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La nave de los locos


La Ría
Sábado 05/10/02

La imagen de la locura, su realidad social, da cuenta mejor que nada de un momento histórico y de un modelo de vida. Hoy ya ni se habla de “locos”: está proscrita la palabra, como si el eufemismo garantizara la piedad o el progreso. En la consulta, en el hospital se usan términos tan rebuscados e inútiles como “interno”. Igual que en la cárcel, y ya veremos que no por casualidad. La humanidad tuvo siempre algún tabú en boga. Primero fue la lepra –la inimitable historia de Foucault lo explicó todo--, la enfermedad confundida como mal, el mal interpretado como seña nefanda. “Tame, impuro”, estaba obligado a gritar el leproso en Israel. En la Europa moderna vagaba por los campos y avisaba a los sanos con su campanilla. La lepra no se trataba: se excluía. Hasta que la relevó un maleficio nuevo, la locura. En medio parece que anduvieron mitificadas las que hoy llamamos “ETS”, las viejas venéreas también pudibundamente disfrazadas en esta nueva jerga. Pero fue el loco el que destronó al leproso. Un rey: por eso se coronaba con un embudo, tal como lo retratan el Bosco y otros. Pero un rey desterrado, un vagabundo sagrado en cierto sentido. Lo de “la Nave de los Locos” no es un cuento. Existió, al menos en el siglo XV, un “Narrenschiff” que viajaba de puerto en puerto con su cargamento alienado. Des-terrados, literalmente, fueron aislados en el agua. Es una grave historia que contemplamos estremecidos en los cuadros de Brueghel, de Durero, que todavía Goya retrata con piedad y rigor. No había sitio para el loco en la sociedad. El cristianismo fue tan incapaz como las otras culturas a ese respecto.

La “Stultífera Navis”, ¡qué imagen! Foucault, maestro definitivo, definía el trato de la insania como “un espacio moral de exclusión”. Y así era, en especial cuando la errancia se sustituyó –ay, el progreso—por el encierro. El hospital, el manicomio no era un establecimiento médico sino una institución administrativa, policial para entendernos, poco diferenciable de la cárcel en la práctica. Se encerraba y se maltrataba, en condiciones sobrecogedoras, con voluntad e imaginación de sádicos. Las historias francesas e inglesas del XVII sobre manicomios son para morirse (y tengo varias). Lean a Sade, por otra parte, si quieren porno duro pero también suplicio infinito. Hubiera merecido la pena que cayera la Bastilla sólo por librar a uno de aquellos desgraciados. A él mismo.

Pero aterricemos. En la curva del Conquero, justo en el cruce de las Adoratrices, estaba La Morana. La Morana era una parcela amplia, con un pabellón rectangular una de cuyas paredes era de rejería. Quiero decir, mejor dicho, no quiero decirlo, pero era una jaula, y en ella pasaban el día los locos –entonces se hablaba en cristiano todavía--, lloviera o venteara, ya podía caer la canícula y convertir aquel antro en la carroza de plomo derretido o abatirse el frío norteño hasta congelar los cuerpos. Por las mañanas había ducha fría, manguerazo, claro. Y en el peor de los casos, el shock, ya saben. Luego el ir y venir del enjaulado o bien al ensimismamiento del ido. Algunos, los mejores, cultivaban un huertecillo a dos pasos de la valla, en la que nos arremolinábamos los chiquillos. A uno le llamaban el Legionario y creo que tenía el encargo de mantener la disciplina, calculen. Allí metieron a Ricardito, un tío adorable al que enloquecimos entre todos los de mi generación abundando en su satirismo incurable. Una locura, en efecto. Ah, y a dos pasos quedaba, por cierto, el Palacio Episcopal.

La Morana define la Huelva de la posteguerra, etapa dura, es decir, desde el fin de la guerra civil hasta los sesenta. Luego vino el Psiquiátrico que sería, en muchos sentidos, un emblema estupendo de la Huelva emergente del “desarrollo”, contagiada ya de progresía galopante. Y bendita la hora, por supuesto. El Psiquiátrico fue todo lo contrario de La Morana, claro, a saber, el rechazo del estigma, la aceptación de la enfermedad, la denuncia del shock, la humanización del espacio. Como íbamos a arreglarlo todo, pues empezamos por el final y abrimos las puertas. ¿Cerraduras? ¿Por qué, si se podía hablar, drogar con tiento, reeducar lo torcido? Aquel grupo de profesionales hizo toda una revolución que, en buena medida, como ocurre con las revoluciones casi siempre, dio paso a otras tensiones y a problemas nuevos. Recuerdo una mañana en que estando al cargo de mi área en el Gabinete del Presidente –lo digo para que no se moleste nadie insidiosamente en recordarlo—leí perplejo la portada del periódico: “Cerramos el manicomio”, decía. Y los teléfonos se bloquearon, claro está, y hasta que hubo de dar explicaciones el propio Presidente. Pero cuesta cerrar una cancela rota. La solución de “hospitalizar” la locura, internando los casos graves en unidades nosocomiales (no se pierdan la cursilada) acabó con una tradición calamitosa pero no supuso ninguna solución. Tampoco en Huelva, por más remiendos que se echaran. Pero el Psiquiátrico correspondía a una forma superior de la convivencia, en todo caso. Hay un antes y un después en la desdicha humana que esa institución separa en Huelva como una barda alta e insalvable.

¿Hoy? Hoy vamos que nos salimos y todo cambia a un ritmo que no permite apreciar siquiera las mudanzas. La “Nave de los Locos” sigue por nuestras calles y plazas a la deriva, por supuesto, abarrotada como nunca, ignorada como siempre. Naturalmente, la enfermedad –ésas de la mente, como todas las demás—se ve desde otra óptica, merece otro trato, y hace mucho, por lo demás, que la ciudad alegre y confiada –y no me refiero a Huelva en exclusiva—ha aprendido a confiar en una droguería novísima, extremadamente eficaz y de uso generalizado, como consecuencia, entre otras cosas, de la falta de dotación médica adecuada: a menos médicos, más recetas. Lo cual es un progreso, qué duda cabe, comparando con el dispensario tan reducido de que disponían los profetas del Psiquiátrico y, ni que decir tiene, respecto de la barbarie de La Morana. Y sin embargo… Algunas mañanas con buen tiempo nos las pasábamos en aquella verja, fascinados por el espectáculo de la locura misma pero también por la experiencia del sentido común que resistía bajo la depresión o el frenesí. Un día, en el Psiquiátrico, un paciente joven le dijo a Jaime Montaner y a José Ramón Moreno –luengas barbas progres, amplios chambergos, pastoriles cayados—que “tenían sugestión de Jesucristo”, y por mi madre que la tenían. Y otro día en que charlábamos con la cuadrilla del huerto en La Morana le preguntamos, como quien no quería la cosa, a Ricardito, el pobre, que cavaba con una piocha en la besana como un desesperado, que qué hacía allí dentro, y Ricardito nos contestó: “Pues nada, chicos, ya veis. Aquí, veraneando”.


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Vade retro


La Red.
Diario El Mundo
29 de Septiembre de 2002

Tengo una vieja debilidad por el tema demoniaco. Seguí con atención las elucubraciones de los antiguos Padres, el pajerío mental de los medievales, de los renacentistas, de los barrocos, hasta las extravagancias de los “rancios” del XVIII y los románticos (neobarrocos, en realidad) del XIX. También las novedades de los teólogos modernos. Conozco la pasión de Jeffrey B. Russell, he leído a G. Bazin, al siempre sereno H-I. Marrou, el ensayo español de Flores Arroyuelo, la teoría de les estados de posesión de Jean Vichon. Por curiodidad tengo fichados varios cientos de fichas de obras que no leí, como es natural, ni pienso hacerlo, aunque siempre es divertido volver sobre el “Malleus Maleficarum”, para qué engañarnos. Sé por eso que así como el judaísmo limita el papel del Otro, el cristianismo desarrolla toda una teoría de la posesión y, en consecuencia, del exorcismo, vieja práctica de locos y gran negocio de frailes. En realidad lo que de diablos hablamos procede de un Oriente más lejano, el del dualismo fundamental que romperá en Manes. Este papa, Wojtila, ha hecho exorcismos tres veces, una de ellas en plena plaza de San Pedro. Y un cura de la diócesis de Alcalá lo practica de manera que ha hecho rezar de rodillas a un tío tan versado como José Manuel Vidal que nos ha contado en “Crónica” una historia deslumbrante: una chica poseída por ocho diablos, uno de ellos, Zabulón de nombre, resistente como mula. He buscado por doquier sin poder comprobar la mención bíblica que atestigua el exorcista. Qué más da, en fin de cuentas. Con ver a Vidal arrasado en lágrimas tengo de sobra.

Allá cada cual pero yo no tengo paciencia porque sostengo que en estas bregas reside la “última ratio” del satanismo y otras peligrosas chaladuras. Una mujer torturada hasta la muerte, una niña inmolada a ese Zabulón o a otra entidad de su imaginaria cuadrilla: se trata de un juego demasiado grave para tratarlo con “neutralidad” crítica. Estos días publica “Nature” que la excitación eléctrica de cierta región cortical explica cumplidamente la famosa disociación del cuerpo y el yo. ¡Y qué! Seguirá habiendo diablos que expulsar y desahogados dispuestos a expulsarlos. ¿No lo hace el propio Papa? Es infinita la lista de estudiosos que han chamuscado sus pestañas en esa lumbre infame. Porque no se trata, en efecto, de una superstición inocua sino de una acrobacia mental para la que no están preparados la mayoría de los trapecistas. De modo que si la cosa va de negocio, vaya. Pero si se trata de especular desde una teología de la posesión que el último Concilio despreció, por cierto, la cosa varía. Tengo que preguntarle a Vidal qué publicaremos el día en que esa desdichada ingrese, si Dios no lo remedia, en el manicomio.



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Pintar en Huelva


La Ría
Sábado 28/09/02

Entrábamos a aquellas galerías improvisadas --la de la CNS, en el Paseo del Chocolate, junto al Bar Santafé, la que instalaban en los altos del Gobierno Civil en lo que fuera transunto del antiguo Palacio ducal, la de la Caja de Ahorros, la del Ayuntamiento nuevo, como se decía entonces—como quien penetra en el espacio raro del templo. Aquel olor a óleo, a linaza, a la madera nueva de los marcos, en el silencio casi religioso con que los escasos asistentes discurrían por la sala, deteniéndose ante los cuadros, forzando el zoom al acercarse o retroceder desde el centro de la sala al cuadro, acaso abstraídos enigmáticamente en un punto de la tela donde un rojo se derretía en morados verspertinos o la astucia del pintor había fingido, con un golpe de blancura, la luz imposible sobre un detalle nimio. Mi impresión de adolescente era que se sabía más bien poco de pintura en aquella Huelva lejana y ciertamente rosa todavía, en la que se hablaba con veneración del maestro Vázquez Díaz, el de los frescos rabideños, y con escasa simpatía de otro escapado a Madrid, un tal Pepe Caballero, cuyos finos dibujos y sueños sub-reales habíamos visto alguna vez impresos en libros o revistas. Faltaba aún mucho tiempo para que –caso raro—Huelva rescatara a Caballero del exilio interior y lo agasajara como merecía con exposiciones y homenajes, que comentábamos con detalle en Madrid, allá por los altos de la Avenida de América, por donde sigue viviendo Daniel Vázquez, el albacea y gran animador del maestro de Nerva, que también lo era suyo.

Pero volvamos a Huelva. Faltaba todavía mucho tiempo –a esas edades mucho tiempo viene a ser un quinquenio—para que en Madrid entráramos de puntillas en el Prado o visitáramos las primeras galerías en las que se andaban dirimiendo batallas a escala española de las grandes corrientes europeas de postguerra. Y donde conoceríamos al propio don Daniel y a otro pintor admirable, que hacía bodegones de un primor como holandés, y que se llamaba Monís Mora, hombre generoso y enamoradizo que invitaba a la joven parroquia onubense a celebrar algunos domingos –ahí están Víctor Márquez o Vaz de Soto de testigos—con colosales cocidos serranos.

