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La nave de los locos


La Ría
Sábado 05/10/02

La imagen de la locura, su realidad social, da cuenta mejor que nada de un momento histórico y de un modelo de vida. Hoy ya ni se habla de “locos”: está proscrita la palabra, como si el eufemismo garantizara la piedad o el progreso. En la consulta, en el hospital se usan términos tan rebuscados e inútiles como “interno”. Igual que en la cárcel, y ya veremos que no por casualidad. La humanidad tuvo siempre algún tabú en boga. Primero fue la lepra –la inimitable historia de Foucault lo explicó todo--, la enfermedad confundida como mal, el mal interpretado como seña nefanda. “Tame, impuro”, estaba obligado a gritar el leproso en Israel. En la Europa moderna vagaba por los campos y avisaba a los sanos con su campanilla. La lepra no se trataba: se excluía. Hasta que la relevó un maleficio nuevo, la locura. En medio parece que anduvieron mitificadas las que hoy llamamos “ETS”, las viejas venéreas también pudibundamente disfrazadas en esta nueva jerga. Pero fue el loco el que destronó al leproso. Un rey: por eso se coronaba con un embudo, tal como lo retratan el Bosco y otros. Pero un rey desterrado, un vagabundo sagrado en cierto sentido. Lo de “la Nave de los Locos” no es un cuento. Existió, al menos en el siglo XV, un “Narrenschiff” que viajaba de puerto en puerto con su cargamento alienado. Des-terrados, literalmente, fueron aislados en el agua. Es una grave historia que contemplamos estremecidos en los cuadros de Brueghel, de Durero, que todavía Goya retrata con piedad y rigor. No había sitio para el loco en la sociedad. El cristianismo fue tan incapaz como las otras culturas a ese respecto.

La “Stultífera Navis”, ¡qué imagen! Foucault, maestro definitivo, definía el trato de la insania como “un espacio moral de exclusión”. Y así era, en especial cuando la errancia se sustituyó –ay, el progreso—por el encierro. El hospital, el manicomio no era un establecimiento médico sino una institución administrativa, policial para entendernos, poco diferenciable de la cárcel en la práctica. Se encerraba y se maltrataba, en condiciones sobrecogedoras, con voluntad e imaginación de sádicos. Las historias francesas e inglesas del XVII sobre manicomios son para morirse (y tengo varias). Lean a Sade, por otra parte, si quieren porno duro pero también suplicio infinito. Hubiera merecido la pena que cayera la Bastilla sólo por librar a uno de aquellos desgraciados. A él mismo.

Pero aterricemos. En la curva del Conquero, justo en el cruce de las Adoratrices, estaba La Morana. La Morana era una parcela amplia, con un pabellón rectangular una de cuyas paredes era de rejería. Quiero decir, mejor dicho, no quiero decirlo, pero era una jaula, y en ella pasaban el día los locos –entonces se hablaba en cristiano todavía--, lloviera o venteara, ya podía caer la canícula y convertir aquel antro en la carroza de plomo derretido o abatirse el frío norteño hasta congelar los cuerpos. Por las mañanas había ducha fría, manguerazo, claro. Y en el peor de los casos, el shock, ya saben. Luego el ir y venir del enjaulado o bien al ensimismamiento del ido. Algunos, los mejores, cultivaban un huertecillo a dos pasos de la valla, en la que nos arremolinábamos los chiquillos. A uno le llamaban el Legionario y creo que tenía el encargo de mantener la disciplina, calculen. Allí metieron a Ricardito, un tío adorable al que enloquecimos entre todos los de mi generación abundando en su satirismo incurable. Una locura, en efecto. Ah, y a dos pasos quedaba, por cierto, el Palacio Episcopal.

La Morana define la Huelva de la posteguerra, etapa dura, es decir, desde el fin de la guerra civil hasta los sesenta. Luego vino el Psiquiátrico que sería, en muchos sentidos, un emblema estupendo de la Huelva emergente del “desarrollo”, contagiada ya de progresía galopante. Y bendita la hora, por supuesto. El Psiquiátrico fue todo lo contrario de La Morana, claro, a saber, el rechazo del estigma, la aceptación de la enfermedad, la denuncia del shock, la humanización del espacio. Como íbamos a arreglarlo todo, pues empezamos por el final y abrimos las puertas. ¿Cerraduras? ¿Por qué, si se podía hablar, drogar con tiento, reeducar lo torcido? Aquel grupo de profesionales hizo toda una revolución que, en buena medida, como ocurre con las revoluciones casi siempre, dio paso a otras tensiones y a problemas nuevos. Recuerdo una mañana en que estando al cargo de mi área en el Gabinete del Presidente –lo digo para que no se moleste nadie insidiosamente en recordarlo—leí perplejo la portada del periódico: “Cerramos el manicomio”, decía. Y los teléfonos se bloquearon, claro está, y hasta que hubo de dar explicaciones el propio Presidente. Pero cuesta cerrar una cancela rota. La solución de “hospitalizar” la locura, internando los casos graves en unidades nosocomiales (no se pierdan la cursilada) acabó con una tradición calamitosa pero no supuso ninguna solución. Tampoco en Huelva, por más remiendos que se echaran. Pero el Psiquiátrico correspondía a una forma superior de la convivencia, en todo caso. Hay un antes y un después en la desdicha humana que esa institución separa en Huelva como una barda alta e insalvable.

¿Hoy? Hoy vamos que nos salimos y todo cambia a un ritmo que no permite apreciar siquiera las mudanzas. La “Nave de los Locos” sigue por nuestras calles y plazas a la deriva, por supuesto, abarrotada como nunca, ignorada como siempre. Naturalmente, la enfermedad –ésas de la mente, como todas las demás—se ve desde otra óptica, merece otro trato, y hace mucho, por lo demás, que la ciudad alegre y confiada –y no me refiero a Huelva en exclusiva—ha aprendido a confiar en una droguería novísima, extremadamente eficaz y de uso generalizado, como consecuencia, entre otras cosas, de la falta de dotación médica adecuada: a menos médicos, más recetas. Lo cual es un progreso, qué duda cabe, comparando con el dispensario tan reducido de que disponían los profetas del Psiquiátrico y, ni que decir tiene, respecto de la barbarie de La Morana. Y sin embargo… Algunas mañanas con buen tiempo nos las pasábamos en aquella verja, fascinados por el espectáculo de la locura misma pero también por la experiencia del sentido común que resistía bajo la depresión o el frenesí. Un día, en el Psiquiátrico, un paciente joven le dijo a Jaime Montaner y a José Ramón Moreno –luengas barbas progres, amplios chambergos, pastoriles cayados—que “tenían sugestión de Jesucristo”, y por mi madre que la tenían. Y otro día en que charlábamos con la cuadrilla del huerto en La Morana le preguntamos, como quien no quería la cosa, a Ricardito, el pobre, que cavaba con una piocha en la besana como un desesperado, que qué hacía allí dentro, y Ricardito nos contestó: “Pues nada, chicos, ya veis. Aquí, veraneando”.


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Vade retro


La Red.
Diario El Mundo
29 de Septiembre de 2002

Tengo una vieja debilidad por el tema demoniaco. Seguí con atención las elucubraciones de los antiguos Padres, el pajerío mental de los medievales, de los renacentistas, de los barrocos, hasta las extravagancias de los “rancios” del XVIII y los románticos (neobarrocos, en realidad) del XIX. También las novedades de los teólogos modernos. Conozco la pasión de Jeffrey B. Russell, he leído a G. Bazin, al siempre sereno H-I. Marrou, el ensayo español de Flores Arroyuelo, la teoría de les estados de posesión de Jean Vichon. Por curiodidad tengo fichados varios cientos de fichas de obras que no leí, como es natural, ni pienso hacerlo, aunque siempre es divertido volver sobre el “Malleus Maleficarum”, para qué engañarnos. Sé por eso que así como el judaísmo limita el papel del Otro, el cristianismo desarrolla toda una teoría de la posesión y, en consecuencia, del exorcismo, vieja práctica de locos y gran negocio de frailes. En realidad lo que de diablos hablamos procede de un Oriente más lejano, el del dualismo fundamental que romperá en Manes. Este papa, Wojtila, ha hecho exorcismos tres veces, una de ellas en plena plaza de San Pedro. Y un cura de la diócesis de Alcalá lo practica de manera que ha hecho rezar de rodillas a un tío tan versado como José Manuel Vidal que nos ha contado en “Crónica” una historia deslumbrante: una chica poseída por ocho diablos, uno de ellos, Zabulón de nombre, resistente como mula. He buscado por doquier sin poder comprobar la mención bíblica que atestigua el exorcista. Qué más da, en fin de cuentas. Con ver a Vidal arrasado en lágrimas tengo de sobra.

Allá cada cual pero yo no tengo paciencia porque sostengo que en estas bregas reside la “última ratio” del satanismo y otras peligrosas chaladuras. Una mujer torturada hasta la muerte, una niña inmolada a ese Zabulón o a otra entidad de su imaginaria cuadrilla: se trata de un juego demasiado grave para tratarlo con “neutralidad” crítica. Estos días publica “Nature” que la excitación eléctrica de cierta región cortical explica cumplidamente la famosa disociación del cuerpo y el yo. ¡Y qué! Seguirá habiendo diablos que expulsar y desahogados dispuestos a expulsarlos. ¿No lo hace el propio Papa? Es infinita la lista de estudiosos que han chamuscado sus pestañas en esa lumbre infame. Porque no se trata, en efecto, de una superstición inocua sino de una acrobacia mental para la que no están preparados la mayoría de los trapecistas. De modo que si la cosa va de negocio, vaya. Pero si se trata de especular desde una teología de la posesión que el último Concilio despreció, por cierto, la cosa varía. Tengo que preguntarle a Vidal qué publicaremos el día en que esa desdichada ingrese, si Dios no lo remedia, en el manicomio.



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Pintar en Huelva


La Ría
Sábado 28/09/02

Entrábamos a aquellas galerías improvisadas --la de la CNS, en el Paseo del Chocolate, junto al Bar Santafé, la que instalaban en los altos del Gobierno Civil en lo que fuera transunto del antiguo Palacio ducal, la de la Caja de Ahorros, la del Ayuntamiento nuevo, como se decía entonces—como quien penetra en el espacio raro del templo. Aquel olor a óleo, a linaza, a la madera nueva de los marcos, en el silencio casi religioso con que los escasos asistentes discurrían por la sala, deteniéndose ante los cuadros, forzando el zoom al acercarse o retroceder desde el centro de la sala al cuadro, acaso abstraídos enigmáticamente en un punto de la tela donde un rojo se derretía en morados verspertinos o la astucia del pintor había fingido, con un golpe de blancura, la luz imposible sobre un detalle nimio. Mi impresión de adolescente era que se sabía más bien poco de pintura en aquella Huelva lejana y ciertamente rosa todavía, en la que se hablaba con veneración del maestro Vázquez Díaz, el de los frescos rabideños, y con escasa simpatía de otro escapado a Madrid, un tal Pepe Caballero, cuyos finos dibujos y sueños sub-reales habíamos visto alguna vez impresos en libros o revistas. Faltaba aún mucho tiempo para que –caso raro—Huelva rescatara a Caballero del exilio interior y lo agasajara como merecía con exposiciones y homenajes, que comentábamos con detalle en Madrid, allá por los altos de la Avenida de América, por donde sigue viviendo Daniel Vázquez, el albacea y gran animador del maestro de Nerva, que también lo era suyo.

Pero volvamos a Huelva. Faltaba todavía mucho tiempo –a esas edades mucho tiempo viene a ser un quinquenio—para que en Madrid entráramos de puntillas en el Prado o visitáramos las primeras galerías en las que se andaban dirimiendo batallas a escala española de las grandes corrientes europeas de postguerra. Y donde conoceríamos al propio don Daniel y a otro pintor admirable, que hacía bodegones de un primor como holandés, y que se llamaba Monís Mora, hombre generoso y enamoradizo que invitaba a la joven parroquia onubense a celebrar algunos domingos –ahí están Víctor Márquez o Vaz de Soto de testigos—con colosales cocidos serranos.

Pero estábamos hablando de Huelva, como digo, y en Huelva, en esos templos improvisados que mencioné al principio, vimos mejor o peor grandes obras de memorables pintores onubenses. De don Pedro Gómez, para empezar (y subrayo el don porque era lo corriente entonces también), maestro de paisajistas, el genio que descifró hasta la última incógnita en la fragosa ecuación cromática del viejo Conquero, desarrollando la casi infinita teoría de la tierra entre el gris y el albero, bajo el verde cupular de aquellos pinos centenarios que él pintó como nadie. Yo ascendí a esos siete cielos guiado por Alberto Vázquez, el más bondadoso y experto Virgilio, que empezaba a hacer sus propios pinitos en su casa del Velódromo, pero que sabía ya la intemerata de pintura, siempre fiel a aquella especie de hiperrrealismo anterior a Antonio López del que luego nos dejó una obra memorable y tristemente ignorada entre nosotros. Alberto pegaba la hebra don Mateo Orduña Castellano, que –esta vez sí que recuerdo el lugar: los altos del Gobierno—colgaba hirientes retratos de gitanas amamantando churumbeles, bodegones, bouquets y paisajes como soñados en los que la luz se hubiera parado mágicamente detenida por su mano sabia. Una tarde que subía de tono la guasa juvenil ante sus gravess desnudos, Orduña nos recriminó con indulgente desdén: “Pues no sé de qué se ríen ustedes, que parecen estudiantes tan finos, porque en la Capilla Sixtina nadie se ríe y hasta Dios deja ver sus genitales”. Exageraba, evidentemente, al olvidar los “braguetoni”, quizá porque en aquel entonces costaba imaginar a una pandilla de zagales como aquella camino de Roma.

Es posible que fuera en la Caja de Ahorro donde encontráramos a un acuarelista joven que hacía un paisajismo insinuante y lírico, y se llamaba Gil Vázquez --vamos, se llama porque hace poco creo haber visto de refilón que sigue exponiendo en Punta. Aquella era una pintura amable, más fácil y tentadora para nosotros, y que le gustaba mucho a otro pintor luego extraviado en la docencia, Tomás García Asensio, o sea, el humorista “Saltés”, que se vino a “Triunfo” en el lote onubense que Vázquez Montalbán bautizó como “Bloomsbury onubense”. Pero éste, Tomás, iba ya entonces embarcado en otras búsquedas que le llevarían, a través de una intensa experiencia “pop art”, hasta las playas decorativas de aquel arte de “módulos” en el que ciertamente hizo cosas espléndidas. Pero por entonces cumplía descubriéndonos secretos técnicos de los grandes maestros y se limitaba todavía, sobre todo, a ilustrarnos sobre los surrealismos. Él nos dio a conocer de cerca la obra de Dalí, nos descubrió a Braque o a Paul Klee, y hasta debo conservar por ahí bromas suyas con “variaciones” sobre temas de Magritte o Archimboldo.

Debió ser allá por el 74 fuimos unos estudiantes a ver en la Galería Serrano,19 una muestra novel de otro pintor de Huelva hoy en el estrellato. Era Florencio Aguilera, un ayamontino que acaba de vender su tiendecita de juguetes y nacimientos (su colección de belenes, conservada en su mansión de La Jabonería, es descomunal) y recuerdo que nos declaró sin problemas el meollo de su apuesta: “Si sale bien la cosa me quedo en Madrid, de pintor; y si sale mal, acabo de sereno en el barrio de Salamanca”. Salió bien, como es sabido, y hoy Aguilera es ese creador prodigioso que ha hecho del paisaje una metáfora indecible y ha logrado transformar las cosas en entidades misteriosas que compiten con las hieráticas e interrogantes verdades que pintaba su padre. Exhibió luego otras veces en Madrid, siempre creciendo, cambiando sin traiciones, en la Kreysler, por ejemplo, y pronto plantará en Sevilla una antológica que hará época. Ya lo verán.

Se me vienen a la cabeza otras exposiones, cuadros entrevistos aquí y allá, veracísimas y bellas perspectivas marineras de Pilar Barroso, maestra en todas las Punta Umbrías imaginables, asuntos más oscuros de Pilar Toscano, paisajes exactísimos, alumbrados de luces espectaculares de Morano, acuarelas magistrales del indiscutible maestro actual del género que es, para mi gusto, Ricardo Aramburu. Y antes que ellos recuerdos remotos, perdidos, de A. Brunt, por ejemplo, que creo yo que se movía en la órbita pictórica de Orduña o así.

Y Seisdedos, Juan Manuel Seisdedos, que es, sin lugar a dudas, el poeta de la generación, sólo no escribe blanco sobre negro sino que pinta, graba, esculpe, forja sus imaginaciones lo mismo en aceites que en polivinilo, en hierro que en madera. Yo me pierdo con Seisdedos porque no encuentro manera de acercarme al artista abstrayendo su poderoso atractivo humano, siendo como es una de los hombres más cabales que yo he conocido. Nunca le perdonaré que abandonara, urgido por sus curiosidades, aquella manera suya de recrear el paisaje, en especial su talento insuperado para hacer con los misterios de las luces de Aljaraque –no hablo de Huelva 2 y así, sino de aquellos baldíos campurrianos ceñidos de marismas--, en las que supo ordenar una teoría de colores tan cumplida como la de don Pedro Gómez en sus Conqueros. El enorme talento que tenía Alberto Vázquez –otro hombre bueno por los cuatro costados—me confirmó muchas veces, sobre todo en sus amenes sevillanos, tan tristes, en la desperdiciadísima superioridad de Seisdedos, al que decía envidiar quien había logrado en sus desnudos restituir al cuerpo humano la perfección ideal que sólo se concreta en los sueños. Pero otro día hablamos de Alberto. Hoy me temo que, algo ebrio por aquellos efluvios de las viejas salas improvisadas –ay, los cortinones y damascos del Ayuntamiento--, me he salido sobradamente del cuadro. La memoria tiene a expandirse como gaseosa que es. A ver qué quieren que le haga un nostálgico impenitente como yo.


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La encuesta que nunca existió


El Alpende
Septiembre de 2002

Una mañana cualquiera, no hace mucho tiempo, nos enteramos de que por Valverde se andaba haciendo (porque la hicieron: no hagan caso de notas y desmentidos) una encuesta. Se trataba de conocer la opinión del vecindario –yo diría, desde ahora, del “electorado”—sobre determinadas cuestiones municipales, pero todo sugería que el auténtico meollo se encerraba en la almendra de una pregunta de valoración que trataba de indagar cuales eran los índices de conocimiento y valoración de un joven abogado valverdeño, Manolo Romero Pérez, es decir, ni más ni menos que del Director de “Facanías”. Alguien en el pretorio del alcaldísimo, obviamente, debía de haberle sugerido esta pesquisa, guiado con prudencia, tal vez, por la certeza paremiológica de que ni la previsión embarga ni el saber ocupa lugar. Ignoramos el resultado del sondeo, claro está, porque las instituciones tienen siete llaves para guardar esos tesoros de opinión que pagamos entre todos pero que ellos (todos) se reservan en exclusiva. Lo importante, sin embargo, no es eso (la buena opinión y el crédito de Manolo no están en cuestión ni entrarían en discusión siquiera), sino la intención. Pero ¿por qué el alcaldísimo se preocupaba ahora, así de pronto, de indagar el prestigio de un joven que nunca ha mostrado ambiciones políticas, ni legítimas ni ilegítimas, a pesar de su obligado y creciente protagonismo en la vida local por tantas razones y, en especial, por su papel den esta periódico independiente tan incomodísimo para los barandas?

A esa pregunta tampoco puede contestar nadie aparte de quien tenga guardada la encuesta en su gaveta (porque la tiene, no les quepa duda). Es más, como la cábala es libre y hasta obligada cuando se nos niega una información de tanto interés para el pueblo, hasta podemos colegir que si callan es porque que el resultado no les gusta un pelo, es decir, porque la opinión debe de haber sido, que es lo lógico, favorable al indagado. Y más si consideramos que toda encuesta tiene lecturas favorables y que, de hecho, ya la industria de la sociología se encarga, por lo general. en su obrador de preparar la tarta a gusto del cliente, lo que quiere decir que, con altas probabilidades, al alcaldísimo no lo ha tranquilizado nada la sombra prestigiosa que Manolo Romero –un joven cualificado entre los nuestros, no el único, por descontado—debe ir proyectando por ahí.

El hilo de la encuesta que nunca existió conduce, sin embargo, a un ovillo de mayor entidad. Este: que en Valverde, como en tantos lugares, la sociedad empieza a notar que una nueva generación bulle, y al mismo tiempo, la opinión pública demanda cada día con mayor insistencia un relevo generacional que traiga aire fresco y oree la casa desde el portón a la casilleta, como diría el gran Ortiz. El propio alcaldísimo, que no es viejo ni llegó a la poltrona sino tarde dada su anterior militancia comunista (ese reparo lo hemos padecido muchos, aunque algunos sin mayor compromiso, claro), pertenece, sin duda posible, por sus orígenes, pero sobre todo, por su talante, más a una generación que se va que a la que llega anunciándose en las encuestas o insinuándose silenciosamente en la estimativa pública. De este periódico modesto han salido en los últimos meses al menos dos periodistas que se están abriendo paso a marchas forzadas en el panorama de nuestra prensa más acreditada, y eso ya, como es natural, no es lo mismo, como no lo es que una encuesta –aunque sea de encargo propio—nos traiga la nueva incómoda de que, encima, uno de esos pajeros niños de “Facanías” se perfila como eventual competidor electoral. Y menos mal que Manolo Romero va de su corazón a sus asuntos, como decía Hernández, o si se prefiere de sus pleitos (civiles) a la tranquila vida de quien la tiene entera por delante. Si no fuera así, si amagara con veleidades, si le diera por masconear con que si me presento o no me presento, calculen los nervios en la Casa Grande. No hay peligro de tal cosa, de momento, en todo caso. Aunque el alcalde hace lo natural siguiéndole el rastro a una estrella emergente cuyo cenit nadie será capaz de predecir todavía. La verdad es que el alcaldísimo pierde el tiempo, si es que no arriesga algo más, manteniendo a distancia a esta generación del relevo. Aunque sólo sea porque los relevos acaban llegando, si no un día al siguiente. Y déjenme que les diga que, a juzgar por el sigilo con que se reserva --¡y hasta niega!—la jodida encuesta, tal vez antes de lo que podamos pensar.



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La pantalla de los éxitos


La Ría
Sábado 21/09/02

El lema de los Sánchez-Ramade, empresarios creo recordar del Cinema Rábida, era ese precisamente: “La pantalla de los éxitos”. Lema tan sugestivo que una mediodía en que fuí a despertar a mi abuelo que vivía poco más arriba (a mi abuelo le daba igual dormir en su butaca que en la gratuita que le ofrecía el empresario amigo) aduje como argumento más convincente para que me llevara al cine ese título fastuoso. El cine en Huelva era una actividad más bien residual aunque tuviera sus fanáticos, entre otras cosas porque su aire se acondicionaba tratando de atrancar las puertas en invierno y abriendo de par en par (cuando existían) las ventanas superiores. No era como en Sevilla, donde antes del acontecimiento que supuso la llegada del aire acondicionado había salas, como el Llorens, en plena calle Sierpes, que disponían una barra de hielo ante la pantalla y tras ella un gigantesco ventilador, reservando las primeras localidades, como era natural, para una selecta clientela entre la que, por lo que me han contado, eran habituales los Parladé y el propio alcalde y marqués de Contadero, el que defendía el gobierno sobre el caballo de san Fernando con el argumento de que si te bajabas a ras del suelo te cogían el culo.

No me parece imposible hacer una interpretación clasista o siquiera funcional de aquellos cines y sus respectivos papeles sociales. Para empezar estaba el Gran Teatro, sala de respeto, escenario isabelino, pasillo alfombrado, terciopelos damascos, entresuelo idílico y decoroso ambigú. Sus caras entradas –el estreno de “Ivanhoe” colocó por ver primera el precio de la butaca en 10 pesetas—seleccionaban por su cuenta el aforo. Pero estaba el Cine Mora, viejo teatro casi en desuso –en él alcancé a ver alguna velada matinal con versos de Adriano del Valle y amables soflamas del comandante Salvador--, con su mítico gallinero de andanada de tablas que multiplicaba hasta el infinito la galopada del Séptimo de Caballería o ampliaba el estruendo del tiroteo del Saloon. En el Mora se daban antiguamente –antiguamente es, como se ve, un concepto relativo—sesiones de varietés y fueron famosas, según creo, sus “sesiones golfas”, exclusivas para varones adultos y en las que la Raquel Meller y compañía es fama que interpretaban el “baile de la pulga” y hasta que se ofrecían para entrar en sorteo en algunas pingües rifas como las que hoy cuentan que se perpetran en algunos clubs sexy. Miren, tengo motivos pare sospechar que la ruina de mi abuelo el del cine tuvo que ver con esas aventuras, pero no quiero hablar de eso, compréndanme.

El Gran Teatro, el Mora y el Cine Oriente. El Cine Oriente, entonces al borde del centro capitalino y demasiado próximo al célebre lupanario que honraron poetas tan celebrados como Cernuda o Jesús Arcensio, es explicable que gozara de peor fama. Hasta regía una vaga prohibición de asistir a sus sesiones, prohibición consiguientemente burlada cada dos por tres atraídos por aquellos carteles de chafarrinón delicioso en los que los negros ojos embrujados de Lana Turner o la clavícula irresistible de Ava Gardner (luego también la de Audrie Hepburn) nos servían en bandeja el pecado de desobediencia y tierna lujuria que hoy me emperro en valorar, a todo tirar, en tres avemarías. Raramente iría una “niña” de las nuestras al cine Oriente, en consecuencia, pero no era raro, sino todo lo contrario, ver salir o entrar en él “embarcados” de rompe y rasga del brazo de fantasmales suripantas, de esos que se hacía llevar la cena de Casa Alpresa al Bar Bristol, en cuyo altillo o soberado un friso lucía una de las leyendas más conradianas que yo recuerdo: “Arriba te espero”.

Habrán notado que no hablo de lo que vino después, en especial de la revolución tecnológica que supuso el estreno de la sala “Emperador”, pero no es olvido sino designio deliberado. Porque los cines viejos –los tres que he citado—constituyeron la única ventana al mundo abierta ante los ojos de aquella ciudad relativamente pero bastante confiada, en la que se contaban con los dedos de una mano y sobraban dedos los cinéfilos de alcurnia, entre los que no incluyo como en natural a otros frecuentadores de la oscuridad cinematográfica, muy perseguidos entonces, y a los que la guasa local llamaba “pianistas”… Cinéfilo cinéfilo yo recuerdo uno sobre todos: a Antonio Palma hijo, que lo era de Palma Chaguaceda, entonces director del Instituto, de quien sólo recuerdo su amable continente, su cordialidad expansiva y su indefectible afición al cine que le permitió ver, según nos contaba, todos y cada uno de los estrenos habidos en Huelva durante aquellos años. Pero ni una golondrina ni siete hacen verano, y Palma no dejaba de ser la excepción, quizá algo extravagante, en una ciudad que vivía de espaldas al mundo, harta de coles y dispuesta a aviárselas como pudiera con las “noticias” radiofónicas –el “parte” decían algunos todavía—y la versión oficial de la vida., propia y ajena, que le suministraba el ODIEL, periódico de FET y de las JONS tan poco preocupado por su credibilidad como sus propios (y escasos, esa es la verdad) lectores.

Experiencias tan costeadas como la soviética o la de algunos satélites han demostrado que no hay cine sin libertad. Cuando ya al filo de la Santa Transición en Huelva se removían los fondos de la cultura, una de las primeras excursiones rituales fue la que iba anualmente a ver cine a la cita festivalera de Portimao, embrión quizá de inquietudes que fraguarían luego con mejor fortuna en el nuestro Hispanoamericano. Pero eso es hablar ya de otra era y de otra Huelva. Aquella en que hablar del Cinéfilo, sin más, era señalar con el dedo a un señor que cada tarde salía de su casa de la calle del Puerto y se dirigía incontinente al cine elegido, o en la que ir al cine constituía para la inmensa minoría (no lo olviden: desde “Ivanhoe”, diez pesetas la butaca…) una liturgia dominical, había quedado para entonces muy atrás, como otras muchas cosas que teníamos, unas buenas y otras malas. Lo que acaso no era presumible entonces era la crisis de los cines, la idea de la domesticación del cine a través de la tv y del video, gran experiencia algo onánica, todo hay que decirlo, difícil de comparar, sin la menor duda, con la aventura que era ir al cine con todas las de la ley, retratarse en taquilla, comprar quizá el bombón helado al chaval del entreacto, quedarse en el ambigú durante el NO-DO bajo la mirada censora del acomodador, o incluso ignorar la película --ah de la vida, nadie me responde…-- perdidos en la silva amorosa y sus supremos deliquios.


