla. ¡Pe pero en un globo, en en un globo…!”
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Escucho estos días al presidente santanderino rebelarse contra la absurda pretensión del exclusivismo nacionalista de basar en la Historia su derecho a la diferencia. ¡De Historia nos van a hablar a nosotros –viene a decir el cántabro--, cuando nosotros le hemos dado nombre nada menos que a un mar1 Desde Asturias no se han hecho esperar y han aclarado a Maragall que, puestos a debatir en ese terreno, lo suyo sería recordar que cuando ellos, los asturianos, constituían un reino con todas las de la ley, Cataluña no era (ni) más (ni menos) que un condado en la marca carolingia. La verdad es que no deja de ser estupendo este espectáculo que descubre, antes que nada, la radical ignorancia del pasado en que vive esta nación proverbialmente amnésica, pero tampoco deja de resultar escandaloso, al mismo tiempo, el abuso que se viene haciendo de esa Historia que cada cual trata de amañar a la medida de sus insolidarias ambiciones. Ya puestos a torcer el brazo, el vago nacionalismo andalucista se ha creído en la necesidad de justificar la “historicidad” de Andalucía esgrimiendo como argumento el referéndum de autonomía regional que el golpe fascista impidió en 1936, insigne pamplina que sin duda reforzará el criterio maragalliano justo en su punto más débil. No me digan que no es paradójico este auge de la Historia en un país que trae entre manos hace años eliminar esa disciplina de los planes de estudio. Considerando el panorama que ofrecía ya “El crepúsculo de los ídolos”, Niestzche concluyó que el empeño en mirar al pasado para amañar el presente, es posible que no consiga nunca su propósito, pero acaba, de modo inexorable, convirtiendo en cangrejos a los empeñados. No tiene sentido, en todo caso, entrar a esa muleta historicista que nos ofrecen los “asimétricos”, porque en el actual proyecto de secesión el recurso a la Historia no es sino una estrategia improvisada que, como es de sobra sabido, no encuentra fácil apoyo ni en las visiones de nuestro pasado común descalificadas como “españolistas” ni en la propia historiografía catalana más señera. Esta curiosa hegemonía surgida de un doble fiasco electoral –el de ZP en España y el de Maragall en Cataluña— busca en el pretérito la legitimación de una desigualdad para alcanzar la cual resulta preciso el desguace previo de España, realidad histórica con tres mil años encima que sólo desde la manipulación mítica es posible hostigar. Bastante penitencia llevamos soportada, hasta en la Constitución, con ese solecismo que es el concepto de “nacionalidad”, como para admitirle ahora a Maragall que dispense, como mejor cuadre a sus intereses, títulos y legitimidades imaginarios. Estos días, en fin, se ha propuesto crear una “eurorregión” que junte en el mismo zurrón geopolítico la provincia de Huelva y el Algarbe portugués dejando la puerta abierta a Sevilla y Cádiz. Pónganse en la perspectiva del europeísmo y díganme si, incluso al margen de esta murga del fandango y el fado, no habremos sobrepasado ya hace tiempo la muga de lo tolerable.
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Hace poco han probado los sabios lo que hace tiempo, por lo menos desde los de Stendhal, circulaba como sospecha por los círculos bonapartistas, esto es, que Napoleón murió envenenado en Santa Elena víctima de un complot presumiblemente tramado a dos manos por el borbonismo y los británicos después de su fuga de Elba y la aventura de los “Cien días”. Un mechón de pelo conservado en el relicario de una dama devota que le endulzó su último destierro, ha permitido establecer sin lugar a dudas, a través de la prueba del ADN, que fue el cianuro y no el cáncer lo que precipitó la muerte del temido personaje. Luego vino la macabra exhumación de la familia de Nicolás el Sangriento, asesinada por los soviéticos, aprovechando el reflujo zarista estimulado, también al alimón, por las mafias y los neoliberales. Y ahora son los presuntos restos del almirante don Cristóbal Colón los que están siendo averiguados por la ciencia que ha determinado ya, de momento, que los conservados piadosamente en el monumento de la catedral de Sevilla no son los suyos puesto que pertenecen a un “varón grácil” de mediana edad, provisionalmente atribuidos a su hijo Diego, a la espera de que el análisis de los que se guardan en Santo Domingo completen el rompecabezas. A estas alturas está claro para cualquier sensato que importa un rábano a quien perteneció el osario, pero hay que contar con la necrofilia del turista, en cuya demanda de objetivos las tumbas de celebridades ocupan un lugar tan destacado que obliga a garantizar su autenticidad. Este mundo tiene graves problemas y contiene fantásticas maravillas que se ofrecen a la curiosidad del viajero, pero por alguna razón no fácil de entender los sepulcros de gente insigne apasionan al personal en vacaciones acaso más que los portentos artísticos o naturales. En el caso del Almirante, es conocido el sordo conflicto que sobre sus restos mantienen hace mucho los fosores de ambas orillas, paralelamente al que traen entre manos los colombólogos sobre el debatido problema de su naturaleza genovesa, asunto no tan zanjado como pueda creerse a primera vista y frente al que ya se plantara audazmente hace años don Emiliano Jos --el erudito que desentrañó el mito de los marañones—a pesar de las apuradas circunstancias que el propio Hernando Colón recoge en su “Historia”. Esta vez la ciencia tendrá la última palabra, por más que como el ilustrado don Hernando reconociera, el misterio nimbó siempre las circunstancias de esa triste biografía. El aluvión turístico continúa afluyendo normalmente al monumento sevillano, sin embargo, lo que sugiere la posibilidad de que la necrofilia turística supere incluso el fraude. El Panteón parisino impone con su nómina colosal, claro está, pero yo he visto en Estambul arremolinarse el gentío alrededor de un sepulcro de Alejandro evidentemente espúreo, o en el ‘Père Lachaise’ parisino ante un túmulo de Abelardo y Eloísa más falso que Judas y quizá ocurra lo mismo con los de Colón tras el desahucio de los sabios. El misterio de los vivos resulta siempre incomparablemente más enigmático que el de los muertos.
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El Tribunal Supremo ha condenado a dos años y medio de prisión a una mujer que cobró durante veinte años la pensión por jubilación y viudedad de su difunta suegra, apropiándose de un total de 81.903 euros, cifra que, a juicio de esa corte, reviste “ especial gravedad”. Se me ha venido a la cabeza la historia de M.R.P., una dama madrileña arruinada por la guerra civil, que hizo lo propio, la pobre, cuando, a la muerte de su madre se vio al cargo de una familia extensa mientras los hombres de la casa se pudrían en los campos de concentración. M.R.P., toda una dama ya digo, evocaba años después recetas de purés de algarroba y mondas de papas cocidas, ya restituida en la dignidad que le arrebataron encerrándola a cal y canto una buena temporada en la cárcel de Yeserías. ¿Recuerdan aquello de que “En España se puede robar un monte pero no se puede robar un pan”? ¿Han echado números para saber a cuánto le sale el millón a cualquiera de los millonarios entrullados en estos últimos años por sus fastuosas estafas? Yo no, francamente, pero sí le he metido la calculadora a la cifra que ese magistrado esgrime para encarcelar a ahora C.C. con el triste resultado siguiente: 81.900 euros en veinte años equivalen a 341 euros al mes, es decir, pelín arriba o abajo, a 11’38 euros al día, lo que convertido a inteligibles pesetas arroja la friolera de 1.826, también chispa más o menos. ¿Y se encocora el juez porque una mujer se quede indebidamente con esa cantidad ridícula? Bueno, a uno le parece, honradamente, que lo que constituye motivo de escándalo no es el mangazo vergonzante de ese ama de casa sino la frialdad con que admitimos que una viuda jubilada deba vivir –tras cotizar religiosamente toda su vida—con una pensión que, pagado el alquiler si no tuviera casa propia, no le daría seguramente ni para comprar el pan. El otro día vimos como salía discretamente sonriente de la cárcel el estafador de Gescartera que ha arruinado a muchas familias modestas de paso que manejaba ilustres patrimonios y hasta el tesoro de alguna acaudalada mitra. Ahora comprendo de qué se reía, el tío. Y hasta hace unos días no le embargaron a Juan Guerra la casa y el “Mercedes” que en su día fueron señalados por la Justicia como garantía de su delito fiscal. ¿Lo ven? Hacienda no somos todos ni mucho menos. Seguro que M.R.P. y C.C. me darían encantadas toda su dolorida razón.