Pero estábamos hablando de Huelva, como digo, y en Huelva, en esos templos improvisados que mencioné al principio, vimos mejor o peor grandes obras de memorables pintores onubenses. De don Pedro Gómez, para empezar (y subrayo el don porque era lo corriente entonces también), maestro de paisajistas, el genio que descifró hasta la última incógnita en la fragosa ecuación cromática del viejo Conquero, desarrollando la casi infinita teoría de la tierra entre el gris y el albero, bajo el verde cupular de aquellos pinos centenarios que él pintó como nadie. Yo ascendí a esos siete cielos guiado por Alberto Vázquez, el más bondadoso y experto Virgilio, que empezaba a hacer sus propios pinitos en su casa del Velódromo, pero que sabía ya la intemerata de pintura, siempre fiel a aquella especie de hiperrrealismo anterior a Antonio López del que luego nos dejó una obra memorable y tristemente ignorada entre nosotros. Alberto pegaba la hebra don Mateo Orduña Castellano, que –esta vez sí que recuerdo el lugar: los altos del Gobierno—colgaba hirientes retratos de gitanas amamantando churumbeles, bodegones, bouquets y paisajes como soñados en los que la luz se hubiera parado mágicamente detenida por su mano sabia. Una tarde que subía de tono la guasa juvenil ante sus gravess desnudos, Orduña nos recriminó con indulgente desdén: “Pues no sé de qué se ríen ustedes, que parecen estudiantes tan finos, porque en la Capilla Sixtina nadie se ríe y hasta Dios deja ver sus genitales”. Exageraba, evidentemente, al olvidar los “braguetoni”, quizá porque en aquel entonces costaba imaginar a una pandilla de zagales como aquella camino de Roma.

Es posible que fuera en la Caja de Ahorro donde encontráramos a un acuarelista joven que hacía un paisajismo insinuante y lírico, y se llamaba Gil Vázquez --vamos, se llama porque hace poco creo haber visto de refilón que sigue exponiendo en Punta. Aquella era una pintura amable, más fácil y tentadora para nosotros, y que le gustaba mucho a otro pintor luego extraviado en la docencia, Tomás García Asensio, o sea, el humorista “Saltés”, que se vino a “Triunfo” en el lote onubense que Vázquez Montalbán bautizó como “Bloomsbury onubense”. Pero éste, Tomás, iba ya entonces embarcado en otras búsquedas que le llevarían, a través de una intensa experiencia “pop art”, hasta las playas decorativas de aquel arte de “módulos” en el que ciertamente hizo cosas espléndidas. Pero por entonces cumplía descubriéndonos secretos técnicos de los grandes maestros y se limitaba todavía, sobre todo, a ilustrarnos sobre los surrealismos. Él nos dio a conocer de cerca la obra de Dalí, nos descubrió a Braque o a Paul Klee, y hasta debo conservar por ahí bromas suyas con “variaciones” sobre temas de Magritte o Archimboldo.

Debió ser allá por el 74 fuimos unos estudiantes a ver en la Galería Serrano,19 una muestra novel de otro pintor de Huelva hoy en el estrellato. Era Florencio Aguilera, un ayamontino que acaba de vender su tiendecita de juguetes y nacimientos (su colección de belenes, conservada en su mansión de La Jabonería, es descomunal) y recuerdo que nos declaró sin problemas el meollo de su apuesta: “Si sale bien la cosa me quedo en Madrid, de pintor; y si sale mal, acabo de sereno en el barrio de Salamanca”. Salió bien, como es sabido, y hoy Aguilera es ese creador prodigioso que ha hecho del paisaje una metáfora indecible y ha logrado transformar las cosas en entidades misteriosas que compiten con las hieráticas e interrogantes verdades que pintaba su padre. Exhibió luego otras veces en Madrid, siempre creciendo, cambiando sin traiciones, en la Kreysler, por ejemplo, y pronto plantará en Sevilla una antológica que hará época. Ya lo verán.

Se me vienen a la cabeza otras exposiones, cuadros entrevistos aquí y allá, veracísimas y bellas perspectivas marineras de Pilar Barroso, maestra en todas las Punta Umbrías imaginables, asuntos más oscuros de Pilar Toscano, paisajes exactísimos, alumbrados de luces espectaculares de Morano, acuarelas magistrales del indiscutible maestro actual del género que es, para mi gusto, Ricardo Aramburu. Y antes que ellos recuerdos remotos, perdidos, de A. Brunt, por ejemplo, que creo yo que se movía en la órbita pictórica de Orduña o así.

Y Seisdedos, Juan Manuel Seisdedos, que es, sin lugar a dudas, el poeta de la generación, sólo no escribe blanco sobre negro sino que pinta, graba, esculpe, forja sus imaginaciones lo mismo en aceites que en polivinilo, en hierro que en madera. Yo me pierdo con Seisdedos porque no encuentro manera de acercarme al artista abstrayendo su poderoso atractivo humano, siendo como es una de los hombres más cabales que yo he conocido. Nunca le perdonaré que abandonara, urgido por sus curiosidades, aquella manera suya de recrear el paisaje, en especial su talento insuperado para hacer con los misterios de las luces de Aljaraque –no hablo de Huelva 2 y así, sino de aquellos baldíos campurrianos ceñidos de marismas--, en las que supo ordenar una teoría de colores tan cumplida como la de don Pedro Gómez en sus Conqueros. El enorme talento que tenía Alberto Vázquez –otro hombre bueno por los cuatro costados—me confirmó muchas veces, sobre todo en sus amenes sevillanos, tan tristes, en la desperdiciadísima superioridad de Seisdedos, al que decía envidiar quien había logrado en sus desnudos restituir al cuerpo humano la perfección ideal que sólo se concreta en los sueños. Pero otro día hablamos de Alberto. Hoy me temo que, algo ebrio por aquellos efluvios de las viejas salas improvisadas –ay, los cortinones y damascos del Ayuntamiento--, me he salido sobradamente del cuadro. La memoria tiene a expandirse como gaseosa que es. A ver qué quieren que le haga un nostálgico impenitente como yo.


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La encuesta que nunca existió


El Alpende
Septiembre de 2002

Una mañana cualquiera, no hace mucho tiempo, nos enteramos de que por Valverde se andaba haciendo (porque la hicieron: no hagan caso de notas y desmentidos) una encuesta. Se trataba de conocer la opinión del vecindario –yo diría, desde ahora, del “electorado”—sobre determinadas cuestiones municipales, pero todo sugería que el auténtico meollo se encerraba en la almendra de una pregunta de valoración que trataba de indagar cuales eran los índices de conocimiento y valoración de un joven abogado valverdeño, Manolo Romero Pérez, es decir, ni más ni menos que del Director de “Facanías”. Alguien en el pretorio del alcaldísimo, obviamente, debía de haberle sugerido esta pesquisa, guiado con prudencia, tal vez, por la certeza paremiológica de que ni la previsión embarga ni el saber ocupa lugar. Ignoramos el resultado del sondeo, claro está, porque las instituciones tienen siete llaves para guardar esos tesoros de opinión que pagamos entre todos pero que ellos (todos) se reservan en exclusiva. Lo importante, sin embargo, no es eso (la buena opinión y el crédito de Manolo no están en cuestión ni entrarían en discusión siquiera), sino la intención. Pero ¿por qué el alcaldísimo se preocupaba ahora, así de pronto, de indagar el prestigio de un joven que nunca ha mostrado ambiciones políticas, ni legítimas ni ilegítimas, a pesar de su obligado y creciente protagonismo en la vida local por tantas razones y, en especial, por su papel den esta periódico independiente tan incomodísimo para los barandas?

A esa pregunta tampoco puede contestar nadie aparte de quien tenga guardada la encuesta en su gaveta (porque la tiene, no les quepa duda). Es más, como la cábala es libre y hasta obligada cuando se nos niega una información de tanto interés para el pueblo, hasta podemos colegir que si callan es porque que el resultado no les gusta un pelo, es decir, porque la opinión debe de haber sido, que es lo lógico, favorable al indagado. Y más si consideramos que toda encuesta tiene lecturas favorables y que, de hecho, ya la industria de la sociología se encarga, por lo general. en su obrador de preparar la tarta a gusto del cliente, lo que quiere decir que, con altas probabilidades, al alcaldísimo no lo ha tranquilizado nada la sombra prestigiosa que Manolo Romero –un joven cualificado entre los nuestros, no el único, por descontado—debe ir proyectando por ahí.

El hilo de la encuesta que nunca existió conduce, sin embargo, a un ovillo de mayor entidad. Este: que en Valverde, como en tantos lugares, la sociedad empieza a notar que una nueva generación bulle, y al mismo tiempo, la opinión pública demanda cada día con mayor insistencia un relevo generacional que traiga aire fresco y oree la casa desde el portón a la casilleta, como diría el gran Ortiz. El propio alcaldísimo, que no es viejo ni llegó a la poltrona sino tarde dada su anterior militancia comunista (ese reparo lo hemos padecido muchos, aunque algunos sin mayor compromiso, claro), pertenece, sin duda posible, por sus orígenes, pero sobre todo, por su talante, más a una generación que se va que a la que llega anunciándose en las encuestas o insinuándose silenciosamente en la estimativa pública. De este periódico modesto han salido en los últimos meses al menos dos periodistas que se están abriendo paso a marchas forzadas en el panorama de nuestra prensa más acreditada, y eso ya, como es natural, no es lo mismo, como no lo es que una encuesta –aunque sea de encargo propio—nos traiga la nueva incómoda de que, encima, uno de esos pajeros niños de “Facanías” se perfila como eventual competidor electoral. Y menos mal que Manolo Romero va de su corazón a sus asuntos, como decía Hernández, o si se prefiere de sus pleitos (civiles) a la tranquila vida de quien la tiene entera por delante. Si no fuera así, si amagara con veleidades, si le diera por masconear con que si me presento o no me presento, calculen los nervios en la Casa Grande. No hay peligro de tal cosa, de momento, en todo caso. Aunque el alcalde hace lo natural siguiéndole el rastro a una estrella emergente cuyo cenit nadie será capaz de predecir todavía. La verdad es que el alcaldísimo pierde el tiempo, si es que no arriesga algo más, manteniendo a distancia a esta generación del relevo. Aunque sólo sea porque los relevos acaban llegando, si no un día al siguiente. Y déjenme que les diga que, a juzgar por el sigilo con que se reserva --¡y hasta niega!—la jodida encuesta, tal vez antes de lo que podamos pensar.



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La pantalla de los éxitos


La Ría
Sábado 21/09/02

El lema de los Sánchez-Ramade, empresarios creo recordar del Cinema Rábida, era ese precisamente: “La pantalla de los éxitos”. Lema tan sugestivo que una mediodía en que fuí a despertar a mi abuelo que vivía poco más arriba (a mi abuelo le daba igual dormir en su butaca que en la gratuita que le ofrecía el empresario amigo) aduje como argumento más convincente para que me llevara al cine ese título fastuoso. El cine en Huelva era una actividad más bien residual aunque tuviera sus fanáticos, entre otras cosas porque su aire se acondicionaba tratando de atrancar las puertas en invierno y abriendo de par en par (cuando existían) las ventanas superiores. No era como en Sevilla, donde antes del acontecimiento que supuso la llegada del aire acondicionado había salas, como el Llorens, en plena calle Sierpes, que disponían una barra de hielo ante la pantalla y tras ella un gigantesco ventilador, reservando las primeras localidades, como era natural, para una selecta clientela entre la que, por lo que me han contado, eran habituales los Parladé y el propio alcalde y marqués de Contadero, el que defendía el gobierno sobre el caballo de san Fernando con el argumento de que si te bajabas a ras del suelo te cogían el culo.

