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La España probable
 
Viernes 11 de Noviembre de 2005
 El Mundo
Diario El Mundo
En el descoyuntado debate sobre eso que se llama el “modelo territorial”, que estamos soportando esta temporada, hemos oído, junto a improvisadas mistificaciones y algunas payasadas, no pocos conceptos alarmantes. El último, que reclamaría esas dos calificaciones, es la idea lanzada por el presidente Maragall de que España –el estado-nación más viejo viejo mundo-- es una realidad política constituida “por tres naciones seguras y alguna probable”. Es verdad que tan colosal disparate no abre, precisamente, un festival del absurdo en el que ya hemos vivido una falsificación de la razón histórica tan desenfrenada que la sorpresa resulta poco probable. ¿Acaso no hemos escuchado al Consejo de Europa argumentar a favor de la “inmersión lingüística” catalana haciendo suya la peregrina apropiación nacionalista de la Corona de Aragón? Alguien subrayaba hace poco la inconsecuencia que subyace bajo un conflicto como el desatado en torno a aquella guerra lingüística, recordando que, en sus mil años de existencia, el español no había sido cuestionado con beligerancia hasta la República y tras la muerte de Franco. Pero mirar desde estas perspectivas el conflicto que padece España como consecuencia del chantaje nacionalista quizá no resulte del todo apropiado, porque tanto ahora como en la circunstancia republicana, cuando se cuestionan obviedades tales como la identidad o el derecho a usar la lengua vernácula, lo que en realidad se busca es quebrar el hecho histórico innegable de la realidad de España, sustituyendo artificialmente el modelo territorial consagrado por el tiempo.

Un enorme equívoco ha servido bien --bajo la Dictadura, en la Transición y ya en la Democracia-- los intereses del secesionismo pleno o relativo, y es éste: que la defensa, incluso la tesis, de la realidad histórica de España, como diría don Américo Castro, no es más que un reflejo conservador y, en su caso, fascista, mientras que su cuestionamiento o el reclamo abierto de su quiebra sería lo propio de la mentalidad de progreso. Diría incluso, si se me permite el ejercicio proudhoniano, que la miseria de la propia alternativa nacionalista –“tres naciones seguras y una probable”, imagínense-- revela sin remedio, desde una perspectiva crítica, cuánto tiene ella misma de “alternativa de la miseria”. Pero no perdamos más tiempo, si es posible; limitémonos a postular esta otra evidencia: que so capa de una legítima reforma estatutaria lo que anda buscando, desde que llegó el nuevo Gobierno, es romper el decisivo pacto nacional –en mi opinión no poco fortuito y, por eso, afortunado—que, entre el miedo y la razón, lograron muñir a la salida del túnel. Podemos perdernos en los meandros del laberinto pero la realidad es tan sencilla como que esta crisis nacional se debe a la debilidad del Gobierno que busca conseguir con sus concesiones al ultranacionalismo dos objetivos clave: mantenerse él mismo en el Poder y constituir una mayoría estable –al estilo de la intentada por el “arquitecto de Bush”, aunque bajo otro zodiaco simbólico—a costa de la destrucción, a ser posible definitiva, de la oposición conservadora.

Habrá pocos personajes que puedan escapar de ese Minotauro sin necesidad siquiera del hilo de Ariadna, pero entre ellos está, sin duda posible, Jaime Mayor Oreja, aquel ministro que en las encuestas “cualitativas” polarizaba simpatías de todos los azimuts políticos bajo la sugestión del “hombre tranquilo”, y frente al que, como inevitable consecuencia, se levantó con premeditación y alevosía una leyenda negra que pretendía entronizarlo como ideólogo del “frentismo” contra la locura disgregadora. Ya resulta extravagante que en un país se tilde despectivamente una actitud política con el dictado de “constitucionalista” pero eso es lo que aquí hubo de soportar –y no sólo por parte de los ultranacionalistas, que es lo peor—este personaje que logró salir intacto de los sondeos de opinión aunque no sobreviviera íntegramente al disparate político. Quien hoy nos va a hablar fue acaso el responsable de seguridad más fiable que los españoles han tenido en democracia y él fue también quien consiguió para ese “frente constitucionalista”, por la banda que le correspondía, los mejores resultados jamás obtenidos frente al designio antihistórico de la histeria nacionalista, en una elección vasca. Ahí terminó la aventura, sin embargo, al menos para quienes mirábamos al futuro confiados, a través de esa atrevida lente suya que hacía converger las energías generales, como un espejo ustorio, en el interés colectivo que hace tiempo que unos pocos tratan de destruir. Mayor Oreja conoce como nadie ese mundo, maneja como pocos sus razones, traspasa su deplorable mitomanía, desmonta sus trucos y, en definitiva, tal vez sea el mejor activo de que disponga la esperanza superviviente que aún vislumbra la posibilidad de que este mal sueño no sea sino una pesadilla pasajera.