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En contraste con el debate sobre el establecimiento de la cadena perpetua o, en su defecto, del cumplimiento íntegro de las penas, que reaparece en Europa esta temporada, un preso etarra no fumador ha recurrido al Tribunal Europeo de Derechos Humanos exigiendo que el Estado le proporcione en prisión zonas exentas de humo. El reclamante disfruta de celda individual, pero esa circunstancia no le ha impedido elevar a quien corresponda una reflexión escalofriante: “El hacerme convivir con fumadores en un mismo módulo –dice la criatura— equivale a una pena de muerte”, argumento que resulta particularmente extraño en boca de un corresponsable de tantas ejecuciones sumarias. Qué cosas llevamos vista y oídas en la crónica terrorista. Estos mismos días el obispo de San Sebastián –aunque a lo mejor también él se salta de un brinco la toponimia y el ‘Año Cristiano’, y prefiere lo de Donosti—ha reclamado la reunificación de los penados de la banda cuya dispersión “produce una red de sufrimiento y justo descontento”, ya ven qué dolor, aunque evidentemente no tanto como el que cualquiera haya podido apreciar en casa de una viuda cargada de un puñado de huérfanos que quien sabe si en su día serán, a su vez, abyectos fumadores. Hay que compadecer al delincuente, aún odiando el delito, qué duda cabe, lo cual no resulta tan fácil si se entera uno, por ejemplo, de que la barbarie de la banda se celebra con champán en unas cárceles que, aún proporcionando celdas individuales a los asesinos, los priva, fíjense qué perfidia, de espacios libres de humos. Por ahí no se andan con tantos remilgos. En Francia mismamente un par de casos de abusos y raptos de menores ha levantado un clamor que reclama para sus autores la prisión de por vida en el marco de un debate que si algo está dejando claro es que carece de sentido imponer penas que no se cumplen o no entender que hay conductas que impiden pensar en la reinserción del reo. Y entre nosotros, prospera un estado de opinión cada día más contrario al postulado ciego de la reinserción, verdaderamente difícil de justificar en el caso de los contumaces. ¿Cómo devolver la libertad a un convicto que no se arrepiente ni disimula su propósito de reanudar su actividad terrorista? En las cárceles españolas se vive una situación indecente como consecuencia del hacinamiento que no afecta, como es de sobra sabido, a los presos etarras, siempre en régimen de privilegiado apartamiento y tratados con guante de seda –para “justo descontento”, monseñor, de los comunes y sus familias—hasta el punto tragicómico de guardar en sus celdas champán para las ocasiones. Hace unos días, según los sindicatos, en una prisión andaluza le habrían dado la del tigre a un recluso –ratero de poca monta y medio pelo, ya saben— antes de atarlo a una silla para facilitar su rapado “higiénico”. No quiero ni pensar en que el rapado o su gente se enteren de la exigencia del etarra y menos en que a la corte europea se le ocurra escucharlo siquiera. De lo que se entere o se le ocurra al obispo, francamente, me da lo mismo.
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Todavía conmocionados por el atentado contra las estatuas del Redentore veneciano, cuentan que los museos andan doblando este verano la guardia frente a la horda turística. En el Louvre comprobé hace poco que los controles se han puesto la mar de serios y parece que en los Uffici florentinos andan pensando en conjurar la amenaza creciente a base de abrir y cerrar coordinadamente sus galerías para facilitar la vigilancia. Hay demasiada gente que pasa de museos, por descontado, pero también un exceso de amantes del arte que pintan en fetichistas pirados. Un caso extraordinario es el de Stéphane Breitwieser, extraditado hace días a Francia desde Suiza bajo la acusación de haber saqueado a puro huevo unas setenta obras que luego su madre destruyó en casa a martillazos, arrojó a la basura o terminó por arrojar al río, convencida de que todo aquel baratillo del nene carecía de valor. Claro está que el garantismo propio de nuestros paraísos democráticos se ha puesto enseguida en pie de guerra argumentando que el pobre Stéphane no es más que un enfermito, un delincuente pasional, mimado, inmaduro, sobreprotegido el pobre, además de un asocial y narcisista perdido que, arrebatado por esa pasión, confiesa haber perpetrado en pocos años y en varios países unos doscientos cuarenta robos. “Necesitaba esos objetos. Ellos eran mi droga, mis fantasmas, mis orgasmos”, le ha confiado al juez la criatura. Lo más probable, como ustedes comprenderán, es que Stéphane se vaya de rositas aunque los demás nos quedemos sin el puñado de Cranach, Bruegel o Watteau que el basurero se llevó sin sospechar su valor. Así de espléndidos y generosos somos con los amantes del arte en esta Arcadia feliz. El arte antes que nada, por encima de todo, nos quitamos el pan de la boca, si hace falta, con tal de protegerlo. Comparen si no: en Andalucía acabamos de consignar 700.000 euros para indemnizar a diez pueblos y un montón de aldeas arruinados por un incendio pavoroso, a los pocos días de haberle concedido a Barenboim tres millones para financiar su proyecto musical en favor del acercamiento entre judíos, moros y cristianos, en el que han entronizado patrona a la esposa de ZP, que es soprano de coro, y al expresidente González, a quien no se le conoce afición musical. ¿Está puesto en razón ese reparto, tiene su lógica financiar cuatro veces más un taller de música que la reconstrucción de un erial devastado de 25.000 hectáreas y miles de habitantes desamparados? Bueno, de sobra sabemos que estas cuestiones son siempre opinables y que seguro que Barenboim o ZP mismo no verían las cosas igual que esos gañanes que han perdido en una madrugada el ajuar de toda una vida. Ah, el arte. No tiene uno más remedio que blandear con el pobre Stéphane, ese narcisista inmaduro incapaz de resistir la tentación de lo bello. Porque le ha tocado en Francia, con lo jacobinos que son; si le llega a tocar aquí, igual lo hacen hijo adoptivo.
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Estoy convencido de que debe
de quedar poca gente en España –al margen de los empecinados—que no reconozca
hoy el papel jugado por los medios de comunicación como garantía de
transparencia en el periodo democrático. También lo estoy de que la mayoría
entre esos convencidos que aprecia tan decisiva tarea, tiene una idea mucho más
clara de lo que el trabajo periodístico vale que de lo que cuesta. Sería
prolijo, además de superfluo, recordar una vez más la relación de investigaciones
llevadas a acabo por los medios españoles que han aportado luces decisivas a un
régimen de autogobierno afectado de una inquietante tentación ‘regiminista’ y
que, en no pocas ocasiones, confundió el poder legítimo con la arbitrariedad y
olvidó que el respeto escrupuloso de la Ley es prerrequisito de todo sistema de
libertades. Pero es inevitable decir que si el periodismo de investigación no
hubiera tenido en su día los redaños de enfrentarse a ese Poder ante la
evidencia de la corrupción o el desafío intolerable del crimen y el terrorismo
de Estado, la continuidad de nuestra democracia se habría visto
irreparablemente condicionada. Pero hablar de periodismo de
investigación en España es, prácticamente, hablar de Pedro J. Ramírez y del
proyecto –o de los proyectos—que él ha liderado durante esta etapa decisiva de
nuestra Historia. No es gratuita la enemiga declarada, no es infundado el
resentimiento de quienes, más allá de presiones y castigos, y fracasadas las
descomunales campañas personales lanzadas desde la propia Presidencia del
Gobierno, tramaron sencillamente su asesinato civil en ese caso de sobra
conocido que, como es natural, no afecta al personaje público atacado sino que
infama a la recua indigna de los ingenuos que participaron de aquella burda
conjura. Tan es así, que ha llegado a convertirse en un tópico eso de que Pedro
J. no sólo quita sino que incluso “pone” Presidentes. Una investigación
impecable, como las llevadas a cabo en torno a Filesa o al infierno del GAL –lo
mismo que una amistosa foto en un balcón sin mayor trascendencia que la que el astigmatismo
partidista quisiera atribuirle—han bastado y sobrado en España para afirmar,
por poner un ejemplo tan absurdo como desmesurado, la tesis rencorosa de que no
fue el pueblo español sino Pedro Jota quien liquidó políticamente a González o
quien mantuvo a Aznar en vilo, al menos durante su primera legislatura. Y
consecuentemente, ese mismo prestigio indeseado sirvió para adjudicar después a
una legítima corrección de criterio editorial las tristes consecuencias de una
crisis personal y política que dio al traste, finalmente, con el proyecto
aznarista. La sociología política tiene hoy día asumido sin reservas, desde Parsons a Mc Donnald pasando por Daniel Bell, y desde Bourdieu a Henry Lévi, que las complejidades alcanzadas por la vida pública convierten a los medios de comunicación en una garantía imprescindible de control del poder de Leviatán. En los EEUU como en Japón, en Francia o Italia, por todas partes, los escándalos declaran que esa complejidad alcanzada por la vida vuelve inevitable un riesgo para impedir o paliar el cual la vigilancia interna del Sistema resulta insuficiente. Ahora bien, lo que los “medios” suponen hoy en ese sentido no es ya lo que significaba su papel en la hora aciaga del caso Dreyfus sino más bien lo que viene significando desde el caso Watergate. La trascendencia de la aportación de Pedro J. Ramírez está, precisamente, en haber sido el introductor en España de ese periodismo americano, libre siempre y cimarrón llegado el caso, presionado como todos pero firme en el convencimiento de que su mandante único debe ser la Opinión. En este sentido, más que un parecido emocional o coincidencias circunstanciales, yo creo que el modelo siquiera remoto de Pedro Jota es Ben Bradlee, aquel porfiado paladín que cambió el rumbo de la vida americana –y con ella, seguramente también la del mundo entero-- sin que nadie presentable lo cuestionara en aquel gran país porque fuera amigo o vecino de un presidente, ni porque lograra que, con su imprescindible concurso, la propia democracia se librara vigorosamente de otro. España no es USA, en todo caso, y hacer aquí lo que Bradlee mostraba allá que podía y debía hacerse, no fue tarea fácil. En España, como corresponde a un país condicionado por el tradicionalismo residual y por un caciquismo renovado pero idéntico, despegarse del Poder –y no sólo del político, por supuesto, sino también del económico y del institucional-- supone ya una dificultad, pero enfrentarse a él supone ni más ni menos que jugarse la vida. En términos simbólicos, como en el caso de un Pedro J. Ramírez, pero también, acaso, en algo peor. Por esa razón los demócratas españoles están en deuda con él, les permita o no reconocerla la parcialidad del criterio. Pedro Jota, además, no es personaje que deje a nadie indiferente: a él lo ensalzan o lo detractan sin mesura, ésa es la regla, desde la propia presidencia del Gobierno o los despachos ministeriales hasta el ciudadano indiferente, pasando por los sicarios de todos los sanedrines. No se levanta un periódico hasta el nivel más alto en poco más de un decenio, y menos con medios propios y soportando el asedio de las poderosas fuerzas del propio Estado. Y él lo ha hecho con El Mundo. Estos mismos días vuelve a ser “El Mundo de Pedro José”, como decía el ingenio estólido de Corcuera, el medio que –en solitario, nótese una vez más esta circunstancia significativa—está desenmarañando la intrincada madeja de esa infamia suprema que fue el 11-M. No paralelamente ni frente a la autoridad, sino en su justo sitio; no motivado por el prurito noticioso sino a rastras de esa pasión no disimulada por la Verdad en que el periodismo encuentra su más genuina identidad. Pedro Jota y su gente, Melchor Miralles, Casimiro García-Abadillo, Cerdán y Rubio: los de siempre, una vez más, y como siempre, mirados de reojo por quien más debía celebrar su esfuerzo y valorar su faena: la propia autoridad. Pero es que el periodismo enterizo es oficio de hombres libres. Tocqueville, a quien todos citan y pocos leen, dijo que era el instrumento democrático de la libertad, y añadió “por excelencia”, acaso porque el periodismo de hoy –para bien y para mal—es la Historia de mañana. Eso es lo que convierte a este oficio en exigente y lo que le confiere dignidad. “La vida de Bonaparte –escribió Chateaubriand en sus “Memorias de Ultratumba”—era una verdad incontestable que la impostura se ha encargado de escribir”. Pedro Jota anda empeñado –y ha logrado empeñarnos a unos cuantos—en ponerle la tarea a los impostores lo más difícil posible.