No me parece imposible hacer una interpretación clasista o siquiera funcional de aquellos cines y sus respectivos papeles sociales. Para empezar estaba el Gran Teatro, sala de respeto, escenario isabelino, pasillo alfombrado, terciopelos damascos, entresuelo idílico y decoroso ambigú. Sus caras entradas –el estreno de “Ivanhoe” colocó por ver primera el precio de la butaca en 10 pesetas—seleccionaban por su cuenta el aforo. Pero estaba el Cine Mora, viejo teatro casi en desuso –en él alcancé a ver alguna velada matinal con versos de Adriano del Valle y amables soflamas del comandante Salvador--, con su mítico gallinero de andanada de tablas que multiplicaba hasta el infinito la galopada del Séptimo de Caballería o ampliaba el estruendo del tiroteo del Saloon. En el Mora se daban antiguamente –antiguamente es, como se ve, un concepto relativo—sesiones de varietés y fueron famosas, según creo, sus “sesiones golfas”, exclusivas para varones adultos y en las que la Raquel Meller y compañía es fama que interpretaban el “baile de la pulga” y hasta que se ofrecían para entrar en sorteo en algunas pingües rifas como las que hoy cuentan que se perpetran en algunos clubs sexy. Miren, tengo motivos pare sospechar que la ruina de mi abuelo el del cine tuvo que ver con esas aventuras, pero no quiero hablar de eso, compréndanme.

El Gran Teatro, el Mora y el Cine Oriente. El Cine Oriente, entonces al borde del centro capitalino y demasiado próximo al célebre lupanario que honraron poetas tan celebrados como Cernuda o Jesús Arcensio, es explicable que gozara de peor fama. Hasta regía una vaga prohibición de asistir a sus sesiones, prohibición consiguientemente burlada cada dos por tres atraídos por aquellos carteles de chafarrinón delicioso en los que los negros ojos embrujados de Lana Turner o la clavícula irresistible de Ava Gardner (luego también la de Audrie Hepburn) nos servían en bandeja el pecado de desobediencia y tierna lujuria que hoy me emperro en valorar, a todo tirar, en tres avemarías. Raramente iría una “niña” de las nuestras al cine Oriente, en consecuencia, pero no era raro, sino todo lo contrario, ver salir o entrar en él “embarcados” de rompe y rasga del brazo de fantasmales suripantas, de esos que se hacía llevar la cena de Casa Alpresa al Bar Bristol, en cuyo altillo o soberado un friso lucía una de las leyendas más conradianas que yo recuerdo: “Arriba te espero”.

Habrán notado que no hablo de lo que vino después, en especial de la revolución tecnológica que supuso el estreno de la sala “Emperador”, pero no es olvido sino designio deliberado. Porque los cines viejos –los tres que he citado—constituyeron la única ventana al mundo abierta ante los ojos de aquella ciudad relativamente pero bastante confiada, en la que se contaban con los dedos de una mano y sobraban dedos los cinéfilos de alcurnia, entre los que no incluyo como en natural a otros frecuentadores de la oscuridad cinematográfica, muy perseguidos entonces, y a los que la guasa local llamaba “pianistas”… Cinéfilo cinéfilo yo recuerdo uno sobre todos: a Antonio Palma hijo, que lo era de Palma Chaguaceda, entonces director del Instituto, de quien sólo recuerdo su amable continente, su cordialidad expansiva y su indefectible afición al cine que le permitió ver, según nos contaba, todos y cada uno de los estrenos habidos en Huelva durante aquellos años. Pero ni una golondrina ni siete hacen verano, y Palma no dejaba de ser la excepción, quizá algo extravagante, en una ciudad que vivía de espaldas al mundo, harta de coles y dispuesta a aviárselas como pudiera con las “noticias” radiofónicas –el “parte” decían algunos todavía—y la versión oficial de la vida., propia y ajena, que le suministraba el ODIEL, periódico de FET y de las JONS tan poco preocupado por su credibilidad como sus propios (y escasos, esa es la verdad) lectores.

Experiencias tan costeadas como la soviética o la de algunos satélites han demostrado que no hay cine sin libertad. Cuando ya al filo de la Santa Transición en Huelva se removían los fondos de la cultura, una de las primeras excursiones rituales fue la que iba anualmente a ver cine a la cita festivalera de Portimao, embrión quizá de inquietudes que fraguarían luego con mejor fortuna en el nuestro Hispanoamericano. Pero eso es hablar ya de otra era y de otra Huelva. Aquella en que hablar del Cinéfilo, sin más, era señalar con el dedo a un señor que cada tarde salía de su casa de la calle del Puerto y se dirigía incontinente al cine elegido, o en la que ir al cine constituía para la inmensa minoría (no lo olviden: desde “Ivanhoe”, diez pesetas la butaca…) una liturgia dominical, había quedado para entonces muy atrás, como otras muchas cosas que teníamos, unas buenas y otras malas. Lo que acaso no era presumible entonces era la crisis de los cines, la idea de la domesticación del cine a través de la tv y del video, gran experiencia algo onánica, todo hay que decirlo, difícil de comparar, sin la menor duda, con la aventura que era ir al cine con todas las de la ley, retratarse en taquilla, comprar quizá el bombón helado al chaval del entreacto, quedarse en el ambigú durante el NO-DO bajo la mirada censora del acomodador, o incluso ignorar la película --ah de la vida, nadie me responde…-- perdidos en la silva amorosa y sus supremos deliquios.


Un descalabro histórico


El Mundo - 
Huelva Noticias
15/09/2002

Permítamne que desde una posición de izquierda que sólo me podrán regatear desde la insidia o la malicia, haga memoria de los pródromos que conducen al fenomenal descalabro político sufrido por el PSOE onubense ante el auto del TSJA que ha declarado inocente al alcalde Pedro Rodríguez. Es bueno mirar hacia atrás, contra lo que dicen quienes pretenden ocultar el pasado. En este caso, mismamente, para recordar que Pedro Rodríguez --como tal personaje independiente y ciertamente popular sin comillas—estuvo disponible para el PSOE e incluso designado “in pectore” consejero de Canal Sur en representación de ese partido que, digo yo y dirán ustedes, no le consideraría tan ajeno y malo como ahora dice considerarle. No salió aquella operación –no son más torpes porque no se entrenan, palabra—que, sin duda, hubiera cambiado el panorama político en Huelva para muchos años, y Pedro Rodríguez, el desdeñado “Rodri”, se convirtió de la noche a la mañana en una pieza clave del nuevo conservatismo que se venía tratando de montar. El resto, ya lo conocen: bromas sobre “Rodri”, cálculos sin base y, en fin de cuentas, enorme susto electoral que el cisma insuperable entre las llamadas izquierdas convertía en absoluto e irremediable. Recuerdo que le auguré al electo la alcaldía –fue antes de su elección, en un hotel sevillano—y hasta le predije sus futuras mayorías absolutas. Mi ventaja es que no sólo conocía a Pedro Rodríguez sino al membrillar por el que se pasea amparado en la inepcia supina de esos hortelanos. El PSOE onubense, tras el relevo o defenestración del tándem genuino Navarrete/Marín, no es más que una agencia de colocaciones y ése es mal ámbito a medida que la oferta de puestos merma hasta escasear. Así le va.

Pero vayamos a la alcaldía, que es el problema. El fracaso estrepitoso de Ceada, tras tantas mayorías absolutas, desconcertó más a un partido más preoocupado en ganar la pelea intestina que por el interés real de la organización. La foto de Doñana, con González cloqueando sobre aquella pollera rebelde, acabó de decidir la suerte de un partido que lo tuvo todo antes de ser devorado internamente por el cáncer de la ambición. Y de ahí surgió la idea de la “renovación controlada” y el disparate de Pepe Juan como icono de la operación. ¿Por qué digo disparate? Porque Pepe Juan, discreto poeta, profesor de media, lego en el oficio administrativo, ya había dado suficientes muestras de insipidez en la delegación de Cultura y era obvio que no reunía, ni de lejos, la energía precisa para enfrentarse electoralmente a un adversario como Perico Rodri que es por sí solo un caudal colosal de comunicación y empatía. Un tímido frente a un audaz, un equilibrista frente a uno que da tres saltos mortales por sesión: esa fue la apuesta ridícula que hizo el PSOE, ya sabemos con qué resultados.

Y bien, en ésas los estrategas del sanedrín virreinal no tuvieron mejor ocurrencia que buscarle al alcalde ascendente las cosquillas jurídicas, y parece que creyeron ver la ocasión en la operación salvacional del Recre y su obligada recalificación del antiguo Estadio Municipal en terreno urbanizable sobre el que iría un ambicioso plan de vivienda. Primer error: enfrentarse a una operación que siempre se acogería a sagrado bajo la enseña centenaria de un equipo que, sin duda, “es más que un club”. Segundo: tomar lo que no eran sino criterios subjetivos --basados muchas veces (yo lo he visto y escuchado en la tele local) en opiniones de legos-- como dictámenes legales incontrovertibles. Tercera pifia: no abrir un paréntesis comprometedor para el alcalde sino alzarse a una campaña de descrédito del peor tono en la que no se ahorraron calificaciones y juicios que, personalmente, valoro como delictivos. Y todo ello flanqueado por un “frente cívico”, una Plataforma plenamente integrada en el partido y su estrategia, que pretendía trasmitirle a la opinión el mensaje de que Huelva estaba siendo expoliada por el alcalde y cuatro “amigos políticos”, como decía en su tiempo don Antonio Cánovas.

Pues bien, ni había responsabilidad penal alguna –ahora ya no podrán ni recurrir a la que hubiera sido razonable objeción del ilícito administrativo--; ni hay tal agresión al medio urbano como demuestra el discreto acuerdo --¡vaya gol por la escuadra, colegas!—entre Rodríguez e IUCA, primero, y el PA después; ni al PSOE le quedan a estas alturas, tiempo ni energías para mudar de estrategia e improvisar una Oposición como la gente. Se ha perdido toda una legislatura bajo la ensoñación de que era posible destruir al alcalde y ahora se ven sin nada en las manos. Se ha dilapidado un crédito –raro, desde luego, en un partido que tiene en los juzgados (y hasta en las cárceles) lo que tiene--, y sobre todo, se encaran unas municipales con un candidato de celofán comparado con el cual hasta el fracasadísmo Ceada parece un Lenin. ¿Qué hacer ahora? ¿Se abrirá camino la tendencia (que me consta que alienta tímidamente en la catacumba del PSOE) de regenerar de una vez por todas la Política y trabajar en busca del modelo que nunca existió? ¿Acaso tendrá alguien la nobleza de reconocer la ignominia perpetrada? Ese concejal de Valverde que señalaba hace poco a Rodríguez con dedo fiscal; ese portavoz de la Diputación de Córdoba que defendía panza arriba a su impresentable expresidente señalando también para Huelva; qué dirán ahora? Aún resuenan en el Parlamento las palabras del portavoz José Caballos denigrando con insinuación directísima al alcalde de Huelva para tapar no recuerdo que desbarre propio? Bien, ¿rectificarán ahora, será exigible ya la buena conducta al alcalde de Valverde o la del presidente de la Diputación cordobesa en vista de que la referencia al malo de enfrente ha resultado falsa en Justicia? Ninguna esperanza tengo en ello. Sí es que en Huelva, dentro del PSOE de Huelva, que no se agota en el pretorio de Barrero ni mucho menos, no hay alguien con dignidad y vergüenza que pida explicaciones y exija un cambio de rumbo. Algo difícil en una organización dividida hoy en un puñado de corrientes y grupos que luchan a cara de perro por el poder. Pero algo a lo que obliga una mínima ética progresista. Montajes como el superproyecto urbanístico de Barrero en Punta Umbría, parado por Chaves en persona, montañas rusas para un solo pasajero como la erigida en El Monte alrededor de Cortijo de la Luz, junto a una aventura como ésta del fallido acoso y derribo a un alcalde honorable rebajan al PSOE a un nivel moral más que dudoso. Algo malo siempre para cualquiera, pero letal por definición para una fuerza que, siquiera de palabra, siga reclamándose de la parte izquierda del arco político.