Un descalabro histórico


El Mundo - 
Huelva Noticias
15/09/2002

Permítamne que desde una posición de izquierda que sólo me podrán regatear desde la insidia o la malicia, haga memoria de los pródromos que conducen al fenomenal descalabro político sufrido por el PSOE onubense ante el auto del TSJA que ha declarado inocente al alcalde Pedro Rodríguez. Es bueno mirar hacia atrás, contra lo que dicen quienes pretenden ocultar el pasado. En este caso, mismamente, para recordar que Pedro Rodríguez --como tal personaje independiente y ciertamente popular sin comillas—estuvo disponible para el PSOE e incluso designado “in pectore” consejero de Canal Sur en representación de ese partido que, digo yo y dirán ustedes, no le consideraría tan ajeno y malo como ahora dice considerarle. No salió aquella operación –no son más torpes porque no se entrenan, palabra—que, sin duda, hubiera cambiado el panorama político en Huelva para muchos años, y Pedro Rodríguez, el desdeñado “Rodri”, se convirtió de la noche a la mañana en una pieza clave del nuevo conservatismo que se venía tratando de montar. El resto, ya lo conocen: bromas sobre “Rodri”, cálculos sin base y, en fin de cuentas, enorme susto electoral que el cisma insuperable entre las llamadas izquierdas convertía en absoluto e irremediable. Recuerdo que le auguré al electo la alcaldía –fue antes de su elección, en un hotel sevillano—y hasta le predije sus futuras mayorías absolutas. Mi ventaja es que no sólo conocía a Pedro Rodríguez sino al membrillar por el que se pasea amparado en la inepcia supina de esos hortelanos. El PSOE onubense, tras el relevo o defenestración del tándem genuino Navarrete/Marín, no es más que una agencia de colocaciones y ése es mal ámbito a medida que la oferta de puestos merma hasta escasear. Así le va.

Pero vayamos a la alcaldía, que es el problema. El fracaso estrepitoso de Ceada, tras tantas mayorías absolutas, desconcertó más a un partido más preoocupado en ganar la pelea intestina que por el interés real de la organización. La foto de Doñana, con González cloqueando sobre aquella pollera rebelde, acabó de decidir la suerte de un partido que lo tuvo todo antes de ser devorado internamente por el cáncer de la ambición. Y de ahí surgió la idea de la “renovación controlada” y el disparate de Pepe Juan como icono de la operación. ¿Por qué digo disparate? Porque Pepe Juan, discreto poeta, profesor de media, lego en el oficio administrativo, ya había dado suficientes muestras de insipidez en la delegación de Cultura y era obvio que no reunía, ni de lejos, la energía precisa para enfrentarse electoralmente a un adversario como Perico Rodri que es por sí solo un caudal colosal de comunicación y empatía. Un tímido frente a un audaz, un equilibrista frente a uno que da tres saltos mortales por sesión: esa fue la apuesta ridícula que hizo el PSOE, ya sabemos con qué resultados.

Y bien, en ésas los estrategas del sanedrín virreinal no tuvieron mejor ocurrencia que buscarle al alcalde ascendente las cosquillas jurídicas, y parece que creyeron ver la ocasión en la operación salvacional del Recre y su obligada recalificación del antiguo Estadio Municipal en terreno urbanizable sobre el que iría un ambicioso plan de vivienda. Primer error: enfrentarse a una operación que siempre se acogería a sagrado bajo la enseña centenaria de un equipo que, sin duda, “es más que un club”. Segundo: tomar lo que no eran sino criterios subjetivos --basados muchas veces (yo lo he visto y escuchado en la tele local) en opiniones de legos-- como dictámenes legales incontrovertibles. Tercera pifia: no abrir un paréntesis comprometedor para el alcalde sino alzarse a una campaña de descrédito del peor tono en la que no se ahorraron calificaciones y juicios que, personalmente, valoro como delictivos. Y todo ello flanqueado por un “frente cívico”, una Plataforma plenamente integrada en el partido y su estrategia, que pretendía trasmitirle a la opinión el mensaje de que Huelva estaba siendo expoliada por el alcalde y cuatro “amigos políticos”, como decía en su tiempo don Antonio Cánovas.

Pues bien, ni había responsabilidad penal alguna –ahora ya no podrán ni recurrir a la que hubiera sido razonable objeción del ilícito administrativo--; ni hay tal agresión al medio urbano como demuestra el discreto acuerdo --¡vaya gol por la escuadra, colegas!—entre Rodríguez e IUCA, primero, y el PA después; ni al PSOE le quedan a estas alturas, tiempo ni energías para mudar de estrategia e improvisar una Oposición como la gente. Se ha perdido toda una legislatura bajo la ensoñación de que era posible destruir al alcalde y ahora se ven sin nada en las manos. Se ha dilapidado un crédito –raro, desde luego, en un partido que tiene en los juzgados (y hasta en las cárceles) lo que tiene--, y sobre todo, se encaran unas municipales con un candidato de celofán comparado con el cual hasta el fracasadísmo Ceada parece un Lenin. ¿Qué hacer ahora? ¿Se abrirá camino la tendencia (que me consta que alienta tímidamente en la catacumba del PSOE) de regenerar de una vez por todas la Política y trabajar en busca del modelo que nunca existió? ¿Acaso tendrá alguien la nobleza de reconocer la ignominia perpetrada? Ese concejal de Valverde que señalaba hace poco a Rodríguez con dedo fiscal; ese portavoz de la Diputación de Córdoba que defendía panza arriba a su impresentable expresidente señalando también para Huelva; qué dirán ahora? Aún resuenan en el Parlamento las palabras del portavoz José Caballos denigrando con insinuación directísima al alcalde de Huelva para tapar no recuerdo que desbarre propio? Bien, ¿rectificarán ahora, será exigible ya la buena conducta al alcalde de Valverde o la del presidente de la Diputación cordobesa en vista de que la referencia al malo de enfrente ha resultado falsa en Justicia? Ninguna esperanza tengo en ello. Sí es que en Huelva, dentro del PSOE de Huelva, que no se agota en el pretorio de Barrero ni mucho menos, no hay alguien con dignidad y vergüenza que pida explicaciones y exija un cambio de rumbo. Algo difícil en una organización dividida hoy en un puñado de corrientes y grupos que luchan a cara de perro por el poder. Pero algo a lo que obliga una mínima ética progresista. Montajes como el superproyecto urbanístico de Barrero en Punta Umbría, parado por Chaves en persona, montañas rusas para un solo pasajero como la erigida en El Monte alrededor de Cortijo de la Luz, junto a una aventura como ésta del fallido acoso y derribo a un alcalde honorable rebajan al PSOE a un nivel moral más que dudoso. Algo malo siempre para cualquiera, pero letal por definición para una fuerza que, siquiera de palabra, siga reclamándose de la parte izquierda del arco político.


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El Recre es más que un club


La Ría
14
/09/2002

El otro día vi a Pilli por una tele local. No lo hubiera reconocido –ni él a mí, claro—, que el tiempo y la distancia nos vuelve invisibles, pero sí que me transportó hacia atrás como si me hubiera embarcado en la máquina de Wells. Recordaba Pilli –ni rastro ya de aquel pelo rubio y tieso, casi secreto bajo la máscara de los años—la temporada en que el Recre bajó a Segunda, toquemos madera, única ocasión quizá en que un equipo haya descendido de la máxima categoría con sólo tres negativos y después de haberle pegado fuerte y flojo a más de un coloso. Al Betis mismo “le ganamos” aquel año, “aquí y allí”, 2 a 0 por cierto en Heliópolis, goles de Czoka, revuelto en la memoria con Crispi y Czabay, Álvarez y Moro, con el pobre Lora, Eli o Cuti, un equipazo que, sin embargo, no se salvó. Ya verán como este año no nos ocurre lo propio.

Cuando a finales de los años 60 Manolo Vázquez Montalbán e imitadores lanzaron aquello de “El Barça es més que un club” muchos españoles pensábamos lo mismo de nuestros equipos respectivos. Ni les cuento lo de béticos y sevillistas, pero había otros muchos casos, al margen de los derbis clásicos, incluido el de mi buen amigo Ramón Ramos (que hoy dirige en Huelva la competencia), que llegó a escribir un libro para demostrar, entre líneas, que el Granada también lo era. Yo recuerdo que el llorado Luis Carandell se metía con Víctor Márquez Reviriego y conmigo diciéndonos que si el Recre no brillaba lo bastante como Decano del fútbol español era porque era un invento inglés y porque, además, tenía el nombre más largo de la Liga, a lo que nosotros contestábamos recordándole que a su Barça de su alma lo parió un alemán aunque ellos le recortaran luego el nombre hasta jibarizarlo en dos sílabas. Bromas aparte, siempre supimos que el Recre era una institución onubense de primera magnitud, en especial desde que el joven alcalde Antonio Segovia acertó a hacerle un Estadio en condiciones que aún está dando que hablar…

Que hablar. Eso es lo que no han tenido en cuenta unos políticos de cortísima visión que no fueron capaces de entender el alcance del sentimiento onubense en torno al Recre. Es triste recordar que el disparate del alcalde Ceada de eludir en su día el pago de un puñado de millones para saldar la deuda que amenazaba con reunir al Decano en la sima donde ya habitaban el olvido equipos andaluces bien destacados, acabaría por provocar, andando el tiempo, el enorme esfuerzo que el Ayuntamiento solventó con la discutida operación urbanística de la Isla Chica. Pero así fueron las cosas. Si me preguntan qué hubiera hecho yo –no me lo pregunten, por favor—la verdad es que me pondrían muy difícil la respuesta porque, ciertamente, no es difícil exponer otro orden de prioridades municipales en el que no figurara la salvación del Recre. Pero ¿acaso habría perdonado la ciudadanía (¡el electorado!) una dejación semejante? Pregúntense los objetores a Isla Chica y la parroquia del “Viviendas Cero” qué hubiera hecho un alcalde de Barcelona o La Coruña en caso de riesgo de desaparición del Barça o el Depor. Y no hablo de un alcalde de Madrid, porque de lo que son capaces los alcaldes de Madrid por salvar a sus equipos hablan de sobra el escandaloso voladizo del estadio del Manzanares o la operación milmillonaria de la famosa “esquina del Bernabeu”, que ésa sí que fue una jugada a tres banda digna de Pepe Gálvez. Lo de la Isla Chica, ahora en serio, se puede discutir pero no es posible descalificarlo. Si quieren una prueba, ahí tienen el silencio cómplice o las dobles y triples ambigüedades que emplean los partidos de la Oposición municipal –todos y cada uno-- cada vez que se ven enfrentados cara a cara con el tema del Recre.

Total, que el Recre es más que un club: eso no hay quien lo discuta en Huelva. Y en ese sentido, ojalá fuera posible borrar mágicamente el berengenal contencioso en que han metido el tema entre unos y otros, de salir ileso del cual habrá Superalcalde para la eternidad, y en caso contrario, habría mártir para rato. Claro está que la temporada que ahora empieza añadirá leña nueva a esa fogata, sobre todo si, como queremos y esperamos todos, el Recre de Alcaraz –un auténtico emblema de la rebelión de los débiles—se mantiene en la categoría de honor de manera decorosa. Hoy el Club, ciertamente, no juega en Huelva el mismo papel que jugaba en aquel tiempo sepia dentro del que las semanas discurrían idénticas a sí mismas y los domingos alternos celebraba el rito antiguo de la concentración del Velódromo que, al caer la tarde, devolvía el gentío hacia el Centro como una lenta avalancha apasionada. Pero está ahí, y el ascenso ha demostrado con cuánta capacidad de movilización y con qué extraordinaria fuerza emotiva. A ver qué ciudad similar iguala el número de socios que el Recre disfruta hoy. Y ese Recre es el mismo, hay que insistir en ello, al que otros dejaron caer cuando aún era bien fácil salvarlo, y el que hoy está donde está: en Primera, económicamente saneado y dispuesto a ofrecerle a Huelva en directo la Liga de las Estrellas. Eso es todo. En política los errores se pagan como en cualquier otra actividad de la vida, pero quizá con mayor usura. Lo que quiere decir que los aciertos se cobran, también generosamente. Y tratándose de símbolos principales de la vida colectiva, ni que decir tiene que a tope. El Recre es más que un club: una cosa tan sencilla no fueron capaces de entenderla algunos de nuestros miopes políticos. Pero lo malo es que siguen sin entenderla, a estas peligrosas alturas de la película, los que tras ellos han tomado el relevo.


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El gran momento onubense


La Ría
31/08/2002

Los pueblos viven sus crisis de crecimiento sin una conciencia precisa de la experiencia. Las viven, eso es todo, ven y oyen –escuchan tal vez—el rumor que se agita a su alrededor, notan que las cosas cambias, que los ánimos vibran. Lo que no suelen es disponer de una perspectiva final que les permita vislumbrar el alcance del movimiento. Paseen por nuestra provincia. Se encontrarán con pueblos que crecen y se desbordan, es posible que sin saber muy bien hacia dónde, quizá sin medir con precisión el alcance de la riada. Ciudades que escapan de sí mismas, que sepultan su imagen antigua bajo un aluvión de novedades que sustituyen el paisaje, que crecen, en definitiva, como si acabaran de despertar de un sueño secular y llevaran prisa por lanzarse al futuro.

Consideren el auge de la construcción, para empezar, ese indicador radical de progreso que, con tantos y tan altos costes (“efectos sociales no queridos del desarrollo” lo llamaban los funcionalistas de la vieja sociología), marca sin remedio la realidad. Es toda la provincia la que crece: desde la costa, donde el crecimiento es explosión, hasta la sierra, desde la tierra llana a la capital, con un movimiento uniformemente acelerado que hoy nos hace olvidar el salto de ayer, y mañana nos borrará el hodierno.

Al observador mediamente fino no se le escapará, junto a esa auténtica revolución, la intensa actividad restauradora que vive la provincia: nunca, vivió tanto esplendor, probablemente, nuestro patrimonio urbano. Hay pueblos enteros que parecen nuevos, otros cuyo perfil clásico se afirma precisamente sobre novedades pasajísticas terminantes, alguno, en fin, lastimosamente perdido bajo la escombrera incívica que dejan tras de sí la especulación y la incuria. Pero compárese el aspecto general de la provincia tras el último cuarto de siglo con la imagen anterior, tan conservadora, tan adormecida. Poca variación encontrará en esa comparación quien mire hacia lo que vio en su día Pascual Madoz o lo que describió mucho después –al filo de la última década del siglo pasado—Rodrigo Amador de los Ríos, posiblemente el más penetrante retratista de la realidad onubense tradicional. Poca diferencia se encontrará entre un paisaje y otro, descontados los cambios de superficie. Cuando dispongamos del retrato onubense contenido en el Registro del marqués de la Ensenada (¡qué buena -y fácil- tarea para nuestros investigadores universitarios!), veremos lo poco que, en el fondo, cambia nuestra vida a lo largo de casi tres centurias y con qué reposado ritmo lo hace. Leyendo los que tiene bosquejados Manuel José de Lara sobre nuestro interesante XVIII puede verse, igualmente, hasta qué punto la vida de Huelva escapó apenas, bajo las Luces, del plano vegetativo, y lo mismo podría comprobarse de asomarnos al panorama del extenso periodo románticol, la Restauración y la Regencia, tan simétrico de la vida onubense que no empieza a cambiar hasta el umbral de la democracia y explota en los últimos años, sin detenerse siquiera en la crisis actual.

Cuando se escriba esta historia con perspectiva suficiente hemos de ver el papel decisivo que en estas transformaciones ha correspondido a la iniciativa agraria, y en concreto, a la introducción entre nosotros de las técnicas de explotación intensiva, sobre todo en la amplia zona costera. Ese “oro verde” es el gran revolucionario de la economía provincial aunque relumbre más, al menos de momento, el metal de la promoción turística, verdaderamente llamativa desde Ayamonte hasta Doñana. Pero hoy es fácil advertir que el cambio onubense desborda esos ámbitos, con sólo ver que en el mismo pueblos –y hay más de uno--, junto a esas promociones gigantescas, se remueve ya la tierra para construir vastos complejos comerciales o polígonos para la industria. Huelva está cambiando en profundidad, qué duda cabe, aunque sea una pena que, en muchos casos, el valor añadido de tanta actividad nueva no se quede dentro de su alfoz sino que se marche fuera, como muestra, entre tantos casos, la reciente merienda de negros acaecida en el Monte –y “Caja de Ahorros de Huelva”, aunque no lo parezca—con ese negocio crucial de “Cortijo de la Luz” para el que han invitado --¿quién, cómo, a cambio de qué?—a “bajarse a Huelva” como quien se baja al Moro, con una enjoyada mano negra detrás y otra de sólo 10 millones delante, concediéndole un misterioso crédito de miles de millones para que saque el negocio de Huelva y se lo lleve a dónde convenga más a otros.

Pero más allá de este inciso, hay que decir que no tiene sentido, a mi juicio, sin embargo, anotar cambios de tanta profundidad como la de los descritos, en el haber de los partidos políticos. Lo que ha sucedido y está sucediendo en Huelva hasta convertirla en la provincia más dinámica, probablemente, de la comunidad autónoma, se debe más a un impulso colectivo que a ninguna iniciativa política concreta. Ya digo que los pueblos viven colectivamente y sin consciencia estos momentos de vitales de sus biografías, y no hay más que observar lo que en Huelva ocurre desde hace años para comprender que tan feliz despegue se ha producido, en la mayoría de los casos, no gracias a los políticos sino a pesar de ellos. ¿O vamos a creer, en serio, que al progreso disparado de Huelva contribuye poco ni mucho una fantasmal oficina montada por la Diputación en Bruselas, a la que le faltan siglos para llegar a “lobby” y le faltan segundos para convertirse en auténtico “pisito” de sus barandas? No creo, francamente, que tal discusión merezca la pena ni una letra más. Hoy querría más bien reservarlas todas para acogerlas a sagrado bajo el acento amable de la conciencia de progreso. Que Huelva va embalada –a pesar de los graves problemas pendientes y de tantas carencias seculares-- no lo niega ya más que la mala fe. Y en esa constatación le doy al César lo que es del César, pero me gustaría dejar bien claro el papel de la muchedumbre silenciosa que rodea a escribas y fariseos sin una conciencia demasiado clara del milagro que está ocurriendo a su alrededor.


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Disparatario de verano


Diario El Mundo
29/08/2002

En el pueblo de Buñol, treinta mil personas se arrojarán unas a otras, no me pregunten por qué ni para qué, ciento veinte mil kilos de tomates maduros. Es una noticia como otra cualquiera, a la que no faltará quien atribuya interés etnográfico, junto a la que se anuncia la lapidación de la nigeriana para cuando termine de amamantar a su hijo adulterino o la vuelta al redil del arzobispo Milingo, triunfo pírrico de los vaticanistas tras el supremo éxito que ha supuesto la bendición que el arzobispo de Cuba le largó en público al propio Castro a petición de la esposa del alcalde de Tampa. En el disparatario estival no chirría más de lo inevitable el argumento batasuno que proclama ajena a Euskadi la “ley española” como si la legitimidad de Otegi y compañía viniera de alguna fuente que no sea ésa. No más, desde luego, que la promesa de “amistad eterna” formulada por Bush a la tiranía saudí en plena desbandada de los aliados de las guerras iraquíes o que la ampliación de las instalaciones de Guantánamo decretada como réplica a la dura y justiciera sentencia de Cincinnati que condena lo que en aquella base está ocurriendo. Cambiemos de tercio.

Un inocente es puesto en libertad tras diecisiete años de prisión una vez que su ADN resultara incompatible con el verdadero e impune criminal, mientras en España un desalmado achicharra a su mujer con salfumán, otro la liquida de tres navajazos (tras once inútiles denuncias, por cierto) y un tercero le aplasta la cabeza con una machota de obra. ¿Ustedes saben lo que es una machota de obra? Pues dadas las circunstancias, si no lo saben, mejor. Ahí al lado, en Marruecos, los feudales recurren de nuevo al arma secreta de la inmigración y nuestras playas se pueblan de cuerpos muertos o desmayados, lo cual no es nada comparable, si bien se mira, al infierno que viven seis millones de chinos seis, amenazados por las aguas desbordadas. Y en fin, la perla: el rey de España visita al rey de Arabia en Marbella el mismo día en que sus visires despiden a cuarenta empleados por miedo a la Inspección de Trabajo, que ya hay que ser pusilánimes. Menos mal que las mañanas refrescan ya lo suyo, para desesperación de hoteleros y bañistas, pero también en auxilio de la mayoría de secano. El verano tiene estas cosas. Quizá por eso el rey de España ha escogido esta fecha para bajarse al moro. Si se acabara de demostrar alguna vez la implicación saudí en el terrorismo islámico, lo va a tener difícil para justificar tanta cortesía.


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La cabeza del carnero


Diario El Mundo
28/08/2002

Es difícil el equilibrio entre el poder democrático y la tiranía de la opinión. Es lo que trata de subrayar Plutarco cuando insiste en que Pericles no se plegaba a los caprichos del pueblo sino que trataba de acercarlo a sus propias ideas, educándolo al tiempo que elevaba sus miras. No se discute el fondo elitista, dirigista, de ese comentario, pero la verdad es que no deja de ser sugestivo contemplado desde este presente en el que tan clamorosamente el Poder gobierna atento en exclusiva a los dictados de la opinión, con frecuencia transformada, de modo literal, por su vertiente más asequible, en proyecto de gobierno. Gobiernan con las encuestas del CIS en la mano, eso es todo, y por eso nada tan explosivo en la vida política como esa dinamita sociológica que todos y cada uno han tratado de controlar y hay que suponer que han acabado controlando.



Lo malo es que la Opinión, cuando no se funda en el rigor, igual aplaude a Jesús que a Barrabás. El propio Plutarco refiere que cuando un charlatán vio en la cabeza de un carnero unicornio regalada a Pericles la señal de su triunfo sobre su adversario Demóstenes, el pueblo le aplaudió con la misma intensidad con que antes había jaleado al sabio que supo ver en el prodigio una simple aberración de la naturaleza. Otro comentario elitista, qué duda cabe, pero tan puesto en razón que no resulta difícil hallarle situaciones similares veinticinco siglos después. El Poder dispone hoy de una enorme capacidad de reconocer el deseo y la opinión de la gente, y no cabe duda de que no sólo es legítimo sino que es necesario aprovechar una información tan reveladora para servir, en lo posible, a esa vaga entidad rousseauniana que llamamos voluntad general. Lo que ofende a la lógica democrática es utilizar el conocimiento de la opinión para manipularla en todos los sentidos, incluyendo el de complacerla demagógicamente con concesiones indebidas. La industria de la sociología lleva ventaja sobre la ciencia política, en todo caso, y con toda probabilidad aumentará esa ventaja en el futuro, por lo que no resulta aventurado conjeturar que cada día el gobernante dispondrá de más información sobre lo que se quiere que haga y, en consecuencia, verá disminuida en proporción su genuina libertad de criterio. Cierto que, como a Pericles, le quedará siempre la posibilidad de atenerse a su conciencia y resistir frente a la arbitrariedad a base de pedagogía, aunque a su alrededor prosperen y crezcan los que gobiernan con cabeza de carnero.



La gran fuga


Diario El Mundo
23/08/2002

Más de mil vuelos parten cada día del aeropuerto de Barajas y otros tantos recalan en él. No es imprescindible que se acierte en el cálculo, pero resulta fácil extrapolar esas cifras a los de Nueva York, Londres y cincuenta ciudades más para imaginar la magnitud de esta fuga colectiva. No hemos de tardar en reconocer que el fenómeno colosal del nuevo siglo no es tanto la emigración, como suele repetirse, sino el turismo que cada año crece –incluso en años críticos como éste— un poco por todas partes. No es nuevo el fenómeno, lo nuevo es su dimensión: la democratización del viaje, que es cosa bien reciente. Paul Morand entrevió esa explosión al filo de los años 30 para reafirmar sus intuiciones treinta años después en un libro que ya es clásico y en el que el escritor, que aún alcanzó a vivir los “séjours” de la vieja sociedad europea, no dejó de recoger los tópicos más acreditados del género: el de Goldoni, “Está lleno de prejuicios quien no ha viajado”, el de Disraeli, “El viaje enseña tolerancia”, el de Voltaire, “El viajero no ve más que la fachada del edificio”… Pero en el tiempo de esa segunda edición, España no recibía aún al año más que nueve millones de turistas e Italia veintiuno y, por descontado, salían muchos menos. A juzgar por el overbooking de hoy día y de conformidad con los sabios criterios citados, pues, este pueblo nuestro debe estar ya, seguramente, entre los más sabios, avisados y abiertos del planeta.

Mucha gente ha notado la diferencia entre el viaje clásico o el romántico, y el rito actual del turismo masivo. Antes se preguntaba cómo se las compondrían aquellas primeras muchedumbres para orientarse y vivir en el extranjero, desde luego sin la vasta estructura de apoyo de que actualmente dispone el viajero. Pero la gran pregunta es cómo ha podido transformarse en esta liturgia tan convencional una experiencia que durante siglos tuvo más de iniciática que de cualquier otra cosa. Incluso el turismo “cultural” (ya saben, el sofá de Freud en Viena, el sillón de Stalin en Postdam o el balconcillo de Julieta en Verona) carece hoy de la imprescindible dosis de emoción que hacía del viaje una vivencia distinta, reducido como está a puro mecanismo de escape. Ya no se busca. Al contrario, hoy “se viaja para mirar, para oir, para olvidar, para no ver”. Cunetan que el cartógrafo Cosmas entró en religión al volver de su viaje, y que Merimée o el reverendo Townsend no fueron los mismos tras viajar por España. Hoy sólo se huye. Morand llamaba a eso “la migración continua”, pero ahora sabemos que se trata más bien de la fuga universal.


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Atados al nogal


Diario El Mundo
21/08/2002

El noventa y siete por ciento del Parlamento español que apoyará la ilegalización de Batasuna recibirá un apoyo masivo por parte del pueblo. Acierten o se equivoquen, pues, por una vez los diputados llevan el mismo paso que los ciudadanos y eso le presta a la ocasión un significado especial. Por eso precisamente están de más las palabras del presidente Bono pidiendo para la banda un trato “legal e inmisericorde que termine con la banda criminal, sin ningún tipo de complejos, como se ha acabado con el IRA, con las Brigadas Rojas o con la Baader-Meinhof”. También Bono conecta, cabe suponer que conscientemente, con una parte importante de la opinión que clama por la venganza de la sociedad, pero con su deplorable ocurrencia demuestra que no estuvo en la puerta de la cárcel de Guadalajara porque creyera inocentes a sus compañeros condenados por secuestro sino porque respaldaba su crimen. Lo ocurrido con la banda alemana fue otro crimen abyecto. Escuchar a un presidente esa defensa del método produce la mayor repugnancia aunque arrime votos.