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Encontré en París hace un par de semanas un libro de Layla
Farouki sobre el que me había llamado la atención el comentario de un pope
universitario, y en el que la autora, una libanesa bien integrada en la cultura
francesa, planteaba una interesante reflexión sobre la histórica tensión que
está desgarrando el mundo para culminar con una pregunta inquietante y plena de
sugerencia: ¿no sería más propio que Occidente reflexionara sobre sí mismo, que
se percatara de la existencia práctica de “Los dos Occidentes” (así se titula
el libro en cuestión), en lugar de insistir en el debate maniqueo sobre este
nuevo mundo bipolar que ha sustituido al ‘Otro’ tradicional –el comunismo
ubicuo—por el fantasma del fanatismo islámico? Verdaderamente tienta cualquier
propuesta que nos saque de aquel agotado enfoque , o al menos, nos remueva
sobre le propio terreno, pero no resulta nada fácil la opción ante el
espectáculo renovado diariamente de la cerrilidad y el integrismo ciego. El
embajador Menéndez del Valle, que conoce de cerca esa realidad por haberla
palpado en años bien difíciles, primero ‘in situ’ y luego desde ese
observatorio diplomático de excepción que, en cuanto se refiere al
Mediterráneo, fue siempre Roma, compartirá conmigo, probablemente, esta
incómoda perplejidad que inspira el barrunto de que acaso la bipolaridad no sea
una circunstancia pasajera sino un rasgo que concierne en profundidad a la
condición humana. Eso era lo que en nuestra común Universidad se nos enseñaba,
cuando desde Renouvin a Truyol, se nos instruía con la sugerencia de que
siempre anduvo partido el mundo y en toda época sobrevoló la sombra demediada
de una hegemonía resuelta en competencia feroz. No hace falta retroceder mucho:
ahí está la gestación de la barbarie europea arrastrándose
–arrastrándonos—desde el último tercio del XIX, a comienzos del XX, al filo
temeroso de su mitad, o luego, tras la caída del Muro, en la nueva polaridad
que ha logrado escindir el planeta en dos ámbitos enemigos hasta poner en el alero
nada menos que el progreso racional y humano, es decir, eso que llamamos
Ilustración, y que no es otra cosa que el desarrollo tardío y secularizado de
la doble simiente civilizatoria griega y cristiana. Vivimos en otro mundo desde el 11-S, de eso no hay duda, y
es un privilegio tener como intérprete de esa trágica fractura a un conocedor
tan directo de las dos civilizaciones en pugna, a alguien que, además de poseer
la teoría, conoce por dentro y a fondo la naturaleza del choque y las razones
de la incomprensión que hoy mantienen al mundo en vilo. Hay demasiada baratija
teórica en el ambiente, sobran versiones interesadas o banales de una situación
que, seguramente, en mi concepto, no tiene mucho sentido reducir a una causa o
a dos o a tres, sino más bien, contemplarla desde un discreto distanciamiento
que nos permita superar nuestros inevitables prejuicios: a cada cual los suyos.
Hablar de ‘guerras de religión’, por ejemplo, supondría despreciar el evidente
contenido económico y estratégico que encierra el conflicto actual. Hablar de
‘choque de culturas’ coloca la reflexión, a mi juicio, en un plano exento tan
confuso como escasamente realista. Adoptar la equidistancia en esta tesitura me
parece tan poco sensato como pronunciarse parcialmente por uno de los bandos;
escudarnos en la tesis, tan frecuente hoy en Europa, sobre todo en Francia, de
que la culpa está en el imperialismo y sólo en él, puede que resulte tan
impropio como confundir las graves razones de cierto Tercer Mundo con la
sinrazón del fanatismo. Lo único claro es que, al menos tras el 11-S, el mundo
ha vuelto a escindirse y aquella lógica maniquea que ingenuamente creímos
superada, se ha reinstalado por doquier. Aparte de que la dinámica de lo
cotidiano parece como acelerada desde esa fecha y, como consecuencia
inevitable, la perspectiva de las relaciones internacionales que nuestro
embajador va a alumbrarnos, se enreda cada día más tortuosa. Es probable que el
mundo no haya vivido una crisis y un riesgo como los actuales desde los últimos
soponcios de la Guerra Fría. Y lo que es peor: es seguro que la índole del
enfrentamiento actual –el terrorismo y la llamada ‘guerra de cuarta
generación’—nos haya pillado conceptualmente desprevenidos y políticamente en
la inopia. Lo que está claro es que no es posible, sin riesgo apocalíptico,
instalarse en la crisis. Y ello nos obliga, antes que a nada, a tratar de
entender las razones del conflicto, ya que no sería posible ni razonable hablar
de Razón, con mayúscula. Yo creo, en definitiva, que se puede ser occidentalista
convencido y comprender que ciertas injurias explican, ya que no legitiman,
ciertas actitudes desesperadas. Y al contrario, sostengo que cabe abrirse a la
comprensión más generosa sin dejar de rechazar con toda energía cualquier
designio de “regreso”, todo intento de desandar lo andado en la Historia --¡y a
qué precio!—por una Humanidad paradójicamente cada día más doliente. El
embajador Menéndez del Valle va a darnos su visión de “ilustrado”, de hombre de
progreso y, lo que es igual de importante, de experto que no habla a humo de
pajas. No hay que olvidar que a su experiencia directa como legado en Oriente
–y nada menos que en ese horno que era Jordania--, él junta la perspectiva que
le proporciona su visión europea, aparte de un bagaje intelectual poco
frecuente. Él sabe bien que muchas veces los garabatos de la diplomacia, como
decía Maurras, están escritos con sangre humana. Y sabe de sobra, como vamos
sabiendo ya todos, lo poco que la sangre humana va valiendo ya en esta lonja. Le
hemos pedido que comparta con nosotros su experiencia y su saber, seguros de
que no hay un solo tema en el mundo, en este difícil momento, más complejo ni
más amenazante. Es verdad que el mundo, los hombres, han superado muchas crisis
en esa crónica del desvarío que es la historia humana. En el fondo, supongo que
lo que todos estamos esperando del embajador Menéndez del Valle es que nos
alumbre siquiera una chispa de esperanza en medio de tanta penumbra.