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El Recre es más que un club


La Ría
14
/09/2002

El otro día vi a Pilli por una tele local. No lo hubiera reconocido –ni él a mí, claro—, que el tiempo y la distancia nos vuelve invisibles, pero sí que me transportó hacia atrás como si me hubiera embarcado en la máquina de Wells. Recordaba Pilli –ni rastro ya de aquel pelo rubio y tieso, casi secreto bajo la máscara de los años—la temporada en que el Recre bajó a Segunda, toquemos madera, única ocasión quizá en que un equipo haya descendido de la máxima categoría con sólo tres negativos y después de haberle pegado fuerte y flojo a más de un coloso. Al Betis mismo “le ganamos” aquel año, “aquí y allí”, 2 a 0 por cierto en Heliópolis, goles de Czoka, revuelto en la memoria con Crispi y Czabay, Álvarez y Moro, con el pobre Lora, Eli o Cuti, un equipazo que, sin embargo, no se salvó. Ya verán como este año no nos ocurre lo propio.

Cuando a finales de los años 60 Manolo Vázquez Montalbán e imitadores lanzaron aquello de “El Barça es més que un club” muchos españoles pensábamos lo mismo de nuestros equipos respectivos. Ni les cuento lo de béticos y sevillistas, pero había otros muchos casos, al margen de los derbis clásicos, incluido el de mi buen amigo Ramón Ramos (que hoy dirige en Huelva la competencia), que llegó a escribir un libro para demostrar, entre líneas, que el Granada también lo era. Yo recuerdo que el llorado Luis Carandell se metía con Víctor Márquez Reviriego y conmigo diciéndonos que si el Recre no brillaba lo bastante como Decano del fútbol español era porque era un invento inglés y porque, además, tenía el nombre más largo de la Liga, a lo que nosotros contestábamos recordándole que a su Barça de su alma lo parió un alemán aunque ellos le recortaran luego el nombre hasta jibarizarlo en dos sílabas. Bromas aparte, siempre supimos que el Recre era una institución onubense de primera magnitud, en especial desde que el joven alcalde Antonio Segovia acertó a hacerle un Estadio en condiciones que aún está dando que hablar…

Que hablar. Eso es lo que no han tenido en cuenta unos políticos de cortísima visión que no fueron capaces de entender el alcance del sentimiento onubense en torno al Recre. Es triste recordar que el disparate del alcalde Ceada de eludir en su día el pago de un puñado de millones para saldar la deuda que amenazaba con reunir al Decano en la sima donde ya habitaban el olvido equipos andaluces bien destacados, acabaría por provocar, andando el tiempo, el enorme esfuerzo que el Ayuntamiento solventó con la discutida operación urbanística de la Isla Chica. Pero así fueron las cosas. Si me preguntan qué hubiera hecho yo –no me lo pregunten, por favor—la verdad es que me pondrían muy difícil la respuesta porque, ciertamente, no es difícil exponer otro orden de prioridades municipales en el que no figurara la salvación del Recre. Pero ¿acaso habría perdonado la ciudadanía (¡el electorado!) una dejación semejante? Pregúntense los objetores a Isla Chica y la parroquia del “Viviendas Cero” qué hubiera hecho un alcalde de Barcelona o La Coruña en caso de riesgo de desaparición del Barça o el Depor. Y no hablo de un alcalde de Madrid, porque de lo que son capaces los alcaldes de Madrid por salvar a sus equipos hablan de sobra el escandaloso voladizo del estadio del Manzanares o la operación milmillonaria de la famosa “esquina del Bernabeu”, que ésa sí que fue una jugada a tres banda digna de Pepe Gálvez. Lo de la Isla Chica, ahora en serio, se puede discutir pero no es posible descalificarlo. Si quieren una prueba, ahí tienen el silencio cómplice o las dobles y triples ambigüedades que emplean los partidos de la Oposición municipal –todos y cada uno-- cada vez que se ven enfrentados cara a cara con el tema del Recre.

Total, que el Recre es más que un club: eso no hay quien lo discuta en Huelva. Y en ese sentido, ojalá fuera posible borrar mágicamente el berengenal contencioso en que han metido el tema entre unos y otros, de salir ileso del cual habrá Superalcalde para la eternidad, y en caso contrario, habría mártir para rato. Claro está que la temporada que ahora empieza añadirá leña nueva a esa fogata, sobre todo si, como queremos y esperamos todos, el Recre de Alcaraz –un auténtico emblema de la rebelión de los débiles—se mantiene en la categoría de honor de manera decorosa. Hoy el Club, ciertamente, no juega en Huelva el mismo papel que jugaba en aquel tiempo sepia dentro del que las semanas discurrían idénticas a sí mismas y los domingos alternos celebraba el rito antiguo de la concentración del Velódromo que, al caer la tarde, devolvía el gentío hacia el Centro como una lenta avalancha apasionada. Pero está ahí, y el ascenso ha demostrado con cuánta capacidad de movilización y con qué extraordinaria fuerza emotiva. A ver qué ciudad similar iguala el número de socios que el Recre disfruta hoy. Y ese Recre es el mismo, hay que insistir en ello, al que otros dejaron caer cuando aún era bien fácil salvarlo, y el que hoy está donde está: en Primera, económicamente saneado y dispuesto a ofrecerle a Huelva en directo la Liga de las Estrellas. Eso es todo. En política los errores se pagan como en cualquier otra actividad de la vida, pero quizá con mayor usura. Lo que quiere decir que los aciertos se cobran, también generosamente. Y tratándose de símbolos principales de la vida colectiva, ni que decir tiene que a tope. El Recre es más que un club: una cosa tan sencilla no fueron capaces de entenderla algunos de nuestros miopes políticos. Pero lo malo es que siguen sin entenderla, a estas peligrosas alturas de la película, los que tras ellos han tomado el relevo.


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El gran momento onubense


La Ría
31/08/2002

Los pueblos viven sus crisis de crecimiento sin una conciencia precisa de la experiencia. Las viven, eso es todo, ven y oyen –escuchan tal vez—el rumor que se agita a su alrededor, notan que las cosas cambias, que los ánimos vibran. Lo que no suelen es disponer de una perspectiva final que les permita vislumbrar el alcance del movimiento. Paseen por nuestra provincia. Se encontrarán con pueblos que crecen y se desbordan, es posible que sin saber muy bien hacia dónde, quizá sin medir con precisión el alcance de la riada. Ciudades que escapan de sí mismas, que sepultan su imagen antigua bajo un aluvión de novedades que sustituyen el paisaje, que crecen, en definitiva, como si acabaran de despertar de un sueño secular y llevaran prisa por lanzarse al futuro.

Consideren el auge de la construcción, para empezar, ese indicador radical de progreso que, con tantos y tan altos costes (“efectos sociales no queridos del desarrollo” lo llamaban los funcionalistas de la vieja sociología), marca sin remedio la realidad. Es toda la provincia la que crece: desde la costa, donde el crecimiento es explosión, hasta la sierra, desde la tierra llana a la capital, con un movimiento uniformemente acelerado que hoy nos hace olvidar el salto de ayer, y mañana nos borrará el hodierno.

Al observador mediamente fino no se le escapará, junto a esa auténtica revolución, la intensa actividad restauradora que vive la provincia: nunca, vivió tanto esplendor, probablemente, nuestro patrimonio urbano. Hay pueblos enteros que parecen nuevos, otros cuyo perfil clásico se afirma precisamente sobre novedades pasajísticas terminantes, alguno, en fin, lastimosamente perdido bajo la escombrera incívica que dejan tras de sí la especulación y la incuria. Pero compárese el aspecto general de la provincia tras el último cuarto de siglo con la imagen anterior, tan conservadora, tan adormecida. Poca variación encontrará en esa comparación quien mire hacia lo que vio en su día Pascual Madoz o lo que describió mucho después –al filo de la última década del siglo pasado—Rodrigo Amador de los Ríos, posiblemente el más penetrante retratista de la realidad onubense tradicional. Poca diferencia se encontrará entre un paisaje y otro, descontados los cambios de superficie. Cuando dispongamos del retrato onubense contenido en el Registro del marqués de la Ensenada (¡qué buena -y fácil- tarea para nuestros investigadores universitarios!), veremos lo poco que, en el fondo, cambia nuestra vida a lo largo de casi tres centurias y con qué reposado ritmo lo hace. Leyendo los que tiene bosquejados Manuel José de Lara sobre nuestro interesante XVIII puede verse, igualmente, hasta qué punto la vida de Huelva escapó apenas, bajo las Luces, del plano vegetativo, y lo mismo podría comprobarse de asomarnos al panorama del extenso periodo románticol, la Restauración y la Regencia, tan simétrico de la vida onubense que no empieza a cambiar hasta el umbral de la democracia y explota en los últimos años, sin detenerse siquiera en la crisis actual.

Cuando se escriba esta historia con perspectiva suficiente hemos de ver el papel decisivo que en estas transformaciones ha correspondido a la iniciativa agraria, y en concreto, a la introducción entre nosotros de las técnicas de explotación intensiva, sobre todo en la amplia zona costera. Ese “oro verde” es el gran revolucionario de la economía provincial aunque relumbre más, al menos de momento, el metal de la promoción turística, verdaderamente llamativa desde Ayamonte hasta Doñana. Pero hoy es fácil advertir que el cambio onubense desborda esos ámbitos, con sólo ver que en el mismo pueblos –y hay más de uno--, junto a esas promociones gigantescas, se remueve ya la tierra para construir vastos complejos comerciales o polígonos para la industria. Huelva está cambiando en profundidad, qué duda cabe, aunque sea una pena que, en muchos casos, el valor añadido de tanta actividad nueva no se quede dentro de su alfoz sino que se marche fuera, como muestra, entre tantos casos, la reciente merienda de negros acaecida en el Monte –y “Caja de Ahorros de Huelva”, aunque no lo parezca—con ese negocio crucial de “Cortijo de la Luz” para el que han invitado --¿quién, cómo, a cambio de qué?—a “bajarse a Huelva” como quien se baja al Moro, con una enjoyada mano negra detrás y otra de sólo 10 millones delante, concediéndole un misterioso crédito de miles de millones para que saque el negocio de Huelva y se lo lleve a dónde convenga más a otros.

Pero más allá de este inciso, hay que decir que no tiene sentido, a mi juicio, sin embargo, anotar cambios de tanta profundidad como la de los descritos, en el haber de los partidos políticos. Lo que ha sucedido y está sucediendo en Huelva hasta convertirla en la provincia más dinámica, probablemente, de la comunidad autónoma, se debe más a un impulso colectivo que a ninguna iniciativa política concreta. Ya digo que los pueblos viven colectivamente y sin consciencia estos momentos de vitales de sus biografías, y no hay más que observar lo que en Huelva ocurre desde hace años para comprender que tan feliz despegue se ha producido, en la mayoría de los casos, no gracias a los políticos sino a pesar de ellos. ¿O vamos a creer, en serio, que al progreso disparado de Huelva contribuye poco ni mucho una fantasmal oficina montada por la Diputación en Bruselas, a la que le faltan siglos para llegar a “lobby” y le faltan segundos para convertirse en auténtico “pisito” de sus barandas? No creo, francamente, que tal discusión merezca la pena ni una letra más. Hoy querría más bien reservarlas todas para acogerlas a sagrado bajo el acento amable de la conciencia de progreso. Que Huelva va embalada –a pesar de los graves problemas pendientes y de tantas carencias seculares-- no lo niega ya más que la mala fe. Y en esa constatación le doy al César lo que es del César, pero me gustaría dejar bien claro el papel de la muchedumbre silenciosa que rodea a escribas y fariseos sin una conciencia demasiado clara del milagro que está ocurriendo a su alrededor.


