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La nave
de los locos
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La Ría
Sábado 05/10/02 |
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La imagen de la locura, su realidad social, da cuenta mejor
que nada de un momento histórico y de un modelo de vida. Hoy ya ni se habla de
“locos”: está proscrita la palabra, como si el eufemismo garantizara la piedad
o el progreso. En la consulta, en el hospital se usan términos tan rebuscados e
inútiles como “interno”. Igual que en
la cárcel, y ya veremos que no por casualidad. La humanidad tuvo siempre algún
tabú en boga. Primero fue la lepra –la inimitable historia de Foucault lo
explicó todo--, la enfermedad confundida como mal, el mal interpretado como
seña nefanda. “Tame, impuro”, estaba obligado a gritar el leproso en Israel. En
la Europa moderna vagaba por los campos y avisaba a los sanos con su
campanilla. La lepra no se trataba: se excluía. Hasta que la relevó un
maleficio nuevo, la locura. En medio parece que anduvieron mitificadas las que
hoy llamamos “ETS”, las viejas venéreas también pudibundamente disfrazadas en
esta nueva jerga. Pero fue el loco el que destronó al leproso. Un rey: por eso
se coronaba con un embudo, tal como lo retratan el Bosco y otros. Pero un rey
desterrado, un vagabundo sagrado en cierto sentido. Lo de “la Nave de los
Locos” no es un cuento. Existió, al menos en el siglo XV, un “Narrenschiff” que
viajaba de puerto en puerto con su cargamento alienado. Des-terrados,
literalmente, fueron aislados en el agua. Es una grave historia que contemplamos
estremecidos en los cuadros de Brueghel, de Durero, que todavía Goya retrata
con piedad y rigor. No había sitio para el loco en la sociedad. El cristianismo
fue tan incapaz como las otras culturas a ese respecto.
La “Stultífera Navis”, ¡qué imagen! Foucault, maestro
definitivo, definía el trato de la insania como “un espacio moral de
exclusión”. Y así era, en especial cuando la errancia se sustituyó –ay, el progreso—por
el encierro. El hospital, el manicomio no era un establecimiento médico sino una
institución administrativa, policial para entendernos, poco diferenciable de la
cárcel en la práctica. Se encerraba y se maltrataba, en condiciones
sobrecogedoras, con voluntad e imaginación de sádicos. Las historias francesas
e inglesas del XVII sobre manicomios son para morirse (y tengo varias). Lean a
Sade, por otra parte, si quieren porno duro pero también suplicio infinito.
Hubiera merecido la pena que cayera la Bastilla sólo por librar a uno de
aquellos desgraciados. A él mismo.
Pero aterricemos. En la curva del Conquero, justo en el
cruce de las Adoratrices, estaba La Morana. La Morana era una parcela amplia,
con un pabellón rectangular una de cuyas paredes era de rejería. Quiero decir,
mejor dicho, no quiero decirlo, pero era una jaula, y en ella pasaban el día
los locos –entonces se hablaba en cristiano todavía--, lloviera o venteara, ya
podía caer la canícula y convertir aquel antro en la carroza de plomo derretido
o abatirse el frío norteño hasta congelar los cuerpos. Por las mañanas había
ducha fría, manguerazo, claro. Y en el peor de los casos, el shock, ya saben. Luego el ir y venir del enjaulado o bien al
ensimismamiento del ido. Algunos, los mejores, cultivaban un huertecillo a dos
pasos de la valla, en la que nos arremolinábamos los chiquillos. A uno le
llamaban el Legionario y creo que tenía el encargo de mantener la disciplina,
calculen. Allí metieron a Ricardito, un tío adorable al que enloquecimos entre
todos los de mi generación abundando en su satirismo incurable. Una locura, en
efecto. Ah, y a dos pasos quedaba, por cierto, el Palacio Episcopal.
La Morana define la Huelva de la posteguerra, etapa dura, es
decir, desde el fin de la guerra civil hasta los sesenta. Luego vino el
Psiquiátrico que sería, en muchos sentidos, un emblema estupendo de la Huelva
emergente del “desarrollo”, contagiada ya de progresía galopante. Y bendita la
hora, por supuesto. El Psiquiátrico fue todo lo contrario de La Morana, claro,
a saber, el rechazo del estigma, la aceptación de la enfermedad, la denuncia
del shock, la humanización del espacio. Como íbamos a arreglarlo todo, pues
empezamos por el final y abrimos las puertas. ¿Cerraduras? ¿Por qué, si se podía
hablar, drogar con tiento, reeducar lo torcido? Aquel grupo de profesionales
hizo toda una revolución que, en buena medida, como ocurre con las revoluciones
casi siempre, dio paso a otras tensiones y a problemas nuevos. Recuerdo una
mañana en que estando al cargo de mi área en el Gabinete del Presidente –lo digo
para que no se moleste nadie insidiosamente en recordarlo—leí perplejo la
portada del periódico: “Cerramos el manicomio”, decía. Y los teléfonos se
bloquearon, claro está, y hasta que hubo de dar explicaciones el propio Presidente.
Pero cuesta cerrar una cancela rota. La solución de “hospitalizar” la locura,
internando los casos graves en unidades nosocomiales (no se pierdan la
cursilada) acabó con una tradición calamitosa pero no supuso ninguna solución.
Tampoco en Huelva, por más remiendos que se echaran. Pero el Psiquiátrico
correspondía a una forma superior de la convivencia, en todo caso. Hay un antes
y un después en la desdicha humana que esa institución separa en Huelva como
una barda alta e insalvable.
¿Hoy? Hoy vamos que nos salimos y todo cambia a un ritmo que
no permite apreciar siquiera las mudanzas. La “Nave de los Locos” sigue por
nuestras calles y plazas a la deriva, por supuesto, abarrotada como nunca,
ignorada como siempre. Naturalmente, la enfermedad –ésas de la mente, como
todas las demás—se ve desde otra óptica, merece otro trato, y hace mucho, por
lo demás, que la ciudad alegre y confiada –y no me refiero a Huelva en exclusiva—ha
aprendido a confiar en una droguería novísima, extremadamente eficaz y de uso
generalizado, como consecuencia, entre otras cosas, de la falta de dotación médica
adecuada: a menos médicos, más recetas. Lo cual es un progreso, qué duda cabe,
comparando con el dispensario tan reducido de que disponían los profetas del
Psiquiátrico y, ni que decir tiene, respecto de la barbarie de La Morana. Y sin
embargo… Algunas mañanas con buen tiempo nos las pasábamos en aquella verja,
fascinados por el espectáculo de la locura misma pero también por la
experiencia del sentido común que resistía bajo la depresión o el frenesí. Un día,
en el Psiquiátrico, un paciente joven le dijo a Jaime Montaner y a José Ramón
Moreno –luengas barbas progres, amplios chambergos, pastoriles cayados—que “tenían
sugestión de Jesucristo”, y por mi madre que la tenían. Y otro día en que charlábamos
con la cuadrilla del huerto en La Morana le preguntamos, como quien no quería
la cosa, a Ricardito, el pobre, que cavaba con una piocha en la besana como un
desesperado, que qué hacía allí dentro,
y Ricardito nos contestó: “Pues nada, chicos, ya veis. Aquí, veraneando”.
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Vade
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La Red.
Diario El Mundo
29 de Septiembre de 2002 |
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Tengo una vieja debilidad por el tema demoniaco. Seguí con
atención las elucubraciones de los antiguos Padres, el pajerío mental de los
medievales, de los renacentistas, de los barrocos, hasta las extravagancias de
los “rancios” del XVIII y los románticos (neobarrocos, en realidad) del XIX.
También las novedades de los teólogos modernos. Conozco la pasión de Jeffrey B.
Russell, he leído a G. Bazin, al siempre sereno H-I. Marrou, el ensayo español
de Flores Arroyuelo, la teoría de les estados de posesión de Jean Vichon. Por
curiodidad tengo fichados varios cientos de fichas de obras que no leí, como es
natural, ni pienso hacerlo, aunque siempre es divertido volver sobre el
“Malleus Maleficarum”, para qué engañarnos. Sé por eso que así como el judaísmo
limita el papel del Otro, el cristianismo desarrolla toda una teoría de la
posesión y, en consecuencia, del exorcismo, vieja práctica de locos y gran
negocio de frailes. En realidad lo que de diablos hablamos procede de un
Oriente más lejano, el del dualismo fundamental que romperá en Manes. Este
papa, Wojtila, ha hecho exorcismos tres veces, una de ellas en plena plaza de
San Pedro. Y un cura de la diócesis de Alcalá lo practica de manera que ha
hecho rezar de rodillas a un tío tan versado como José Manuel Vidal que nos ha
contado en “Crónica” una historia deslumbrante: una chica poseída por ocho
diablos, uno de ellos, Zabulón de nombre, resistente como mula. He buscado por
doquier sin poder comprobar la mención bíblica que atestigua el exorcista. Qué
más da, en fin de cuentas. Con ver a Vidal arrasado en lágrimas tengo de sobra.
Allá cada
cual pero yo no tengo paciencia porque sostengo que en estas bregas reside la “última
ratio” del satanismo y otras peligrosas chaladuras. Una mujer torturada hasta
la muerte, una niña inmolada a ese Zabulón o a otra entidad de su imaginaria cuadrilla:
se trata de un juego demasiado grave para tratarlo con “neutralidad” crítica. Estos
días publica “Nature” que la excitación eléctrica de cierta región cortical explica
cumplidamente la famosa disociación del cuerpo y el yo. ¡Y qué! Seguirá habiendo
diablos que expulsar y desahogados dispuestos a expulsarlos. ¿No lo hace el
propio Papa? Es infinita la lista de estudiosos que han chamuscado sus pestañas
en esa lumbre infame. Porque no se trata, en efecto, de una superstición inocua
sino de una acrobacia mental para la que no están preparados la mayoría de los
trapecistas. De modo que si la cosa va de negocio, vaya. Pero si se trata de especular
desde una teología de la posesión que el último Concilio despreció, por cierto,
la cosa varía. Tengo que preguntarle a Vidal qué publicaremos el día en que esa
desdichada ingrese, si Dios no lo remedia, en el manicomio.
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Pintar
en Huelva
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La Ría
Sábado 28/09/02 |
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Entrábamos a aquellas galerías improvisadas --la de la
CNS,
en el Paseo del Chocolate, junto al Bar Santafé, la que instalaban en los altos
del Gobierno Civil en lo que fuera transunto del antiguo Palacio ducal, la de
la Caja de Ahorros, la del Ayuntamiento nuevo, como se decía entonces—como
quien penetra en el espacio raro del templo. Aquel olor a óleo, a linaza, a la
madera nueva de los marcos, en el silencio casi religioso con que los escasos
asistentes discurrían por la sala, deteniéndose ante los cuadros, forzando el
zoom al acercarse o retroceder desde el
centro de la sala al cuadro, acaso abstraídos enigmáticamente en un punto de la
tela donde un rojo se derretía en morados verspertinos o la astucia del pintor
había fingido, con un golpe de blancura, la luz imposible sobre un detalle
nimio. Mi impresión de adolescente era que se sabía más bien poco de pintura en
aquella Huelva lejana y ciertamente rosa todavía, en la que se hablaba con
veneración del maestro Vázquez Díaz, el de los frescos rabideños, y con escasa
simpatía de otro escapado a Madrid, un tal Pepe Caballero, cuyos finos dibujos
y sueños sub-reales habíamos visto alguna vez impresos en libros o revistas.
Faltaba aún mucho tiempo para que –caso raro—Huelva rescatara a Caballero del
exilio interior y lo agasajara como merecía con exposiciones y homenajes, que
comentábamos con detalle en Madrid, allá por los altos de la Avenida de América,
por donde sigue viviendo Daniel Vázquez, el albacea y gran animador del maestro
de Nerva, que también lo era suyo.
Pero volvamos a Huelva. Faltaba todavía mucho tiempo –a esas
edades mucho tiempo viene a ser un quinquenio—para que en Madrid entráramos de
puntillas en el Prado o visitáramos las primeras galerías en las que se andaban
dirimiendo batallas a escala española de las grandes corrientes europeas de
postguerra. Y donde conoceríamos al propio don Daniel y a otro pintor
admirable, que hacía bodegones de un primor como holandés, y que se llamaba
Monís Mora, hombre generoso y enamoradizo que invitaba a la joven parroquia
onubense a celebrar algunos domingos –ahí están Víctor Márquez o Vaz de Soto de
testigos—con colosales cocidos serranos.
