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La nave
de los locos
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La Ría
Sábado 05/10/02 |
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La imagen de la locura, su realidad social, da cuenta mejor
que nada de un momento histórico y de un modelo de vida. Hoy ya ni se habla de
“locos”: está proscrita la palabra, como si el eufemismo garantizara la piedad
o el progreso. En la consulta, en el hospital se usan términos tan rebuscados e
inútiles como “interno”. Igual que en
la cárcel, y ya veremos que no por casualidad. La humanidad tuvo siempre algún
tabú en boga. Primero fue la lepra –la inimitable historia de Foucault lo
explicó todo--, la enfermedad confundida como mal, el mal interpretado como
seña nefanda. “Tame, impuro”, estaba obligado a gritar el leproso en Israel. En
la Europa moderna vagaba por los campos y avisaba a los sanos con su
campanilla. La lepra no se trataba: se excluía. Hasta que la relevó un
maleficio nuevo, la locura. En medio parece que anduvieron mitificadas las que
hoy llamamos “ETS”, las viejas venéreas también pudibundamente disfrazadas en
esta nueva jerga. Pero fue el loco el que destronó al leproso. Un rey: por eso
se coronaba con un embudo, tal como lo retratan el Bosco y otros. Pero un rey
desterrado, un vagabundo sagrado en cierto sentido. Lo de “la Nave de los
Locos” no es un cuento. Existió, al menos en el siglo XV, un “Narrenschiff” que
viajaba de puerto en puerto con su cargamento alienado. Des-terrados,
literalmente, fueron aislados en el agua. Es una grave historia que contemplamos
estremecidos en los cuadros de Brueghel, de Durero, que todavía Goya retrata
con piedad y rigor. No había sitio para el loco en la sociedad. El cristianismo
fue tan incapaz como las otras culturas a ese respecto.
La “Stultífera Navis”, ¡qué imagen! Foucault, maestro
definitivo, definía el trato de la insania como “un espacio moral de
exclusión”. Y así era, en especial cuando la errancia se sustituyó –ay, el progreso—por
el encierro. El hospital, el manicomio no era un establecimiento médico sino una
institución administrativa, policial para entendernos, poco diferenciable de la
cárcel en la práctica. Se encerraba y se maltrataba, en condiciones
sobrecogedoras, con voluntad e imaginación de sádicos. Las historias francesas
e inglesas del XVII sobre manicomios son para morirse (y tengo varias). Lean a
Sade, por otra parte, si quieren porno duro pero también suplicio infinito.
Hubiera merecido la pena que cayera la Bastilla sólo por librar a uno de
aquellos desgraciados. A él mismo.
Pero aterricemos. En la curva del Conquero, justo en el
cruce de las Adoratrices, estaba La Morana. La Morana era una parcela amplia,
con un pabellón rectangular una de cuyas paredes era de rejería. Quiero decir,
mejor dicho, no quiero decirlo, pero era una jaula, y en ella pasaban el día
los locos –entonces se hablaba en cristiano todavía--, lloviera o venteara, ya
podía caer la canícula y convertir aquel antro en la carroza de plomo derretido
o abatirse el frío norteño hasta congelar los cuerpos. Por las mañanas había
ducha fría, manguerazo, claro. Y en el peor de los casos, el shock, ya saben. Luego el ir y venir del enjaulado o bien al
ensimismamiento del ido. Algunos, los mejores, cultivaban un huertecillo a dos
pasos de la valla, en la que nos arremolinábamos los chiquillos. A uno le
llamaban el Legionario y creo que tenía el encargo de mantener la disciplina,
calculen. Allí metieron a Ricardito, un tío adorable al que enloquecimos entre
todos los de mi generación abundando en su satirismo incurable. Una locura, en
efecto. Ah, y a dos pasos quedaba, por cierto, el Palacio Episcopal.
La Morana define la Huelva de la posteguerra, etapa dura, es
decir, desde el fin de la guerra civil hasta los sesenta. Luego vino el
Psiquiátrico que sería, en muchos sentidos, un emblema estupendo de la Huelva
emergente del “desarrollo”, contagiada ya de progresía galopante. Y bendita la
hora, por supuesto. El Psiquiátrico fue todo lo contrario de La Morana, claro,
a saber, el rechazo del estigma, la aceptación de la enfermedad, la denuncia
del shock, la humanización del espacio. Como íbamos a arreglarlo todo, pues
empezamos por el final y abrimos las puertas. ¿Cerraduras? ¿Por qué, si se podía
hablar, drogar con tiento, reeducar lo torcido? Aquel grupo de profesionales
hizo toda una revolución que, en buena medida, como ocurre con las revoluciones
casi siempre, dio paso a otras tensiones y a problemas nuevos. Recuerdo una
mañana en que estando al cargo de mi área en el Gabinete del Presidente –lo digo
para que no se moleste nadie insidiosamente en recordarlo—leí perplejo la
portada del periódico: “Cerramos el manicomio”, decía. Y los teléfonos se
bloquearon, claro está, y hasta que hubo de dar explicaciones el propio Presidente.
Pero cuesta cerrar una cancela rota. La solución de “hospitalizar” la locura,
internando los casos graves en unidades nosocomiales (no se pierdan la
cursilada) acabó con una tradición calamitosa pero no supuso ninguna solución.
Tampoco en Huelva, por más remiendos que se echaran. Pero el Psiquiátrico
correspondía a una forma superior de la convivencia, en todo caso. Hay un antes
y un después en la desdicha humana que esa institución separa en Huelva como
una barda alta e insalvable.
¿Hoy? Hoy vamos que nos salimos y todo cambia a un ritmo que
no permite apreciar siquiera las mudanzas. La “Nave de los Locos” sigue por
nuestras calles y plazas a la deriva, por supuesto, abarrotada como nunca,
ignorada como siempre. Naturalmente, la enfermedad –ésas de la mente, como
todas las demás—se ve desde otra óptica, merece otro trato, y hace mucho, por
lo demás, que la ciudad alegre y confiada –y no me refiero a Huelva en exclusiva—ha
aprendido a confiar en una droguería novísima, extremadamente eficaz y de uso
generalizado, como consecuencia, entre otras cosas, de la falta de dotación médica
adecuada: a menos médicos, más recetas. Lo cual es un progreso, qué duda cabe,
comparando con el dispensario tan reducido de que disponían los profetas del
Psiquiátrico y, ni que decir tiene, respecto de la barbarie de La Morana. Y sin
embargo… Algunas mañanas con buen tiempo nos las pasábamos en aquella verja,
fascinados por el espectáculo de la locura misma pero también por la
experiencia del sentido común que resistía bajo la depresión o el frenesí. Un día,
en el Psiquiátrico, un paciente joven le dijo a Jaime Montaner y a José Ramón
Moreno –luengas barbas progres, amplios chambergos, pastoriles cayados—que “tenían
sugestión de Jesucristo”, y por mi madre que la tenían. Y otro día en que charlábamos
con la cuadrilla del huerto en La Morana le preguntamos, como quien no quería
la cosa, a Ricardito, el pobre, que cavaba con una piocha en la besana como un
desesperado, que qué hacía allí dentro,
y Ricardito nos contestó: “Pues nada, chicos, ya veis. Aquí, veraneando”.
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Vade
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La Red.
Diario El Mundo
29 de Septiembre de 2002 |
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Tengo una vieja debilidad por el tema demoniaco. Seguí con
atención las elucubraciones de los antiguos Padres, el pajerío mental de los
medievales, de los renacentistas, de los barrocos, hasta las extravagancias de
los “rancios” del XVIII y los románticos (neobarrocos, en realidad) del XIX.
También las novedades de los teólogos modernos. Conozco la pasión de Jeffrey B.
Russell, he leído a G. Bazin, al siempre sereno H-I. Marrou, el ensayo español
de Flores Arroyuelo, la teoría de les estados de posesión de Jean Vichon. Por
curiodidad tengo fichados varios cientos de fichas de obras que no leí, como es
natural, ni pienso hacerlo, aunque siempre es divertido volver sobre el
“Malleus Maleficarum”, para qué engañarnos. Sé por eso que así como el judaísmo
limita el papel del Otro, el cristianismo desarrolla toda una teoría de la
posesión y, en consecuencia, del exorcismo, vieja práctica de locos y gran
negocio de frailes. En realidad lo que de diablos hablamos procede de un
Oriente más lejano, el del dualismo fundamental que romperá en Manes. Este
papa, Wojtila, ha hecho exorcismos tres veces, una de ellas en plena plaza de
San Pedro. Y un cura de la diócesis de Alcalá lo practica de manera que ha
hecho rezar de rodillas a un tío tan versado como José Manuel Vidal que nos ha
contado en “Crónica” una historia deslumbrante: una chica poseída por ocho
diablos, uno de ellos, Zabulón de nombre, resistente como mula. He buscado por
doquier sin poder comprobar la mención bíblica que atestigua el exorcista. Qué
más da, en fin de cuentas. Con ver a Vidal arrasado en lágrimas tengo de sobra.
Allá cada
cual pero yo no tengo paciencia porque sostengo que en estas bregas reside la “última
ratio” del satanismo y otras peligrosas chaladuras. Una mujer torturada hasta
la muerte, una niña inmolada a ese Zabulón o a otra entidad de su imaginaria cuadrilla:
se trata de un juego demasiado grave para tratarlo con “neutralidad” crítica. Estos
días publica “Nature” que la excitación eléctrica de cierta región cortical explica
cumplidamente la famosa disociación del cuerpo y el yo. ¡Y qué! Seguirá habiendo
diablos que expulsar y desahogados dispuestos a expulsarlos. ¿No lo hace el
propio Papa? Es infinita la lista de estudiosos que han chamuscado sus pestañas
en esa lumbre infame. Porque no se trata, en efecto, de una superstición inocua
sino de una acrobacia mental para la que no están preparados la mayoría de los
trapecistas. De modo que si la cosa va de negocio, vaya. Pero si se trata de especular
desde una teología de la posesión que el último Concilio despreció, por cierto,
la cosa varía. Tengo que preguntarle a Vidal qué publicaremos el día en que esa
desdichada ingrese, si Dios no lo remedia, en el manicomio.
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Pintar
en Huelva
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La Ría
Sábado 28/09/02 |
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Entrábamos a aquellas galerías improvisadas --la de la
CNS,
en el Paseo del Chocolate, junto al Bar Santafé, la que instalaban en los altos
del Gobierno Civil en lo que fuera transunto del antiguo Palacio ducal, la de
la Caja de Ahorros, la del Ayuntamiento nuevo, como se decía entonces—como
quien penetra en el espacio raro del templo. Aquel olor a óleo, a linaza, a la
madera nueva de los marcos, en el silencio casi religioso con que los escasos
asistentes discurrían por la sala, deteniéndose ante los cuadros, forzando el
zoom al acercarse o retroceder desde el
centro de la sala al cuadro, acaso abstraídos enigmáticamente en un punto de la
tela donde un rojo se derretía en morados verspertinos o la astucia del pintor
había fingido, con un golpe de blancura, la luz imposible sobre un detalle
nimio. Mi impresión de adolescente era que se sabía más bien poco de pintura en
aquella Huelva lejana y ciertamente rosa todavía, en la que se hablaba con
veneración del maestro Vázquez Díaz, el de los frescos rabideños, y con escasa
simpatía de otro escapado a Madrid, un tal Pepe Caballero, cuyos finos dibujos
y sueños sub-reales habíamos visto alguna vez impresos en libros o revistas.
Faltaba aún mucho tiempo para que –caso raro—Huelva rescatara a Caballero del
exilio interior y lo agasajara como merecía con exposiciones y homenajes, que
comentábamos con detalle en Madrid, allá por los altos de la Avenida de América,
por donde sigue viviendo Daniel Vázquez, el albacea y gran animador del maestro
de Nerva, que también lo era suyo.
Pero volvamos a Huelva. Faltaba todavía mucho tiempo –a esas
edades mucho tiempo viene a ser un quinquenio—para que en Madrid entráramos de
puntillas en el Prado o visitáramos las primeras galerías en las que se andaban
dirimiendo batallas a escala española de las grandes corrientes europeas de
postguerra. Y donde conoceríamos al propio don Daniel y a otro pintor
admirable, que hacía bodegones de un primor como holandés, y que se llamaba
Monís Mora, hombre generoso y enamoradizo que invitaba a la joven parroquia
onubense a celebrar algunos domingos –ahí están Víctor Márquez o Vaz de Soto de
testigos—con colosales cocidos serranos.
Pero estábamos hablando de Huelva, como digo, y en Huelva, en
esos templos improvisados que mencioné al principio, vimos mejor o peor grandes
obras de memorables pintores onubenses. De don Pedro Gómez, para empezar (y
subrayo el don porque era lo corriente entonces también), maestro de
paisajistas, el genio que descifró hasta la última incógnita en la fragosa
ecuación cromática del viejo Conquero, desarrollando la casi infinita teoría de
la tierra entre el gris y el albero, bajo el verde cupular de aquellos pinos
centenarios que él pintó como nadie. Yo ascendí a esos siete cielos guiado por
Alberto Vázquez, el más bondadoso y experto Virgilio, que empezaba a hacer sus
propios pinitos en su casa del Velódromo,
pero que sabía ya la intemerata de pintura, siempre fiel a aquella especie de
hiperrrealismo anterior a Antonio López del que luego nos dejó una obra
memorable y tristemente ignorada entre nosotros. Alberto pegaba la hebra don
Mateo Orduña Castellano, que –esta vez sí que recuerdo el lugar: los altos del
Gobierno—colgaba hirientes retratos de gitanas amamantando churumbeles,
bodegones, bouquets y paisajes como soñados en los que la luz se hubiera parado
mágicamente detenida por su mano sabia. Una tarde que subía de tono la guasa
juvenil ante sus gravess desnudos, Orduña nos recriminó con indulgente desdén:
“Pues no sé de qué se ríen ustedes, que parecen estudiantes tan finos, porque
en la Capilla Sixtina nadie se ríe y hasta Dios deja ver sus genitales”.
Exageraba, evidentemente, al olvidar los “braguetoni”, quizá porque en aquel
entonces costaba imaginar a una pandilla de zagales como aquella camino de
Roma.
Es posible que fuera en la Caja de Ahorro donde encontráramos
a un acuarelista joven que hacía un paisajismo insinuante y lírico, y se
llamaba Gil Vázquez --vamos, se llama porque hace poco creo haber visto de
refilón que sigue exponiendo en Punta. Aquella era una pintura amable, más
fácil y tentadora para nosotros, y que le gustaba mucho a otro pintor luego extraviado
en la docencia, Tomás García Asensio, o sea, el humorista “Saltés”, que se vino
a “Triunfo” en el lote onubense que Vázquez Montalbán bautizó como “Bloomsbury
onubense”. Pero éste, Tomás, iba ya entonces embarcado en otras búsquedas que
le llevarían, a través de una intensa experiencia “pop art”, hasta las playas
decorativas de aquel arte de “módulos” en el que ciertamente hizo cosas espléndidas. Pero por entonces
cumplía descubriéndonos secretos técnicos de los grandes maestros y se limitaba
todavía, sobre todo, a ilustrarnos sobre los surrealismos. Él nos dio a conocer
de cerca la obra de Dalí, nos descubrió a Braque o a Paul Klee, y hasta debo
conservar por ahí bromas suyas con “variaciones” sobre temas de Magritte o
Archimboldo.
Debió ser allá por el 74 fuimos unos estudiantes a ver en la
Galería Serrano,19 una muestra novel de otro pintor de Huelva hoy en el
estrellato. Era Florencio Aguilera, un ayamontino que acaba de vender su
tiendecita de juguetes y nacimientos (su colección de belenes, conservada en su
mansión de La Jabonería, es descomunal) y recuerdo que nos declaró sin problemas
el meollo de su apuesta: “Si sale bien la cosa me quedo en Madrid, de pintor; y
si sale mal, acabo de sereno en el barrio de Salamanca”. Salió bien, como es
sabido, y hoy Aguilera es ese creador prodigioso que ha hecho del paisaje una
metáfora indecible y ha logrado transformar las cosas en entidades misteriosas
que compiten con las hieráticas e interrogantes verdades que pintaba su padre.
Exhibió luego otras veces en Madrid, siempre creciendo, cambiando sin
traiciones, en la Kreysler, por ejemplo, y pronto plantará en Sevilla una antológica
que hará época. Ya lo verán.
Se me vienen a la cabeza otras exposiones, cuadros
entrevistos aquí y allá, veracísimas y bellas perspectivas marineras de Pilar
Barroso, maestra en todas las Punta Umbrías imaginables, asuntos más oscuros de
Pilar Toscano, paisajes exactísimos, alumbrados de luces espectaculares de
Morano,
acuarelas magistrales del indiscutible maestro actual del género que es, para
mi gusto, Ricardo Aramburu. Y antes que ellos recuerdos remotos, perdidos, de
A. Brunt, por ejemplo, que creo yo que se movía en la órbita pictórica de
Orduña o así.
Y Seisdedos, Juan Manuel Seisdedos, que es, sin lugar a
dudas, el poeta de la generación, sólo no escribe blanco sobre negro sino que
pinta, graba, esculpe, forja sus imaginaciones lo mismo en aceites que en
polivinilo, en hierro que en madera. Yo me pierdo con Seisdedos porque no
encuentro manera de acercarme al artista abstrayendo su poderoso atractivo
humano, siendo como es una de los hombres más cabales que yo he conocido. Nunca
le perdonaré que abandonara, urgido por sus curiosidades, aquella manera suya
de recrear el paisaje, en especial su talento insuperado para hacer con los
misterios de las luces de Aljaraque –no hablo de Huelva 2 y así, sino de
aquellos baldíos campurrianos ceñidos de marismas--, en las que supo ordenar
una teoría de colores tan cumplida como la de don Pedro Gómez en sus
Conqueros.
El enorme talento que tenía Alberto Vázquez –otro hombre bueno por los cuatro
costados—me confirmó muchas veces, sobre todo en sus amenes sevillanos, tan
tristes, en la desperdiciadísima superioridad de Seisdedos, al que decía
envidiar quien había logrado en sus desnudos restituir al cuerpo humano la
perfección ideal que sólo se concreta en los sueños. Pero otro día hablamos de
Alberto. Hoy me temo que, algo ebrio por aquellos efluvios de las viejas salas
improvisadas –ay, los cortinones y damascos del Ayuntamiento--, me he salido sobradamente
del cuadro. La memoria tiene a expandirse como gaseosa que es. A ver qué
quieren que le haga un nostálgico impenitente como yo.
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La
encuesta que nunca existió
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El Alpende
Septiembre de 2002 |
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Una mañana cualquiera, no hace mucho tiempo, nos enteramos de que por Valverde se andaba
haciendo (porque la hicieron: no hagan caso de notas y desmentidos) una
encuesta. Se trataba de conocer la opinión del vecindario –yo diría, desde ahora,
del “electorado”—sobre determinadas cuestiones municipales, pero todo sugería
que el auténtico meollo se encerraba en la almendra de una pregunta de
valoración que trataba de indagar cuales eran los índices de conocimiento y
valoración de un joven abogado valverdeño, Manolo Romero Pérez, es decir, ni
más ni menos que del Director de “Facanías”. Alguien en el pretorio del
alcaldísimo, obviamente, debía de haberle sugerido esta pesquisa, guiado con
prudencia, tal vez, por la certeza paremiológica de que ni la previsión embarga
ni el saber ocupa lugar. Ignoramos el resultado del sondeo, claro está, porque
las instituciones tienen siete llaves para guardar esos tesoros de opinión que
pagamos entre todos pero que ellos (todos) se reservan en exclusiva. Lo
importante, sin embargo, no es eso (la buena opinión y el crédito de Manolo no
están en cuestión ni entrarían en discusión siquiera), sino la intención. Pero ¿por
qué el alcaldísimo se preocupaba ahora, así de pronto, de indagar el prestigio
de un joven que nunca ha mostrado ambiciones políticas, ni legítimas ni ilegítimas,
a pesar de su obligado y creciente protagonismo en la vida local por tantas
razones y, en especial, por su papel den esta periódico independiente tan
incomodísimo para los barandas?
A esa pregunta tampoco puede contestar nadie aparte de quien
tenga guardada la encuesta en su gaveta (porque la tiene, no les quepa duda).
Es más, como la cábala es libre y hasta obligada cuando se nos niega una
información de tanto interés para el pueblo, hasta podemos colegir que si
callan es porque que el resultado no les gusta un pelo, es decir, porque la
opinión debe de haber sido, que es lo lógico, favorable al indagado. Y más si
consideramos que toda encuesta tiene lecturas favorables y que, de hecho, ya la
industria de la sociología se encarga, por lo general. en su obrador de
preparar la tarta a gusto del cliente, lo que quiere decir que, con altas
probabilidades, al alcaldísimo no lo ha tranquilizado nada la sombra
prestigiosa que Manolo Romero –un joven cualificado entre los nuestros, no el
único, por descontado—debe ir proyectando por ahí.
El hilo de la encuesta que nunca existió conduce, sin
embargo, a un ovillo de mayor entidad. Este: que en Valverde, como en tantos
lugares, la sociedad empieza a notar que una nueva generación bulle, y al mismo tiempo, la opinión pública demanda
cada día con mayor insistencia un relevo
generacional que traiga aire fresco y oree la casa desde el portón a la
casilleta, como diría el gran Ortiz. El propio alcaldísimo, que no es viejo ni
llegó a la poltrona sino tarde dada su anterior militancia comunista (ese
reparo lo hemos padecido muchos, aunque algunos sin mayor compromiso, claro),
pertenece, sin duda posible, por sus orígenes, pero sobre todo, por su talante,
más a una generación que se va que a la que llega anunciándose en las encuestas
o insinuándose silenciosamente en la estimativa pública. De este periódico
modesto han salido en los últimos meses al menos dos periodistas que se están
abriendo paso a marchas forzadas en el panorama de nuestra prensa más
acreditada, y eso ya, como es natural, no es lo mismo, como no lo es que una
encuesta –aunque sea de encargo propio—nos traiga la nueva incómoda de que,
encima, uno de esos pajeros niños de “Facanías” se perfila como eventual
competidor electoral. Y menos mal que Manolo Romero va de su corazón a sus asuntos,
como decía Hernández, o si se prefiere de sus pleitos (civiles) a la tranquila
vida de quien la tiene entera por delante. Si no fuera así, si amagara con
veleidades, si le diera por masconear con que si me presento o no me presento, calculen
los nervios en la Casa Grande. No hay peligro de tal cosa, de momento, en todo
caso. Aunque el alcalde hace lo natural siguiéndole el rastro a una estrella
emergente cuyo cenit nadie será capaz de predecir todavía. La verdad es que el
alcaldísimo pierde el tiempo, si es que no arriesga algo más, manteniendo a
distancia a esta generación del relevo. Aunque sólo sea porque los relevos
acaban llegando, si no un día al siguiente. Y déjenme que les diga que, a
juzgar por el sigilo con que se reserva --¡y hasta niega!—la jodida encuesta,
tal vez antes de lo que podamos pensar.
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La
pantalla de los éxitos
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La Ría
Sábado 21/09/02 |
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El lema de los Sánchez-Ramade, empresarios creo recordar del
Cinema Rábida, era ese precisamente: “La pantalla de los éxitos”. Lema tan
sugestivo que una mediodía en que fuí a despertar a mi abuelo que vivía poco
más arriba (a mi abuelo le daba igual dormir en su butaca que en la gratuita
que le ofrecía el empresario amigo) aduje como argumento más convincente para
que me llevara al cine ese título fastuoso. El cine en Huelva era una actividad
más bien residual aunque tuviera sus fanáticos, entre otras cosas porque su
aire se acondicionaba tratando de atrancar las puertas en invierno y abriendo
de par en par (cuando existían) las ventanas superiores. No era como en
Sevilla, donde antes del acontecimiento que supuso la llegada del aire
acondicionado había salas, como el Llorens, en plena calle Sierpes, que
disponían una barra de hielo ante la pantalla y tras ella un gigantesco
ventilador, reservando las primeras localidades, como era natural, para una selecta
clientela entre la que, por lo que me han contado, eran habituales los Parladé y
el propio alcalde y marqués de
Contadero, el que defendía el gobierno sobre el caballo de san Fernando con el
argumento de que si te bajabas a ras del suelo te cogían el culo.
No me
parece imposible hacer una interpretación clasista o siquiera funcional de aquellos
cines y sus respectivos papeles sociales. Para empezar estaba el Gran Teatro,
sala de respeto, escenario isabelino, pasillo alfombrado, terciopelos damascos,
entresuelo idílico y decoroso ambigú. Sus caras entradas –el estreno de “Ivanhoe”
colocó por ver primera el precio de la butaca en 10 pesetas—seleccionaban por
su cuenta el aforo. Pero estaba el Cine Mora, viejo teatro casi en desuso –en él
alcancé a ver alguna velada matinal con versos de Adriano del Valle y amables
soflamas del comandante Salvador--, con su mítico gallinero de andanada de
tablas que multiplicaba hasta el infinito la galopada del Séptimo de Caballería
o ampliaba el estruendo del tiroteo del Saloon. En el Mora se daban
antiguamente –antiguamente es, como se ve, un concepto relativo—sesiones de
varietés y fueron famosas, según creo, sus “sesiones golfas”, exclusivas para
varones adultos y en las que la Raquel Meller y compañía es fama que interpretaban
el “baile de la pulga” y hasta que se ofrecían para entrar en sorteo en algunas
pingües rifas como las que hoy cuentan que se perpetran en algunos clubs sexy.
Miren, tengo motivos pare sospechar que la ruina de mi abuelo el del cine tuvo
que ver con esas aventuras, pero no quiero hablar de eso, compréndanme.
El Gran Teatro, el Mora y el Cine Oriente. El Cine Oriente,
entonces al borde del centro capitalino y demasiado próximo al célebre lupanario
que honraron poetas tan celebrados como Cernuda o Jesús Arcensio, es explicable
que gozara de peor fama. Hasta regía una vaga prohibición de asistir a sus
sesiones, prohibición consiguientemente burlada cada dos por tres atraídos por
aquellos carteles de chafarrinón delicioso en los que los negros ojos
embrujados de Lana Turner o la clavícula irresistible de Ava Gardner (luego
también la de Audrie Hepburn) nos servían en bandeja el pecado de desobediencia
y tierna lujuria que hoy me emperro en valorar, a todo tirar, en tres avemarías.
Raramente iría una “niña” de las nuestras al cine Oriente, en consecuencia,
pero no era raro, sino todo lo contrario, ver salir o entrar en él “embarcados”
de rompe y rasga del brazo de fantasmales
suripantas, de esos que se hacía llevar la cena de Casa Alpresa al Bar Bristol,
en cuyo altillo o soberado un friso lucía una de las leyendas más conradianas
que yo recuerdo: “Arriba te espero”.
Habrán notado que no hablo de lo que vino después, en
especial de la revolución tecnológica que supuso el estreno de la sala “Emperador”,
pero no es olvido sino designio deliberado. Porque los cines viejos –los tres
que he citado—constituyeron la única ventana al mundo abierta ante los ojos de
aquella ciudad relativamente pero bastante confiada, en la que se contaban con
los dedos de una mano y sobraban dedos los cinéfilos de alcurnia, entre los que
no incluyo como en natural a otros frecuentadores de la oscuridad cinematográfica,
muy perseguidos entonces, y a los que la guasa local llamaba “pianistas”…
Cinéfilo cinéfilo yo recuerdo uno sobre todos: a Antonio Palma hijo, que lo era
de Palma Chaguaceda, entonces director del Instituto, de quien sólo recuerdo su
amable continente, su cordialidad expansiva y su indefectible afición al cine
que le permitió ver, según nos contaba, todos y cada uno de los estrenos
habidos en Huelva durante aquellos años. Pero ni una golondrina ni siete hacen verano, y Palma no dejaba de ser la
excepción, quizá algo extravagante, en una ciudad que vivía de espaldas al
mundo, harta de coles y dispuesta a aviárselas como pudiera con las “noticias”
radiofónicas –el “parte” decían algunos todavía—y la versión oficial de la vida.,
propia y ajena, que le suministraba el ODIEL, periódico de FET y de las JONS
tan poco preocupado por su credibilidad como sus propios (y escasos, esa es la
verdad) lectores.