Se quedarán fuera de esa casi unanimidad IU, definitivamente aislada en el contexto político y dispuesta, al parecer, a la autoliquidación, con un pie dentro y otro fuera CiU y, naturalmente, el PNV de Arzálluz, el mismo que dijo que en el huerto vasco regía una revolucionaria división del trabajo en virtud de la cual unos movían el árbol y otros recogían las nueces, cosa que, por lo demás, pocos españoles ignoraban. La iniciativa de ilegalizar a Batasuna ha tenido, de momento, esta virtud clarificadora y en adelante no cabrán racionalizaciones ni monsergas sino que todos sabremos dónde está cada cual en esta guerra infame. Al PNV lo parte por el eje una medida que lo fuerza a situarse donde siempre estuvo pero a la vista de todo el mundo, y que permitirá ver acaso que quienes han hecho su negocio político de recoger esas nueces sangrientas no andan libres bajo el nogal sino que viven atados a él. Arzálluz no puede hacer otra cosa que votar contra la ilegalización, diga lo que diga la inmensa mayoría, sencillamente porque su presencia política resultaría insignificante sin el respaldo del terror. Lo que ahora se le acaba, en todo caso, es el lucrativo juego del bueno y el malo, ese equívoco que ha mantenido atada a la democracia española a ese otro árbol en el que florece la inútil corrección política. Es una lástima que Bono invoque los fantasmas más negros del pasado con su tenebrosa propuesta. Lo de Arzálluz es normal. A ver qué quieren que haga frente a un ataque el Terror alguien que vive desde hace decenios en la cara oculta de esa luna.



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La almoneda secreta



Diario El Mundo
16/08/2002

Hace poco aparecieron por casualidad en Estepona, dentro de un contenedor de basura, unos cientos de expedientes clínicos. La alcaldesa del pueblo costasoleño, que es del PP, se apresuró a dar una rueda de prensa criticando acerbamente al responsable autonómico, que es del PSOE, y éste reaccionó cargando contra aquella con el argumento de que lo que tenía que haber hecho era ir directamente al Juzgado --¡aviado hubiera ido él si la otra llega a ir!—en lugar de darle tres cuartos al pregonero. Los expedientes puestos en almoneda se referían a circunstancias tan delicadas como la condición de enfermo de SIDA o de paciente esquizofrénico de sus titulares, razón por la cual el responsable del PSOE --y de su custodia, ojo-- amagó con querellarse con la alcaldesa del PP para, finalmente, liquidar el asunto de la manera más llanamente salomónica: empaquetando a la limpiadora responsable material del desaguisado, solución que la querellada interpretó, a su vez, como una demostración de parcialidad a favor de los fuertes del sistema y abuso de fuerza sobre los más débiles. Así están las cosas cuando se las cuento.

Cualquiera que se asome al BOE o a las gacetas de las taifas autonómicas estará familiarizado, seguramente, con los frecuentes compromisos de gasto justificados por la autoridad como imprescindibles para la custodia de datos sensibles. Hay incluso una Agencia nacional creada para garantizar esa protección y una buena colección de disposiciones normativas que velan por conseguirla, de donde deduzco que habrá también una legión de servidores públicos cuyas nóminas se libran con el mismo fin. Y si embargo, cuentan y no acaban sobre la precariedad del secreto bancario, lo inseguro que resulta el sencillo acto de pasar la tarjeta de crédito por la “bacaladera”, sin contar con la posibilidad de que la historia clínica del más pintado pueda acabar en un contenedor y, lo que quizá es peor, en manos de una alcaldesa o de un consejero. Es posible que esta realidad no tenga ya remedio y que debamos resignarnos a ver eventualmente nuestra intimidad en almoneda a poco que estorbe a una limpiadora o, por qué no, en cuanto convenga a alguien con larga mano. El streep tease forzoso ante Hacienda no es nuestro único “pase”. Hasta es posible que en este teatrillo acabemos desnudos en sesión continua.

 


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La yenka episcopal



Diario El Mundo
14
/08/2002

En un mismo día, monseñor Rouco, cabeza jerárquica de la Iglesia católica española, se ha mostrado partidario de la ley de Partidos y consiguiente ilegalización de Batasuna, y ha rebajado su “ejército de reserva” hasta dejar en ocho de cada diez el 90 por ciento en el que tradicional y retóricamente se venía calculando la feligresía nacional. Sabido es que la Iglesia no avanza en línea recta sino en zigzag, lo que excluye la necesidad de explicar la contradicción entre el primero de esos pronunciamientos y la opinión reiterada de los obispos vascos nunca corregida en serio por esa jerarquía. En cuanto a lo segundo, hay que aplaudir el gesto de realismo que el propio prelado subraya al admitir que de ese ochenta por ciento, al menos la mitad de los católicos españoles no sigue la doctrina de Cristo, lo que no deja de resultar estupefaciente para los observadores externos. Claro está que tanto la cifra como la actitud de ese rebaño hace tiempo que viene siendo cuestionada desde dentro igual que desde fuera de la Iglesia por quienes observan el progreso constante de la secularización experimentada por nuestras sociedades. Sería infantil, por ejemplo, cerrar los ojos ante el fracaso estrepitoso de la moral sexual impuesta por la tradición, a la que la inmensa mayoría de la gente y, en especial, de la juventud, se considera enteramente ajena, aunque el cambio profundo excede con mucho de ese terreno concreto. Tanto es así que desde dentro de la propia vivencia católica se viene hablando hace tiempo de “el cisma silencioso” que, de hecho, atraviesa la experiencia católica.

Vaga esperanza supone, desde luego, la que Rouco deposita en el auge de la religión popular cuya trayectoria se dibuja igualmente en dientes de sierra (el de la Semana Santa, pero no sólo él), subiendo y bajando en la estimativa pública según los tiempos. Y más vaga si cabe –aunque tal vez forzosa—la alianza declarada con los sectores más reaccionarios, esos “nuevos carismas” (el Opus, los “Kikos” y demás) que tan fortalecidos van a salir del pontificado actual. Lo que no ha olvidado Monseñor es el tic antiliberal, si no en la línea de “El liberalismo es pecado” del bárbaro Sardá Salvany, en claves hodiernas bien poco realistas. Ya veremos cuando hagan una encuesta de verdad y se enteren del porcentaje real de católicos que todavía se atienen en España a la exigencia tradicional. Pero mientras tanto habría que preguntarle a Rouco por qué conceptúa como católicos a esos cuatro de cada diez que él mismo reconoce que no siguen la doctrina de Cristo, en lugar de admitir que el vuelco decisivo que estamos viviendo exigiría una revisión a fondo tanto del substrato mítico como del montaje canónico. No habrá remedio para sus cuitas si se decide a hacerlo por más bullas que se arremolinen a las puertas de la Macarena.

 


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Las manos de Baal


Diario El Mundo
09/08/2002

Un historiador poco riguroso pero gran viajero, Diodoro de Sicilia, dijo que había visto en Cartago una estatua de Baal en cuyas manos inclinadas los propios padres depositaban a sus hijos para que cayeran a la hoguera sacrificial en honor del dios. Entonces y después esa fiera liturgia se ha repetido en ocasiones innumerables, ciertamente en todas las latitudes, y hay que decir que en ella el niño y la mujer han llevado siempre la peor parte, como atestiguaban ya las tajantes prohibiciones del Levítico. Los antropólogos han censado la costumbre de quemar viva a la mujer en cuya espalda luciera un lunar, en diversas culturas que consideran ese accidente como una seña diabólica. Pero quizá ningún caso tan conocido como la costumbre india de echar va la viuda a la pira funeraria del marido, ritual casi en desuso que ahora, al parecer, se estaría “recuperando” avivada la llama por el soplo integrista que recorre el mundo. Esta misma semana una mujer ha sido quemada viva en pueblo hindú ante mil espectadores que animaron sin descanso al propio hijo de la víctima, encargado de prender el fuego por una tradición arraigada en el culto a la diosa Sati. El largo trecho que nos separa de Diodoro parece encogerse ante esa barbarie. Tanta hazaña cultural y tecnológica nos vale de poco a la hora de enfrentarnos al fantasma ancestral.

Alguien ha escrito hace poco que habría que plantear sin tardanza el derecho a la injerencia que asiste al mundo democrático frente a situaciones “culturales” que implican irreparable daño para los derechos fundamentales de la Humanidad. ¿No invadimos Yugoeslavia desde el aire y nos quedamos tan tranquilos? Pues a ver qué podría impedir extender esa lógica de manera que sirva de contrapeso al prejuicio, tan generoso como pánfilo, que impone la observancia fanática de la “multiculturalidad”. Nada tiene que ver el respeto a la diferencia con la inhibición ante la barbarie. A India, por ejemplo, una democracia en teoría, debería exigirle la comunidad internacional que se plante ante prácticas tan aterradoras como la quema de viudas, la venta de niñas o la mutilación de mujeres. El hijo de la última desdichada ha sido detenido. Bien, ¿ y qué? Dos bárbaros responsables de un delito semejante fueron absueltos no hace mucho por un tribunal, a pesar de que podían haber sido condenados a muerte. Lo mismo que absolverán a este parricida entusiasta. Dicen que a esos suplicios asisten muchedumbres ante las que la policía resulta impotente. A muchos nos parece que mantenerse al margen de esta locura no es escrúpulo sino complicidad.


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Veinte años después


Diario El Mundo
"La Red", 07/08/2002

Otro verano con la avioneta de Rumasa sobrevolando nuestras playas: “Rumasa, 20 años sin justicia”. La avioneta de Rumasa es ya un elemento del paisaje estival, un icono de nuestro raro indigenismo que los turistas retratan para enseñarlo en su tierra sin saber muy bien de que fue el timo. Como no lo saben, a estas alturas, los españoles, porque no existe mejor estrategia para la amnesia que la dilación. ¿Quién se acuerda a estas alturas de Sotillos anunciando la aurora roja de las expropiaciones? ¿Quién del circo desesperado de Ruiz-Mateos ante el Tribunal Supremo o de la escena Boyer emergiendo de la tarta? Poca gente. Boyer hoy, según dice, anda muy preocupado con la filosofía de la ciencia, en la que navega arrimado a la caña de Popper, y definitivamente lejano de la greña política. Solchaga anda en sus negocios, a ver. Los jueces, es verdad, han dado la razón a Ruiz-Mateos incluso en ese Supremo al que él denostaba, pero parece obvio que nadie en el Estado está por la labor hacer frente una indemnización que resultaría confiscatoria. Pero, sobre todo, nadie se acuerda de lo que se hizo con Rumasa, a pesar de que en las Actas del Congreso puede leerse la afirmación de Julio Anguita de que “si alguna vez se investigase esa reprivatización, estaríamos ante la bomba de los mil megatones”.

¿Quién se acuerda, pongo por caso, de que Galerías la compró un amigo del Poder, Cisneros, en 600 millones para revenderla tres años más tarde, al parecer en 30.000, a los ingleses de Mountleigh? ¿Quién de la fabulosa historia de un paracaidista llamado José Ferrer que llegó a preguntar desnortado en Patrimonio si pagaba al contado ¡las 350.000! pesetas por las que logró hacerse con los “cavas” del grupo expoliado (Segura Viudas, Castellblanch, Condes de Caralt, entre otros)? ¿Y de la penosa venta de la próspera Loewe al grupo Louis Vuitton, al parecer mediando la Preysler, ignoro si gratuita o profesionalmente? ¿Y del pelotazo que dio Marcos Eguizábal al quedarse , en plan rebajas, con las bodegas jerezanas de Ruiz Mateos, incluida la de su padre? Estos días se habla de la Dehesa de Monteenmedio, la finca expropiada que acabaría en manos de otro amigo de González, Antonio Blázquez, cuyo emporio hotelero ilegal ha mandado derribar el TSJA estos días y en cuyo interior dicen que se exhibe alguna escultura obra del expresidente. Veinte años sin justicia y los que le quedan. Déjenme que recuerde a Jules Renard diciendo aquello tan gracioso de que “la Justicia es gratuita, pero por fortuna no es obligatoria”. Menos mal.


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Bajarse al moro


Diario El Mundo
"La Red", 02/08/2002

Ninguna sorpresa ante la explosión colérica del sultán marroquí. Previsible tras el ridículo de Perejil era la búsqueda de la excusa, previsible también la ampliación del contencioso a Ceuta y Melilla. Enteramente previsible, en fin, el recurso al Sáhara como moneda de cambio en este cambalache. Este Rey no es su padre, como parece que su padre se encargó de recordarle -–ay, padre Freud—durante toda su vida, ni tiene el sentido de la medida que es la garantía de todo provocador. Mala cosa. Y encima va el Tribunal de Estrasburgo y le vuelve la espalda en su demanda contra el periódico Le Monde que había reflejado en su portada el informe del Observatorio Europeo de la Droga en el que se relacionaba directamente a la familia real con el supernegocio de la grifa, ese secreto a voces por permitir que se divulgara el cual venía siendo perseguido gravemente un periodista español, José Luis Gutiérrez. Mala racha, la de Mohamed, al que por fin han debido limitar sus tradicionales cómplices, esto es USA y Francia. La decisión de la ONU de volver al viejo plan de referéndum en el Sáhara ha venido a rematar esta secuencia de adversidades que tanto habrán agriado al Rey las alegrías de su fastuosa boda. Por eso es normal que explote, la criatura, y que reclame territorios de cabo a rabo del mapa, acusando a España por su espíritu agresor y su colonialismo. Quizá es su último cartucho en un país que cruje sordamente desde hace tiempo.

Lo que tiene guasa es el tratamiento que se le da a los sultanescos caprichos desde el llamado “Mundo Libre”. El plan, fracasado al parecer, de anexionar el Sáhara a Marruecos con la fórmula autonómica, por ejemplo, como si el régimen marroquí ofreciera la mínima garantía democrática que la autonomía implica. O la ocurrencia de organizar la vasta campaña de ilusiones vanas en torno a la democratización que, bajo el paraguas de la Internacional Socialista, decían que iba a traer el sátrapa. Algunos sectores de nuestras sedicente Izquierda deberían aceptar de una vez que Marruecos es una tiranía medieval y que una evolución espontánea de semejante régimen no se concibe. Ni con nacionalistas ni con “socialistas” autóctonos que, entre otras cosas, cierran la prensa libre y se oponen con sus votos a la igualdad entre hombres y mujeres. La esperanza blanca era un espejismo. En Marruecos lo sabían de sobra mucho antes de que estallara el polvorín real.



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Quince hectáreas


Diario El Mundo
"La Red", 27/06/2002

Pocas páginas tan absurdas como las que recogen la crónica de nuestras guerras con Marruecos. Pocos errores tan irreparables como el de desangrar un país por defender aquel absurdo. El día en que Franco decidió abandonar Marruecos puso al descubierto el vacío que ocultaba la vieja tramoya patriotera, trampolín de “espadones”, ruina de todos y tragedia de muchos. España se fue de Marruecos y nada ocurrió, al menos en España, aparte de comprobarse la artificialidad del conflicto colonial (o imperial, como aún se decía entonces). Luego, en todo caso, las cosas han cambiado mucho, demasiado, sobre todo desde el momento en que Marruecos lograra convertirse en el peón de confianza de los EEUU en la zona y, subsidiariamente, en el protectorado informal de Francia. Incluso en Cánovas hay páginas clarividentes sobre el peso muerto de Marruecos sobre aquella metrópoli panoli. Y, por supuesto, en toda la “inteligentsia” que vino detrás. El conflicto con Marruecos no fue más que un montaje de financieros y militares que, como siempre, pagaron los de abajo. Cuando la sociedad española empezaba ya a pensar por cuenta propia, Franco se apresuró a liquidar su propio chiringuito. Hoy esta sociedad ni recuerda aquellas guerras.

¿Utilizar la fuerza para recuperar quince hectáreas baldías que hasta ayer nadie conocía ni de nombre? Vamos, hombre. Aparte de que la opción por la paz es indivisible, la insensatez empieza en el mismo dilema, porque nada más insensato que responder a una provocación tan banal como insignificante. Supongo que no soy el único en negarme en redondo a entrar en el juego de la tiranía alauita. Bastante tenemos ya los españoles con soportar que el Jefe del Estado llame “hermano” al sátrapa y aguantarle al sátrapa –con gran contento, por cierto, de quienes anteponen todo a la oposición al Gobierno—que burle las más elementales reglas de la diplomacia y del derecho internacional, mientras el capital español invierte en la penumbrosa economía marroquí el dinero que suplicamos a los inversores foráneos que metan en la nuestra. ¡Pero recurrir a la fuerza para “liberar” quince hectáreas! Lejos queda hoy el “discurso de los huevos” que tanto contribuyó a la fama de ingenioso del dictador Primo de Rivera. Afortunadamente. Y más lejos si cabe el patriotismo tanático de Millán Astray. Más afortunadamente, si cabe. No creo que haya un solo español juicioso que, de verdad, arrebatos aparte, piense siquiera en devolver ese golpe a los filibusteros. Lo suyo sería que USA, que es el avalista, zanje el ridículo contencioso. O que la OTA reclame ante esta agresión a uno de sus miembros. El Moro tendrá que buscar agravios mayores. Diez hectáreas, francamente, no dan para más.



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Obtuario
Antonio Burgos Carmona

Decano de los sastres de Sevilla


Diario El Mundo
Sevilla, 27/06/2002

Sólo la muerte ha podido separar a don Antonio Burgos Carmona, maestro de la sastrería sevillana, del establecimiento frontero de la Catedral en el que ha permanecido, al pie del cañón, durante setenta años. Ni siquiera su larga y penosa enfermedad consiguió distraerle de unas obligaciones a las que, desde hace mucho tiempo, sólo el sentido del deber y la enigmática gravedad de la vocación lo mantenían unido, más allá de cualquier necesidad y sobradamente cumplido el ciclo de su vida.

Este sevillano genuino había nacido, sin embargo, en El Viso del Alcor a mediados del primer tercio del siglo pasado, comenzado sus trabajos a los siete años, como aprendiz de sastre en los Almacenes del Duque, y luego como oficial en los talleres de los maestros Santos y O’Kean, hasta abrir taller propio y establecimiento de confecciones al que su esposa, doña Pilar Belinchón Olivares, mujer adelantada a su tiempo en la entonces rara actividad empresarial femenina, añadiría luego una nueva actividad, la zapatería, prolongada hoy por sus dos hijas, Pilar y Fina Burgos con éxito reconocido.

Apasionado de las tradiciones sevillanas –mucho debe, seguramente, a esa pasión el talante y la obra de su hijo, el escritor Antonio Burgos--, este decano de los alfayates de la capital andaluza se asomó ocasionalmente a la política, en representación gremial de los sastres, formando parte del Ayuntamiento de Sevilla durante los mandatos de Félix Moreno de la Cova y Juan Fernández, manteniendo vivas sus devociones de por vida como hermano de la Sacramental del Sagrario o de la Pura y Limpia del Postigo, así como de varias cofradías, en dos de las cuales, la del Baratillo y la del Cristo de Burgos, ocupó cargos en las juntas directivas. Constante aficionado a los toros, don Antonio figuró también en la nómina más vieja del abono maestrante, y mantuvo una intensa relación con el mundillo taurino en el que ayudó a mucho novillero en sus comienzos y ejerció durante años como “sastre de paisano” de no pocos matadores españoles y mexicanos.

Al final de sus días, agraviado ya por la enfermedad hasta la invalidez, don Antonio mantuvo inalterados sus hábitos y el ejemplo de un inusual sentido de la hidalguía raramente compatible con el más rabioso sentido del trabajo. Deja tras de sí una amplia y reconocida familia, presente en muy diversos estamentos sevillanos aunque ahora también acreditada fuera de nuestra tierra por el esfuerzo de unos hijos que deben a aquel matrimonio que ahora, finalmente, se extingue, su especial concepto de la vida.



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Diario El Mundo. Huelva Noticias
Suplemento del 06/06/2002

Huelva de los 40, de los 50. Hablamos de una ciudad de 50.000 habitantes, cuatro parroquias, un Instituto, cinco o seis colegios, cuatro salas de cine y dos de verano, dos cabarets, dos emisoras de radio y un periódico. Un paseo diario, la calle Concepción, y unos rituales de domingo -misa de ocho o de once, vermut en el Bar Onuba, en el Pelayo, en el Bar Las Palmeras-rígidamente reglamentados. Los añicos de la opinión se concentran como atraídos por el magnetismo de lo oficial, sin perjuicio del libre pensamiento y la guasa también libre pero semisecreta. Un periódico, digo. Y en él, todos: desde Octavio y “Bélico” a don Juvenal de Vega, desde José María Segovia a Alberto Luís Pérez, con don Eduardo Fernández acercándonos a la intimidad del doctor Marañón y deslizando pullas juanistas, Pepe Contioso acarreando incansable sus citas literarias y defendiendo a Juan Ramón de quienes quemaron su obra y de quienes le trataban como poeta “de arte menor”, Diego José Figueroa, el poeta que con sus aleluyas clavaba por la cabeza las mariposas de prestigios y menosprecios…


Me olvidaré de muchos, seguro, pero no de Jota. Jota, Francisco Jiménez, era “El duende de la Placeta” y fue el malogrado gran columnista que consiguió que en Huelva el periódico -tan previsible, tan amañado-- se empezara a leer por su recuadro que llevaba la materia caliente de la vida de la ciudad, el pulso percutiente de la actualidad de la calle, el misterio real o elaborado de las céntricas noches de verano, deambulando entre Concepción y la calle Marina o aledañas, territorio del periodismo activo y de la golfemia, pero también el color del día por los barrios, el rumor de los despachos y hasta el hablilla tabernaria. A Jota lo leían de mañana en la oficina, a mediodía en la barra o la mesa del bar, de sobremesa en el butacón de casa, a la caída de la tarde, cuando levantaba la marea, en los balcones refrescados y en las sillas de enea plantadas en las puertas de las casas, lejanas casas entonces de San Sebastián, de la Isla Chica, de Las Colonias camino de Cardeña.

No exagero. Jota era la Opinión en una sociedad amputada. Y él la recreaba indefectiblemente con el humor, es decir, articulándola artesanamente en esa trastienda de la inteligencia hacia la que todos meten el ojo pero en la que pocos caben por derecho propio. ¡Que gracia tenía, el tío! Me parece que estoy viendo a mi padre junto a una ventana, apurando el instante previo del almuerzo -tiempo supremo de la familia, aromas de cocina, quizá el olor del pargo o la corvina fritos, el adobo acaso, disparando las glándulas-y riendo con las cosas de Jota que eran anécdotas magistralmente elevadas a artículo, literatura fresca y primores de lo vulgar, como diría Azorín, con un fondo de “Diario Hablado”, que ésa era otra, la doctrina forzosa, la realidad forzada, el trágala diario aceptado finalmente con indiferencia.

A Jota, en cambio, lo leían con interés, lo buscaban ávidos, le celebraban los donaires, lo comentaban en la oficina o entre los amigos. Humor amable aunque afilado, sal nunca gruesa, crítica menor para una opinión menor, a aquella columna encaramaba a la fuerza igual al Gobernador que al tabernero, lo mismo al personaje que al popular, en un hábil aunque costoso empeño de hacer política imposible a base de un posibilismo estudiado y guasón. Yo sé que sus hijas conservan esa crónica preciosa que hoy, reeditada con cuidado, nos asomaría de bruces, amable y finamente, a aquella Huelva perdida en la memoria y borrada del PGOU sentimental. Para le gente nueva sería simple Historia. Para los menos nuevos, un retrato de sí mismos en el que quizá les cueste reconocerse. Jota, el primer columnista. Yo quiero dejarle aquí mi gratitud por haberme enseñado los rudimentos de este oficio de lúcidas tinieblas en el que Pemán se encargaba de revalidarnos la vocación.


El gobierno claudica

Diario El Mundo. La Red
31 de Marzo de 2002

No veo yo que constituya tanto problema el de saber si debió controlarse desde el Gobierno una medida que, evidentemente, afecta, y de manera quizá irreparable, a la pluralidad informativa. A cualquiera se le ocurre que sí, y también que lo que ha ocurrido es un episodio más del apocamiento conservador, porque la inmensa mayoría de los ciudadanos apoyaría cualquier medida que trate de impedir que la información se concentre en una sola mano. ¡Como si no fuera ya bastante lesivo que anduviera sólo en dos! La doctrina del aeropuerto -un soporte de uso libre para todos por igual, pero no supeditado a ninguno de ellos-- con que Cascos ilustra la función lógica de una plataforma digital es incontrovertible y no porque, como él dice, la existencia de monopolios vaya contra la doctrina conservadora, sino porque atenta frontalmente contra el sistema de libertades en su conjunto. Nadie ignora hoy que, en España, la opinión se ha concentrado de tal modo que la libertad se ha visto severamente amenazada. Escuchen el tacto -la jindama, diría yo-con que tartamudean muchos príncipes de la opinión cuando en sus tertulias o artículos rozan materias o temas que se relacionan con la gran patronal o los intereses que ella representa y defiende. Y eso es malo no exclusivamente para ellos, claro, sino para la opinión.

¿Un asunto privado, una decisión empresarial a los que vetaría acercarse el silabario ultraliberal? Mandangas. Cuando se trató de meterse por medio entre Iberdrola y Endesa, bien que se metió el Gobierno. ¿Por qué no se mete ahora entre Telefónica y Prisa? Pues porque el Gobierno no escapa a la sensación de inquietud ante el poder creciente del bloque hasta ahora adversario. Algo de síndrome de Estocolmo, si me apuran, sí que hay en esta inhibición clamorosa, que deja expuesto al ciudadano -ya cercado en un amplio frente mediático-- a una eventual oferta digital única. No creo, por eso mismo, que semejante deserción pueda explicarse en exclusiva por la presión de intereses económicos representados por el sector que lidera Rato. Aznar ha puesto a Rato en su sitio cuando ha querido, con Alierta y sin Alierta. O sea, que hay que buscar otra razón, e insisto en proponer la explicación de la debilidad de un Gobierno al que, si aún no le crecen los enanos propiamente, le van a crecer pronto, cada vez más. Unos frente a otros, guerra de partidos y finanzas: en lo que no piensa nadie es en ese interés colectivo al que el monopolio, cualquier monopolio, compromete sin remedio y al que, sin ir más lejos, aún se resisten en Italia con la ley en la mano. Aquí no. Aquí hasta el Gobierno se le rinde ya a un proyecto monopolístico que no disimula sus designios sino que los exhibe. Y a juzgar por la reacción de la Bolsa, la operación le está saliendo redonda.



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Diario El Mundo. Crónica
21 de Abril de 2002

¿Son los españoles extremistas, a qué causas podría obedecer esa condición? La propia pregunta implica ya, de algún modo, la aceptación de la dudosa cuestión de fondo, es decir, de la idea tópica de que los españoles, genéricamente, son gente extremada, en la línea de las celebradas opciones excluyentes Rey o República, Joselito o Belmonte y demás. El problema, sin embargo, es que no es posible ya mantener esa visión de los caracteres nacionales que hace medio siglo relanzó la antropología americana sin mayor éxito aunque con menores daños que sus antecedentes políticos. Decía Caro Baroja que hablar de caracteres nacionales es simplemente una actividad mítica y se apoyaba, por cierto, en una serie de testimonios difícilmente refutables. Y el mismo sabio recordaba la divertida visión que de los hispanos y de otros bárbaros daba Marcial --un poco en la línea de las invenciones gratuitas de Sabino Arana--, o la sublimación que permitió a los historiógrafos franceses ver prefigurado en la figura de Ausonio el carácter nacional galo. Tonterías, como es natural. Hoy que tan de moda anda Gracián en USA, podrían los sucesores de aquellos antropólogos considerar la pamplina de nuestro jesuita cuando en “El Criticón” calificaba a los griegos como infieles, a los turcos como bárbaros, a los suecos como atroces o a los rusos como astutos. Aunque me temo que ninguna razón podrá extirpar enteramente esos “topoi” repartidos entre los pueblos por las mismas circunstancias. Hoy estamos viviendo, por lo demás, cierto apogeo de ese psicologismo sin base, pero, por trágicas que sean las consecuencias, no veo probable que una saludable reacción consiguiera neutralizarlos. Pesan mucho los mitos. Sus raíces fasciculadas son infinitamente más complejas que las de la razón.