Pero estábamos hablando de Huelva, como digo, y en Huelva, en
esos templos improvisados que mencioné al principio, vimos mejor o peor grandes
obras de memorables pintores onubenses. De don Pedro Gómez, para empezar (y
subrayo el don porque era lo corriente entonces también), maestro de
paisajistas, el genio que descifró hasta la última incógnita en la fragosa
ecuación cromática del viejo Conquero, desarrollando la casi infinita teoría de
la tierra entre el gris y el albero, bajo el verde cupular de aquellos pinos
centenarios que él pintó como nadie. Yo ascendí a esos siete cielos guiado por
Alberto Vázquez, el más bondadoso y experto Virgilio, que empezaba a hacer sus
propios pinitos en su casa del Velódromo,
pero que sabía ya la intemerata de pintura, siempre fiel a aquella especie de
hiperrrealismo anterior a Antonio López del que luego nos dejó una obra
memorable y tristemente ignorada entre nosotros. Alberto pegaba la hebra don
Mateo Orduña Castellano, que –esta vez sí que recuerdo el lugar: los altos del
Gobierno—colgaba hirientes retratos de gitanas amamantando churumbeles,
bodegones, bouquets y paisajes como soñados en los que la luz se hubiera parado
mágicamente detenida por su mano sabia. Una tarde que subía de tono la guasa
juvenil ante sus gravess desnudos, Orduña nos recriminó con indulgente desdén:
“Pues no sé de qué se ríen ustedes, que parecen estudiantes tan finos, porque
en la Capilla Sixtina nadie se ríe y hasta Dios deja ver sus genitales”.
Exageraba, evidentemente, al olvidar los “braguetoni”, quizá porque en aquel
entonces costaba imaginar a una pandilla de zagales como aquella camino de
Roma.
Es posible que fuera en la Caja de Ahorro donde encontráramos
a un acuarelista joven que hacía un paisajismo insinuante y lírico, y se
llamaba Gil Vázquez --vamos, se llama porque hace poco creo haber visto de
refilón que sigue exponiendo en Punta. Aquella era una pintura amable, más
fácil y tentadora para nosotros, y que le gustaba mucho a otro pintor luego extraviado
en la docencia, Tomás García Asensio, o sea, el humorista “Saltés”, que se vino
a “Triunfo” en el lote onubense que Vázquez Montalbán bautizó como “Bloomsbury
onubense”. Pero éste, Tomás, iba ya entonces embarcado en otras búsquedas que
le llevarían, a través de una intensa experiencia “pop art”, hasta las playas
decorativas de aquel arte de “módulos” en el que ciertamente hizo cosas espléndidas. Pero por entonces
cumplía descubriéndonos secretos técnicos de los grandes maestros y se limitaba
todavía, sobre todo, a ilustrarnos sobre los surrealismos. Él nos dio a conocer
de cerca la obra de Dalí, nos descubrió a Braque o a Paul Klee, y hasta debo
conservar por ahí bromas suyas con “variaciones” sobre temas de Magritte o
Archimboldo.
Debió ser allá por el 74 fuimos unos estudiantes a ver en la
Galería Serrano,19 una muestra novel de otro pintor de Huelva hoy en el
estrellato. Era Florencio Aguilera, un ayamontino que acaba de vender su
tiendecita de juguetes y nacimientos (su colección de belenes, conservada en su
mansión de La Jabonería, es descomunal) y recuerdo que nos declaró sin problemas
el meollo de su apuesta: “Si sale bien la cosa me quedo en Madrid, de pintor; y
si sale mal, acabo de sereno en el barrio de Salamanca”. Salió bien, como es
sabido, y hoy Aguilera es ese creador prodigioso que ha hecho del paisaje una
metáfora indecible y ha logrado transformar las cosas en entidades misteriosas
que compiten con las hieráticas e interrogantes verdades que pintaba su padre.
Exhibió luego otras veces en Madrid, siempre creciendo, cambiando sin
traiciones, en la Kreysler, por ejemplo, y pronto plantará en Sevilla una antológica
que hará época. Ya lo verán.
Se me vienen a la cabeza otras exposiones, cuadros
entrevistos aquí y allá, veracísimas y bellas perspectivas marineras de Pilar
Barroso, maestra en todas las Punta Umbrías imaginables, asuntos más oscuros de
Pilar Toscano, paisajes exactísimos, alumbrados de luces espectaculares de
Morano,
acuarelas magistrales del indiscutible maestro actual del género que es, para
mi gusto, Ricardo Aramburu. Y antes que ellos recuerdos remotos, perdidos, de
A. Brunt, por ejemplo, que creo yo que se movía en la órbita pictórica de
Orduña o así.
Y Seisdedos, Juan Manuel Seisdedos, que es, sin lugar a
dudas, el poeta de la generación, sólo no escribe blanco sobre negro sino que
pinta, graba, esculpe, forja sus imaginaciones lo mismo en aceites que en
polivinilo, en hierro que en madera. Yo me pierdo con Seisdedos porque no
encuentro manera de acercarme al artista abstrayendo su poderoso atractivo
humano, siendo como es una de los hombres más cabales que yo he conocido. Nunca
le perdonaré que abandonara, urgido por sus curiosidades, aquella manera suya
de recrear el paisaje, en especial su talento insuperado para hacer con los
misterios de las luces de Aljaraque –no hablo de Huelva 2 y así, sino de
aquellos baldíos campurrianos ceñidos de marismas--, en las que supo ordenar
una teoría de colores tan cumplida como la de don Pedro Gómez en sus
Conqueros.
El enorme talento que tenía Alberto Vázquez –otro hombre bueno por los cuatro
costados—me confirmó muchas veces, sobre todo en sus amenes sevillanos, tan
tristes, en la desperdiciadísima superioridad de Seisdedos, al que decía
envidiar quien había logrado en sus desnudos restituir al cuerpo humano la
perfección ideal que sólo se concreta en los sueños. Pero otro día hablamos de
Alberto. Hoy me temo que, algo ebrio por aquellos efluvios de las viejas salas
improvisadas –ay, los cortinones y damascos del Ayuntamiento--, me he salido sobradamente
del cuadro. La memoria tiene a expandirse como gaseosa que es. A ver qué
quieren que le haga un nostálgico impenitente como yo.
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La
encuesta que nunca existió
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El Alpende
Septiembre de 2002 |
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Una mañana cualquiera, no hace mucho tiempo, nos enteramos de que por Valverde se andaba
haciendo (porque la hicieron: no hagan caso de notas y desmentidos) una
encuesta. Se trataba de conocer la opinión del vecindario –yo diría, desde ahora,
del “electorado”—sobre determinadas cuestiones municipales, pero todo sugería
que el auténtico meollo se encerraba en la almendra de una pregunta de
valoración que trataba de indagar cuales eran los índices de conocimiento y
valoración de un joven abogado valverdeño, Manolo Romero Pérez, es decir, ni
más ni menos que del Director de “Facanías”. Alguien en el pretorio del
alcaldísimo, obviamente, debía de haberle sugerido esta pesquisa, guiado con
prudencia, tal vez, por la certeza paremiológica de que ni la previsión embarga
ni el saber ocupa lugar. Ignoramos el resultado del sondeo, claro está, porque
las instituciones tienen siete llaves para guardar esos tesoros de opinión que
pagamos entre todos pero que ellos (todos) se reservan en exclusiva. Lo
importante, sin embargo, no es eso (la buena opinión y el crédito de Manolo no
están en cuestión ni entrarían en discusión siquiera), sino la intención. Pero ¿por
qué el alcaldísimo se preocupaba ahora, así de pronto, de indagar el prestigio
de un joven que nunca ha mostrado ambiciones políticas, ni legítimas ni ilegítimas,
a pesar de su obligado y creciente protagonismo en la vida local por tantas
razones y, en especial, por su papel den esta periódico independiente tan
incomodísimo para los barandas?
A esa pregunta tampoco puede contestar nadie aparte de quien
tenga guardada la encuesta en su gaveta (porque la tiene, no les quepa duda).
Es más, como la cábala es libre y hasta obligada cuando se nos niega una
información de tanto interés para el pueblo, hasta podemos colegir que si
callan es porque que el resultado no les gusta un pelo, es decir, porque la
opinión debe de haber sido, que es lo lógico, favorable al indagado. Y más si
consideramos que toda encuesta tiene lecturas favorables y que, de hecho, ya la
industria de la sociología se encarga, por lo general. en su obrador de
preparar la tarta a gusto del cliente, lo que quiere decir que, con altas
probabilidades, al alcaldísimo no lo ha tranquilizado nada la sombra
prestigiosa que Manolo Romero –un joven cualificado entre los nuestros, no el
único, por descontado—debe ir proyectando por ahí.
El hilo de la encuesta que nunca existió conduce, sin
embargo, a un ovillo de mayor entidad. Este: que en Valverde, como en tantos
lugares, la sociedad empieza a notar que una nueva generación bulle, y al mismo tiempo, la opinión pública demanda
cada día con mayor insistencia un relevo
generacional que traiga aire fresco y oree la casa desde el portón a la
casilleta, como diría el gran Ortiz. El propio alcaldísimo, que no es viejo ni
llegó a la poltrona sino tarde dada su anterior militancia comunista (ese
reparo lo hemos padecido muchos, aunque algunos sin mayor compromiso, claro),
pertenece, sin duda posible, por sus orígenes, pero sobre todo, por su talante,
más a una generación que se va que a la que llega anunciándose en las encuestas
o insinuándose silenciosamente en la estimativa pública. De este periódico
modesto han salido en los últimos meses al menos dos periodistas que se están
abriendo paso a marchas forzadas en el panorama de nuestra prensa más
acreditada, y eso ya, como es natural, no es lo mismo, como no lo es que una
encuesta –aunque sea de encargo propio—nos traiga la nueva incómoda de que,
encima, uno de esos pajeros niños de “Facanías” se perfila como eventual
competidor electoral. Y menos mal que Manolo Romero va de su corazón a sus asuntos,
como decía Hernández, o si se prefiere de sus pleitos (civiles) a la tranquila
vida de quien la tiene entera por delante. Si no fuera así, si amagara con
veleidades, si le diera por masconear con que si me presento o no me presento, calculen
los nervios en la Casa Grande. No hay peligro de tal cosa, de momento, en todo
caso. Aunque el alcalde hace lo natural siguiéndole el rastro a una estrella
emergente cuyo cenit nadie será capaz de predecir todavía. La verdad es que el
alcaldísimo pierde el tiempo, si es que no arriesga algo más, manteniendo a
distancia a esta generación del relevo. Aunque sólo sea porque los relevos
acaban llegando, si no un día al siguiente. Y déjenme que les diga que, a
juzgar por el sigilo con que se reserva --¡y hasta niega!—la jodida encuesta,
tal vez antes de lo que podamos pensar.
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La
pantalla de los éxitos
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La Ría
Sábado 21/09/02 |
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El lema de los Sánchez-Ramade, empresarios creo recordar del
Cinema Rábida, era ese precisamente: “La pantalla de los éxitos”. Lema tan
sugestivo que una mediodía en que fuí a despertar a mi abuelo que vivía poco
más arriba (a mi abuelo le daba igual dormir en su butaca que en la gratuita
que le ofrecía el empresario amigo) aduje como argumento más convincente para
que me llevara al cine ese título fastuoso. El cine en Huelva era una actividad
más bien residual aunque tuviera sus fanáticos, entre otras cosas porque su
aire se acondicionaba tratando de atrancar las puertas en invierno y abriendo
de par en par (cuando existían) las ventanas superiores. No era como en
Sevilla, donde antes del acontecimiento que supuso la llegada del aire
acondicionado había salas, como el Llorens, en plena calle Sierpes, que
disponían una barra de hielo ante la pantalla y tras ella un gigantesco
ventilador, reservando las primeras localidades, como era natural, para una selecta
clientela entre la que, por lo que me han contado, eran habituales los Parladé y
el propio alcalde y marqués de
Contadero, el que defendía el gobierno sobre el caballo de san Fernando con el
argumento de que si te bajabas a ras del suelo te cogían el culo.