Experiencias tan costeadas como la soviética o la de algunos
satélites han demostrado que no hay cine sin libertad. Cuando ya al filo de la Santa
Transición en Huelva se removían los fondos de la cultura, una de las primeras
excursiones rituales fue la que iba anualmente a ver cine a la cita festivalera
de Portimao, embrión quizá de inquietudes que fraguarían luego con mejor
fortuna en el nuestro Hispanoamericano. Pero eso es hablar ya de otra era y de otra
Huelva. Aquella en que hablar del Cinéfilo, sin más, era señalar con el dedo a
un señor que cada tarde salía de su casa de la calle del Puerto y se dirigía
incontinente al cine elegido, o en la que ir al cine constituía para la inmensa
minoría (no lo olviden: desde “Ivanhoe”, diez pesetas la butaca…) una liturgia
dominical, había quedado para entonces muy atrás, como otras muchas cosas que
teníamos, unas buenas y otras malas. Lo que acaso no era presumible entonces era
la crisis de los cines, la idea de la domesticación del cine a través de la tv
y del video, gran experiencia algo onánica, todo hay que decirlo, difícil de
comparar, sin la menor duda, con la aventura que era ir al cine con todas las
de la ley, retratarse en taquilla, comprar quizá el bombón helado al chaval del
entreacto, quedarse en el ambigú durante el NO-DO bajo la mirada censora del
acomodador, o incluso ignorar la película --ah de la vida, nadie me responde…--
perdidos en la silva amorosa y sus supremos deliquios.
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Un
descalabro histórico
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El Mundo
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Huelva Noticias
15/09/2002 |
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Permítamne que desde una posición de izquierda que sólo me podrán
regatear desde la insidia o la malicia,
haga memoria de los pródromos que conducen al fenomenal descalabro político
sufrido por el PSOE onubense ante el auto del TSJA que ha declarado inocente al
alcalde Pedro Rodríguez. Es bueno mirar hacia atrás, contra lo que dicen
quienes pretenden ocultar el pasado. En este caso, mismamente, para recordar
que Pedro Rodríguez --como tal
personaje independiente y ciertamente popular sin comillas—estuvo disponible
para el PSOE e incluso designado “in pectore” consejero de Canal Sur en
representación de ese partido que, digo yo y dirán ustedes, no le consideraría
tan ajeno y malo como ahora dice considerarle. No salió aquella operación –no
son más torpes porque no se entrenan, palabra—que, sin duda, hubiera cambiado
el panorama político en Huelva para muchos años, y Pedro Rodríguez, el
desdeñado “Rodri”, se convirtió de la noche a la mañana en una pieza clave del
nuevo conservatismo que se venía tratando de montar. El resto, ya lo conocen:
bromas sobre “Rodri”, cálculos sin base y, en fin de cuentas, enorme susto
electoral que el cisma insuperable entre las llamadas izquierdas convertía en
absoluto e irremediable. Recuerdo que le auguré al electo la alcaldía –fue
antes de su elección, en un hotel sevillano—y hasta le predije sus futuras
mayorías absolutas. Mi ventaja es que no sólo conocía a Pedro Rodríguez sino al
membrillar por el que se pasea amparado en la inepcia supina de esos hortelanos.
El PSOE onubense, tras el relevo o defenestración del tándem genuino
Navarrete/Marín, no es más que una agencia de colocaciones y ése es mal ámbito
a medida que la oferta de puestos merma hasta escasear. Así le va.
Pero vayamos a la alcaldía, que es el problema. El fracaso
estrepitoso de Ceada, tras tantas mayorías absolutas, desconcertó más a un
partido más preoocupado en ganar la pelea intestina que por el interés real de
la organización. La foto de Doñana, con González cloqueando sobre aquella
pollera rebelde, acabó de decidir la suerte de un partido que lo tuvo todo
antes de ser devorado internamente por el cáncer de la ambición. Y de ahí surgió
la idea de la “renovación controlada” y el disparate de Pepe Juan como icono de
la operación. ¿Por qué digo disparate? Porque Pepe Juan, discreto poeta,
profesor de media, lego en el oficio administrativo, ya había dado suficientes
muestras de insipidez en la delegación de Cultura y era obvio que no reunía, ni
de lejos, la energía precisa para enfrentarse electoralmente a un adversario
como Perico Rodri que es por sí solo un caudal colosal de comunicación y empatía.
Un tímido frente a un audaz, un equilibrista frente a uno que da tres saltos
mortales por sesión: esa fue la apuesta ridícula que hizo el PSOE, ya sabemos
con qué resultados.
Y bien, en ésas los estrategas del sanedrín virreinal no
tuvieron mejor ocurrencia que buscarle al alcalde ascendente las cosquillas jurídicas,
y parece que creyeron ver la ocasión en la operación salvacional del Recre y su
obligada recalificación del antiguo Estadio Municipal en terreno urbanizable
sobre el que iría un ambicioso plan de vivienda. Primer error: enfrentarse a
una operación que siempre se acogería a sagrado bajo la enseña centenaria de un
equipo que, sin duda, “es más que un club”. Segundo: tomar lo que no eran sino
criterios subjetivos --basados muchas veces (yo lo he visto y escuchado en la
tele local) en opiniones de legos-- como dictámenes legales incontrovertibles. Tercera
pifia: no abrir un paréntesis comprometedor para el alcalde sino alzarse a una
campaña de descrédito del peor tono en la que no se ahorraron calificaciones y
juicios que, personalmente, valoro como delictivos. Y todo ello flanqueado por
un “frente cívico”, una Plataforma plenamente integrada en el partido y su
estrategia, que pretendía trasmitirle a la opinión el mensaje de que Huelva
estaba siendo expoliada por el alcalde y cuatro “amigos políticos”, como decía
en su tiempo don Antonio Cánovas.
Pues bien, ni había responsabilidad penal alguna –ahora ya
no podrán ni recurrir a la que hubiera sido razonable objeción del ilícito
administrativo--; ni hay tal agresión al medio urbano como demuestra el
discreto acuerdo --¡vaya gol por la escuadra, colegas!—entre Rodríguez e
IUCA,
primero, y el PA después; ni al PSOE le quedan a estas alturas, tiempo ni energías
para mudar de estrategia e improvisar una Oposición como la gente. Se ha
perdido toda una legislatura bajo la ensoñación de que era posible destruir al
alcalde y ahora se ven sin nada en las manos. Se ha dilapidado un crédito –raro,
desde luego, en un partido que tiene en los juzgados (y hasta en las cárceles)
lo que tiene--, y sobre todo, se encaran unas municipales con un candidato de
celofán comparado con el cual hasta el fracasadísmo Ceada parece un Lenin. ¿Qué
hacer ahora? ¿Se abrirá camino la tendencia (que me consta que alienta tímidamente
en la catacumba del PSOE) de regenerar de una vez por todas la Política y
trabajar en busca del modelo que nunca existió? ¿Acaso tendrá alguien la nobleza
de reconocer la ignominia perpetrada? Ese concejal de Valverde que señalaba
hace poco a Rodríguez con dedo fiscal; ese portavoz de la Diputación de Córdoba
que defendía panza arriba a su impresentable expresidente señalando también
para Huelva; qué dirán ahora? Aún resuenan en el Parlamento las palabras del
portavoz José Caballos denigrando con insinuación directísima al alcalde de
Huelva para tapar no recuerdo que desbarre propio? Bien, ¿rectificarán ahora,
será exigible ya la buena conducta al alcalde de Valverde o la del presidente
de la Diputación cordobesa en vista de que la referencia al malo de enfrente ha
resultado falsa en Justicia? Ninguna esperanza tengo en ello. Sí es que en
Huelva, dentro del PSOE de Huelva, que no se agota en el pretorio de Barrero ni
mucho menos, no hay alguien con dignidad y vergüenza que pida explicaciones y
exija un cambio de rumbo. Algo difícil en una organización dividida hoy en un
puñado de corrientes y grupos que luchan a cara de perro por el poder. Pero
algo a lo que obliga una mínima ética progresista. Montajes como el
superproyecto urbanístico de Barrero en Punta Umbría, parado por Chaves en persona,
montañas rusas para un solo pasajero como la erigida en El Monte alrededor de
Cortijo de la Luz, junto a una aventura como ésta del fallido acoso y derribo a
un alcalde honorable rebajan al PSOE a un nivel moral más que dudoso. Algo malo
siempre para cualquiera, pero letal por definición para una fuerza que,
siquiera de palabra, siga reclamándose de la parte izquierda del arco político.
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El
Recre es más que un club
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La Ría
14/09/2002 |
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El otro día vi a Pilli por una tele local. No lo hubiera
reconocido –ni él a mí, claro—, que el tiempo y la distancia nos vuelve
invisibles, pero sí que me transportó hacia atrás como si me hubiera embarcado
en la máquina de Wells. Recordaba Pilli –ni rastro ya de aquel pelo rubio y
tieso, casi secreto bajo la máscara de los años—la temporada en que el Recre
bajó a Segunda, toquemos madera, única ocasión quizá en que un equipo haya
descendido de la máxima categoría con sólo tres negativos y después de haberle
pegado fuerte y flojo a más de un coloso. Al Betis mismo “le ganamos” aquel
año, “aquí y allí”, 2 a 0 por cierto en Heliópolis, goles de Czoka, revuelto en
la memoria con Crispi y Czabay, Álvarez y Moro, con el pobre Lora, Eli o Cuti,
un equipazo que, sin embargo, no se salvó. Ya verán como este año no nos ocurre
lo propio.
Cuando a
finales de los años 60 Manolo Vázquez Montalbán e imitadores lanzaron aquello
de “El Barça es més que un club” muchos españoles pensábamos lo mismo de
nuestros equipos respectivos. Ni les cuento lo de béticos y sevillistas, pero
había otros muchos casos, al margen de los derbis clásicos, incluido el de mi
buen amigo Ramón Ramos (que hoy dirige en Huelva la competencia), que llegó a
escribir un libro para demostrar, entre líneas, que el Granada también lo era.
Yo recuerdo que el llorado Luis Carandell se metía con Víctor Márquez Reviriego
y conmigo diciéndonos que si el Recre no brillaba lo bastante como Decano del fútbol
español era porque era un invento inglés y porque, además, tenía el nombre más
largo de la Liga, a lo que nosotros contestábamos recordándole que a su Barça
de su alma lo parió un alemán aunque ellos le recortaran luego el nombre hasta
jibarizarlo en dos sílabas. Bromas aparte, siempre supimos que el Recre era una
institución onubense de primera magnitud, en especial desde que el joven
alcalde Antonio Segovia acertó a hacerle un Estadio en condiciones que aún está
dando que hablar…
Que
hablar. Eso es lo que no han tenido en cuenta unos políticos de cortísima
visión que no fueron capaces de entender el alcance del sentimiento onubense en
torno al Recre. Es triste recordar que el disparate del alcalde Ceada de eludir
en su día el pago de un puñado de millones para saldar la deuda que amenazaba
con reunir al Decano en la sima donde ya habitaban el olvido equipos andaluces
bien destacados, acabaría por provocar, andando el tiempo, el enorme esfuerzo
que el Ayuntamiento solventó con la discutida operación urbanística de la Isla
Chica. Pero así fueron las cosas. Si me preguntan qué hubiera hecho yo –no me
lo pregunten, por favor—la verdad es que me pondrían muy difícil la respuesta
porque, ciertamente, no es difícil exponer otro orden de prioridades
municipales en el que no figurara la salvación del Recre. Pero ¿acaso habría
perdonado la ciudadanía (¡el electorado!) una dejación semejante? Pregúntense
los objetores a Isla Chica y la parroquia del “Viviendas Cero” qué hubiera
hecho un alcalde de Barcelona o La Coruña en caso de riesgo de desaparición del
Barça o el Depor. Y no hablo de un alcalde de Madrid, porque de lo que son
capaces los alcaldes de Madrid por salvar a sus equipos hablan de sobra el escandaloso
voladizo del estadio del Manzanares o la operación milmillonaria de la famosa
“esquina del Bernabeu”, que ésa sí que fue una jugada a tres banda digna de
Pepe Gálvez. Lo de la Isla Chica, ahora en serio, se puede discutir pero no es
posible descalificarlo. Si quieren una prueba, ahí tienen el silencio cómplice
o las dobles y triples ambigüedades que emplean los partidos de la Oposición municipal
–todos y cada uno-- cada vez que se ven enfrentados cara a cara con el tema del
Recre.
Total, que el Recre es más que un club: eso no hay quien lo
discuta en Huelva. Y en ese sentido, ojalá fuera posible borrar mágicamente el
berengenal contencioso en que han metido el tema entre unos y otros, de salir
ileso del cual habrá Superalcalde para la eternidad, y en caso contrario,
habría mártir para rato. Claro está que la temporada que ahora empieza añadirá leña
nueva a esa fogata, sobre todo si, como queremos y esperamos todos, el Recre de
Alcaraz –un auténtico emblema de la rebelión de los débiles—se mantiene en la
categoría de honor de manera decorosa. Hoy el Club, ciertamente, no juega en
Huelva el mismo papel que jugaba en aquel tiempo sepia dentro del que las
semanas discurrían idénticas a sí mismas y los domingos alternos celebraba el
rito antiguo de la concentración del Velódromo que, al caer la tarde, devolvía
el gentío hacia el Centro como una lenta avalancha apasionada. Pero está ahí, y
el ascenso ha demostrado con cuánta capacidad de movilización y con qué
extraordinaria fuerza emotiva. A ver qué ciudad similar iguala el número de
socios que el Recre disfruta hoy. Y ese Recre es el mismo, hay que insistir en
ello, al que otros dejaron caer cuando aún era bien fácil salvarlo, y el que
hoy está donde está: en Primera, económicamente saneado y dispuesto a ofrecerle
a Huelva en directo la Liga de las Estrellas. Eso es todo. En política los
errores se pagan como en cualquier otra actividad de la vida, pero quizá con
mayor usura. Lo que quiere decir que los aciertos se cobran, también
generosamente. Y tratándose de símbolos principales de la vida colectiva, ni
que decir tiene que a tope. El Recre es más que un club: una cosa tan sencilla
no fueron capaces de entenderla algunos de nuestros miopes políticos. Pero lo
malo es que siguen sin entenderla, a estas peligrosas alturas de la película,
los que tras ellos han tomado el relevo.
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El gran
momento onubense
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La Ría
31/08/2002 |
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Los pueblos viven sus crisis de crecimiento sin una conciencia
precisa de la experiencia. Las viven, eso es todo, ven y oyen –escuchan tal vez—el
rumor que se agita a su alrededor, notan que las cosas cambias, que los ánimos
vibran. Lo que no suelen es disponer de una perspectiva final que les permita
vislumbrar el alcance del movimiento. Paseen por nuestra provincia. Se
encontrarán con pueblos que crecen y se desbordan, es posible que sin saber muy
bien hacia dónde, quizá sin medir con precisión el alcance de la riada.
Ciudades que escapan de sí mismas, que sepultan su imagen antigua bajo un aluvión
de novedades que sustituyen el paisaje, que crecen, en definitiva, como si
acabaran de despertar de un sueño secular y llevaran prisa por lanzarse al
futuro.
Consideren el auge de la construcción, para empezar, ese
indicador radical de progreso que, con tantos y tan altos costes (“efectos
sociales no queridos del desarrollo” lo llamaban los funcionalistas de la vieja
sociología), marca sin remedio la realidad. Es toda la provincia la que crece:
desde la costa, donde el crecimiento es explosión, hasta la sierra, desde la
tierra llana a la capital, con un movimiento uniformemente acelerado que hoy
nos hace olvidar el salto de ayer, y mañana nos borrará el hodierno.
Al observador mediamente fino no se le escapará, junto a esa
auténtica revolución, la intensa actividad restauradora que vive la provincia:
nunca, vivió tanto esplendor, probablemente, nuestro patrimonio urbano. Hay
pueblos enteros que parecen nuevos, otros cuyo perfil clásico se afirma
precisamente sobre novedades pasajísticas terminantes, alguno, en fin,
lastimosamente perdido bajo la escombrera incívica que dejan tras de sí la
especulación y la incuria. Pero compárese el aspecto general de la provincia
tras el último cuarto de siglo con la imagen anterior, tan conservadora, tan
adormecida. Poca variación encontrará en esa comparación quien mire hacia lo
que vio en su día Pascual Madoz o lo que describió mucho después –al filo de la
última década del siglo pasado—Rodrigo Amador de los Ríos, posiblemente el más penetrante
retratista de la realidad onubense tradicional. Poca diferencia se encontrará
entre un paisaje y otro, descontados los cambios de superficie. Cuando dispongamos
del retrato onubense contenido en el Registro del marqués de la Ensenada (¡qué
buena -y fácil- tarea para nuestros investigadores universitarios!), veremos lo
poco que, en el fondo, cambia nuestra vida a lo largo de casi tres centurias y
con qué reposado ritmo lo hace. Leyendo los que tiene bosquejados Manuel José de
Lara sobre nuestro interesante XVIII puede verse, igualmente, hasta qué punto la
vida de Huelva escapó apenas, bajo las Luces, del plano vegetativo, y lo mismo
podría comprobarse de asomarnos al panorama del extenso periodo románticol, la Restauración y la Regencia, tan simétrico
de la vida onubense que no empieza a cambiar hasta el umbral de la democracia y
explota en los últimos años, sin detenerse siquiera en la crisis actual.
Cuando se escriba esta historia con perspectiva suficiente
hemos de ver el papel decisivo que en estas transformaciones ha correspondido a
la iniciativa agraria, y en concreto, a la introducción entre nosotros de las técnicas
de explotación intensiva, sobre todo en la amplia zona costera. Ese “oro verde”
es el gran revolucionario de la economía provincial aunque relumbre más, al
menos de momento, el metal de la promoción turística, verdaderamente llamativa
desde Ayamonte hasta Doñana. Pero hoy es fácil advertir que el cambio onubense desborda
esos ámbitos, con sólo ver que en el mismo pueblos –y hay más de uno--, junto a
esas promociones gigantescas, se remueve ya la tierra para construir vastos
complejos comerciales o polígonos para la industria. Huelva está cambiando en
profundidad, qué duda cabe, aunque sea una pena que, en muchos casos, el valor
añadido de tanta actividad nueva no se quede dentro de su alfoz sino que se marche
fuera, como muestra, entre tantos casos, la reciente merienda de negros
acaecida en el Monte –y “Caja de Ahorros de Huelva”, aunque no lo parezca—con ese
negocio crucial de “Cortijo de la Luz” para el que han invitado --¿quién, cómo,
a cambio de qué?—a “bajarse a Huelva” como quien se baja al Moro, con una enjoyada mano negra detrás y otra de sólo 10
millones delante, concediéndole un misterioso crédito de miles de millones para
que saque el negocio de Huelva y se lo lleve a dónde convenga más a otros.
Pero más allá de este inciso, hay que decir que no
tiene sentido, a mi juicio, sin embargo, anotar cambios de tanta profundidad como
la de los descritos, en el haber de los partidos políticos. Lo que ha sucedido
y está sucediendo en Huelva hasta convertirla en la provincia más dinámica,
probablemente, de la comunidad autónoma, se debe más a un impulso colectivo que
a ninguna iniciativa política concreta. Ya digo que los pueblos viven
colectivamente y sin consciencia estos momentos de vitales de sus biografías, y
no hay más que observar lo que en Huelva ocurre desde hace años para comprender
que tan feliz despegue se ha producido, en la mayoría de los casos, no gracias
a los políticos sino a pesar de ellos. ¿O vamos a creer, en serio, que al
progreso disparado de Huelva contribuye poco ni mucho una fantasmal oficina montada
por la Diputación en Bruselas, a la que le faltan siglos para llegar a “lobby”
y le faltan segundos para convertirse en auténtico “pisito” de sus barandas? No
creo, francamente, que tal discusión merezca la pena ni una letra más. Hoy
querría más bien reservarlas todas para acogerlas a sagrado bajo el acento
amable de la conciencia de progreso. Que Huelva va embalada –a pesar de los
graves problemas pendientes y de tantas carencias seculares-- no lo niega ya más
que la mala fe. Y en esa constatación le doy al César lo que es del César, pero
me gustaría dejar bien claro el papel de la muchedumbre silenciosa que rodea a
escribas y fariseos sin una conciencia demasiado clara del milagro que está
ocurriendo a su alrededor.
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Disparatario
de verano
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Diario El
Mundo
29/08/2002 |
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En el
pueblo de Buñol, treinta mil personas se arrojarán unas a otras, no me
pregunten por qué ni para qué, ciento
veinte mil kilos de tomates maduros. Es una noticia como otra cualquiera, a la que
no faltará quien atribuya interés etnográfico, junto a la que se anuncia la
lapidación de la nigeriana para cuando termine de amamantar a su hijo
adulterino o la vuelta al redil del arzobispo Milingo, triunfo pírrico de los
vaticanistas tras el supremo éxito que ha supuesto la bendición que el
arzobispo de Cuba le largó en público al propio Castro a petición de la esposa
del alcalde de Tampa. En el disparatario estival no chirría más de lo
inevitable el argumento batasuno que proclama ajena a Euskadi la “ley española”
como si la legitimidad de Otegi y compañía viniera de alguna fuente que no sea ésa.
No más, desde luego, que la promesa de “amistad eterna” formulada por Bush a la
tiranía saudí en plena desbandada de los aliados de las guerras iraquíes o que
la ampliación de las instalaciones de Guantánamo decretada como réplica a la dura
y justiciera sentencia de Cincinnati que condena lo que en aquella base está
ocurriendo. Cambiemos de tercio.
Un inocente es puesto en libertad tras diecisiete años de
prisión una vez que su ADN resultara incompatible con el verdadero e impune
criminal, mientras en España un desalmado achicharra a su mujer con salfumán,
otro la liquida de tres navajazos (tras once inútiles denuncias, por cierto) y
un tercero le aplasta la cabeza con una machota de obra. ¿Ustedes saben lo que
es una machota de obra? Pues dadas las circunstancias, si no lo saben, mejor.
Ahí al lado, en Marruecos, los feudales recurren de nuevo al arma secreta de la
inmigración y nuestras playas se pueblan de cuerpos muertos o desmayados, lo
cual no es nada comparable, si bien se mira, al infierno que viven seis
millones de chinos seis, amenazados por las aguas desbordadas. Y en fin, la
perla: el rey de España visita al rey de Arabia en Marbella el mismo día en que
sus visires despiden a cuarenta empleados por miedo a la Inspección de Trabajo,
que ya hay que ser pusilánimes. Menos mal que las mañanas refrescan ya lo suyo,
para desesperación de hoteleros y bañistas, pero también en auxilio de la mayoría
de secano. El verano tiene estas cosas. Quizá por eso el rey de España ha
escogido esta fecha para bajarse al moro. Si se acabara de demostrar alguna vez
la implicación saudí en el terrorismo islámico, lo va a tener difícil para
justificar tanta cortesía.
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La
cabeza del carnero
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Diario El
Mundo
28/08/2002 |
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Es
difícil el equilibrio entre el poder democrático y la tiranía de la opinión. Es
lo que trata de subrayar Plutarco cuando insiste en que Pericles no se plegaba
a los caprichos del pueblo sino que trataba de acercarlo a sus propias ideas,
educándolo al tiempo que elevaba sus miras. No se discute el fondo elitista,
dirigista, de ese comentario, pero la verdad es que no deja de ser sugestivo
contemplado desde este presente en el que tan clamorosamente el Poder gobierna
atento en exclusiva a los dictados de la opinión, con frecuencia transformada,
de modo literal, por su vertiente más asequible, en proyecto de gobierno. Gobiernan con las encuestas del CIS en
la mano, eso es todo, y por eso nada tan explosivo en la vida política como esa
dinamita sociológica que todos y cada uno han tratado de controlar y hay que
suponer que han acabado controlando.
Lo malo es que la Opinión, cuando no se funda en el rigor, igual
aplaude a Jesús que a Barrabás. El propio Plutarco refiere que cuando un charlatán
vio en la cabeza de un carnero unicornio regalada a Pericles la señal de su triunfo
sobre su adversario Demóstenes, el pueblo le aplaudió con la misma intensidad
con que antes había jaleado al sabio que supo ver en el prodigio una simple
aberración de la naturaleza. Otro comentario elitista, qué duda cabe, pero tan
puesto en razón que no resulta difícil hallarle situaciones similares veinticinco
siglos después. El Poder dispone hoy de una enorme capacidad de reconocer el
deseo y la opinión de la gente, y no cabe duda de que no sólo es legítimo sino
que es necesario aprovechar una información tan reveladora para servir, en lo
posible, a esa vaga entidad rousseauniana que llamamos voluntad general. Lo que
ofende a la lógica democrática es utilizar el conocimiento de la opinión para
manipularla en todos los sentidos, incluyendo el de complacerla demagógicamente
con concesiones indebidas. La industria de la sociología lleva ventaja sobre la
ciencia política, en todo caso, y con toda probabilidad aumentará esa ventaja
en el futuro, por lo que no resulta aventurado conjeturar que cada día el gobernante
dispondrá de más información sobre lo que se quiere que haga y, en consecuencia,
verá disminuida en proporción su genuina libertad de criterio. Cierto que, como
a Pericles, le quedará siempre la posibilidad de atenerse a su conciencia y
resistir frente a la arbitrariedad a base de pedagogía, aunque a su alrededor prosperen
y crezcan los que gobiernan con cabeza de carnero.
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La gran
fuga
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Diario El
Mundo
23/08/2002 |
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Más de mil vuelos parten cada día del aeropuerto de Barajas
y otros tantos recalan en él. No es imprescindible que se acierte en el
cálculo, pero resulta fácil extrapolar esas cifras a los de Nueva York, Londres
y cincuenta ciudades más para imaginar la magnitud de esta fuga colectiva. No
hemos de tardar en reconocer que el fenómeno colosal del nuevo siglo no es
tanto la emigración, como suele repetirse, sino el turismo que cada año crece
–incluso en años críticos como éste— un poco por todas partes. No es nuevo el fenómeno, lo nuevo es
su dimensión: la democratización del viaje, que es cosa bien reciente. Paul
Morand entrevió esa explosión al filo de los años 30 para reafirmar sus intuiciones
treinta años después en un libro que ya es clásico y en el que el escritor, que
aún alcanzó a vivir los “séjours” de la vieja sociedad europea, no dejó de
recoger los tópicos más acreditados del género: el de Goldoni, “Está lleno de prejuicios quien no ha viajado”, el
de Disraeli, “El viaje enseña tolerancia”, el de Voltaire, “El viajero no ve
más que la fachada del edificio”… Pero en el tiempo de esa segunda edición,
España no recibía aún al año más que nueve millones de turistas e Italia veintiuno
y, por descontado, salían muchos menos. A juzgar por el overbooking de hoy día
y de conformidad con los sabios criterios citados, pues, este pueblo nuestro
debe estar ya, seguramente, entre los más sabios, avisados y abiertos del
planeta.
Mucha gente ha notado la diferencia entre el viaje clásico o
el romántico, y el rito actual del turismo masivo. Antes se preguntaba cómo se
las compondrían aquellas primeras muchedumbres para orientarse y vivir en el
extranjero, desde luego sin la vasta estructura de apoyo de que actualmente
dispone el viajero. Pero la gran pregunta es cómo ha podido transformarse en
esta liturgia tan convencional una experiencia que durante siglos tuvo más de
iniciática que de cualquier otra cosa. Incluso el turismo “cultural” (ya saben,
el sofá de Freud en Viena, el sillón de Stalin en Postdam o el balconcillo de
Julieta en Verona) carece hoy de la imprescindible dosis de emoción que hacía
del viaje una vivencia distinta, reducido como está a puro mecanismo de escape.
Ya no se busca. Al contrario, hoy “se viaja para mirar, para oir, para olvidar,
para no ver”. Cunetan que el cartógrafo Cosmas entró en religión al volver de
su viaje, y que Merimée o el reverendo Townsend no fueron los mismos tras
viajar por España. Hoy sólo se huye. Morand llamaba a eso “la migración
continua”, pero ahora sabemos que se trata más bien de la fuga universal.
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Atados
al nogal
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Diario El
Mundo
21/08/2002 |
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El noventa y siete por ciento del Parlamento español que apoyará
la ilegalización de Batasuna recibirá un apoyo masivo por parte del pueblo.
Acierten o se equivoquen, pues, por una vez los diputados llevan el mismo paso
que los ciudadanos y eso le presta a la ocasión un significado especial. Por
eso precisamente están de más las palabras del presidente Bono pidiendo para la
banda un trato “legal e inmisericorde que termine con la banda criminal, sin
ningún tipo de complejos, como se ha acabado con el IRA, con las Brigadas Rojas
o con la Baader-Meinhof”. También Bono conecta, cabe suponer que
conscientemente, con una parte importante de la opinión que clama por la
venganza de la sociedad, pero con su deplorable ocurrencia demuestra que no
estuvo en la puerta de la cárcel de Guadalajara porque creyera inocentes a sus
compañeros condenados por secuestro sino porque respaldaba su crimen. Lo
ocurrido con la banda alemana fue otro crimen abyecto. Escuchar a un presidente
esa defensa del método produce la mayor repugnancia aunque arrime votos.