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Si hay algo que en Valverde duda poca gente es que “Facanías” se ha hecho mayor. Que de un invento voluntarista --¡había que conocer a Manolo Marín!—y tras largos años de forzado localismo, una nueva generación ha sabido poner en pie un periódico interesante, con su voz propia y su ojo vigilante, varios de cuyos integrantes se valen ya solos en el periodismo profesional. Este Valverde no es el de hace un cuarto de siglo, ni aquellas opacidades se compadecen con las libertades vigentes, y es ahí y en ninguna otra parte donde hay que buscar la razón del criticismo de “Facanías”. Los políticos instalados, por supuesto, han ido a buscarla al soberado de las malas mañas, pero los lectores –“Facanías” se ha dicho y repetido que forma parte hace años del paisaje doméstico de nuestras casas—saben de sobra que, al margen de porfías concretas, la gran razón no es otra que la dicha: un Valverde libre, moderno, abierto, necesita un medio de expresión en el que el Poder no goce de inmunidad y menos de impunidad, en el que cada cual pueda decir lo que piense que decir debe. Y por supuesto, esa necesidad de Valverde, Valverde ha de pagarla, como de hecho vienen haciendo sus suscriptores y, si de mí dependiera, avalaría un grupo de ciudadanos generosos y dispuestos a cerrarle el paso a los caciques. ¿Subvención del Ayuntamiento? Pues, vale, a ver por qué no, si estamos hablando de un bien del pueblo, de una necesidad social que no cubre ni de lejos el escandaloso tingladillo mediático que se ha montado desde la alcaldía con el dinero de todos. Decir que no hay dinero en el Ayuntamiento para pagar el óbolo a “Facanías” mientras se mantienen a tocateja radios, teles y papeles diversos, no es más que una tomadura de pelo, una mascá que trata de enturbiar lo que está claro de sobra: que el alcalde no tolera discrepancias, que no admite críticas, que sólo paga monaguillos y únicamente hace el gasto al botafumeiro. Bien, que se queden con el dinero. Valverde debe saber que, de todas formas, la deuda del Ayuntamiento (derivada de la poca publicidad institucional con que se digna apoyar a “Facanías”) no se cobra ni a tiros. Tampoco que el “pacto de progreso” que rompió a IU para ‘colocar’ a Paco Rincón, huy perdón, al señor Donaire, ha contribuido en absoluto a mejorar ese lamentable estado caciquil sino a consolidarlo hasta las trancas. Acaso presionado por algún medio de mayor envergadura, Donaire, en plan Becket, ha comprometido su honor en la promesa de dar marcha atrás y restablecer lo que ni siquiera en la penumbra predemocrática se le negó al pueblo, para tranquilizar a los jóvenes que pelean duro para sacar adelante el periódico de Valvcrde, que obviamente no es el que cada quince días le hacen en Huelva a Cejudo a su mayor gloria, ni ninguna otra hojilla volandera. El problema es creer a Donaire, saber con qué Donaire quedarse, si con el que se luxaba el brazo forcejeando con los muncipales cuando Cejudo lo expulsaba del Pleno, con el que denunciaba sin tregua el caciquismo de é actual amo, con el que consintió que IU se partiera en dos con tal de garantizarse él un sueldo y dos despachos, con el que sabía de sobra que Cejudo tenía decidido decretar la asfixia económica de “Facanías” o con el que sale ahora prometiendo por su honor que eso lo arregla él como se llama Don-aire. Él sabe de sobra que todo es una filfa y que la sanción va en serio. Cuentan que alguien en el entorno de Cejudo ha venido tirando al contenedor los ejemplares de “Facanías” que el Ayuntamiento compraba para vincular a los valverdeños ausentes, ¿quieren más? ¿A quien le va a extrañar que le quiten las cuatro perras gordas a un grupo de jóvenes (ojo: más de uno y más de tres militantes o próximos al PSOE) que ven con disgusto cómo lo que vivimos hoy no es sino la versión hodierna de los Tejero o los Lamamie de antaño, la cara renovada del caciquismo nuevo y eterno, sólo que ahora con medio Limón y medio Barriobero metidos con calzador en el mismo traje de Emidio Tucci? Valverde no debería permitir que un par de caciques la tapen la boca, ni seguramente va a permitirlo, lo facilite o no el honor embargado de ese socio entusiasta que garantiza con su presencia junto a su antiguo enemigo el fin de la satrapía y el reino feliz del progreso de todos.
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Cuesta entender la discusión de actualidad en torno, por un lado, a los enanos de Ibáñez Serrador, y por otro a la escandalera que un tal Leo Bassi, acreditada estrella de la telebasura, ha montado en un mitin. Un comentario ocasional me descubre la lógica elemental del primer debatillo: ¿sacaría Chicho enanos a escena para ridiculizarlos si tuviera un hijo enano? Desde luego sería indiferente lo que Chicho contestara, porque la respuesta general no me cabe duda de que habría de ser aplastante: no. Debería abochornar el mero planteamiento del dilema y, sin embargo, no sólo no ha sido así hasta ahora, sino que se han manejado argumentos tan miserables como el de que los propios ridiculizados reclamaban su derecho ‘laboral’ a cobrar por serlo. Curioso: un país que rechaza con vehemencia el uso léxico legítimo a la hora de nombrar con propiedad a cualquier ‘diferente’ (¡hasta este genérico es ya un eufemismo!), que llama ‘interno’ al preso, discapacitado al sujeto de cualquier defecto físico, ‘gay’ al maricón, presunto al sorprendido ‘in fraganti’, persona de color al negro (no al amarillo ni al piel roja), al portero empleado de finca urbana o a la puta,trabajadora sexual, se divide a la hora de contemplar cómo en la tele se maltrata a dos enanos, huy, perdón, a dos acondroplásicos. En cuanto al derecho a impedir por las bravas que otro se manifieste en público, apenas hay que porfiar. Incluso si ese tal Bassi no fuera, dadas las circunstancias, un mercenario, no hay modo de discutir la impropiedad que supone el recurso a reventar el sermón del adversario, aunque sólo fuera por otra razón elemental, la de la eventual respuesta que pudiera provocar la violenta imposición de un espontáneo sobre el derecho de los demás. Claro que el PP no debería incomodarse demasiado por ello, pues el recurso electoralista al payaso en el peor de sus papeles posibles –el de las bofetadas sin réplica—ofende tanto al sentido común que más parece una sibilina estrategia para desacreditar al adversario que una desdichada argucia del éste. Ese Bassi representa lo peor de lo peor que hoy se reparte en nuestra aflictiva tele, aunque preciso es reconocer que no es él quien ha patentado el sabotaje dialéctico, acreditado expediente entre políticos, tertulianos y espontáneos de mostrador. Él es sólo la punta del iceberg fascistón, el indicio de un elocuente test de la personalidad autoritaria, como dirían Adorno y compañía, que ya, como puede verse, no arrumba sólo por la derecha.
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Dicen que, más que las graves idioteces de “El mito del siglo XX”, lo que arrastró a Hitler tras la teoría de Alfred Rosenberg fue su hipótesis de que, así como la raza aria constituía una humanidad superior, también las especies animales relacionadas con ella debían ser superiores. Esa hipótesis planteaba un arduo problema territorial, dado que el campo no tiene puertas, pero una suerte de lógica implícita en la teoría del ‘hombre superior’ implicaba que los animales de sus campos y granjas fueran también superiores a los de los hombres inferiores. La banalidad que paradójicamente atribuyó Hannah Arendt al Mal viene pintada para cualquier suerte de fanatismo racista aunque, claro está, que así como la evidencia de aquella no aliviará el infierno humano, la clamorosa banalidad de las fantasías racistas tampoco nos librará de ellas. Ahí tienen a Alfonso Ussía en el dique seco esperando a que le publiquen su columna sobre el cerdo vasco, última entrega de la serie con que el gran humorista ha ido poniendo en evidencia a un aberchalismo cerril empeñado en que las especies de abejas, caballos, ocas, gallinas y cerdos que se crían en aquel territorio español son diferentes de las especies “maketas”, cuyas características son mucho menos memorables y más chicos sus respectivos productos o servicios. Los huevos de la “goli gorri”, por ejemplo, no admiten comparación con los de la polla española, con perdón, como no la toleran los que deja en el ponedero la oca vasca (la ‘euskal antzara’, calculen), ni las mieles de la abeja euskalduna pueden medirse con la de los panales hispánicos por más romeros y salvias, lavandas y mastranzos que liben sus obreras. Lo que, al parecer, ha sentado en el banquillo a Ussía ha sido su comentario a la canonización legal del cerdo autóctono decretada por los buffones (dos efes, ojo) que hoy vigilan la ortodoxia aberchale. ¡Menudo sofoco se hubieran pillado los burgueses de la academia de Vergara y los ‘caballeritos de Azcoitia’ oyendo chorradas como ésa de que a ver por qué no va a haber un cerdo vasco si existe una cabra hispánica o un cerdo ibérico! Lo que no entiendo es que saquen del campo a estas alturas del partido a quien, como Ussía, no podría insultar a los vascos sin insultar a su padre, el conde de los Gaitanes. De los gaitanes vascos, se entiende, que cualquier día salen también disecados, como especie indígena, en el Boletín Oficial de la autoctonía.