Se habla estos días sin reposo de Azaña, de Ortega, ¡hasta de Azorín!, unos en busca de razones para calmar el seísmo, en procura de argumentos para reactivarlo, otros. Está bien, por eso mismo, que un testigo de excepción nos descifre la crónica de esa guerra sucia, y mejor aún que quien forma parte de esa Historia nos muestre por dentro el detalle de esa hegeliana “razón del tiempo”. No hay modo de separar Historia y Política, por supuesto, bien lo sabemos desde Herodoto. Cuando se está pervirtiendo en las escuelas, a la sombra del propio Poder, esa historia y esas razones, viene a ser incluso imprescindible, por eso mismo, el intento de separarlas con respetuosa verdad. No estamos donde estamos por azar, ni siquiera porque ZP no pueda ser presidente sin el rodrigón de los adversarios de esa Historia. Hemos llegado a este punto, en buena medida, por haber descuidado la ruta, por no advertir con atención las vueltas y revueltas por las ha campado a sus anchas el río que nos lleva. Deduzco por el título de esta “Charla” que nuestro excepcional invitado habrá de iluminarnos en lo posible los recovecos del dédalo. El conocimiento es el requisito inevitable de la solución. Pero en último término es también el combustible que ha de suministrar la energía moral a todo combatiente. Porque estamos en una lucha, en una guerra desarmada pero fatal en la que se juega, efectivamente, la identidad de todos. No la imaginaria surgida de la leyenda sino la certificada por el tiempo. Justo la que pretenden arrebatarnos, disfrazados de libertadores, esos monterillas míticos que Mayor conoce como nadie.

 
La conquista de la tele
 
Viernes 29 de Abril de 2005
 El Mundo
 
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Hay al menos un punto en que los sociólogos de la comunicación –y los del conocimiento en general—, desde Mac Donnald o Bell a Bourdieu y Vidal Beneyto, están hoy plenamente de acuerdo: la relación entre el Poder y los “mass media” es un rasgo característico de la ‘sociedad medial’, un rasgo de cuyo perfil depende la índole del montaje político y, en consecuencia, la virtualidad del propio sistema de libertades. La irrupción de la comunicación audiovisual ha trastornado sin remedio la conciencia pública tradicional evidenciando que el control social efectivo, el auténtico poder de influencia que pone la Libertad en manos del Poder, no reside ya en las instituciones y sus instrumentos de influenciación sino en el imperio de unos “medios” cuya creciente acuidad está aumentando exponencialmente su capacidad persuasiva. Los viejos políticos, las fuerza antiguas, disponían todo lo más de un periódico, vehículo “doméstico” en el sentido de que circulaba sólo entre los propios convencidos y también de que había de ejercer su persuasión sin otro recurso que su capacidad dialéctica. En la sociedad medial, en el planeta inmerso fatalmente en el mensaje, en un modo de convivencia sometido voluntariamente a la comunión racional pero también subliminal con el Poder, hace tiempo que sabemos que la famosa “integración” de que hablaban los funciolistas no es, en altísima medida, más que el efecto de la tiranía doméstica de los medios audiovisuales. Una sociedad que confiesa ver la tele más de cuatro horas diarias, una infancia perdida y una adolescencia desnortada que miran al receptor hipnotizadas como el pájaro a la serpiente, se someten a la dictadura que el mercado ejerce sobre ellas a través de esa potencia desconocida en épocas menos dotadas, seguramente, pero también menos sometidas.