No me
parece imposible hacer una interpretación clasista o siquiera funcional de aquellos
cines y sus respectivos papeles sociales. Para empezar estaba el Gran Teatro,
sala de respeto, escenario isabelino, pasillo alfombrado, terciopelos damascos,
entresuelo idílico y decoroso ambigú. Sus caras entradas –el estreno de “Ivanhoe”
colocó por ver primera el precio de la butaca en 10 pesetas—seleccionaban por
su cuenta el aforo. Pero estaba el Cine Mora, viejo teatro casi en desuso –en él
alcancé a ver alguna velada matinal con versos de Adriano del Valle y amables
soflamas del comandante Salvador--, con su mítico gallinero de andanada de
tablas que multiplicaba hasta el infinito la galopada del Séptimo de Caballería
o ampliaba el estruendo del tiroteo del Saloon. En el Mora se daban
antiguamente –antiguamente es, como se ve, un concepto relativo—sesiones de
varietés y fueron famosas, según creo, sus “sesiones golfas”, exclusivas para
varones adultos y en las que la Raquel Meller y compañía es fama que interpretaban
el “baile de la pulga” y hasta que se ofrecían para entrar en sorteo en algunas
pingües rifas como las que hoy cuentan que se perpetran en algunos clubs sexy.
Miren, tengo motivos pare sospechar que la ruina de mi abuelo el del cine tuvo
que ver con esas aventuras, pero no quiero hablar de eso, compréndanme.
El Gran Teatro, el Mora y el Cine Oriente. El Cine Oriente,
entonces al borde del centro capitalino y demasiado próximo al célebre lupanario
que honraron poetas tan celebrados como Cernuda o Jesús Arcensio, es explicable
que gozara de peor fama. Hasta regía una vaga prohibición de asistir a sus
sesiones, prohibición consiguientemente burlada cada dos por tres atraídos por
aquellos carteles de chafarrinón delicioso en los que los negros ojos
embrujados de Lana Turner o la clavícula irresistible de Ava Gardner (luego
también la de Audrie Hepburn) nos servían en bandeja el pecado de desobediencia
y tierna lujuria que hoy me emperro en valorar, a todo tirar, en tres avemarías.
Raramente iría una “niña” de las nuestras al cine Oriente, en consecuencia,
pero no era raro, sino todo lo contrario, ver salir o entrar en él “embarcados”
de rompe y rasga del brazo de fantasmales
suripantas, de esos que se hacía llevar la cena de Casa Alpresa al Bar Bristol,
en cuyo altillo o soberado un friso lucía una de las leyendas más conradianas
que yo recuerdo: “Arriba te espero”.
Habrán notado que no hablo de lo que vino después, en
especial de la revolución tecnológica que supuso el estreno de la sala “Emperador”,
pero no es olvido sino designio deliberado. Porque los cines viejos –los tres
que he citado—constituyeron la única ventana al mundo abierta ante los ojos de
aquella ciudad relativamente pero bastante confiada, en la que se contaban con
los dedos de una mano y sobraban dedos los cinéfilos de alcurnia, entre los que
no incluyo como en natural a otros frecuentadores de la oscuridad cinematográfica,
muy perseguidos entonces, y a los que la guasa local llamaba “pianistas”…
Cinéfilo cinéfilo yo recuerdo uno sobre todos: a Antonio Palma hijo, que lo era
de Palma Chaguaceda, entonces director del Instituto, de quien sólo recuerdo su
amable continente, su cordialidad expansiva y su indefectible afición al cine
que le permitió ver, según nos contaba, todos y cada uno de los estrenos
habidos en Huelva durante aquellos años. Pero ni una golondrina ni siete hacen verano, y Palma no dejaba de ser la
excepción, quizá algo extravagante, en una ciudad que vivía de espaldas al
mundo, harta de coles y dispuesta a aviárselas como pudiera con las “noticias”
radiofónicas –el “parte” decían algunos todavía—y la versión oficial de la vida.,
propia y ajena, que le suministraba el ODIEL, periódico de FET y de las JONS
tan poco preocupado por su credibilidad como sus propios (y escasos, esa es la
verdad) lectores.
Experiencias tan costeadas como la soviética o la de algunos
satélites han demostrado que no hay cine sin libertad. Cuando ya al filo de la Santa
Transición en Huelva se removían los fondos de la cultura, una de las primeras
excursiones rituales fue la que iba anualmente a ver cine a la cita festivalera
de Portimao, embrión quizá de inquietudes que fraguarían luego con mejor
fortuna en el nuestro Hispanoamericano. Pero eso es hablar ya de otra era y de otra
Huelva. Aquella en que hablar del Cinéfilo, sin más, era señalar con el dedo a
un señor que cada tarde salía de su casa de la calle del Puerto y se dirigía
incontinente al cine elegido, o en la que ir al cine constituía para la inmensa
minoría (no lo olviden: desde “Ivanhoe”, diez pesetas la butaca…) una liturgia
dominical, había quedado para entonces muy atrás, como otras muchas cosas que
teníamos, unas buenas y otras malas. Lo que acaso no era presumible entonces era
la crisis de los cines, la idea de la domesticación del cine a través de la tv
y del video, gran experiencia algo onánica, todo hay que decirlo, difícil de
comparar, sin la menor duda, con la aventura que era ir al cine con todas las
de la ley, retratarse en taquilla, comprar quizá el bombón helado al chaval del
entreacto, quedarse en el ambigú durante el NO-DO bajo la mirada censora del
acomodador, o incluso ignorar la película --ah de la vida, nadie me responde…--
perdidos en la silva amorosa y sus supremos deliquios.
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Un
descalabro histórico
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El Mundo
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Huelva Noticias
15/09/2002 |
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Permítamne que desde una posición de izquierda que sólo me podrán
regatear desde la insidia o la malicia,
haga memoria de los pródromos que conducen al fenomenal descalabro político
sufrido por el PSOE onubense ante el auto del TSJA que ha declarado inocente al
alcalde Pedro Rodríguez. Es bueno mirar hacia atrás, contra lo que dicen
quienes pretenden ocultar el pasado. En este caso, mismamente, para recordar
que Pedro Rodríguez --como tal
personaje independiente y ciertamente popular sin comillas—estuvo disponible
para el PSOE e incluso designado “in pectore” consejero de Canal Sur en
representación de ese partido que, digo yo y dirán ustedes, no le consideraría
tan ajeno y malo como ahora dice considerarle. No salió aquella operación –no
son más torpes porque no se entrenan, palabra—que, sin duda, hubiera cambiado
el panorama político en Huelva para muchos años, y Pedro Rodríguez, el
desdeñado “Rodri”, se convirtió de la noche a la mañana en una pieza clave del
nuevo conservatismo que se venía tratando de montar. El resto, ya lo conocen:
bromas sobre “Rodri”, cálculos sin base y, en fin de cuentas, enorme susto
electoral que el cisma insuperable entre las llamadas izquierdas convertía en
absoluto e irremediable. Recuerdo que le auguré al electo la alcaldía –fue
antes de su elección, en un hotel sevillano—y hasta le predije sus futuras
mayorías absolutas. Mi ventaja es que no sólo conocía a Pedro Rodríguez sino al
membrillar por el que se pasea amparado en la inepcia supina de esos hortelanos.
El PSOE onubense, tras el relevo o defenestración del tándem genuino
Navarrete/Marín, no es más que una agencia de colocaciones y ése es mal ámbito
a medida que la oferta de puestos merma hasta escasear. Así le va.
Pero vayamos a la alcaldía, que es el problema. El fracaso
estrepitoso de Ceada, tras tantas mayorías absolutas, desconcertó más a un
partido más preoocupado en ganar la pelea intestina que por el interés real de
la organización. La foto de Doñana, con González cloqueando sobre aquella
pollera rebelde, acabó de decidir la suerte de un partido que lo tuvo todo
antes de ser devorado internamente por el cáncer de la ambición. Y de ahí surgió
la idea de la “renovación controlada” y el disparate de Pepe Juan como icono de
la operación. ¿Por qué digo disparate? Porque Pepe Juan, discreto poeta,
profesor de media, lego en el oficio administrativo, ya había dado suficientes
muestras de insipidez en la delegación de Cultura y era obvio que no reunía, ni
de lejos, la energía precisa para enfrentarse electoralmente a un adversario
como Perico Rodri que es por sí solo un caudal colosal de comunicación y empatía.
Un tímido frente a un audaz, un equilibrista frente a uno que da tres saltos
mortales por sesión: esa fue la apuesta ridícula que hizo el PSOE, ya sabemos
con qué resultados.
Y bien, en ésas los estrategas del sanedrín virreinal no
tuvieron mejor ocurrencia que buscarle al alcalde ascendente las cosquillas jurídicas,
y parece que creyeron ver la ocasión en la operación salvacional del Recre y su
obligada recalificación del antiguo Estadio Municipal en terreno urbanizable
sobre el que iría un ambicioso plan de vivienda. Primer error: enfrentarse a
una operación que siempre se acogería a sagrado bajo la enseña centenaria de un
equipo que, sin duda, “es más que un club”. Segundo: tomar lo que no eran sino
criterios subjetivos --basados muchas veces (yo lo he visto y escuchado en la
tele local) en opiniones de legos-- como dictámenes legales incontrovertibles. Tercera
pifia: no abrir un paréntesis comprometedor para el alcalde sino alzarse a una
campaña de descrédito del peor tono en la que no se ahorraron calificaciones y
juicios que, personalmente, valoro como delictivos. Y todo ello flanqueado por
un “frente cívico”, una Plataforma plenamente integrada en el partido y su
estrategia, que pretendía trasmitirle a la opinión el mensaje de que Huelva
estaba siendo expoliada por el alcalde y cuatro “amigos políticos”, como decía
en su tiempo don Antonio Cánovas.
Pues bien, ni había responsabilidad penal alguna –ahora ya
no podrán ni recurrir a la que hubiera sido razonable objeción del ilícito
administrativo--; ni hay tal agresión al medio urbano como demuestra el
discreto acuerdo --¡vaya gol por la escuadra, colegas!—entre Rodríguez e
IUCA,
primero, y el PA después; ni al PSOE le quedan a estas alturas, tiempo ni energías
para mudar de estrategia e improvisar una Oposición como la gente. Se ha
perdido toda una legislatura bajo la ensoñación de que era posible destruir al
alcalde y ahora se ven sin nada en las manos. Se ha dilapidado un crédito –raro,
desde luego, en un partido que tiene en los juzgados (y hasta en las cárceles)
lo que tiene--, y sobre todo, se encaran unas municipales con un candidato de
celofán comparado con el cual hasta el fracasadísmo Ceada parece un Lenin. ¿Qué
hacer ahora? ¿Se abrirá camino la tendencia (que me consta que alienta tímidamente
en la catacumba del PSOE) de regenerar de una vez por todas la Política y
trabajar en busca del modelo que nunca existió? ¿Acaso tendrá alguien la nobleza
de reconocer la ignominia perpetrada? Ese concejal de Valverde que señalaba
hace poco a Rodríguez con dedo fiscal; ese portavoz de la Diputación de Córdoba
que defendía panza arriba a su impresentable expresidente señalando también
para Huelva; qué dirán ahora? Aún resuenan en el Parlamento las palabras del
portavoz José Caballos denigrando con insinuación directísima al alcalde de
Huelva para tapar no recuerdo que desbarre propio? Bien, ¿rectificarán ahora,
será exigible ya la buena conducta al alcalde de Valverde o la del presidente
de la Diputación cordobesa en vista de que la referencia al malo de enfrente ha
resultado falsa en Justicia? Ninguna esperanza tengo en ello. Sí es que en
Huelva, dentro del PSOE de Huelva, que no se agota en el pretorio de Barrero ni
mucho menos, no hay alguien con dignidad y vergüenza que pida explicaciones y
exija un cambio de rumbo. Algo difícil en una organización dividida hoy en un
puñado de corrientes y grupos que luchan a cara de perro por el poder. Pero
algo a lo que obliga una mínima ética progresista. Montajes como el
superproyecto urbanístico de Barrero en Punta Umbría, parado por Chaves en persona,
montañas rusas para un solo pasajero como la erigida en El Monte alrededor de
Cortijo de la Luz, junto a una aventura como ésta del fallido acoso y derribo a
un alcalde honorable rebajan al PSOE a un nivel moral más que dudoso. Algo malo
siempre para cualquiera, pero letal por definición para una fuerza que,
siquiera de palabra, siga reclamándose de la parte izquierda del arco político.