Se quedarán fuera de esa casi unanimidad IU, definitivamente
aislada en el contexto político y dispuesta, al parecer, a la autoliquidación,
con un pie dentro y otro fuera CiU y, naturalmente, el PNV de Arzálluz, el
mismo que dijo que en el huerto vasco regía una revolucionaria división del
trabajo en virtud de la cual unos movían el árbol y otros recogían las nueces,
cosa que, por lo demás, pocos españoles ignoraban. La iniciativa de ilegalizar
a Batasuna ha tenido, de momento, esta virtud clarificadora y en adelante no
cabrán racionalizaciones ni monsergas sino que todos sabremos dónde está cada
cual en esta guerra infame. Al PNV lo parte por el eje una medida que lo fuerza
a situarse donde siempre estuvo pero a la vista de todo el mundo, y que permitirá
ver acaso que quienes han hecho su negocio político de recoger esas nueces
sangrientas no andan libres bajo el nogal sino que viven atados a él. Arzálluz
no puede hacer otra cosa que votar contra la ilegalización, diga lo que diga la
inmensa mayoría, sencillamente porque su presencia política resultaría
insignificante sin el respaldo del terror. Lo que ahora se le acaba, en todo
caso, es el lucrativo juego del bueno y el malo, ese equívoco que ha mantenido
atada a la democracia española a ese otro árbol en el que florece la inútil corrección
política. Es una lástima que Bono invoque los fantasmas más negros del pasado
con su tenebrosa propuesta. Lo de Arzálluz es normal. A ver qué quieren que
haga frente a un ataque el Terror alguien que vive desde hace decenios en la
cara oculta de esa luna.
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La almoneda
secreta
|
Diario El
Mundo
16/08/2002 |
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Hace poco
aparecieron por casualidad en Estepona, dentro de un contenedor de basura, unos
cientos de expedientes clínicos. La alcaldesa del pueblo costasoleño, que es
del PP, se apresuró a dar una rueda de prensa criticando acerbamente al responsable
autonómico, que es del PSOE, y éste reaccionó cargando contra aquella con el
argumento de que lo que tenía que haber hecho era ir directamente al Juzgado
--¡aviado hubiera ido él si la otra llega a ir!—en lugar de darle tres cuartos
al pregonero. Los expedientes puestos en almoneda se referían a circunstancias
tan delicadas como la condición de enfermo de SIDA o de paciente esquizofrénico
de sus titulares, razón por la cual el responsable del PSOE --y de su custodia,
ojo-- amagó con querellarse con la alcaldesa del PP para, finalmente, liquidar
el asunto de la manera más llanamente salomónica: empaquetando a la limpiadora
responsable material del desaguisado, solución que la querellada interpretó, a
su vez, como una demostración de parcialidad a favor de los fuertes del sistema
y abuso de fuerza sobre los más débiles. Así están las cosas cuando se las
cuento.
Cualquiera
que se asome al BOE o a las gacetas de las taifas autonómicas estará familiarizado,
seguramente, con los frecuentes compromisos de gasto justificados por la autoridad
como imprescindibles para la custodia de datos sensibles. Hay incluso una
Agencia nacional creada para garantizar esa protección y una buena colección de
disposiciones normativas que velan por conseguirla, de donde deduzco que habrá también
una legión de servidores públicos cuyas nóminas se libran con el mismo fin. Y si embargo, cuentan y no acaban sobre la
precariedad del secreto bancario, lo inseguro que resulta el sencillo acto de pasar
la tarjeta de crédito por la “bacaladera”, sin contar con la posibilidad de que
la historia clínica del más pintado pueda acabar en un contenedor y, lo que quizá
es peor, en manos de una alcaldesa o de un consejero. Es posible que esta
realidad no tenga ya remedio y que debamos resignarnos a ver eventualmente nuestra
intimidad en almoneda a poco que estorbe a una limpiadora o, por qué no, en cuanto
convenga a alguien con larga mano. El streep tease forzoso ante Hacienda no es
nuestro único “pase”. Hasta es posible que en este teatrillo acabemos desnudos
en sesión continua.
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La
yenka episcopal
|
Diario El
Mundo
14/08/2002 |
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En un mismo día, monseñor Rouco, cabeza jerárquica de la
Iglesia católica española, se ha mostrado partidario de la ley de Partidos y
consiguiente ilegalización de Batasuna, y ha rebajado su “ejército de
reserva” hasta dejar en ocho de cada diez el 90 por ciento en el que
tradicional y retóricamente se venía calculando la feligresía nacional.
Sabido es que la Iglesia no avanza en línea recta sino en zigzag, lo que
excluye la necesidad de explicar la contradicción entre el primero de
esos pronunciamientos y la opinión reiterada de los obispos vascos nunca
corregida en serio por esa jerarquía. En cuanto a lo segundo, hay que
aplaudir el gesto de realismo que el propio prelado subraya al admitir que
de ese ochenta por ciento, al menos la mitad de los católicos españoles
no sigue la doctrina de Cristo, lo que no deja de resultar estupefaciente
para los observadores externos. Claro está que tanto la cifra como la
actitud de ese rebaño hace tiempo que viene siendo cuestionada desde
dentro igual que desde fuera de la Iglesia por quienes observan el
progreso constante de la secularización experimentada por nuestras
sociedades. Sería infantil, por ejemplo, cerrar los ojos ante el fracaso
estrepitoso de la moral sexual impuesta por la tradición, a la que la
inmensa mayoría de la gente y, en especial, de la juventud, se considera
enteramente ajena, aunque el cambio profundo excede con mucho de ese
terreno concreto. Tanto es así que desde dentro de la propia vivencia
católica se viene hablando hace tiempo de “el cisma silencioso” que,
de hecho, atraviesa la experiencia católica.
Vaga esperanza supone, desde luego, la que Rouco deposita en el auge de la
religión popular cuya trayectoria se dibuja igualmente en dientes de
sierra (el de la Semana Santa, pero no sólo él), subiendo y bajando en
la estimativa pública según los tiempos. Y más vaga si cabe –aunque
tal vez forzosa—la alianza declarada con los sectores más
reaccionarios, esos “nuevos carismas” (el Opus, los “Kikos” y
demás) que tan fortalecidos van a salir del pontificado actual. Lo que no
ha olvidado Monseñor es el tic antiliberal, si no en la línea de “El
liberalismo es pecado” del bárbaro Sardá Salvany, en claves hodiernas
bien poco realistas. Ya veremos cuando hagan una encuesta de verdad y se
enteren del porcentaje real de católicos que todavía se atienen en
España a la exigencia tradicional. Pero mientras tanto habría que
preguntarle a Rouco por qué conceptúa como católicos a esos cuatro de
cada diez que él mismo reconoce que no siguen la doctrina de Cristo, en
lugar de admitir que el vuelco decisivo que estamos viviendo exigiría una
revisión a fondo tanto del substrato mítico como del montaje canónico.
No habrá remedio para sus cuitas si se decide a hacerlo por más bullas
que se arremolinen a las puertas de la Macarena.
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Las
manos de Baal
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Diario El
Mundo
09/08/2002 |
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Un historiador poco riguroso pero gran viajero, Diodoro de
Sicilia, dijo que había visto en Cartago una estatua de Baal en cuyas manos inclinadas
los propios padres depositaban a sus hijos para que cayeran a la hoguera
sacrificial en honor del dios. Entonces y después esa fiera liturgia se ha
repetido en ocasiones innumerables, ciertamente en todas las latitudes, y hay
que decir que en ella el niño y la mujer han llevado siempre la peor parte,
como atestiguaban ya las tajantes prohibiciones del Levítico. Los antropólogos
han censado la costumbre de quemar viva a la mujer en cuya espalda luciera un
lunar, en diversas culturas que consideran ese accidente como una seña diabólica.
Pero quizá ningún caso tan conocido como la costumbre india de echar va la
viuda a la pira funeraria del marido, ritual casi en desuso que ahora, al
parecer, se estaría “recuperando” avivada la llama por el soplo integrista que
recorre el mundo. Esta misma semana una mujer ha sido quemada viva en pueblo
hindú ante mil espectadores que animaron sin descanso al propio hijo de la víctima,
encargado de prender el fuego por una tradición arraigada en el culto a la
diosa Sati. El largo trecho que nos separa de Diodoro parece encogerse ante esa
barbarie. Tanta hazaña cultural y tecnológica nos vale de poco a la hora de
enfrentarnos al fantasma ancestral.
Alguien ha escrito hace poco que habría que plantear sin
tardanza el derecho a la injerencia que asiste al mundo democrático frente a
situaciones “culturales” que implican irreparable daño para los derechos
fundamentales de la Humanidad. ¿No invadimos Yugoeslavia desde el aire y nos
quedamos tan tranquilos? Pues a ver qué podría impedir extender esa lógica de
manera que sirva de contrapeso al prejuicio, tan generoso como pánfilo, que
impone la observancia fanática de la “multiculturalidad”. Nada tiene que ver el
respeto a la diferencia con la inhibición ante la barbarie. A India, por
ejemplo, una democracia en teoría, debería exigirle la comunidad internacional
que se plante ante prácticas tan aterradoras como la quema de viudas, la venta
de niñas o la mutilación de mujeres. El hijo de la última desdichada ha sido
detenido. Bien, ¿ y qué? Dos bárbaros responsables de un delito semejante
fueron absueltos no hace mucho por un tribunal, a pesar de que podían haber
sido condenados a muerte. Lo mismo que absolverán a este parricida entusiasta. Dicen
que a esos suplicios asisten muchedumbres ante las que la policía resulta
impotente. A muchos nos parece que mantenerse al margen de esta locura no es escrúpulo
sino complicidad.
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Veinte
años después
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Diario El
Mundo
"La Red", 07/08/2002 |
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Otro verano con la avioneta de Rumasa sobrevolando nuestras
playas: “Rumasa, 20 años sin justicia”. La avioneta de Rumasa es ya un elemento
del paisaje estival, un icono de nuestro raro indigenismo que los turistas
retratan para enseñarlo en su tierra sin saber muy bien de que fue el timo.
Como no lo saben, a estas alturas, los españoles, porque no existe mejor
estrategia para la amnesia que la dilación. ¿Quién se acuerda a estas alturas de Sotillos anunciando la
aurora roja de las expropiaciones? ¿Quién del circo desesperado de Ruiz-Mateos
ante el Tribunal Supremo o de la escena Boyer emergiendo de la tarta? Poca
gente. Boyer hoy, según dice, anda muy preocupado con la filosofía de la
ciencia, en la que navega arrimado a la caña de Popper, y definitivamente
lejano de la greña política. Solchaga anda en sus negocios, a ver. Los jueces,
es verdad, han dado la razón a Ruiz-Mateos incluso en ese Supremo al que él
denostaba, pero parece obvio que nadie en el Estado está por la labor hacer
frente una indemnización que resultaría confiscatoria. Pero, sobre todo, nadie
se acuerda de lo que se hizo con Rumasa, a pesar de que en las Actas del
Congreso puede leerse la afirmación de Julio Anguita de que “si alguna vez se
investigase esa reprivatización, estaríamos ante la bomba de los mil megatones”.
¿Quién se acuerda, pongo por caso, de que Galerías la compró
un amigo del Poder, Cisneros, en 600 millones para revenderla tres años más
tarde, al parecer en 30.000, a los ingleses de Mountleigh? ¿Quién de la
fabulosa historia de un paracaidista llamado José Ferrer que llegó a preguntar
desnortado en Patrimonio si pagaba al contado ¡las 350.000! pesetas por las que
logró hacerse con los “cavas” del grupo expoliado (Segura Viudas,
Castellblanch, Condes de Caralt, entre otros)? ¿Y de la penosa venta de la próspera
Loewe al grupo Louis Vuitton, al parecer mediando la Preysler, ignoro si
gratuita o profesionalmente? ¿Y del pelotazo que dio Marcos Eguizábal al
quedarse , en plan rebajas, con las bodegas jerezanas de Ruiz Mateos, incluida
la de su padre? Estos días se habla de la Dehesa de Monteenmedio, la finca
expropiada que acabaría en manos de otro amigo de González, Antonio Blázquez,
cuyo emporio hotelero ilegal ha mandado derribar el TSJA estos días y en cuyo
interior dicen que se exhibe alguna escultura obra del expresidente. Veinte
años sin justicia y los que le quedan. Déjenme que recuerde a Jules Renard diciendo
aquello tan gracioso de que “la Justicia es gratuita, pero por fortuna no es
obligatoria”. Menos mal.
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Bajarse
al moro
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Diario El
Mundo
"La Red", 02/08/2002 |
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Ninguna sorpresa ante la explosión colérica del sultán
marroquí. Previsible tras el ridículo de Perejil era la búsqueda de la excusa,
previsible también la ampliación del contencioso a Ceuta y Melilla. Enteramente
previsible, en fin, el recurso al Sáhara como moneda de cambio en este
cambalache. Este Rey no es su padre, como parece que su padre se encargó de
recordarle -–ay, padre Freud—durante toda su vida, ni tiene el sentido de la
medida que es la garantía de todo provocador. Mala cosa. Y encima va el
Tribunal de Estrasburgo y le vuelve la espalda en su demanda contra el periódico
Le Monde que había reflejado en su portada el informe del Observatorio Europeo
de la Droga en el que se relacionaba directamente a la familia real con el
supernegocio de la grifa, ese secreto a voces por permitir que se divulgara el
cual venía siendo perseguido gravemente un periodista español, José Luis Gutiérrez.
Mala racha, la de Mohamed, al que por fin han debido limitar sus tradicionales
cómplices, esto es USA y Francia. La decisión de la ONU de volver al viejo plan
de referéndum en el Sáhara ha venido a rematar esta secuencia de adversidades
que tanto habrán agriado al Rey las alegrías de su fastuosa boda. Por eso es
normal que explote, la criatura, y que reclame territorios de cabo a rabo del
mapa, acusando a España por su espíritu agresor y su colonialismo. Quizá es su último
cartucho en un país que cruje sordamente desde hace tiempo.
Lo que tiene guasa es el tratamiento que se le da a los sultanescos
caprichos desde el llamado “Mundo Libre”. El plan, fracasado al parecer, de
anexionar el Sáhara a Marruecos con la fórmula autonómica, por ejemplo, como si
el régimen marroquí ofreciera la mínima garantía democrática que la autonomía
implica. O la ocurrencia de organizar la vasta campaña de ilusiones vanas en
torno a la democratización que, bajo el paraguas de la Internacional
Socialista, decían que iba a traer el sátrapa. Algunos sectores de nuestras sedicente
Izquierda deberían aceptar de una vez que Marruecos es una tiranía medieval y
que una evolución espontánea de semejante régimen no se concibe. Ni con
nacionalistas ni con “socialistas” autóctonos que, entre otras cosas, cierran
la prensa libre y se oponen con sus votos a la igualdad entre hombres y
mujeres. La esperanza blanca era un espejismo. En Marruecos lo sabían de sobra
mucho antes de que estallara el polvorín real.
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Quince
hectáreas
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Diario El
Mundo
"La Red", 27/06/2002 |
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Pocas páginas tan absurdas como las que recogen la crónica
de nuestras guerras con Marruecos. Pocos errores tan irreparables como el de
desangrar un país por defender aquel absurdo. El día en que Franco decidió
abandonar Marruecos puso al descubierto el vacío que ocultaba la vieja tramoya
patriotera, trampolín de “espadones”, ruina de todos y tragedia de muchos.
España se fue de Marruecos y nada ocurrió, al menos en España, aparte de
comprobarse la artificialidad del conflicto colonial (o imperial, como aún se
decía entonces). Luego, en todo caso, las cosas han cambiado mucho, demasiado,
sobre todo desde el momento en que Marruecos lograra convertirse en el peón de
confianza de los EEUU en la zona y, subsidiariamente, en el protectorado
informal de Francia. Incluso en Cánovas hay páginas clarividentes sobre el peso
muerto de Marruecos sobre aquella metrópoli panoli. Y, por supuesto, en toda la
“inteligentsia” que vino detrás. El conflicto con Marruecos no fue más que un
montaje de financieros y militares que, como siempre, pagaron los de abajo. Cuando la sociedad
española empezaba ya a pensar por cuenta propia, Franco se apresuró a liquidar
su propio chiringuito. Hoy esta sociedad ni recuerda aquellas guerras.
¿Utilizar la fuerza para recuperar quince hectáreas baldías
que hasta ayer nadie conocía ni de nombre? Vamos, hombre. Aparte de que la opción
por la paz es indivisible, la insensatez empieza en el mismo dilema, porque
nada más insensato que responder a una provocación tan banal como
insignificante. Supongo que no soy el único en negarme en redondo a entrar en
el juego de la tiranía alauita. Bastante tenemos ya los españoles con soportar
que el Jefe del Estado llame “hermano” al sátrapa y aguantarle al sátrapa –con gran
contento, por cierto, de quienes anteponen todo a la oposición al Gobierno—que burle
las más elementales reglas de la diplomacia y del derecho internacional,
mientras el capital español invierte en la penumbrosa economía marroquí el
dinero que suplicamos a los inversores foráneos que metan en la nuestra. ¡Pero
recurrir a la fuerza para “liberar” quince hectáreas! Lejos queda hoy el “discurso
de los huevos” que tanto contribuyó a la fama de ingenioso del dictador Primo
de Rivera. Afortunadamente. Y más lejos si cabe el patriotismo tanático de Millán
Astray. Más afortunadamente, si cabe. No creo que haya un solo español juicioso
que, de verdad, arrebatos aparte, piense siquiera en devolver ese golpe a los filibusteros.
Lo suyo sería que USA, que es el avalista, zanje el ridículo contencioso. O que
la OTA reclame ante esta agresión a uno de sus miembros. El Moro tendrá que
buscar agravios mayores. Diez hectáreas, francamente, no dan para más.
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Obtuario
Antonio Burgos Carmona
Decano de los sastres de Sevilla
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Diario El
Mundo
Sevilla, 27/06/2002
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Sólo la muerte ha podido separar a don Antonio Burgos
Carmona, maestro de la sastrería sevillana, del establecimiento frontero de la
Catedral en el que ha permanecido, al pie del cañón, durante setenta años. Ni
siquiera su larga y penosa enfermedad consiguió distraerle de unas obligaciones
a las que, desde hace mucho tiempo, sólo el sentido del deber y la enigmática
gravedad de la vocación lo mantenían unido, más allá de cualquier necesidad y
sobradamente cumplido el ciclo de su vida.
Este sevillano genuino había nacido, sin embargo, en El Viso
del Alcor a mediados del primer tercio del siglo pasado, comenzado sus trabajos a los siete años,
como aprendiz de sastre en los Almacenes del Duque, y luego como oficial en los
talleres de los maestros Santos y
O’Kean, hasta abrir taller propio y establecimiento de confecciones al que su
esposa, doña Pilar Belinchón Olivares, mujer adelantada a su tiempo en la
entonces rara actividad empresarial femenina, añadiría luego una nueva
actividad, la zapatería, prolongada hoy por sus dos hijas, Pilar y Fina Burgos
con éxito reconocido.
Apasionado de las tradiciones sevillanas –mucho debe,
seguramente, a esa pasión el talante y la obra de su hijo, el escritor Antonio
Burgos--, este decano de los alfayates de la capital andaluza se asomó
ocasionalmente a la política, en representación gremial de los sastres,
formando parte del Ayuntamiento de Sevilla durante los mandatos de Félix Moreno
de la Cova y Juan Fernández, manteniendo vivas sus devociones de por vida como
hermano de la Sacramental del Sagrario o de la Pura y Limpia del Postigo, así
como de varias cofradías, en dos de las cuales, la del Baratillo y la del
Cristo de Burgos, ocupó cargos en las juntas directivas. Constante aficionado a
los toros, don Antonio figuró también en la nómina más vieja del abono
maestrante, y mantuvo una intensa relación con el mundillo taurino en el que
ayudó a mucho novillero en sus comienzos y ejerció durante años como “sastre de
paisano” de no pocos matadores españoles y mexicanos.
Al final de sus días, agraviado ya por la enfermedad hasta
la invalidez, don Antonio mantuvo inalterados sus hábitos y el ejemplo de un inusual
sentido de la hidalguía raramente compatible con el más rabioso sentido del
trabajo. Deja tras de sí una amplia y reconocida familia, presente en muy
diversos estamentos sevillanos aunque ahora también acreditada fuera de nuestra
tierra por el esfuerzo de unos hijos que deben a aquel matrimonio que ahora,
finalmente, se extingue, su especial concepto de la vida.
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Jota
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Diario El Mundo. Huelva Noticias
Suplemento del 06/06/2002 |
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Huelva de los 40, de los 50. Hablamos de una ciudad de 50.000 habitantes,
cuatro parroquias, un Instituto, cinco o seis colegios, cuatro salas de cine y dos de
verano, dos cabarets, dos emisoras de radio y un periódico. Un paseo diario, la calle
Concepción, y unos rituales de domingo -misa de ocho o de once, vermut en el Bar
Onuba,
en el Pelayo, en el Bar Las Palmeras-rígidamente reglamentados. Los añicos de la
opinión se concentran como atraídos por el magnetismo de lo oficial, sin perjuicio del
libre pensamiento y la guasa también libre pero semisecreta. Un periódico, digo. Y en
él, todos: desde Octavio y Bélico a don Juvenal de Vega, desde José María
Segovia a Alberto Luís Pérez, con don Eduardo Fernández acercándonos a la intimidad
del doctor Marañón y deslizando pullas juanistas, Pepe Contioso acarreando incansable
sus citas literarias y defendiendo a Juan Ramón de quienes quemaron su obra y de quienes
le trataban como poeta de arte menor, Diego José Figueroa, el poeta que con
sus aleluyas clavaba por la cabeza las mariposas de prestigios y menosprecios
Me olvidaré de muchos, seguro, pero no de Jota. Jota, Francisco Jiménez, era El
duende de la Placeta y fue el malogrado gran columnista que consiguió que en Huelva
el periódico -tan previsible, tan amañado-- se empezara a leer por su recuadro que
llevaba la materia caliente de la vida de la ciudad, el pulso percutiente de la actualidad
de la calle, el misterio real o elaborado de las céntricas noches de verano, deambulando
entre Concepción y la calle Marina o aledañas, territorio del periodismo activo y de la
golfemia, pero también el color del día por los barrios, el rumor de los despachos y
hasta el hablilla tabernaria. A Jota lo leían de mañana en la oficina, a mediodía en la
barra o la mesa del bar, de sobremesa en el butacón de casa, a la caída de la tarde,
cuando levantaba la marea, en los balcones refrescados y en las sillas de enea plantadas
en las puertas de las casas, lejanas casas entonces de San Sebastián, de la Isla Chica,
de Las Colonias camino de Cardeña.
No exagero. Jota era la Opinión en una sociedad amputada. Y él la recreaba
indefectiblemente con el humor, es decir, articulándola artesanamente en esa trastienda
de la inteligencia hacia la que todos meten el ojo pero en la que pocos caben por derecho
propio. ¡Que gracia tenía, el tío! Me parece que estoy viendo a mi padre junto a una
ventana, apurando el instante previo del almuerzo -tiempo supremo de la familia, aromas de
cocina, quizá el olor del pargo o la corvina fritos, el adobo acaso, disparando las
glándulas-y riendo con las cosas de Jota que eran anécdotas magistralmente elevadas a
artículo, literatura fresca y primores de lo vulgar, como diría Azorín, con un fondo de
Diario Hablado, que ésa era otra, la doctrina forzosa, la realidad forzada,
el trágala diario aceptado finalmente con indiferencia.
A Jota, en cambio, lo leían con interés, lo buscaban ávidos, le celebraban los
donaires, lo comentaban en la oficina o entre los amigos. Humor amable aunque afilado, sal
nunca gruesa, crítica menor para una opinión menor, a aquella columna encaramaba a la
fuerza igual al Gobernador que al tabernero, lo mismo al personaje que al popular, en un
hábil aunque costoso empeño de hacer política imposible a base de un posibilismo
estudiado y guasón. Yo sé que sus hijas conservan esa crónica preciosa que hoy,
reeditada con cuidado, nos asomaría de bruces, amable y finamente, a aquella Huelva
perdida en la memoria y borrada del PGOU sentimental. Para le gente nueva sería simple
Historia. Para los menos nuevos, un retrato de sí mismos en el que quizá les cueste
reconocerse. Jota, el primer columnista. Yo quiero dejarle aquí mi gratitud por haberme
enseñado los rudimentos de este oficio de lúcidas tinieblas en el que Pemán se
encargaba de revalidarnos la vocación.
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El
gobierno claudica
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Diario El Mundo. La Red
31 de Marzo de 2002 |
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No veo yo que constituya tanto problema el de saber si debió controlarse
desde el Gobierno una medida que, evidentemente, afecta, y de manera quizá irreparable, a
la pluralidad informativa. A cualquiera se le ocurre que sí, y también que lo que ha
ocurrido es un episodio más del apocamiento conservador, porque la inmensa mayoría de
los ciudadanos apoyaría cualquier medida que trate de impedir que la información se
concentre en una sola mano. ¡Como si no fuera ya bastante lesivo que anduviera sólo en
dos! La doctrina del aeropuerto -un soporte de uso libre para todos por igual, pero no
supeditado a ninguno de ellos-- con que Cascos ilustra la función lógica de una
plataforma digital es incontrovertible y no porque, como él dice, la existencia de
monopolios vaya contra la doctrina conservadora, sino porque atenta frontalmente contra el
sistema de libertades en su conjunto. Nadie ignora hoy que, en España, la opinión se ha
concentrado de tal modo que la libertad se ha visto severamente amenazada. Escuchen el
tacto -la jindama, diría yo-con que tartamudean muchos príncipes de la opinión cuando
en sus tertulias o artículos rozan materias o temas que se relacionan con la gran
patronal o los intereses que ella representa y defiende. Y eso es malo no exclusivamente
para ellos, claro, sino para la opinión.
¿Un asunto privado, una decisión empresarial a los que vetaría acercarse el silabario
ultraliberal? Mandangas. Cuando se trató de meterse por medio entre Iberdrola y Endesa,
bien que se metió el Gobierno. ¿Por qué no se mete ahora entre Telefónica y Prisa?
Pues porque el Gobierno no escapa a la sensación de inquietud ante el poder creciente del
bloque hasta ahora adversario. Algo de síndrome de Estocolmo, si me apuran, sí que hay
en esta inhibición clamorosa, que deja expuesto al ciudadano -ya cercado en un amplio
frente mediático-- a una eventual oferta digital única. No creo, por eso mismo, que
semejante deserción pueda explicarse en exclusiva por la presión de intereses
económicos representados por el sector que lidera Rato. Aznar ha puesto a Rato en su
sitio cuando ha querido, con Alierta y sin Alierta. O sea, que hay que buscar otra razón,
e insisto en proponer la explicación de la debilidad de un Gobierno al que, si aún no le
crecen los enanos propiamente, le van a crecer pronto, cada vez más. Unos frente a otros,
guerra de partidos y finanzas: en lo que no piensa nadie es en ese interés colectivo al
que el monopolio, cualquier monopolio, compromete sin remedio y al que, sin ir más lejos,
aún se resisten en Italia con la ley en la mano. Aquí no. Aquí hasta el Gobierno se le
rinde ya a un proyecto monopolístico que no disimula sus designios sino que los exhibe. Y
a juzgar por la reacción de la Bolsa, la operación le está saliendo redonda.
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Sobre
el extremismo español
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Diario El Mundo. Crónica
21 de Abril de 2002 |
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¿Son los españoles extremistas, a qué causas podría obedecer esa
condición? La propia pregunta implica ya, de algún modo, la aceptación de la dudosa
cuestión de fondo, es decir, de la idea tópica de que los españoles, genéricamente,
son gente extremada, en la línea de las celebradas opciones excluyentes Rey o República,
Joselito o Belmonte y demás. El problema, sin embargo, es que no es posible ya mantener
esa visión de los caracteres nacionales que hace medio siglo relanzó la antropología
americana sin mayor éxito aunque con menores daños que sus antecedentes políticos.