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Disparatario de verano


Diario El Mundo
29/08/2002

En el pueblo de Buñol, treinta mil personas se arrojarán unas a otras, no me pregunten por qué ni para qué, ciento veinte mil kilos de tomates maduros. Es una noticia como otra cualquiera, a la que no faltará quien atribuya interés etnográfico, junto a la que se anuncia la lapidación de la nigeriana para cuando termine de amamantar a su hijo adulterino o la vuelta al redil del arzobispo Milingo, triunfo pírrico de los vaticanistas tras el supremo éxito que ha supuesto la bendición que el arzobispo de Cuba le largó en público al propio Castro a petición de la esposa del alcalde de Tampa. En el disparatario estival no chirría más de lo inevitable el argumento batasuno que proclama ajena a Euskadi la “ley española” como si la legitimidad de Otegi y compañía viniera de alguna fuente que no sea ésa. No más, desde luego, que la promesa de “amistad eterna” formulada por Bush a la tiranía saudí en plena desbandada de los aliados de las guerras iraquíes o que la ampliación de las instalaciones de Guantánamo decretada como réplica a la dura y justiciera sentencia de Cincinnati que condena lo que en aquella base está ocurriendo. Cambiemos de tercio.

Un inocente es puesto en libertad tras diecisiete años de prisión una vez que su ADN resultara incompatible con el verdadero e impune criminal, mientras en España un desalmado achicharra a su mujer con salfumán, otro la liquida de tres navajazos (tras once inútiles denuncias, por cierto) y un tercero le aplasta la cabeza con una machota de obra. ¿Ustedes saben lo que es una machota de obra? Pues dadas las circunstancias, si no lo saben, mejor. Ahí al lado, en Marruecos, los feudales recurren de nuevo al arma secreta de la inmigración y nuestras playas se pueblan de cuerpos muertos o desmayados, lo cual no es nada comparable, si bien se mira, al infierno que viven seis millones de chinos seis, amenazados por las aguas desbordadas. Y en fin, la perla: el rey de España visita al rey de Arabia en Marbella el mismo día en que sus visires despiden a cuarenta empleados por miedo a la Inspección de Trabajo, que ya hay que ser pusilánimes. Menos mal que las mañanas refrescan ya lo suyo, para desesperación de hoteleros y bañistas, pero también en auxilio de la mayoría de secano. El verano tiene estas cosas. Quizá por eso el rey de España ha escogido esta fecha para bajarse al moro. Si se acabara de demostrar alguna vez la implicación saudí en el terrorismo islámico, lo va a tener difícil para justificar tanta cortesía.


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La cabeza del carnero


Diario El Mundo
28/08/2002

Es difícil el equilibrio entre el poder democrático y la tiranía de la opinión. Es lo que trata de subrayar Plutarco cuando insiste en que Pericles no se plegaba a los caprichos del pueblo sino que trataba de acercarlo a sus propias ideas, educándolo al tiempo que elevaba sus miras. No se discute el fondo elitista, dirigista, de ese comentario, pero la verdad es que no deja de ser sugestivo contemplado desde este presente en el que tan clamorosamente el Poder gobierna atento en exclusiva a los dictados de la opinión, con frecuencia transformada, de modo literal, por su vertiente más asequible, en proyecto de gobierno. Gobiernan con las encuestas del CIS en la mano, eso es todo, y por eso nada tan explosivo en la vida política como esa dinamita sociológica que todos y cada uno han tratado de controlar y hay que suponer que han acabado controlando.



Lo malo es que la Opinión, cuando no se funda en el rigor, igual aplaude a Jesús que a Barrabás. El propio Plutarco refiere que cuando un charlatán vio en la cabeza de un carnero unicornio regalada a Pericles la señal de su triunfo sobre su adversario Demóstenes, el pueblo le aplaudió con la misma intensidad con que antes había jaleado al sabio que supo ver en el prodigio una simple aberración de la naturaleza. Otro comentario elitista, qué duda cabe, pero tan puesto en razón que no resulta difícil hallarle situaciones similares veinticinco siglos después. El Poder dispone hoy de una enorme capacidad de reconocer el deseo y la opinión de la gente, y no cabe duda de que no sólo es legítimo sino que es necesario aprovechar una información tan reveladora para servir, en lo posible, a esa vaga entidad rousseauniana que llamamos voluntad general. Lo que ofende a la lógica democrática es utilizar el conocimiento de la opinión para manipularla en todos los sentidos, incluyendo el de complacerla demagógicamente con concesiones indebidas. La industria de la sociología lleva ventaja sobre la ciencia política, en todo caso, y con toda probabilidad aumentará esa ventaja en el futuro, por lo que no resulta aventurado conjeturar que cada día el gobernante dispondrá de más información sobre lo que se quiere que haga y, en consecuencia, verá disminuida en proporción su genuina libertad de criterio. Cierto que, como a Pericles, le quedará siempre la posibilidad de atenerse a su conciencia y resistir frente a la arbitrariedad a base de pedagogía, aunque a su alrededor prosperen y crezcan los que gobiernan con cabeza de carnero.



La gran fuga


Diario El Mundo
23/08/2002

Más de mil vuelos parten cada día del aeropuerto de Barajas y otros tantos recalan en él. No es imprescindible que se acierte en el cálculo, pero resulta fácil extrapolar esas cifras a los de Nueva York, Londres y cincuenta ciudades más para imaginar la magnitud de esta fuga colectiva. No hemos de tardar en reconocer que el fenómeno colosal del nuevo siglo no es tanto la emigración, como suele repetirse, sino el turismo que cada año crece –incluso en años críticos como éste— un poco por todas partes. No es nuevo el fenómeno, lo nuevo es su dimensión: la democratización del viaje, que es cosa bien reciente. Paul Morand entrevió esa explosión al filo de los años 30 para reafirmar sus intuiciones treinta años después en un libro que ya es clásico y en el que el escritor, que aún alcanzó a vivir los “séjours” de la vieja sociedad europea, no dejó de recoger los tópicos más acreditados del género: el de Goldoni, “Está lleno de prejuicios quien no ha viajado”, el de Disraeli, “El viaje enseña tolerancia”, el de Voltaire, “El viajero no ve más que la fachada del edificio”… Pero en el tiempo de esa segunda edición, España no recibía aún al año más que nueve millones de turistas e Italia veintiuno y, por descontado, salían muchos menos. A juzgar por el overbooking de hoy día y de conformidad con los sabios criterios citados, pues, este pueblo nuestro debe estar ya, seguramente, entre los más sabios, avisados y abiertos del planeta.

Mucha gente ha notado la diferencia entre el viaje clásico o el romántico, y el rito actual del turismo masivo. Antes se preguntaba cómo se las compondrían aquellas primeras muchedumbres para orientarse y vivir en el extranjero, desde luego sin la vasta estructura de apoyo de que actualmente dispone el viajero. Pero la gran pregunta es cómo ha podido transformarse en esta liturgia tan convencional una experiencia que durante siglos tuvo más de iniciática que de cualquier otra cosa. Incluso el turismo “cultural” (ya saben, el sofá de Freud en Viena, el sillón de Stalin en Postdam o el balconcillo de Julieta en Verona) carece hoy de la imprescindible dosis de emoción que hacía del viaje una vivencia distinta, reducido como está a puro mecanismo de escape. Ya no se busca. Al contrario, hoy “se viaja para mirar, para oir, para olvidar, para no ver”. Cunetan que el cartógrafo Cosmas entró en religión al volver de su viaje, y que Merimée o el reverendo Townsend no fueron los mismos tras viajar por España. Hoy sólo se huye. Morand llamaba a eso “la migración continua”, pero ahora sabemos que se trata más bien de la fuga universal.


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Atados al nogal


Diario El Mundo
21/08/2002

El noventa y siete por ciento del Parlamento español que apoyará la ilegalización de Batasuna recibirá un apoyo masivo por parte del pueblo. Acierten o se equivoquen, pues, por una vez los diputados llevan el mismo paso que los ciudadanos y eso le presta a la ocasión un significado especial. Por eso precisamente están de más las palabras del presidente Bono pidiendo para la banda un trato “legal e inmisericorde que termine con la banda criminal, sin ningún tipo de complejos, como se ha acabado con el IRA, con las Brigadas Rojas o con la Baader-Meinhof”. También Bono conecta, cabe suponer que conscientemente, con una parte importante de la opinión que clama por la venganza de la sociedad, pero con su deplorable ocurrencia demuestra que no estuvo en la puerta de la cárcel de Guadalajara porque creyera inocentes a sus compañeros condenados por secuestro sino porque respaldaba su crimen. Lo ocurrido con la banda alemana fue otro crimen abyecto. Escuchar a un presidente esa defensa del método produce la mayor repugnancia aunque arrime votos.

Se quedarán fuera de esa casi unanimidad IU, definitivamente aislada en el contexto político y dispuesta, al parecer, a la autoliquidación, con un pie dentro y otro fuera CiU y, naturalmente, el PNV de Arzálluz, el mismo que dijo que en el huerto vasco regía una revolucionaria división del trabajo en virtud de la cual unos movían el árbol y otros recogían las nueces, cosa que, por lo demás, pocos españoles ignoraban. La iniciativa de ilegalizar a Batasuna ha tenido, de momento, esta virtud clarificadora y en adelante no cabrán racionalizaciones ni monsergas sino que todos sabremos dónde está cada cual en esta guerra infame. Al PNV lo parte por el eje una medida que lo fuerza a situarse donde siempre estuvo pero a la vista de todo el mundo, y que permitirá ver acaso que quienes han hecho su negocio político de recoger esas nueces sangrientas no andan libres bajo el nogal sino que viven atados a él. Arzálluz no puede hacer otra cosa que votar contra la ilegalización, diga lo que diga la inmensa mayoría, sencillamente porque su presencia política resultaría insignificante sin el respaldo del terror. Lo que ahora se le acaba, en todo caso, es el lucrativo juego del bueno y el malo, ese equívoco que ha mantenido atada a la democracia española a ese otro árbol en el que florece la inútil corrección política. Es una lástima que Bono invoque los fantasmas más negros del pasado con su tenebrosa propuesta. Lo de Arzálluz es normal. A ver qué quieren que haga frente a un ataque el Terror alguien que vive desde hace decenios en la cara oculta de esa luna.



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La almoneda secreta



Diario El Mundo
16/08/2002

Hace poco aparecieron por casualidad en Estepona, dentro de un contenedor de basura, unos cientos de expedientes clínicos. La alcaldesa del pueblo costasoleño, que es del PP, se apresuró a dar una rueda de prensa criticando acerbamente al responsable autonómico, que es del PSOE, y éste reaccionó cargando contra aquella con el argumento de que lo que tenía que haber hecho era ir directamente al Juzgado --¡aviado hubiera ido él si la otra llega a ir!—en lugar de darle tres cuartos al pregonero. Los expedientes puestos en almoneda se referían a circunstancias tan delicadas como la condición de enfermo de SIDA o de paciente esquizofrénico de sus titulares, razón por la cual el responsable del PSOE --y de su custodia, ojo-- amagó con querellarse con la alcaldesa del PP para, finalmente, liquidar el asunto de la manera más llanamente salomónica: empaquetando a la limpiadora responsable material del desaguisado, solución que la querellada interpretó, a su vez, como una demostración de parcialidad a favor de los fuertes del sistema y abuso de fuerza sobre los más débiles. Así están las cosas cuando se las cuento.