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El
Recre es más que un club
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La Ría
14/09/2002 |
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El otro día vi a Pilli por una tele local. No lo hubiera
reconocido –ni él a mí, claro—, que el tiempo y la distancia nos vuelve
invisibles, pero sí que me transportó hacia atrás como si me hubiera embarcado
en la máquina de Wells. Recordaba Pilli –ni rastro ya de aquel pelo rubio y
tieso, casi secreto bajo la máscara de los años—la temporada en que el Recre
bajó a Segunda, toquemos madera, única ocasión quizá en que un equipo haya
descendido de la máxima categoría con sólo tres negativos y después de haberle
pegado fuerte y flojo a más de un coloso. Al Betis mismo “le ganamos” aquel
año, “aquí y allí”, 2 a 0 por cierto en Heliópolis, goles de Czoka, revuelto en
la memoria con Crispi y Czabay, Álvarez y Moro, con el pobre Lora, Eli o Cuti,
un equipazo que, sin embargo, no se salvó. Ya verán como este año no nos ocurre
lo propio.
Cuando a
finales de los años 60 Manolo Vázquez Montalbán e imitadores lanzaron aquello
de “El Barça es més que un club” muchos españoles pensábamos lo mismo de
nuestros equipos respectivos. Ni les cuento lo de béticos y sevillistas, pero
había otros muchos casos, al margen de los derbis clásicos, incluido el de mi
buen amigo Ramón Ramos (que hoy dirige en Huelva la competencia), que llegó a
escribir un libro para demostrar, entre líneas, que el Granada también lo era.
Yo recuerdo que el llorado Luis Carandell se metía con Víctor Márquez Reviriego
y conmigo diciéndonos que si el Recre no brillaba lo bastante como Decano del fútbol
español era porque era un invento inglés y porque, además, tenía el nombre más
largo de la Liga, a lo que nosotros contestábamos recordándole que a su Barça
de su alma lo parió un alemán aunque ellos le recortaran luego el nombre hasta
jibarizarlo en dos sílabas. Bromas aparte, siempre supimos que el Recre era una
institución onubense de primera magnitud, en especial desde que el joven
alcalde Antonio Segovia acertó a hacerle un Estadio en condiciones que aún está
dando que hablar…
Que
hablar. Eso es lo que no han tenido en cuenta unos políticos de cortísima
visión que no fueron capaces de entender el alcance del sentimiento onubense en
torno al Recre. Es triste recordar que el disparate del alcalde Ceada de eludir
en su día el pago de un puñado de millones para saldar la deuda que amenazaba
con reunir al Decano en la sima donde ya habitaban el olvido equipos andaluces
bien destacados, acabaría por provocar, andando el tiempo, el enorme esfuerzo
que el Ayuntamiento solventó con la discutida operación urbanística de la Isla
Chica. Pero así fueron las cosas. Si me preguntan qué hubiera hecho yo –no me
lo pregunten, por favor—la verdad es que me pondrían muy difícil la respuesta
porque, ciertamente, no es difícil exponer otro orden de prioridades
municipales en el que no figurara la salvación del Recre. Pero ¿acaso habría
perdonado la ciudadanía (¡el electorado!) una dejación semejante? Pregúntense
los objetores a Isla Chica y la parroquia del “Viviendas Cero” qué hubiera
hecho un alcalde de Barcelona o La Coruña en caso de riesgo de desaparición del
Barça o el Depor. Y no hablo de un alcalde de Madrid, porque de lo que son
capaces los alcaldes de Madrid por salvar a sus equipos hablan de sobra el escandaloso
voladizo del estadio del Manzanares o la operación milmillonaria de la famosa
“esquina del Bernabeu”, que ésa sí que fue una jugada a tres banda digna de
Pepe Gálvez. Lo de la Isla Chica, ahora en serio, se puede discutir pero no es
posible descalificarlo. Si quieren una prueba, ahí tienen el silencio cómplice
o las dobles y triples ambigüedades que emplean los partidos de la Oposición municipal
–todos y cada uno-- cada vez que se ven enfrentados cara a cara con el tema del
Recre.
Total, que el Recre es más que un club: eso no hay quien lo
discuta en Huelva. Y en ese sentido, ojalá fuera posible borrar mágicamente el
berengenal contencioso en que han metido el tema entre unos y otros, de salir
ileso del cual habrá Superalcalde para la eternidad, y en caso contrario,
habría mártir para rato. Claro está que la temporada que ahora empieza añadirá leña
nueva a esa fogata, sobre todo si, como queremos y esperamos todos, el Recre de
Alcaraz –un auténtico emblema de la rebelión de los débiles—se mantiene en la
categoría de honor de manera decorosa. Hoy el Club, ciertamente, no juega en
Huelva el mismo papel que jugaba en aquel tiempo sepia dentro del que las
semanas discurrían idénticas a sí mismas y los domingos alternos celebraba el
rito antiguo de la concentración del Velódromo que, al caer la tarde, devolvía
el gentío hacia el Centro como una lenta avalancha apasionada. Pero está ahí, y
el ascenso ha demostrado con cuánta capacidad de movilización y con qué
extraordinaria fuerza emotiva. A ver qué ciudad similar iguala el número de
socios que el Recre disfruta hoy. Y ese Recre es el mismo, hay que insistir en
ello, al que otros dejaron caer cuando aún era bien fácil salvarlo, y el que
hoy está donde está: en Primera, económicamente saneado y dispuesto a ofrecerle
a Huelva en directo la Liga de las Estrellas. Eso es todo. En política los
errores se pagan como en cualquier otra actividad de la vida, pero quizá con
mayor usura. Lo que quiere decir que los aciertos se cobran, también
generosamente. Y tratándose de símbolos principales de la vida colectiva, ni
que decir tiene que a tope. El Recre es más que un club: una cosa tan sencilla
no fueron capaces de entenderla algunos de nuestros miopes políticos. Pero lo
malo es que siguen sin entenderla, a estas peligrosas alturas de la película,
los que tras ellos han tomado el relevo.
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El gran
momento onubense
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La Ría
31/08/2002 |
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Los pueblos viven sus crisis de crecimiento sin una conciencia
precisa de la experiencia. Las viven, eso es todo, ven y oyen –escuchan tal vez—el
rumor que se agita a su alrededor, notan que las cosas cambias, que los ánimos
vibran. Lo que no suelen es disponer de una perspectiva final que les permita
vislumbrar el alcance del movimiento. Paseen por nuestra provincia. Se
encontrarán con pueblos que crecen y se desbordan, es posible que sin saber muy
bien hacia dónde, quizá sin medir con precisión el alcance de la riada.
Ciudades que escapan de sí mismas, que sepultan su imagen antigua bajo un aluvión
de novedades que sustituyen el paisaje, que crecen, en definitiva, como si
acabaran de despertar de un sueño secular y llevaran prisa por lanzarse al
futuro.
Consideren el auge de la construcción, para empezar, ese
indicador radical de progreso que, con tantos y tan altos costes (“efectos
sociales no queridos del desarrollo” lo llamaban los funcionalistas de la vieja
sociología), marca sin remedio la realidad. Es toda la provincia la que crece:
desde la costa, donde el crecimiento es explosión, hasta la sierra, desde la
tierra llana a la capital, con un movimiento uniformemente acelerado que hoy
nos hace olvidar el salto de ayer, y mañana nos borrará el hodierno.
Al observador mediamente fino no se le escapará, junto a esa
auténtica revolución, la intensa actividad restauradora que vive la provincia:
nunca, vivió tanto esplendor, probablemente, nuestro patrimonio urbano. Hay
pueblos enteros que parecen nuevos, otros cuyo perfil clásico se afirma
precisamente sobre novedades pasajísticas terminantes, alguno, en fin,
lastimosamente perdido bajo la escombrera incívica que dejan tras de sí la
especulación y la incuria. Pero compárese el aspecto general de la provincia
tras el último cuarto de siglo con la imagen anterior, tan conservadora, tan
adormecida. Poca variación encontrará en esa comparación quien mire hacia lo
que vio en su día Pascual Madoz o lo que describió mucho después –al filo de la
última década del siglo pasado—Rodrigo Amador de los Ríos, posiblemente el más penetrante
retratista de la realidad onubense tradicional. Poca diferencia se encontrará
entre un paisaje y otro, descontados los cambios de superficie. Cuando dispongamos
del retrato onubense contenido en el Registro del marqués de la Ensenada (¡qué
buena -y fácil- tarea para nuestros investigadores universitarios!), veremos lo
poco que, en el fondo, cambia nuestra vida a lo largo de casi tres centurias y
con qué reposado ritmo lo hace. Leyendo los que tiene bosquejados Manuel José de
Lara sobre nuestro interesante XVIII puede verse, igualmente, hasta qué punto la
vida de Huelva escapó apenas, bajo las Luces, del plano vegetativo, y lo mismo
podría comprobarse de asomarnos al panorama del extenso periodo románticol, la Restauración y la Regencia, tan simétrico
de la vida onubense que no empieza a cambiar hasta el umbral de la democracia y
explota en los últimos años, sin detenerse siquiera en la crisis actual.
Cuando se escriba esta historia con perspectiva suficiente
hemos de ver el papel decisivo que en estas transformaciones ha correspondido a
la iniciativa agraria, y en concreto, a la introducción entre nosotros de las técnicas
de explotación intensiva, sobre todo en la amplia zona costera. Ese “oro verde”
es el gran revolucionario de la economía provincial aunque relumbre más, al
menos de momento, el metal de la promoción turística, verdaderamente llamativa
desde Ayamonte hasta Doñana. Pero hoy es fácil advertir que el cambio onubense desborda
esos ámbitos, con sólo ver que en el mismo pueblos –y hay más de uno--, junto a
esas promociones gigantescas, se remueve ya la tierra para construir vastos
complejos comerciales o polígonos para la industria. Huelva está cambiando en
profundidad, qué duda cabe, aunque sea una pena que, en muchos casos, el valor
añadido de tanta actividad nueva no se quede dentro de su alfoz sino que se marche
fuera, como muestra, entre tantos casos, la reciente merienda de negros
acaecida en el Monte –y “Caja de Ahorros de Huelva”, aunque no lo parezca—con ese
negocio crucial de “Cortijo de la Luz” para el que han invitado --¿quién, cómo,
a cambio de qué?—a “bajarse a Huelva” como quien se baja al Moro, con una enjoyada mano negra detrás y otra de sólo 10
millones delante, concediéndole un misterioso crédito de miles de millones para
que saque el negocio de Huelva y se lo lleve a dónde convenga más a otros.
Pero más allá de este inciso, hay que decir que no
tiene sentido, a mi juicio, sin embargo, anotar cambios de tanta profundidad como
la de los descritos, en el haber de los partidos políticos. Lo que ha sucedido
y está sucediendo en Huelva hasta convertirla en la provincia más dinámica,
probablemente, de la comunidad autónoma, se debe más a un impulso colectivo que
a ninguna iniciativa política concreta. Ya digo que los pueblos viven
colectivamente y sin consciencia estos momentos de vitales de sus biografías, y
no hay más que observar lo que en Huelva ocurre desde hace años para comprender
que tan feliz despegue se ha producido, en la mayoría de los casos, no gracias
a los políticos sino a pesar de ellos. ¿O vamos a creer, en serio, que al
progreso disparado de Huelva contribuye poco ni mucho una fantasmal oficina montada
por la Diputación en Bruselas, a la que le faltan siglos para llegar a “lobby”
y le faltan segundos para convertirse en auténtico “pisito” de sus barandas? No
creo, francamente, que tal discusión merezca la pena ni una letra más. Hoy
querría más bien reservarlas todas para acogerlas a sagrado bajo el acento
amable de la conciencia de progreso. Que Huelva va embalada –a pesar de los
graves problemas pendientes y de tantas carencias seculares-- no lo niega ya más
que la mala fe. Y en esa constatación le doy al César lo que es del César, pero
me gustaría dejar bien claro el papel de la muchedumbre silenciosa que rodea a
escribas y fariseos sin una conciencia demasiado clara del milagro que está
ocurriendo a su alrededor.