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Parece que uno de los problemas de las compañías aéreas es el creciente pavor de la parroquia a volar. Su reacción ha sido ofrecer cursillos desdramatizadotes a ejecutivos y pasajeros frecuentes para tratar de desmontar esa paranoia antiaérea que el hipocondriaco es capaz de ampliar a una especie de sexto sentido que clasifica hasta el menor ruido del aparato. En un intento de convencer al personal de la extrema seguridad de los aviones, una vieja dialéctica enfrenta a quienes esgrimen la estadística irrefutable de la seguridad del medio aéreo (menos víctimas que ningún otro) con la contumacia del pesimista que opone a los fríos datos la imagen aterradora de la catástrofe (en caso de accidente, no suele quedar ni una para contarlo). Un avión es un vehículo seguro, por supuesto, pero resulta que un inocente gorrión despistado del alfoz urbano puede derribarlo si es absorbido por una turbina, razón por la que la especie humana ha pactado con la cetrería un protocolo de impunidad similar al que en la edad oscura se fraguó entre la aristocracia británica y sus mesnadas con el fin de liquidar el furtiveo en sus bosques. Es muy delicado ese coloso seguro, pero no hay modo de negar que tanta garantía no esté sometida a eventualidades fatales. ES fama que un ministro español sólo aceptó el cargo ‘sub conditione’ de viajar siempre por tierra, lo que supuso un colosal dietario para su chófer oficial. ¿Qué ocurriría en la aeronave –sugiere la hipondría—si un insensato provocara la pérdida de presurización abriendo alocadamente una puerta o disparando un arma? Hemos visto demasiadas películas de héroes policíacos como para creer de verdad que una disputa a tiros en el interior de un avión puede resultar razonable, razonamiento que se refuerza cuando escuchamos a la autoridad asegurar que esos agentes utilizará sólo “balas especiales”. No cabe duda de que el problema del terrorismo es terminante, tampoco de que el sistema de control de viajeros –en la actualidad casi insoportable—puede fallar. Pero ¿qué solución supondría fiar a las pistolas el control interno del pasaje? Las Asociaciones de Pilotos, la Asociación Española de Tráfico Aéreo (ASETRA), entre otros grupos profesionales, se han pronunciado abiertamente en contra de esa medida que juzgan de altísimo riesgo: nadie puede sostener en serio que un avión resistiría a un tiroteo. Y esto sigue siendo cierto por encima y por debajo de la paranoia desatada en USA tras el 11-S que ha hecho que Ashcroft, por citar un caso, pidiera poderes especiales para expulsar ‘in continenti’ o encarcelar sin intervención del juez a cualquier viajero sospechoso. El Chicago Sun Times publicó en portada hace poco la foto, que luego dio la vuelta al mundo, de un simulacro de “reacción” en el que un agente encañonaba con su pistola la cabeza de un supuesto pirata aéreo, y desde luego no era imprescindible ser hipocondríaco antes semejante imagen para que a uno se le pusieran los pelos de punta. ¡Claro que algo habrá que hacer ante esa amenaza sin rostro ni huella, por cierto, no confirmada hasta ahora en un solo caso! Pero esta medida, que ya se prepara en España, no deja de ser lo que el ministro inglés Alistair Darling calificó no hace mucho como “la última línea defensiva”. Porque es evidente que en la imposición americana a las compañías extranjeras hay bastante de paranoia, acaso una buena dosis de estrategia psicológica (hay que justificar la guerra antiterrorista cada día más controvertida, etcétera) y, en fin, un reflejo más de administración imperial, que simula no tener en cuenta la situación que se derivaría sin remedio a bordo en una supuesta emergencia, en cuanto los terroristas supieran que se enfrentaban a expertos armados. Los pilotos ingleses resumieron su actitud ante esta aporía: cuando se sospeche que hay peligro en un vuelo, lo único razonable es no volar. ¿Qué eso supondría el triunfo por adelantado del terror? Pues posiblemente, pero parece poco discreto llamar a Clint Eastwood para resolver el problema. Esta es la opinión de un medroso, en cualquier caso. Uno sigue vigilando con desconfianza a gorriones y gerifaltes desde que llega al aeropuerto.
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La cirugía onubense tiene un pasado fabuloso y otro real. El
fabuloso concierne a la leyenda de los ingleses, los doctores Mckay y Mc Donal,
de los que dice la fama que adelantaron en muchos decenios la cirugía de
trasplantes y la mitología popular de la época que eran capaces de remendar y
sustituir estómagos humanos por otros de rumiantes. El real nos dice que Huelva
fue durante los dos cuartos intermedios del siglo pasado, una plaza bien
servida en la que, sin desprecio de otros facultativos respetables, descollaban
con fuerza dos, don Francisco Vázquez Limón y don Félix Sanz de Frutos. Hoy
querría echar una mirada al primero, un personaje de extraordinario talante y
talla humana y profesional poco común, que sufrió, ciertamente, los rigores de
una época fratricida y ciega, sin perder los estribos, para recogerse luego en
la intimidad de su hogar y su trabajo. Vázquez Limón fue un personaje
reservado, casi secreto, al que nadie vio casi nunca en público porque había
cercado su mundo vital en su entorno privado y, desde luego, porque no estaba
interesado en lo más mínimo por las miserias que florecían, en aquella época
como en todas, de puertas afuera. El Dr. Vázquez Limón había nacido en Huelva el 15 de
Diciembre de 1899, razón por la que siempre dijo que había nacido con el siglo,
en una casa de la calle de San José, creo, que fue la que ocupó en primer lugar
su familia al venir a Huelva desde Alosno y antes de trasladarse a la residencia
familiar de Peguerillas. ¿Quiénes eran esos Limón que tanto relieve tendrán en
la vida onubense durante decenios? Pues eran una familia de Alosno, cuyo
‘epónimo’, por así decirlo, fue un inteligente ganadero de no gran cuantía,
Francisco Limón Rebollo, que, enamorado de una prima ricacha del pueblo, hubo
de buscar fortuna con las dificultades que presentaba para esa hazaña un pueblo
que vivía prácticamente de la minería y del contrabando. Su ocurrencia fue,
precisamente, ‘organizar’ este tráfico inocente –hablamos fundamentalmente de
contrabando de café y otros productos coloniales portugueses—con tan
espectacular acierto que, en muy pocos años, la ‘empresa’ pudo especializarse
en la compra de concesiones mineras y en un negocio próspero que resultaría definitivo
para la suerte de la familia: el arriendo de los “consumos”, en la época
propiedad de los Ayuntamientos. En todo el Andévalo y en su piedemonte, por
ejemplo, en Valverde, se ha conocido siempre a esa estirpe emprendedora como
los “consumeros” hasta el punto de convertirse en un tópico demagógico de la
izquierdona (Eduardo Barriobero y otros personajes similares) el ataque al
oficio recaudador. Casó al fin Francisco Limón con su prima Bella Caballero
para formar una amplia familia, cuyos cinco hijos son bien reconocibles en la
crónica por escribir de esa época onubense: Sebastiana, luego condesa de
Barbate, Concha (Alosno, 1884, lo que quiere decir que la familia aún estaba
allá, aunque puede que la madre fuera a parir a su pueblo como no era inusual entonces),
Pepa, don José Limón Caballero (un clásico cacique provincial, conocido en su
circunscripción como ‘el Diputado” por antonomasia, que llegaría se liderar el
Partido Liberal, iría a Asturias de Gobernador y tendría durante la represión
franquista una interesante influencia contra los excesos) y María Rondana Limón
Caballero. Fue ésta, casada con el médico triguereño Eduardo Vázquez Casanova,
la madre de nuestro don Francisco y de doce hermanos más (Antonio, Eduardo,
José, Serafín, María Bella, Estrella, Blanca, Bella Aurora, Victoria, Delia,
Guillermina y Serafina. Es interesante subrayar que el traslado de esa familia extensa a Huelva se produce cuando ya es poseedora de una importante fortuna, lograda, efectivamente, sobre todo, en base al negocio de los “consumos” –el viejo impuesto de “puertas y consumos”, que abolido en la Revolución Gloriosa del 68 es recuperado luego--, fortuna de cuyo alcance da idea el dato que María Antonia Peña facilita en su ya clásica obra sobre el caciquismo onubense: el hecho de que en el año 1903 la familia arrienda los consumos de Madrid en más de 22 millones y medio de pesetas, una cantidad fabulosa para la época, sobre todo teniendo en cuenta que el pago del arriendo al Estado debía hacerse al contado y en metálico. Don Francisco contaba entonces tres años justos, puesto que, según su inscripción registral, vino al mundo en Huelva, en su domicilio de la calle Rascón número 11, (una anotación al margen consigna que el domicilio estaría, como yo creo, en la de San José número 17), primer domicilio de los Vázquez Limón, en cualquier caso, antes de trasladarse toda la familia a su residencia de Peguerilla, finalmente propiedad de la citada condesa de Barbate, aquella que venía cada tarde a la capital, a partir de la primavera, a visitar a sus viejas amigas de la calle del Puerto, las hermanas León, en un arcaico simón tirado por dos vistosos percherones que eran la admiración de la santa infancia. Los expedientes académicos de aquella eminencia muestran,