Hacia el siglo XVII, por razones obvias, parece claro que se abre paso la idea de que el español es hombre extremado, radical en su criterio, de la misma manera que en el siglo siguiente, el de “las luces”, la tendencia ilustrada será verlos como un pueblo flojo, inerte, paralizado por una congénita galbana, imagen ante la que reaccionarán con energía, como es sabido, los espíritus románticos y no sólo los nacionales. En resumen, parece lo más cuerdo aceptar que la idea del español drástico, arrebatado entre el blanco y el negro, pudiera ser un tópico reciente, verosímilmente originario del clima creado por la llamada “guerra civil” carlista y, luego, por la del 36. No hay, en efecto, en la abigarrada literatura sobre el asunto nada que se refiera a esa caracterización, mientras que abundan las teorías que nos pintan como lerdos o agudos, como brutales o magnánimos, como artísticamente estériles o sutiles. De Milton a Voltaire, desde el “Libro de Aleixandre” a Masdeu, se proponen muchas “claves psicológicas” pero ninguna, que yo sepa, que apunte al carácter drástico.

A la salida de la Dictadura, ya sorprendió a mucha gente la actitud equilibrada de un electorado que huía conscientemente de los extremos. La persistencia de la mayoría “centrista” ha demostrado luego, durante un cuarto de siglo, cuánta ligereza entrañaba el aguafuerte que trataba de fijar el perfil español con los trazos del extremista sin remedio. ¿Por qué seguir hablando de esa radicalidad inexistente? Hay tópicos que sobreviven a la prueba de su insustancialidad, por descontado, y quizá éste sea uno de ellos. Hay quien gusta de ver en el español componedor y centrista un Edipo perplejo ante la encrucijada y eternamente tentado por los dos caminos. La realidad, como en tantas ocasiones, es distinta y, por una vez, merece ser celebrada.


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Diario El Mundo. La Red
31 de Marzo de 2002

Se cuenta en los mentideros taurinos que muchos aficionados de toda la vida se han dado de baja en el abono de la Plaza de Sevilla. Normal. Claro que también se dice que a la Empresa le viene divinamente que el abonado se dé de baja porque así recupera para la reventa las entradas. Cualquiera sabe, en ese mundo tan retorcido. Lo que no tendría nada de raro es que muchos entre los abonados que conserven su plaza se sumen al reventón y entreguen también sus entradas a la pública subasta para resarcirse de la enormidad de los precios y, de paso, librarse del mal trago que supone tantos malos carteles. ¡Que cartelería, Dios de mi vida! Una vez dijimos aquí que los sucesores de Canorea harían bueno al padre y ahí lo tienen. Si la Feria ya era un negocio en Sevilla con las corridas de lujo que aquel sátrapa preparaba con astucia inimitable, ahora, con estos carteles entre Pinto y Valdemorillo, inspirados en la vaga filosofía voluntarista del torismo de las Ventas que tanto dinero le mete al empresario en la faltriquera, imagínense el nuevo Potosí.

Hay que decir, sin embargo, que tampoco toda la culpa de esos despachos que los maestrantes ceden sin condiciones a la especulación taurina. El momento de los toros no es malo, es pésimo, y si el año pasado titulábamos esta colaboración como “La crisis de la Fiesta”, éste habrá que resumir el lío declarando la realidad: que no hay más cera que la que arde. Yo no estoy de acuerdo con los críticos del cartel de Resurrección más que en el detalle tradicional de que falte en él un torero sevillano (pero, además, díganme, ¿cuál, qué torero sevillano?). Ni en que la ausencia de Morante, esa incógnita siempre por despejar, suponga una falla insuperable porque aquí ha habido muchos años en que ha faltado del programa el torero de moda o el diestro acreditado, y que si quieres arroz. Más bien lo que ocurre es que el toreo atraviesa un momento crucial, en el que a la ausencia de ganado como la gente, hay que sumar la carencia de figuras. Lo que Sevilla ofrece esta temporada es una foto fiel de lo que ocurre y lo que ocurre es que toda España, y no sólo Madrid ya, es Valdemorillo. Puede que engañe el nombre de un puñado de profesionales con crédito, pero si nos detenemos en ellos uno por uno iremos viendo que el que no está fuera de sitio carece de motivación, y que si el que quiere no puede, el que puede no parece querer.

Eso sí, los precios continúan su curva ascendente, cada año más inexplicable, como si lo que se estuviera ofreciendo en la Plaza se superara temporada tras temporada. Con lo cual tampoco valdrá ya el argumento empresarial de la carestía de los carteles, porque todo irá al mismo bolsillo sin fondo. Es verdad que aquí hemos vivido esperpentos tan fantásticos cómo el que Manolo Vázquez protagonizó en el 92, jurando que si no había festejo de la Expo era porque en el campo andaluz, a esas alturas octubrinas, no quedaban corridas o estaban pasadas de años y peso. Después de esa chorrada, podríamos haber apagado e irnos con la música a otra parte, pero nos quedamos, y eso convenció a todos los sanedrines del mundo del toro de que en la Sevilla taurina se puede hacer impunemente cualquier cosa.

No, ésa es la verdad, no hay más cera que la que arde, lo que no significa que esos carteles tan isidriles no pudieran haber sido mejor combinados hasta por el más tonto de la cuadrilla. Ya veremos si la reventa, es decir, en fin de cuentas, la Plaza, se traga el taquillaje más de un día o la avalancha de pardillos se somete -como se ha sometido en tantos cosos- a la mediocridad reinante. Este año tendremos que insistir en un axioma que ya traemos muy vapuleado, a saber, que con la Fiesta no va a acabar el ecologismo europeo ni Cristo que lo fundó, sino su propia decadencia, la falta de savia nueva que el negocio desorbitado padece y propicia a un tiempo. Esta pavesa no la van a apagar desde Bruselas, ciertamente. La van a apagar aquí mismo los mismos que con ella se alumbran, toreros, ganaderos, empresarios y aficionados, todos juntos y cada cual por su cuenta, en esta liturgia cada día más incomprensible que oficiamos entre todos haciendo de todo el templo altar. La que se va a forrar, ya de paso, va a ser Vía Digital. Al tiempo.


Mejor legales que marginales

Diario El Mundo. La Red
24 de Febrero de 2002

Sagrada o despreciable, la prostitución ha sido siempre objeto de debate. Hoy ese debate, sin embargo, carece de sentido, a poco que uno contemple abrumado las imágenes diarias de esa forma extrema de indigencia que se ejerce con escándalo o resguardada en los “paraísos” mafiosos que han surgido como hongos por toda España. Un Ayuntamiento andaluz (Aljaraque) concedió hace poco a uno de esos “paraísos de carretera” una subvención por considerarlo de interés público, criterio que no le hubiera discutido san Agustín a ese alcalde del PP, pero que da una idea de cómo han variado las circunstancias de la vieja profesión. Para empezar, hay que constatar que no hablamos de un problema menor, sino de una cuestión que afecta a una legión de mujeres en situación de máxima debilidad, y que produce miles de millones de euros al año. Un “sector de actividad”, digamos, curiosamente alegal --una vez obsoleta o derogada, no lo sé, la ley de prohibición promulgada durante la dictadura-en el que se ven implicadas, además, unas trabajadoras que suelen estar también están fuera de la ley, en la mayoría de los casos porque son víctimas reclutadas y explotadas por las redes mafiosas que las “importan” como ganado de países pobres. ¿Habrá conciencia que se oponga a conceder a esas “trabajadoras” los mínimos derechos de que goza cualquier ser humano que se busca la vida como puede? De momento, parece que la del ministro de Trabajo, pero también es cierto que ése confunde el chador con la ablación.

Desde el punto de vista social la cosa es elemental. ¿Tiene sentido dejar a esa creciente profesión -es curioso, pero creciente-en la más injusta indefensión laboral y en la más temeraria ausencia de garantías sanitarias? ¿Es preferible agarrarnos al prejuicio y mantenerla fuera de la ley a costa de riesgos hoy por hoy difíciles de prever? Defender la “regulación” de esa crítica situación no significa complacerse con su impagable coste humano y social, sino apostar por una mejora cierta a favor de quienes hoy son auténticas esclavas en su inmensa mayoría. Y desde luego, tampoco supone abogar por esas “empresas” que funcionan como una forma actualizada del proxenetismo, por más vueltas que le quieran dar al diseño. Se trata, simplemente, de reconocer que hay miles de mujeres que no pueden vivir más que alquilando su cuerpo -lo cual, además, es un derecho como otro cualquiera-y que actualmente ni el Estado dispone de medios para “retirarlas” ni siquiera de normas para proporcionarles el mínimo amparo que merece todo ser humano. Hay en esta sociedad actividades legales mucho más peligrosas e inmorales que el comercio libre del propio cuerpo. De eso no le debe caber duda al ministro de Trabajo.


La cuesta del euro

Diario El Mundo. La Red
30 de Diciembre de 2001

Habrá complicaciones a corto plazo, seguro; luego, como es natural, todo acabará asumiéndose . La misma inocencia de las campañas publicitarias oficiales -“Este rotulador cuesta 291 pesetas, es decir, 1’75 euros” y en ese plan…-- demuestra que no es fácil instruir a la población ni posible adecuar a fecha fija y sin transtornos sus hábitos monetarios. Pasar de una moneda de débil apreciación en los mercados a otra fuerte y, en consecuencia, obligadamente fraccionaria, supone inevitables complicaciones en la vida corriente y una conmoción nada despreciable en la propia conciencia. El hombre se mueve por la moneda como por cualquier otra dimensión y a ella adapta continuamente cruciales aspectos de su decisión. No es cierto, en consecuencia, que la gente esté preparada para el cambio. Hay una crítica mayoría que -también en esta coyuntura-aguarda pasivamente a que los propios acontecimientos impongan la nueva realidad.

Supongo que, por otra parte, más allá del forzado optimismo oficialista, el tránsito acabará por producir algún efecto inflacionario. Las protestas de los comerciantes en el sentido de que respetarán escrupulosamente la traducción del valor a la nueva moneda cuenta, para empezar, con la indudable dificultad práctica de los cambios en una moneda desconocida que se fracciona hasta el céntimo. ¿Se figuran la cola del supermercado en una hora punta o la de la taquilla de la estación cuando el tren silba ya anunciando su salida? El redondeo famoso se hará, supongo que más de lo que creen los inocentes. En mi bar habitual ya me bacila el dueño anunciándome una subida de mi caña de cerveza desde las 125 pesetas actuales a un euro: ¡el 32’8 por ciento! Pero el experto me consuela: esa subida afectará al provisionalmente al IPC, en “efecto escalón”, pero menos a un proceso inflacionario, de suyo continuo y que se alimenta de sí mismo (el “efecto escalera”). No sé, francamente, confío poco en el patriotismo comercial.

Parece, eso sí, que como tal moneda fuerte, el euro, al convertirse en refugio contra la inseguridad económica, recibirá una estima inversora que nos beneficiará indirectamente al fortalecerla aún más. Ya veremos, también. Donde está el problema es en la calle, en el mercado, en la cola concurrida, aunque quizá habría que decir en el subconsciente, al menos en tanto no se habitúe la mano al monedero. Y luego pasará. Los comerciantes que conservaron la vieja máquina centesimal volverán por sus fueros y el viejo manubrio girará como antes, cuando todavía los céntimos aviaban la pequeña compra o servía para aliviar la limosna. Pero durante una temporada habrá problemas. Un caos considerable nos aguarda tras el Año Nuevo aunque no tengo duda alguna de que la estadística oficial sacará tajada de él. Si España iba bien en pesetas, en euros deberá ir mejor todavía. Digo yo.


Viaje con guía

Diario El Mundo. La Red
16 de Diciembre de 2001

No es cuestionable que un dirigente trate de barrer para casa contribuyendo, en cuanto esté en su mano, a salvar escollos y resolver problemas. Pero tampoco es razonable que la posición se baje al moro cuando lo que tiene planteado el Gobierno no es ni más ni menos que el chantaje de oponer la situación de Ceuta y Melilla a la del Sáhara. Y menos, desde luego, si estamos en un impasse debido a la retirada unilateral de embajador por parte de Marruecos. Que en el fondo la operación de Zapatero es una maniobra de imagen está tan claro como que Marruecos lo utilizará como palanca para mover al Gobierno, incluso concediéndole, por qué no, el margen ventajoso que le niega al ejecutivo nacional. Y que González está detrás de la trama no es algo que se le haya ocurrido a un espontáneo sino una obviedad.

En efecto, puede que Zapatero obtenga alguna ventaja negociando al margen del Gobierno, lo cual, hasta en el mejor de los casos, constituiría un resultado vidrioso. Pero, además de desgastar a éste, a poco que se descuide, la dirección de la política internacional de su partido volverá a manos de González, especialmente celoso ante la consagración circunstancial de Aznar en esos foros. Un amigo mío sostiene que todo español quiere ser ministro de lo que sea hasta que, siéndolo, aspira a serlo de Exteriores, y logrado este objetivo busca la Presidencia para, desde ella, actuar nuevamente de canciller. Es el caso de González que, en este asunto, cuenta con las ventajas de sus viejas relaciones con el régimen marroquí y hasta de sus inclinaciones personales, y al que la bisoñez de Zapatero y su inseguridad orgánica dentro del partido le facilitan al máximo la operación. Marruecos ha manejado siempre con maestría las diferencias internas españolas dividiéndolas para vencer con mayor facilidad. Y eso es probablemente lo que intenta ahora acogiendo a Zapatero -al que, por cierto, ya le ha hecho encajar el primer desdén obligándolo a adelantar sin explicaciones su viaje-como un aliado simbólico contra el Gobierno. Si Zapatero fracasa, perderá la partida. Si consigue lo que al Gobierno se le niega, perjudicará la imagen exterior de España. Ése es, tal vez, el doble designio de González, único en esta partida que ha de sacar provecho siempre: o le gana a su sucesor en el Gobierno o le gana a su sucesor en el partido. Lo raro es que quienes rodean al nuevo e inseguro líder no se hayan percatado de una maniobra tan elemental y visible, a no ser que actúen así conscientes de su debilidad frente a la vieja guardia del partido. También es posible. A la vuelta del viaje hablaremos con mejor fundamento, pero desde ahora ese periplo guiado parece una aventura poco discreta. Zapatero tiene mucho tiempo por delante para lamentar errores. González, que tiene mucho menos, acaba de comenzar a arrebatarle una porción clave de su poder virtual, las relaciones exteriores. Justamente la que más le ha gustado siempre.


Obituario
Marvin Harris

Diario El Mundo
30 de Septiembre de 2001

Los límites del materialismo cultural

La muerte de Marvin Harris, acontecida el pasado 25 de octubre, no ha tenido el menor eco en nuestro país. Un silencio clamoroso ha confirmado el desdén gremial manifestado tercamente durante años contra ese brillante provocador que cayó en nuestras manos hacia finales de los 70, sin que una sola voz de la ya considerable legión de antropólogos profesionales y aficionados se haya levantado para comentar siquiera el hecho. Tampoco es raro, bien miradas las circunstancias, porque el provocativo cultivador de eso que él llamó “materialismo cultural” fue, desde el principio, en función de libros tan atractivos como “Caníbales y Reyes”, “Vacas, cerdos, guerras y brujas” o “Bueno para comer”, un autor de gran éxito entre un amplio sector de público que descubrió en sus racionalizaciones de los hechos culturales seductoras perspectiva o la confirmación de sospechas propias. Mi impresión es que la aparición en 1978 de su ensayo sobre el desarrollo de las teorías antropológicas -tan audaz como provocador-condicionó de antemano su aceptación entre la incipiente antropología académica española, luego bastante exasperada ante esa obra marcada por tan vasto éxito. Harris siguiría triunfando entre los lectores desterrado de las aulas. Nada nuevo.

Hay que reconocer que, aparte del indudable atractivo de su visión de la Cultura, ese “loco autoritario” como le llamó David. B. Truman, no se preocupaba gran cosa de evitar el escándalo. Su explicación del canibalismo azteca, “el reino caníbal”, como una estrategia para la consecución de proteínas cárnicas -tan banalmente resumido ahora, por cierto, en la necrológica del New York Times-o su argumento paralelo a propósito del canibalismo de los yanomanos, “el pueblo feroz”, zamarrearon nuestra imaginación antropológica, incluso si éramos conscientes de su fragilidad conceptual frente a las interpretaciones clásicas de Soustelle o del viejo Murdock. Su insistencia en explicar el origen de la guerra en clave económica y demográfica fue otro de sus campos de batalla, así como su insistencia en ver en la supremacía masculina un fenómeno cultural consecuencia de la guerra y el consiguiente monopolio de las armas, además del fomento del machismo agresivo a través del propio sexo, provocaron también ardientes réplicas, en especial cuando publicó en un famoso magazine su idea de “Por qué los hombres dominan a las mujeres” en paralelo con lo argumentado en “Caníbales y Reyes” a propósito del complejo de Edipo.

Al lector medio se le grabó su ingenioso desciframiento del tabú de la vaca en India tanto como su algo precipitada teoría sobre la función del “potlacht” entre los esquimales o su ensayo no poco banal sobre las brujas, la historia de cuya trágica odisea conocía sólo muy precariamente, todo hay que decirlo. Pero Harris no sólo se inclinó sólo sobre las culturas exóticas sino que, en su búsqueda de interpretaciones válidas para el hecho cultural, bordeó la sociología en sus observaciones bien poco optimistas sobre la misma sociedad americana, a la que veía atrapada en el dispositivo inútil de una burocracia desmesurada. Su libro “The Anthropology of a Changing Culture” se entendía mejor con su título original, “Nada funciona bien: la Antropología de la vida cotidiana”. Harris vivió quizá demasiado de esa intuición que presta a sus ensayos la mejor frescura y su atractivo más seductor. Lo que no equivale a banalidad ni tiene por que resultar extraño a la ciencia. El silencio que envuelve a su desaparición me sugiere con vehemencia que su mayor error fue triunfar para un público demasiado amplio. El éxito se perdona menos que los errores, en especial entre gentes del gremio.


Un rato largo

Diario El Mundo. La Red
04 de Noviembre de 2001

Ocurre a veces que el político discreto revela su magnitud en plena crisis. Es el caso de Rodrigo Rato, político acreditado, pero cuya auténtica talla parece haber sido descubierta (o reconocida) por muchos justo en el momento en que su actuación política atraviesa su crisis más aguda. Lo que ocurre es que la historia está llena de grandes políticos que no siempre han actuado correctamente o, incluso, que han perpetrado políticas inaceptables, con mejor o peor fortuna. Nadie dirá que Andreotti no es un político capaz a pesar de lo que sabemos de él o que González no es un político con talento a pesar de su actual desahucio. El destino de los hombres públicos no depende tanto de la razón y menos de esa moral inevitablemente maquiavélica que respalda a la política.

Nadie ha podido establecer, que yo sepa, un solo dato que comprometa la honorabilidad del vicepresidente del Gobierno en el “caso Gescartera”. La historia del crédito familiar es, ciertamente, ridícula, a poco que se tenga en cuenta en que país vivimos y cuanto en él ocurre y ha venido ocurriendo. Sin embargo, siempre que oigo hablar de responsabilidad se me viene a la cabeza aquella frase inquietante de Sartre: “No se hace lo que se quiere y, no obstante, se es responsable de lo que se es”. Cierto. ¿Hubiera querido Rato, al nombrar a los subordinados que fallaron, instituir un entramado de negligentes o cómplices que acabarían comprometiéndole sin remedio? Evidentemente no, pero Sartre lleva razón de que no hay modo de evitar ser responsable de lo que se es.

Aparte de ello, es obvio que, a pesar de la pronta dimisión del secretario de Estado, ni Rato ni el Gobierno anduvieron vivos en el esclarecimiento del enredo sino que aguardaron el desarrollo de unos acontecimientos que era difícil imaginar tan despreciables. No están justificadas, aunque quepan en los modos políticos al uso, la suficiencia ni la socarronería empleadas por Rato en este negocio. Tampoco su intento de situarse en una zona enteramente exenta de responsabilidad que, evidentemente, no existe en el territorio político-administrativo. No sólo designó o suscribió nombramientos de personas que obraron mal, sino que trató de mantenerse, como si eso fuera posible, a una distancia profiláctica de los implicados, quizá en la confianza de que la borrasca pasara pronto. ¿Que se está librando una cacería contra él? Pues claro está. ¿Qué el PSOE no parece demasiado legitimado para tirar la primera piedra? Pues también parece claro. Pero ninguna de esas dos evidencias absuelve a Rato de su culpa vicaria. ¿Es probable que todos sus verdugos hubieran actuado como él llegado el caso? Tampoco importa. Hasta los maquiavelistas deben aceptar que la responsabilidad se difunde verticalmente y hacia arriba. Que casi nunca se haya reconocido este axioma y otros se hayan librado de sus graves culpas, no lo libra a él de su responsabilidad. Mala suerte, si quiere, pero ya sabemos que la suerte lo es casi todo en la sentina política.


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Marvin Harris

Diario El Mundo
30 de Septiembre de 2001

Los límites del materialismo cultural

La muerte de Marvin Harris, acontecida el pasado 25 de octubre, no ha tenido el menor eco en nuestro país. Un silencio clamoroso ha confirmado el desdén gremial manifestado tercamente durante años contra ese brillante provocador que cayó en nuestras manos hacia finales de los 70, sin que una sola voz de la ya considerable legión de antropólogos profesionales y aficionados se haya levantado para comentar siquiera el hecho. Tampoco es raro, bien miradas las circunstancias, porque el provocativo cultivador de eso que él llamó “materialismo cultural” fue, desde el principio, en función de libros tan atractivos como “Caníbales y Reyes”, “Vacas, cerdos, guerras y brujas” o “Bueno para comer”, un autor de gran éxito entre un amplio sector de público que descubrió en sus racionalizaciones de los hechos culturales seductoras perspectiva o la confirmación de sospechas propias. Mi impresión es que la aparición en 1978 de su ensayo sobre el desarrollo de las teorías antropológicas -tan audaz como provocador-condicionó de antemano su aceptación entre la incipiente antropología académica española, luego bastante exasperada ante esa obra marcada por tan vasto éxito. Harris siguiría triunfando entre los lectores desterrado de las aulas. Nada nuevo.

Hay que reconocer que, aparte del indudable atractivo de su visión de la Cultura, ese “loco autoritario” como le llamó David. B. Truman, no se preocupaba gran cosa de evitar el escándalo. Su explicación del canibalismo azteca, “el reino caníbal”, como una estrategia para la consecución de proteínas cárnicas -tan banalmente resumido ahora, por cierto, en la necrológica del New York Times-o su argumento paralelo a propósito del canibalismo de los yanomanos, “el pueblo feroz”, zamarrearon nuestra imaginación antropológica, incluso si éramos conscientes de su fragilidad conceptual frente a las interpretaciones clásicas de Soustelle o del viejo Murdock. Su insistencia en explicar el origen de la guerra en clave económica y demográfica fue otro de sus campos de batalla, así como su insistencia en ver en la supremacía masculina un fenómeno cultural consecuencia de la guerra y el consiguiente monopolio de las armas, además del fomento del machismo agresivo a través del propio sexo, provocaron también ardientes réplicas, en especial cuando publicó en un famoso magazine su idea de “Por qué los hombres dominan a las mujeres” en paralelo con lo argumentado en “Caníbales y Reyes” a propósito del complejo de Edipo.

Al lector medio se le grabó su ingenioso desciframiento del tabú de la vaca en India tanto como su algo precipitada teoría sobre la función del “potlacht” entre los esquimales o su ensayo no poco banal sobre las brujas, la historia de cuya trágica odisea conocía sólo muy precariamente, todo hay que decirlo. Pero Harris no sólo se inclinó sólo sobre las culturas exóticas sino que, en su búsqueda de interpretaciones válidas para el hecho cultural, bordeó la sociología en sus observaciones bien poco optimistas sobre la misma sociedad americana, a la que veía atrapada en el dispositivo inútil de una burocracia desmesurada. Su libro “The Anthropology of a Changing Culture” se entendía mejor con su título original, “Nada funciona bien: la Antropología de la vida cotidiana”. Harris vivió quizá demasiado de esa intuición que presta a sus ensayos la mejor frescura y su atractivo más seductor. Lo que no equivale a banalidad ni tiene por que resultar extraño a la ciencia. El silencio que envuelve a su desaparición me sugiere con vehemencia que su mayor error fue triunfar para un público demasiado amplio. El éxito se perdona menos que los errores, en especial entre gentes del gremio.


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Diario El Mundo. La Red
30 de Septiembre de 2001

Hemos visto demasiadas películas sobre catástrofes aéreas y secuestros felizmente resueltos por el súperman de turno. En una de ellas Clint Eastwood subía al avión -naturalmente en contra de sus discretos superiores-y revolver en mano eliminaba uno a uno a los malos. No olvidaré la imagen suprema del último reducido acribillado tras la mampara de popa donde se había refugiado, la criatura. Pero aunque la literatura, incluido el cine, prefiguren de hecho la vida, sería muy saludable no confundir la realidad virtual con la otra, la de verdad, aquella en la que un disparo a bordo lo normal es que despresurice al aparato y cause una catástrofe, sin contar con los posibles, más bien probables, “daños colaterales” que una balacera causaría entre el pasaje y la tripulación. La idea del héroe salvador es un recurso mítico al que, por lo general, se recurre cuando no hay a mano una solución realista. Y armar a los pilotos, gran barbaridad, o incluir en el pasaje a agentes armados son ideas que más parecen inspiradas por la dificultad de hallar respuestas razonables a esta aguda crisis de la seguridad que una reflexión práctica y sosegada.

Combatir la psicosis originada por la barbarie de los piratas suicidas resulta tan necesario como no complicarla con miedos nuevos derivados de las propias medidas adoptadas. Lo dicen, por supuesto, los propios pilotos, pero es de sentido común porque aunque las armas defensivas fueran diseñadas para no dañar el fuselaje, como se ha insinuado, las de los terroristas serán, por lo general, armas corrientes y molientes, de las que no se pueden disparar sin máximo riesgo a bordo de un avión en vuelo. Aparte de que en el cine es el héroe el que dispara con acierto, pero en un supuesto real cualquier intervención armada contra un secuestro en vuelo desencadenaría un tiroteo con consecuencias necesariamente fatales. Se comprende que los responsables americanos se vean forzados a proponer medidas que restauren la confianza perdida, pero entiendo que es sumamente arriesgado echar mano de peligrosas fantasías para salir del paso. Eso sin contar con la cuestión obvia de cuántos gendarmes secretos se necesitarían para cubrir todos los vuelos diarios solamente en un país como EEUU, que no es chica cuestión, desde luego.

Es preciso aterrizar de este mal viaje antes de improvisar respuestas, valorando con rigor los riesgos futuros (que por otra parte, puede que ya no sean aéreos), atenidos a la razón práctica y no a la racionalidad mítica. Vamos a ver ahora, por ejemplo si la guerra que Silvester Stallone ayudaba a ganar --de parte de la CIA, ojo-- a los taliban resulta tan fácil sobre el terreno como en el guión de la película. Pero preferiría no tener que volar sabiendo que confundido entre el pasaje llevo a Clint Eastwood acariciando la culata.


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Diario El Mundo
09 de Septiembre de 2001

Hace poco tiempo un obispo era condenado judicialmente en USA por encubrir a un sacerdote pedófilo. Allí ese problema -eterno problema de la enseñanza religiosa, como es sabido-se ha convertido en un quebradero de cabeza para una Iglesia en la que -por no recurrir al tópico de los papas disolutos-- tampoco es que constituyan excepción los curas amancebados, los obispos escandalosos o los cardenales relacionados con la Mafia. El obispo Marcinkus rumia hoy su secreto en una oscura parroquia norteamericana y se lo llevará probablemente a la tumba sólo con que recuerde al banquero Calvi balanceándose de una soga bajo un puente de Londres. Es la ley del silencio disfrazada de santa prudencia. Sin embargo, esa Iglesia tan discreta y benigna con los sus propios fracasos es implacable con los ajenos. Si un tribunal civil hace constar, en la sentencia de un juicio por solicitación y en pieza separada, la más que dudosa actitud de un canónigo, el ordinario va y lo nombra deán de su cabildo. Eso ha ocurrido. Pero si una profesora de religión se casa por lo civil o deja de ir a misa la excluye de su trabajo como indigna de su ministerio. Dos conciencias, dos varas de medir. La paja y la viga: puro Evangelio.