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Disparatario
de verano
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Diario El
Mundo
29/08/2002 |
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En el
pueblo de Buñol, treinta mil personas se arrojarán unas a otras, no me
pregunten por qué ni para qué, ciento
veinte mil kilos de tomates maduros. Es una noticia como otra cualquiera, a la que
no faltará quien atribuya interés etnográfico, junto a la que se anuncia la
lapidación de la nigeriana para cuando termine de amamantar a su hijo
adulterino o la vuelta al redil del arzobispo Milingo, triunfo pírrico de los
vaticanistas tras el supremo éxito que ha supuesto la bendición que el
arzobispo de Cuba le largó en público al propio Castro a petición de la esposa
del alcalde de Tampa. En el disparatario estival no chirría más de lo
inevitable el argumento batasuno que proclama ajena a Euskadi la “ley española”
como si la legitimidad de Otegi y compañía viniera de alguna fuente que no sea ésa.
No más, desde luego, que la promesa de “amistad eterna” formulada por Bush a la
tiranía saudí en plena desbandada de los aliados de las guerras iraquíes o que
la ampliación de las instalaciones de Guantánamo decretada como réplica a la dura
y justiciera sentencia de Cincinnati que condena lo que en aquella base está
ocurriendo. Cambiemos de tercio.
Un inocente es puesto en libertad tras diecisiete años de
prisión una vez que su ADN resultara incompatible con el verdadero e impune
criminal, mientras en España un desalmado achicharra a su mujer con salfumán,
otro la liquida de tres navajazos (tras once inútiles denuncias, por cierto) y
un tercero le aplasta la cabeza con una machota de obra. ¿Ustedes saben lo que
es una machota de obra? Pues dadas las circunstancias, si no lo saben, mejor.
Ahí al lado, en Marruecos, los feudales recurren de nuevo al arma secreta de la
inmigración y nuestras playas se pueblan de cuerpos muertos o desmayados, lo
cual no es nada comparable, si bien se mira, al infierno que viven seis
millones de chinos seis, amenazados por las aguas desbordadas. Y en fin, la
perla: el rey de España visita al rey de Arabia en Marbella el mismo día en que
sus visires despiden a cuarenta empleados por miedo a la Inspección de Trabajo,
que ya hay que ser pusilánimes. Menos mal que las mañanas refrescan ya lo suyo,
para desesperación de hoteleros y bañistas, pero también en auxilio de la mayoría
de secano. El verano tiene estas cosas. Quizá por eso el rey de España ha
escogido esta fecha para bajarse al moro. Si se acabara de demostrar alguna vez
la implicación saudí en el terrorismo islámico, lo va a tener difícil para
justificar tanta cortesía.
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La
cabeza del carnero
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Diario El
Mundo
28/08/2002 |
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Es
difícil el equilibrio entre el poder democrático y la tiranía de la opinión. Es
lo que trata de subrayar Plutarco cuando insiste en que Pericles no se plegaba
a los caprichos del pueblo sino que trataba de acercarlo a sus propias ideas,
educándolo al tiempo que elevaba sus miras. No se discute el fondo elitista,
dirigista, de ese comentario, pero la verdad es que no deja de ser sugestivo
contemplado desde este presente en el que tan clamorosamente el Poder gobierna
atento en exclusiva a los dictados de la opinión, con frecuencia transformada,
de modo literal, por su vertiente más asequible, en proyecto de gobierno. Gobiernan con las encuestas del CIS en
la mano, eso es todo, y por eso nada tan explosivo en la vida política como esa
dinamita sociológica que todos y cada uno han tratado de controlar y hay que
suponer que han acabado controlando.
Lo malo es que la Opinión, cuando no se funda en el rigor, igual
aplaude a Jesús que a Barrabás. El propio Plutarco refiere que cuando un charlatán
vio en la cabeza de un carnero unicornio regalada a Pericles la señal de su triunfo
sobre su adversario Demóstenes, el pueblo le aplaudió con la misma intensidad
con que antes había jaleado al sabio que supo ver en el prodigio una simple
aberración de la naturaleza. Otro comentario elitista, qué duda cabe, pero tan
puesto en razón que no resulta difícil hallarle situaciones similares veinticinco
siglos después. El Poder dispone hoy de una enorme capacidad de reconocer el
deseo y la opinión de la gente, y no cabe duda de que no sólo es legítimo sino
que es necesario aprovechar una información tan reveladora para servir, en lo
posible, a esa vaga entidad rousseauniana que llamamos voluntad general. Lo que
ofende a la lógica democrática es utilizar el conocimiento de la opinión para
manipularla en todos los sentidos, incluyendo el de complacerla demagógicamente
con concesiones indebidas. La industria de la sociología lleva ventaja sobre la
ciencia política, en todo caso, y con toda probabilidad aumentará esa ventaja
en el futuro, por lo que no resulta aventurado conjeturar que cada día el gobernante
dispondrá de más información sobre lo que se quiere que haga y, en consecuencia,
verá disminuida en proporción su genuina libertad de criterio. Cierto que, como
a Pericles, le quedará siempre la posibilidad de atenerse a su conciencia y
resistir frente a la arbitrariedad a base de pedagogía, aunque a su alrededor prosperen
y crezcan los que gobiernan con cabeza de carnero.
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La gran
fuga
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Diario El
Mundo
23/08/2002 |
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Más de mil vuelos parten cada día del aeropuerto de Barajas
y otros tantos recalan en él. No es imprescindible que se acierte en el
cálculo, pero resulta fácil extrapolar esas cifras a los de Nueva York, Londres
y cincuenta ciudades más para imaginar la magnitud de esta fuga colectiva. No
hemos de tardar en reconocer que el fenómeno colosal del nuevo siglo no es
tanto la emigración, como suele repetirse, sino el turismo que cada año crece
–incluso en años críticos como éste— un poco por todas partes. No es nuevo el fenómeno, lo nuevo es
su dimensión: la democratización del viaje, que es cosa bien reciente. Paul
Morand entrevió esa explosión al filo de los años 30 para reafirmar sus intuiciones
treinta años después en un libro que ya es clásico y en el que el escritor, que
aún alcanzó a vivir los “séjours” de la vieja sociedad europea, no dejó de
recoger los tópicos más acreditados del género: el de Goldoni, “Está lleno de prejuicios quien no ha viajado”, el
de Disraeli, “El viaje enseña tolerancia”, el de Voltaire, “El viajero no ve
más que la fachada del edificio”… Pero en el tiempo de esa segunda edición,
España no recibía aún al año más que nueve millones de turistas e Italia veintiuno
y, por descontado, salían muchos menos. A juzgar por el overbooking de hoy día
y de conformidad con los sabios criterios citados, pues, este pueblo nuestro
debe estar ya, seguramente, entre los más sabios, avisados y abiertos del
planeta.
Mucha gente ha notado la diferencia entre el viaje clásico o
el romántico, y el rito actual del turismo masivo. Antes se preguntaba cómo se
las compondrían aquellas primeras muchedumbres para orientarse y vivir en el
extranjero, desde luego sin la vasta estructura de apoyo de que actualmente
dispone el viajero. Pero la gran pregunta es cómo ha podido transformarse en
esta liturgia tan convencional una experiencia que durante siglos tuvo más de
iniciática que de cualquier otra cosa. Incluso el turismo “cultural” (ya saben,
el sofá de Freud en Viena, el sillón de Stalin en Postdam o el balconcillo de
Julieta en Verona) carece hoy de la imprescindible dosis de emoción que hacía
del viaje una vivencia distinta, reducido como está a puro mecanismo de escape.
Ya no se busca. Al contrario, hoy “se viaja para mirar, para oir, para olvidar,
para no ver”. Cunetan que el cartógrafo Cosmas entró en religión al volver de
su viaje, y que Merimée o el reverendo Townsend no fueron los mismos tras
viajar por España. Hoy sólo se huye. Morand llamaba a eso “la migración
continua”, pero ahora sabemos que se trata más bien de la fuga universal.
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Atados
al nogal
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Diario El
Mundo
21/08/2002 |
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El noventa y siete por ciento del Parlamento español que apoyará
la ilegalización de Batasuna recibirá un apoyo masivo por parte del pueblo.
Acierten o se equivoquen, pues, por una vez los diputados llevan el mismo paso
que los ciudadanos y eso le presta a la ocasión un significado especial. Por
eso precisamente están de más las palabras del presidente Bono pidiendo para la
banda un trato “legal e inmisericorde que termine con la banda criminal, sin
ningún tipo de complejos, como se ha acabado con el IRA, con las Brigadas Rojas
o con la Baader-Meinhof”. También Bono conecta, cabe suponer que
conscientemente, con una parte importante de la opinión que clama por la
venganza de la sociedad, pero con su deplorable ocurrencia demuestra que no
estuvo en la puerta de la cárcel de Guadalajara porque creyera inocentes a sus
compañeros condenados por secuestro sino porque respaldaba su crimen. Lo
ocurrido con la banda alemana fue otro crimen abyecto. Escuchar a un presidente
esa defensa del método produce la mayor repugnancia aunque arrime votos.
Se quedarán fuera de esa casi unanimidad IU, definitivamente
aislada en el contexto político y dispuesta, al parecer, a la autoliquidación,
con un pie dentro y otro fuera CiU y, naturalmente, el PNV de Arzálluz, el
mismo que dijo que en el huerto vasco regía una revolucionaria división del
trabajo en virtud de la cual unos movían el árbol y otros recogían las nueces,
cosa que, por lo demás, pocos españoles ignoraban. La iniciativa de ilegalizar
a Batasuna ha tenido, de momento, esta virtud clarificadora y en adelante no
cabrán racionalizaciones ni monsergas sino que todos sabremos dónde está cada
cual en esta guerra infame. Al PNV lo parte por el eje una medida que lo fuerza
a situarse donde siempre estuvo pero a la vista de todo el mundo, y que permitirá
ver acaso que quienes han hecho su negocio político de recoger esas nueces
sangrientas no andan libres bajo el nogal sino que viven atados a él. Arzálluz
no puede hacer otra cosa que votar contra la ilegalización, diga lo que diga la
inmensa mayoría, sencillamente porque su presencia política resultaría
insignificante sin el respaldo del terror. Lo que ahora se le acaba, en todo
caso, es el lucrativo juego del bueno y el malo, ese equívoco que ha mantenido
atada a la democracia española a ese otro árbol en el que florece la inútil corrección
política. Es una lástima que Bono invoque los fantasmas más negros del pasado
con su tenebrosa propuesta. Lo de Arzálluz es normal. A ver qué quieren que
haga frente a un ataque el Terror alguien que vive desde hace decenios en la
cara oculta de esa luna.
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La almoneda
secreta
|
Diario El
Mundo
16/08/2002 |
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Hace poco
aparecieron por casualidad en Estepona, dentro de un contenedor de basura, unos
cientos de expedientes clínicos. La alcaldesa del pueblo costasoleño, que es
del PP, se apresuró a dar una rueda de prensa criticando acerbamente al responsable
autonómico, que es del PSOE, y éste reaccionó cargando contra aquella con el
argumento de que lo que tenía que haber hecho era ir directamente al Juzgado
--¡aviado hubiera ido él si la otra llega a ir!—en lugar de darle tres cuartos
al pregonero. Los expedientes puestos en almoneda se referían a circunstancias
tan delicadas como la condición de enfermo de SIDA o de paciente esquizofrénico
de sus titulares, razón por la cual el responsable del PSOE --y de su custodia,
ojo-- amagó con querellarse con la alcaldesa del PP para, finalmente, liquidar
el asunto de la manera más llanamente salomónica: empaquetando a la limpiadora
responsable material del desaguisado, solución que la querellada interpretó, a
su vez, como una demostración de parcialidad a favor de los fuertes del sistema
y abuso de fuerza sobre los más débiles. Así están las cosas cuando se las
cuento.