una vez más, lo poco adecuado que resulta ser tanta veces el sistema educativo,
pues si en su aventura inicial en el Instituto La Rábida don Francisco no
descuella especialmente (¡incluso suspende el inocente examen de Ingreso, aquel
del dictado y la división por decimales!) en la Faculta de Medicina de Sevilla
destaca hasta el extremo de obtener Matrícula de Honor en todas las asignaturas
de la carrera, que finaliza en el curso 1922-1923 a la edad de 23 años,
obteniendo, tras reñida oposición celebrada el 30 de septiembre, el Premio
Extraordinario de la Licenciatura. Su título, expedido por el viejo ministerio de
Instrucción Pública y Bellas Artes, está firmado por Alfonso XIII el 15 de
octubre del año 23, es decir, en plena efervescencia de la Dictadura (el golpe
de Primo de Rivera y el Rey se produjo
el 13 de septiembre). Y ahí empieza una brillante carrera profesional, siempre
por oposición, que va desde su nombramiento, en octubre de ese año, como
profesor ayudante del mítico Dr. Cortés, el cirujano, traumatólogo y ginecólogo
de la Hispalense, pasando por su nombramiento de Médico de Guardia del Hospital
universitario, cargo que desempeña hasta finales de junio del año siguiente, a
su destino onubense Vázquez Limón quería volver a Huelva, en efecto, y será en el
Hospital de Huelva donde gane por unanimidad la plaza de Jefe Clínico de
Cirugía el 8 de junio de 1928, es decir, aún con veintisiete años, y con un
sueldo inicial de 4.000 pesetas anuales. Luego su fama crecería rápidamente
hasta que en su camino se cruzara la tragedia española. En la prensa de Huelva
–El Diario de Huelva, la Provincia—puede leerse, al filo del 18 de Julio del
36, un suelto breve en el que se da cuenta de que un individuo, al que Vázquez
Limón había colocado primero y expulsado luego del Hospital por su reprobable
conducta, disparó sobre el joven médico en pleno centro de la ciudad
obligándolo a salvar su vida al refugiarse en un portal. Pero lo malo estaba
por venir. Tomada Huelva por los rebeldes franquistas, aquel joven médico
liberal fue arrestado bajo un cúmulo de ridículas acusaciones en las que se ve
a la legua la inquina tanto como la falta de base, grave situación en aquellos
días que contribuyeron a resolver, con su vehemente testimonio favorable,
precisamente las monjas del Hospital donde se imputaban a aquel “rojo”
imaginario tantos disparates. Don Francisco, hombre más bien severo y un punto
adusto, no escatimó nunca su agradecimiento a aquel gesto de
quienes contribuyeron, desde la discrepancia ideológica y seguro que por
agradecida comprensión, a salvar su vida. Rehabilitado tras su denodado
servicio como médico militar durante la larga guerra civil, volvería Vázquez
Limón a Huelva finalmente para seguir con su trabajo y enclaustrarse en su
intimidad familiar de la que sólo lograrían arrancarle, y ya muy tarde, las
nuevas inquietudes que otras generaciones le planteaban al tomarlo como un
referente y, en cierto modo, como una protección frente a la implacable censura
social. La tarea de Vázquez Limón como agitador cultural está también
por estudiar, en especial su decisiva contribución a la puesta en pie de un
Ateneo, en el ámbito del Círculo Mercantil y Agrícola que presidía por
entonces, creo recordar, José Antonio Fernández Contioso, que durante años se
esforzó, dentro de lo que era posible, en abrir nuevos horizontes, aprovechar
las energías recientes y sacudir, de algún modo, la inercia de una ciudad
ciertamente adormilada. Una tarea solitaria, además, a pesar de los desvelos de
Hermenegildo de la Corte, José Antonio Mancheño, y la lejana simpatía, más bien
pasiva, con que la ‘progresía’ local contemplaba aquel movimiento menor pero
interesante, en el que más tarde se inspirarían las actividades críticas que
ella misma acabaría organizando alrededor del proyecto de la librería Saltés,
la obra social de la Caja de Ahorros y demás. Porque aquel discípulo de Cortés
que había sido maestro de tantos cirujanos en Huelva y sobre cuya
profesionalidad circulaba una vasta leyenda indiscutida, fue también, durante
esa última fase de su vida, un español preocupado por el futuro inmediato, un
convencido de que dentro del modelopolítico y social derivado de la guerra no había futuro y, desde
luego, de vueltas de la idea de que era posible continuar adelante sin renovar
enérgicamente los cimientos culturales. Yo recuerdo el interés de don Francisco
por la bibliografía reciente, su curiosidad y también su educada indiferencia
ante las pasiones intelectuales que a muchos de nosotros nos arrastraban
entonces. Conservo cartas suyas con su opinión crítica sobre algún libro de
Monod o de Touraine que, a petición suya o iniciativa mía, yo mismo le habría
enviado desde Madrid. Especialmente la impresión que le produjo el ‘Baudelaire’
de Sartre, que lo llevó a enfrascarse, tan tardíamente, en la poesía del genio
francés. O su juicio sobre las primeras obras de Castilla del Pino, o sobre el
mismo Freud, que le intrigaba sin convencerle. Un día me escribió invitándome a
reflexionar sobre el hecho de que, vistas las cosas sobre un planisferio, el
comunismo ocupaba ya la mitad del planeta más o menos: esa
sugerencia-invitación provocó mi primera
intervención (ciertamente audaz) en aquel Ateneo vigilado por policías que no
osaban interrumpir lo que él presidía, menos mal. Se conserva una foto suya que me conmueve y en la que creo ver una especie de sugerencia simbólica: en ella aparece un joven Vázquez Limón en un grupo de condiscípulos universitarios, sentado junto a un viejo catedrático barbudo, revestido con toga y tocado con birrete, que descansa su mano izquierda sobre las del joven discípulo. También es conocido el afecto con que Cortés correspondió a la devoción de su antiguo alumno y colaborador. O la que le profesaron amplios sectores de aquella Huelva lejana pero no tan rosa, en la que él prodigó –aunque eso se sepa poco y mal—una amplia labor generosa que conozco, como su familia sabe, de primera mano, pero que callaré ahora por indispensable discreción. Distante o más bien retirado, estricto hasta la severidad, sencillo en el trato sin concesiones a la confianza innecesaria, dicen que celosamente al día de la evolución de sus saberes profesionales, respetado por todos menos por los cainitas y los hijos de la envidia, que nunca faltan, Vázquez Limón presidió ‘in absentia’, como en modesta y voluntaria clausura, toda una era de la medicina onubense, y fue uno de aquellos ciudadanos voluntariamente distanciados de la vida colectiva que en la postguerra prefirieron alejarse del ruido sin por ello perder de vista lo que ocurría alrededor. La posteridad ha consagrado a don Francisco una calle céntrica en la capital y ya es raro que en muchos pueblos de la provincia, la inmensa mayoría de los cuales guarda una intensa memoria de él y su obra médica, no se hayan expresado de la misma manera. Hay un opúsculo suyo, escrito en plena madurez, sobre lo que Laín llamaría –más o menos por las mismas fechas—la “relación médico-enfermo”, que lamento no tener a mano pero que no he olvidado por la manera sencilla con que en él exponía el viejo médico de vuelta de todo, las grandezas y servidumbres de su profesión. No decía nada, como es natural, de los silencios, de los ninguneos, de las zancadillas, de las persecuciones y hasta de los tiros que un espíritu liberal como el suyo hubo de soportar en la ciudad de entonces. Mejor quizá. Porque lo que es difícil que alguien pueda sostener es que oyó alguna vez murmurar de esa gran hombre, tan onubense en su retiro, tan generoso en tantas cosas y, como debe ser, en secreto. Raro caso, para qué vamos a engañarnos. Hoy lo evoco sentado en su despacho umbroso, o en la salita que usaba para charlar con los que le traíamos de fuera el oxígeno que pocos sospechaban que él demandara con tanta vehemencia, en el patio de aquel caserón de la calle de la Fuente habilitado a medias para clínica, a medias para reducto seguro de su intimidad familiar. Seguramente no hay muchos onubenses que tuvieran el privilegio de desenmascarar la rara delicadeza de este hombre refugiado en la sequedad un poco bravía que le servía de valladar, y menos que llegaran a descubrir la ternura que él ocultaba, como si se tratara de un defecto, eludiendo cuanta circunstancia pudiera desvelarla. Algunos niños que hoy son mayores, por ejemplo, y no sólo los de su familia, conocen, sin embargo, ese doble fondo de su personalidad reservada. La aventura iniciada por el trasabuelo de leyenda, aquel mozo enamorado, caballista con trabuco y catite, acababa en esa página áurea de la descendencia notable que remata prestigiosamente este médico excepcional que fue, aunque eso se sepa menos, un onubense apasionado.
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Muchos
onubenses deploramos esta temporada que, de nuevo, el fantasma de la polémica
sobre el modelo de desarrollo divida a nuestra sociedad. Hoy no es ya como hace
unos años, desde luego, porque desde mediados de la década del 90, poseemos un
puñado de estudios rigurosos que desentrañan la madeja del viejo debate, el que
se produjo en el último tercio del siglo antepasado, el XIX, en torno a la
pugna entre los partidarios de la Huelva agrícola y el colonialismo
industrialista introducido por la minería británica. Un libro como el de M.D.