Nadie discute el derecho. Los derechos se dan y se quitan, y el Estado -el Gobierno del PP-- le ha dado ése de nombrar profesores de religión a los obispos, haciendo dejación incomprensible del suyo inalienable de ordenar la enseñanza pública. Pero, además, ¿por qué hemos de pagar entre todos una enseñanza católica que, para mayor inri, administra la jerarquía con sus extravagantes y anacrónicos criterios? Este escándalo de los despidos debería abrir el debate en torno a la necesidad urgente de revisar el convenio de marras, así como el lío de Gescartera debería provocar la reconsideración de la ayuda pública a una Iglesia millonaria que especula oscuramente en Bolsa mientras se olvida de tanto pobre -un 20 por ciento de la población-- y mantiene en precarias condiciones a sus ministros de base. Aparte de que sería hora de que se dejara de confundir catecismo con religión. La enseñanza ganaría mucho introduciendo en ella una visión siquiera elemental de la historia comparada de las religiones, de la sociología o de la antropología de la Religión en lugar de la disciplina de catolicismo o una determinada visión de la virtud.

Claro está que tampoco es cosa de extrañarse con lo de los despidos. Esta es la misma Iglesia que autoriza, según dicen, el aborto de las monjas africanas embarazadas por misioneros pero anatematiza el de la violada común, que prohibe el uso del preservativo en zonas de máximo riesgo de SIDA o que discute la comunión a las parejas de hecho. La misma que trata de enfermos o pervertidos a los homosexuales ajenos mientras encubre a los suyos, incluidos los pedófilos. La que mantiene un entramado financiero por asomarse al cual, verosímilmente, pagó caro el penúltimo papa. La que impide, en fin, interponiendo el fuero, que la Justicia italiana enjuicie a un arzobispo nacionalista catalán por presuntos delitos económicos. ¿Qué tiene de extraño que, mientras protege a sus propios pervertidores de menores en sus colegios, excluya de su enseñanza a esas profesoras en definitiva postizas? La paja y la viga. Pero no culpemos a la Iglesia sino al Estado (al Gobierno del PP). Él es quien tiene en su mano terminar con esa inquisición simplemente ejerciendo su derecho intransferible a ordenar la docencia de los españoles.



El dilema de Zapatero


Diario El Mundo
29 de Agosto de 2001

El secretario general del PSOE ha reiterado en la feria de Almería que exigirá comisión para investigar Gescartera pero que sigue oponiéndose a que se abran las que la oposición propone para averiguar cómo se ha venido financiando el PSOE que, en Andalucía, dirige Manuel Chaves. No tendría sentido, desde luego, compensar situaciones intercambiando comisiones de investigación a favor y en contra de los intereses partidistas, pero ¿lo tiene cerrarse a cal y canto cuando las acusaciones que se le hacen al partido de Chaves están demostradas de antemano o pendientes de pruebas irrefutables? El descubrimiento por El Mundo de Andalucía de que --en el marco de la traída y llevada operación del partido para hacerse, con financiación de las Cajas de Ahorro, con un grupo mediático, Prensasur, que acabaría en manos de un hombre de paja antes de ser vendido finalmente al grupo PRISA-- el PSOE regional compró “La Voz de Almería” con el dinero que le proporcionó Javier de la Rosa a cambio de un compromiso escrito en el que responsables del aparato se comprometían a “conseguirle” la ampliación ilegal de una explotación agraria intensiva, viene a cerrar un círculo que ya se enroscó bastante cuando Jesús Gil se presentó ante la Justicia para demostrar que el PSOE de Andalucía, a través de la consejería de Obras Públicas de la Junta, le había recalificado un proyecto urbanístico a cambio de una compensación cienmillonaria que acreditó documentalmente y hasta fue reconocida por el cobrador del partido.

Nadie con sentido puede esperar que Zapatero respalde una investigación que, sin duda, dejaría por los suelos nada menos que al actual Presidente nacional del partido, pero no resulta difícil concluir que el perjudicado por el escamoteo de semejantes escándalos sería precisamente él, que nada tiene que ver con las turbiedades del viejo partido que aún resiste --¡y con que energía!-entre bambalinas. Grave dilema: si apoya a Chaves contra la elemental exigencia moral y política, perderá gravemente ante la opinión pública; si le vuelve la espalda, habría de correr imponderables riesgos de conmoción interna en un partido fuertemente trabado por los intereses de un cuarto de siglo. El envite, en cualquier caso, es duro e ineludible. Tanto que en él se juega su credibilidad, por cuenta ajena, quien figura en este momento como el político mejor valorado por la opinión pública.


Las guerras médicas


Diario El Mundo
22 de Agosto de 2001

Con esto de la interacción de los medios vamos a acabar recibiendo de los lectores más información que de las agencias. Un ciberamigo ya habitual me escribe, a propósito de un artículo mío sobre la crisis vivida en la botica por la retirada del Lipobay y la amenaza de los antigripales con fenilpropanolamina, un correo lleno de sugerencias. Mi lector, que es médico, sostiene que estas crisis no son más que campañas entre laboratorios -recuerden la sonada que, en su día, hubo de padecer el Frenadol-que se valen del testimonio de un sabio, normalmente un Nobel, para descubrir en una revista clásica (The Lancet, American Journal, New England y demás) los peligros del específico a batir. Me recuerda, como ejemplo, la campaña que logró minimizar el empleo de la aspirina infantil a principio de los 80 como causante del síndrome de Reye y su sustitución por el apiretal, del mismo modo que el laboratorio fabricante de aquella había conseguido arrinconar el apiretal (paracetamol) por su supuesto riesgo hepatolesivo: lo perdido por lo ganado.

¿No dejó Bush padre nada menos que la dirección de la CIA para incorporarse a la dirección de los laboratorios Lilly, no recalcó luego la tradicional buena relación entre el Partido Republicano y la farmaindustria nombrando vicepresidente a un miembro destacado de ella como Qualey? La guerra del Lipobay podría explicarse, en consecuencia, como un ataque a un laboratorio que celebra invicto el centenario de la aspirina y que no tiene rival en otros frentes del prontuario, descubrimiento que, lejos de tranquilizarnos, extrema nuestra hipocondría no podrá decirse que, por una vez, sin buenos motivos. La experiencia con el conejillo no acaba, por lo demás, en el laboratorio sino que continúa en lo que llaman “control postventa”, es decir, sustituyendo la observación de la cobaya o del mercenario pobre por la del consumidor en general, que es lo estadísticamente guay. Los hombres mueren de los remedios más que de la enfermedad, decía Molière, y de creer lo que aseguran hoy los sabios y difunden los propios laboratorios, parece que no andaba errado. Escucho asegurar a un responsable político, a propósito de estas guerras médicas, que no existe el fármaco seguro al cien por cien. Da gusto poder creer a pie juntillas, siquiera por una vez, las prédicas de esos charlatanes.


Obituario del Duque de Feria


Diario El Mundo
7 de Agosto de 2001

RAFAEL MEDINA FERNÁNDEZ DE CORDOBA, duque de FERIA

Ayer falleció en su casa de Sevilla, Rafael Medina Fernández de Córdoba, duque de Feria, marqués de Villalba y miembro de la Real Maestranza de Caballería sevillana de cuya Junta formó parte. Había nacido en Cádiz hace 58 años y vivió habitualmente en Sevilla, realizando sus estudios secundarios en el colegio madrileño de “Los Rosales” y posteriormente en Inglaterra. Más tarde cursó estudios de Ciencias Económicas en Madrid antes de trasladarse a la London School of Economics en la que permaneció varios años.

Muy joven aún, apenas con veinte años, se hizo cargo de la empresa Cuerotex fundada por su padre en la localidad sevillana de Pilas, en la que trabajó con éxito en medio de una dura crisis del sector. Muy aficionado a los deportes, tuvo especial dedicación a los de vela, en cuyo ejercicio obtuvo éxitos notables, navegando durante un tiempo, junto a don Juan de Borbón y el entonces Príncipe don Juan Carlos, formando parte de la tripulación de la embarcación que compartían el Conde de Barcelona y el Duque de Medinaceli, su padre, entre otros, es decir, el “Giralda”. Estaba separado de Nati Abascal, de la que tenía dos hijos, Rafael y Luís.

La vida del duque de Feria sufrió un brusco giro al filo de sus cincuenta años, fecha en que, por vez primera su nombre aparece involucrado en una denuncia relacionada con el mundo de la prostitución y el consumo de drogas en un club de alterne. Desde entonces, como es público y notorio, ha vivido una existencia extremada en la que su estancia en la cárcel, como consecuencia de la durísima condena pronunciada por la Audiencia de Sevilla en el oscuro caso de abusos en que se vio envuelto, resultaría decisiva. Su precaria salud, un deterioro mental acelerado y las tremendas circunstancias a que se vio abocado, reducirían a Rafael Medina a una sombra de sí mismo consumida por la depresión y en régimen de reclusión voluntaria tras cumplir tantos años de privación de libertad, primero en la cárcel de Sevilla y luego en la de Huelva.

Para quienes conocieron de cerca al personaje existen pocas dudas sobre ese estado mental. Rafael Medina, hombre de escasa voluntad y carácter, fue una víctima más de la droga a la que se le aplicó con dureza el código no escrito de la venganza social. No hay más que recordar el ambiente que rodeó -dentro y fuera de Sevilla-los prolegómenos del aquel gran juicio para comprender que el tribunal juzgador, sin perjuicio de su probidad y sentido de la Justicia, sufrió una pesada presión externa que hacía muy difícil el reconocimiento de la clamorosa verdad elemental: que Rafael Medina Fernández de Córdoba era un enfermo tan peligroso socialmente mientras permaneciera en libertad como necesitado de la ayuda clínica adecuada. Pero si el hospital hubiera sido el lugar idóneo para el enfermo desequilibrado, la prisión tenía que ser, como es lógico, uno de los menos indicados. La propia evolución del penado así lo evidenció, como saben cuántos vieron declinar su persona por una pendiente fatal que conducía a la autodestrucción y a ninguna otra parte, y como ponen de relieve los absurdos episodios protagonizados por el personaje cada vez que tuvo ocasión. Finalmente, tras la liquidación de las penas correspondientes y el olvido social, Rafael Medina venía consumiéndose en la más estricta privacidad abrumado por la depresión, fuente primera y última de sus desdichas durante toda su vida.

Si es cierto que Rafael Medina fue juzgado en su día con todas las garantías que establece una normativa democrática, no lo es menos que el duque de Feria sufrió previa y paralelamente un violento juicio popular en el que el aristócrata había sido condenado con anterioridad a la sentencia. El repugnante morbo de cierta información, las inevitables leyendas que rodean este tipo de casos, la circunstancia de que a la sombra del encausado notable malvivía una aprovechada legión de vividores linderos con la delincuencia cuando no meros delincuentes, hizo de aquella triste crónica un capítulo de folletín, y convirtió lo que había sido, en realidad, un triste capítulo de Zola, en una sórdida “entrega” de El Caballero Audaz. Sin la menor pretensión de disculpar los desórdenes insufribles de Rafael Medina, cabe decir, a su muerte, que fue la doble víctima de un privilegio mal entendido y peor utilizado, y de un sistema de opinión pública tan rígido como caprichoso que sublimó irreflexivamente su ansia de justicia en el castigo impropio de un enfermo que antes de ser juzgado por sus delitos ya había sido condenado por sus títulos.


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Diario El Mundo
8 de Agosto de 2001

La proliferación de “casitas”/prostíbulos ha confundido hasta tal punto a la opinión pública que el alcalde de la localidad onubense de Aljaraque -estupendo muchacho, por lo demás-llegó a otorgarle a una que se levantó en su término una subvención en concepto de “utilidad pública”. En muchas provincias andaluzas se han convertido esas prisiones en costeadas ergástulas a las que acuden domingueros igual los cazadores que los amantes de las setas, se celebran ruidosas despedidas de soltero y se excluye al personal indígena cuando en su pinta lugareña no incluye algún indicador de posición o prestigio que aconseje su admisión. Es un negocio redondo, clandestino por principio, lindero de la legalidad siempre y en cuyo seno las trabajadoras son simplemente esclavas.

El método utilizado por esas auténticas “granjas” para importar mujeres exóticas de países hambrientos ha redondeado el negocio, en la medida en que los importadores hacen que el animal importado pague su pasaje a precio de oro, es obligado luego a costearse su manutención y, en fin, lo fuerzan a abonar el alojamiento en el propio “locus laboris”. Pero algo no estaba previsto y, finalmente, ha llegado también: la reproducción de esas hembras -cuyo “cubrimiento” paga religiosamente el propio semental- ha abierto otro capítulo importante del negocio, la venta de las crías, que se distribuyen aprovechando la misma red que mantiene activa la majada, los mismos gañanes con los mismos cayados. Negocio redondo. Sólo en las “granjas” almerienses situadas en el amplio alfoz que polariza El Egido parirán pronto cien hembras gratuitas con cuyos productos esperan las mafias hacer el negocio sobrevenido del siglo vendiéndolo a parejas deseosas de hijos a cualquier precio, incluso a este inhumano. ¿La autoridad? Bueno, algún exresponsable denunció la situación antes de irse sin obtener respuesta y los actuales no parece que sepan qué hacer con esa telaraña que anda tejiéndose en el sureste andaluz desde hace unos años y que tiene en este negocio de las granjas humanas su más descarnada actividad. Porque todo el mundo sabe dónde se producen esos delitos, con qué horarios, con qué permisos municipales y hasta con qué subvenciones públicas. Vacas melancólicas, desvalidas, a las que ni cura ni militar, como diría Valle, está por la labor de echarles una mano. Habrá otros escándalos en la vida nacional pero, a escala, ninguno tan triste como ése.


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Diario El Mundo
1 de Agosto de 2001

El acuerdo estatal de financiación autonómica es, probablemente, el suceso más importante que ha ocurrido en el Estado fundado en las autonomías desde que la LOAPA quiso desmocharlo. Se consigue un marco global e indefinido, se progresa hacia la corresponsabilidad fiscal, se deja abierto en el tiempo. Era necesario. Andalucía había perdido por la terquedad de Chaves de no firmar el anterior más de 90.000 millones de pesetas que ahora le devolverá la flexibilidad negociadora de sus adversarios, a pesar de que ha tratado de oponerse al final feliz hasta el último minuto. Mejor, porque Andalucía no tenía por qué pagar los platos rotos de la confrontación partidista. Da la sensación, en cualquier caso, de que este acuerdo aporta el régimen autonómico un refuerzo esencial al poner en claro, dentro de lo posible, las cuentas de las comunidades y cargar a cada una de ellas, en medida decisiva, el peso de la exacción fiscal: el que haga la obra y corte la cinta que dé la cara y suba los impuestos.

El mayor riesgo de secesión no le viene a España hoy de los aberchalismos sino de la quiebra de la solidaridad interregional que ha producido, como un subproducto indeseable, la circunstancia autonómica. Oigo decir en la radio a un catalanista culto como Francesc Sanuy, insinuando el agravio, que Cataluña es la cuarta comunidad por la cola en el reciente reparto. Pues claro, no querría que lo fuera por la cabeza. Estamos viviendo una crisis nacional en la que el Estado es el único garante de la solidaridad porque las autonomías se han convertido en un puzzle competidor y el mecanismo justiciero no puede ser otro que la discriminación positiva de las comunidades menos ricas. Por otra parte, tras este paso decisivo, en España las comunidades autónomas gastarán una de cada dos pesetas presupuestadas y ése será el mejor cemento para consolidar una estructura no poco improvisada que hasta hace poco no se creían ni sus promotores. Si el acuerdo en cuestión hubiera osado asignar también a los Ayuntamientos su parte en el reparto la operación hubiera sido definitiva. Pero aún así, hoy el Estado de las Autonomías entra en una nueva era basada en un concepto claro de la responsabilidad de cada cual. El Estado va adelgazando su sombra. Sería cosa de evitar que las autonomías no entiendan el mensaje de la nueva solidaridad.


La soledad de Chaves


Diario El Mundo
20 de Junio de 2001

La instalación en la actualidad del problema suscitado por la fusión de las Cajas de Ahorro sevillanas ha contribuido a vaciar aún más la mortecina política autonómica en Andalucía. Pero, al margen de ese efecto, sin duda imperceptible a la ensoberbecida ceguera de Chaves y su pretorio, una pelea semejante ha puesto al descubierto la entraña del entramado económico de la vida pública y de la acción partidista. De la gravedad del asunto da idea la soledad del PSOE andaluz, que ha sido capaz del milagro de poner de acuerdo al PP con IU o a los empresarios con CCOO, aparte de provocar el desmarque del PA, el socio servicial que lo mantiene en el poder desde hace dos legislaturas. El largo debate y los absurdos lances vividos hasta la fecha, han servido para que el ciudadano alcance a ver sin intermediarios la índole económica de la ferocidad política. También para que quede al descubierto que lo que los partidos suelen presentar como legítimo papel institucional del Poder es, en realidad, intervencionismo puro y duro, designio de apropiarse de los instrumentos vitales de la vida económica. De otra forma no podría entenderse siquiera el temerario pulso entablado por Chaves con dos militantes de su partido a los que él puso al frente de esas Cajas. Jamás en la historia de esta autonomía un partido político había descubierto tanto su sentido patrimonial del poder ni la idea clientelar que le permite tratar a sus propios altos cargos como meros apéndices de la voluntad superior.

Nadie ha discutido hasta ahora la pertinencia de una adaptación de las Cajas a la exigencia de un mercado complejo y creciente. Pero la Caja Única preconizada por Chaves no es la única fórmula posible a la hora de conseguir un volumen y un peso adecuado de nuestra principal institución financiera. No hace falta gran malicia para ver tras ese deseo que dio origen a esta guerra la sombra del viejo banco o instituto de crédito local controlado desde el Poder y dispuesto a su servicio, hoy poco compatible con el marco de libertades en que ese mercado se mueve. Pero el intento de frenar como sea el lógico proceso de fusión ya consumado expresa mejor que cualquier explicación lo que el control de las Cajas supone para un PSOE de Andalucía que ha basado en él durante muchos años, en buena medida, su capacidad de influencia y que comprende lo que supondría perderla precisamente ahora que su hegemonía decrece.

Por lo demás, es necesario subrayar el alcance del fracaso político de Chaves en este negocio, sin perder de vista que el derrotado es simultáneamente presidente de la comunidad autónoma, secretario regional del PSOE y presidente del partido a nivel federal. La guerra de las Cajas ha servido para descubrir la fragilidad del liderato de Chaves y su limitada capacidad de reacción política en un momento en que el socio andalucista que lo mantiene anda en liquidación por derribo y el PP le muerde los talones electorales. Tanto que, en el círculo íntimo de su pretorio, alguna minerva proponía sin éxito esta semana hallar “un mínimo común deteriorador” que permitiera a todas las partes escapar del callejón sin salida, es decir, de conseguir esa solución negociada que la consejera de Economía, Magdalena Álvarez, viene boicoteando con destreza, ante el autismo babieca de Chaves, desde que se vio la imposibilidad de que todos ganaran la partida a un tiempo.

La autonomía ha perdido demasiado tiempo con la estéril estrategia de confrontación sistemática que encubre el vacío político en que levita Chaves. Con la pelea por las Cajas ha desperdiciado, además, al menos dos años de legislatura.


De ayer a hoy


El Alpende
Mayo de 2001

A la gripe se le llamaba antiguamente en Valverde, como en muchos lugares, la andancia. Mi chacha Josefita, hermana de leche y conciencia práctica de mi madre, le mandaba un papel garrapateado con Aurelio el cosario en cuanto tenía barruntos de gripeos: “Hermana, que hay “andancia”, que no mandes a los niños al colegio, sobre todo al Kiko que es más delicado. Ni al chico, pobrecillo. Ni al grande. ¡Mira que dice don Manuel Parreño que este año viene mu mala!”. Y mi madre decretaba “vacaciones blancas”, como se dice ahora, y nos dejaba en cama con las cajas de viejas fotos y otros tesoros de su armario. Yo reconozco la deuda de mi precita imaginación con aquellas veladas profilácticas que debo a la chacha Josefita y a su hermana Petra, la mujer de Pedro el Moreno, el que con su enorme xxxxxxxxxxxxx nos llevaba a los Pinos, ida y vuelta, en viajes financiados por mi tío Vázquez, el más manirroto padrino que he conocido, cuando no nos acarreaba en su “Plymouth” Paco Barranca. Bien, pues por entonces hubo en la comarca -en España entera, claro-una “andancia” del ganado, una epizootia, que afectó desde las vacas hasta las cabras, la cabaña más frecuente por nuestros riscales y laberintos de monte bajo. Y a esa epizootia se le llamó en Valverde, por cómoda aféresis, la “pizota”. “El Pizota” se llamó una temporada, en efecto, al menos en la acepción popular, el bar que puso en la esquina del Valle de la Fuente Pedro Quiñones, creo que antes de que lo cogiera por su cuenta Manuel el de José María el Largo, simpática antítesis de aquel en todo y por todo. ¿Quién diría hoy en Valverde “pizota” refiriéndose a la fiebre aftosa ésa que destruye la cabaña europea? Pues nadie. Ahí tienen un excelente indicador de cambio mental que dice más sobre nuestra villa que cien estadísticas.

Lo que sí recuerdo es que en aquella ocasión la alarma social fue mucho menor. De momento, me consta -vamos, recuerdo como si lo estuviera viendo-- que la carne de los sacrificios se despachaba en la Plaza Vieja, si no avalada con el marchamo oficial, al menos, contando con su disimulo y, desde luego, desde la convicción de que era inocua. Que mi madre no tragara -de Carabales nos mandaban entonces más chivillos que nunca-no quiere decir nada, porque ella era muy “enteosa” (esa voz salmantina demuestra una vez más, por si fuera necesario, la naturaleza leonesa de la repoblación medieval de nuestra zona) y, en fin, porque ¡buena era ella a la hora de comer! Pero en la Plaza se vendió esa carne, la carne de la “pizota”, que según la galénica local era enteramente saludable y según el diagnóstico más elemental de la Miguela -aquella serrana, como arrancada del Arcipreste de Hita, que trajinaba por casa de mi abuela-“no le jacía a la salú”. Quizá nunca comió más carne aquel proletariado sufriente y malnutrido que cuando la “pizota”, como nunca han comido más carne amplios colectivos de la población africana que desde que hay epizootias en el Primer Mundo. ¡La vida! No hay mal que por bien no venga. Pero a lo que hoy vengo es a constatar el cambio cultural que marca la evolución mental de nuestros pueblos. En el nuestro se ha pasado de vivir las “pizotas” como caballo de picador a tener asesores municipales hasta para ir al mingitorio. ¿Quién le pondría hoy “El Pizota” a un bar de esta noble villa? Pues casi nadie. Hoy, en cualquier “botellón” habrá una pila de alevines lista para darnos una lección sobre los riesgos epidemiológicos de la EEB.


El trabajo doméstico


Diario El Mundo
Mayo de 2001

Cuando estudiábamos la “revolución industrial” los de mi generación, historiadores y sociólogos (Vicens Vives, Gerschenkron, Bairoch, etc.) estaban de acuerdo en que existe una especie de modelo que permite pasar de la antigua comunidad rural a la sociedad industrializada. Una de esas coincidencias era que las sociedades “relativamente atrasadas” (en las que lo están “absolutamente” no es posible aplicar ese modelo ni ningún otro) disponen de mano de obra abundante pero andan escasas de capital. Otra, que una verdadera “fuerza de trabajo” industrial no aparece de la noche a la mañana sino que se consigue laboriosamente y con el tiempo. Por lo que concierne a la primera circunstancia, la consecuencia es fácil: se trata de suplir la carestía del capital con la baratura del trabajo. En cuanto a la segunda, esos autores que cité y otros muchos están de acuerdo en que en tan complejo proceso hay aliviaderos que contribuyen al desarrollo en la medida en que benefician al patrón. Por ejemplo, el trabajo doméstico, es decir, la tarea realizada teóricamente fuera de la cadena de producción y, desde luego, al margen del riesgo empresarial, con la que se suplen eventuales carencias de trabajo (en especial, ante demandas extraordinarias) y se abaratan decisivamente los costes del producto. ¿Y por qué se abaratan? Pues fundamentalmente porque son realizados por trabajadores “de segunda” que consideran su actividad como complementaria y no como exclusiva, y por ello resultan más baratos. Mujeres y niños, en definitiva. El capital inventó hace siglos (a base de ello un poblachón como Segovia prosperó en la Edad Media hasta hacerse una urbe textil de varios miles de habitantes) ese sistema que aprovechaba el trabajo marginal del “proletariado doméstico”, es decir, del aquella parte de la población que no iba a la fábrica sino que se quedaba trabajando en casa: las mujeres y los niños, repito. Esas explotadas que trabajan rigurosamente “por piezas”, que aportan su propia maquinaria y asumen como propios los riesgos del trabajo, se llaman en Valverde tradicionalmente “aparadoras”.

Veo que en este número dan la voz -la cara no podrían sin represalia-algunas de ellas y compruebo, oyéndolas, que el modelo descrito por los teóricos se mantiene intacto: nada de relación jurídica con la empresa, cero de cobertura social, instrumental por cuenta propia… ¿Tan difícil es para la Inspección de Trabajo detectar el inevitable desfase entre la producción y el número de trabajadores declarados? ¿Tanto costaría concluir que con los trabajadores de la nómina no sería posible producir tantos pares como de hecho se producen? Yo entiendo que el Ayuntamiento y su partido templen gaitas y prefieran llevarse bien con el patrón antes que afrontar una injusticia, en definitiva histórica, como es el trabajo de la aparadora. No espero nada de ellos, entre otras cosas, porque ya se han apuntado abiertamente a la teoría globalizadora: allá se los lleven un día por delante los de Seattle y Quebec. Pero entiendo que ha llegado la hora de exigir a la opinión que asuma y al ministerio de Trabajo que impida ese trabajo arbitrario, irregular, injusto de mujeres y niños. ¿No sabe acaso el Ayuntamiento “socialista obrero” que esa explotación existe? Pues claro que lo sabe: al dedillo. Pero si la participación de menores es directamente delictiva, el empleo irregular de mujeres, tradicional y todo, resulta ya inadmisible en esta era, en teoría emancipatoria. Ahí está lo que cuentan ellas, que no es ni más ni menos que lo que sabe todo el pueblo empezando por la autoridad. ¡Y menos mal que no hablan esos niños pegadores de tacones en sus horas robadas al estudio obligatorio o al ocio legítimo! Es necesario destapar esa olla podrida de los cortes aparados. Si no llegara a destaparse se daría la paradoja de que, en plena incorporación de la mujer al mundo del trabajo, las de Valverde seguirían viviendo aherrojadas en su particular Edad Media. ¡Y con un Ayuntamiento de izquierda! O eso dicen.


¿Tiene China derecho a quedarse con el avión espía? (SÍ)


Diario El Mundo
Sección "En la Red"
Abril de 2001

Uno tiene edad de recordar el incidente del U-2 que por poco revienta la olla de la Guerra Fría. La inmensa propaganda acumulada desde entonces sobre él no ha podido disolver la certidumbre de que las potencias militares espían en todo tiempo -y en casi todo lugar-y, en concreto, que los Estados Unidos espíaban durante aquella peligrosa etapa de la misma manera que espían hoy, cuando el atolondrado nuevo Bush busca calentar la contienda enfriada. ¿Qué si un país tiene derecho a detener y un avión espía que atenta contra su privacidad? Pues claro. ¿Qué si tiene derecho a retenerlo y a apropiarse de su tecnología? Pues ya me dirán si no en qué consiste el derecho al botín que, en la práctica de todas las contiendas, declaradas o latentes, es una constante que va más allá del utópico derecho escrito. Cualquier estrategia de espionaje tiene que tener prevista la circunstancia de que el espía caga en manos del espiado. Si el espionaje incluye elementos tecnológicos -que son en sí mismos uno de los máximos objetivos del espía--, ni que decir tiene que se da por supuesta su pérdida en caso de caída. Pero la cuestión se ve aún con mayor nitidez desde el lado del espiado: ¿quién podría discutir a un país hacerse con y retener a un avión espía que, además de vigilarlo contra todo derecho, aterriza en su territorio? El resto, evidentemente, es literatura. Pretender que un ejército aprese un arma y no la registre es sencillamente ingenuo. Los americanos, como todos sus sucesivos adversarios (alemanes, coreanos, vietnamitas, granadinos, panameños, irakíes o etiopes) han hecho lo propio cada vez que han “conquistado” algo al enemigo: apropiárselo. ¿Cómo exigirle a un país que no averigüe y se adueñe de la tecnología con que es vigilado en su intimidad? Todos sabemos que ha habido amplios programas norteamericanos de “recuperación” de submarinos atómicos soviéticos y hasta que alguna vez se recurrió al paripé del barco fletado por el millonario Howard Hugues para recuperar navíos hundidos propios y ajenos. O que antes, durante la conquista de Alemania, equipos de científicos rastrearon literalmente el país en busca de los avances tecnológicos nazis que tanto preocupaban, como el progreso en misiles y en investigación atómica. ¿Qué quieren que hagan los chinos, devolver el avión sin registrarlo siquiera? Parece claro que este incidente ofrece más interés como indicio de una nueva estrategia de relaciones globales que como conflicto concreto. Y también que supone una buena ocasión para replantear, una vez más, el derecho de las potencias a vigilar constantemente a terceros países. Vanas cuestiones para una realidad pragmática en la que sólo cuenta el interés estratégico (vale decir, económico, industrial) de un país que se ve a sí mismo como metrópoli incuestionable y, desde luego, lo es.