La experiencia demuestra, por lo demás, un poco en todas las democracias –y por descontado en las dictaduras—que la inevitable tentación absolutista del Poder conduce inexorablemente a la búsqueda del monopolio mediático. Goebbels fue quizá un precursor diligente pero no podía ni imaginar el concurso que a su implacable proyecto de control social (es decir, político) habría de prestar la alianza más o menos discreta entre el Poder y un negocio que, como es lógico, persigue, apoyado en aquel y como contraprestación por sus imprescindibles servicios, nada menos que el monopolio de la comunicación. Miren a nuestro alrededor y vean lo que está ocurriendo en esta España que ha recorrido ya un largo trecho entre el primer y discutido reparto de emisoras de FM y la reciente orgía de las televisiones locales, claramente vinculadas a partidos o grupos de presión cuando no a imaginarios “emprendedores” que hacen de intermediarios en un negocio bajo el que subyace otro de mucho más calado: el del secuestro efectivo de la conciencia pública. Desde el “palancazo” –aquella gratuita concesión de la primera licencia de TV privada o “de pago”-- hasta el desconcierto en que el actual Gobierno ha sumido al país tras prometer el arreglo de la tele pública y la reordenación del espacio audiovisual a través de la revolución digital, han ocurrido tantas cosas que no será necesario subrayar ni las dudosas causas ni los perniciosos efectos. Y no se olvide que en medio de esta historia han campeado los nuevos conservadores, críticos tan feroces de los manejos socialdemócratas como pasivos cómplices de aquellos, durante ocho años, con una extravagante política de comunicación cuyas causas y razones, el propio Rajoy, vicepresidente durante esa etapa crucial, reconocía en esta misma tribuna, desconocer.

Carlotti –el gran ejecutivo que hoy nos acompaña—ha explicado con claridad al Senado que la concesión de nuevas licencias de emisoras analógicas en pleno proyecto de conversión digital y más a quien monopoliza la televisión de pago, no sólo no favorece sino que impide de modo decisivo el pluralismo que todos predican y ninguno respeta cuando le llega el turno. Pero el Gobierno no es en este terreno, justo por las razones que venimos enunciando, lo libre que puede creer el ciudadano ingenuo. Al contrario: ahí está la decisión de ZP, adoptada por sorpresa y sin diálogo alguno a finales del 2004, de reformar la normativa que afecta a la televisión, para probarlo. Poco pudo su compromiso expreso de no realizar iniciativa alguna en materia audiovisual antes de arreglar decorosamente la mediocre y prohibitiva tele pública. Sus ministros y él mismo no ocultan su intención de conceder licencia al actual monopolio ‘de pago’ para que, sin aguardar a la revolución digital, pueda emitir “en abierto”. Y no hace más que un par de días un ministro de Franco resellado por la Democracia exigía en público ese trato privilegiado para su patrón que no era otro que el que domina a placer esa TV de pago. Y es que la Democracia es ya, tal vez sin remedio, rehén del Poder --¡a ver qué van a contarnos sobre el particular en Andalucía!—y sus manijeros saben que han de contar con una clientela de ‘medios’ adictos para conseguir el control social que comienza en la sugestión electoralista y remata en el control arbitrario del gusto, de las costumbres, de la opinión y la conciencia, en suma. Ningún Poder quiere pluralismo y ninguno lo apoya si puede evitarlo. La aventura de Berlusconi –que Carlotti, este utopista de vuelta del “paraíso feliz”, conoce como pocos—lo demuestra e ilustra. La que vivimos en España también. Y la que se avecina, mucho me temo que más aún. La reordenación del espacio audiovisual no es un problema que concierna a la tecnología sino a la política. A ZP se lo han explicado así y todo indica que lo ha entendido divinamente.