Decía Caro Baroja que hablar de caracteres nacionales es simplemente una actividad
mítica y se apoyaba, por cierto, en una serie de testimonios difícilmente refutables. Y
el mismo sabio recordaba la divertida visión que de los hispanos y de otros bárbaros
daba Marcial --un poco en la línea de las invenciones gratuitas de Sabino Arana--, o la
sublimación que permitió a los historiógrafos franceses ver prefigurado en la figura de
Ausonio el carácter nacional galo. Tonterías, como es natural. Hoy que tan de moda anda
Gracián en USA, podrían los sucesores de aquellos antropólogos considerar la pamplina
de nuestro jesuita cuando en El Criticón calificaba a los griegos como
infieles, a los turcos como bárbaros, a los suecos como atroces o a los rusos como
astutos. Aunque me temo que ninguna razón podrá extirpar enteramente esos
topoi repartidos entre los pueblos por las mismas circunstancias. Hoy estamos
viviendo, por lo demás, cierto apogeo de ese psicologismo sin base, pero, por trágicas
que sean las consecuencias, no veo probable que una saludable reacción consiguiera
neutralizarlos. Pesan mucho los mitos. Sus raíces fasciculadas son infinitamente más
complejas que las de la razón.
Hacia el siglo XVII, por razones obvias, parece claro que se abre paso la idea de que el
español es hombre extremado, radical en su criterio, de la misma manera que en el siglo
siguiente, el de las luces, la tendencia ilustrada será verlos como un pueblo
flojo, inerte, paralizado por una congénita galbana, imagen ante la que reaccionarán con
energía, como es sabido, los espíritus románticos y no sólo los nacionales. En
resumen, parece lo más cuerdo aceptar que la idea del español drástico, arrebatado
entre el blanco y el negro, pudiera ser un tópico reciente, verosímilmente originario
del clima creado por la llamada guerra civil carlista y, luego, por la del 36.
No hay, en efecto, en la abigarrada literatura sobre el asunto nada que se refiera a esa
caracterización, mientras que abundan las teorías que nos pintan como lerdos o agudos,
como brutales o magnánimos, como artísticamente estériles o sutiles. De Milton a
Voltaire, desde el Libro de Aleixandre a Masdeu, se proponen muchas
claves psicológicas pero ninguna, que yo sepa, que apunte al carácter
drástico.
A la salida de la Dictadura, ya sorprendió a mucha gente la actitud equilibrada de un
electorado que huía conscientemente de los extremos. La persistencia de la mayoría
centrista ha demostrado luego, durante un cuarto de siglo, cuánta ligereza
entrañaba el aguafuerte que trataba de fijar el perfil español con los trazos del
extremista sin remedio. ¿Por qué seguir hablando de esa radicalidad inexistente? Hay
tópicos que sobreviven a la prueba de su insustancialidad, por descontado, y quizá éste
sea uno de ellos. Hay quien gusta de ver en el español componedor y centrista un Edipo
perplejo ante la encrucijada y eternamente tentado por los dos caminos. La realidad, como
en tantas ocasiones, es distinta y, por una vez, merece ser celebrada.
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La
cera que arde
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Diario El Mundo. La Red
31 de Marzo de 2002 |
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Se cuenta en los mentideros taurinos que muchos aficionados de toda la
vida se han dado de baja en el abono de la Plaza de Sevilla. Normal. Claro que también se
dice que a la Empresa le viene divinamente que el abonado se dé de baja porque así
recupera para la reventa las entradas. Cualquiera sabe, en ese mundo tan retorcido. Lo que
no tendría nada de raro es que muchos entre los abonados que conserven su plaza se sumen
al reventón y entreguen también sus entradas a la pública subasta para resarcirse de la
enormidad de los precios y, de paso, librarse del mal trago que supone tantos malos
carteles. ¡Que cartelería, Dios de mi vida! Una vez dijimos aquí que los sucesores de
Canorea harían bueno al padre y ahí lo tienen. Si la Feria ya era un negocio en Sevilla
con las corridas de lujo que aquel sátrapa preparaba con astucia inimitable, ahora, con
estos carteles entre Pinto y Valdemorillo, inspirados en la vaga filosofía voluntarista
del torismo de las Ventas que tanto dinero le mete al empresario en la faltriquera,
imagínense el nuevo Potosí.
Hay que decir, sin embargo, que tampoco toda la culpa de esos despachos que los
maestrantes ceden sin condiciones a la especulación taurina. El momento de los toros no
es malo, es pésimo, y si el año pasado titulábamos esta colaboración como La
crisis de la Fiesta, éste habrá que resumir el lío declarando la realidad: que no
hay más cera que la que arde. Yo no estoy de acuerdo con los críticos del cartel de
Resurrección más que en el detalle tradicional de que falte en él un torero sevillano
(pero, además, díganme, ¿cuál, qué torero sevillano?). Ni en que la ausencia de
Morante, esa incógnita siempre por despejar, suponga una falla insuperable porque aquí
ha habido muchos años en que ha faltado del programa el torero de moda o el diestro
acreditado, y que si quieres arroz. Más bien lo que ocurre es que el toreo atraviesa un
momento crucial, en el que a la ausencia de ganado como la gente, hay que sumar la
carencia de figuras. Lo que Sevilla ofrece esta temporada es una foto fiel de lo que
ocurre y lo que ocurre es que toda España, y no sólo Madrid ya, es Valdemorillo. Puede
que engañe el nombre de un puñado de profesionales con crédito, pero si nos detenemos
en ellos uno por uno iremos viendo que el que no está fuera de sitio carece de
motivación, y que si el que quiere no puede, el que puede no parece querer.
Eso sí, los precios continúan su curva ascendente, cada año más inexplicable, como si
lo que se estuviera ofreciendo en la Plaza se superara temporada tras temporada. Con lo
cual tampoco valdrá ya el argumento empresarial de la carestía de los carteles, porque
todo irá al mismo bolsillo sin fondo. Es verdad que aquí hemos vivido esperpentos tan
fantásticos cómo el que Manolo Vázquez protagonizó en el 92, jurando que si no había
festejo de la Expo era porque en el campo andaluz, a esas alturas octubrinas, no quedaban
corridas o estaban pasadas de años y peso. Después de esa chorrada, podríamos haber
apagado e irnos con la música a otra parte, pero nos quedamos, y eso convenció a todos
los sanedrines del mundo del toro de que en la Sevilla taurina se puede hacer impunemente
cualquier cosa.
No, ésa es la verdad, no hay más cera que la que arde, lo que no significa que esos
carteles tan isidriles no pudieran haber sido mejor combinados hasta por el más tonto de
la cuadrilla. Ya veremos si la reventa, es decir, en fin de cuentas, la Plaza, se traga el
taquillaje más de un día o la avalancha de pardillos se somete -como se ha sometido en
tantos cosos- a la mediocridad reinante. Este año tendremos que insistir en un axioma que
ya traemos muy vapuleado, a saber, que con la Fiesta no va a acabar el ecologismo europeo
ni Cristo que lo fundó, sino su propia decadencia, la falta de savia nueva que el negocio
desorbitado padece y propicia a un tiempo. Esta pavesa no la van a apagar desde Bruselas,
ciertamente. La van a apagar aquí mismo los mismos que con ella se alumbran, toreros,
ganaderos, empresarios y aficionados, todos juntos y cada cual por su cuenta, en esta
liturgia cada día más incomprensible que oficiamos entre todos haciendo de todo el
templo altar. La que se va a forrar, ya de paso, va a ser Vía Digital. Al tiempo.
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Mejor
legales que marginales
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Diario El Mundo. La Red
24 de Febrero de 2002 |
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Sagrada o despreciable, la prostitución ha sido siempre objeto de debate.
Hoy ese debate, sin embargo, carece de sentido, a poco que uno contemple abrumado las
imágenes diarias de esa forma extrema de indigencia que se ejerce con escándalo o
resguardada en los paraísos mafiosos que han surgido como hongos por toda
España. Un Ayuntamiento andaluz (Aljaraque) concedió hace poco a uno de esos
paraísos de carretera una subvención por considerarlo de interés público,
criterio que no le hubiera discutido san Agustín a ese alcalde del PP, pero que da una
idea de cómo han variado las circunstancias de la vieja profesión. Para empezar, hay que
constatar que no hablamos de un problema menor, sino de una cuestión que afecta a una
legión de mujeres en situación de máxima debilidad, y que produce miles de millones de
euros al año. Un sector de actividad, digamos, curiosamente alegal --una vez
obsoleta o derogada, no lo sé, la ley de prohibición promulgada durante la dictadura-en
el que se ven implicadas, además, unas trabajadoras que suelen estar también están
fuera de la ley, en la mayoría de los casos porque son víctimas reclutadas y explotadas
por las redes mafiosas que las importan como ganado de países pobres.
¿Habrá conciencia que se oponga a conceder a esas trabajadoras los mínimos
derechos de que goza cualquier ser humano que se busca la vida como puede? De momento,
parece que la del ministro de Trabajo, pero también es cierto que ése confunde el chador
con la ablación.
Desde el punto de vista social la cosa es elemental. ¿Tiene sentido dejar a esa creciente
profesión -es curioso, pero creciente-en la más injusta indefensión laboral y en la
más temeraria ausencia de garantías sanitarias? ¿Es preferible agarrarnos al prejuicio
y mantenerla fuera de la ley a costa de riesgos hoy por hoy difíciles de prever? Defender
la regulación de esa crítica situación no significa complacerse con su
impagable coste humano y social, sino apostar por una mejora cierta a favor de quienes hoy
son auténticas esclavas en su inmensa mayoría. Y desde luego, tampoco supone abogar por
esas empresas que funcionan como una forma actualizada del proxenetismo, por
más vueltas que le quieran dar al diseño. Se trata, simplemente, de reconocer que hay
miles de mujeres que no pueden vivir más que alquilando su cuerpo -lo cual, además, es
un derecho como otro cualquiera-y que actualmente ni el Estado dispone de medios para
retirarlas ni siquiera de normas para proporcionarles el mínimo amparo que
merece todo ser humano. Hay en esta sociedad actividades legales mucho más peligrosas e
inmorales que el comercio libre del propio cuerpo. De eso no le debe caber duda al
ministro de Trabajo.
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La
cuesta del euro
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Diario El Mundo. La Red
30 de Diciembre de 2001 |
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Habrá complicaciones a corto plazo, seguro; luego, como es natural, todo
acabará asumiéndose . La misma inocencia de las campañas publicitarias oficiales
-Este rotulador cuesta 291 pesetas, es decir, 175 euros y en ese
plan
-- demuestra que no es fácil instruir a la población ni posible adecuar a
fecha fija y sin transtornos sus hábitos monetarios. Pasar de una moneda de débil
apreciación en los mercados a otra fuerte y, en consecuencia, obligadamente fraccionaria,
supone inevitables complicaciones en la vida corriente y una conmoción nada despreciable
en la propia conciencia. El hombre se mueve por la moneda como por cualquier otra
dimensión y a ella adapta continuamente cruciales aspectos de su decisión. No es cierto,
en consecuencia, que la gente esté preparada para el cambio. Hay una crítica mayoría
que -también en esta coyuntura-aguarda pasivamente a que los propios acontecimientos
impongan la nueva realidad.
Supongo que, por otra parte, más allá del forzado optimismo oficialista, el tránsito
acabará por producir algún efecto inflacionario. Las protestas de los comerciantes en el
sentido de que respetarán escrupulosamente la traducción del valor a la nueva moneda
cuenta, para empezar, con la indudable dificultad práctica de los cambios en una moneda
desconocida que se fracciona hasta el céntimo. ¿Se figuran la cola del supermercado en
una hora punta o la de la taquilla de la estación cuando el tren silba ya anunciando su
salida? El redondeo famoso se hará, supongo que más de lo que creen los inocentes. En mi
bar habitual ya me bacila el dueño anunciándome una subida de mi caña de cerveza desde
las 125 pesetas actuales a un euro: ¡el 328 por ciento! Pero el experto me
consuela: esa subida afectará al provisionalmente al IPC, en efecto escalón,
pero menos a un proceso inflacionario, de suyo continuo y que se alimenta de sí mismo (el
efecto escalera). No sé, francamente, confío poco en el patriotismo
comercial.
Parece, eso sí, que como tal moneda fuerte, el euro, al convertirse en refugio contra la
inseguridad económica, recibirá una estima inversora que nos beneficiará indirectamente
al fortalecerla aún más. Ya veremos, también. Donde está el problema es en la calle,
en el mercado, en la cola concurrida, aunque quizá habría que decir en el subconsciente,
al menos en tanto no se habitúe la mano al monedero. Y luego pasará. Los comerciantes
que conservaron la vieja máquina centesimal volverán por sus fueros y el viejo manubrio
girará como antes, cuando todavía los céntimos aviaban la pequeña compra o servía
para aliviar la limosna. Pero durante una temporada habrá problemas. Un caos considerable
nos aguarda tras el Año Nuevo aunque no tengo duda alguna de que la estadística oficial
sacará tajada de él. Si España iba bien en pesetas, en euros deberá ir mejor todavía.
Digo yo.
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Viaje
con guía
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Diario El Mundo. La Red
16 de Diciembre de 2001 |
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No es cuestionable que un dirigente trate de barrer para casa
contribuyendo, en cuanto esté en su mano, a salvar escollos y resolver problemas. Pero
tampoco es razonable que la posición se baje al moro cuando lo que tiene planteado el
Gobierno no es ni más ni menos que el chantaje de oponer la situación de Ceuta y Melilla
a la del Sáhara. Y menos, desde luego, si estamos en un impasse debido a la retirada
unilateral de embajador por parte de Marruecos. Que en el fondo la operación de Zapatero
es una maniobra de imagen está tan claro como que Marruecos lo utilizará como palanca
para mover al Gobierno, incluso concediéndole, por qué no, el margen ventajoso que le
niega al ejecutivo nacional. Y que González está detrás de la trama no es algo que se
le haya ocurrido a un espontáneo sino una obviedad.
En efecto, puede que Zapatero obtenga alguna ventaja negociando al margen del Gobierno, lo
cual, hasta en el mejor de los casos, constituiría un resultado vidrioso. Pero, además
de desgastar a éste, a poco que se descuide, la dirección de la política internacional
de su partido volverá a manos de González, especialmente celoso ante la consagración
circunstancial de Aznar en esos foros. Un amigo mío sostiene que todo español quiere ser
ministro de lo que sea hasta que, siéndolo, aspira a serlo de Exteriores, y logrado este
objetivo busca la Presidencia para, desde ella, actuar nuevamente de canciller. Es el caso
de González que, en este asunto, cuenta con las ventajas de sus viejas relaciones con el
régimen marroquí y hasta de sus inclinaciones personales, y al que la bisoñez de
Zapatero y su inseguridad orgánica dentro del partido le facilitan al máximo la
operación. Marruecos ha manejado siempre con maestría las diferencias internas
españolas dividiéndolas para vencer con mayor facilidad. Y eso es probablemente lo que
intenta ahora acogiendo a Zapatero -al que, por cierto, ya le ha hecho encajar el primer
desdén obligándolo a adelantar sin explicaciones su viaje-como un aliado simbólico
contra el Gobierno. Si Zapatero fracasa, perderá la partida. Si consigue lo que al
Gobierno se le niega, perjudicará la imagen exterior de España. Ése es, tal vez, el
doble designio de González, único en esta partida que ha de sacar provecho siempre: o le
gana a su sucesor en el Gobierno o le gana a su sucesor en el partido. Lo raro es que
quienes rodean al nuevo e inseguro líder no se hayan percatado de una maniobra tan
elemental y visible, a no ser que actúen así conscientes de su debilidad frente a la
vieja guardia del partido. También es posible. A la vuelta del viaje hablaremos con mejor
fundamento, pero desde ahora ese periplo guiado parece una aventura poco discreta.
Zapatero tiene mucho tiempo por delante para lamentar errores. González, que tiene mucho
menos, acaba de comenzar a arrebatarle una porción clave de su poder virtual, las
relaciones exteriores. Justamente la que más le ha gustado siempre.
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Obituario
Marvin Harris |
Diario El Mundo
30 de Septiembre de 2001 |
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Los
límites del materialismo cultural
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La muerte de Marvin Harris, acontecida el pasado 25 de octubre, no ha
tenido el menor eco en nuestro país. Un silencio clamoroso ha confirmado el desdén
gremial manifestado tercamente durante años contra ese brillante provocador que cayó en
nuestras manos hacia finales de los 70, sin que una sola voz de la ya considerable legión
de antropólogos profesionales y aficionados se haya levantado para comentar siquiera el
hecho. Tampoco es raro, bien miradas las circunstancias, porque el provocativo cultivador
de eso que él llamó materialismo cultural fue, desde el principio, en
función de libros tan atractivos como Caníbales y Reyes, Vacas,
cerdos, guerras y brujas o Bueno para comer, un autor de gran éxito
entre un amplio sector de público que descubrió en sus racionalizaciones de los hechos
culturales seductoras perspectiva o la confirmación de sospechas propias. Mi impresión
es que la aparición en 1978 de su ensayo sobre el desarrollo de las teorías
antropológicas -tan audaz como provocador-condicionó de antemano su aceptación entre la
incipiente antropología académica española, luego bastante exasperada ante esa obra
marcada por tan vasto éxito. Harris siguiría triunfando entre los lectores desterrado de
las aulas. Nada nuevo.
Hay que reconocer que, aparte del indudable atractivo de su visión de la Cultura, ese
loco autoritario como le llamó David. B. Truman, no se preocupaba gran cosa
de evitar el escándalo. Su explicación del canibalismo azteca, el reino
caníbal, como una estrategia para la consecución de proteínas cárnicas -tan
banalmente resumido ahora, por cierto, en la necrológica del New York Times-o su
argumento paralelo a propósito del canibalismo de los yanomanos, el pueblo
feroz, zamarrearon nuestra imaginación antropológica, incluso si éramos
conscientes de su fragilidad conceptual frente a las interpretaciones clásicas de
Soustelle o del viejo Murdock. Su insistencia en explicar el origen de la guerra en clave
económica y demográfica fue otro de sus campos de batalla, así como su insistencia en
ver en la supremacía masculina un fenómeno cultural consecuencia de la guerra y el
consiguiente monopolio de las armas, además del fomento del machismo agresivo a través
del propio sexo, provocaron también ardientes réplicas, en especial cuando publicó en
un famoso magazine su idea de Por qué los hombres dominan a las mujeres en
paralelo con lo argumentado en Caníbales y Reyes a propósito del complejo de
Edipo.
Al lector medio se le grabó su ingenioso desciframiento del tabú de la vaca en India
tanto como su algo precipitada teoría sobre la función del potlacht entre
los esquimales o su ensayo no poco banal sobre las brujas, la historia de cuya trágica
odisea conocía sólo muy precariamente, todo hay que decirlo. Pero Harris no sólo se
inclinó sólo sobre las culturas exóticas sino que, en su búsqueda de interpretaciones
válidas para el hecho cultural, bordeó la sociología en sus observaciones bien poco
optimistas sobre la misma sociedad americana, a la que veía atrapada en el dispositivo
inútil de una burocracia desmesurada. Su libro The Anthropology of a Changing
Culture se entendía mejor con su título original, Nada funciona bien: la
Antropología de la vida cotidiana. Harris vivió quizá demasiado de esa intuición
que presta a sus ensayos la mejor frescura y su atractivo más seductor. Lo que no
equivale a banalidad ni tiene por que resultar extraño a la ciencia. El silencio que
envuelve a su desaparición me sugiere con vehemencia que su mayor error fue triunfar para
un público demasiado amplio. El éxito se perdona menos que los errores, en especial
entre gentes del gremio.
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Un
rato largo
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Diario El Mundo. La Red
04 de Noviembre de 2001 |
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Ocurre a veces que el político discreto revela su magnitud en plena
crisis. Es el caso de Rodrigo Rato, político acreditado, pero cuya auténtica talla
parece haber sido descubierta (o reconocida) por muchos justo en el momento en que su
actuación política atraviesa su crisis más aguda. Lo que ocurre es que la historia
está llena de grandes políticos que no siempre han actuado correctamente o, incluso, que
han perpetrado políticas inaceptables, con mejor o peor fortuna. Nadie dirá que
Andreotti no es un político capaz a pesar de lo que sabemos de él o que González no es
un político con talento a pesar de su actual desahucio. El destino de los hombres
públicos no depende tanto de la razón y menos de esa moral inevitablemente maquiavélica
que respalda a la política.
Nadie ha podido establecer, que yo sepa, un solo dato que comprometa la honorabilidad del
vicepresidente del Gobierno en el caso Gescartera. La historia del crédito
familiar es, ciertamente, ridícula, a poco que se tenga en cuenta en que país vivimos y
cuanto en él ocurre y ha venido ocurriendo. Sin embargo, siempre que oigo hablar de
responsabilidad se me viene a la cabeza aquella frase inquietante de Sartre: No se
hace lo que se quiere y, no obstante, se es responsable de lo que se es. Cierto.
¿Hubiera querido Rato, al nombrar a los subordinados que fallaron, instituir un entramado
de negligentes o cómplices que acabarían comprometiéndole sin remedio? Evidentemente
no, pero Sartre lleva razón de que no hay modo de evitar ser responsable de lo que se es.
Aparte de ello, es obvio que, a pesar de la pronta dimisión del secretario de Estado, ni
Rato ni el Gobierno anduvieron vivos en el esclarecimiento del enredo sino que aguardaron
el desarrollo de unos acontecimientos que era difícil imaginar tan despreciables. No
están justificadas, aunque quepan en los modos políticos al uso, la suficiencia ni la
socarronería empleadas por Rato en este negocio. Tampoco su intento de situarse en una
zona enteramente exenta de responsabilidad que, evidentemente, no existe en el territorio
político-administrativo. No sólo designó o suscribió nombramientos de personas que
obraron mal, sino que trató de mantenerse, como si eso fuera posible, a una distancia
profiláctica de los implicados, quizá en la confianza de que la borrasca pasara pronto.
¿Que se está librando una cacería contra él? Pues claro está. ¿Qué el PSOE no
parece demasiado legitimado para tirar la primera piedra? Pues también parece claro. Pero
ninguna de esas dos evidencias absuelve a Rato de su culpa vicaria. ¿Es probable que
todos sus verdugos hubieran actuado como él llegado el caso? Tampoco importa. Hasta los
maquiavelistas deben aceptar que la responsabilidad se difunde verticalmente y hacia
arriba. Que casi nunca se haya reconocido este axioma y otros se hayan librado de sus
graves culpas, no lo libra a él de su responsabilidad. Mala suerte, si quiere, pero ya
sabemos que la suerte lo es casi todo en la sentina política.
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Obituario
Marvin Harris |
Diario El Mundo
30 de Septiembre de 2001 |
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Los
límites del materialismo cultural
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La muerte de Marvin Harris, acontecida el pasado 25 de octubre, no ha
tenido el menor eco en nuestro país. Un silencio clamoroso ha confirmado el desdén
gremial manifestado tercamente durante años contra ese brillante provocador que cayó en
nuestras manos hacia finales de los 70, sin que una sola voz de la ya considerable legión
de antropólogos profesionales y aficionados se haya levantado para comentar siquiera el
hecho. Tampoco es raro, bien miradas las circunstancias, porque el provocativo cultivador
de eso que él llamó materialismo cultural fue, desde el principio, en
función de libros tan atractivos como Caníbales y Reyes, Vacas,
cerdos, guerras y brujas o Bueno para comer, un autor de gran éxito
entre un amplio sector de público que descubrió en sus racionalizaciones de los hechos
culturales seductoras perspectiva o la confirmación de sospechas propias. Mi impresión
es que la aparición en 1978 de su ensayo sobre el desarrollo de las teorías
antropológicas -tan audaz como provocador-condicionó de antemano su aceptación entre la
incipiente antropología académica española, luego bastante exasperada ante esa obra
marcada por tan vasto éxito. Harris siguiría triunfando entre los lectores desterrado de
las aulas. Nada nuevo.
Hay que reconocer que, aparte del indudable atractivo de su visión de la Cultura, ese
loco autoritario como le llamó David. B. Truman, no se preocupaba gran cosa
de evitar el escándalo. Su explicación del canibalismo azteca, el reino
caníbal, como una estrategia para la consecución de proteínas cárnicas -tan
banalmente resumido ahora, por cierto, en la necrológica del New York Times-o su
argumento paralelo a propósito del canibalismo de los yanomanos, el pueblo
feroz, zamarrearon nuestra imaginación antropológica, incluso si éramos
conscientes de su fragilidad conceptual frente a las interpretaciones clásicas de
Soustelle o del viejo Murdock. Su insistencia en explicar el origen de la guerra en clave
económica y demográfica fue otro de sus campos de batalla, así como su insistencia en
ver en la supremacía masculina un fenómeno cultural consecuencia de la guerra y el
consiguiente monopolio de las armas, además del fomento del machismo agresivo a través
del propio sexo, provocaron también ardientes réplicas, en especial cuando publicó en
un famoso magazine su idea de Por qué los hombres dominan a las mujeres en
paralelo con lo argumentado en Caníbales y Reyes a propósito del complejo de
Edipo.
Al lector medio se le grabó su ingenioso desciframiento del tabú de la vaca en India
tanto como su algo precipitada teoría sobre la función del potlacht entre
los esquimales o su ensayo no poco banal sobre las brujas, la historia de cuya trágica
odisea conocía sólo muy precariamente, todo hay que decirlo. Pero Harris no sólo se
inclinó sólo sobre las culturas exóticas sino que, en su búsqueda de interpretaciones
válidas para el hecho cultural, bordeó la sociología en sus observaciones bien poco
optimistas sobre la misma sociedad americana, a la que veía atrapada en el dispositivo
inútil de una burocracia desmesurada. Su libro The Anthropology of a Changing
Culture se entendía mejor con su título original, Nada funciona bien: la
Antropología de la vida cotidiana. Harris vivió quizá demasiado de esa intuición
que presta a sus ensayos la mejor frescura y su atractivo más seductor. Lo que no
equivale a banalidad ni tiene por que resultar extraño a la ciencia. El silencio que
envuelve a su desaparición me sugiere con vehemencia que su mayor error fue triunfar para
un público demasiado amplio. El éxito se perdona menos que los errores, en especial
entre gentes del gremio.
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Fantasías
peligrosas
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Diario El Mundo. La Red
30 de Septiembre de 2001 |
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Hemos visto demasiadas películas sobre catástrofes aéreas y secuestros
felizmente resueltos por el súperman de turno. En una de ellas Clint Eastwood subía al
avión -naturalmente en contra de sus discretos superiores-y revolver en mano eliminaba
uno a uno a los malos. No olvidaré la imagen suprema del último reducido acribillado
tras la mampara de popa donde se había refugiado, la criatura. Pero aunque la literatura,
incluido el cine, prefiguren de hecho la vida, sería muy saludable no confundir la
realidad virtual con la otra, la de verdad, aquella en la que un disparo a bordo lo normal
es que despresurice al aparato y cause una catástrofe, sin contar con los posibles, más
bien probables, daños colaterales que una balacera causaría entre el pasaje
y la tripulación. La idea del héroe salvador es un recurso mítico al que, por lo
general, se recurre cuando no hay a mano una solución realista. Y armar a los pilotos,
gran barbaridad, o incluir en el pasaje a agentes armados son ideas que más parecen
inspiradas por la dificultad de hallar respuestas razonables a esta aguda crisis de la
seguridad que una reflexión práctica y sosegada.
Combatir la psicosis originada por la barbarie de los piratas suicidas resulta tan
necesario como no complicarla con miedos nuevos derivados de las propias medidas
adoptadas. Lo dicen, por supuesto, los propios pilotos, pero es de sentido común porque
aunque las armas defensivas fueran diseñadas para no dañar el fuselaje, como se ha
insinuado, las de los terroristas serán, por lo general, armas corrientes y molientes, de
las que no se pueden disparar sin máximo riesgo a bordo de un avión en vuelo. Aparte de
que en el cine es el héroe el que dispara con acierto, pero en un supuesto real cualquier
intervención armada contra un secuestro en vuelo desencadenaría un tiroteo con
consecuencias necesariamente fatales. Se comprende que los responsables americanos se vean
forzados a proponer medidas que restauren la confianza perdida, pero entiendo que es
sumamente arriesgado echar mano de peligrosas fantasías para salir del paso. Eso sin
contar con la cuestión obvia de cuántos gendarmes secretos se necesitarían para cubrir
todos los vuelos diarios solamente en un país como EEUU, que no es chica cuestión, desde
luego.