Personalmente sospecho que esa estrategia tiene ya descontada la pérdida del avión espía e, incluso, la situación de sus tripulantes, lo que no supone que no pueda resultarle útil todavía a efectos publicitarios. El “síndrome del U-2” queda, afortunadamente, algo lejos. Lo malo es que la experiencia demuestra lo fácil que le resulta a las cancillerías recorrer del revés el camino de la historia. Que los chinos se apropien de ese avión -de lo que no cabe la menor duda-era, sin duda, un coste más que calculado por los propios agentes de la confrontación.


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Diario El Mundo
Abril de 2001

En la historia del arbitrismo español la constatación o queja por el secarral español es casi una constante. Ocultaba, sin embargo, una obviedad: que España no es un país eriazo, sino un territorio que aúna regiones sumamente húmedas con ámbitos desérticos. De ahí que la idea de los trasvases no sea nueva sino frecuente en la literatura más o menos arbitrista, pero la primera vez que yo se la escuché argumentar a alguien en términos solventes fue a un Juan Benet que acababa de publicar “Volverás a Región”. La idea del ingeniero Benet era elemental y fascinante: si sobra agua en el norte y falta en el sur, ¿por qué no comunicar -esos proyectos de canalización eran ya corrientes con los “ilustrados”, como se sabe-las regiones entre sí y llevar lo que sobra allá donde es necesario? La actual polémica en torno al Ebro -como la que en voz baja provocó el trasvase Tajo-Segura-puede entenderse en términos de cansancio ciudadano por la falta a atención del Estado a su área, pero es insolidaria y, sobre todo, absurda. No tiene sentido protestar que esa cesión de agua agrandaría la zanja que separa a las comarcas agrarias desarrolladas de un Aragón falto de infraestructuras, y no lo tiene, sencillamente, porque mientras discutimos por galgos y podencos, al agua del río se pierde irremediablemente en el mar. Benet, penúltimo “ilustrado”, concibió una gestión del territorio integral y justa. Hoy, desdichadamente, hemos vuelto muy a la zaga de Benet.

Hay que decir que el PHN del PP -aceptado por una mayoría de comunidades-prescinde de un elemento crucial del que en su día aparcó el PSOE en el Congreso: la conexión de las cuencas para regular estratégicamente los caudales. Por entonces -no debe olvidarse-el PP consiguió parar aquel Plan aduciendo, con mucha razón, que carecía de sentido práctico aprobar un PHN antes de disponer por consenso de un Plan de Regadíos, que es la madre del cordero, y que, finalmente, se ha hecho a trancas y barrancas, aparte de no pocas disidencias. La realidad se impone, en cualquier caso, y es el simple sentido común el que nos dice que es un delito de lesa patria negarse a racionalizar las existencias de agua por razones micropolíticas, intereses locales y demás. No tienen sentido, por eso, los palos de ciego que anda propinando el PSOE, tan esquizofrénicamente por cierto, sobre el costillar del proyecto del Gobierno, pidiendo en una comunidades lo que en otras niega, como no lo tiene, por parte del PP y su Gobierno, la insensibilidad de este Plan ante una propuesta tan feliz como la que se ha apeado del viejo documento. ¿A favor de la cesión de agua? No habría ni un solo argumento ético ni económico en contra, por más que el electoralismo y la trifulca partidista enturbien esa evidencia. Lo que no quiere decir que Aragón o la comunidad que sea no deba ser compensada de modo pertinente, para evitar, en efecto, su progresivo descuelgue del conjunto nacional y por cien razones más. Dejar que el agua sobrante e inutilizable hoy por hoy se pierda con tal de no darla, en cambio, no tiene sentido. ¿Qué beneficia a Aragón que Murcia o Almería pierdan tanta riqueza? Pues nada. Quienes apoyan esa histórica cesión propugnan nada menos que racionalizar sensatamente un medio que tiene agua de sobra pero mal atribuida por los elementos. Con sinceridad, no se me ocurre como puede alguien enfrentarse a una mejora a la que no se opone, de hecho, contrapartida alguna.



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El Mundo de Andalucía
Abril de 2001

Los aficionados que el año que pasó anduvimos siguiendo a Dávila Miura de Sevilla a la Monumental pasando por Higuera de la Sierra, saldamos la temporada regular nada más. Nos falló esa figura en la que muchos esperábamos (y esperamos) mucho, justo cuando Morante de la Puebla, la esperanza blanca, blandeaba de manos corrida tras corrida sin acabar de superar nunca la secuela psíquica de su percance, y José Tomás navegaba por el mar de sus tercos pleitos con la tv. Luego llegó el “ciclón Curro” y arrancó de cuajo esperanzas muy antiguas junto con las expectativas más recientes, que de todo había en la viña del currismo leal así como en la del sobrevenido. Joselito, vamos, José Arroyo, no funcionó tampoco, a vueltas él también con lo de las retransmisiones televisivas. Ni Espartaco, nunca recuperado de su rodilla enferma, ni Rivera Ordóñez, como indeciso una feria tras otra. Estuvo Ponce, como ya es habitual, pero Ponce, que tiene todos los méritos imaginables, quizá no posee el don de las emociones fuertes. Ese apartado lo llevó el Juli, nuevo príncipe mediático o, como dicen los sociólogos a la violeta, gran fenómeno de masas. En resumen, con la “espantá” de Emilio Muñoz, más gallesca que belmontina a pesar de sus maneras, una semirruina, dicho sea con el respeto que merecen otras figuras importantes, que las hubo.

En el toreo siempre, según dicen, hay crisis de figuras. Pero una veces más que otras, qué duda cabe. Esta temporada, la vuelta de Ortega Cano --¡aquella faena memorable de su despedida!-permite nuevas esperanzas junto con el desquite que hay que esperar de José Tomás y de Arroyo, además de un Morante que no tiene edad de andarse con laberintos sino de cargar la suerte. Ya se verá. La retirada de Curro cambia muchas cosas, en especial en la feria sevillana y la subsiguiente de Espartaco quita de en medio a otro maestro muy diferente pero sin duda importante. La Fiesta sigue, eso es seguro, por más que a algunos nos cueste mirar al cartel de Resurrección…

Eso sí, lo que discute poca gente en el toro es que atravesamos una crisis. Doble diría yo, puesto que a la relativa ausencia de figuras indiscutibles y en forma es preciso unir la que soporta el ganado, incluso al margen del cataclismo de la epizootia ésa que obliga a usar orejas de plásticos (es un decir) y a quemar los bichos enteros. De nuevo en Sevilla habrá concentración de Domecqs, en especial de “juampedros”, y no veremos a los Guardiolas -a los auténticos, es decir, a los “pedrajas” de doña María Luísa Domínguez, que no son los “villamartas” que se lidiarán en algún festejo. Aunque en esta ocasión tendremos toros a la madrileña, algunos tan del gusto de la Monumental como “El Puerto de San Lorenzo” o Alcurrucén. ¿Se notará, como augura el pesimismo, el impacto de la epizootia inglesa? No tiene por qué, aunque es verosímil que la báscula note -la batalla de Madrid no hay quien la evite-algún descenso en el peso si a los toros se les quitan determinadas proteínas. Lo indudable, en definitiva, es que el momento no es boyante y que la doble crisis está ahí. Si no hay que perder la esperanza es porque, como cualquier aficionado tiene asumido, en la plaza nunca se sabe.

Habrá que ver qué da de sí la Feria más cara del planeta y si ese ¿treinta? por ciento de subida de los precios de las entradas se justifica o no. Aunque nada será lo mismo -en Sevilla-sin Curro, como certifica ese sentimiento de orfandad que se percibe claramente en la afición. Y sin Emilio, triunfador de dos ediciones anteriores, torero enteramente de la tierra y figura entera y plena por encima de sus vacilaciones y jindamas. Muy bien tendrían que rodar las cosas para que, al final, los atracados en la taquilla salieran contentos de una Feria en la que, por su fuera poco, se va un torero completo y dignísimo, triunfador de tantas tardes, como es Juan Antonio Ruiz. Pero habrá, un año más, corros por el Baratillo y el gentío se dejará caer como una vieja marea Adriano arriba y abajo, imperturbablemente fiel a una ilusión que no pueden echar abajo todas las cábalas del mundo, y habrá vencejos -altos al comienzo, más bajos cuando vayan creciendo las tardes-remolineando sobre la Plaza y engalanando el barrio entero, y se verá desde la Sombra, a la luz oblicua del atardecer, el rebrillar de los azulejos de la Torre por antonomasia, y hasta se escuchará, nítido, el toque de vísperas de la vecina campana entremezclado con el compás de la banda, cuando las luces se enciendan en el quinto y el torero --¡cómo esperamos a Ortega, a Joselito, a Morante, a Rivera, a Dávila Miura, a esos valientes que no nombro!-viva como sobre ascuas la incertidumbre del triunfo pendiente del pañuelo que allá arriba decretará, tarde tras tarde, la alegría o la tristeza.


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El Alpende
Marzo de 2001

Veo circular por Paris el torrente humano, la avenida de razas que desborda el Tercer Mundo, negros de todas las negritudes, ejércitos nipones, chinos de la nueva Catay, indios con un indescriptible matiz azul sobre el cutis sombrío, la falange islamita que vive en la “banlieu”, en el barrio segregado, selva primordial en plena civilización, universo separado regido por su propia física y su adánica concepción del mundo. No hay quien pare esta metamorfosis, no habrá xenófobo que detenga esta riada de la vida que se echa encima del Primer Mundo desde los desgalgaderos de la humanidad. En Valverde mismo viven hoy -venturosamente integrados-algunos de esos ejemplos de la nueva sociedad, lejos ya de aquel reducido lugar mental en el que el forastero era una novedad extraordinaria. Como en Nueva York o en Londres: no habrá Heribertos Barrera ni doñas Ferrusolas bastantes para cegar en esa aceña el curso de la vida. Es posible que la novedad máxima del milenio que empieza sea esta definitiva multirracialidad del hecho social, este mestizaje forzoso que, a largo o medio plazo, ha de modificar en profundidad el pasado del hombre. Y a eso es a lo que hay miedo. Veo a la gente que asiste entre aturdida y absorta al concierto negro que un grupo mixto prodiga interminable en la estación del Metro, la veo seguir con inquietud el tráfago de color que sube y baja por Montparnasse, los grupos que arraciman en Les Halles el recuerdo de la nación lejana, quizá el olor profundo de la selva o el airón del desierto todavía pendiente en la memoria. Nada que hacer: Europa, Occidente en general, está siendo la sede de la más radical refundación de la humanidad, y frente a esa evidencia -que la Historia (los intereses creados) sabrá retrasar en lo posible-poco puede el clamor racista o la mandanga de los xenófobos. De Haider a Barrera: ¡manda huevos, pensar que doña Ferrusola coincide ce por be con los skeans!

Me encuentro, a la vuelta, con que en Lepe han desalojado a los inmigrantes encerrados. ¡Y qué más da! No es sólo que el “Espíritu” hegeliano ha de pasar arrollador sobre un tal Pepe Oria (alcalde o ministro, daría lo msmo) sino que desde la propia oficina de la vida, los manijeros tienen interés en que pase porque saben que al “ejército de reserva” que ese “Espíritu” trae le está reservado en la nueva economía un papel insustituible. Es curioso pero lo más notable de las resistencias al Otro provienen ya del cinismo ya de la ignorancia de quienes son incapaces de aceptar el papel que la nueva visión del mundo asigna a los pobres de la tierra: ellos habrán de hacerse cargo (como, por otra parte, ha ocurrido siempre) de lo menos grato en el reparto de trabajo social, de las tareas ínfimas, de todos los cubos de basura habidos y por haber… para que no tenga que atenderlos “uno de los nuestros”. Pero no lo ven, o no lo aceptan, quizá porque viven ensimismados, o porque, sencillamente, como decía alguien, no viajan. Cualquiera que estos días heladores abriera los ojos en Paris lo vería, en cambio, igual si la mirada hubiera de caerle por el rompeolas del “Bou lMich”, que si se demorara por el Campo de Marte. Me dicen que esta sagrada escoria baja de la “banlieu” al centro porque necesita contemplarse en el espejo ficticio de la integración, porque suspira por reconocerse en la imagen soñada de los bienaventurados. Yo lo que sé es que están ahí, negros de todas las negritudes, nerviosos ejércitos de nipones, chinos de la nueva Catay, indios con un indescriptible matiz azul sobre el cutis sombrío, la falange islamita que vive en la banlieu, hombres rotos, niñas infibuladas, mujeres de rostro cubierto arañando las puertas del paraíso prohibido. Ni ellas ni nuestros racistas saben que la Historia va por donde quiere, no por donde pretendieran encarrilarla los ciegos o los sordos de solemnidad.


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El Mundo de Andalucía
Marzo de 2001

Ayer salió, al fin, a la palestra la consejera de Economía y Hacienda, Magdalena Álvarez, para desmentir -faltaría más-las acusaciones formuladas por un colectivo de técnicos y trabajadores del Instituto de Estadística de Andalucía que apuntan a ella como inductora del cambio brusco de orientación sufrido por el organismo, así como de la expeditiva purga ocurrida en su organigrama tras la llegada de la nueva responsable, Isabel Bozzino, hasta ahora (sin que se le conozcan otras ocupaciones o méritos) jefa del Gabinete de aquella. El argumentario de Álvarez es elemental y previsible: “no hay pruebas ni las habrá” de que la estadística se manipula y el personal se maneja de modo que ello pueda llevarse a cabo, lo que quiere decir, que, de descubrirse a los acusadores, sufrirán las correspondientes querellas criminales. Bien, pero antesdeayer ocurrió que el “manifiesto” de protesta contra El Mundo, propuesto “oficialmente” a los trabajadores, no logró ni un mínimo apoyo, y en cambio, los mismos acusadores reforzaron su denuncia con esa de una maniobra ejercida sobre los trabajadores.

Magdalena Álvarez no era, desde luego, ninguna desconocida antes de que su estrepitoso fracaso con la ley de Cajas y su sueño de Caja Única-la lanzara, al comprometer gravemente al propio Chaves y descoyuntar internamente al PSOE andaluz, a una actualidad clamorosa. Aunque ya antes, hay que recordarlo, Álvarez fue actualidad encarnada en “lady Aviaco” con motivo de aquel inmenso abuso (cientos de pasajes de la compañía aérea de la que era consejera, incluidos los internacionales para esposo e hijos) que le confirió irremediablemente ese solemne apodo. Tampoco entonces era cierto nada hasta que se fueron comporbando, uno tras otro, cuantos extremos había avanzado la denuncia pública aunque, ciertamente, tampoco entonces Álvarez resultara afectada políticamente por el escandalazo.

Y en fin, antes de esa vidriosa historia, incluso, Magdalena Álvarez fue la jefa de la Inspección de Hacienda bajo cuyo mandato tuvieron lugar los más escandalosos episodios protagonizados por sus servicios, como aquel que costó la supervivencia política al candidato Borrell, aquel otro del que “se libró” el cuñado del entonces Presidente del Gobierno, o varios otros que ni merece la pena recordar. Una política impune, como se ve, crecida por obra de esa misma impunidad y curiosamente mantenida por tirios y troyanos -aunque siempre en el ámbito del gonzalismo de estricta observancia--, ellos sabrán por qué. En esta ocasión, en fin, lo que los técnicos demandan no es otra cosa sino que se investigue -con las garantías elementales que el caso requiere-lo que está ocurriendo en el IEA desde que desembarcaron en él las huestes de lady Aviaco. Una exigencia demasiado incontestable como para que el silencio o el simple rechazo, amenaza incluida, pudieran resolver este contencioso que en verdad compromete en su integridad el prestigio de la Administración autónoma que preside Manuel Chaves.


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Pasos largos, el último bandolero


Publicado en el SUPLEMENTO 28-F. El Mundo de Andalucía


Febrero de 2001

No hay acuerdo unánime sobre quién fuera el ultimo bandolero. Se habla del el Vivillo o de el Pernales pero incluso se ha empinado a esa consideración a delincuentes vulgares, en ocasiones atroces, como el parricida Flores Arrocha, cuya estela legendaria tentaría, de creer a Bernaldo de Quirós, al propio Lorca. Es probable, sin embargo, que a ningún bandido corresponda esa dudosa honrilla con mejor título que a Juan Mingolla Gallardo, conocido como Pasos Largos, de quién la “Vulgata” del autor ya citado da no pocos datos fidedignos: que nació en El Burgo, cerca de Ronda, de familia pequeñocampesina, que se echó al monte por matar a dos vecinos que lo delataron como furtivo, que luchó en Cuba con cierta abnegación, que era celoso y abstemio (dos cualidades significativas), que acabó haciéndose secuestrador, que fue condenado por un consejo de guerra a cadena perpetua y posteriormente indultado por buena conducta, que la tuberculosis le valió el traslado desde el penal de Figueras al de El Puerto y que, nada más ser licenciado, volvió a su pueblo, echó mano de la escopeta y -como si cumpliera un sueño largamente acariciado-se echó al monte buscando el enfrentamiento con la Guardia Civil en el que moriría. Nada extraordinario, pues, ni acorde con el perfil legendario de los bandidos clásicos, aún, ciertamente, muy enraizados en la imaginación popular.

Pero Pasos Largos no pertenece ya a la leyenda áurea de del bandidismo, que la teoría sitúa en el inicio de un proceso tan antiguo como la memoria histórica. Según esa teoría existen dos épocas del bandolerismo decimonónico andaluz. Una correspondería al reinado de Fernando VII (es decir, pleno romanticismo social y cultural), y estaría mitificada en el “bandido generoso”, figura con raíces en personajes más o menos imaginarios que desde el XVI ilustran la imaginación popular, y que vendría a ser, en buena medida, una especie de víctima heroica, o de héroe victimario, si se prefiere, del sistema de organización propio de la sociedad de susbsistencia agraria. Todo está previsto o marcado en el guión del bandido generoso: se “echa al monte” forzado por un incidente de consecuencias fatales e irreversibles (la “apocenosis” de la teoría cursi), normalmente una venganza impuesta por la honra sexual o exigida por el rígido código de la “valentía”, se organiza luego en el monte (la “sierra” es el territorio libre que se opone al “llano” civilizado, aunque andando el tiempo, con el avance de la conciencia y la organización sociopolítica, se invertirá esa relación política) y en esa vida observa un raro complejo moral y estético indispensable para garantizar la admiración y el apoyo campesino. Desde Diego Corrientes, el tópico del “fora exido” que se enfrenta al orden constituido en defensa de un orden autónomo es un recurso que no falla, aunque es probable que ese salteador (de “saltus”, bosque) justiciero, galante y demás no haya existido más que en la imaginación de una época tan proclive a semejante ideal.

Pasos Largos actúa en solitario, como sus inmediatos antecesores -todos ya epoligales en este cuento-se asociaron en parejas para delinquir. Pero en la etapa referida el bandido capitaneaba una “partía”, una organización espontánea, de marcado carácter paramilitar, indudablemente deudora de la experiencia bélica de la Independencia, y entres las que no será necesario recordar las arquetípicas de los Niños de Ecija -gran centro, con Estepa, del bandolerismo en todo tiempo-o del Tempranillo. Pasos Largos se parece bien poco a José María, por ejemplo, así como éste -hoy reivindicado, como algún otro bandido, en su pueblo natal- bien poco tiene que ver con el daguerrotipo amable que nos ha legado la leyenda. Porque, en efecto, de una leyenda se trata en esta historia. Una leyenda sublimatoria en función de la cual se ve en esos sublevados forzosos una especie de rebeldes primitivos, en el sentido de Hosbawm, que habrían


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Para Diego Marín Rite


El Alpende
Febrero de 2001

A veces tomamos por triviales o rutinarios hábitos y gestos que vienen de muy lejos, en ocasiones comportando sentidos insospechados. Mi primo Diego Marín, historiador versadísimo y jaulero contumaz, tiene a gala mostrar un texto sagrado que demostraría que en el tiempo bíblico ya se colgaba el pájaro en el farol para cazar al aguardo. Se trata de un lugar de Eclesiástico, concretamente Eclo.11, 30 (11,32 en otras numeraciones) en el que, para ilustrar simbólicamente el riesgo a que se expone quien confía en el orgulloso, el autor de la “Sabiduría de Jesús ben Sirá”, que ése es el nombre antañón del Eclesiástico, recurre al ejemplo del reclamo engañoso de la perdiz. “Perdiz cautiva en su jaula, tal es el corazón del orgulloso,/ como el espía acecha tu caída” traduce la edición española de la Biblia de Jerusalén, que comenta así: “A la manera del ave colgada como ‘reclamo’ en el lazo, el corazón del orgulloso atrae al prójimo a los lazos del pecado”. La Biblia Comentada de Salamanca (sobre el viejo texto de Nácar-Colunga) varía ligeramente al escribir “Como reclamo de perdiz en su jaula/ es el corazón del soberbio,/ y como lobo que acecha a la presa”, declarando que en, el versículo en cuestión, la actitud del orgulloso “es comparada al reclamo de perdiz que, encerrada en su jaula, utiliza el cazador para atraer a las perdices…”. Si dejamos ahí las cosas, mi primo Dieguito lleva razón en que “in illo tempore” ya se colgaba el pájaro. Pero…

Me llamó la atención que la minuciosa versión de la Biblia Española de L. Alonso Schökel y Juan Mateos eliminara la bella metáfora para sustituirla por una expresión ciertamente poco inteligible: “Como pájaro encerrado en la cesta (¿)/ es el corazón del soberbio: acecha como lobo a su presa”. ¿Por qué dos traductores tan sabios usarían un genérico, pájaro, que, por cierto, sería impropio, pues la perdiz, “Alectoris”, no es un “pájaro” sino un “faisánido”? Las traducciones de la Biblia echan con frecuencia mano, en especial ante textos corruptos, de esos genéricos (cuando hablan de “gorriones” o “cuervos”, por ejemplo). Pero lo curioso ahora es que la versión “jaulera” es mucho más lógica por lo que viene detrás, a saber, por la relación del hombre generoso con la acechanza del enemigo. ¿Será acaso que no tiene fundamento la hipótesis de que Ben Sirá conocía ya la caza al aguardo?

Un gran embajador de España, José Cuenca, que es además de escritor eximio, un perdicero fanático, publicó ya su hallazgo de un arcaico mosaico marroquí que mostraba a un perdigón enjaulado. No a una perdiz de las nuestras, es decir, no a una perdiz roja (Alectoris rufa), sino tal vez a una perdiz moruna (Alectoris barbara) que es la autóctona de la zona. Él mismo tiene escrito un alegato demostrativo de que en la Grecia antigua -él fue brillante legado en la Atenas actual-también se conocía ese tipo de caza tan nuestro, aunque sospecho que, en este caso, seguramente, de la perdiz griega (Alectoris graeca). Pero de Israel y del entorno bíblico nada había oído. Jesús Peláez, hebraísta y catedrático de griego, me advierte, sin embargo, que la perdiz es frecuentísima en el Israel actual precisamente porque su ingesta, por razones rituales, está prohibida, es tabú. Lo que supondría que su caza también lo está. ¿De qué se habla entonces en Eclo. 11,30? Pues probablemente de esa perdiz griega que debía conocer bien el traductor griego -como bien conocen la roja los autores de vernáculas españolas- en la imagen de la caza con reclamo. No hay que olvidar que el Eclesiástico que conocemos -aparte tardías versiones hebreas de azarosa existencia-es un texto de autor griego cuyo traductor original avisa de que “lo que se expresó originalmente en hebreo no conserva el mismo sentido traducido a otras lenguas”, antes de versionar esa perdiz como “perdix” y describirla “cereutés”, esto es, literalmente, encerrada “cartallo” (dativo de “cartallos”), que viene a decir, en una jaula. Ay, Dieguito, ¿nuestro gozo en un pozo, pues? Pues, mira, yo creo que no, porque, en cualquier caso, estas porfías demuestran lo viejo que es vuestro vicio. ¿Te acuerdas del Viejo volviendo del casino a mediodía para cortarle la lechuga al pájaro? Del viejo, de tu hermano y de ti mismo, de tantos amigos nuestros, que conservan hoy, quizá sin saberlo, un fuego sagrado encendido hace muchos siglos.


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El Mundo de Andalucía
Febrero de 2001

En la historia del arbitrismo español la constatación o queja por el secarral español es casi una constante. Ocultaba, sin embargo, una obviedad: que España no es un país eriazo, sino un territorio que aúna regiones sumamente húmedas con ámbitos desérticos. De ahí que la idea de los trasvases no sea nueva sino frecuente en la literatura más o menos arbitrista, pero la primera vez que yo se la escuché argumentar a alguien en términos solventes fue a un Juan Benet que acababa de publicar “Volverás a Región”. La idea del ingeniero Benet era elemental y fascinante: si sobra agua en el norte y falta en el sur, ¿por qué no comunicar -esos proyectos de canalización eran ya corrientes con los “ilustrados”, como se sabe-las regiones entre sí y llevar lo que sobra allá donde es necesario? La actual polémica en torno al Ebro -como la que en voz baja provocó el trasvase Tajo-Segura-puede entenderse en términos de cansancio ciudadano por la falta a atención del Estado a su área, pero es insolidaria y, sobre todo, absurda. No tiene sentido protestar que esa cesión de agua agrandaría la zanja que separa a las comarcas agrarias desarrolladas de un Aragón falto de infraestructuras, y no lo tiene, sencillamente, porque mientras discutimos por galgos y podencos, al agua del río se pierde irremediablemente en el mar. Benet, penúltimo “ilustrado”, concibió una gestión del territorio integral y justa. Hoy, desdichadamente, hemos vuelto muy a la zaga de Benet.

Hay que decir que el PHN del PP -aceptado por una mayoría de comunidades-prescinde de un elemento crucial del que en su día aparcó el PSOE en el Congreso: la conexión de las cuencas para regular estratégicamente los caudales. Por entonces -no debe olvidarse-el PP consiguió parar aquel Plan aduciendo, con mucha razón, que carecía de sentido práctico aprobar un PHN antes de disponer por consenso de un Plan de Regadíos, que es la madre del cordero, y que, finalmente, se ha hecho a trancas y barrancas, aparte de no pocas disidencias. La realidad se impone, en cualquier caso, y es el simple sentido común el que nos dice que es un delito de lesa patria negarse a racionalizar las existencias de agua por razones micropolíticas, intereses locales y demás. No tienen sentido, por eso, los palos de ciego que anda propinando el PSOE, tan esquizofrénicamente por cierto, sobre el costillar del proyecto del Gobierno, pidiendo en una comunidades lo que en otras niega, como no lo tiene, por parte del PP y su Gobierno, la insensibilidad de este Plan ante una propuesta tan feliz como la que se ha apeado del viejo documento. ¿A favor de la cesión de agua? No habría ni un solo argumento ético ni económico en contra, por más que el electoralismo y la trifulca partidista enturbien esa evidencia. Lo que no quiere decir que Aragón o la comunidad que sea no deba ser compensada de modo pertinente, para evitar, en efecto, su progresivo descuelgue del conjunto nacional y por cien razones más. Dejar que el agua sobrante e inutilizable hoy por hoy se pierda con tal de no darla, en cambio, no tiene sentido. ¿Qué beneficia a Aragón que Murcia o Almería pierdan tanta riqueza? Pues nada. Quienes apoyan esa histórica cesión propugnan nada menos que racionalizar sensatamente un medio que tiene agua de sobra pero mal atribuida por los elementos. Con sinceridad, no se me ocurre como puede alguien enfrentarse a una mejora a la que no se opone, de hecho, contrapartida alguna.