Ferrero, “Capitalismo minero y resistencia rural en el Suroeste andaluz”
(Diputación Provincial, 1993) nos resume con claridad lo que fueron aquellas tensiones
económicas y sociales tristemente célebres por los sangrientos sucesos de
Febrero de 1888, es decir, de “el año de los tiros”, sobre el que tanto se ha
escrito aunque sospecho que quede aún no poco por escribir. Y otro memorable,
como el de María Antonia Peña, “Capitalismo político y poderes periféricos
durante la Restauración” (Diputación Provincial, 1998) ha conseguido
desentrañar la intrincada madeja de los intereses caciquiles hasta permitirnos
transitar cómodamente por ese viejo laberinto, a mi modo de ver, renovado hoy
por los nuevos intereses aunque con maneras bastante idénticas a las antiguas.
Hay otros textos más o menos imprescindibles, como los clásicos de “G.G.”
(1888), el que publicó en la emigración Félix Lunar (cuyo perfil encontrarán
sin esfuerzo en “El metal de los muertos” de Concha Espina) con el título “A
cielo abierto”, el memorioso de Ordóñez Romero sobre su pariente, el senador
zalameño Ordóñez Rincón (ed. del propio autor), el más raro de Cornejo Carvajal
sobre “Los humos de Huelva” (1992), así como los estudios modernos como los de
Gil Varón y tantos otros, sin contar la mencionada novela de Concha Espina o la
muy reciente de Cobos Wilkin, atentas especialmente al conflicto social derivado
del enfrentamiento de intereses económicos. No
pretendo ahora sino llamar la atención sobre la continuidad de los problemas y
la consiguiente reproducción de las mentalidades y las estrategias que, a su
vez, no son más que la prueba de que las circunstancias de base, aunque bien
distintas en apariencia, mantienen abierto el antiguo dilema sobre si la vida
onubense debe basarse en la ecológica visión de una economía básicamente
agraria y basada en la propiedad local, o por el contrario, lo conveniente para
Huelva es el éxito del modelo industrialista. Insisto en que la cuestión
histórica está hoy aclarada en lo fundamental por las citadas obras
contundentes de Ferrero y Peña, pero llamo la atención sobre la lectura que de
ellas puede hacerse tratando –y verán que sin esfuerzo—de comprender las
actuales tensiones con la clave de las de antaño. El
debate sobre “los humos de Huelva” es, probablemente, el debate ecologista
pionero que registra nuestra historia nacional. El enfrentamiento, a muerte
cuando el caso llegó, entre los intereses de la industria –dueña y señora de
vidas y haciendas en sus zonas, depredadora hasta el punto en que hoy va
poniéndose de manifiesto—y los de una clase propietaria mediana y pequeño
campesina que veía en los famosos ‘humos’ la muerte de sus labrantíos y
pegujales. El debate crucial se produjo en la segunda mitad del XIX, a partir
del momento en que la venta a compañías mineras extranjeras de los yacimientos
mineros de la provincia, abrió la puerta a una explotación ciertamente brutal
que llegó a concernir a una vasta comarca onubense alcanzando incluso algún
rincón de la provincia sevillana. El procedimiento entonces en uso, la
calcinación del mineral al aire libre en las llamadas “teleras”, constituyó un
tema de discusión que hizo vibrar el Congreso en no pocas sesiones e
interesarse por él a los grandes personajes del “tinglado” de la Restauración,
como decía Ortega, incluido “el gran empresario de la fantasmagoría”, es
decir, don Antonio Cánovas, ciertamente
tan próximo en lo fundamental desde los bancos conservadores a las tesis de sus propios oponentes liberales
como revela el Diario de Sesiones. La evidencia de que el abuso industrial
estaba devastando vidas y haciendas hasta el punto que revelan los recientes
trabajos sobre la salud pública de la época, y más todavía el perjuicio causado
a la agricultura tradicional, sobre la que mal que bien se asentaba la vida de
la provincia, puso enseguida de manifiesto la división de mentalidades así como
la alianza básica de las ‘fuerzas vivas’ en torno al poder efectivo que, sin
duda, pasa de las manos de los caciques locales a las de los caciques foráneos.
Huelva ha tenido siempre esa peculiaridad estupenda: que los caciques indígenas
actúan movidos por control remoto por los grandes caciques de fuera, lo que
proporciona a nuestra historia política –en la Restauración, durante la
Regencia y, según, mi tesis, también en nuestro tiempo—tan peculiar perfil y
fisonomía. Los
estudios citados descubrirán al lector otra circunstancia clave: que la alianza
caciquil, la trama de intereses, se consolida en base a un recurso caciquil
típico (la “compra” de profesionales, abogados, ingenieros, expertos y, por
supuesto, de políticos) y se amplifica, es decir, se sirve para implicar a la
opinión pública, del único medio de comunicación de la época, la prensa, cuyo
estudio ha demostrado hasta la saciedad que tipifica el consiguiente reparto de
papeles, valga el ejemplo capital del periódico “La Provincia”, mano derecha de
la industria colonial extranjera, y “El Cronista” sevillano, desde el que se
ejerce una crítica, que hoy resulta llamativamente actual, sobre aquellas
maniobras que iban desde el alcalde del pueblo al presidente del Gobierno,
pasando por alguna asociación ecologista adelantada en el tiempo como la ‘Liga
Antihumista’ controlada por el citado Rincón. Repasando el Diario de Sesiones
se impone la conclusión, ya advertida, de que alrededor de la cuestión debatida,
los políticos de los partidos alternantes, el conservador y el liberal, no
difieren entre sí gran cosa, sino que están de acuerdo en el fondo de la
cuestión y seguirán estándolo incluso
cuando la violencia estalle y se produzca la tragedia. Cánovas dirá en el
Congreso, hablando de los graves incidentes de “los tiros”, que, más allá de la
proverbial averiguación de las circunstancias de cada caso (que José Nogales
había denunciado con vehemencia), lo propio de la autoridad es apoyar a la
autoridad, y rechazará la grave queja de la época: que ni el Gobierno ni la
Administración conceden la debida importancia a un problema en el que aparecerá
como abanderado un personaje tan marrullero como Romero Robledo, cabeza del Partido
Reformista. Alguna
vez habrá que acercarse a los personajes que desde Huelva mediaron, para bien y
para mal, en el grave contencioso de “los humos”, en especial tras la crisis de
los años 80, es decir, cuando a la primera fase de la explotación, más limitada
y artesanal, suceden los métodos masivos que llegan a liberar en la atmósfera seiscientas toneladas
diarias de gases perjudiciales para la salud. Hasta hace poco se conservaban en
Zalamea o en Valverde coplillas locales que hablaban de los efectos de esos ‘humos’
sobre la agricultura y la ganadería --caprina fundamentalmente, como
corresponde a una situación de subsistencia agraria débil, pero también ovina,
en los altos del Andévalo, como luego ha estudiado algún investigador francés—y
hasta es posible ver hoy en la plaza del primero de esos pueblos un busto de un
personaje raro, que se mezcló en la discusión parlamentaria con Cánovas, Romero
Robledo, Castelar, Albareda y tantos otros renombrados políticos. Me refiero a
Juan Talero García, un joven abogado –murió antes de cumplir los 30 años, en
Sevilla, y creo que tuberculoso—del que se sabe poco a pesar de mantener su
familia un papel relevante en la provincia durante varias generaciones. Talero,
nacido en Bujalance en 1859, y que estudiaría Leyes en Barcelona, era hijo de
un juez que casó en La Palma y acabó de magistrado en Baleares y fue el antecesor de otros personajes de
relieve en la vida provincial como Román o Juan Talero, sucesivos
‘emprendedores’, como ahora se dice, que introdujeron el suministro eléctrico e
industrializaron la fábrica de harinas en el Repilado. Sus intervenciones
parlamentarias, en la legislatura salida de las generales de 1886, como
diputado liberal por Aracena, merecen la atención que aún no se le ha prestado,
que yo sepa, como la merece por supuesto su tarea periodística, en especial en
los medios que llegó a dirigir, “La Opinión” y “La Gaceta Universal”, al margen
de sus colaboraciones en “El Día” (más o menos en las fechas en las que
Leopoldo Alas‘Clarín’ colaboraba como enviado especial de “El Día”, por
ejemplo, al juicio jerezano de la Mano Negra) y “El Progreso”. Pero
junto a Talero hay otras figuras igualmente desdibujadas, como el abogado José
Lorenzo Serrano, que sería alcalde de Zalamea y habría de encabezar, a final de
los años 80, la demanda, encarecida por Cánovas al menos de boquilla, de
conciliación entre minería y agricultura. O la de Maximiliano Tornet, el
legendario activista que, por la misma delicada época, intenta y casi logra
sembrar en la cuenca riotinteña la semilla de la Internacional para acabar
desapareciendo, como es sabido, en la desbandada que sucede a las criminales
descargas de la plaza de Riotinto en el triste 1888. Concha Espina –seguro que
bajo la autoridad de Eduardo Barriobero, que había sido diputado por Valverde
antes del año 20 y sería luego íntimo de la escritora—creo yo que mezcló en su
famosa novela personas y circunstancias pertenecientes lo mismo a las primeras
huelgas mineras que a la situación que dio pie al ametrallamiento de la
población, pero desde luego retrata con más que mediano pulso –acaso vidriado
por el vago redentorismo de acentos cristianos que le era propio—una realidad
tremenda, en la que la presión empresarial llegaría a hacerse insoportable, la
explotación extrema y la miseria general. Hoy reconocemos en los actuales el
eco de las razones de aquel industrialismo feroz que aniquilaba literalmente
los campos y ocultaba el cielo, los llamados “días de manta”, con un
apocalíptico eclipse, aunque no veamos ya la estampa atroz de los parias
recogiendo bellotas por las ahogadas dehesas y arrancando palmitos por los
montes para alimentar a su prole. ¿Qué era, en definitiva, lo que apuntaba al
futuro, la boyante industrialización feroz o la parva economía tradicional? Esa
pregunta de ayer y de hoy nos remite a un debate tan antiguo como actual, a un
drama en el que los personajes siguen siendo los mismos, y en el que las
complicidades también se duplican como en un espejo mal azogado en el que si no
es fácil reconocer las facciones, sí que lo es descubrir al reflejado. Naturalmente,
la coyuntura onubense de hoy difiere del viejo modelo bipolar en que actúa en
ella como factor decisivo un sector nuevo, el turismo, con el que, ciertamente,
será preciso conciliar intereses en el marco de un proyecto razonable y común.