Cualquiera
que se asome al BOE o a las gacetas de las taifas autonómicas estará familiarizado,
seguramente, con los frecuentes compromisos de gasto justificados por la autoridad
como imprescindibles para la custodia de datos sensibles. Hay incluso una
Agencia nacional creada para garantizar esa protección y una buena colección de
disposiciones normativas que velan por conseguirla, de donde deduzco que habrá también
una legión de servidores públicos cuyas nóminas se libran con el mismo fin. Y si embargo, cuentan y no acaban sobre la
precariedad del secreto bancario, lo inseguro que resulta el sencillo acto de pasar
la tarjeta de crédito por la “bacaladera”, sin contar con la posibilidad de que
la historia clínica del más pintado pueda acabar en un contenedor y, lo que quizá
es peor, en manos de una alcaldesa o de un consejero. Es posible que esta
realidad no tenga ya remedio y que debamos resignarnos a ver eventualmente nuestra
intimidad en almoneda a poco que estorbe a una limpiadora o, por qué no, en cuanto
convenga a alguien con larga mano. El streep tease forzoso ante Hacienda no es
nuestro único “pase”. Hasta es posible que en este teatrillo acabemos desnudos
en sesión continua.
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La
yenka episcopal
|
Diario El
Mundo
14/08/2002 |
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En un mismo día, monseñor Rouco, cabeza jerárquica de la
Iglesia católica española, se ha mostrado partidario de la ley de Partidos y
consiguiente ilegalización de Batasuna, y ha rebajado su “ejército de
reserva” hasta dejar en ocho de cada diez el 90 por ciento en el que
tradicional y retóricamente se venía calculando la feligresía nacional.
Sabido es que la Iglesia no avanza en línea recta sino en zigzag, lo que
excluye la necesidad de explicar la contradicción entre el primero de
esos pronunciamientos y la opinión reiterada de los obispos vascos nunca
corregida en serio por esa jerarquía. En cuanto a lo segundo, hay que
aplaudir el gesto de realismo que el propio prelado subraya al admitir que
de ese ochenta por ciento, al menos la mitad de los católicos españoles
no sigue la doctrina de Cristo, lo que no deja de resultar estupefaciente
para los observadores externos. Claro está que tanto la cifra como la
actitud de ese rebaño hace tiempo que viene siendo cuestionada desde
dentro igual que desde fuera de la Iglesia por quienes observan el
progreso constante de la secularización experimentada por nuestras
sociedades. Sería infantil, por ejemplo, cerrar los ojos ante el fracaso
estrepitoso de la moral sexual impuesta por la tradición, a la que la
inmensa mayoría de la gente y, en especial, de la juventud, se considera
enteramente ajena, aunque el cambio profundo excede con mucho de ese
terreno concreto. Tanto es así que desde dentro de la propia vivencia
católica se viene hablando hace tiempo de “el cisma silencioso” que,
de hecho, atraviesa la experiencia católica.
Vaga esperanza supone, desde luego, la que Rouco deposita en el auge de la
religión popular cuya trayectoria se dibuja igualmente en dientes de
sierra (el de la Semana Santa, pero no sólo él), subiendo y bajando en
la estimativa pública según los tiempos. Y más vaga si cabe –aunque
tal vez forzosa—la alianza declarada con los sectores más
reaccionarios, esos “nuevos carismas” (el Opus, los “Kikos” y
demás) que tan fortalecidos van a salir del pontificado actual. Lo que no
ha olvidado Monseñor es el tic antiliberal, si no en la línea de “El
liberalismo es pecado” del bárbaro Sardá Salvany, en claves hodiernas
bien poco realistas. Ya veremos cuando hagan una encuesta de verdad y se
enteren del porcentaje real de católicos que todavía se atienen en
España a la exigencia tradicional. Pero mientras tanto habría que
preguntarle a Rouco por qué conceptúa como católicos a esos cuatro de
cada diez que él mismo reconoce que no siguen la doctrina de Cristo, en
lugar de admitir que el vuelco decisivo que estamos viviendo exigiría una
revisión a fondo tanto del substrato mítico como del montaje canónico.
No habrá remedio para sus cuitas si se decide a hacerlo por más bullas
que se arremolinen a las puertas de la Macarena.
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Las
manos de Baal
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Diario El
Mundo
09/08/2002 |
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Un historiador poco riguroso pero gran viajero, Diodoro de
Sicilia, dijo que había visto en Cartago una estatua de Baal en cuyas manos inclinadas
los propios padres depositaban a sus hijos para que cayeran a la hoguera
sacrificial en honor del dios. Entonces y después esa fiera liturgia se ha
repetido en ocasiones innumerables, ciertamente en todas las latitudes, y hay
que decir que en ella el niño y la mujer han llevado siempre la peor parte,
como atestiguaban ya las tajantes prohibiciones del Levítico. Los antropólogos
han censado la costumbre de quemar viva a la mujer en cuya espalda luciera un
lunar, en diversas culturas que consideran ese accidente como una seña diabólica.
Pero quizá ningún caso tan conocido como la costumbre india de echar va la
viuda a la pira funeraria del marido, ritual casi en desuso que ahora, al
parecer, se estaría “recuperando” avivada la llama por el soplo integrista que
recorre el mundo. Esta misma semana una mujer ha sido quemada viva en pueblo
hindú ante mil espectadores que animaron sin descanso al propio hijo de la víctima,
encargado de prender el fuego por una tradición arraigada en el culto a la
diosa Sati. El largo trecho que nos separa de Diodoro parece encogerse ante esa
barbarie. Tanta hazaña cultural y tecnológica nos vale de poco a la hora de
enfrentarnos al fantasma ancestral.
Alguien ha escrito hace poco que habría que plantear sin
tardanza el derecho a la injerencia que asiste al mundo democrático frente a
situaciones “culturales” que implican irreparable daño para los derechos
fundamentales de la Humanidad. ¿No invadimos Yugoeslavia desde el aire y nos
quedamos tan tranquilos? Pues a ver qué podría impedir extender esa lógica de
manera que sirva de contrapeso al prejuicio, tan generoso como pánfilo, que
impone la observancia fanática de la “multiculturalidad”. Nada tiene que ver el
respeto a la diferencia con la inhibición ante la barbarie. A India, por
ejemplo, una democracia en teoría, debería exigirle la comunidad internacional
que se plante ante prácticas tan aterradoras como la quema de viudas, la venta
de niñas o la mutilación de mujeres. El hijo de la última desdichada ha sido
detenido. Bien, ¿ y qué? Dos bárbaros responsables de un delito semejante
fueron absueltos no hace mucho por un tribunal, a pesar de que podían haber
sido condenados a muerte. Lo mismo que absolverán a este parricida entusiasta. Dicen
que a esos suplicios asisten muchedumbres ante las que la policía resulta
impotente. A muchos nos parece que mantenerse al margen de esta locura no es escrúpulo
sino complicidad.
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Veinte
años después
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Diario El
Mundo
"La Red", 07/08/2002 |
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Otro verano con la avioneta de Rumasa sobrevolando nuestras
playas: “Rumasa, 20 años sin justicia”. La avioneta de Rumasa es ya un elemento
del paisaje estival, un icono de nuestro raro indigenismo que los turistas
retratan para enseñarlo en su tierra sin saber muy bien de que fue el timo.
Como no lo saben, a estas alturas, los españoles, porque no existe mejor
estrategia para la amnesia que la dilación. ¿Quién se acuerda a estas alturas de Sotillos anunciando la
aurora roja de las expropiaciones? ¿Quién del circo desesperado de Ruiz-Mateos
ante el Tribunal Supremo o de la escena Boyer emergiendo de la tarta? Poca
gente. Boyer hoy, según dice, anda muy preocupado con la filosofía de la
ciencia, en la que navega arrimado a la caña de Popper, y definitivamente
lejano de la greña política. Solchaga anda en sus negocios, a ver. Los jueces,
es verdad, han dado la razón a Ruiz-Mateos incluso en ese Supremo al que él
denostaba, pero parece obvio que nadie en el Estado está por la labor hacer
frente una indemnización que resultaría confiscatoria. Pero, sobre todo, nadie
se acuerda de lo que se hizo con Rumasa, a pesar de que en las Actas del
Congreso puede leerse la afirmación de Julio Anguita de que “si alguna vez se
investigase esa reprivatización, estaríamos ante la bomba de los mil megatones”.
¿Quién se acuerda, pongo por caso, de que Galerías la compró
un amigo del Poder, Cisneros, en 600 millones para revenderla tres años más
tarde, al parecer en 30.000, a los ingleses de Mountleigh? ¿Quién de la
fabulosa historia de un paracaidista llamado José Ferrer que llegó a preguntar
desnortado en Patrimonio si pagaba al contado ¡las 350.000! pesetas por las que
logró hacerse con los “cavas” del grupo expoliado (Segura Viudas,
Castellblanch, Condes de Caralt, entre otros)? ¿Y de la penosa venta de la próspera
Loewe al grupo Louis Vuitton, al parecer mediando la Preysler, ignoro si
gratuita o profesionalmente? ¿Y del pelotazo que dio Marcos Eguizábal al
quedarse , en plan rebajas, con las bodegas jerezanas de Ruiz Mateos, incluida
la de su padre? Estos días se habla de la Dehesa de Monteenmedio, la finca
expropiada que acabaría en manos de otro amigo de González, Antonio Blázquez,
cuyo emporio hotelero ilegal ha mandado derribar el TSJA estos días y en cuyo
interior dicen que se exhibe alguna escultura obra del expresidente. Veinte
años sin justicia y los que le quedan. Déjenme que recuerde a Jules Renard diciendo
aquello tan gracioso de que “la Justicia es gratuita, pero por fortuna no es
obligatoria”. Menos mal.
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Bajarse
al moro
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Diario El
Mundo
"La Red", 02/08/2002 |
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Ninguna sorpresa ante la explosión colérica del sultán
marroquí. Previsible tras el ridículo de Perejil era la búsqueda de la excusa,
previsible también la ampliación del contencioso a Ceuta y Melilla. Enteramente
previsible, en fin, el recurso al Sáhara como moneda de cambio en este
cambalache. Este Rey no es su padre, como parece que su padre se encargó de
recordarle -–ay, padre Freud—durante toda su vida, ni tiene el sentido de la
medida que es la garantía de todo provocador. Mala cosa. Y encima va el
Tribunal de Estrasburgo y le vuelve la espalda en su demanda contra el periódico
Le Monde que había reflejado en su portada el informe del Observatorio Europeo
de la Droga en el que se relacionaba directamente a la familia real con el
supernegocio de la grifa, ese secreto a voces por permitir que se divulgara el
cual venía siendo perseguido gravemente un periodista español, José Luis Gutiérrez.
Mala racha, la de Mohamed, al que por fin han debido limitar sus tradicionales
cómplices, esto es USA y Francia. La decisión de la ONU de volver al viejo plan
de referéndum en el Sáhara ha venido a rematar esta secuencia de adversidades
que tanto habrán agriado al Rey las alegrías de su fastuosa boda. Por eso es
normal que explote, la criatura, y que reclame territorios de cabo a rabo del
mapa, acusando a España por su espíritu agresor y su colonialismo. Quizá es su último
cartucho en un país que cruje sordamente desde hace tiempo.
Lo que tiene guasa es el tratamiento que se le da a los sultanescos
caprichos desde el llamado “Mundo Libre”. El plan, fracasado al parecer, de
anexionar el Sáhara a Marruecos con la fórmula autonómica, por ejemplo, como si
el régimen marroquí ofreciera la mínima garantía democrática que la autonomía
implica. O la ocurrencia de organizar la vasta campaña de ilusiones vanas en
torno a la democratización que, bajo el paraguas de la Internacional
Socialista, decían que iba a traer el sátrapa. Algunos sectores de nuestras sedicente
Izquierda deberían aceptar de una vez que Marruecos es una tiranía medieval y
que una evolución espontánea de semejante régimen no se concibe. Ni con
nacionalistas ni con “socialistas” autóctonos que, entre otras cosas, cierran
la prensa libre y se oponen con sus votos a la igualdad entre hombres y
mujeres. La esperanza blanca era un espejismo. En Marruecos lo sabían de sobra
mucho antes de que estallara el polvorín real.
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Quince
hectáreas
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Diario El
Mundo
"La Red", 27/06/2002 |
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Pocas páginas tan absurdas como las que recogen la crónica
de nuestras guerras con Marruecos. Pocos errores tan irreparables como el de
desangrar un país por defender aquel absurdo. El día en que Franco decidió
abandonar Marruecos puso al descubierto el vacío que ocultaba la vieja tramoya
patriotera, trampolín de “espadones”, ruina de todos y tragedia de muchos.