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Necrológica de Meli León


El Mundo de Andalucía
Enero de 2001

Ayer ha muerto en Huelva Amelia León, la popular Meli León, veinte años responsable de los Asuntos Sociales, casi un cuarto de siglo sirviendo un ideal que a ella le venía por dos venas distintas y convergentes: el cristianismo y la ideología socialdemócrata. En la generación de Meli León, que es la mía, aún el encono partidista no había liquidado la evidencia de que entre el universalismo justiciero, que es la marca del cristianismo fundante, no andaba tan lejos del reformismo radical que desciende del colectivismo revolucionario. ¿Acaso ni es una revolución el cristianismo primitivo o el que hoy se practica, contra viento y marea, en muchas partes del mundo? Cuando Meli despertaba a la vida una de las tendencias más “à la page” en la Europa concienciada era lo que, en términos generales, se llamó el “diálogo crisitiano-marxista”. Nada menos. Dentro o fuera de aquellas movidas, gentes como Meli arrastraban su conciencia herida por entre los escombros de la Guerra Fría en busca de una Verdad, siquiera sincrética, al menos pactada entre gentes diversas que perseguíamos los mismos sueños. El sueño de la libertad, el sueño de la igualdad, el sueño de la Justicia. Sólo el tiempo demostraría lo ingenuos que éramos -en París igual que Sao Paulo, en Pgraga igual que en Madrid-pero lo que nadie pudo borrar de muchos de nosotros es ese doble “élan”, esa pulsión híbrida que nos obligaba doblemente como fieles, algunos piadosos, de una doble fe. Meli fue una de aquellas sonámbulas y nunca, que yo sepa, renegó. Dios se lo premie.

En la política -ese corral de cabras-Meli León entró en la segunda legislatura y desde entonces hasta su muerte ha desempeñado tareas de Asuntos Sociales, por lo que yo sé con exquisita neutralidad y pulso firme. A ella se le debe la recuperación para la vida púbñica del desarmado movimiento ciudadano --¡ahora que tanto se habla de “sociedad civil”, que le hagan un monumento!--, escrupulosa, minuciosamente desmontado por los partidos de la izquierda una vez que, con la llegada de la democracia, creyeron ingenuamente haber llegado al Poder. Luchando en Huelva contra viento y marea logró, en efecto, la recuperación para la política del desvencijado movimiento vecinal (antes en manos del PCE, la ORT y otros grupúsculos de la izquierda extremada), consiguiendo que el Ayuntamiento fuera algo así como el lugar geométrico de esas insustituibles colaboraciones espontáneas. Pero, sobre todo, en ese casi cuarto de siglo, Meli León -contra tirios y troyanos, no sin trifulcas y cataclismos intestinos-consiguió un doble y nobilísimo objetivo: no separarse nunca de su doble fe, cristiana y socialista, demostrar con el ejemplo que se podía repicar y dar trigo al mismo tiempo en la parroquia de la buena fe.

La izquierda (cristianismo incluido) pierde ahora un apoyo indesmayable. Pero tras ella queda su obra y, lo que es infinitamente más revelador, su ejemplo. Su lección de altura para idiotas y minúsculos, ahí queda. Nada menos que trató de ilustrar la denostada compatibilidad de la fe considerada ésta de tejas arriba y de tejas abajo. Dura tarea, sin duda, en la que acaso no la entendieron ni algunos entre sus próximos. Vista desde fuera, sin embargo, lo que hizo en vida Amelia León aparece como un hito en medio de nuestros míseros y excluyentes criterios. Ojalá que tanto esfuerzo y tanta fe en la condición humana sirvan para algo.


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El Alpende
Enero de 2001

Don Manuel Medina era el mejor “contador” de historias (“narrador” es otra cosa) que yo he conocido. Con mi tío Vázquez, quizá, que no le andaba a la zaga cuando se sentaba bajo la buganvilla y su alondra en el patio de mi abuela, las mañanas que el tiempo lo permitía, sol y sombra agridulce de primavera, solazo picante de las mañanas de febrero, frescuras vespertinas del otoño precoz. Yo llegaba de Madrid y me iba derecho a casa de Medina a hablar de lo divino y lo humano, a discutir el último número de “Cuadernos para el Dialógo” de que él era suspcriptor tempranero y fiel, o las cosas que íbamos sacando a trancas y barrancas en “Triunfo”, que él seguía atentamente con un cariño que nos daba ánimos. Pero Medina, don Manuel Medina, era, sobre todo, un contador como esos que, andando el tiempo, me encontré en la Djemà el Fna de Marrackech o en la medina de Fez o, acaso, en una sobrecena porteña, en casa de Cipe Lincowski, en boca de un misterioso personaje que se iría luego, casi sin despedirse, calle Palermo abajo, uno de esos gracianescos “hombres con experiencia” que saben darle color literario a la vida y sentido vital a la narración.


En Navidad, Medina mantenía a mano la vieja guitarra, compañera de tantas hermandades, desde los Carabales hasta el Club de los XX, la guitarra descuidada que sólo él era capaz de tañer con esa mano secreta que le daba su acento especialísimo a cualquier melodía. Igual si eran los romances --“Iban caminando/ y se han encontrado…”, “Camina la Vírgen Pura/ y su esposo san José/ y su esposo saaan José”--, como si se trataba de “El rocío celestial” o esa melancólica balada que es “Yo pobre gitanillo/ al Niño le diré…”, Medina -los ojos vidriados con cautela por una emoción que él sabía administrar con hombría-se las aviaba para llenar la casa de un aroma de otro tiempo que, a la luz terciada de aquellas reuniones, ofrece a la memoria un registro sentimental difícil de describir. Pero cuando Medina, don Manuel Medina, se crecía y alcanzaba su estatura casi mítica era cuando colocaba con cuidado la guitarra en el suelo, siempre a mano, para echar un rato y un puchero en el supremo ejercicio del recuerdo, anécdotas de la era del hambre, delicias del ingenio popular, moralia profunda de muy viejas lecciones que él sabía acercar al presente con ese don suyo de la ubicuidad que supo siempre convertir lo lejano en actual y alejar en la distancia lo demasiado próximo. Aquellas Navidades -sin tv o casi, rosas y orejas, bollitas y bollos de horno-eran ante todo memoria cantable o ceremonia oficiada por quién sabía de sobra cual es la función profunda de la fiesta y arrimaba a sus liturgias todo el fervor de su palabra y su compás. Yo evoco siempre a don Manuel Medina en esa doble condición de bardo y de rapsoda, de hombre capaz de aliñar su talento con la especiería amable del más genuino populismo. ¡Cómo contaba Medina sus historias de guerra y paz, sus consejas de antiguos y modernos, sus fábulas esperanzadas en un futuro menos malo, acaso mejor que el que él se vio obligado a vivir! No sé por qué revivo esa experiencia entrañada cada vez que la Navidad le muerde los talones a los galgos de mi memoria , cada vez que siento inexplicablemente y sin remedio esa especie de desazón tan próxima al placer de recordar. Más de una vez le he pagado con una lágrima ese don a ese hombre bueno. Pero no desespero de podérselo pagar aquí mismo, palabra sobre palabra -mi moneda contante y sonante-, el día menos pensado.


Carlos Cano, cartel de Andalucía

Diario El Mundo
20 de Diciembre de 2000

Cuando Carlos Cano cayó las primeras veces por el Madrid de la Transición, mucha gente entre la progresía más clásica entendió su andalucismo como una simple ocurrencia simpática. Aquellas veladas del Maravillas, alrededores de una glorieta de Bilbao erizada de miedos y antidisturbios, su estallido en el Palacio de Deportes reventando el ambiente con aires mitineros, no revelaban a un cantautor más de tantos como pululaban por el tardofranquismo, sino a un cantante con voz propia que repetía en todas las claves un mismo tema andaluz. A él, ciertamente, no le preocupaba ni poco ni mucho aquel efecto engañoso, seguro como andaba con su “ideal andaluz” a cuestas, tan cerca entonces de las opciones de izquierda que se apellidaba “socialista” por derecho, tan preocupado, paralelamante, de cuajar su sonido propio con aquella voz personalísima siempre más interesante por la gracia de lo que decía que por sí misma. Cantaba Carlos “La murga de los currelantes” y los reñideros de la emigración catalana se caldeaban al verse reflejados en aquel espejo brusco que les devolvía de pronto, tan festivamente, la imagen propia de sus alegrías y de sus penas. Anunciaba aquel socialismo de “la manita abierta” -árbol de vida esquematizado por Alberto Corazón-y era Madrid, o Sevilla o su Granada del alma, o Málaga o Huelva, cualquier pueblo andaluz el que se levantaba como un solo pueblo aún sorprendido de reconocerse sobre el azogue nuevo.

Carlos Cano ha tenido tiempo y éxito suficientes para desenvolver luego con los años, laboriosamente, una madeja que muchos creían poco menos que inventada, abierto sin reservas a todos los sonidos, asomado a tantos mundos distintos, inventor apasionado de un raro mestizaje de músicas de todos los colores, dueño de un planisferio íntegro en el que supo borrar las fronteras hasta fundir en un solo canto, con seguro acento andaluz, los ecos más distantes. Como supo mantenerse pegado a su terreno, siempre a ras de la copla, ay “María la portuguesa”, sin que ello le impidiera cerrarse a solas con Federico en el diván del Taramit, o bucear en los poetas lejanos el eco de una poesía que protestaba la memoria de una herencia árabe que él supo manejar sin trampas y con rigor. En pocos mapas sentimentales ha estado tan cerca América de España, Portugal de España o Andalucía de Marruecos, ni se han perfilado con tanta nitidez los ríos del habla común, del sentir compartido, de la música sin dueño que los pueblos saben conservar al margen de convenciones y oficialidades. Esa es la razón que sube tantos quilates a la poesía de este cantor y que le pone a la música de este poeta el latido genuino y exacto de un corazón castigado en exceso. Carlos no usó nunca la patria ni mentó su nombre en vano. Sencillamente cantó desde su tierra, con los ojos abiertos a tragedias y alegrías, y una firme esperanza puesta en un futuro que no acaba de llegar nunca pero que, hoy como ayer, se yergue más seguro en su voz que en ninguna teoría política.


Un olvido



El Alpende
Noviembre de 2000

Este año, el 2000, se cumplen cien de “Las tres cosas del Tío Juan”. Quiero decir, del fallo del premio de cuentos que el periódico madrileño El Liberal le concedió --¡y con qué Jurado!: aquellos eran tiempos-a un valverdeño de nacimiento, José Nogales. Mala suerte la de Nogales. Ganar aquel premio lo lanzó a la fama (bueno, es un decir) pero le acarreó la enemiga de por vida de gentes tan influyentes como Valle-Inclán, uno de los derrotados por nuestro paisano, junto con la Pardo Bazán nada menos y Cansinos Assens, en aquel certamen. De nuestro cuento por antonomasia se han hecho varias ediciones, ninguna adecuadamente crítica. Y ninguna disponible. El Notario hizo la suya a expensas del Ayuntamiento, muy cuidada y con un discutible prólogo con el que ya nos encargamos nosotros durante años de mortificarle cordialmente. Si el Notario viviera, ay, otro gallo cantaría en el centenario de “Las tres cosas del Tío Juan”, que no ha pasado desapercibido, por cierto, para todos, pues en Sevilla presentamos el otro día un estudio que estimo definitivo sobre el escritor y su obra, del que es autor el sabio cura de Fuenteheridos, Ángel Manuel Rodríguez Castillo. Lo que son las cosas: para quien sí ha pasado desapercibida la efemérides es para Valverde, y para mayor inri, para un Ayuntamiento que gasta lo que gasta en Cultura (¿), que paga sueldos estupendos a esos mánagers improvisados y cuyo alcalde/Presidente lo es también de una Diputación que, aparte de tener un laborioso servicio de Publicaciones, dispone de un staff de consejeros que ni el Rey nuestro Señor. Por supuesto por supuesto, a los políticos se la empluma la Cultura y no hay por qué rebuscarles letras a personajes que tiene acreditada su inopia cultural. Ahora bien, un pueblo no puede permitirse el lujo de olvidar al único escritor de relieve que tiene reconocido. Si aún fuera necesario habría que darle cero patatero a ese concejo ignaro que cobra como los mejores pero paren ustedes de contar. ¡Qué raro que a Gumersindo Guerra-Librero, que hasta tiene copias mecanografiadas de obras inencontrables de Nogales, no se le haya escuchado algún clarín! Pero a quien hay que pedirle cuentas, sin aguardar las pullas de Demonia Wilson, es a los asalariados de la política. A esos les importa poco Valverde en cuanto la procesión no va con ellos. O con su nómina.

Aparte de la lápida de la casa natal, Nogales no tiene hoy en Valverde la menor seña. El Ayuntamiento quitó en su día el precioso rótulo que para la Biblioteca José Nogales, en la calle Real de Abajo --cerca de donde dicen que el escritor, ya reconocido y viviendo en Madrid, se sentaba en sus últimas visitas a Valverde--, acarreó el celo del Notario. Y ni siquiera a la nueva Biblioteca, la de la Casa de la Cultura, se le ha ocurrido a esas biempagadas “cabezasdehuevo” restituir el azulejo y la memoria perdidos. Claro que imaginen lo que le va a la politiquería en la memoria de Nogales. Si se tratara de aclamar a un baranda del partido (al que mande en este momento, se entiende), otro gallo cantaría. Pero en el centenario de Nogales --el viejo zorrilista, el escritor al que honraron Burgos y Mazo, Moret, Canalejas y hasta el torero Bombita-- nada le va al gallo rojo (es otro decir). Lástima que a Guerra no le diera en su día por “Las tres cosas” (le dio por otras mucho peores) y continuara en el machito, porque entonces veríamos hoy al Ayuntamiento ir y venir bajo mazas a la casa de Traselporche en un homenaje inacabable. No era esta, ciertamente, la “gente nueva” que echaba de menos el Tío Juan. Lo que sí traen, como él auguró, es la barriga llena.


La opinión saturada



El Alpende
Octubre de 2000

El Centro de Estudios Teológicos sevillano es desde Marzo pasado Instituto Agregado a la Facultad de Teología de Granada. Es un acto de justicia y era una necesidad que sus tenaces azacanes tenían bien justificados. Ayer mañana se celebraba el acontecimiento con la apertura al público de una insólita exposición, “Biblia Sacra”, que servirá a muchos ciudadanos para formarse una idea del valor de los fondos bibliográficos atesorados por la Biblioteca del CET y del que la valiosísima muestra de Biblias expuestas es elocuente testimonio. Una exposición de Biblias encierra una invitación a muy hondas cavilaciones aparte de constituir un deleite para cualquier bibliófilo. La enorme prensa de Gutenberg instalada en el vestíbulo sugiere ya al visitante el impacto decisivo que la imprenta (el primer libro impreso fue, como es sabido, una Biblia) habría de tener sobre el mensaje religioso y, en concreto, la inevitable “determinación” que acabaría ejerciendo -a pesar de tantas presiones-sobre la “palabra revelada”. “Biblia Sacra” va desgranando ante nosotros esa larga y costosa aventura que fue el desarrollo bíblico a partir del momento en que la técnica del libro hace inevitable la demotización de la Escritura y, en consecuencia, la apertura de un amplio horizonte para la conciencia. Las Biblias Políglotas --la Complutense de Nebrija, la Regia de Arias Montano (dos andaluces, ojo), la muy posterior de Londres-preceden en la exposición a los textos originales (hebreos y griegos) del Libro por antonomasia, incluyendo un ejemplar de la plantiniana Biblia Hebraica, obra también de Arias Montano junto a otras posteriores.

Vienen luego las “Vulgatas” -cuyo viejo texto jerosimilitano se establece “oficialmente” en Trento, al filo ya del nuevo siglo--, representadas en la exposición por una muestra preciosa de ediciones de los siglos XVI al XIX, junto a una sección de otras versiones latinas, desde la célebre de Pagnini, a la clásica traducción de Vatablo (tan apreciada por el Presidente Covarrubias y otros ilustres contrarreformistas).

Pero es la sección de Biblias vernáculas la que mueve con mayor vehemencia a la reflexión en la medida en que la gran batalla ideológica se libró precisamente alrededor de esas traducciones a la “lengua vulgar” que no interesaron nunca al esoterismo clerical. Verá el lector expuestas en “Biblia Sacra” ejemplares que contienen aportaciones clásicas como las de Dom Calmet o el Nuevo Testamento del Maestre de Sacy, junto a las ediciones españolas lastimosamente tardías ya que la prohibición no fue levantada aquí hasta el último tercio del XVIII.

Una última sección atractivísima es la de las Biblias comentadas y glosadas, en especial una deliciosa “Physique sacrée” obra de J.J. Scheuchzer, un notable humanista de indubitable perfil “ilustrado”, esta vez emparejados a glosadores tan universales como Nicolás de Lira (manual de cabecera del humanismo clerical español durante tres siglos), Wilfrido Strabon o Pablo de Santa María (de quien sospechó, y no poco, el racismo inquisitorial).

El sordo diálogo entre la fe libre y la intransigencia -algo tan actual, en fin de cuentas-nos embarga recorriendo esta muestra que ya merecería la pena sólo por ver los grabados de Turner, Gustavo Doré o Bartolomé Vázquez, los primores del maestro de maestros Plantino o las calcografías y esmeros tipográficos de valor incalculable que encierran las ediciones expuestas.

A Fernando Camacho -más sabio aún que humilde y más humilde que el que más--, y a sus colaboradores del CET se le debe esta deliciosa ocasión de ver reunidos en una galería una síntesis tan elocuente de esa historia espiritual de los hombres que planea, merced de los vientos de cada época, entre las más altas luces y los hondones más sombríos.


Biblia Sacra



Diario El Mundo
Octubre de 2000

Mi madre, que era gran repostera, ponía sumo cuidado en la medida de sus ingredientes. No es lo mismo un “bollo de horno” crujiente y esponjoso que si te pasas con la harina en flor. Ni una “oreja” es ya ese milagro inglés fundido en andavalino si te quedas corta de azúcar. Un bizcocho depende mucho del huevo (clara batida aparte, claro, hasta alcanzar el hipnótico punto de nieve), pero una cosa es la generosidad y otra la exageración, que arruina la cochura y apelmaza la gachuela. Todo tiene su punto, con independencia de que, finalmente, quien mande sea el paladar de cada cual. E igual en todo. ¿Se concibe un pueblo dinámico y moderno sin su propia información? No, desde luego. Por eso Manolo Marín, y muchos otros tras él, mantuvieron éste ya histórico papel que ha tenido sus veleidades camastronas hasta mutar, ya veremos hasta cuando, en mosca cojonera, por decirlo como gusta esa lumbrera municipal con que la Derecha se enmoña esta temporada. Pero ¿qué puede hacer un pueblo bajo un aluvión de mensajes, éste clásico, uno del alcalde, otro del PSOE, otro de IU, una emisora del poder con Rico de minoritario y, en fin, una “telegrulla” que cuesta más de lo que vale? ¿Tanto se juega ese Poder en la opinión como para traerse socios de fuera para que le den apariencia de empresa normal a lo que son puros tingladillos (no tienen más que ojearlos) que, por no encontrar, ni su sitio han encontrado?

Saturar la opinión para que el ruido oculte la melodía es truco antiguo. Requiere dinero, cierto, pero dinero es lo que le sobra la Poder. Y el papel de Facanías -con subvención o sin ella: ¡pues faltaría más!-es demostrar que el servicio público de mantener al pueblo informado y en condiciones de ejercer su propio criterio, no necesita tutelas ni soporta comisarios. ¿Vale decir aquí, como mandan los cánones, que todos tienen cabida? Pues no, obviamente, sobre todo porque no cabe hablar de “todos” como si fueran medios “iguales”, puesto que una cosa es el medio independiente y otra el que depende. En los papeles que antes aludí, en la radio que escucho con cierta frecuencia, en la tv local con la que de vez en cuando paso ratos no precisamente buenos, se ve de modo transparente su función publicitaria: son medios a mayor gloria del alcalde, altavoces del Ayuntamiento y, en consecuencia, cajas de resonancia sin eco para cualquier crítica auténtica. ¿Cómo puede pasarse como sobre ascuas ante la cogetá de José Manuel Romero, el temido, el único que hacía sombra real a quien no debía y llegó incluso a no ser recibido? ¿Cómo callar ante el gesto gregoriano de cambiar la feria de fecha? Pues se ha pasado y se ha callado, aunque no en estas páginas. El ciudadano debe discernir ante esa oferta confundidora y separar el trigo de la paja. Y luego elegir, despreciando lo que no merezca aprecio. Medir, como hacía mi madre, con tiento. Y cocer luego, a fuego lento de encina, en el horno casero, allá al fondo del “cortinal”, que no es valverdeñismo como sospechaba el Notario, sino voz castellanísima que arranca de “corte”, emparenta con “corral”, proviene quizá del portugués “cortelho” o puede que del italiano “cortile”, y hasta tiene que ver con “cortijo” y “cortesana”. A mi, la verdad, se me dan tres caracoles del étimo. Pero no de la saturación vergonzosa que en Valverde está promoviendo un Poder desacostumbrado a las críticas, con tal de que no se vea claro bajo su manta.


Los malos tratos



El Alpende
Septiembre de 2000

Me entero por los servicios del propio Ayuntamiento de lo mal que va la cosa de los malos tratos en esta noble población. Cómo irá de mal que en los cinco primeros meses de este apocalíptico y milenario 2000, ya las denuncias por malos tratos familiares registradas oficialmente igualan el total del año pasado: todo lo malo es suceptible de empeorar. También me entero de que, harto de coles y celos seguramente, se ha largado del consistorio el edil con mayor experiencia y capacidad. Lo dicho: a peor. Menos mal que una carta del “extranjero” Arturo el del Juzgado -templada, clara, moral-le echa una mano al secretario del cónclave, evidentemente conducido al huerto y abandonado en él por el hortelano, Dios quiera (y estoy seguro) de que sin mayores consecuencias.
¡Cuántos malos tratos, cuánto rechinío! Uno tiene una visión sentimental y congelada del pueblo en la que, sin ignorar las maldades, no cabrían semejantes imágenes: mindundis reafirmándose en casa, a puerta cerrada, a costa de la mujer o los chiquillos; celosos privando a la comunidad de la aportación más prometedora por la cosa de los celos; cobardones echando por delante a un funcionario para que les pare el golpe buscado a pulso. Confirmado: todo puede empeorar. Y empeora.
Tampoco se trata bien al “obrero honrado e inteligente”, que es como rezaban hasta hace poco los estatutos del PSOE. Me cuentan…, bueno, lo que me cuentan ya lo saben porque es un secreto a voces desde los despachos (y eso es lo más grave, lo más canallesco) hasta las casilletas: que el subempleo ha vuelto por sus fueros en el pueblo, que las inspecciones siguen cerrando un ojo y desviando el contrario, que ahí están los “zulos” y las puertas traseras, que “Garganta Profunda” continúa avisando a los maltratadores cuando “llega un inspector”…, de lo que ustedes vayan queriendo, como diría mi madre. Claro que habrá que ver, porque también sé que la patronal provincial pacta con el jefe local de ese movimiento y le da un cargo en su sínodo, concretamente la presidencia de la Comisión de Comercio Exterior de la Cámara de Comercio (otra vez mi madre: “¡Hasta los gatos/ quieren zapatos!”). Me entero y creo descubrir que el toque está en quitarle de la cabeza que organice una especie de “Cámara paralela” frente a la que regenta en Huelva Antonio Ponce, una especie de camarilla de los pueblos frente al camarón de la capital. Ya puede andarse con ojo con Ponce, que no es hombre para juegos, pero de momento, así están las cosas: la música amansa a las fieras. Porque de fieras hablamos cuando se trata de tíos que pegan o humillan a sus mujeres, lo mismo que cuando echamos un vistazo a la selva de la política, o cuando nos asomamos a un taller explotador de estos que consienten entre todos: Taiwán empieza en el Puente Nuevo o en la Cruz de Calañas. Es la nueva geografía. Para que digan que el progresismo de partido no nos ha traído nada nuevo.


Una historia antigua



El Mundo
29 de Agosto de 2000

Una de las operadoras en gasoil, Repsol, ha subido el precio dos veces en cuestión de días. Igual que se concertaron para disimular el acuerdo con subidas espaciadas y desiguales, ahora se trataría de espaciar la subida en dos o tres veces. Total, una vergüenza o, si se me permite decirlo, un cachondeo. Acumular géneros para imponer precios es uno de los negocios más antiguos que se conocen. Lo he visto documentado en alguna historia del mundo clásico, y la he visto mucho más cerca, en nuestro primer diccionario enciclopédico, el “Tesoro” de don Sebastián de Cobarruvias, a caballo entre fisiocracia y mercantilismo: “Monipolioo (sic). Son todas las compras en gruesso de una mercadería -dice el ilustre canónigo-que compra uno, o dos o tres, para darla después por menudo a los mercaderes circunforáneos. Son vedados por leyes antiguas y todavía se usan, en daño de la República”. Pero Nebrija ya lo había registrado asépticamente años antes, si es que no se trata de un añadido del padre Zeballos, su editor ilustrado: “Monopola, ae. El que concierta con otros en vender. Monopolium, ii. Aquel concierto de vender solos”. Que la libertad de mercado incluye ese mal congénito lo sabemos hace siglos.

Una de dos: o el Gobierno nos burrea cuando asegura que la inflación se debe a la subida de los carburantes, o es cierta esa razón, en cuyo caso muchos ciudadanos se preguntarán cómo puede consentir un Gobierno que cuatro confabulados echen por tierras sus planes y el bienestar general. ¿Puede extremarse el modelo ideal por encima de estas calamidades? ¿Qué pasa si el Gobierno interviene para impedir que cuatro especuladores arruinen a un país? Algo pasará que a mí se me oculta, pero seguro que la mayoría de los ciudadanos compartirían conmigo esta pregunta y su carga de perpleja mala leche. ¿Qué tiene Repsol que no tengan otros eventuales estraperlistas? Tampoco sé contestar a esta pregunta pero lo malo es que no la contestan tampoco los expertos. Y yo me imagino que, no obstante, tampoco debe ser tan difícil responderla. Habrá que aguardar a que la ruina colectiva se agrave al punto de moverle la silla a Aznar a ver en que queda el respeto al dogma. Si usted tiene acciones de Repsol, no se deshaga de ellas en cualquier caso. No tienen más que ver lo viejo que es el problema y que aquí seguimos, como si tal.


La jeringuilla



El Mundo
26 de Agosto de 2000

Un telediario del miércoles noche. La madre de un marinero del Kursk abronca a un Putin impasible que aguanta la mirada iracunda con ojos de pez. Los subtítulos traducen el episodio (no las lágrimas, que son intraducibles, como la poesía): lamenta la mujer que su hijo haya muerto encerrado en una lata por un sueldo de miseria. Se crece incluso, pero en ese momento aparece una eslava vigorosa que le clava una jeringuilla. Mano de santa: la Madre -ay, viejo Gorki-- cae desplomada en pocos segundos y Putin puede respirar. Uff. Pero uno, yo mismo, me quedo, en cambio, sin resuello. ¡Estamos hechos una blandengues!