Es preciso aterrizar de este mal viaje antes de improvisar respuestas, valorando con rigor
los riesgos futuros (que por otra parte, puede que ya no sean aéreos), atenidos a la
razón práctica y no a la racionalidad mítica. Vamos a ver ahora, por ejemplo si la
guerra que Silvester Stallone ayudaba a ganar --de parte de la CIA, ojo-- a los taliban
resulta tan fácil sobre el terreno como en el guión de la película. Pero preferiría no
tener que volar sabiendo que confundido entre el pasaje llevo a Clint Eastwood acariciando
la culata.
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Pajas
y vigas
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Diario El Mundo
09 de Septiembre de 2001 |
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Hace poco tiempo un obispo era condenado judicialmente en USA por encubrir
a un sacerdote pedófilo. Allí ese problema -eterno problema de la enseñanza religiosa,
como es sabido-se ha convertido en un quebradero de cabeza para una Iglesia en la que -por
no recurrir al tópico de los papas disolutos-- tampoco es que constituyan excepción los
curas amancebados, los obispos escandalosos o los cardenales relacionados con la Mafia. El
obispo Marcinkus rumia hoy su secreto en una oscura parroquia norteamericana y se lo
llevará probablemente a la tumba sólo con que recuerde al banquero Calvi balanceándose
de una soga bajo un puente de Londres. Es la ley del silencio disfrazada de santa
prudencia. Sin embargo, esa Iglesia tan discreta y benigna con los sus propios fracasos es
implacable con los ajenos. Si un tribunal civil hace constar, en la sentencia de un juicio
por solicitación y en pieza separada, la más que dudosa actitud de un canónigo, el
ordinario va y lo nombra deán de su cabildo. Eso ha ocurrido. Pero si una profesora de
religión se casa por lo civil o deja de ir a misa la excluye de su trabajo como indigna
de su ministerio. Dos conciencias, dos varas de medir. La paja y la viga: puro Evangelio.
Nadie discute el derecho. Los derechos se dan y se quitan, y el Estado -el Gobierno del
PP-- le ha dado ése de nombrar profesores de religión a los obispos, haciendo dejación
incomprensible del suyo inalienable de ordenar la enseñanza pública. Pero, además,
¿por qué hemos de pagar entre todos una enseñanza católica que, para mayor inri,
administra la jerarquía con sus extravagantes y anacrónicos criterios? Este escándalo
de los despidos debería abrir el debate en torno a la necesidad urgente de revisar el
convenio de marras, así como el lío de Gescartera debería provocar la reconsideración
de la ayuda pública a una Iglesia millonaria que especula oscuramente en Bolsa mientras
se olvida de tanto pobre -un 20 por ciento de la población-- y mantiene en precarias
condiciones a sus ministros de base. Aparte de que sería hora de que se dejara de
confundir catecismo con religión. La enseñanza ganaría mucho introduciendo en ella una
visión siquiera elemental de la historia comparada de las religiones, de la sociología o
de la antropología de la Religión en lugar de la disciplina de catolicismo o una
determinada visión de la virtud.
Claro está que tampoco es cosa de extrañarse con lo de los despidos. Esta es la misma
Iglesia que autoriza, según dicen, el aborto de las monjas africanas embarazadas por
misioneros pero anatematiza el de la violada común, que prohibe el uso del preservativo
en zonas de máximo riesgo de SIDA o que discute la comunión a las parejas de hecho. La
misma que trata de enfermos o pervertidos a los homosexuales ajenos mientras encubre a los
suyos, incluidos los pedófilos. La que mantiene un entramado financiero por asomarse al
cual, verosímilmente, pagó caro el penúltimo papa. La que impide, en fin, interponiendo
el fuero, que la Justicia italiana enjuicie a un arzobispo nacionalista catalán por
presuntos delitos económicos. ¿Qué tiene de extraño que, mientras protege a sus
propios pervertidores de menores en sus colegios, excluya de su enseñanza a esas
profesoras en definitiva postizas? La paja y la viga. Pero no culpemos a la Iglesia sino
al Estado (al Gobierno del PP). Él es quien tiene en su mano terminar con esa
inquisición simplemente ejerciendo su derecho intransferible a ordenar la docencia de los
españoles.
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El
dilema de Zapatero
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Diario El Mundo
29 de Agosto de 2001 |
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El secretario general del PSOE ha reiterado en la feria de Almería que
exigirá comisión para investigar Gescartera pero que sigue oponiéndose a que se abran
las que la oposición propone para averiguar cómo se ha venido financiando el PSOE que,
en Andalucía, dirige Manuel Chaves. No tendría sentido, desde luego, compensar
situaciones intercambiando comisiones de investigación a favor y en contra de los
intereses partidistas, pero ¿lo tiene cerrarse a cal y canto cuando las acusaciones que
se le hacen al partido de Chaves están demostradas de antemano o pendientes de pruebas
irrefutables? El descubrimiento por El Mundo de Andalucía de que --en el marco de la
traída y llevada operación del partido para hacerse, con financiación de las Cajas de
Ahorro, con un grupo mediático, Prensasur, que acabaría en manos de un hombre de paja
antes de ser vendido finalmente al grupo PRISA-- el PSOE regional compró La Voz de
Almería con el dinero que le proporcionó Javier de la Rosa a cambio de un
compromiso escrito en el que responsables del aparato se comprometían a
conseguirle la ampliación ilegal de una explotación agraria intensiva, viene
a cerrar un círculo que ya se enroscó bastante cuando Jesús Gil se presentó ante la
Justicia para demostrar que el PSOE de Andalucía, a través de la consejería de Obras
Públicas de la Junta, le había recalificado un proyecto urbanístico a cambio de una
compensación cienmillonaria que acreditó documentalmente y hasta fue reconocida por el
cobrador del partido.
Nadie con sentido puede esperar que Zapatero respalde una investigación que, sin duda,
dejaría por los suelos nada menos que al actual Presidente nacional del partido, pero no
resulta difícil concluir que el perjudicado por el escamoteo de semejantes escándalos
sería precisamente él, que nada tiene que ver con las turbiedades del viejo partido que
aún resiste --¡y con que energía!-entre bambalinas. Grave dilema: si apoya a Chaves
contra la elemental exigencia moral y política, perderá gravemente ante la opinión
pública; si le vuelve la espalda, habría de correr imponderables riesgos de conmoción
interna en un partido fuertemente trabado por los intereses de un cuarto de siglo. El
envite, en cualquier caso, es duro e ineludible. Tanto que en él se juega su
credibilidad, por cuenta ajena, quien figura en este momento como el político mejor
valorado por la opinión pública.
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Las
guerras médicas
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Diario El Mundo
22 de Agosto de 2001 |
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Con esto de la interacción de los medios vamos a acabar recibiendo de los
lectores más información que de las agencias. Un ciberamigo ya habitual me escribe, a
propósito de un artículo mío sobre la crisis vivida en la botica por la retirada del
Lipobay y la amenaza de los antigripales con fenilpropanolamina, un correo lleno de
sugerencias. Mi lector, que es médico, sostiene que estas crisis no son más que
campañas entre laboratorios -recuerden la sonada que, en su día, hubo de padecer el
Frenadol-que se valen del testimonio de un sabio, normalmente un Nobel, para descubrir en
una revista clásica (The Lancet, American Journal, New England y demás) los peligros del
específico a batir. Me recuerda, como ejemplo, la campaña que logró minimizar el empleo
de la aspirina infantil a principio de los 80 como causante del síndrome de Reye y su
sustitución por el apiretal, del mismo modo que el laboratorio fabricante de aquella
había conseguido arrinconar el apiretal (paracetamol) por su supuesto riesgo
hepatolesivo: lo perdido por lo ganado.
¿No dejó Bush padre nada menos que la dirección de la CIA para incorporarse a la
dirección de los laboratorios Lilly, no recalcó luego la tradicional buena relación
entre el Partido Republicano y la farmaindustria nombrando vicepresidente a un miembro
destacado de ella como Qualey? La guerra del Lipobay podría explicarse, en consecuencia,
como un ataque a un laboratorio que celebra invicto el centenario de la aspirina y que no
tiene rival en otros frentes del prontuario, descubrimiento que, lejos de tranquilizarnos,
extrema nuestra hipocondría no podrá decirse que, por una vez, sin buenos motivos. La
experiencia con el conejillo no acaba, por lo demás, en el laboratorio sino que continúa
en lo que llaman control postventa, es decir, sustituyendo la observación de
la cobaya o del mercenario pobre por la del consumidor en general, que es lo
estadísticamente guay. Los hombres mueren de los remedios más que de la enfermedad,
decía Molière, y de creer lo que aseguran hoy los sabios y difunden los propios
laboratorios, parece que no andaba errado. Escucho asegurar a un responsable político, a
propósito de estas guerras médicas, que no existe el fármaco seguro al cien por cien.
Da gusto poder creer a pie juntillas, siquiera por una vez, las prédicas de esos
charlatanes.
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Obituario
del Duque de Feria
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Diario El Mundo
7 de Agosto de 2001 |
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RAFAEL MEDINA FERNÁNDEZ DE CORDOBA, duque de FERIA
Ayer falleció en su casa de Sevilla, Rafael Medina Fernández de Córdoba, duque de
Feria, marqués de Villalba y miembro de la Real Maestranza de Caballería sevillana de
cuya Junta formó parte. Había nacido en Cádiz hace 58 años y vivió habitualmente en
Sevilla, realizando sus estudios secundarios en el colegio madrileño de Los
Rosales y posteriormente en Inglaterra. Más tarde cursó estudios de Ciencias
Económicas en Madrid antes de trasladarse a la London School of Economics en la que
permaneció varios años.
Muy joven aún, apenas con veinte años, se hizo cargo de la empresa Cuerotex fundada por
su padre en la localidad sevillana de Pilas, en la que trabajó con éxito en medio de una
dura crisis del sector. Muy aficionado a los deportes, tuvo especial dedicación a los de
vela, en cuyo ejercicio obtuvo éxitos notables, navegando durante un tiempo, junto a don
Juan de Borbón y el entonces Príncipe don Juan Carlos, formando parte de la tripulación
de la embarcación que compartían el Conde de Barcelona y el Duque de Medinaceli, su
padre, entre otros, es decir, el Giralda. Estaba separado de Nati Abascal, de
la que tenía dos hijos, Rafael y Luís.
La vida del duque de Feria sufrió un brusco giro al filo de sus cincuenta años, fecha en
que, por vez primera su nombre aparece involucrado en una denuncia relacionada con el
mundo de la prostitución y el consumo de drogas en un club de alterne. Desde entonces,
como es público y notorio, ha vivido una existencia extremada en la que su estancia en la
cárcel, como consecuencia de la durísima condena pronunciada por la Audiencia de Sevilla
en el oscuro caso de abusos en que se vio envuelto, resultaría decisiva. Su precaria
salud, un deterioro mental acelerado y las tremendas circunstancias a que se vio abocado,
reducirían a Rafael Medina a una sombra de sí mismo consumida por la depresión y en
régimen de reclusión voluntaria tras cumplir tantos años de privación de libertad,
primero en la cárcel de Sevilla y luego en la de Huelva.
Para quienes conocieron de cerca al personaje existen pocas dudas sobre ese estado mental.
Rafael Medina, hombre de escasa voluntad y carácter, fue una víctima más de la droga a
la que se le aplicó con dureza el código no escrito de la venganza social. No hay más
que recordar el ambiente que rodeó -dentro y fuera de Sevilla-los prolegómenos del aquel
gran juicio para comprender que el tribunal juzgador, sin perjuicio de su probidad y
sentido de la Justicia, sufrió una pesada presión externa que hacía muy difícil el
reconocimiento de la clamorosa verdad elemental: que Rafael Medina Fernández de Córdoba
era un enfermo tan peligroso socialmente mientras permaneciera en libertad como necesitado
de la ayuda clínica adecuada. Pero si el hospital hubiera sido el lugar idóneo para el
enfermo desequilibrado, la prisión tenía que ser, como es lógico, uno de los menos
indicados. La propia evolución del penado así lo evidenció, como saben cuántos vieron
declinar su persona por una pendiente fatal que conducía a la autodestrucción y a
ninguna otra parte, y como ponen de relieve los absurdos episodios protagonizados por el
personaje cada vez que tuvo ocasión. Finalmente, tras la liquidación de las penas
correspondientes y el olvido social, Rafael Medina venía consumiéndose en la más
estricta privacidad abrumado por la depresión, fuente primera y última de sus desdichas
durante toda su vida.
Si es cierto que Rafael Medina fue juzgado en su día con todas las garantías que
establece una normativa democrática, no lo es menos que el duque de Feria sufrió previa
y paralelamente un violento juicio popular en el que el aristócrata había sido condenado
con anterioridad a la sentencia. El repugnante morbo de cierta información, las
inevitables leyendas que rodean este tipo de casos, la circunstancia de que a la sombra
del encausado notable malvivía una aprovechada legión de vividores linderos con la
delincuencia cuando no meros delincuentes, hizo de aquella triste crónica un capítulo de
folletín, y convirtió lo que había sido, en realidad, un triste capítulo de Zola, en
una sórdida entrega de El Caballero Audaz. Sin la menor pretensión de
disculpar los desórdenes insufribles de Rafael Medina, cabe decir, a su muerte, que fue
la doble víctima de un privilegio mal entendido y peor utilizado, y de un sistema de
opinión pública tan rígido como caprichoso que sublimó irreflexivamente su ansia de
justicia en el castigo impropio de un enfermo que antes de ser juzgado por sus delitos ya
había sido condenado por sus títulos.
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La
granja gratis
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Diario El Mundo
8 de Agosto de 2001 |
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La proliferación de casitas/prostíbulos ha confundido hasta
tal punto a la opinión pública que el alcalde de la localidad onubense de Aljaraque
-estupendo muchacho, por lo demás-llegó a otorgarle a una que se levantó en su término
una subvención en concepto de utilidad pública. En muchas provincias
andaluzas se han convertido esas prisiones en costeadas ergástulas a las que acuden
domingueros igual los cazadores que los amantes de las setas, se celebran ruidosas
despedidas de soltero y se excluye al personal indígena cuando en su pinta lugareña no
incluye algún indicador de posición o prestigio que aconseje su admisión. Es un negocio
redondo, clandestino por principio, lindero de la legalidad siempre y en cuyo seno las
trabajadoras son simplemente esclavas.
El método utilizado por esas auténticas granjas para importar mujeres
exóticas de países hambrientos ha redondeado el negocio, en la medida en que los
importadores hacen que el animal importado pague su pasaje a precio de oro, es obligado
luego a costearse su manutención y, en fin, lo fuerzan a abonar el alojamiento en el
propio locus laboris. Pero algo no estaba previsto y, finalmente, ha llegado
también: la reproducción de esas hembras -cuyo cubrimiento paga
religiosamente el propio semental- ha abierto otro capítulo importante del negocio, la
venta de las crías, que se distribuyen aprovechando la misma red que mantiene activa la
majada, los mismos gañanes con los mismos cayados. Negocio redondo. Sólo en las
granjas almerienses situadas en el amplio alfoz que polariza El Egido parirán
pronto cien hembras gratuitas con cuyos productos esperan las mafias hacer el negocio
sobrevenido del siglo vendiéndolo a parejas deseosas de hijos a cualquier precio, incluso
a este inhumano. ¿La autoridad? Bueno, algún exresponsable denunció la situación antes
de irse sin obtener respuesta y los actuales no parece que sepan qué hacer con esa
telaraña que anda tejiéndose en el sureste andaluz desde hace unos años y que tiene en
este negocio de las granjas humanas su más descarnada actividad. Porque todo el mundo
sabe dónde se producen esos delitos, con qué horarios, con qué permisos municipales y
hasta con qué subvenciones públicas. Vacas melancólicas, desvalidas, a las que ni cura
ni militar, como diría Valle, está por la labor de echarles una mano. Habrá otros
escándalos en la vida nacional pero, a escala, ninguno tan triste como ése.
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Dinero
de Taifas
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Diario El Mundo
1 de Agosto de 2001 |
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El acuerdo estatal de financiación autonómica es, probablemente, el
suceso más importante que ha ocurrido en el Estado fundado en las autonomías desde que
la LOAPA quiso desmocharlo. Se consigue un marco global e indefinido, se progresa hacia la
corresponsabilidad fiscal, se deja abierto en el tiempo. Era necesario. Andalucía había
perdido por la terquedad de Chaves de no firmar el anterior más de 90.000 millones de
pesetas que ahora le devolverá la flexibilidad negociadora de sus adversarios, a pesar de
que ha tratado de oponerse al final feliz hasta el último minuto. Mejor, porque
Andalucía no tenía por qué pagar los platos rotos de la confrontación partidista. Da
la sensación, en cualquier caso, de que este acuerdo aporta el régimen autonómico un
refuerzo esencial al poner en claro, dentro de lo posible, las cuentas de las comunidades
y cargar a cada una de ellas, en medida decisiva, el peso de la exacción fiscal: el que
haga la obra y corte la cinta que dé la cara y suba los impuestos.
El mayor riesgo de secesión no le viene a España hoy de los aberchalismos sino de la
quiebra de la solidaridad interregional que ha producido, como un subproducto indeseable,
la circunstancia autonómica. Oigo decir en la radio a un catalanista culto como Francesc
Sanuy, insinuando el agravio, que Cataluña es la cuarta comunidad por la cola en el
reciente reparto. Pues claro, no querría que lo fuera por la cabeza. Estamos viviendo una
crisis nacional en la que el Estado es el único garante de la solidaridad porque las
autonomías se han convertido en un puzzle competidor y el mecanismo justiciero no puede
ser otro que la discriminación positiva de las comunidades menos ricas. Por otra parte,
tras este paso decisivo, en España las comunidades autónomas gastarán una de cada dos
pesetas presupuestadas y ése será el mejor cemento para consolidar una estructura no
poco improvisada que hasta hace poco no se creían ni sus promotores. Si el acuerdo en
cuestión hubiera osado asignar también a los Ayuntamientos su parte en el reparto la
operación hubiera sido definitiva. Pero aún así, hoy el Estado de las Autonomías entra
en una nueva era basada en un concepto claro de la responsabilidad de cada cual. El Estado
va adelgazando su sombra. Sería cosa de evitar que las autonomías no entiendan el
mensaje de la nueva solidaridad.
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La
soledad de Chaves
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Diario El Mundo
20 de Junio de 2001 |
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La instalación en la actualidad del problema suscitado por la fusión de
las Cajas de Ahorro sevillanas ha contribuido a vaciar aún más la mortecina política
autonómica en Andalucía. Pero, al margen de ese efecto, sin duda imperceptible a la
ensoberbecida ceguera de Chaves y su pretorio, una pelea semejante ha puesto al
descubierto la entraña del entramado económico de la vida pública y de la acción
partidista. De la gravedad del asunto da idea la soledad del PSOE andaluz, que ha sido
capaz del milagro de poner de acuerdo al PP con IU o a los empresarios con CCOO, aparte de
provocar el desmarque del PA, el socio servicial que lo mantiene en el poder desde hace
dos legislaturas. El largo debate y los absurdos lances vividos hasta la fecha, han
servido para que el ciudadano alcance a ver sin intermediarios la índole económica de la
ferocidad política. También para que quede al descubierto que lo que los partidos suelen
presentar como legítimo papel institucional del Poder es, en realidad, intervencionismo
puro y duro, designio de apropiarse de los instrumentos vitales de la vida económica. De
otra forma no podría entenderse siquiera el temerario pulso entablado por Chaves con dos
militantes de su partido a los que él puso al frente de esas Cajas. Jamás en la historia
de esta autonomía un partido político había descubierto tanto su sentido patrimonial
del poder ni la idea clientelar que le permite tratar a sus propios altos cargos como
meros apéndices de la voluntad superior.
Nadie ha discutido hasta ahora la pertinencia de una adaptación de las Cajas a la
exigencia de un mercado complejo y creciente. Pero la Caja Única preconizada por Chaves
no es la única fórmula posible a la hora de conseguir un volumen y un peso adecuado de
nuestra principal institución financiera. No hace falta gran malicia para ver tras ese
deseo que dio origen a esta guerra la sombra del viejo banco o instituto de crédito local
controlado desde el Poder y dispuesto a su servicio, hoy poco compatible con el marco de
libertades en que ese mercado se mueve. Pero el intento de frenar como sea el lógico
proceso de fusión ya consumado expresa mejor que cualquier explicación lo que el control
de las Cajas supone para un PSOE de Andalucía que ha basado en él durante muchos años,
en buena medida, su capacidad de influencia y que comprende lo que supondría perderla
precisamente ahora que su hegemonía decrece.
Por lo demás, es necesario subrayar el alcance del fracaso político de Chaves en este
negocio, sin perder de vista que el derrotado es simultáneamente presidente de la
comunidad autónoma, secretario regional del PSOE y presidente del partido a nivel
federal. La guerra de las Cajas ha servido para descubrir la fragilidad del liderato de
Chaves y su limitada capacidad de reacción política en un momento en que el socio
andalucista que lo mantiene anda en liquidación por derribo y el PP le muerde los talones
electorales. Tanto que, en el círculo íntimo de su pretorio, alguna minerva proponía
sin éxito esta semana hallar un mínimo común deteriorador que permitiera a
todas las partes escapar del callejón sin salida, es decir, de conseguir esa solución
negociada que la consejera de Economía, Magdalena Álvarez, viene boicoteando con
destreza, ante el autismo babieca de Chaves, desde que se vio la imposibilidad de que
todos ganaran la partida a un tiempo.
La autonomía ha perdido demasiado tiempo con la estéril estrategia de confrontación
sistemática que encubre el vacío político en que levita Chaves. Con la pelea por las
Cajas ha desperdiciado, además, al menos dos años de legislatura.
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De
ayer a hoy
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El Alpende
Mayo de 2001 |
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A la gripe se le llamaba antiguamente en Valverde, como en muchos lugares,
la andancia. Mi chacha Josefita, hermana de leche y conciencia práctica de mi madre, le
mandaba un papel garrapateado con Aurelio el cosario en cuanto tenía barruntos de
gripeos: Hermana, que hay andancia, que no mandes a los niños al
colegio, sobre todo al Kiko que es más delicado. Ni al chico, pobrecillo. Ni al grande.
¡Mira que dice don Manuel Parreño que este año viene mu mala!. Y mi madre
decretaba vacaciones blancas, como se dice ahora, y nos dejaba en cama con las
cajas de viejas fotos y otros tesoros de su armario. Yo reconozco la deuda de mi precita
imaginación con aquellas veladas profilácticas que debo a la chacha Josefita y a su
hermana Petra, la mujer de Pedro el Moreno, el que con su enorme xxxxxxxxxxxxx nos llevaba
a los Pinos, ida y vuelta, en viajes financiados por mi tío Vázquez, el más manirroto
padrino que he conocido, cuando no nos acarreaba en su Plymouth Paco Barranca.
Bien, pues por entonces hubo en la comarca -en España entera, claro-una
andancia del ganado, una epizootia, que afectó desde las vacas hasta las
cabras, la cabaña más frecuente por nuestros riscales y laberintos de monte bajo. Y a
esa epizootia se le llamó en Valverde, por cómoda aféresis, la pizota.
El Pizota se llamó una temporada, en efecto, al menos en la acepción
popular, el bar que puso en la esquina del Valle de la Fuente Pedro Quiñones, creo que
antes de que lo cogiera por su cuenta Manuel el de José María el Largo, simpática
antítesis de aquel en todo y por todo. ¿Quién diría hoy en Valverde pizota
refiriéndose a la fiebre aftosa ésa que destruye la cabaña europea? Pues nadie. Ahí
tienen un excelente indicador de cambio mental que dice más sobre nuestra villa que cien
estadísticas.
Lo que sí recuerdo es que en aquella ocasión la alarma social fue mucho menor. De
momento, me consta -vamos, recuerdo como si lo estuviera viendo-- que la carne de los
sacrificios se despachaba en la Plaza Vieja, si no avalada con el marchamo oficial, al
menos, contando con su disimulo y, desde luego, desde la convicción de que era inocua.
Que mi madre no tragara -de Carabales nos mandaban entonces más chivillos que nunca-no
quiere decir nada, porque ella era muy enteosa (esa voz salmantina demuestra
una vez más, por si fuera necesario, la naturaleza leonesa de la repoblación medieval de
nuestra zona) y, en fin, porque ¡buena era ella a la hora de comer! Pero en la Plaza se
vendió esa carne, la carne de la pizota, que según la galénica local era
enteramente saludable y según el diagnóstico más elemental de la Miguela -aquella
serrana, como arrancada del Arcipreste de Hita, que trajinaba por casa de mi
abuela-no le jacía a la salú. Quizá nunca comió más carne aquel
proletariado sufriente y malnutrido que cuando la pizota, como nunca han
comido más carne amplios colectivos de la población africana que desde que hay
epizootias en el Primer Mundo. ¡La vida! No hay mal que por bien no venga. Pero a lo que
hoy vengo es a constatar el cambio cultural que marca la evolución mental de nuestros
pueblos. En el nuestro se ha pasado de vivir las pizotas como caballo de
picador a tener asesores municipales hasta para ir al mingitorio. ¿Quién le pondría hoy
El Pizota a un bar de esta noble villa? Pues casi nadie. Hoy, en cualquier
botellón habrá una pila de alevines lista para darnos una lección sobre los
riesgos epidemiológicos de la EEB.
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El
trabajo doméstico
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Diario El Mundo
Mayo de 2001 |
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Cuando estudiábamos la revolución industrial los de mi
generación, historiadores y sociólogos (Vicens Vives, Gerschenkron, Bairoch, etc.)
estaban de acuerdo en que existe una especie de modelo que permite pasar de la antigua
comunidad rural a la sociedad industrializada. Una de esas coincidencias era que las
sociedades relativamente atrasadas (en las que lo están
absolutamente no es posible aplicar ese modelo ni ningún otro) disponen de
mano de obra abundante pero andan escasas de capital. Otra, que una verdadera fuerza
de trabajo industrial no aparece de la noche a la mañana sino que se consigue
laboriosamente y con el tiempo. Por lo que concierne a la primera circunstancia, la
consecuencia es fácil: se trata de suplir la carestía del capital con la baratura del
trabajo. En cuanto a la segunda, esos autores que cité y otros muchos están de acuerdo
en que en tan complejo proceso hay aliviaderos que contribuyen al desarrollo en la medida
en que benefician al patrón. Por ejemplo, el trabajo doméstico, es decir, la tarea
realizada teóricamente fuera de la cadena de producción y, desde luego, al margen del
riesgo empresarial, con la que se suplen eventuales carencias de trabajo (en especial,
ante demandas extraordinarias) y se abaratan decisivamente los costes del producto. ¿Y
por qué se abaratan? Pues fundamentalmente porque son realizados por trabajadores
de segunda que consideran su actividad como complementaria y no como
exclusiva, y por ello resultan más baratos. Mujeres y niños, en definitiva. El capital
inventó hace siglos (a base de ello un poblachón como Segovia prosperó en la Edad Media
hasta hacerse una urbe textil de varios miles de habitantes) ese sistema que aprovechaba
el trabajo marginal del proletariado doméstico, es decir, del aquella parte
de la población que no iba a la fábrica sino que se quedaba trabajando en casa: las
mujeres y los niños, repito. Esas explotadas que trabajan rigurosamente por
piezas, que aportan su propia maquinaria y asumen como propios los riesgos del
trabajo, se llaman en Valverde tradicionalmente aparadoras.
Veo que en este número dan la voz -la cara no podrían sin represalia-algunas de ellas y
compruebo, oyéndolas, que el modelo descrito por los teóricos se mantiene intacto: nada
de relación jurídica con la empresa, cero de cobertura social, instrumental por cuenta
propia
¿Tan difícil es para la Inspección de Trabajo detectar el inevitable
desfase entre la producción y el número de trabajadores declarados? ¿Tanto costaría
concluir que con los trabajadores de la nómina no sería posible producir tantos pares
como de hecho se producen? Yo entiendo que el Ayuntamiento y su partido templen gaitas y
prefieran llevarse bien con el patrón antes que afrontar una injusticia, en definitiva
histórica, como es el trabajo de la aparadora. No espero nada de ellos, entre otras
cosas, porque ya se han apuntado abiertamente a la teoría globalizadora: allá se los
lleven un día por delante los de Seattle y Quebec. Pero entiendo que ha llegado la hora
de exigir a la opinión que asuma y al ministerio de Trabajo que impida ese trabajo
arbitrario, irregular, injusto de mujeres y niños. ¿No sabe acaso el Ayuntamiento
socialista obrero que esa explotación existe? Pues claro que lo sabe: al
dedillo. Pero si la participación de menores es directamente delictiva, el empleo
irregular de mujeres, tradicional y todo, resulta ya inadmisible en esta era, en teoría
emancipatoria. Ahí está lo que cuentan ellas, que no es ni más ni menos que lo que sabe
todo el pueblo empezando por la autoridad. ¡Y menos mal que no hablan esos niños
pegadores de tacones en sus horas robadas al estudio obligatorio o al ocio legítimo! Es
necesario destapar esa olla podrida de los cortes aparados. Si no llegara a destaparse se
daría la paradoja de que, en plena incorporación de la mujer al mundo del trabajo, las
de Valverde seguirían viviendo aherrojadas en su particular Edad Media. ¡Y con un
Ayuntamiento de izquierda! O eso dicen.