España se fue de Marruecos y nada ocurrió, al menos en España, aparte de
comprobarse la artificialidad del conflicto colonial (o imperial, como aún se
decía entonces). Luego, en todo caso, las cosas han cambiado mucho, demasiado,
sobre todo desde el momento en que Marruecos lograra convertirse en el peón de
confianza de los EEUU en la zona y, subsidiariamente, en el protectorado
informal de Francia. Incluso en Cánovas hay páginas clarividentes sobre el peso
muerto de Marruecos sobre aquella metrópoli panoli. Y, por supuesto, en toda la
“inteligentsia” que vino detrás. El conflicto con Marruecos no fue más que un
montaje de financieros y militares que, como siempre, pagaron los de abajo. Cuando la sociedad
española empezaba ya a pensar por cuenta propia, Franco se apresuró a liquidar
su propio chiringuito. Hoy esta sociedad ni recuerda aquellas guerras.
¿Utilizar la fuerza para recuperar quince hectáreas baldías
que hasta ayer nadie conocía ni de nombre? Vamos, hombre. Aparte de que la opción
por la paz es indivisible, la insensatez empieza en el mismo dilema, porque
nada más insensato que responder a una provocación tan banal como
insignificante. Supongo que no soy el único en negarme en redondo a entrar en
el juego de la tiranía alauita. Bastante tenemos ya los españoles con soportar
que el Jefe del Estado llame “hermano” al sátrapa y aguantarle al sátrapa –con gran
contento, por cierto, de quienes anteponen todo a la oposición al Gobierno—que burle
las más elementales reglas de la diplomacia y del derecho internacional,
mientras el capital español invierte en la penumbrosa economía marroquí el
dinero que suplicamos a los inversores foráneos que metan en la nuestra. ¡Pero
recurrir a la fuerza para “liberar” quince hectáreas! Lejos queda hoy el “discurso
de los huevos” que tanto contribuyó a la fama de ingenioso del dictador Primo
de Rivera. Afortunadamente. Y más lejos si cabe el patriotismo tanático de Millán
Astray. Más afortunadamente, si cabe. No creo que haya un solo español juicioso
que, de verdad, arrebatos aparte, piense siquiera en devolver ese golpe a los filibusteros.
Lo suyo sería que USA, que es el avalista, zanje el ridículo contencioso. O que
la OTA reclame ante esta agresión a uno de sus miembros. El Moro tendrá que
buscar agravios mayores. Diez hectáreas, francamente, no dan para más.
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Obtuario
Antonio Burgos Carmona
Decano de los sastres de Sevilla
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Diario El
Mundo
Sevilla, 27/06/2002
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Sólo la muerte ha podido separar a don Antonio Burgos
Carmona, maestro de la sastrería sevillana, del establecimiento frontero de la
Catedral en el que ha permanecido, al pie del cañón, durante setenta años. Ni
siquiera su larga y penosa enfermedad consiguió distraerle de unas obligaciones
a las que, desde hace mucho tiempo, sólo el sentido del deber y la enigmática
gravedad de la vocación lo mantenían unido, más allá de cualquier necesidad y
sobradamente cumplido el ciclo de su vida.
Este sevillano genuino había nacido, sin embargo, en El Viso
del Alcor a mediados del primer tercio del siglo pasado, comenzado sus trabajos a los siete años,
como aprendiz de sastre en los Almacenes del Duque, y luego como oficial en los
talleres de los maestros Santos y
O’Kean, hasta abrir taller propio y establecimiento de confecciones al que su
esposa, doña Pilar Belinchón Olivares, mujer adelantada a su tiempo en la
entonces rara actividad empresarial femenina, añadiría luego una nueva
actividad, la zapatería, prolongada hoy por sus dos hijas, Pilar y Fina Burgos
con éxito reconocido.
Apasionado de las tradiciones sevillanas –mucho debe,
seguramente, a esa pasión el talante y la obra de su hijo, el escritor Antonio
Burgos--, este decano de los alfayates de la capital andaluza se asomó
ocasionalmente a la política, en representación gremial de los sastres,
formando parte del Ayuntamiento de Sevilla durante los mandatos de Félix Moreno
de la Cova y Juan Fernández, manteniendo vivas sus devociones de por vida como
hermano de la Sacramental del Sagrario o de la Pura y Limpia del Postigo, así
como de varias cofradías, en dos de las cuales, la del Baratillo y la del
Cristo de Burgos, ocupó cargos en las juntas directivas. Constante aficionado a
los toros, don Antonio figuró también en la nómina más vieja del abono
maestrante, y mantuvo una intensa relación con el mundillo taurino en el que
ayudó a mucho novillero en sus comienzos y ejerció durante años como “sastre de
paisano” de no pocos matadores españoles y mexicanos.
Al final de sus días, agraviado ya por la enfermedad hasta
la invalidez, don Antonio mantuvo inalterados sus hábitos y el ejemplo de un inusual
sentido de la hidalguía raramente compatible con el más rabioso sentido del
trabajo. Deja tras de sí una amplia y reconocida familia, presente en muy
diversos estamentos sevillanos aunque ahora también acreditada fuera de nuestra
tierra por el esfuerzo de unos hijos que deben a aquel matrimonio que ahora,
finalmente, se extingue, su especial concepto de la vida.
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Jota
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Diario El Mundo. Huelva Noticias
Suplemento del 06/06/2002 |
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Huelva de los 40, de los 50. Hablamos de una ciudad de 50.000 habitantes,
cuatro parroquias, un Instituto, cinco o seis colegios, cuatro salas de cine y dos de
verano, dos cabarets, dos emisoras de radio y un periódico. Un paseo diario, la calle
Concepción, y unos rituales de domingo -misa de ocho o de once, vermut en el Bar
Onuba,
en el Pelayo, en el Bar Las Palmeras-rígidamente reglamentados. Los añicos de la
opinión se concentran como atraídos por el magnetismo de lo oficial, sin perjuicio del
libre pensamiento y la guasa también libre pero semisecreta. Un periódico, digo. Y en
él, todos: desde Octavio y Bélico a don Juvenal de Vega, desde José María
Segovia a Alberto Luís Pérez, con don Eduardo Fernández acercándonos a la intimidad
del doctor Marañón y deslizando pullas juanistas, Pepe Contioso acarreando incansable
sus citas literarias y defendiendo a Juan Ramón de quienes quemaron su obra y de quienes
le trataban como poeta de arte menor, Diego José Figueroa, el poeta que con
sus aleluyas clavaba por la cabeza las mariposas de prestigios y menosprecios
Me olvidaré de muchos, seguro, pero no de Jota. Jota, Francisco Jiménez, era El
duende de la Placeta y fue el malogrado gran columnista que consiguió que en Huelva
el periódico -tan previsible, tan amañado-- se empezara a leer por su recuadro que
llevaba la materia caliente de la vida de la ciudad, el pulso percutiente de la actualidad
de la calle, el misterio real o elaborado de las céntricas noches de verano, deambulando
entre Concepción y la calle Marina o aledañas, territorio del periodismo activo y de la
golfemia, pero también el color del día por los barrios, el rumor de los despachos y
hasta el hablilla tabernaria. A Jota lo leían de mañana en la oficina, a mediodía en la
barra o la mesa del bar, de sobremesa en el butacón de casa, a la caída de la tarde,
cuando levantaba la marea, en los balcones refrescados y en las sillas de enea plantadas
en las puertas de las casas, lejanas casas entonces de San Sebastián, de la Isla Chica,
de Las Colonias camino de Cardeña.
No exagero. Jota era la Opinión en una sociedad amputada. Y él la recreaba
indefectiblemente con el humor, es decir, articulándola artesanamente en esa trastienda
de la inteligencia hacia la que todos meten el ojo pero en la que pocos caben por derecho
propio. ¡Que gracia tenía, el tío! Me parece que estoy viendo a mi padre junto a una
ventana, apurando el instante previo del almuerzo -tiempo supremo de la familia, aromas de
cocina, quizá el olor del pargo o la corvina fritos, el adobo acaso, disparando las
glándulas-y riendo con las cosas de Jota que eran anécdotas magistralmente elevadas a
artículo, literatura fresca y primores de lo vulgar, como diría Azorín, con un fondo de
Diario Hablado, que ésa era otra, la doctrina forzosa, la realidad forzada,
el trágala diario aceptado finalmente con indiferencia.
A Jota, en cambio, lo leían con interés, lo buscaban ávidos, le celebraban los
donaires, lo comentaban en la oficina o entre los amigos. Humor amable aunque afilado, sal
nunca gruesa, crítica menor para una opinión menor, a aquella columna encaramaba a la
fuerza igual al Gobernador que al tabernero, lo mismo al personaje que al popular, en un
hábil aunque costoso empeño de hacer política imposible a base de un posibilismo
estudiado y guasón. Yo sé que sus hijas conservan esa crónica preciosa que hoy,
reeditada con cuidado, nos asomaría de bruces, amable y finamente, a aquella Huelva
perdida en la memoria y borrada del PGOU sentimental. Para le gente nueva sería simple
Historia. Para los menos nuevos, un retrato de sí mismos en el que quizá les cueste
reconocerse. Jota, el primer columnista. Yo quiero dejarle aquí mi gratitud por haberme
enseñado los rudimentos de este oficio de lúcidas tinieblas en el que Pemán se
encargaba de revalidarnos la vocación.
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El
gobierno claudica
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Diario El Mundo. La Red
31 de Marzo de 2002 |
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No veo yo que constituya tanto problema el de saber si debió controlarse
desde el Gobierno una medida que, evidentemente, afecta, y de manera quizá irreparable, a
la pluralidad informativa. A cualquiera se le ocurre que sí, y también que lo que ha
ocurrido es un episodio más del apocamiento conservador, porque la inmensa mayoría de
los ciudadanos apoyaría cualquier medida que trate de impedir que la información se
concentre en una sola mano. ¡Como si no fuera ya bastante lesivo que anduviera sólo en
dos! La doctrina del aeropuerto -un soporte de uso libre para todos por igual, pero no
supeditado a ninguno de ellos-- con que Cascos ilustra la función lógica de una
plataforma digital es incontrovertible y no porque, como él dice, la existencia de
monopolios vaya contra la doctrina conservadora, sino porque atenta frontalmente contra el
sistema de libertades en su conjunto. Nadie ignora hoy que, en España, la opinión se ha
concentrado de tal modo que la libertad se ha visto severamente amenazada. Escuchen el
tacto -la jindama, diría yo-con que tartamudean muchos príncipes de la opinión cuando
en sus tertulias o artículos rozan materias o temas que se relacionan con la gran
patronal o los intereses que ella representa y defiende. Y eso es malo no exclusivamente
para ellos, claro, sino para la opinión.
¿Un asunto privado, una decisión empresarial a los que vetaría acercarse el silabario
ultraliberal? Mandangas. Cuando se trató de meterse por medio entre Iberdrola y Endesa,
bien que se metió el Gobierno. ¿Por qué no se mete ahora entre Telefónica y Prisa?
Pues porque el Gobierno no escapa a la sensación de inquietud ante el poder creciente del
bloque hasta ahora adversario. Algo de síndrome de Estocolmo, si me apuran, sí que hay
en esta inhibición clamorosa, que deja expuesto al ciudadano -ya cercado en un amplio
frente mediático-- a una eventual oferta digital única. No creo, por eso mismo, que
semejante deserción pueda explicarse en exclusiva por la presión de intereses
económicos representados por el sector que lidera Rato. Aznar ha puesto a Rato en su
sitio cuando ha querido, con Alierta y sin Alierta. O sea, que hay que buscar otra razón,
e insisto en proponer la explicación de la debilidad de un Gobierno al que, si aún no le
crecen los enanos propiamente, le van a crecer pronto, cada vez más. Unos frente a otros,
guerra de partidos y finanzas: en lo que no piensa nadie es en ese interés colectivo al
que el monopolio, cualquier monopolio, compromete sin remedio y al que, sin ir más lejos,
aún se resisten en Italia con la ley en la mano. Aquí no. Aquí hasta el Gobierno se le
rinde ya a un proyecto monopolístico que no disimula sus designios sino que los exhibe. Y
a juzgar por la reacción de la Bolsa, la operación le está saliendo redonda.