Cualquiera que se asome al BOE o a las gacetas de las taifas autonómicas estará familiarizado, seguramente, con los frecuentes compromisos de gasto justificados por la autoridad como imprescindibles para la custodia de datos sensibles. Hay incluso una Agencia nacional creada para garantizar esa protección y una buena colección de disposiciones normativas que velan por conseguirla, de donde deduzco que habrá también una legión de servidores públicos cuyas nóminas se libran con el mismo fin. Y si embargo, cuentan y no acaban sobre la precariedad del secreto bancario, lo inseguro que resulta el sencillo acto de pasar la tarjeta de crédito por la “bacaladera”, sin contar con la posibilidad de que la historia clínica del más pintado pueda acabar en un contenedor y, lo que quizá es peor, en manos de una alcaldesa o de un consejero. Es posible que esta realidad no tenga ya remedio y que debamos resignarnos a ver eventualmente nuestra intimidad en almoneda a poco que estorbe a una limpiadora o, por qué no, en cuanto convenga a alguien con larga mano. El streep tease forzoso ante Hacienda no es nuestro único “pase”. Hasta es posible que en este teatrillo acabemos desnudos en sesión continua.

 


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La yenka episcopal



Diario El Mundo
14
/08/2002

En un mismo día, monseñor Rouco, cabeza jerárquica de la Iglesia católica española, se ha mostrado partidario de la ley de Partidos y consiguiente ilegalización de Batasuna, y ha rebajado su “ejército de reserva” hasta dejar en ocho de cada diez el 90 por ciento en el que tradicional y retóricamente se venía calculando la feligresía nacional. Sabido es que la Iglesia no avanza en línea recta sino en zigzag, lo que excluye la necesidad de explicar la contradicción entre el primero de esos pronunciamientos y la opinión reiterada de los obispos vascos nunca corregida en serio por esa jerarquía. En cuanto a lo segundo, hay que aplaudir el gesto de realismo que el propio prelado subraya al admitir que de ese ochenta por ciento, al menos la mitad de los católicos españoles no sigue la doctrina de Cristo, lo que no deja de resultar estupefaciente para los observadores externos. Claro está que tanto la cifra como la actitud de ese rebaño hace tiempo que viene siendo cuestionada desde dentro igual que desde fuera de la Iglesia por quienes observan el progreso constante de la secularización experimentada por nuestras sociedades. Sería infantil, por ejemplo, cerrar los ojos ante el fracaso estrepitoso de la moral sexual impuesta por la tradición, a la que la inmensa mayoría de la gente y, en especial, de la juventud, se considera enteramente ajena, aunque el cambio profundo excede con mucho de ese terreno concreto. Tanto es así que desde dentro de la propia vivencia católica se viene hablando hace tiempo de “el cisma silencioso” que, de hecho, atraviesa la experiencia católica.

Vaga esperanza supone, desde luego, la que Rouco deposita en el auge de la religión popular cuya trayectoria se dibuja igualmente en dientes de sierra (el de la Semana Santa, pero no sólo él), subiendo y bajando en la estimativa pública según los tiempos. Y más vaga si cabe –aunque tal vez forzosa—la alianza declarada con los sectores más reaccionarios, esos “nuevos carismas” (el Opus, los “Kikos” y demás) que tan fortalecidos van a salir del pontificado actual. Lo que no ha olvidado Monseñor es el tic antiliberal, si no en la línea de “El liberalismo es pecado” del bárbaro Sardá Salvany, en claves hodiernas bien poco realistas. Ya veremos cuando hagan una encuesta de verdad y se enteren del porcentaje real de católicos que todavía se atienen en España a la exigencia tradicional. Pero mientras tanto habría que preguntarle a Rouco por qué conceptúa como católicos a esos cuatro de cada diez que él mismo reconoce que no siguen la doctrina de Cristo, en lugar de admitir que el vuelco decisivo que estamos viviendo exigiría una revisión a fondo tanto del substrato mítico como del montaje canónico. No habrá remedio para sus cuitas si se decide a hacerlo por más bullas que se arremolinen a las puertas de la Macarena.

 


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Las manos de Baal


Diario El Mundo
09/08/2002

Un historiador poco riguroso pero gran viajero, Diodoro de Sicilia, dijo que había visto en Cartago una estatua de Baal en cuyas manos inclinadas los propios padres depositaban a sus hijos para que cayeran a la hoguera sacrificial en honor del dios. Entonces y después esa fiera liturgia se ha repetido en ocasiones innumerables, ciertamente en todas las latitudes, y hay que decir que en ella el niño y la mujer han llevado siempre la peor parte, como atestiguaban ya las tajantes prohibiciones del Levítico. Los antropólogos han censado la costumbre de quemar viva a la mujer en cuya espalda luciera un lunar, en diversas culturas que consideran ese accidente como una seña diabólica. Pero quizá ningún caso tan conocido como la costumbre india de echar va la viuda a la pira funeraria del marido, ritual casi en desuso que ahora, al parecer, se estaría “recuperando” avivada la llama por el soplo integrista que recorre el mundo. Esta misma semana una mujer ha sido quemada viva en pueblo hindú ante mil espectadores que animaron sin descanso al propio hijo de la víctima, encargado de prender el fuego por una tradición arraigada en el culto a la diosa Sati. El largo trecho que nos separa de Diodoro parece encogerse ante esa barbarie. Tanta hazaña cultural y tecnológica nos vale de poco a la hora de enfrentarnos al fantasma ancestral.

Alguien ha escrito hace poco que habría que plantear sin tardanza el derecho a la injerencia que asiste al mundo democrático frente a situaciones “culturales” que implican irreparable daño para los derechos fundamentales de la Humanidad. ¿No invadimos Yugoeslavia desde el aire y nos quedamos tan tranquilos? Pues a ver qué podría impedir extender esa lógica de manera que sirva de contrapeso al prejuicio, tan generoso como pánfilo, que impone la observancia fanática de la “multiculturalidad”. Nada tiene que ver el respeto a la diferencia con la inhibición ante la barbarie. A India, por ejemplo, una democracia en teoría, debería exigirle la comunidad internacional que se plante ante prácticas tan aterradoras como la quema de viudas, la venta de niñas o la mutilación de mujeres. El hijo de la última desdichada ha sido detenido. Bien, ¿ y qué? Dos bárbaros responsables de un delito semejante fueron absueltos no hace mucho por un tribunal, a pesar de que podían haber sido condenados a muerte. Lo mismo que absolverán a este parricida entusiasta. Dicen que a esos suplicios asisten muchedumbres ante las que la policía resulta impotente. A muchos nos parece que mantenerse al margen de esta locura no es escrúpulo sino complicidad.


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Veinte años después


Diario El Mundo
"La Red", 07/08/2002

Otro verano con la avioneta de Rumasa sobrevolando nuestras playas: “Rumasa, 20 años sin justicia”. La avioneta de Rumasa es ya un elemento del paisaje estival, un icono de nuestro raro indigenismo que los turistas retratan para enseñarlo en su tierra sin saber muy bien de que fue el timo. Como no lo saben, a estas alturas, los españoles, porque no existe mejor estrategia para la amnesia que la dilación. ¿Quién se acuerda a estas alturas de Sotillos anunciando la aurora roja de las expropiaciones? ¿Quién del circo desesperado de Ruiz-Mateos ante el Tribunal Supremo o de la escena Boyer emergiendo de la tarta? Poca gente. Boyer hoy, según dice, anda muy preocupado con la filosofía de la ciencia, en la que navega arrimado a la caña de Popper, y definitivamente lejano de la greña política. Solchaga anda en sus negocios, a ver. Los jueces, es verdad, han dado la razón a Ruiz-Mateos incluso en ese Supremo al que él denostaba, pero parece obvio que nadie en el Estado está por la labor hacer frente una indemnización que resultaría confiscatoria. Pero, sobre todo, nadie se acuerda de lo que se hizo con Rumasa, a pesar de que en las Actas del Congreso puede leerse la afirmación de Julio Anguita de que “si alguna vez se investigase esa reprivatización, estaríamos ante la bomba de los mil megatones”.

¿Quién se acuerda, pongo por caso, de que Galerías la compró un amigo del Poder, Cisneros, en 600 millones para revenderla tres años más tarde, al parecer en 30.000, a los ingleses de Mountleigh? ¿Quién de la fabulosa historia de un paracaidista llamado José Ferrer que llegó a preguntar desnortado en Patrimonio si pagaba al contado ¡las 350.000! pesetas por las que logró hacerse con los “cavas” del grupo expoliado (Segura Viudas, Castellblanch, Condes de Caralt, entre otros)? ¿Y de la penosa venta de la próspera Loewe al grupo Louis Vuitton, al parecer mediando la Preysler, ignoro si gratuita o profesionalmente? ¿Y del pelotazo que dio Marcos Eguizábal al quedarse , en plan rebajas, con las bodegas jerezanas de Ruiz Mateos, incluida la de su padre? Estos días se habla de la Dehesa de Monteenmedio, la finca expropiada que acabaría en manos de otro amigo de González, Antonio Blázquez, cuyo emporio hotelero ilegal ha mandado derribar el TSJA estos días y en cuyo interior dicen que se exhibe alguna escultura obra del expresidente. Veinte años sin justicia y los que le quedan. Déjenme que recuerde a Jules Renard diciendo aquello tan gracioso de que “la Justicia es gratuita, pero por fortuna no es obligatoria”. Menos mal.


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Bajarse al moro


Diario El Mundo
"La Red", 02/08/2002

Ninguna sorpresa ante la explosión colérica del sultán marroquí. Previsible tras el ridículo de Perejil era la búsqueda de la excusa, previsible también la ampliación del contencioso a Ceuta y Melilla. Enteramente previsible, en fin, el recurso al Sáhara como moneda de cambio en este cambalache. Este Rey no es su padre, como parece que su padre se encargó de recordarle -–ay, padre Freud—durante toda su vida, ni tiene el sentido de la medida que es la garantía de todo provocador. Mala cosa. Y encima va el Tribunal de Estrasburgo y le vuelve la espalda en su demanda contra el periódico Le Monde que había reflejado en su portada el informe del Observatorio Europeo de la Droga en el que se relacionaba directamente a la familia real con el supernegocio de la grifa, ese secreto a voces por permitir que se divulgara el cual venía siendo perseguido gravemente un periodista español, José Luis Gutiérrez. Mala racha, la de Mohamed, al que por fin han debido limitar sus tradicionales cómplices, esto es USA y Francia. La decisión de la ONU de volver al viejo plan de referéndum en el Sáhara ha venido a rematar esta secuencia de adversidades que tanto habrán agriado al Rey las alegrías de su fastuosa boda. Por eso es normal que explote, la criatura, y que reclame territorios de cabo a rabo del mapa, acusando a España por su espíritu agresor y su colonialismo. Quizá es su último cartucho en un país que cruje sordamente desde hace tiempo.

Lo que tiene guasa es el tratamiento que se le da a los sultanescos caprichos desde el llamado “Mundo Libre”. El plan, fracasado al parecer, de anexionar el Sáhara a Marruecos con la fórmula autonómica, por ejemplo, como si el régimen marroquí ofreciera la mínima garantía democrática que la autonomía implica. O la ocurrencia de organizar la vasta campaña de ilusiones vanas en torno a la democratización que, bajo el paraguas de la Internacional Socialista, decían que iba a traer el sátrapa. Algunos sectores de nuestras sedicente Izquierda deberían aceptar de una vez que Marruecos es una tiranía medieval y que una evolución espontánea de semejante régimen no se concibe. Ni con nacionalistas ni con “socialistas” autóctonos que, entre otras cosas, cierran la prensa libre y se oponen con sus votos a la igualdad entre hombres y mujeres. La esperanza blanca era un espejismo. En Marruecos lo sabían de sobra mucho antes de que estallara el polvorín real.