Gran invento, la jeringuilla, en manos de la autoridad “legítima”, es decir, de cualquier autoridad que conserve el poder. Si salir de USA, qué digo de USA, ¡de Texas!, el aspirante Bush Jr. lleva ya autorizados 143 jeringazos ante el silencio cómplice de Gore y de esa opinión pública que se mantiene mayoritariamente junto a la siniestra camilla. En Georgia se disponen a arrearle otro chute a un esquizoparanoico (el diagnóstico es científico y oficial) que mató cuando tenía 17 años. A pesar de la intercesión de la Onu, de la UE, de Francia y, ya lo verán, en el último momento seguro que también de Wojtila. ¿Que es menor de edad y enfermo mental? Bueno, “no problem”: en 23 estados americanos -como acaba de denunciar Amnisty International-se permite ejecutar a menores, tontos y locos. Eso es todo. Y además cuentan -aunque aún funciona mal que bien la silla de Sacco y Vancetti-con la jeringuilla, que adecenta la barbarie que es una cosa mala.

Tanto detractar la jeringa (durante años hasta prohibieron su venta sin receta, los muy insensatos) y ahora resulta que la han convertido en un supremo instrumento al servicio de la razón de Estado, o una “defensa” (así se llama todo lo que mata legalmente en nombre del Estado) para casos tan insostenibles como el de una Madre desesperada que le ajusta las cuentas en público y ante la tele a un mafioso en el poder. Peor hubiera sido, qué duda cabe, que se llevaran a la Madre arrastrándola por los pelos, que es lo suyo. Pero ni Rusia es ya lo que era, según proclama el coro bienpensante, ni USA tampoco. En la tv digital escuché el otro día a un técnico penitenciario aducir que, por lo demás, la inyección es considerablemente más barata que la descarga. Todo debe ser tenido en cuenta. Ni el más mínimo detalle que ocurra en un país deja de afectar a todos sus ciudadanos. En esto ando de acuerdo con los verdugos, qué quieren que les diga.


Necesario e inútil



El Mundo
22 de Agosto de 2000

Bien, ya está: a ver qué decimos ahora tantos como hemos repetido durante meses el latiguillo del error del PP y la inevitabilidad del diálogo con el PNV. Con el nacionalismo democrático, se dice, a pesar de que tanta ambigüedad (lo de Markina ha sido definitivo) hagan difícil mantener ese dictado. Se hablará con todos, PNV incluido, Arzálluz incluído, sin dejar fuera ni a Egibar, aunque sólo sea para ver qué tienen que decir: cómo explican su pésame por los terroristas accidentados, cómo su apoyo/inhibición ente el escándalo de Markina, cómo su “racismo censitario” o su exclusivismo étnico. Habrá que sentarse a escuchar, supongo, porque otra cosa no es esperable. En una vieja biografía de Moubarak leí que en el diálogo no se trata tanto de dar respuestas a cuestiones como de escuchar en silencio. Es muy probable, pero téngase en cuenta, no se pierda de vista esa sabia consideración, para que nadie se haga excesivas ilusiones. Si se disculpa la paradoja, cabría que decir que hablar con el PNV de Arzálluz era tan necesario como inútil. La ventaja que tiene la nueva situación es que vamos a comprobarlo enseguida.

Exigirán la autodeterminación, esto es, la independencia. Coinciden en ello, lamentablemente, con cierta mayoría exhausta de españoles normales que piden cada día con más convicción que se les conceda para que se vayan con su siniestra música a otra parte. Sí, pero cómo se consigue eso. Javier Ortiz -lógica implacable-explica la paradoja vasca: quienes ganarían de calle ese referéndum (PP, PSOE, más de medio Euskadi) tiemblan ante la mera idea de convocarlo; quienes lo perderían con casi absoluta seguridad (EH, PNV, EA) lo reclaman como condición innegociable. Y en cuanto al diálogo mismo, hace poco concluía lapidariamente Féliz de Azúa que resulta tan conveniente como imposible: no sabemos de qué habría que hablar con la banda y los demás, pero podemos estar seguros de que nada razonable aceptarían. Probablemente lo peor que le puede sobrevenir a una situación política es volverse paradójica. Y la “cuestión vasca”, cuando no es simple mito, es ya pura paradoja vista desde España, vista desde el caserío o idealizada desde la muga. A ver cómo la desenredan en esa mesa de diálogo sobre la que habrá que poner mitemas pero también cuerpos destrozados. Dicen que no hay peor sordo que el que no quiere oir. Yo creo que aún es peor el que se niega a ver.


Cavilaciones de playa



El Mundo
15 de Agosto de 2000

Los últimos fogozanos de la tragedia etarra han llevado a la conversa playera conclusiones bien diferentes. Hay quien parece crecido bajo el bronceador hasta ese punto expeditivo en el que ya apenas hay diferencia entre el terrorista convencional y el que, agazapado en toda entraña, pugna por exhibir su propio terror justiciero. Crece la legión de arbitristas que creen saber, cada cual a su modo (modo indefinido, claro está), cómo liquidar de una vez por todas el más que secular problema vasco a levantando un muro babélico sobre la nueva muga. Un ex responsable de la cosa en tiempos de la guerra sucia, va difundiendo bajo las sombrillas su indignación porque anden libres por ahí ciertos terroristas mientras que otros (terroristas, se olvida de añadir) cumplen condena en la única sombra no deseada de este abrasado país. Pero el centro del debate de este verano es, si duda posible, ese Otegi que por fin ha descubierto su cara de antiguo secuestrador, no sin dejar caer de paso, con las del beri, que también los de Arzálluz han enviado su pésame por los terroristas accidentados en Bilbao. La brasa del terrorismo vuelve monográfico el verano y tuesta las conciencias hasta despellejarlas. Lizarra sí, Lizarra no, Egibar contra Anasagasti, lo cierto es que costaría hallar otro momento tan confuso de la conciencia española como el que se vive bajo esta canícula. Si era de eso de lo que se trataba, los terroristas han ganado la batalla moral aunque finalmente acaben perdiendo, como todos los terroristas, la guerra del fin del mundo.

Pero esa desmoralización colectiva sobrevivirá al conflicto, alojada en el laberinto de un radicalismo que nos escora peligrosamente hacia la pena de muerte o trastorna sin sentido nuestra multisecular visión de la propia identidad histórica. Lo único que se ha aclarado, supongo que con carácter definitivo, es la razón de las complicidades, la lógica de unas relaciones de los grupos legales con el terrorismo, a cuya ocultación deben los malhechores, en buena medida, su supervivencia moral y política. “Unos menean el árbol y otros cogen el fruto”, “El PNV necesita a HB como HB necesita al PNV”: es probable que el mejor progreso contra el terror sea aclarar ese juego de fuerzas. Lo que tiene ya peor arreglo es el desastre moral que ha arrasado a las conciencias. Cuando esta guerra acabe habrá mucho mutilado de espíritu junto a las víctimas irrecuperables de esta contagiosa locura.


Dimitir a tiempo



El Mundo
Agosto 2000

Reconfortan ejemplos como el de Chevènement, uno de los políticos que más rentabilidad ha sabido extraerle a sus dignas dimisiones. Se fue hace diez años cuando Francia decidió participar por las bravas en la invasión americana de Irak. Se distanció de Jospin por sus diferencias en la idea que cada cual tenía de la construcción europea o para oponerse a la intervención otanista en Yugoeslavia . Ahora, una vez más, ha puesto contra las cuerdas al jefe cuestionando la legalidad republicana del estatuto de autonomía que Jospin propone para solucionar la cuestión corsa --“una falsa solución para un auténtico problema”-y no se le caen los anillos por coincidir en esa pulsión jacobina con el propio Chirac. El tiempo, además, le viene dando la razón al dimisionario en sus decisiones críticas. Un decenio después de lo del Golfo apenas queda un puñado de contumaces que mantienen su postura favorable a la invasión y ni uno solo de ellos podría ya negar que los efectos del bloqueo aliado han sido incalificables o que en aquella contienda se usaron armas que han producido una enfermedad terrible y masiva (100.000 enfermos irrecuperables) entre los combatientes. Chevènement supo distanciarse de esta tragedia a tiempo como ahora no quiere complicarse con una solución de relativa emergencia para el separatismo corso que, diga lo que diga el ratón, lastima al león. Y lo mismo supo hacer cuando vio que el proyecto europeo iba que se mataba hacia un modelo asimétrico cínicamente urdido y para el que se le pedía su complicidad.

Reconfortan, ya digo, politicos que saben irse a su casa, para lo cual, ciertamente, es un prerrequisito que dispongan de casa a la que irse. Cuando llegue septiembre veremos qué ha discurrido Jospin para evitar otra espantá de su ministro, sin que quepa descartar que, aprovechando la anunciada fuga de Martine Aubry, lo recoloque en otro puesto y santas pascuas. Pero ahí queda el ejemplo de un hombre que no deshace las maletas cuando llega a una sede y que ha demostrado de sobra que va en serio con sus gestos. En una Francia que hierve en el escándalo mangante del que no se salva ni Mitterand y en el que, junto al presidente de la Asamblea, se empieza a pedir que peche también el presidente de la República, Chevènement es la esperanza blanca. No está dispuesto a verse marginado en el “gauchismo”, pero tampoco traga. Cualquiera se daría con un canto en los dientes por contar aquí un par como él.


Debut del veraneo



El Mundo
Agosto 2000

Cuando en la playa no existía aún la maldita carretera de los embotellamientos, había que llegar hasta ella en un delicioso crucerillo a través de los lucios que separan los bajos marismeños, abarrotados de cangrejos que se movían en rápidas diagonales sobre el limo oscuro. En el muellecito había burros que transportaban el ajuar de la familia en el que los colchones amortiguaban el traqueteo por las arenas que quemaban como fuego. Se endurecían los cuerpos, la piel tornasolaba un ámbar saludable y la vida planeaba por delante como una imprevisible aventura ajena a toda disciplina. El verano era la ausencia de normas, un paréntesis robinsoniano dentro del que cabía moverse a placer sin salir de la isla imaginaria.

Cuando llego hoy a la playa me asalta una amiga que quiere prevenirme del peligro de un sol que se ha vuelto un taimado asesino y convencerme de que no debo andar descalzo por el riesgo que representan los cristales de la movida y alguna jeringuilla abandonada. Mientras simulo tomar nota del protector solar que me prescribe, aprovecha para prevenirme contra los bivalvos infectados de cierta inconveniente bacteria, así como de los famosos lenguados de estero que, en la actualidad, me asegura, deberían su lozanía a la abundancia de detritus en sus viejos santuarios. Estoy a punto de zozobrar en la melancolía cuando mi amiga llama mi atención sobre la desolación del paisaje que ha provocado una voracidad especulativa que en pocos años habrá borrado los escasos vestigios que aún se sostienen la memoria. Entre consideraciones sobre el deterioro de la vieja ría, reconvertida hoy en vertedero de colectores, mi amiga me previene contra la carne tratada con hormonas, las frutas contaminadas por fertilizantes e insecticidas y hasta los evocadores helados que serían mejunjes de grasa y glutamato apañados durante el invierno para venderlos en verano.

Tras una siestecilla intranquila me he sentado en la marquesina determinado a hacer de mi veraneo un discreto monacato. “Cella continuata dulcescit…”, se me viene a la memoria, mientras dispongo la pequeña pila de libros que, a este paso, tal vez me resulte escasa. Pero mi amiga no ceja y vuelve para encarecerme lo del protector solar: “Del 20”, me recalca solícita. He dejado vagar la mirada por el antiguo edén en busca del verano que no reconozco. Luego me puesto instintivamente los zapatos y he decidido con firmeza no cenar esta noche Quién sabe si mañana será otro día.


Memoria y nostalgia



El Alpende
Julio 2000

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Al padre M. Garrido, O.S.B., no le ha gustado mi columnilla sobre la guerra en Valverde. Me escribe para decirme –como saben en “Facanías” pues la carta me llega abierta y releída—que le ha dado mucha pena, que eso no me pega a mí y que cómo he podido caer tan bajo. En fin, la vida. Hace un tiempo tropecé en una librería con un libelo nostálgico titulado “Franco, católico ejemplar”. Estaba firmado por M. Garrido, O.S.B. Tuve pena, pensé que eso no le pegaba ni a él y que cómo había podido caer tan bajo mi padre Garrido, pero no se lo dije porque en eso radica precisamente la diferencia entre un demócrata y un fascista: en que yo debo aceptar que él escriba una apología del tirano que me condenaría a mí si hubiera osado siquiera hacer el elogio de su adversario. Pero, vamos al grano. Yo no hacía otra cosa en mi artículo que poner de relieve la imposibilidad de aplicar en Valverde la estrategia vaticana de beatificar (y aún santificar) a los “mártires” de los rojos, puesto que en Valverde la totalidad de los “mártires” fueron víctimas de los fascistas. De algunos de esos fascistas que el padre Garrido me recuerda que él mismo contribuyó a liberar de la cárcel, en su calidad de “pelayo”, y cuya trágica venganza acaban de aclarar con implacable rigor historiadores universitarios, y no esos “extranjeros como Copeiro y Arturo Carrasco” a los que él alude y con los que nada tengo que ver.

¡Pues claro que no debe hacerse con frivolidad o cachondeo (sic) la historia de los mártires de la Iglesia, mosén! ¡Ni la de ningún otro! Pero me estremece escucharle que si a Dolores la Muerta la fusilaron fue porque “invitó a unos soldados a rebelarse y eso, en tiempo de guerra, se condena en cualquier parte con la pena capital” ¿Sabe Vuesa Paternidad qué fue lo que dijo, en realidad, aquella desdichada? ¿Sabe lo que consignó ese comandante Alcázar --sobre cuyo nombre duda usted inverosímilmente puesto que lo recuerda a caballo de manera tan nítida—como causa de la pérfida sentencia? ¡Y dice Vuesa Caridad, encima, que “la disculpa, como también a los que quemaron la Iglesia… aunque había que darles algún castigo”! ¿Que la disculpa? ¿Que había que darles algún castigo, Dios bendito? Quizá le parecen poco esos cientos de asesinados en Valverde –contra ni una sola víctima del bando opuesto, repito--: no me extrañaría en última instancia. Pero me da pena, creo que eso no le pega (ni) a su Reverencia y no me explicaría cómo ha podido caer tan bajo. Palabra.

Ah, me dice que tales crímenes fueron cometidos por “dos falangistas cuyas familias viven y detestan esos hechos”. Pues si usted lo dice, eso va a misa: pero seguro que el dato  le interesará al discreto historiador que hasta ahora ha silenciado tales nombres. Y en cuanto a eso de que para qué herirlas, repare en que si alguien se pone hoy a hacer cábalas en el pueblo sobre la identidad de los verdugos será por su indiscreción, que no por la mía. Sí, es una historia muy triste y cierto que mejor sería olvidar la pesadilla. Pero sin dejar de poner las cosas en su sitio --¡han pasado ya sesenta años!--  porque los pueblos que olvidan su pasado están condenados a repetirlo, ya sabe.

Desde este abismo en que, por mi mala cabeza, me veo le aseguro, a pesar de todo, que conservo intacto mi aprecio por el padre Garrido. No, claro es, por el panfletista de Franco ni por el nostálgico que sigue contemplando de lejos aquella sangría como si se tratara de un accidente inevitable de nuestra historia y no de una ominosa tragedia sin más base que el clasismo ni más justificación que la venganza. Todo muy evangélico, como ven, pero es la pura verdad. “Lucha hasta la muerte por la Verdad y el Señor luchará por ti” (Eclo, 4,28). Personalmente me gusta más lo del Apóstol: “Ceñíos la Verdad como un cinturón” (Ef., 6,14). A lo peor, en su idilio de Cuelgamuros, estas cosas le suenan a usted a música celestial. A mí, no.


Vivir peligrosamente



El Alpende
Junio 2000

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Yo creo que la juventud actual está viviendo peligrosamente, si ustedes me disimulan la frase mussoliniana. Como carece de futuro, en vista de que sus planes de estudio son catastróficos y sus perspectivas de trabajo descorazonadoras, se les deja campar por sus respetos. ¿Qué se evaden de la realidad embriagándose con grave riesgo no ya de su almita sino de su hígado? Pues que le vayan dando. ¿Qué conculcan con esa actitud el derecho elemental al descanso del vecindario contribuyente --¡vaya paradoja: los exentos de cargas amargando a los paganos!--, pues que les den a los insomnes. Manolo Becerro, que es un joven recto y claro (Dios le conserve esos dones que, más pronto que tarde, tratarán de arrebatarle, al tiempo), ha escrito aquí una denuncia del tráfico de coca entre la "movida" de los fines de semana en la que ni siquiera ahorró unas acusaciones señeras a las que si no les puso nombres es porque sobraban. ¿Y qué pasó? Pues que el Ayuntamiento, la Guardia Civil, la Policía Municipal –ay, el pobre Marracatón—miraron para otro lado y santas pascuas: la coca o las pastillas siguen con el doble efecto de destruir las neuronas y encarecer el hachis. ¿El alcohol? Bien, gracias: el alcohol goza hasta de la protección de la Junta de Andalucía que hace poco modificaba una ley propia y reciente, la ley del Deporte, por exigencias de los bodegueros. La vida, troncos, coleguis, pero vais de cráneo.

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El fracaso de los planes del poder para poner orden semejante caos es pleno. Y lo es porque ese gravoso poder tiene, paradójicamente, una mínima y decreciente autoridad. Los jóvenes de Valverde, como los de España entera, se están destrozando en porcentajes que los expertos calculan en entre un 20 y un 25 por ciento: hacia un cuarto cabal de la generación. ¿Se puede atajar esa desgracia histórica a base de permitir en lugar de reformar? Miren, la negativa a esta cuestión está tan clara que un Ayuntamiento jiennense acaba de proponerle a los jóvenes un curioso trueque: un taller para ligar. ¡Imaginaos, Alfonso, Pepe, Amadeo, Javier, Torres, Manolo, guapos de "Lube" y "Vespa", casanovas de labia e ingenio, guiándoos de un Patronato Municipal y con un silabario del ligón en la mano! Francamente, aquí no sólo no hay autoridad adecuada a este problema capital de nuestra época, sino que se abre paso la justificada conciencia de que los que mandan –tantas veces dentro de la "movida" ellos mismos—ni saben, ni pueden ni tal vez anden muy empeñados en corregirla. No se puede corregir ni aquello que nos amenaza electoralmente ni aquello de lo que se participa. Y menos las dos cosas a un tiempo. Aunque se acepte públicamente, eso sí, desde una pretendida izquierda que, por decir algo, el empleo ilegal es consustancial e imprescindible al empleo o que las nuevas formas de esclavitud laboral son exigencias del sistema. ¿Qué tiene de raro que hasta "Wenceslao" se pierda en la jungla de fin de semana y acabe pimplado hasta las trancas? Es un decir, claro, porque "Wenceslao" me jura y perjura que si lo cata es de higos a brevas. Otros, en cambio, más afortunados, pueden pintarle la raya al mono cada viernes y cada sábado. Siempre hubo clases. Hasta para destruirse contemplando psicodélicos como se destruyen los que vienen detrás.


Diez mil santos


El Alpende
Mayo 2000

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Hace poco hemos leído una investigación sobre la guerra civil en Huelva. Habla de Valverde, no tan fuerte y claro como cabía, pero quizá mejor así. Muchos entre quienes defendemos las ventajas de la información no somos ajenos al sentimiento de concordia sino todo lo contrario. Es malo ignorar cómo fue la herida, pero peor es hurgar en ella por hurgar.

En Valverde se vivió una tragedia de cientos de personas, la inmensa mayoría inocentes, la totalidad víctimas. Y todas de un bando. En el otro no se pasó del susto. Aquellos escopeteros de retaguardia que perpetraron la limpieza del pueblo no se atenían a ningún derecho ni reparaban nada porque todo estaba ya reparado. Se trató simplemente de una venganza masiva, de un escarmiento de clase, que debió mucho al espíritu del tiempo, cierto, pero que se tiñó aquí de un indescriptible tono de perfidia lugareña. Y disfrazado de cruzada de la Iglesia, todo debe ser dicho.

En casa escuché la negra historia. Mis queridos neutrales vivieron aquella mala hora con el alma encogida entre el temor y el horror. Lo que no impidió que dejaran oír muchas veces el lamento por los inocentes, las casas rotas, los huérfanos sin rumbo, las pobres viudas al relente. Yo le pondría a la luz que le falta a esa historia un discreto filtro. Pero no la apagaría.

Entre los diez mil santos mártires que monseñor Rouco se propone inventar ahora, no ha de hallar ninguno en el osario de Valverde por la sencilla razón de que no los hubo, al menos en el bando fascista que es el que Rouco y los suyos siguen considerando propio. Tampoco es cosa de beatificar a un rojo, supongo: nadie canoniza a su adversario. ¡Ese joven cuya capilla espió conmovida mi madre, en la Calleja, hasta el amanecer, aquella vieja del Cabecillo, la muchacha que llevó la bandera en la manifestación...! No encaja este santoral con el arquetipo de Rouco, ni siquiera junto a esos diez mil candidatos que parece haber encontrado en la tapia de enfrente. Yo creo que añadir esta nueva injusticia a la tragedia es un poco fusilar de nuevo, moralmente, a aquellos desgraciados, y constato con tristeza que la Iglesia de monseñor Rouco —¡y más si lo llegan a hacer papa!— no entiende siquiera el reproche. Subir a los altares a diez mil de los suyos es volver a alinearse en la siniestra escuadra
negra. Porque quizá Rouco y su gente no son, hablando con propiedad, fascistas de hoy. Lo son intemporales. Desde la locura del 36 no han sido capaces de entender que están cada día más solos cuando no mal acompañados de dictadores y genocidas. Que Dios —no sólo el suyo, acaso el de todos— no se lo tenga en cuenta. Nosotros, en cambio, debemos tenérselo.


No pudo ser

29/04/00

No creo que José Antonio Griñán anduviera bebiendo los vientos por ser consejero de Chaves, francamente. Si yo fuera Chaves, sin embargo, los hubiera bebido por tenerlo en mi gobiernillo. ¿Qué por qué? Pues porque, como no ha escapado a la inmensa mayoría de los observadores, Griñán podría haber sido un signo claro de renovación frente al rancio estilo partidista con que Chaves, a costa de la autonomía, trata de garantizarse el control del aparato y la paz interna en el PSOE andaluz. Elegir a Perales frente a Griñán ilustra ese criterio que prefiere el peso político a la capacidad intelectual y de gestión. La operación renovadora que ha tentado al Presidente en esta hora complicada para él, para su partido y para los andaluces, ponía en riesgo, ciertamente, el liderazgo de un personaje como Chaves, respetado por muchos pero en el que pocos ven el carisma que haría falta para cortar por lo sano. Si el PSOE nacional anda por un mal camino, en Andalucía está en un callejón sin salida. La "hojilla" en que Chaves ha diseñado su ejecutivo demuestra palpablemente que los que se resistían desde dentro al cambio han ganado, lo que evidencia, claro está, que Chaves no tiene fuerza suficiente para una operación como de ese calado.

Al cabo de veinte años de autonomía, por otra parte, ya iría siendo hora de que la Junta tuviera el suficiente atractivo como para que aspiraran a meterse en ella la mejor gente y no la de segunda fila. Pero no es así. Si el descarte de Griñán tiene su lógica de partido, el de una profesional de categoría y probado sentido progresista como Josefina Cruz, por ejemplo, no tiene más explicación que la presión de los pretorianos que intercambian con Chaves poder por fidelidad: puro feudalismo. La política andaluza no se entiende sin revelar que entre Zarrías y Caballos, por ejemplo, controlan más de la mitad del partido, y que si se juntaran con Perales, Chaves no tendría cuartel sin ellos. Por eso los ha juntado él: para que no se junten por su cuenta. Pero la realidad es que este poder partidista, no tan oculto como para pasar desapercibido, no concita precisamente un elenco de capacidades sino, más bien, un banquillo renovable a discreción y en el que se sientan los que tendrían difícil fichar por otro equipo y más de uno (¡y más de diez!) que nunca estuvieron fichados siquiera. Gente fiel, pero de segunda fila, personal de partido, pero con ligerísimo bagaje. Echen un vistazo al círculo de Chaves y verán cómo ese nivel va bajando de modo progresivo. ¿Dar un vuelco a esa situación? Para eso haría falta un líder más mucho más fuerte que Chaves. Eso es todo.

No habrá cambio en Andalucía, en resumen. Como es probable que no lo haya en España si se insiste en cuadrar el círculo de un cambio dirigido por los mismos de siempre. En el nuevo ejecutivo autónomo, como puede verse, aparte de los veteranos bien apalancados en el aparato, no hay más que gente que no conocería ni un cinco por ciento de los andaluces de ser requeridos. Gentes elegidas con el triple criterio que impone a Chaves escribir su "hojilla" teniendo en cuenta el compromiso feminista, el equilibrio entre los partidos provinciales (no entre las provincias, ojo) y la presión del aparato. El nuevo gobierno autónomo es, por esta razón, un equipo sin mayor interés político, a no ser que Chaves, como hasta ahora, entienda por "política" atenerse a aquella triple condición. Todo va a seguir igual, en consecuencia. El salto a una autonomía de primera deberá esperar al menos otros cuatro años. Aunque para entonces cualquiera sabe qué habrá sido políticamente de Chaves. De los demás miembros de su gabinete, lo más seguro es que no haya sido nada.

El Alpende Nada es ya igual

26/03/00

Cuando escribo estas líneas acabo de volver de un homenaje -qué cosas- que le han hecho en Sevilla a mi antigua revista "Triunfo" entre unos cuantos fervorosos y otros tantos oportunistas. La vida. Con el viejo director/propietario, José Angel Ezcurra, allí hemos departido con Haro Tecglen, Manolo Vázquez Montalbán y Víctor Márquez Reviriego sobre el pasado y el presente, es decir, sobre lo que, como Manolo diría, pudo haber sido y no fue, y demás quaestiones quodlibetales que la nostalgia dicta en estos casos. Pero ya nada es igual. Vázquez dice siempre eso de que "con Franco éramos más jóvenes". Y es verdad.

En Valverde "Triunfo" se vendía en el Conejo Casero, cuyo honorable dueño lo exponía por sistema en la calle cogido con sus clásicas pinzas, va pesar de que no pocas veces -me lo contaba siempre en vacaciones con cierto aire conspiratorio pero sin perder el compás- la Autoridad lo había requerido para que la oculta debidamente. Según creo recordar, a aquel distribuidor -Triunfo" tuvo con ellos una deuda impagable- le llegaban semanalmente cuatro ejemplares, que leía con la atención que me dio buenas pruebas muchas veces, antes de poner a la venta. Lo que no sé es quienes serían los otros compradores habituales, porque Valverde, como España, ha cambiado tanto que es difícil, desde esta revuelta tan lejana, distinguir con claridad los perfiles. Don Ricardo Olivós, por ejemplo, me hablaba mucho de aquel catecismo de la progresía. Don Teófilo, don José Castilla, Manolo Hidalgo, Obdulio, mi tío Diego Marín, también. Alguien me hizo llegar -"desde el Pimpollar", decía-, y con pseudónimo, datos para mi reportaje sobre la Mano Negra. Pero en Valverde se leía poco. Don Manuel Medina o don Juan Romero -tan poco afines, que yo recuerde- me gastaban siempre la broma de que donde había que escribir era en "Cuadernos para el Diálogo", y la verdad, vistas las cosas con perspectiva, no les faltaban sus buenas razones.

Pero en Valverde se leía poco, para qué engañarnos. Hoy con los prendas que hacen este periódico suelo hablar de Celan o de Rilke, de Kolakowski o de Fulkner, pero eso entonces no era concebible. Y como eso, tantas y tantas cosas. Afortunadamente. Como escriben estos cuitados de "Facanías" no se ha escrito aquí nunca -y menos con esas edades-; lo que ellos leen se ha leído pocas veces en Valverde. Nada es ya igual porque es mucho mejor. Sin duda posible.

Le enseño a Vázquez la revista y me dice: "Ten ojo con estos que te pueden echar a los fontaneros". Acordándome del que me arregló el lavabo el otro día, no he dudado un momento para responderle: "Ojalá, Manolo, ojalá".