Pero ahí tiene el lector la actual polémica sobre el Polo, los enfrentamientos
entre fuerzas económicas y sociales, la larga mano de la influencia y, claro
está, la complicidad de los diversos interesados. “Lo mejor que podría suceder
sería que viniesen a una conciliación posible los intereses de las empresas
mineras (léase ahora ‘industriales’, en general) y los intereses de los
pueblos”, sostenía Cánovas allá por el “año de los tiros”. Y continuaba: “Pero
las conciliaciones, aunque son de desear siempre,… no son posible si por
ventura los intereses son totalmente antitéticos o absolutamente contrarios”,
para añadir que en este conflicto “originado entre la minería y la agricultura
en la provincia de Huelva… no cabe que los partidos profesen opiniones
unánimes”. Cánovas sabía de lo que hablaba porque había visitado estos pagos
rodeado, eso sí, de los más altos manijeros del industrialismo, y sabía de
sobra que en torno a nuestro problema no era posible esperar un acuerdo
político, pero que tampoco hacía falta: conservadores y liberales, las ‘fuerzas
vivas’ en peso, estaban básicamente de acuerdo en mantener una situación de la
que, en buena medida, vivían. Hoy la situación no es idéntica, por supuesto,
pero un inquietante paralelismo nos acerca a la que vivieron nuestros
trasabuelos. Salir de ella superando la porfía, hallando un punto de razonable
equilibrio, sería, a buen seguro, el objetivo más realista de todos los
posibles.
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Hace dieciocho años, esto
es en 1986, cuatro jóvenes de la localidad onubense de Aljaraque tuvieron una
mala noche. Con edades comprendidas entre los 18 y los 19 años, no hallaron
nada mejor para entretenerse que robar en varios domicilios de la localidad, razón
por la que inmediatamente fueron detenidos y puestos en manos de la Justicia.
Hasta ahí, normal. Pero no lo es el resto, empezando porque el juicio
correspondiente no llegara a celebrarse hasta doce años después, y siguiendo
por el olvido del Juzgado de tramitar la solicitud de indulto iniciada por el
propio juez que los condenó a penas de prisión entre 4 y 12 años, olvido que
no halló reparación hasta cuatro años más tarde, cuando una nueva titular
del Juzgado cayó en la cuenta del desaguisado y cursó la oportuna solicitud.
Agárrense, sin embargo, porque lo peor no se lo conté aún: la negativa del
Consejo de Ministros a otorgar esa gracia y la consiguiente entrada en prisión
de aquellos remotos ladrones para los que los inextricables designios judiciales
y los secretos de la prescripción resultaban demasiado arcanos. Y en la cárcel
siguen, eso sí, con peticiones que incluyen desde el alcalde del pueblo al
Defensor del Pueblo, amén de esas inevitables solicitudes de clemencia a la
Reina que recuerdan las que en otra época se dirigían a la providencia suprema
del Jefe del Estado.
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Escuchando
la versión del canciller Schröder sobre la suerte de Europa, los méritos y
deméritos de las naciones de la UE, y oyéndolo decir, por clara referencia a
España, que “es bonito crecer mientras
el 1 por ciento del PIN viene de Bruselas”, me ha extrañado más que nada que
sea un alemán quien eche mano de esos argumentos. El sistema capitalista hace
tiempo que descubrió la conveniencia de hacer grandes inversiones a fondo
perdido en beneficio de las partes más débiles que con ellas se convertirían,
eventualmente, en potentes consumidores. En el verano del 47 eso fue lo que
vino a explicar el general Marshall en una célebre conferencia que dio en
Harvard: ayudemos a reconstruir Europa porque sin ese poderoso contrapeso la
postguerra será mala para América. Llevaba razón. Tanta que en los cuatro años
que van desde el año 48 al 52 Europa obtuvo –quien quiso, porque la URSS y
aliados se abstuvo para preservar su autonomía—un gigantesco apoyo que logró en
tan breve periodo, no sólo la superación del caos financiero heredado de la
contienda, sino el llamado “milagro alemán” que, en buena medida, debería
llamarse “milagro americano”. ¿Tan joven era Schröder que no se acuerda de
aquella colosal limosna, un 80 por ciento de la cual se lanzaba a fondo perdido
y el resto en cómodos plazos calculados para largos decenios? Pues se acuerde o
no, la Alemania capitalista (incorporada en 1949) no hubiera salido del pozo en
que se hallaba sin la fastuosa operación ideada por Marshall y, dicen, que por
cierta facción del empresariado americano. Cuando
se habla ahora del chollo de los fondos estructurales y el abuso de los
miembros menos ricos de la Unión, hay que recordar estas cosas, y no sólo a
Alemania. Francia se llevó del mismo plan de postguerra ochocientos millones de
dólares de la época y se calcula que más de cuatrocientos en la etapa posterior
de la “ayuda americana” de la que a nosotros no nos llegó más que leche en
polvo y queso malo para completar la dieta escolar. Pero tampoco Chirac se
acuerda ya de cuando Francia levantó sus ruinas financiada por los yanquis a
los que, naturalmente, no los guiaba tanto la filantropía como el propósito de
erigir un continente ante la URSS autoexcluida y, de paso, hacer posible un
nuevo mundo de posibilidades económicas que ya se preveían colosales. Claro que
es bonito crecer, con ayuda o sin ella. Pero no sólo en España y otros miembros
perceptores netos del socorro comunitario, sino en todas partes. Los críticos
de hoy no tienen más que volver la cabeza para comprobarlo, antier como quien
dice, dentro de sus propios países.
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Los
ministros que se sentarán a negociar el futuro alimentario del mundo en la
reunión de la Organización Mundial de Comercio (OMC) han elegido como sede de la
efemérides un paraíso de moda: Cancún. Allí van a debatir si los pueblos
hambrientos de la Tierra contarán en el futuro con un régimen de mercado que
propicie la igualdad o deberán mendigar acogidos al que los países ricos tratan
de mantener a toda costa. Lo que se
discute es si el modelo de mercado basado en la desregulación y el libre
comercio agrícola, el fomento y la bajada de los precios agrícolas, son buenos
para todos o sólo para los países ricos. Lo que estos propondrán será, sin
duda, que los países pobres vendan más barato sus productos a los ricos,
fomentando el descenso de las tarifas aduaneras y fomentando la exportación,
medida que perjudicará gravemente a aquellos al deprimir los precios. El cuento
del globo planetario en el que es inevitable la transparencia mercantil, en una
palabra. Queda por ver si los países avanzados, en especial, la Unión Europea,
ceden ante las exigencias norteamericanas o se resisten guiados por una
elemental solidaridad. Contra ese
cuento es urgente argumentar que un modelo semejante arruinaría a los pueblos
pobres al privarles de uno de sus pocos recursos viables: la soberanía
alimentaria. Y los expertos alegan que si es cierto que el comercio resulta
imprescindible no es tolerable que sus exigencias aplasten los derechos de los
pueblos necesitados. Insisten, por
ejemplo, en que se evite que el acceso a ese mercado suponga la desregulación
del país que compra esos productos esenciales cuyos precios ponderados habría
que asegurar estabilizando, de paso, los propios mercados. Lo que ahora en
Cancún, como ya hiciera hace unos meses en Dakar, defenderá, una vez más, la
OMC –o sea, USA--, será lo de siempre. Lo que la conciencia de progreso debe
oponer a ese cuento del globo económico, según aquellos expertos, es la
evidencia de que de ese modelo deriva el hambre, el paro y, en suma, la pobreza
más aguda de este mundo. Y ante eso, los países desarrollados, “aliados” o no,
tendrán que elegir entre los beneficios del compadreo con el gran patrón o la
dura pelea por la racionalización de los recursos. Porque como dice ellos,
siguiendo la pauta americana, “los productores pierden, los consumidores no
ganan a cambio de que la gran distribución y la superindustria alimentaria se
inflen. Veremos si en Cancún se pincha ese globo o logra elevarse aún más sobre
este cielo encapotado que para un puñado de países afortunados es un cielo
protector.
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