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¿Tiene
China derecho a quedarse con el avión espía? (SÍ)
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Diario El Mundo
Sección "En la Red"
Abril de 2001 |
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Uno tiene edad de recordar el incidente del U-2 que por poco revienta la
olla de la Guerra Fría. La inmensa propaganda acumulada desde entonces sobre él no ha
podido disolver la certidumbre de que las potencias militares espían en todo tiempo -y en
casi todo lugar-y, en concreto, que los Estados Unidos espíaban durante aquella peligrosa
etapa de la misma manera que espían hoy, cuando el atolondrado nuevo Bush busca calentar
la contienda enfriada. ¿Qué si un país tiene derecho a detener y un avión espía que
atenta contra su privacidad? Pues claro. ¿Qué si tiene derecho a retenerlo y a
apropiarse de su tecnología? Pues ya me dirán si no en qué consiste el derecho al
botín que, en la práctica de todas las contiendas, declaradas o latentes, es una
constante que va más allá del utópico derecho escrito. Cualquier estrategia de
espionaje tiene que tener prevista la circunstancia de que el espía caga en manos del
espiado. Si el espionaje incluye elementos tecnológicos -que son en sí mismos uno de los
máximos objetivos del espía--, ni que decir tiene que se da por supuesta su pérdida en
caso de caída. Pero la cuestión se ve aún con mayor nitidez desde el lado del espiado:
¿quién podría discutir a un país hacerse con y retener a un avión espía que, además
de vigilarlo contra todo derecho, aterriza en su territorio? El resto, evidentemente, es
literatura. Pretender que un ejército aprese un arma y no la registre es sencillamente
ingenuo. Los americanos, como todos sus sucesivos adversarios (alemanes, coreanos,
vietnamitas, granadinos, panameños, irakíes o etiopes) han hecho lo propio cada vez que
han conquistado algo al enemigo: apropiárselo. ¿Cómo exigirle a un país
que no averigüe y se adueñe de la tecnología con que es vigilado en su intimidad? Todos
sabemos que ha habido amplios programas norteamericanos de recuperación de
submarinos atómicos soviéticos y hasta que alguna vez se recurrió al paripé del barco
fletado por el millonario Howard Hugues para recuperar navíos hundidos propios y ajenos.
O que antes, durante la conquista de Alemania, equipos de científicos rastrearon
literalmente el país en busca de los avances tecnológicos nazis que tanto preocupaban,
como el progreso en misiles y en investigación atómica. ¿Qué quieren que hagan los
chinos, devolver el avión sin registrarlo siquiera? Parece claro que este incidente
ofrece más interés como indicio de una nueva estrategia de relaciones globales que como
conflicto concreto. Y también que supone una buena ocasión para replantear, una vez
más, el derecho de las potencias a vigilar constantemente a terceros países. Vanas
cuestiones para una realidad pragmática en la que sólo cuenta el interés estratégico
(vale decir, económico, industrial) de un país que se ve a sí mismo como metrópoli
incuestionable y, desde luego, lo es.
Personalmente sospecho que esa estrategia tiene ya descontada la pérdida del avión
espía e, incluso, la situación de sus tripulantes, lo que no supone que no pueda
resultarle útil todavía a efectos publicitarios. El síndrome del U-2 queda,
afortunadamente, algo lejos. Lo malo es que la experiencia demuestra lo fácil que le
resulta a las cancillerías recorrer del revés el camino de la historia. Que los chinos
se apropien de ese avión -de lo que no cabe la menor duda-era, sin duda, un coste más
que calculado por los propios agentes de la confrontación.
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El
sueño del trasvase: de la literatura a la realidad
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Diario El Mundo
Abril de 2001 |
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En la historia del arbitrismo español la constatación o queja por el
secarral español es casi una constante. Ocultaba, sin embargo, una obviedad: que España
no es un país eriazo, sino un territorio que aúna regiones sumamente húmedas con
ámbitos desérticos. De ahí que la idea de los trasvases no sea nueva sino frecuente en
la literatura más o menos arbitrista, pero la primera vez que yo se la escuché
argumentar a alguien en términos solventes fue a un Juan Benet que acababa de publicar
Volverás a Región. La idea del ingeniero Benet era elemental y fascinante:
si sobra agua en el norte y falta en el sur, ¿por qué no comunicar -esos proyectos de
canalización eran ya corrientes con los ilustrados, como se sabe-las regiones
entre sí y llevar lo que sobra allá donde es necesario? La actual polémica en torno al
Ebro -como la que en voz baja provocó el trasvase Tajo-Segura-puede entenderse en
términos de cansancio ciudadano por la falta a atención del Estado a su área, pero es
insolidaria y, sobre todo, absurda. No tiene sentido protestar que esa cesión de agua
agrandaría la zanja que separa a las comarcas agrarias desarrolladas de un Aragón falto
de infraestructuras, y no lo tiene, sencillamente, porque mientras discutimos por galgos y
podencos, al agua del río se pierde irremediablemente en el mar. Benet, penúltimo
ilustrado, concibió una gestión del territorio integral y justa. Hoy,
desdichadamente, hemos vuelto muy a la zaga de Benet.
Hay que decir que el PHN del PP -aceptado por una mayoría de comunidades-prescinde de un
elemento crucial del que en su día aparcó el PSOE en el Congreso: la conexión de las
cuencas para regular estratégicamente los caudales. Por entonces -no debe olvidarse-el PP
consiguió parar aquel Plan aduciendo, con mucha razón, que carecía de sentido práctico
aprobar un PHN antes de disponer por consenso de un Plan de Regadíos, que es la madre del
cordero, y que, finalmente, se ha hecho a trancas y barrancas, aparte de no pocas
disidencias. La realidad se impone, en cualquier caso, y es el simple sentido común el
que nos dice que es un delito de lesa patria negarse a racionalizar las existencias de
agua por razones micropolíticas, intereses locales y demás. No tienen sentido, por eso,
los palos de ciego que anda propinando el PSOE, tan esquizofrénicamente por cierto, sobre
el costillar del proyecto del Gobierno, pidiendo en una comunidades lo que en otras niega,
como no lo tiene, por parte del PP y su Gobierno, la insensibilidad de este Plan ante una
propuesta tan feliz como la que se ha apeado del viejo documento. ¿A favor de la cesión
de agua? No habría ni un solo argumento ético ni económico en contra, por más que el
electoralismo y la trifulca partidista enturbien esa evidencia. Lo que no quiere decir que
Aragón o la comunidad que sea no deba ser compensada de modo pertinente, para evitar, en
efecto, su progresivo descuelgue del conjunto nacional y por cien razones más. Dejar que
el agua sobrante e inutilizable hoy por hoy se pierda con tal de no darla, en cambio, no
tiene sentido. ¿Qué beneficia a Aragón que Murcia o Almería pierdan tanta riqueza?
Pues nada. Quienes apoyan esa histórica cesión propugnan nada menos que racionalizar
sensatamente un medio que tiene agua de sobra pero mal atribuida por los elementos. Con
sinceridad, no se me ocurre como puede alguien enfrentarse a una mejora a la que no se
opone, de hecho, contrapartida alguna.
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La
crisis de la fiesta
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El Mundo de Andalucía
Abril de 2001 |
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Los aficionados que el año que pasó anduvimos siguiendo a Dávila Miura
de Sevilla a la Monumental pasando por Higuera de la Sierra, saldamos la temporada regular
nada más. Nos falló esa figura en la que muchos esperábamos (y esperamos) mucho, justo
cuando Morante de la Puebla, la esperanza blanca, blandeaba de manos corrida tras corrida
sin acabar de superar nunca la secuela psíquica de su percance, y José Tomás navegaba
por el mar de sus tercos pleitos con la tv. Luego llegó el ciclón Curro y
arrancó de cuajo esperanzas muy antiguas junto con las expectativas más recientes, que
de todo había en la viña del currismo leal así como en la del sobrevenido. Joselito,
vamos, José Arroyo, no funcionó tampoco, a vueltas él también con lo de las
retransmisiones televisivas. Ni Espartaco, nunca recuperado de su rodilla enferma, ni
Rivera Ordóñez, como indeciso una feria tras otra. Estuvo Ponce, como ya es habitual,
pero Ponce, que tiene todos los méritos imaginables, quizá no posee el don de las
emociones fuertes. Ese apartado lo llevó el Juli, nuevo príncipe mediático o, como
dicen los sociólogos a la violeta, gran fenómeno de masas. En resumen, con la
espantá de Emilio Muñoz, más gallesca que belmontina a pesar de sus
maneras, una semirruina, dicho sea con el respeto que merecen otras figuras importantes,
que las hubo.
En el toreo siempre, según dicen, hay crisis de figuras. Pero una veces más que otras,
qué duda cabe. Esta temporada, la vuelta de Ortega Cano --¡aquella faena memorable de su
despedida!-permite nuevas esperanzas junto con el desquite que hay que esperar de José
Tomás y de Arroyo, además de un Morante que no tiene edad de andarse con laberintos sino
de cargar la suerte. Ya se verá. La retirada de Curro cambia muchas cosas, en especial en
la feria sevillana y la subsiguiente de Espartaco quita de en medio a otro maestro muy
diferente pero sin duda importante. La Fiesta sigue, eso es seguro, por más que a algunos
nos cueste mirar al cartel de Resurrección
Eso sí, lo que discute poca gente en el toro es que atravesamos una crisis. Doble diría
yo, puesto que a la relativa ausencia de figuras indiscutibles y en forma es preciso unir
la que soporta el ganado, incluso al margen del cataclismo de la epizootia ésa que obliga
a usar orejas de plásticos (es un decir) y a quemar los bichos enteros. De nuevo en
Sevilla habrá concentración de Domecqs, en especial de juampedros, y no
veremos a los Guardiolas -a los auténticos, es decir, a los pedrajas de doña
María Luísa Domínguez, que no son los villamartas que se lidiarán en
algún festejo. Aunque en esta ocasión tendremos toros a la madrileña, algunos tan del
gusto de la Monumental como El Puerto de San Lorenzo o Alcurrucén. ¿Se
notará, como augura el pesimismo, el impacto de la epizootia inglesa? No tiene por qué,
aunque es verosímil que la báscula note -la batalla de Madrid no hay quien la
evite-algún descenso en el peso si a los toros se les quitan determinadas proteínas. Lo
indudable, en definitiva, es que el momento no es boyante y que la doble crisis está
ahí. Si no hay que perder la esperanza es porque, como cualquier aficionado tiene
asumido, en la plaza nunca se sabe.
Habrá que ver qué da de sí la Feria más cara del planeta y si ese ¿treinta? por
ciento de subida de los precios de las entradas se justifica o no. Aunque nada será lo
mismo -en Sevilla-sin Curro, como certifica ese sentimiento de orfandad que se percibe
claramente en la afición. Y sin Emilio, triunfador de dos ediciones anteriores, torero
enteramente de la tierra y figura entera y plena por encima de sus vacilaciones y
jindamas. Muy bien tendrían que rodar las cosas para que, al final, los atracados en la
taquilla salieran contentos de una Feria en la que, por su fuera poco, se va un torero
completo y dignísimo, triunfador de tantas tardes, como es Juan Antonio Ruiz. Pero
habrá, un año más, corros por el Baratillo y el gentío se dejará caer como una vieja
marea Adriano arriba y abajo, imperturbablemente fiel a una ilusión que no pueden echar
abajo todas las cábalas del mundo, y habrá vencejos -altos al comienzo, más bajos
cuando vayan creciendo las tardes-remolineando sobre la Plaza y engalanando el barrio
entero, y se verá desde la Sombra, a la luz oblicua del atardecer, el rebrillar de los
azulejos de la Torre por antonomasia, y hasta se escuchará, nítido, el toque de
vísperas de la vecina campana entremezclado con el compás de la banda, cuando las luces
se enciendan en el quinto y el torero --¡cómo esperamos a Ortega, a Joselito, a Morante,
a Rivera, a Dávila Miura, a esos valientes que no nombro!-viva como sobre ascuas la
incertidumbre del triunfo pendiente del pañuelo que allá arriba decretará, tarde tras
tarde, la alegría o la tristeza.
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El
color de la vida
|
El
Alpende
Marzo de 2001 |
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Veo circular por Paris el torrente humano, la avenida de razas que
desborda el Tercer Mundo, negros de todas las negritudes, ejércitos nipones, chinos de la
nueva Catay, indios con un indescriptible matiz azul sobre el cutis sombrío, la falange
islamita que vive en la banlieu, en el barrio segregado, selva primordial en
plena civilización, universo separado regido por su propia física y su adánica
concepción del mundo. No hay quien pare esta metamorfosis, no habrá xenófobo que
detenga esta riada de la vida que se echa encima del Primer Mundo desde los desgalgaderos
de la humanidad. En Valverde mismo viven hoy -venturosamente integrados-algunos de esos
ejemplos de la nueva sociedad, lejos ya de aquel reducido lugar mental en el que el
forastero era una novedad extraordinaria. Como en Nueva York o en Londres: no habrá
Heribertos Barrera ni doñas Ferrusolas bastantes para cegar en esa aceña el curso de la
vida. Es posible que la novedad máxima del milenio que empieza sea esta definitiva
multirracialidad del hecho social, este mestizaje forzoso que, a largo o medio plazo, ha
de modificar en profundidad el pasado del hombre. Y a eso es a lo que hay miedo. Veo a la
gente que asiste entre aturdida y absorta al concierto negro que un grupo mixto prodiga
interminable en la estación del Metro, la veo seguir con inquietud el tráfago de color
que sube y baja por Montparnasse, los grupos que arraciman en Les Halles el recuerdo de la
nación lejana, quizá el olor profundo de la selva o el airón del desierto todavía
pendiente en la memoria. Nada que hacer: Europa, Occidente en general, está siendo la
sede de la más radical refundación de la humanidad, y frente a esa evidencia -que la
Historia (los intereses creados) sabrá retrasar en lo posible-poco puede el clamor
racista o la mandanga de los xenófobos. De Haider a Barrera: ¡manda huevos, pensar que
doña Ferrusola coincide ce por be con los skeans!
Me encuentro, a la vuelta, con que en Lepe han desalojado a los inmigrantes encerrados.
¡Y qué más da! No es sólo que el Espíritu hegeliano ha de pasar
arrollador sobre un tal Pepe Oria (alcalde o ministro, daría lo msmo) sino que desde la
propia oficina de la vida, los manijeros tienen interés en que pase porque saben que al
ejército de reserva que ese Espíritu trae le está reservado en
la nueva economía un papel insustituible. Es curioso pero lo más notable de las
resistencias al Otro provienen ya del cinismo ya de la ignorancia de quienes son incapaces
de aceptar el papel que la nueva visión del mundo asigna a los pobres de la tierra: ellos
habrán de hacerse cargo (como, por otra parte, ha ocurrido siempre) de lo menos grato en
el reparto de trabajo social, de las tareas ínfimas, de todos los cubos de basura habidos
y por haber
para que no tenga que atenderlos uno de los nuestros. Pero
no lo ven, o no lo aceptan, quizá porque viven ensimismados, o porque, sencillamente,
como decía alguien, no viajan. Cualquiera que estos días heladores abriera los ojos en
Paris lo vería, en cambio, igual si la mirada hubiera de caerle por el rompeolas del
Bou lMich, que si se demorara por el Campo de Marte. Me dicen que esta sagrada
escoria baja de la banlieu al centro porque necesita contemplarse en el espejo
ficticio de la integración, porque suspira por reconocerse en la imagen soñada de los
bienaventurados. Yo lo que sé es que están ahí, negros de todas las negritudes,
nerviosos ejércitos de nipones, chinos de la nueva Catay, indios con un indescriptible
matiz azul sobre el cutis sombrío, la falange islamita que vive en la banlieu, hombres
rotos, niñas infibuladas, mujeres de rostro cubierto arañando las puertas del paraíso
prohibido. Ni ellas ni nuestros racistas saben que la Historia va por donde quiere, no por
donde pretendieran encarrilarla los ciegos o los sordos de solemnidad.
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El
enroque de Magdalena Álvarez
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El Mundo de Andalucía
Marzo de 2001 |
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Ayer salió, al fin, a la palestra la consejera de Economía y Hacienda,
Magdalena Álvarez, para desmentir -faltaría más-las acusaciones formuladas por un
colectivo de técnicos y trabajadores del Instituto de Estadística de Andalucía que
apuntan a ella como inductora del cambio brusco de orientación sufrido por el organismo,
así como de la expeditiva purga ocurrida en su organigrama tras la llegada de la nueva
responsable, Isabel Bozzino, hasta ahora (sin que se le conozcan otras ocupaciones o
méritos) jefa del Gabinete de aquella. El argumentario de Álvarez es elemental y
previsible: no hay pruebas ni las habrá de que la estadística se manipula y
el personal se maneja de modo que ello pueda llevarse a cabo, lo que quiere decir, que, de
descubrirse a los acusadores, sufrirán las correspondientes querellas criminales. Bien,
pero antesdeayer ocurrió que el manifiesto de protesta contra El Mundo,
propuesto oficialmente a los trabajadores, no logró ni un mínimo apoyo, y en
cambio, los mismos acusadores reforzaron su denuncia con esa de una maniobra ejercida
sobre los trabajadores.
Magdalena Álvarez no era, desde luego, ninguna desconocida antes de que su estrepitoso
fracaso con la ley de Cajas y su sueño de Caja Única-la lanzara, al comprometer
gravemente al propio Chaves y descoyuntar internamente al PSOE andaluz, a una actualidad
clamorosa. Aunque ya antes, hay que recordarlo, Álvarez fue actualidad encarnada en
lady Aviaco con motivo de aquel inmenso abuso (cientos de pasajes de la
compañía aérea de la que era consejera, incluidos los internacionales para esposo e
hijos) que le confirió irremediablemente ese solemne apodo. Tampoco entonces era cierto
nada hasta que se fueron comporbando, uno tras otro, cuantos extremos había avanzado la
denuncia pública aunque, ciertamente, tampoco entonces Álvarez resultara afectada
políticamente por el escandalazo.
Y en fin, antes de esa vidriosa historia, incluso, Magdalena Álvarez fue la jefa de la
Inspección de Hacienda bajo cuyo mandato tuvieron lugar los más escandalosos episodios
protagonizados por sus servicios, como aquel que costó la supervivencia política al
candidato Borrell, aquel otro del que se libró el cuñado del entonces
Presidente del Gobierno, o varios otros que ni merece la pena recordar. Una política
impune, como se ve, crecida por obra de esa misma impunidad y curiosamente mantenida por
tirios y troyanos -aunque siempre en el ámbito del gonzalismo de estricta observancia--,
ellos sabrán por qué. En esta ocasión, en fin, lo que los técnicos demandan no es otra
cosa sino que se investigue -con las garantías elementales que el caso requiere-lo que
está ocurriendo en el IEA desde que desembarcaron en él las huestes de lady Aviaco. Una
exigencia demasiado incontestable como para que el silencio o el simple rechazo, amenaza
incluida, pudieran resolver este contencioso que en verdad compromete en su integridad el
prestigio de la Administración autónoma que preside Manuel Chaves.
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1934
Pasos largos, el último bandolero
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Publicado en el SUPLEMENTO
28-F. El Mundo de Andalucía
Febrero de 2001
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No hay acuerdo unánime sobre quién fuera el ultimo bandolero. Se habla
del el Vivillo o de el Pernales pero incluso se ha empinado a esa consideración a
delincuentes vulgares, en ocasiones atroces, como el parricida Flores Arrocha, cuya estela
legendaria tentaría, de creer a Bernaldo de Quirós, al propio Lorca. Es probable, sin
embargo, que a ningún bandido corresponda esa dudosa honrilla con mejor título que a
Juan Mingolla Gallardo, conocido como Pasos Largos, de quién la Vulgata del
autor ya citado da no pocos datos fidedignos: que nació en El Burgo, cerca de Ronda, de
familia pequeñocampesina, que se echó al monte por matar a dos vecinos que lo delataron
como furtivo, que luchó en Cuba con cierta abnegación, que era celoso y abstemio (dos
cualidades significativas), que acabó haciéndose secuestrador, que fue condenado por un
consejo de guerra a cadena perpetua y posteriormente indultado por buena conducta, que la
tuberculosis le valió el traslado desde el penal de Figueras al de El Puerto y que, nada
más ser licenciado, volvió a su pueblo, echó mano de la escopeta y -como si cumpliera
un sueño largamente acariciado-se echó al monte buscando el enfrentamiento con la
Guardia Civil en el que moriría. Nada extraordinario, pues, ni acorde con el perfil
legendario de los bandidos clásicos, aún, ciertamente, muy enraizados en la imaginación
popular.
Pero Pasos Largos no pertenece ya a la leyenda áurea de del bandidismo, que la teoría
sitúa en el inicio de un proceso tan antiguo como la memoria histórica. Según esa
teoría existen dos épocas del bandolerismo decimonónico andaluz. Una correspondería al
reinado de Fernando VII (es decir, pleno romanticismo social y cultural), y estaría
mitificada en el bandido generoso, figura con raíces en personajes más o
menos imaginarios que desde el XVI ilustran la imaginación popular, y que vendría a ser,
en buena medida, una especie de víctima heroica, o de héroe victimario, si se prefiere,
del sistema de organización propio de la sociedad de susbsistencia agraria. Todo está
previsto o marcado en el guión del bandido generoso: se echa al monte forzado
por un incidente de consecuencias fatales e irreversibles (la apocenosis de la
teoría cursi), normalmente una venganza impuesta por la honra sexual o exigida por el
rígido código de la valentía, se organiza luego en el monte (la
sierra es el territorio libre que se opone al llano civilizado,
aunque andando el tiempo, con el avance de la conciencia y la organización
sociopolítica, se invertirá esa relación política) y en esa vida observa un raro
complejo moral y estético indispensable para garantizar la admiración y el apoyo
campesino. Desde Diego Corrientes, el tópico del fora exido que se enfrenta
al orden constituido en defensa de un orden autónomo es un recurso que no falla, aunque
es probable que ese salteador (de saltus, bosque) justiciero, galante y demás
no haya existido más que en la imaginación de una época tan proclive a semejante ideal.
Pasos Largos actúa en solitario, como sus inmediatos antecesores -todos ya epoligales en
este cuento-se asociaron en parejas para delinquir. Pero en la etapa referida el bandido
capitaneaba una partía, una organización espontánea, de marcado carácter
paramilitar, indudablemente deudora de la experiencia bélica de la Independencia, y
entres las que no será necesario recordar las arquetípicas de los Niños de Ecija -gran
centro, con Estepa, del bandolerismo en todo tiempo-o del Tempranillo. Pasos Largos se
parece bien poco a José María, por ejemplo, así como éste -hoy reivindicado, como
algún otro bandido, en su pueblo natal- bien poco tiene que ver con el daguerrotipo
amable que nos ha legado la leyenda. Porque, en efecto, de una leyenda se trata en esta
historia. Una leyenda sublimatoria en función de la cual se ve en esos sublevados
forzosos una especie de rebeldes primitivos, en el sentido de Hosbawm, que habrían
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Colgar
el perdigón
Para Diego Marín Rite
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El
Alpende
Febrero de 2001 |
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A veces tomamos por triviales o rutinarios hábitos y gestos que vienen de
muy lejos, en ocasiones comportando sentidos insospechados. Mi primo Diego Marín,
historiador versadísimo y jaulero contumaz, tiene a gala mostrar un texto sagrado que
demostraría que en el tiempo bíblico ya se colgaba el pájaro en el farol para cazar al
aguardo. Se trata de un lugar de Eclesiástico, concretamente Eclo.11, 30 (11,32 en otras
numeraciones) en el que, para ilustrar simbólicamente el riesgo a que se expone quien
confía en el orgulloso, el autor de la Sabiduría de Jesús ben Sirá, que
ése es el nombre antañón del Eclesiástico, recurre al ejemplo del reclamo engañoso de
la perdiz. Perdiz cautiva en su jaula, tal es el corazón del orgulloso,/ como el
espía acecha tu caída traduce la edición española de la Biblia de Jerusalén,
que comenta así: A la manera del ave colgada como reclamo en el lazo,
el corazón del orgulloso atrae al prójimo a los lazos del pecado. La Biblia
Comentada de Salamanca (sobre el viejo texto de Nácar-Colunga) varía ligeramente al
escribir Como reclamo de perdiz en su jaula/ es el corazón del soberbio,/ y como
lobo que acecha a la presa, declarando que en, el versículo en cuestión, la
actitud del orgulloso es comparada al reclamo de perdiz que, encerrada en su jaula,
utiliza el cazador para atraer a las perdices
. Si dejamos ahí las cosas, mi
primo Dieguito lleva razón en que in illo tempore ya se colgaba el pájaro.
Pero
Me llamó la atención que la minuciosa versión de la Biblia Española de L. Alonso
Schökel y Juan Mateos eliminara la bella metáfora para sustituirla por una expresión
ciertamente poco inteligible: Como pájaro encerrado en la cesta (¿)/ es el
corazón del soberbio: acecha como lobo a su presa. ¿Por qué dos traductores tan
sabios usarían un genérico, pájaro, que, por cierto, sería impropio, pues la perdiz,
Alectoris, no es un pájaro sino un faisánido? Las
traducciones de la Biblia echan con frecuencia mano, en especial ante textos corruptos, de
esos genéricos (cuando hablan de gorriones o cuervos, por
ejemplo). Pero lo curioso ahora es que la versión jaulera es mucho más
lógica por lo que viene detrás, a saber, por la relación del hombre generoso con la
acechanza del enemigo. ¿Será acaso que no tiene fundamento la hipótesis de que Ben
Sirá conocía ya la caza al aguardo?
Un gran embajador de España, José Cuenca, que es además de escritor eximio, un
perdicero fanático, publicó ya su hallazgo de un arcaico mosaico marroquí que mostraba
a un perdigón enjaulado. No a una perdiz de las nuestras, es decir, no a una perdiz roja
(Alectoris rufa), sino tal vez a una perdiz moruna (Alectoris barbara) que es la
autóctona de la zona. Él mismo tiene escrito un alegato demostrativo de que en la Grecia
antigua -él fue brillante legado en la Atenas actual-también se conocía ese tipo de
caza tan nuestro, aunque sospecho que, en este caso, seguramente, de la perdiz griega
(Alectoris graeca). Pero de Israel y del entorno bíblico nada había oído. Jesús
Peláez, hebraísta y catedrático de griego, me advierte, sin embargo, que la perdiz es
frecuentísima en el Israel actual precisamente porque su ingesta, por razones rituales,
está prohibida, es tabú. Lo que supondría que su caza también lo está. ¿De qué se
habla entonces en Eclo. 11,30? Pues probablemente de esa perdiz griega que debía conocer
bien el traductor griego -como bien conocen la roja los autores de vernáculas españolas-
en la imagen de la caza con reclamo. No hay que olvidar que el Eclesiástico que conocemos
-aparte tardías versiones hebreas de azarosa existencia-es un texto de autor griego cuyo
traductor original avisa de que lo que se expresó originalmente en hebreo no
conserva el mismo sentido traducido a otras lenguas, antes de versionar esa perdiz
como perdix y describirla cereutés, esto es, literalmente,
encerrada cartallo (dativo de cartallos), que viene a decir, en
una jaula. Ay, Dieguito, ¿nuestro gozo en un pozo, pues? Pues, mira, yo creo que no,
porque, en cualquier caso, estas porfías demuestran lo viejo que es vuestro vicio. ¿Te
acuerdas del Viejo volviendo del casino a mediodía para cortarle la lechuga al pájaro?
Del viejo, de tu hermano y de ti mismo, de tantos amigos nuestros, que conservan hoy,
quizá sin saberlo, un fuego sagrado encendido hace muchos siglos.