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Sobre
el extremismo español
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Diario El Mundo. Crónica
21 de Abril de 2002 |
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¿Son los españoles extremistas, a qué causas podría obedecer esa
condición? La propia pregunta implica ya, de algún modo, la aceptación de la dudosa
cuestión de fondo, es decir, de la idea tópica de que los españoles, genéricamente,
son gente extremada, en la línea de las celebradas opciones excluyentes Rey o República,
Joselito o Belmonte y demás. El problema, sin embargo, es que no es posible ya mantener
esa visión de los caracteres nacionales que hace medio siglo relanzó la antropología
americana sin mayor éxito aunque con menores daños que sus antecedentes políticos.
Decía Caro Baroja que hablar de caracteres nacionales es simplemente una actividad
mítica y se apoyaba, por cierto, en una serie de testimonios difícilmente refutables. Y
el mismo sabio recordaba la divertida visión que de los hispanos y de otros bárbaros
daba Marcial --un poco en la línea de las invenciones gratuitas de Sabino Arana--, o la
sublimación que permitió a los historiógrafos franceses ver prefigurado en la figura de
Ausonio el carácter nacional galo. Tonterías, como es natural. Hoy que tan de moda anda
Gracián en USA, podrían los sucesores de aquellos antropólogos considerar la pamplina
de nuestro jesuita cuando en El Criticón calificaba a los griegos como
infieles, a los turcos como bárbaros, a los suecos como atroces o a los rusos como
astutos. Aunque me temo que ninguna razón podrá extirpar enteramente esos
topoi repartidos entre los pueblos por las mismas circunstancias. Hoy estamos
viviendo, por lo demás, cierto apogeo de ese psicologismo sin base, pero, por trágicas
que sean las consecuencias, no veo probable que una saludable reacción consiguiera
neutralizarlos. Pesan mucho los mitos. Sus raíces fasciculadas son infinitamente más
complejas que las de la razón.
Hacia el siglo XVII, por razones obvias, parece claro que se abre paso la idea de que el
español es hombre extremado, radical en su criterio, de la misma manera que en el siglo
siguiente, el de las luces, la tendencia ilustrada será verlos como un pueblo
flojo, inerte, paralizado por una congénita galbana, imagen ante la que reaccionarán con
energía, como es sabido, los espíritus románticos y no sólo los nacionales. En
resumen, parece lo más cuerdo aceptar que la idea del español drástico, arrebatado
entre el blanco y el negro, pudiera ser un tópico reciente, verosímilmente originario
del clima creado por la llamada guerra civil carlista y, luego, por la del 36.
No hay, en efecto, en la abigarrada literatura sobre el asunto nada que se refiera a esa
caracterización, mientras que abundan las teorías que nos pintan como lerdos o agudos,
como brutales o magnánimos, como artísticamente estériles o sutiles. De Milton a
Voltaire, desde el Libro de Aleixandre a Masdeu, se proponen muchas
claves psicológicas pero ninguna, que yo sepa, que apunte al carácter
drástico.
A la salida de la Dictadura, ya sorprendió a mucha gente la actitud equilibrada de un
electorado que huía conscientemente de los extremos. La persistencia de la mayoría
centrista ha demostrado luego, durante un cuarto de siglo, cuánta ligereza
entrañaba el aguafuerte que trataba de fijar el perfil español con los trazos del
extremista sin remedio. ¿Por qué seguir hablando de esa radicalidad inexistente? Hay
tópicos que sobreviven a la prueba de su insustancialidad, por descontado, y quizá éste
sea uno de ellos. Hay quien gusta de ver en el español componedor y centrista un Edipo
perplejo ante la encrucijada y eternamente tentado por los dos caminos. La realidad, como
en tantas ocasiones, es distinta y, por una vez, merece ser celebrada.
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La
cera que arde
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Diario El Mundo. La Red
31 de Marzo de 2002 |
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Se cuenta en los mentideros taurinos que muchos aficionados de toda la
vida se han dado de baja en el abono de la Plaza de Sevilla. Normal. Claro que también se
dice que a la Empresa le viene divinamente que el abonado se dé de baja porque así
recupera para la reventa las entradas. Cualquiera sabe, en ese mundo tan retorcido. Lo que
no tendría nada de raro es que muchos entre los abonados que conserven su plaza se sumen
al reventón y entreguen también sus entradas a la pública subasta para resarcirse de la
enormidad de los precios y, de paso, librarse del mal trago que supone tantos malos
carteles. ¡Que cartelería, Dios de mi vida! Una vez dijimos aquí que los sucesores de
Canorea harían bueno al padre y ahí lo tienen. Si la Feria ya era un negocio en Sevilla
con las corridas de lujo que aquel sátrapa preparaba con astucia inimitable, ahora, con
estos carteles entre Pinto y Valdemorillo, inspirados en la vaga filosofía voluntarista
del torismo de las Ventas que tanto dinero le mete al empresario en la faltriquera,
imagínense el nuevo Potosí.
Hay que decir, sin embargo, que tampoco toda la culpa de esos despachos que los
maestrantes ceden sin condiciones a la especulación taurina. El momento de los toros no
es malo, es pésimo, y si el año pasado titulábamos esta colaboración como La
crisis de la Fiesta, éste habrá que resumir el lío declarando la realidad: que no
hay más cera que la que arde. Yo no estoy de acuerdo con los críticos del cartel de
Resurrección más que en el detalle tradicional de que falte en él un torero sevillano
(pero, además, díganme, ¿cuál, qué torero sevillano?). Ni en que la ausencia de
Morante, esa incógnita siempre por despejar, suponga una falla insuperable porque aquí
ha habido muchos años en que ha faltado del programa el torero de moda o el diestro
acreditado, y que si quieres arroz. Más bien lo que ocurre es que el toreo atraviesa un
momento crucial, en el que a la ausencia de ganado como la gente, hay que sumar la
carencia de figuras. Lo que Sevilla ofrece esta temporada es una foto fiel de lo que
ocurre y lo que ocurre es que toda España, y no sólo Madrid ya, es Valdemorillo. Puede
que engañe el nombre de un puñado de profesionales con crédito, pero si nos detenemos
en ellos uno por uno iremos viendo que el que no está fuera de sitio carece de
motivación, y que si el que quiere no puede, el que puede no parece querer.
Eso sí, los precios continúan su curva ascendente, cada año más inexplicable, como si
lo que se estuviera ofreciendo en la Plaza se superara temporada tras temporada. Con lo
cual tampoco valdrá ya el argumento empresarial de la carestía de los carteles, porque
todo irá al mismo bolsillo sin fondo. Es verdad que aquí hemos vivido esperpentos tan
fantásticos cómo el que Manolo Vázquez protagonizó en el 92, jurando que si no había
festejo de la Expo era porque en el campo andaluz, a esas alturas octubrinas, no quedaban
corridas o estaban pasadas de años y peso. Después de esa chorrada, podríamos haber
apagado e irnos con la música a otra parte, pero nos quedamos, y eso convenció a todos
los sanedrines del mundo del toro de que en la Sevilla taurina se puede hacer impunemente
cualquier cosa.
No, ésa es la verdad, no hay más cera que la que arde, lo que no significa que esos
carteles tan isidriles no pudieran haber sido mejor combinados hasta por el más tonto de
la cuadrilla. Ya veremos si la reventa, es decir, en fin de cuentas, la Plaza, se traga el
taquillaje más de un día o la avalancha de pardillos se somete -como se ha sometido en
tantos cosos- a la mediocridad reinante. Este año tendremos que insistir en un axioma que
ya traemos muy vapuleado, a saber, que con la Fiesta no va a acabar el ecologismo europeo
ni Cristo que lo fundó, sino su propia decadencia, la falta de savia nueva que el negocio
desorbitado padece y propicia a un tiempo. Esta pavesa no la van a apagar desde Bruselas,
ciertamente. La van a apagar aquí mismo los mismos que con ella se alumbran, toreros,
ganaderos, empresarios y aficionados, todos juntos y cada cual por su cuenta, en esta
liturgia cada día más incomprensible que oficiamos entre todos haciendo de todo el
templo altar. La que se va a forrar, ya de paso, va a ser Vía Digital. Al tiempo.
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Mejor
legales que marginales
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Diario El Mundo. La Red
24 de Febrero de 2002 |
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Sagrada o despreciable, la prostitución ha sido siempre objeto de debate.
Hoy ese debate, sin embargo, carece de sentido, a poco que uno contemple abrumado las
imágenes diarias de esa forma extrema de indigencia que se ejerce con escándalo o
resguardada en los paraísos mafiosos que han surgido como hongos por toda
España. Un Ayuntamiento andaluz (Aljaraque) concedió hace poco a uno de esos
paraísos de carretera una subvención por considerarlo de interés público,
criterio que no le hubiera discutido san Agustín a ese alcalde del PP, pero que da una
idea de cómo han variado las circunstancias de la vieja profesión. Para empezar, hay que
constatar que no hablamos de un problema menor, sino de una cuestión que afecta a una
legión de mujeres en situación de máxima debilidad, y que produce miles de millones de
euros al año. Un sector de actividad, digamos, curiosamente alegal --una vez
obsoleta o derogada, no lo sé, la ley de prohibición promulgada durante la dictadura-en
el que se ven implicadas, además, unas trabajadoras que suelen estar también están
fuera de la ley, en la mayoría de los casos porque son víctimas reclutadas y explotadas
por las redes mafiosas que las importan como ganado de países pobres.
¿Habrá conciencia que se oponga a conceder a esas trabajadoras los mínimos
derechos de que goza cualquier ser humano que se busca la vida como puede? De momento,
parece que la del ministro de Trabajo, pero también es cierto que ése confunde el chador
con la ablación.
Desde el punto de vista social la cosa es elemental. ¿Tiene sentido dejar a esa creciente
profesión -es curioso, pero creciente-en la más injusta indefensión laboral y en la
más temeraria ausencia de garantías sanitarias? ¿Es preferible agarrarnos al prejuicio
y mantenerla fuera de la ley a costa de riesgos hoy por hoy difíciles de prever? Defender
la regulación de esa crítica situación no significa complacerse con su
impagable coste humano y social, sino apostar por una mejora cierta a favor de quienes hoy
son auténticas esclavas en su inmensa mayoría. Y desde luego, tampoco supone abogar por
esas empresas que funcionan como una forma actualizada del proxenetismo, por
más vueltas que le quieran dar al diseño. Se trata, simplemente, de reconocer que hay
miles de mujeres que no pueden vivir más que alquilando su cuerpo -lo cual, además, es
un derecho como otro cualquiera-y que actualmente ni el Estado dispone de medios para
retirarlas ni siquiera de normas para proporcionarles el mínimo amparo que
merece todo ser humano. Hay en esta sociedad actividades legales mucho más peligrosas e
inmorales que el comercio libre del propio cuerpo. De eso no le debe caber duda al
ministro de Trabajo.
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La
cuesta del euro
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Diario El Mundo. La Red
30 de Diciembre de 2001 |
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Habrá complicaciones a corto plazo, seguro; luego, como es natural, todo
acabará asumiéndose . La misma inocencia de las campañas publicitarias oficiales
-Este rotulador cuesta 291 pesetas, es decir, 175 euros y en ese
plan
-- demuestra que no es fácil instruir a la población ni posible adecuar a
fecha fija y sin transtornos sus hábitos monetarios. Pasar de una moneda de débil
apreciación en los mercados a otra fuerte y, en consecuencia, obligadamente fraccionaria,
supone inevitables complicaciones en la vida corriente y una conmoción nada despreciable
en la propia conciencia. El hombre se mueve por la moneda como por cualquier otra
dimensión y a ella adapta continuamente cruciales aspectos de su decisión. No es cierto,
en consecuencia, que la gente esté preparada para el cambio. Hay una crítica mayoría
que -también en esta coyuntura-aguarda pasivamente a que los propios acontecimientos
impongan la nueva realidad.
Supongo que, por otra parte, más allá del forzado optimismo oficialista, el tránsito
acabará por producir algún efecto inflacionario. Las protestas de los comercian |