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Quince hectáreas


Diario El Mundo
"La Red", 27/06/2002

Pocas páginas tan absurdas como las que recogen la crónica de nuestras guerras con Marruecos. Pocos errores tan irreparables como el de desangrar un país por defender aquel absurdo. El día en que Franco decidió abandonar Marruecos puso al descubierto el vacío que ocultaba la vieja tramoya patriotera, trampolín de “espadones”, ruina de todos y tragedia de muchos. España se fue de Marruecos y nada ocurrió, al menos en España, aparte de comprobarse la artificialidad del conflicto colonial (o imperial, como aún se decía entonces). Luego, en todo caso, las cosas han cambiado mucho, demasiado, sobre todo desde el momento en que Marruecos lograra convertirse en el peón de confianza de los EEUU en la zona y, subsidiariamente, en el protectorado informal de Francia. Incluso en Cánovas hay páginas clarividentes sobre el peso muerto de Marruecos sobre aquella metrópoli panoli. Y, por supuesto, en toda la “inteligentsia” que vino detrás. El conflicto con Marruecos no fue más que un montaje de financieros y militares que, como siempre, pagaron los de abajo. Cuando la sociedad española empezaba ya a pensar por cuenta propia, Franco se apresuró a liquidar su propio chiringuito. Hoy esta sociedad ni recuerda aquellas guerras.

¿Utilizar la fuerza para recuperar quince hectáreas baldías que hasta ayer nadie conocía ni de nombre? Vamos, hombre. Aparte de que la opción por la paz es indivisible, la insensatez empieza en el mismo dilema, porque nada más insensato que responder a una provocación tan banal como insignificante. Supongo que no soy el único en negarme en redondo a entrar en el juego de la tiranía alauita. Bastante tenemos ya los españoles con soportar que el Jefe del Estado llame “hermano” al sátrapa y aguantarle al sátrapa –con gran contento, por cierto, de quienes anteponen todo a la oposición al Gobierno—que burle las más elementales reglas de la diplomacia y del derecho internacional, mientras el capital español invierte en la penumbrosa economía marroquí el dinero que suplicamos a los inversores foráneos que metan en la nuestra. ¡Pero recurrir a la fuerza para “liberar” quince hectáreas! Lejos queda hoy el “discurso de los huevos” que tanto contribuyó a la fama de ingenioso del dictador Primo de Rivera. Afortunadamente. Y más lejos si cabe el patriotismo tanático de Millán Astray. Más afortunadamente, si cabe. No creo que haya un solo español juicioso que, de verdad, arrebatos aparte, piense siquiera en devolver ese golpe a los filibusteros. Lo suyo sería que USA, que es el avalista, zanje el ridículo contencioso. O que la OTA reclame ante esta agresión a uno de sus miembros. El Moro tendrá que buscar agravios mayores. Diez hectáreas, francamente, no dan para más.



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Obtuario
Antonio Burgos Carmona

Decano de los sastres de Sevilla


Diario El Mundo
Sevilla, 27/06/2002

Sólo la muerte ha podido separar a don Antonio Burgos Carmona, maestro de la sastrería sevillana, del establecimiento frontero de la Catedral en el que ha permanecido, al pie del cañón, durante setenta años. Ni siquiera su larga y penosa enfermedad consiguió distraerle de unas obligaciones a las que, desde hace mucho tiempo, sólo el sentido del deber y la enigmática gravedad de la vocación lo mantenían unido, más allá de cualquier necesidad y sobradamente cumplido el ciclo de su vida.

Este sevillano genuino había nacido, sin embargo, en El Viso del Alcor a mediados del primer tercio del siglo pasado, comenzado sus trabajos a los siete años, como aprendiz de sastre en los Almacenes del Duque, y luego como oficial en los talleres de los maestros Santos y O’Kean, hasta abrir taller propio y establecimiento de confecciones al que su esposa, doña Pilar Belinchón Olivares, mujer adelantada a su tiempo en la entonces rara actividad empresarial femenina, añadiría luego una nueva actividad, la zapatería, prolongada hoy por sus dos hijas, Pilar y Fina Burgos con éxito reconocido.

Apasionado de las tradiciones sevillanas –mucho debe, seguramente, a esa pasión el talante y la obra de su hijo, el escritor Antonio Burgos--, este decano de los alfayates de la capital andaluza se asomó ocasionalmente a la política, en representación gremial de los sastres, formando parte del Ayuntamiento de Sevilla durante los mandatos de Félix Moreno de la Cova y Juan Fernández, manteniendo vivas sus devociones de por vida como hermano de la Sacramental del Sagrario o de la Pura y Limpia del Postigo, así como de varias cofradías, en dos de las cuales, la del Baratillo y la del Cristo de Burgos, ocupó cargos en las juntas directivas. Constante aficionado a los toros, don Antonio figuró también en la nómina más vieja del abono maestrante, y mantuvo una intensa relación con el mundillo taurino en el que ayudó a mucho novillero en sus comienzos y ejerció durante años como “sastre de paisano” de no pocos matadores españoles y mexicanos.

Al final de sus días, agraviado ya por la enfermedad hasta la invalidez, don Antonio mantuvo inalterados sus hábitos y el ejemplo de un inusual sentido de la hidalguía raramente compatible con el más rabioso sentido del trabajo. Deja tras de sí una amplia y reconocida familia, presente en muy diversos estamentos sevillanos aunque ahora también acreditada fuera de nuestra tierra por el esfuerzo de unos hijos que deben a aquel matrimonio que ahora, finalmente, se extingue, su especial concepto de la vida.



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Diario El Mundo. Huelva Noticias
Suplemento del 06/06/2002

Huelva de los 40, de los 50. Hablamos de una ciudad de 50.000 habitantes, cuatro parroquias, un Instituto, cinco o seis colegios, cuatro salas de cine y dos de verano, dos cabarets, dos emisoras de radio y un periódico. Un paseo diario, la calle Concepción, y unos rituales de domingo -misa de ocho o de once, vermut en el Bar Onuba, en el Pelayo, en el Bar Las Palmeras-rígidamente reglamentados. Los añicos de la opinión se concentran como atraídos por el magnetismo de lo oficial, sin perjuicio del libre pensamiento y la guasa también libre pero semisecreta. Un periódico, digo. Y en él, todos: desde Octavio y “Bélico” a don Juvenal de Vega, desde José María Segovia a Alberto Luís Pérez, con don Eduardo Fernández acercándonos a la intimidad del doctor Marañón y deslizando pullas juanistas, Pepe Contioso acarreando incansable sus citas literarias y defendiendo a Juan Ramón de quienes quemaron su obra y de quienes le trataban como poeta “de arte menor”, Diego José Figueroa, el poeta que con sus aleluyas clavaba por la cabeza las mariposas de prestigios y menosprecios…


Me olvidaré de muchos, seguro, pero no de Jota. Jota, Francisco Jiménez, era “El duende de la Placeta” y fue el malogrado gran columnista que consiguió que en Huelva el periódico -tan previsible, tan amañado-- se empezara a leer por su recuadro que llevaba la materia caliente de la vida de la ciudad, el pulso percutiente de la actualidad de la calle, el misterio real o elaborado de las céntricas noches de verano, deambulando entre Concepción y la calle Marina o aledañas, territorio del periodismo activo y de la golfemia, pero también el color del día por los barrios, el rumor de los despachos y hasta el hablilla tabernaria. A Jota lo leían de mañana en la oficina, a mediodía en la barra o la mesa del bar, de sobremesa en el butacón de casa, a la caída de la tarde, cuando levantaba la marea, en los balcones refrescados y en las sillas de enea plantadas en las puertas de las casas, lejanas casas entonces de San Sebastián, de la Isla Chica, de Las Colonias camino de Cardeña.

No exagero. Jota era la Opinión en una sociedad amputada. Y él la recreaba indefectiblemente con el humor, es decir, articulándola artesanamente en esa trastienda de la inteligencia hacia la que todos meten el ojo pero en la que pocos caben por derecho propio. ¡Que gracia tenía, el tío! Me parece que estoy viendo a mi padre junto a una ventana, apurando el instante previo del almuerzo -tiempo supremo de la familia, aromas de cocina, quizá el olor del pargo o la corvina fritos, el adobo acaso, disparando las glándulas-y riendo con las cosas de Jota que eran anécdotas magistralmente elevadas a artículo, literatura fresca y primores de lo vulgar, como diría Azorín, con un fondo de “Diario Hablado”, que ésa era otra, la doctrina forzosa, la realidad forzada, el trágala diario aceptado finalmente con indiferencia.

A Jota, en cambio, lo leían con interés, lo buscaban ávidos, le celebraban los donaires, lo comentaban en la oficina o entre los amigos. Humor amable aunque afilado, sal nunca gruesa, crítica menor para una opinión menor, a aquella columna encaramaba a la fuerza igual al Gobernador que al tabernero, lo mismo al personaje que al popular, en un hábil aunque costoso empeño de hacer política imposible a base de un posibilismo estudiado y guasón. Yo sé que sus hijas conservan esa crónica preciosa que hoy, reeditada con cuidado, nos asomaría de bruces, amable y finamente, a aquella Huelva perdida en la memoria y borrada del PGOU sentimental. Para le gente nueva sería simple Historia. Para los menos nuevos, un retrato de sí mismos en el que quizá les cueste reconocerse. Jota, el primer columnista. Yo quiero dejarle aquí mi gratitud por haberme enseñado los rudimentos de este oficio de lúcidas tinieblas en el que Pemán se encargaba de revalidarnos la vocación.


El gobierno claudica

Diario El Mundo. La Red
31 de Marzo de 2002

No veo yo que constituya tanto problema el de saber si debió controlarse desde el Gobierno una medida que, evidentemente, afecta, y de manera quizá irreparable, a la pluralidad informativa. A cualquiera se le ocurre que sí, y también que lo que ha ocurrido es un episodio más del apocamiento conservador, porque la inmensa mayoría de los ciudadanos apoyaría cualquier medida que trate de impedir que la información se concentre en una sola mano. ¡Como si no fuera ya bastante lesivo que anduviera sólo en dos! La doctrina del aeropuerto -un soporte de uso libre para todos por igual, pero no supeditado a ninguno de ellos-- con que Cascos ilustra la función lógica de una plataforma digital es incontrovertible y no porque, como él dice, la existencia de monopolios vaya contra la doctrina conservadora, sino porque atenta frontalmente contra el sistema de libertades en su conjunto. Nadie ignora hoy que, en España, la opinión se ha concentrado de tal modo que la libertad se ha visto severamente amenazada. Escuchen el tacto -la jindama, diría yo-con que tartamudean muchos príncipes de la opinión cuando en sus tertulias o artículos rozan materias o temas que se relacionan con la gran patronal o los intereses que ella representa y defiende. Y eso es malo no exclusivamente para ellos, claro, sino para la opinión.

¿Un asunto privado, una decisión empresarial a los que vetaría acercarse el silabario ultraliberal? Mandangas. Cuando se trató de meterse por medio entre Iberdrola y Endesa, bien que se metió el Gobierno. ¿Por qué no se mete ahora entre Telefónica y Prisa? Pues porque el Gobierno no escapa a la sensación de inquietud ante el poder creciente del bloque hasta ahora adversario. Algo de síndrome de Estocolmo, si me apuran, sí que hay en esta inhibición clamorosa, que deja expuesto al ciudadano -ya cercado en un amplio frente mediático-- a una eventual oferta digital única. No creo, por eso mismo, que semejante deserción pueda explicarse en exclusiva por la presión de intereses económicos representados por el sector que lidera Rato. Aznar ha puesto a Rato en su sitio cuando ha querido, con Alierta y sin Alierta. O sea, que hay que buscar otra razón, e insisto en proponer la explicación de la debilidad de un Gobierno al que, si aún no le crecen los enanos propiamente, le van a crecer pronto, cada vez más. Unos frente a otros, guerra de partidos y finanzas: en lo que no piensa nadie es en ese interés colectivo al que el monopolio, cualquier monopolio, compromete sin remedio y al que, sin ir más lejos, aún se resisten en Italia con la ley en la mano. Aquí no. Aquí hasta el Gobierno se le rinde ya a un proyecto monopolístico que no disimula sus designios sino que los exhibe. Y a juzgar por la reacción de la Bolsa, la operación le está saliendo redonda.