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El
sueño del trasvase: de la literatura a la realidad
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El
Mundo de Andalucía
Febrero de 2001 |
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En la historia del arbitrismo español la constatación o queja por el
secarral español es casi una constante. Ocultaba, sin embargo, una obviedad: que España
no es un país eriazo, sino un territorio que aúna regiones sumamente húmedas con
ámbitos desérticos. De ahí que la idea de los trasvases no sea nueva sino frecuente en
la literatura más o menos arbitrista, pero la primera vez que yo se la escuché
argumentar a alguien en términos solventes fue a un Juan Benet que acababa de publicar
Volverás a Región. La idea del ingeniero Benet era elemental y fascinante:
si sobra agua en el norte y falta en el sur, ¿por qué no comunicar -esos proyectos de
canalización eran ya corrientes con los ilustrados, como se sabe-las regiones
entre sí y llevar lo que sobra allá donde es necesario? La actual polémica en torno al
Ebro -como la que en voz baja provocó el trasvase Tajo-Segura-puede entenderse en
términos de cansancio ciudadano por la falta a atención del Estado a su área, pero es
insolidaria y, sobre todo, absurda. No tiene sentido protestar que esa cesión de agua
agrandaría la zanja que separa a las comarcas agrarias desarrolladas de un Aragón falto
de infraestructuras, y no lo tiene, sencillamente, porque mientras discutimos por galgos y
podencos, al agua del río se pierde irremediablemente en el mar. Benet, penúltimo
ilustrado, concibió una gestión del territorio integral y justa. Hoy,
desdichadamente, hemos vuelto muy a la zaga de Benet.
Hay que decir que el PHN del PP -aceptado por una mayoría de comunidades-prescinde de un
elemento crucial del que en su día aparcó el PSOE en el Congreso: la conexión de las
cuencas para regular estratégicamente los caudales. Por entonces -no debe olvidarse-el PP
consiguió parar aquel Plan aduciendo, con mucha razón, que carecía de sentido práctico
aprobar un PHN antes de disponer por consenso de un Plan de Regadíos, que es la madre del
cordero, y que, finalmente, se ha hecho a trancas y barrancas, aparte de no pocas
disidencias. La realidad se impone, en cualquier caso, y es el simple sentido común el
que nos dice que es un delito de lesa patria negarse a racionalizar las existencias de
agua por razones micropolíticas, intereses locales y demás. No tienen sentido, por eso,
los palos de ciego que anda propinando el PSOE, tan esquizofrénicamente por cierto, sobre
el costillar del proyecto del Gobierno, pidiendo en una comunidades lo que en otras niega,
como no lo tiene, por parte del PP y su Gobierno, la insensibilidad de este Plan ante una
propuesta tan feliz como la que se ha apeado del viejo documento. ¿A favor de la cesión
de agua? No habría ni un solo argumento ético ni económico en contra, por más que el
electoralismo y la trifulca partidista enturbien esa evidencia. Lo que no quiere decir que
Aragón o la comunidad que sea no deba ser compensada de modo pertinente, para evitar, en
efecto, su progresivo descuelgue del conjunto nacional y por cien razones más. Dejar que
el agua sobrante e inutilizable hoy por hoy se pierda con tal de no darla, en cambio, no
tiene sentido. ¿Qué beneficia a Aragón que Murcia o Almería pierdan tanta riqueza?
Pues nada. Quienes apoyan esa histórica cesión propugnan nada menos que racionalizar
sensatamente un medio que tiene agua de sobra pero mal atribuida por los elementos. Con
sinceridad, no se me ocurre como puede alguien enfrentarse a una mejora a la que no se
opone, de hecho, contrapartida alguna.
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Aquellos
cristianos/socialistas
Necrológica de Meli León
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El
Mundo de Andalucía
Enero de 2001 |
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Ayer ha muerto en Huelva Amelia León, la popular Meli León, veinte años
responsable de los Asuntos Sociales, casi un cuarto de siglo sirviendo un ideal que a ella
le venía por dos venas distintas y convergentes: el cristianismo y la ideología
socialdemócrata. En la generación de Meli León, que es la mía, aún el encono
partidista no había liquidado la evidencia de que entre el universalismo justiciero, que
es la marca del cristianismo fundante, no andaba tan lejos del reformismo radical que
desciende del colectivismo revolucionario. ¿Acaso ni es una revolución el cristianismo
primitivo o el que hoy se practica, contra viento y marea, en muchas partes del mundo?
Cuando Meli despertaba a la vida una de las tendencias más à la page en la
Europa concienciada era lo que, en términos generales, se llamó el diálogo
crisitiano-marxista. Nada menos. Dentro o fuera de aquellas movidas, gentes como
Meli arrastraban su conciencia herida por entre los escombros de la Guerra Fría en busca
de una Verdad, siquiera sincrética, al menos pactada entre gentes diversas que
perseguíamos los mismos sueños. El sueño de la libertad, el sueño de la igualdad, el
sueño de la Justicia. Sólo el tiempo demostraría lo ingenuos que éramos -en París
igual que Sao Paulo, en Pgraga igual que en Madrid-pero lo que nadie pudo borrar de muchos
de nosotros es ese doble élan, esa pulsión híbrida que nos obligaba
doblemente como fieles, algunos piadosos, de una doble fe. Meli fue una de aquellas
sonámbulas y nunca, que yo sepa, renegó. Dios se lo premie.
En la política -ese corral de cabras-Meli León entró en la segunda legislatura y desde
entonces hasta su muerte ha desempeñado tareas de Asuntos Sociales, por lo que yo sé con
exquisita neutralidad y pulso firme. A ella se le debe la recuperación para la vida
púbñica del desarmado movimiento ciudadano --¡ahora que tanto se habla de
sociedad civil, que le hagan un monumento!--, escrupulosa, minuciosamente
desmontado por los partidos de la izquierda una vez que, con la llegada de la democracia,
creyeron ingenuamente haber llegado al Poder. Luchando en Huelva contra viento y marea
logró, en efecto, la recuperación para la política del desvencijado movimiento vecinal
(antes en manos del PCE, la ORT y otros grupúsculos de la izquierda extremada),
consiguiendo que el Ayuntamiento fuera algo así como el lugar geométrico de esas
insustituibles colaboraciones espontáneas. Pero, sobre todo, en ese casi cuarto de siglo,
Meli León -contra tirios y troyanos, no sin trifulcas y cataclismos intestinos-consiguió
un doble y nobilísimo objetivo: no separarse nunca de su doble fe, cristiana y
socialista, demostrar con el ejemplo que se podía repicar y dar trigo al mismo tiempo en
la parroquia de la buena fe.
La izquierda (cristianismo incluido) pierde ahora un apoyo indesmayable. Pero tras ella
queda su obra y, lo que es infinitamente más revelador, su ejemplo. Su lección de altura
para idiotas y minúsculos, ahí queda. Nada menos que trató de ilustrar la denostada
compatibilidad de la fe considerada ésta de tejas arriba y de tejas abajo. Dura tarea,
sin duda, en la que acaso no la entendieron ni algunos entre sus próximos. Vista desde
fuera, sin embargo, lo que hizo en vida Amelia León aparece como un hito en medio de
nuestros míseros y excluyentes criterios. Ojalá que tanto esfuerzo y tanta fe en la
condición humana sirvan para algo.
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La
Navidad de antes
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El
Alpende
Enero de 2001 |
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Don Manuel Medina era el mejor contador de historias
(narrador es otra cosa) que yo he conocido. Con mi tío Vázquez, quizá, que
no le andaba a la zaga cuando se sentaba bajo la buganvilla y su alondra en el patio de mi
abuela, las mañanas que el tiempo lo permitía, sol y sombra agridulce de primavera,
solazo picante de las mañanas de febrero, frescuras vespertinas del otoño precoz. Yo
llegaba de Madrid y me iba derecho a casa de Medina a hablar de lo divino y lo humano, a
discutir el último número de Cuadernos para el Dialógo de que él era
suspcriptor tempranero y fiel, o las cosas que íbamos sacando a trancas y barrancas en
Triunfo, que él seguía atentamente con un cariño que nos daba ánimos. Pero
Medina, don Manuel Medina, era, sobre todo, un contador como esos que, andando el tiempo,
me encontré en la Djemà el Fna de Marrackech o en la medina de Fez o, acaso, en una
sobrecena porteña, en casa de Cipe Lincowski, en boca de un misterioso personaje que se
iría luego, casi sin despedirse, calle Palermo abajo, uno de esos gracianescos
hombres con experiencia que saben darle color literario a la vida y sentido
vital a la narración.
En Navidad, Medina mantenía a mano la vieja guitarra, compañera de tantas hermandades,
desde los Carabales hasta el Club de los XX, la guitarra descuidada que sólo él era
capaz de tañer con esa mano secreta que le daba su acento especialísimo a cualquier
melodía. Igual si eran los romances --Iban caminando/ y se han
encontrado
, Camina la Vírgen Pura/ y su esposo san José/ y su esposo
saaan José--, como si se trataba de El rocío celestial o esa
melancólica balada que es Yo pobre gitanillo/ al Niño le diré
, Medina
-los ojos vidriados con cautela por una emoción que él sabía administrar con
hombría-se las aviaba para llenar la casa de un aroma de otro tiempo que, a la luz
terciada de aquellas reuniones, ofrece a la memoria un registro sentimental difícil de
describir. Pero cuando Medina, don Manuel Medina, se crecía y alcanzaba su estatura casi
mítica era cuando colocaba con cuidado la guitarra en el suelo, siempre a mano, para
echar un rato y un puchero en el supremo ejercicio del recuerdo, anécdotas de la era del
hambre, delicias del ingenio popular, moralia profunda de muy viejas lecciones que él
sabía acercar al presente con ese don suyo de la ubicuidad que supo siempre convertir lo
lejano en actual y alejar en la distancia lo demasiado próximo. Aquellas Navidades -sin
tv o casi, rosas y orejas, bollitas y bollos de horno-eran ante todo memoria cantable o
ceremonia oficiada por quién sabía de sobra cual es la función profunda de la fiesta y
arrimaba a sus liturgias todo el fervor de su palabra y su compás. Yo evoco siempre a don
Manuel Medina en esa doble condición de bardo y de rapsoda, de hombre capaz de aliñar su
talento con la especiería amable del más genuino populismo. ¡Cómo contaba Medina sus
historias de guerra y paz, sus consejas de antiguos y modernos, sus fábulas esperanzadas
en un futuro menos malo, acaso mejor que el que él se vio obligado a vivir! No sé por
qué revivo esa experiencia entrañada cada vez que la Navidad le muerde los talones a los
galgos de mi memoria , cada vez que siento inexplicablemente y sin remedio esa especie de
desazón tan próxima al placer de recordar. Más de una vez le he pagado con una lágrima
ese don a ese hombre bueno. Pero no desespero de podérselo pagar aquí mismo, palabra
sobre palabra -mi moneda contante y sonante-, el día menos pensado.
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Carlos
Cano, cartel de Andalucía
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Diario
El Mundo
20 de Diciembre de 2000 |
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Cuando Carlos Cano cayó las primeras veces por el Madrid de la
Transición, mucha gente entre la progresía más clásica entendió su andalucismo como
una simple ocurrencia simpática. Aquellas veladas del Maravillas, alrededores de una
glorieta de Bilbao erizada de miedos y antidisturbios, su estallido en el Palacio de
Deportes reventando el ambiente con aires mitineros, no revelaban a un cantautor más de
tantos como pululaban por el tardofranquismo, sino a un cantante con voz propia que
repetía en todas las claves un mismo tema andaluz. A él, ciertamente, no le preocupaba
ni poco ni mucho aquel efecto engañoso, seguro como andaba con su ideal
andaluz a cuestas, tan cerca entonces de las opciones de izquierda que se apellidaba
socialista por derecho, tan preocupado, paralelamante, de cuajar su sonido
propio con aquella voz personalísima siempre más interesante por la gracia de lo que
decía que por sí misma. Cantaba Carlos La murga de los currelantes y los
reñideros de la emigración catalana se caldeaban al verse reflejados en aquel espejo
brusco que les devolvía de pronto, tan festivamente, la imagen propia de sus alegrías y
de sus penas. Anunciaba aquel socialismo de la manita abierta -árbol de vida
esquematizado por Alberto Corazón-y era Madrid, o Sevilla o su Granada del alma, o
Málaga o Huelva, cualquier pueblo andaluz el que se levantaba como un solo pueblo aún
sorprendido de reconocerse sobre el azogue nuevo.
Carlos Cano ha tenido tiempo y éxito suficientes para desenvolver luego con los años,
laboriosamente, una madeja que muchos creían poco menos que inventada, abierto sin
reservas a todos los sonidos, asomado a tantos mundos distintos, inventor apasionado de un
raro mestizaje de músicas de todos los colores, dueño de un planisferio íntegro en el
que supo borrar las fronteras hasta fundir en un solo canto, con seguro acento andaluz,
los ecos más distantes. Como supo mantenerse pegado a su terreno, siempre a ras de la
copla, ay María la portuguesa, sin que ello le impidiera cerrarse a solas con
Federico en el diván del Taramit, o bucear en los poetas lejanos el eco de una poesía
que protestaba la memoria de una herencia árabe que él supo manejar sin trampas y con
rigor. En pocos mapas sentimentales ha estado tan cerca América de España, Portugal de
España o Andalucía de Marruecos, ni se han perfilado con tanta nitidez los ríos del
habla común, del sentir compartido, de la música sin dueño que los pueblos saben
conservar al margen de convenciones y oficialidades. Esa es la razón que sube tantos
quilates a la poesía de este cantor y que le pone a la música de este poeta el latido
genuino y exacto de un corazón castigado en exceso. Carlos no usó nunca la patria ni
mentó su nombre en vano. Sencillamente cantó desde su tierra, con los ojos abiertos a
tragedias y alegrías, y una firme esperanza puesta en un futuro que no acaba de llegar
nunca pero que, hoy como ayer, se yergue más seguro en su voz que en ninguna teoría
política.
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Un
olvido
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El
Alpende
Noviembre de 2000 |
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Este año, el 2000, se cumplen cien de Las tres cosas del Tío
Juan. Quiero decir, del fallo del premio de cuentos que el periódico madrileño El
Liberal le concedió --¡y con qué Jurado!: aquellos eran tiempos-a un valverdeño de
nacimiento, José Nogales. Mala suerte la de Nogales. Ganar aquel premio lo lanzó a la
fama (bueno, es un decir) pero le acarreó la enemiga de por vida de gentes tan
influyentes como Valle-Inclán, uno de los derrotados por nuestro paisano, junto con la
Pardo Bazán nada menos y Cansinos Assens, en aquel certamen. De nuestro cuento por
antonomasia se han hecho varias ediciones, ninguna adecuadamente crítica. Y ninguna
disponible. El Notario hizo la suya a expensas del Ayuntamiento, muy cuidada y con un
discutible prólogo con el que ya nos encargamos nosotros durante años de mortificarle
cordialmente. Si el Notario viviera, ay, otro gallo cantaría en el centenario de
Las tres cosas del Tío Juan, que no ha pasado desapercibido, por cierto, para
todos, pues en Sevilla presentamos el otro día un estudio que estimo definitivo sobre el
escritor y su obra, del que es autor el sabio cura de Fuenteheridos, Ángel Manuel
Rodríguez Castillo. Lo que son las cosas: para quien sí ha pasado desapercibida la
efemérides es para Valverde, y para mayor inri, para un Ayuntamiento que gasta lo que
gasta en Cultura (¿), que paga sueldos estupendos a esos mánagers improvisados y cuyo
alcalde/Presidente lo es también de una Diputación que, aparte de tener un laborioso
servicio de Publicaciones, dispone de un staff de consejeros que ni el Rey nuestro Señor.
Por supuesto por supuesto, a los políticos se la empluma la Cultura y no hay por qué
rebuscarles letras a personajes que tiene acreditada su inopia cultural. Ahora bien, un
pueblo no puede permitirse el lujo de olvidar al único escritor de relieve que tiene
reconocido. Si aún fuera necesario habría que darle cero patatero a ese concejo ignaro
que cobra como los mejores pero paren ustedes de contar. ¡Qué raro que a Gumersindo
Guerra-Librero, que hasta tiene copias mecanografiadas de obras inencontrables de Nogales,
no se le haya escuchado algún clarín! Pero a quien hay que pedirle cuentas, sin aguardar
las pullas de Demonia Wilson, es a los asalariados de la política. A esos les importa
poco Valverde en cuanto la procesión no va con ellos. O con su nómina.
Aparte de la lápida de la casa natal, Nogales no tiene hoy en Valverde la menor seña. El
Ayuntamiento quitó en su día el precioso rótulo que para la Biblioteca José Nogales,
en la calle Real de Abajo --cerca de donde dicen que el escritor, ya reconocido y viviendo
en Madrid, se sentaba en sus últimas visitas a Valverde--, acarreó el celo del Notario.
Y ni siquiera a la nueva Biblioteca, la de la Casa de la Cultura, se le ha ocurrido a esas
biempagadas cabezasdehuevo restituir el azulejo y la memoria perdidos. Claro
que imaginen lo que le va a la politiquería en la memoria de Nogales. Si se tratara de
aclamar a un baranda del partido (al que mande en este momento, se entiende), otro gallo
cantaría. Pero en el centenario de Nogales --el viejo zorrilista, el escritor al que
honraron Burgos y Mazo, Moret, Canalejas y hasta el torero Bombita-- nada le va al gallo
rojo (es otro decir). Lástima que a Guerra no le diera en su día por Las tres
cosas (le dio por otras mucho peores) y continuara en el machito, porque entonces
veríamos hoy al Ayuntamiento ir y venir bajo mazas a la casa de Traselporche en un
homenaje inacabable. No era esta, ciertamente, la gente nueva que echaba de
menos el Tío Juan. Lo que sí traen, como él auguró, es la barriga llena.
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La
opinión saturada
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El
Alpende
Octubre de 2000 |
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El Centro de Estudios Teológicos sevillano es desde Marzo pasado
Instituto Agregado a la Facultad de Teología de Granada. Es un acto de justicia y era una
necesidad que sus tenaces azacanes tenían bien justificados. Ayer mañana se celebraba el
acontecimiento con la apertura al público de una insólita exposición, Biblia
Sacra, que servirá a muchos ciudadanos para formarse una idea del valor de los
fondos bibliográficos atesorados por la Biblioteca del CET y del que la valiosísima
muestra de Biblias expuestas es elocuente testimonio. Una exposición de Biblias encierra
una invitación a muy hondas cavilaciones aparte de constituir un deleite para cualquier
bibliófilo. La enorme prensa de Gutenberg instalada en el vestíbulo sugiere ya al
visitante el impacto decisivo que la imprenta (el primer libro impreso fue, como es
sabido, una Biblia) habría de tener sobre el mensaje religioso y, en concreto, la
inevitable determinación que acabaría ejerciendo -a pesar de tantas
presiones-sobre la palabra revelada. Biblia Sacra va desgranando
ante nosotros esa larga y costosa aventura que fue el desarrollo bíblico a partir del
momento en que la técnica del libro hace inevitable la demotización de la Escritura y,
en consecuencia, la apertura de un amplio horizonte para la conciencia. Las Biblias
Políglotas --la Complutense de Nebrija, la Regia de Arias Montano (dos andaluces, ojo),
la muy posterior de Londres-preceden en la exposición a los textos originales (hebreos y
griegos) del Libro por antonomasia, incluyendo un ejemplar de la plantiniana Biblia
Hebraica, obra también de Arias Montano junto a otras posteriores.
Vienen luego las Vulgatas -cuyo viejo texto jerosimilitano se establece
oficialmente en Trento, al filo ya del nuevo siglo--, representadas en la
exposición por una muestra preciosa de ediciones de los siglos XVI al XIX, junto a una
sección de otras versiones latinas, desde la célebre de Pagnini, a la clásica
traducción de Vatablo (tan apreciada por el Presidente Covarrubias y otros ilustres
contrarreformistas).
Pero es la sección de Biblias vernáculas la que mueve con mayor vehemencia a la
reflexión en la medida en que la gran batalla ideológica se libró precisamente
alrededor de esas traducciones a la lengua vulgar que no interesaron nunca al
esoterismo clerical. Verá el lector expuestas en Biblia Sacra ejemplares que
contienen aportaciones clásicas como las de Dom Calmet o el Nuevo Testamento del Maestre
de Sacy, junto a las ediciones españolas lastimosamente tardías ya que la prohibición
no fue levantada aquí hasta el último tercio del XVIII.
Una última sección atractivísima es la de las Biblias comentadas y glosadas, en
especial una deliciosa Physique sacrée obra de J.J. Scheuchzer, un notable
humanista de indubitable perfil ilustrado, esta vez emparejados a glosadores
tan universales como Nicolás de Lira (manual de cabecera del humanismo clerical español
durante tres siglos), Wilfrido Strabon o Pablo de Santa María (de quien sospechó, y no
poco, el racismo inquisitorial).
El sordo diálogo entre la fe libre y la intransigencia -algo tan actual, en fin de
cuentas-nos embarga recorriendo esta muestra que ya merecería la pena sólo por ver los
grabados de Turner, Gustavo Doré o Bartolomé Vázquez, los primores del maestro de
maestros Plantino o las calcografías y esmeros tipográficos de valor incalculable que
encierran las ediciones expuestas.
A Fernando Camacho -más sabio aún que humilde y más humilde que el que más--, y a sus
colaboradores del CET se le debe esta deliciosa ocasión de ver reunidos en una galería
una síntesis tan elocuente de esa historia espiritual de los hombres que planea, merced
de los vientos de cada época, entre las más altas luces y los hondones más sombríos.
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Biblia
Sacra
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Diario
El Mundo
Octubre de 2000 |
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Mi madre, que era gran repostera, ponía sumo cuidado en la medida de sus
ingredientes. No es lo mismo un bollo de horno crujiente y esponjoso que si te
pasas con la harina en flor. Ni una oreja es ya ese milagro inglés fundido en
andavalino si te quedas corta de azúcar. Un bizcocho depende mucho del huevo (clara
batida aparte, claro, hasta alcanzar el hipnótico punto de nieve), pero una cosa es la
generosidad y otra la exageración, que arruina la cochura y apelmaza la gachuela. Todo
tiene su punto, con independencia de que, finalmente, quien mande sea el paladar de cada
cual. E igual en todo. ¿Se concibe un pueblo dinámico y moderno sin su propia
información? No, desde luego. Por eso Manolo Marín, y muchos otros tras él, mantuvieron
éste ya histórico papel que ha tenido sus veleidades camastronas hasta mutar, ya veremos
hasta cuando, en mosca cojonera, por decirlo como gusta esa lumbrera municipal con que la
Derecha se enmoña esta temporada. Pero ¿qué puede hacer un pueblo bajo un aluvión de
mensajes, éste clásico, uno del alcalde, otro del PSOE, otro de IU, una emisora del
poder con Rico de minoritario y, en fin, una telegrulla que cuesta más de lo
que vale? ¿Tanto se juega ese Poder en la opinión como para traerse socios de fuera para
que le den apariencia de empresa normal a lo que son puros tingladillos (no tienen más
que ojearlos) que, por no encontrar, ni su sitio han encontrado?
Saturar la opinión para que el ruido oculte la melodía es truco antiguo. Requiere
dinero, cierto, pero dinero es lo que le sobra la Poder. Y el papel de Facanías -con
subvención o sin ella: ¡pues faltaría más!-es demostrar que el servicio público de
mantener al pueblo informado y en condiciones de ejercer su propio criterio, no necesita
tutelas ni soporta comisarios. ¿Vale decir aquí, como mandan los cánones, que todos
tienen cabida? Pues no, obviamente, sobre todo porque no cabe hablar de todos
como si fueran medios iguales, puesto que una cosa es el medio independiente y
otra el que depende. En los papeles que antes aludí, en la radio que escucho con cierta
frecuencia, en la tv local con la que de vez en cuando paso ratos no precisamente buenos,
se ve de modo transparente su función publicitaria: son medios a mayor gloria del
alcalde, altavoces del Ayuntamiento y, en consecuencia, cajas de resonancia sin eco para
cualquier crítica auténtica. ¿Cómo puede pasarse como sobre ascuas ante la cogetá de
José Manuel Romero, el temido, el único que hacía sombra real a quien no debía y
llegó incluso a no ser recibido? ¿Cómo callar ante el gesto gregoriano de cambiar la
feria de fecha? Pues se ha pasado y se ha callado, aunque no en estas páginas. El
ciudadano debe discernir ante esa oferta confundidora y separar el trigo de la paja. Y
luego elegir, despreciando lo que no merezca aprecio. Medir, como hacía mi madre, con
tiento. Y cocer luego, a fuego lento de encina, en el horno casero, allá al fondo del
cortinal, que no es valverdeñismo como sospechaba el Notario, sino voz
castellanísima que arranca de corte, emparenta con corral,
proviene quizá del portugués cortelho o puede que del italiano
cortile, y hasta tiene que ver con cortijo y
cortesana. A mi, la verdad, se me dan tres caracoles del étimo. Pero no de la
saturación vergonzosa que en Valverde está promoviendo un Poder desacostumbrado a las
críticas, con tal de que no se vea claro bajo su manta.
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Los
malos tratos
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El
Alpende
Septiembre de 2000 |
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Me entero por los servicios del propio Ayuntamiento de lo mal que va la
cosa de los malos tratos en esta noble población. Cómo irá de mal que en los cinco
primeros meses de este apocalíptico y milenario 2000, ya las denuncias por malos tratos
familiares registradas oficialmente igualan el total del año pasado: todo lo malo es
suceptible de empeorar. También me entero de que, harto de coles y celos seguramente, se
ha largado del consistorio el edil con mayor experiencia y capacidad. Lo dicho: a peor.
Menos mal que una carta del extranjero Arturo el del Juzgado -templada, clara,
moral-le echa una mano al secretario del cónclave, evidentemente conducido al huerto y
abandonado en él por el hortelano, Dios quiera (y estoy seguro) de que sin mayores
consecuencias.
¡Cuántos malos tratos, cuánto rechinío! Uno tiene una visión sentimental y congelada
del pueblo en la que, sin ignorar las maldades, no cabrían semejantes imágenes:
mindundis reafirmándose en casa, a puerta cerrada, a costa de la mujer o los chiquillos;
celosos privando a la comunidad de la aportación más prometedora por la cosa de los
celos; cobardones echando por delante a un funcionario para que les pare el golpe buscado
a pulso. Confirmado: todo puede empeorar. Y empeora.
Tampoco se trata bien al obrero honrado e inteligente, que es como rezaban
hasta hace poco los estatutos del PSOE. Me cuentan
, bueno, lo que me cuentan ya lo
saben porque es un secreto a voces desde los despachos (y eso es lo más grave, lo más
canallesco) hasta las casilletas: que el subempleo ha vuelto por sus fueros en el pueblo,
que las inspecciones siguen cerrando un ojo y desviando el contrario, que ahí están los
zulos y las puertas traseras, que Garganta Profunda continúa
avisando a los maltratadores cuando llega un inspector
, de lo que
ustedes vayan queriendo, como diría mi madre. Claro que habrá que ver, porque también
sé que la patronal provincial pacta con el jefe local de ese movimiento y le da un cargo
en su sínodo, concretamente la presidencia de la Comisión de Comercio Exterior de la
Cámara de Comercio (otra vez mi madre: ¡Hasta los gatos/ quieren zapatos!).
Me entero y creo descubrir que el toque está en quitarle de la cabeza que organice una
especie de Cámara paralela frente a la que regenta en Huelva Antonio Ponce,
una especie de camarilla de los pueblos frente al camarón de la capital. Ya puede andarse
con ojo con Ponce, que no es hombre para juegos, pero de momento, así están las cosas:
la música amansa a las fieras. Porque de fieras hablamos cuando se trata de tíos que
pegan o humillan a sus mujeres, lo mismo que cuando echamos un vistazo a la selva de la
política, o cuando nos asomamos a un taller explotador de estos que consienten entre
todos: Taiwán empieza en el Puente Nuevo o en la Cruz de Calañas. Es la nueva
geografía. Para que digan que el progresismo de partido no nos ha traído nada nuevo.
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Una
historia antigua
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El
Mundo
29 de Agosto de 2000 |
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Una de las operadoras en gasoil, Repsol, ha subido el precio dos veces en
cuestión de días. Igual que se concertaron para disimular el acuerdo con subidas
espaciadas y desiguales, ahora se trataría de espaciar la subida en dos o tres veces.
Total, una vergüenza o, si se me permite decirlo, un cachondeo. Acumular géneros para
imponer precios es uno de los negocios más antiguos que se conocen. Lo he visto
documentado en alguna historia del mundo clásico, y la he visto mucho más cerca, en
nuestro primer diccionario enciclopédico, el Tesoro de don Sebastián de
Cobarruvias, a caballo entre fisiocracia y mercantilismo: Monipolioo (sic). Son
todas las compras en gruesso de una mercadería -dice el ilustre canónigo-que compra uno,
o dos o tres, para darla después por menudo a los mercaderes circunforáneos. Son vedados
por leyes antiguas y todavía se usan, en daño de la República. Pero Nebrija ya lo
había registrado asépticamente años antes, si es que no se trata de un añadido del
padre Zeballos, su editor ilustrado: Monopola, ae. El que concierta con otros en
vender. Monopolium, ii. Aquel concierto de vender solos. Que la libertad de mercado
incluye ese mal congénito lo sabemos hace siglos.
Una de dos: o el Gobierno nos burrea cuando asegura que la inflación se debe a la subida
de los carburantes, o es cierta esa razón, en cuyo caso muchos ciudadanos se preguntarán
cómo puede consentir un Gobierno que cuatro confabulados echen por tierras sus planes y
el bienestar general. ¿Puede extremarse el modelo ideal por encima de estas calamidades?
¿Qué pasa si el Gobierno interviene para impedir que cuatro especuladores arruinen a un
país? Algo pasará que a mí se me oculta, pero seguro que la mayoría de los ciudadanos
compartirían conmigo esta pregunta y su carga de perpleja mala leche. ¿Qué tiene Repsol
que no tengan otros eventuales estraperlistas? Tampoco sé contestar a esta pregunta pero
lo malo es que no la contestan tampoco los expertos. Y yo me imagino que, no obstante,
tampoco debe ser tan difícil responderla. Habrá que aguardar a que la ruina colectiva se
agrave al punto de moverle la silla a Aznar a ver en que queda el respeto al dogma. Si
usted tiene acciones de Repsol, no se deshaga de ellas en cualquier caso. No tienen más
que ver lo viejo que es el problema y que aquí seguimos, como si tal.
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La
jeringuilla
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El
Mundo
26 de Agosto de 2000 |
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Un telediario del miércoles noche. La madre de un marinero del Kursk
abronca a un Putin impasible que aguanta la mirada iracunda con ojos de pez. Los
subtítulos traducen el episodio (no las lágrimas, que son intraducibles, como la
poesía): lamenta la mujer que su hijo haya muerto encerrado en una lata por un sueldo de
miseria. Se crece incluso, pero en ese momento aparece una eslava vigorosa que le clava
una jeringuilla. Mano de santa: la Madre -ay, viejo Gorki-- cae desplomada en pocos
segundos y Putin puede respirar. Uff. Pero uno, yo mismo, me quedo, en cambio, sin
resuello. ¡Estamos hechos una blandengues!
Gran invento, la jeringuilla, en manos de la autoridad legítima, es decir, de
cualquier autoridad que conserve el poder. Si salir de USA, qué digo de USA, ¡de Texas!,
el aspirante Bush Jr. lleva ya autorizados 143 jeringazos ante el silencio cómplice de
Gore y de esa opinión pública que se mantiene mayoritariamente junto a la siniestra
camilla. En Georgia se disponen a arrearle otro chute a un esquizoparanoico (el
diagnóstico es científico y oficial) que mató cuando tenía 17 años. A pesar de la
intercesión de la Onu, de la UE, de Francia y, ya lo verán, en el último momento seguro
que también de Wojtila. ¿Que es menor de edad y enfermo mental? Bueno, no
problem: en 23 estados americanos -como acaba de denunciar Amnisty International-se
permite ejecutar a menores, tontos y locos. Eso es todo. Y además cuentan -aunque aún
funciona mal que bien la silla de Sacco y Vancetti-con la jeringuilla, que adecenta la
barbarie que es una cosa mala.
Tanto detractar la jeringa (durante años hasta prohibieron su venta sin receta, los muy
insensatos) y ahora resulta que la han convertido en un supremo instrumento al servicio de
la razón de Estado, o una defensa (así se llama todo lo que mata legalmente
en nombre del Estado) para casos tan insostenibles como el de una Madre desesperada que le
ajusta las cuentas en público y ante la tele a un mafioso en el poder. Peor hubiera sido,
qué duda cabe, que se llevaran a la Madre arrastrándola por los pelos, que es lo suyo.
Pero ni Rusia es ya lo que era, según proclama el coro bienpensante, ni USA tampoco. En
la tv digital escuché el otro día a un técnico penitenciario aducir que, por lo demás,
la inyección es considerablemente más barata que la descarga. Todo debe ser tenido en
cuenta. Ni el más mínimo detalle que ocurra en un país deja de afectar a todos sus
ciudadanos. En esto ando de acuerdo con los verdugos, qué quieren que les diga.
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Necesario
e inútil
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El
Mundo
22 de Agosto de 2000 |
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Bien, ya está: a ver qué decimos ahora tantos como hemos repetido
durante meses el latiguillo del error del PP y la inevitabilidad del diálogo con el PNV.
Con el nacionalismo democrático, se dice, a pesar de que tanta ambigüedad (lo de Markina
ha sido definitivo) hagan difícil mantener ese dictado. Se hablará con todos, PNV
incluido, Arzálluz incluído, sin dejar fuera ni a Egibar, aunque sólo sea para ver qué
tienen que decir: cómo explican su pésame por los terroristas accidentados, cómo su
apoyo/inhibición ente el escándalo de Markina, cómo su racismo censitario o
su exclusivismo étnico. Habrá que sentarse a escuchar, supongo, porque otra cosa no es
esperable. En una vieja biografía de Moubarak leí que en el diálogo no se trata tanto
de dar respuestas a cuestiones como de escuchar en silencio. Es muy probable, pero
téngase en cuenta, no se pierda de vista esa sabia consideración, para que nadie se haga
excesivas ilusiones. Si se disculpa la paradoja, cabría que decir que hablar con el PNV
de Arzálluz era tan necesario como inútil. La ventaja que tiene la nueva situación es
que vamos a comprobarlo enseguida.
Exigirán la autodeterminación, esto es, la independencia. Coinciden en ello,
lamentablemente, con cierta mayoría exhausta de españoles normales que piden cada día
con más convicción que se les conceda para que se vayan con su siniestra música a otra
parte. Sí, pero cómo se consigue eso. Javier Ortiz -lógica implacable-explica la
paradoja vasca: quienes ganarían de calle ese referéndum (PP, PSOE, más de medio
Euskadi) tiemblan ante la mera idea de convocarlo; quienes lo perderían con casi absoluta
seguridad (EH, PNV, EA) lo reclaman como condición innegociable. Y en cuanto al diálogo
mismo, hace poco concluía lapidariamente Féliz de Azúa que resulta tan conveniente como
imposible: no sabemos de qué habría que hablar con la banda y los demás, pero podemos
estar seguros de que nada razonable aceptarían. Probablemente lo peor que le puede
sobrevenir a una situación política es volverse paradójica. Y la cuestión
vasca, cuando no es simple mito, es ya pura paradoja vista desde España, vista
desde el caserío o idealizada desde la muga. A ver cómo la desenredan en esa mesa de
diálogo sobre la que habrá que poner mitemas pero también cuerpos destrozados. Dicen
que no hay peor sordo que el que no quiere oir. Yo creo que aún es peor el que se niega a
ver.
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Cavilaciones
de playa
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El
Mundo
15 de Agosto de 2000 |
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Los últimos fogozanos de la tragedia etarra han llevado a la conversa
playera conclusiones bien diferentes. Hay quien parece crecido bajo el bronceador hasta
ese punto expeditivo en el que ya apenas hay diferencia entre el terrorista convencional y
el que, agazapado en toda entraña, pugna por exhibir su propio terror justiciero. Crece
la legión de arbitristas que creen saber, cada cual a su modo (modo indefinido, claro
está), cómo liquidar de una vez por todas el más que secular problema vasco a
levantando un muro babélico sobre la nueva muga. Un ex responsable de la cosa en tiempos
de la guerra sucia, va difundiendo bajo las sombrillas su indignación porque anden libres
por ahí ciertos terroristas mientras que otros (terroristas, se olvida de añadir)
cumplen condena en la única sombra no deseada de este abrasado país. Pero el centro del
debate de este verano es, si duda posible, ese Otegi que por fin ha descubierto su cara de
antiguo secuestrador, no sin dejar caer de paso, con las del beri, que también los de
Arzálluz han enviado su pésame por los terroristas accidentados en Bilbao. La brasa del
terrorismo vuelve monográfico el verano y tuesta las conciencias hasta despellejarlas.
Lizarra sí, Lizarra no, Egibar contra Anasagasti, lo cierto es que costaría hallar otro
momento tan confuso de la conciencia española como el que se vive bajo esta canícula. Si
era de eso de lo que se trataba, los terroristas han ganado la batalla moral aunque
finalmente acaben perdiendo, como todos los terroristas, la guerra del fin del mundo.
Pero esa desmoralización colectiva sobrevivirá al conflicto, alojada en el laberinto de
un radicalismo que nos escora peligrosamente hacia la pena de muerte o trastorna sin
sentido nuestra multisecular visión de la propia identidad histórica. Lo único que se
ha aclarado, supongo que con carácter definitivo, es la razón de las complicidades, la
lógica de unas relaciones de los grupos legales con el terrorismo, a cuya ocultación
deben los malhechores, en buena medida, su supervivencia moral y política. Unos
menean el árbol y otros cogen el fruto, El PNV necesita a HB como HB necesita
al PNV: es probable que el mejor progreso contra el terror sea aclarar ese juego de
fuerzas. Lo que tiene ya peor arreglo es el desastre moral que ha arrasado a las
conciencias. Cuando esta guerra acabe habrá mucho mutilado de espíritu junto a las
víctimas irrecuperables de esta contagiosa locura.
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Dimitir
a tiempo
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El
Mundo
Agosto 2000 |
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Reconfortan ejemplos como el de Chevènement, uno de los políticos que
más rentabilidad ha sabido extraerle a sus dignas dimisiones. Se fue hace diez años
cuando Francia decidió participar por las bravas en la invasión americana de Irak. Se
distanció de Jospin por sus diferencias en la idea que cada cual tenía de la
construcción europea o para oponerse a la intervención otanista en Yugoeslavia . Ahora,
una vez más, ha puesto contra las cuerdas al jefe cuestionando la legalidad republicana
del estatuto de autonomía que Jospin propone para solucionar la cuestión corsa
--una falsa solución para un auténtico problema-y no se le caen los anillos
por coincidir en esa pulsión jacobina con el propio Chirac. El tiempo, además, le viene
dando la razón al dimisionario en sus decisiones críticas. Un decenio después de lo del
Golfo apenas queda un puñado de contumaces que mantienen su postura favorable a la
invasión y ni uno solo de ellos podría ya negar que los efectos del bloqueo aliado han
sido incalificables o que en aquella contienda se usaron armas que han producido una
enfermedad terrible y masiva (100.000 enfermos irrecuperables) entre los combatientes.
Chevènement supo distanciarse de esta tragedia a tiempo como ahora no quiere complicarse
con una solución de relativa emergencia para el separatismo corso que, diga lo que diga
el ratón, lastima al león. Y lo mismo supo hacer cuando vio que el proyecto europeo iba
que se mataba hacia un modelo asimétrico cínicamente urdido y para el que se le pedía
su complicidad.
Reconfortan, ya digo, politicos que saben irse a su casa, para lo cual, ciertamente, es un
prerrequisito que dispongan de casa a la que irse. Cuando llegue septiembre veremos qué
ha discurrido Jospin para evitar otra espantá de su ministro, sin que quepa descartar
que, aprovechando la anunciada fuga de Martine Aubry, lo recoloque en otro puesto y santas
pascuas. Pero ahí queda el ejemplo de un hombre que no deshace las maletas cuando llega a
una sede y que ha demostrado de sobra que va en serio con sus gestos. En una Francia que
hierve en el escándalo mangante del que no se salva ni Mitterand y en el que, junto al
presidente de la Asamblea, se empieza a pedir que peche también el presidente de la
República, Chevènement es la esperanza blanca. No está dispuesto a verse marginado en
el gauchismo, pero tampoco traga. Cualquiera se daría con un canto en los
dientes por contar aquí un par como él.
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Debut
del veraneo
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El
Mundo
Agosto 2000 |
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Cuando en la playa no existía aún la maldita carretera de los
embotellamientos, había que llegar hasta ella en un delicioso crucerillo a través de los
lucios que separan los bajos marismeños, abarrotados de cangrejos que se movían en
rápidas diagonales sobre el limo oscuro. En el muellecito había burros que transportaban
el ajuar de la familia en el que los colchones amortiguaban el traqueteo por las arenas
que quemaban como fuego. Se endurecían los cuerpos, la piel tornasolaba un ámbar
saludable y la vida planeaba por delante como una imprevisible aventura ajena a toda
disciplina. El verano era la ausencia de normas, un paréntesis robinsoniano dentro del
que cabía moverse a placer sin salir de la isla imaginaria.
Cuando llego hoy a la playa me asalta una amiga que quiere prevenirme del peligro de un
sol que se ha vuelto un taimado asesino y convencerme de que no debo andar descalzo por el
riesgo que representan los cristales de la movida y alguna jeringuilla abandonada.
Mientras simulo tomar nota del protector solar que me prescribe, aprovecha para prevenirme
contra los bivalvos infectados de cierta inconveniente bacteria, así como de los famosos
lenguados de estero que, en la actualidad, me asegura, deberían su lozanía a la
abundancia de detritus en sus viejos santuarios. Estoy a punto de zozobrar en la
melancolía cuando mi amiga llama mi atención sobre la desolación del paisaje que ha
provocado una voracidad especulativa que en pocos años habrá borrado los escasos
vestigios que aún se sostienen la memoria. Entre consideraciones sobre el deterioro de la
vieja ría, reconvertida hoy en vertedero de colectores, mi amiga me previene contra la
carne tratada con hormonas, las frutas contaminadas por fertilizantes e insecticidas y
hasta los evocadores helados que serían mejunjes de grasa y glutamato apañados durante
el invierno para venderlos en verano.
Tras una siestecilla intranquila me he sentado en la marquesina determinado a hacer de mi
veraneo un discreto monacato. Cella continuata dulcescit
, se me viene a
la memoria, mientras dispongo la pequeña pila de libros que, a este paso, tal vez me
resulte escasa. Pero mi amiga no ceja y vuelve para encarecerme lo del protector solar:
Del 20, me recalca solícita. He dejado vagar la mirada por el antiguo edén
en busca del verano que no reconozco. Luego me puesto instintivamente los zapatos y he
decidido con firmeza no cenar esta noche Quién sabe si mañana será otro día.
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Memoria
y nostalgia
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El
Alpende
Julio 2000 |
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Al padre M. Garrido, O.S.B., no le ha gustado mi columnilla sobre la
guerra en Valverde. Me escribe para decirme como saben en Facanías pues
la carta me llega abierta y releídaque le ha dado mucha pena, que eso no me pega a
mí y que cómo he podido caer tan bajo. En fin, la vida. Hace un tiempo tropecé en una
librería con un libelo nostálgico titulado Franco, católico ejemplar.
Estaba firmado por M. Garrido, O.S.B. Tuve pena, pensé que eso no le pegaba ni a él y
que cómo había podido caer tan bajo mi padre Garrido, pero no se lo dije porque en eso
radica precisamente la diferencia entre un demócrata y un fascista: en que yo debo
aceptar que él escriba una apología del tirano que me condenaría a mí si hubiera osado
siquiera hacer el elogio de su adversario. Pero, vamos al grano. Yo no hacía otra cosa en
mi artículo que poner de relieve la imposibilidad de aplicar en Valverde la estrategia
vaticana de beatificar (y aún santificar) a los mártires de los rojos,
puesto que en Valverde la totalidad de los mártires fueron víctimas de los
fascistas. De algunos de esos fascistas que el padre Garrido me recuerda que él mismo
contribuyó a liberar de la cárcel, en su calidad de pelayo, y cuya trágica
venganza acaban de aclarar con implacable rigor historiadores universitarios, y no esos
extranjeros como Copeiro y Arturo Carrasco a los que él alude y con los que
nada tengo que ver.
¡Pues claro que no debe hacerse con
frivolidad o cachondeo (sic) la historia de los mártires de la Iglesia, mosén! ¡Ni la
de ningún otro! Pero me estremece escucharle que si a Dolores la Muerta la fusilaron fue
porque invitó a unos soldados a rebelarse y eso, en tiempo de guerra, se condena en
cualquier parte con la pena capital ¿Sabe Vuesa Paternidad qué fue lo que dijo, en
realidad, aquella desdichada? ¿Sabe lo que consignó ese comandante Alcázar --sobre cuyo
nombre duda usted inverosímilmente puesto que lo recuerda a caballo de manera tan
nítidacomo causa de la pérfida sentencia? ¡Y dice Vuesa Caridad, encima, que
la disculpa, como también a los que quemaron la Iglesia
aunque había que
darles algún castigo! ¿Que la disculpa? ¿Que había que darles algún castigo,
Dios bendito? Quizá le parecen poco esos cientos de asesinados en Valverde contra
ni una sola víctima del bando opuesto, repito--: no me extrañaría en última instancia.
Pero me da pena, creo que eso no le pega (ni) a su Reverencia y no me explicaría cómo ha
podido caer tan bajo. Palabra.
Ah, me dice que tales crímenes fueron cometidos por dos
falangistas cuyas familias viven y detestan esos hechos. Pues si usted lo dice, eso
va a misa: pero seguro que el dato le
interesará al discreto historiador que hasta ahora ha silenciado tales nombres. Y en
cuanto a eso de que para qué herirlas, repare en que si alguien se pone hoy a hacer
cábalas en el pueblo sobre la identidad de los verdugos será por su indiscreción, que
no por la mía. Sí, es una historia muy triste y cierto que mejor sería olvidar la
pesadilla. Pero sin dejar de poner las cosas en su sitio --¡han pasado ya sesenta
años!-- porque los pueblos que olvidan su
pasado están condenados a repetirlo, ya sabe.
Desde este abismo en que, por mi mala cabeza, me veo le aseguro, a
pesar de todo, que conservo intacto mi aprecio por el padre Garrido. No, claro es, por el
panfletista de Franco ni por el nostálgico que sigue contemplando de lejos aquella
sangría como si se tratara de un accidente inevitable de nuestra historia y no de una
ominosa tragedia sin más base que el clasismo ni más justificación que la venganza.
Todo muy evangélico, como ven, pero es la pura verdad. Lucha hasta la muerte por la
Verdad y el Señor luchará por ti (Eclo, 4,28). Personalmente me gusta más lo del
Apóstol: Ceñíos la Verdad como un cinturón (Ef., 6,14). A lo peor, en su
idilio de Cuelgamuros, estas cosas le suenan a usted a música celestial. A mí, no.
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Vivir
peligrosamente
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El
Alpende
Junio 2000 |
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Yo creo que la juventud actual está viviendo peligrosamente, si ustedes
me disimulan la frase mussoliniana. Como carece de futuro, en vista de que sus planes de
estudio son catastróficos y sus perspectivas de trabajo descorazonadoras, se les deja
campar por sus respetos. ¿Qué se evaden de la realidad embriagándose con grave riesgo
no ya de su almita sino de su hígado? Pues que le vayan dando. ¿Qué conculcan con esa
actitud el derecho elemental al descanso del vecindario contribuyente --¡vaya paradoja:
los exentos de cargas amargando a los paganos!--, pues que les den a los insomnes. Manolo
Becerro, que es un joven recto y claro (Dios le conserve esos dones que, más pronto que
tarde, tratarán de arrebatarle, al tiempo), ha escrito aquí una denuncia del tráfico de
coca entre la "movida" de los fines de semana en la que ni siquiera ahorró unas
acusaciones señeras a las que si no les puso nombres es porque sobraban. ¿Y qué pasó?
Pues que el Ayuntamiento, la Guardia Civil, la Policía Municipal ay, el pobre
Marracatónmiraron para otro lado y santas pascuas: la coca o las pastillas siguen
con el doble efecto de destruir las neuronas y encarecer el hachis. ¿El alcohol? Bien,
gracias: el alcohol goza hasta de la protección de la Junta de Andalucía que hace poco
modificaba una ley propia y reciente, la ley del Deporte, por exigencias de los
bodegueros. La vida, troncos, coleguis, pero vais de cráneo.
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El fracaso de los planes del poder para poner orden semejante caos es
pleno. Y lo es porque ese gravoso poder tiene, paradójicamente, una mínima y decreciente
autoridad. Los jóvenes de Valverde, como los de España entera, se están destrozando en
porcentajes que los expertos calculan en entre un 20 y un 25 por ciento: hacia un cuarto
cabal de la generación. ¿Se puede atajar esa desgracia histórica a base de permitir en
lugar de reformar? Miren, la negativa a esta cuestión está tan clara que un Ayuntamiento
jiennense acaba de proponerle a los jóvenes un curioso trueque: un taller para ligar.
¡Imaginaos, Alfonso, Pepe, Amadeo, Javier, Torres, Manolo, guapos de "Lube" y
"Vespa", casanovas de labia e ingenio, guiándoos de un Patronato Municipal y
con un silabario del ligón en la mano! Francamente, aquí no sólo no hay autoridad
adecuada a este problema capital de nuestra época, sino que se abre paso la justificada
conciencia de que los que mandan tantas veces dentro de la "movida" ellos
mismosni saben, ni pueden ni tal vez anden muy empeñados en corregirla. No se puede
corregir ni aquello que nos amenaza electoralmente ni aquello de lo que se participa. Y
menos las dos cosas a un tiempo. Aunque se acepte públicamente, eso sí, desde una
pretendida izquierda que, por decir algo, el empleo ilegal es consustancial e
imprescindible al empleo o que las nuevas formas de esclavitud laboral son exigencias del
sistema. ¿Qué tiene de raro que hasta "Wenceslao" se pierda en la jungla de
fin de semana y acabe pimplado hasta las trancas? Es un decir, claro, porque
"Wenceslao" me jura y perjura que si lo cata es de higos a brevas. Otros, en
cambio, más afortunados, pueden pintarle la raya al mono cada viernes y cada sábado.
Siempre hubo clases. Hasta para destruirse contemplando psicodélicos como se destruyen
los que vienen detrás.
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Diez
mil santos
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El
Alpende
Mayo 2000 |
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Hace poco hemos leído una investigación sobre la guerra civil en Huelva.
Habla de Valverde, no tan fuerte y claro como cabía, pero quizá mejor así. Muchos entre
quienes defendemos las ventajas de la información no somos ajenos al sentimiento de
concordia sino todo lo contrario. Es malo ignorar cómo fue la herida, pero peor es hurgar
en ella por hurgar.
En Valverde se vivió una tragedia de cientos de personas, la inmensa
mayoría inocentes, la totalidad víctimas. Y todas de un bando. En el otro no se pasó
del susto. Aquellos escopeteros de retaguardia que perpetraron la limpieza del
pueblo no se atenían a ningún derecho ni reparaban nada porque todo estaba ya reparado.
Se trató simplemente de una venganza masiva, de un escarmiento de clase, que debió mucho
al espíritu del tiempo, cierto, pero que se tiñó aquí de un indescriptible tono de
perfidia lugareña. Y disfrazado de cruzada de la Iglesia, todo debe ser dicho.
En casa escuché la negra historia. Mis queridos neutrales vivieron
aquella mala hora con el alma encogida entre el temor y el horror. Lo que no impidió que
dejaran oír muchas veces el lamento por los inocentes, las casas rotas, los huérfanos
sin rumbo, las pobres viudas al relente. Yo le pondría a la luz que le falta a esa
historia un discreto filtro. Pero no la apagaría.
Entre los diez mil santos mártires que monseñor Rouco se propone inventar
ahora, no ha de hallar ninguno en el osario de Valverde por la sencilla razón de que no
los hubo, al menos en el bando fascista que es el que Rouco y los suyos siguen
considerando propio. Tampoco es cosa de beatificar a un rojo, supongo: nadie canoniza a su
adversario. ¡Ese joven cuya capilla espió conmovida mi madre, en la Calleja,
hasta el amanecer, aquella vieja del Cabecillo, la muchacha que llevó la bandera en la
manifestación...! No encaja este santoral con el arquetipo de Rouco, ni siquiera junto a
esos diez mil candidatos que parece haber encontrado en la tapia de enfrente. Yo creo que
añadir esta nueva injusticia a la tragedia es un poco fusilar de nuevo, moralmente, a
aquellos desgraciados, y constato con tristeza que la Iglesia de monseñor Rouco ¡y
más si lo llegan a hacer papa! no entiende siquiera el reproche. Subir a los
altares a diez mil de los suyos es volver a alinearse en la siniestra escuadra
negra. Porque quizá Rouco y su gente no son, hablando con propiedad, fascistas de hoy. Lo
son intemporales. Desde la locura del 36 no han sido capaces de entender que están cada
día más solos cuando no mal acompañados de dictadores y genocidas. Que Dios no
sólo el suyo, acaso el de todos no se lo tenga en cuenta. Nosotros, en cambio,
debemos tenérselo.
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No
pudo ser
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29/04/00 |
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No creo que José Antonio Griñán anduviera bebiendo los vientos por ser
consejero de Chaves, francamente. Si yo fuera Chaves, sin embargo, los hubiera bebido por
tenerlo en mi gobiernillo. ¿Qué por qué? Pues porque, como no ha escapado a la inmensa
mayoría de los observadores, Griñán podría haber sido un signo claro de renovación
frente al rancio estilo partidista con que Chaves, a costa de la autonomía, trata de
garantizarse el control del aparato y la paz interna en el PSOE andaluz. Elegir a Perales
frente a Griñán ilustra ese criterio que prefiere el peso político a la capacidad
intelectual y de gestión. La operación renovadora que ha tentado al Presidente en esta
hora complicada para él, para su partido y para los andaluces, ponía en riesgo,
ciertamente, el liderazgo de un personaje como Chaves, respetado por muchos pero en el que
pocos ven el carisma que haría falta para cortar por lo sano. Si el PSOE nacional anda
por un mal camino, en Andalucía está en un callejón sin salida. La "hojilla"
en que Chaves ha diseñado su ejecutivo demuestra palpablemente que los que se resistían
desde dentro al cambio han ganado, lo que evidencia, claro está, que Chaves no tiene
fuerza suficiente para una operación como de ese calado.
Al cabo de veinte años de autonomía, por otra parte, ya iría siendo
hora de que la Junta tuviera el suficiente atractivo como para que aspiraran a meterse en
ella la mejor gente y no la de segunda fila. Pero no es así. Si el descarte de Griñán
tiene su lógica de partido, el de una profesional de categoría y probado sentido
progresista como Josefina Cruz, por ejemplo, no tiene más explicación que la presión de
los pretorianos que intercambian con Chaves poder por fidelidad: puro feudalismo. La
política andaluza no se entiende sin revelar que entre Zarrías y Caballos, por ejemplo,
controlan más de la mitad del partido, y que si se juntaran con Perales, Chaves no
tendría cuartel sin ellos. Por eso los ha juntado él: para que no se junten por su
cuenta. Pero la realidad es que este poder partidista, no tan oculto como para pasar
desapercibido, no concita precisamente un elenco de capacidades sino, más bien, un
banquillo renovable a discreción y en el que se sientan los que tendrían difícil fichar
por otro equipo y más de uno (¡y más de diez!) que nunca estuvieron fichados siquiera.
Gente fiel, pero de segunda fila, personal de partido, pero con ligerísimo bagaje. Echen
un vistazo al círculo de Chaves y verán cómo ese nivel va bajando de modo progresivo.
¿Dar un vuelco a esa situación? Para eso haría falta un líder más mucho más fuerte
que Chaves. Eso es todo.
No habrá cambio en Andalucía, en resumen. Como es probable que no lo
haya en España si se insiste en cuadrar el círculo de un cambio dirigido por los mismos
de siempre. En el nuevo ejecutivo autónomo, como puede verse, aparte de los veteranos
bien apalancados en el aparato, no hay más que gente que no conocería ni un cinco por
ciento de los andaluces de ser requeridos. Gentes elegidas con el triple criterio que
impone a Chaves escribir su "hojilla" teniendo en cuenta el compromiso
feminista, el equilibrio entre los partidos provinciales (no entre las provincias, ojo) y
la presión del aparato. El nuevo gobierno autónomo es, por esta razón, un equipo sin
mayor interés político, a no ser que Chaves, como hasta ahora, entienda por
"política" atenerse a aquella triple condición. Todo va a seguir igual, en
consecuencia. El salto a una autonomía de primera deberá esperar al menos otros cuatro
años. Aunque para entonces cualquiera sabe qué habrá sido políticamente de Chaves. De
los demás miembros de su gabinete, lo más seguro es que no haya sido nada.
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