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Diario El Mundo. Crónica
21 de Abril de 2002

¿Son los españoles extremistas, a qué causas podría obedecer esa condición? La propia pregunta implica ya, de algún modo, la aceptación de la dudosa cuestión de fondo, es decir, de la idea tópica de que los españoles, genéricamente, son gente extremada, en la línea de las celebradas opciones excluyentes Rey o República, Joselito o Belmonte y demás. El problema, sin embargo, es que no es posible ya mantener esa visión de los caracteres nacionales que hace medio siglo relanzó la antropología americana sin mayor éxito aunque con menores daños que sus antecedentes políticos. Decía Caro Baroja que hablar de caracteres nacionales es simplemente una actividad mítica y se apoyaba, por cierto, en una serie de testimonios difícilmente refutables. Y el mismo sabio recordaba la divertida visión que de los hispanos y de otros bárbaros daba Marcial --un poco en la línea de las invenciones gratuitas de Sabino Arana--, o la sublimación que permitió a los historiógrafos franceses ver prefigurado en la figura de Ausonio el carácter nacional galo. Tonterías, como es natural. Hoy que tan de moda anda Gracián en USA, podrían los sucesores de aquellos antropólogos considerar la pamplina de nuestro jesuita cuando en “El Criticón” calificaba a los griegos como infieles, a los turcos como bárbaros, a los suecos como atroces o a los rusos como astutos. Aunque me temo que ninguna razón podrá extirpar enteramente esos “topoi” repartidos entre los pueblos por las mismas circunstancias. Hoy estamos viviendo, por lo demás, cierto apogeo de ese psicologismo sin base, pero, por trágicas que sean las consecuencias, no veo probable que una saludable reacción consiguiera neutralizarlos. Pesan mucho los mitos. Sus raíces fasciculadas son infinitamente más complejas que las de la razón.

Hacia el siglo XVII, por razones obvias, parece claro que se abre paso la idea de que el español es hombre extremado, radical en su criterio, de la misma manera que en el siglo siguiente, el de “las luces”, la tendencia ilustrada será verlos como un pueblo flojo, inerte, paralizado por una congénita galbana, imagen ante la que reaccionarán con energía, como es sabido, los espíritus románticos y no sólo los nacionales. En resumen, parece lo más cuerdo aceptar que la idea del español drástico, arrebatado entre el blanco y el negro, pudiera ser un tópico reciente, verosímilmente originario del clima creado por la llamada “guerra civil” carlista y, luego, por la del 36. No hay, en efecto, en la abigarrada literatura sobre el asunto nada que se refiera a esa caracterización, mientras que abundan las teorías que nos pintan como lerdos o agudos, como brutales o magnánimos, como artísticamente estériles o sutiles. De Milton a Voltaire, desde el “Libro de Aleixandre” a Masdeu, se proponen muchas “claves psicológicas” pero ninguna, que yo sepa, que apunte al carácter drástico.

A la salida de la Dictadura, ya sorprendió a mucha gente la actitud equilibrada de un electorado que huía conscientemente de los extremos. La persistencia de la mayoría “centrista” ha demostrado luego, durante un cuarto de siglo, cuánta ligereza entrañaba el aguafuerte que trataba de fijar el perfil español con los trazos del extremista sin remedio. ¿Por qué seguir hablando de esa radicalidad inexistente? Hay tópicos que sobreviven a la prueba de su insustancialidad, por descontado, y quizá éste sea uno de ellos. Hay quien gusta de ver en el español componedor y centrista un Edipo perplejo ante la encrucijada y eternamente tentado por los dos caminos. La realidad, como en tantas ocasiones, es distinta y, por una vez, merece ser celebrada.


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Diario El Mundo. La Red
31 de Marzo de 2002

Se cuenta en los mentideros taurinos que muchos aficionados de toda la vida se han dado de baja en el abono de la Plaza de Sevilla. Normal. Claro que también se dice que a la Empresa le viene divinamente que el abonado se dé de baja porque así recupera para la reventa las entradas. Cualquiera sabe, en ese mundo tan retorcido. Lo que no tendría nada de raro es que muchos entre los abonados que conserven su plaza se sumen al reventón y entreguen también sus entradas a la pública subasta para resarcirse de la enormidad de los precios y, de paso, librarse del mal trago que supone tantos malos carteles. ¡Que cartelería, Dios de mi vida! Una vez dijimos aquí que los sucesores de Canorea harían bueno al padre y ahí lo tienen. Si la Feria ya era un negocio en Sevilla con las corridas de lujo que aquel sátrapa preparaba con astucia inimitable, ahora, con estos carteles entre Pinto y Valdemorillo, inspirados en la vaga filosofía voluntarista del torismo de las Ventas que tanto dinero le mete al empresario en la faltriquera, imagínense el nuevo Potosí.

Hay que decir, sin embargo, que tampoco toda la culpa de esos despachos que los maestrantes ceden sin condiciones a la especulación taurina. El momento de los toros no es malo, es pésimo, y si el año pasado titulábamos esta colaboración como “La crisis de la Fiesta”, éste habrá que resumir el lío declarando la realidad: que no hay más cera que la que arde. Yo no estoy de acuerdo con los críticos del cartel de Resurrección más que en el detalle tradicional de que falte en él un torero sevillano (pero, además, díganme, ¿cuál, qué torero sevillano?). Ni en que la ausencia de Morante, esa incógnita siempre por despejar, suponga una falla insuperable porque aquí ha habido muchos años en que ha faltado del programa el torero de moda o el diestro acreditado, y que si quieres arroz. Más bien lo que ocurre es que el toreo atraviesa un momento crucial, en el que a la ausencia de ganado como la gente, hay que sumar la carencia de figuras. Lo que Sevilla ofrece esta temporada es una foto fiel de lo que ocurre y lo que ocurre es que toda España, y no sólo Madrid ya, es Valdemorillo. Puede que engañe el nombre de un puñado de profesionales con crédito, pero si nos detenemos en ellos uno por uno iremos viendo que el que no está fuera de sitio carece de motivación, y que si el que quiere no puede, el que puede no parece querer.

Eso sí, los precios continúan su curva ascendente, cada año más inexplicable, como si lo que se estuviera ofreciendo en la Plaza se superara temporada tras temporada. Con lo cual tampoco valdrá ya el argumento empresarial de la carestía de los carteles, porque todo irá al mismo bolsillo sin fondo. Es verdad que aquí hemos vivido esperpentos tan fantásticos cómo el que Manolo Vázquez protagonizó en el 92, jurando que si no había festejo de la Expo era porque en el campo andaluz, a esas alturas octubrinas, no quedaban corridas o estaban pasadas de años y peso. Después de esa chorrada, podríamos haber apagado e irnos con la música a otra parte, pero nos quedamos, y eso convenció a todos los sanedrines del mundo del toro de que en la Sevilla taurina se puede hacer impunemente cualquier cosa.

No, ésa es la verdad, no hay más cera que la que arde, lo que no significa que esos carteles tan isidriles no pudieran haber sido mejor combinados hasta por el más tonto de la cuadrilla. Ya veremos si la reventa, es decir, en fin de cuentas, la Plaza, se traga el taquillaje más de un día o la avalancha de pardillos se somete -como se ha sometido en tantos cosos- a la mediocridad reinante. Este año tendremos que insistir en un axioma que ya traemos muy vapuleado, a saber, que con la Fiesta no va a acabar el ecologismo europeo ni Cristo que lo fundó, sino su propia decadencia, la falta de savia nueva que el negocio desorbitado padece y propicia a un tiempo. Esta pavesa no la van a apagar desde Bruselas, ciertamente. La van a apagar aquí mismo los mismos que con ella se alumbran, toreros, ganaderos, empresarios y aficionados, todos juntos y cada cual por su cuenta, en esta liturgia cada día más incomprensible que oficiamos entre todos haciendo de todo el templo altar. La que se va a forrar, ya de paso, va a ser Vía Digital. Al tiempo.


Mejor legales que marginales

Diario El Mundo. La Red
24 de Febrero de 2002

Sagrada o despreciable, la prostitución ha sido siempre objeto de debate. Hoy ese debate, sin embargo, carece de sentido, a poco que uno contemple abrumado las imágenes diarias de esa forma extrema de indigencia que se ejerce con escándalo o resguardada en los “paraísos” mafiosos que han surgido como hongos por toda España. Un Ayuntamiento andaluz (Aljaraque) concedió hace poco a uno de esos “paraísos de carretera” una subvención por considerarlo de interés público, criterio que no le hubiera discutido san Agustín a ese alcalde del PP, pero que da una idea de cómo han variado las circunstancias de la vieja profesión. Para empezar, hay que constatar que no hablamos de un problema menor, sino de una cuestión que afecta a una legión de mujeres en situación de máxima debilidad, y que produce miles de millones de euros al año. Un “sector de actividad”, digamos, curiosamente alegal --una vez obsoleta o derogada, no lo sé, la ley de prohibición promulgada durante la dictadura-en el que se ven implicadas, además, unas trabajadoras que suelen estar también están fuera de la ley, en la mayoría de los casos porque son víctimas reclutadas y explotadas por las redes mafiosas que las “importan” como ganado de países pobres. ¿Habrá conciencia que se oponga a conceder a esas “trabajadoras” los mínimos derechos de que goza cualquier ser humano que se busca la vida como puede? De momento, parece que la del ministro de Trabajo, pero también es cierto que ése confunde el chador con la ablación.

Desde el punto de vista social la cosa es elemental. ¿Tiene sentido dejar a esa creciente profesión -es curioso, pero creciente-en la más injusta indefensión laboral y en la más temeraria ausencia de garantías sanitarias? ¿Es preferible agarrarnos al prejuicio y mantenerla fuera de la ley a costa de riesgos hoy por hoy difíciles de prever? Defender la “regulación” de esa crítica situación no significa complacerse con su impagable coste humano y social, sino apostar por una mejora cierta a favor de quienes hoy son auténticas esclavas en su inmensa mayoría. Y desde luego, tampoco supone abogar por esas “empresas” que funcionan como una forma actualizada del proxenetismo, por más vueltas que le quieran dar al diseño. Se trata, simplemente, de reconocer que hay miles de mujeres que no pueden vivir más que alquilando su cuerpo -lo cual, además, es un derecho como otro cualquiera-y que actualmente ni el Estado dispone de medios para “retirarlas” ni siquiera de normas para proporcionarles el mínimo amparo que merece todo ser humano. Hay en esta sociedad actividades legales mucho más peligrosas e inmorales que el comercio libre del propio cuerpo. De eso no le debe caber duda al ministro de Trabajo.


La cuesta del euro

Diario El Mundo. La Red
30 de Diciembre de 2001

Habrá complicaciones a corto plazo, seguro; luego, como es natural, todo acabará asumiéndose . La misma inocencia de las campañas publicitarias oficiales -“Este rotulador cuesta 291 pesetas, es decir, 1’75 euros” y en ese plan…-- demuestra que no es fácil instruir a la población ni posible adecuar a fecha fija y sin transtornos sus hábitos monetarios. Pasar de una moneda de débil apreciación en los mercados a otra fuerte y, en consecuencia, obligadamente fraccionaria, supone inevitables complicaciones en la vida corriente y una conmoción nada despreciable en la propia conciencia. El hombre se mueve por la moneda como por cualquier otra dimensión y a ella adapta continuamente cruciales aspectos de su decisión. No es cierto, en consecuencia, que la gente esté preparada para el cambio. Hay una crítica mayoría que -también en esta coyuntura-aguarda pasivamente a que los propios acontecimientos impongan la nueva realidad.

Supongo que, por otra parte, más allá del forzado optimismo oficialista, el tránsito acabará por producir algún efecto inflacionario. Las protestas de los comercian