La corbata de Savater

Martes 5 de Abril de 2005
 El Mundo
 

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El filósofo Fernando Savater es gran aficionado a las carreras de caballos. Quizá por eso se presentó a la sexta Charla de El Mundo”, celebrada en el auditorio del Hotel Macarena, con su corbata del derby, caballos playeros sobre un fondo rosa de atardeceres sanluqueños, para hablarle a una muchedumbre visiblemente conectada por su excepcional empatía sobre un tema de grave actualidad: las relaciones entre educación y democracia. Se nota cuando el público es predominantemente joven, cuando hay en él un fuerte contingente de “connaiseurs” (en este caso, de enseñantes de todos los niveles) y, en especial, cuando quien va a hablar cuenta de antemano con la confianza y cercanía del auditorio. Y el lunes se notó todo eso.

Sostiene Savater tesis nada complacientes sobre la decadencia de la pedagogía, es decir, contra el irresponsable fracaso de los poderes públicos, pero también de las instancias privadas, tan decisivas como la propia familia y, más en general, de eso que se llama “comunidad educativa”. ¿Una enseñanza amable, una ilustración lúdica? Frente a ese tópico tenazmente sostenido por tantos falsos profetas, Savater defiende, sobre las huellas de Aristóteles, que la educación es la primera experiencia de gobierno, que su papel “socializador” sólo cobra sentido en democracia –un sistema complejo cuyas reglas han de ser aprendidas—mientras que resulta inútil bajo la tiranía y que, en definitiva, por eso mismo y por la alta consideración que en el sistema de libertades se concede al individuo, “toda educación es educación de príncipes”.

Siempre sobre filo atrayente de la paradoja, el filósofo va desgranando su filípica ante un público visiblemente cómplice. El ciudadano ideal debe “participar” más que “pertenecer”, debe afirmarse con su propia aportación más que abullonarse en lo que Niestzche llamaba el “calor de establo”: una pedagogía razonable no debe tender a reforzar la “pertenencia” sino a “preparar para lo desconocido”, a iniciar al “mystes” que es todo educando en los arcanos racionales de la convivencia. Y claro está –a estas alturas, la parroquia profesoral vibraba ya como un campanón bien templado--, la educación ha de ser inevitablemente coactiva, sin rastro de guiños al neófito, subida en la convicción de que no hay conocimiento sin esfuerzo ni varas mágicas para insuflar saberes en el patio del recreo. Toda educación frustra, dijo Savater, ya sin asomo de ironía, tensando el arco certero de su insobornable sinceridad: frustra para potenciar libertades mayores, pero frustra, y volvió a evocar al Estagirita: “todos hemos sido frustrados”.

La verdad es que a la dudosa sombra del nuevo proyecto de ley educativa, la palabra de Savater resonaba como un trallazo. Se equivoca el maestro complaciente, falla la familia clueca en su afán por preservar al aprendiz de su fatal necesidad de aprender. ¿”Enseñar deleitando”?, como decían los ‘ilustrados’? Bueno, eso son palabras, miel sobre hojuelas, pero la realidad es otra bien distinta. La educación es tarea y derecho de todos –no sólo de los padres, ni del Poder-- porque a todos concierne el éxito del aprendizaje o su fracaso. Pero a esas alturas, el público –el del lunes fue auténtico y amable gentío—estaba ya entregado al filósofo, pendiente de su gesto persuasivo, embriagado con el vino sutil de su ironía. Lord Keynes, Woody Allen, John K. Galbraith, Nietszche, Aristóteles, juntos pero no revueltos, ilustraban la sabia charla del filósofo que en la corbata, sobre el arrebol sanluqueño como tomado de un atardecer de Turner, lucía repetidas las siluetas de sus caballos playeros. La gente estaba encantada. Y entre ella, “los que tiene que enseñar” mostraban su satisfacción terciada de amargura.
Ejemplo y lección de Savater

Domingo 3 de Abril de 2005
 El Mundo
 

Diario El Mundo
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En España hay no poca gente que puede decir con verdad que padeció la sorda guerra contra la dictadura de Franco. También la hay que la está padeciendo ahora en alguno de nuestros frentes abiertos, pero sobre todo en el que aflige al País Vasco. Hay mucha menos, sin embargo, que haya estado en las dos contiendas, es decir, que haya debido continuar en esta otra lucha en democracia tras haber sufrido su dura pelea bajo la tiranía. Y uno de esos españoles es Fernando Savater, personalidad indomable, a quien desde que lo descubriéramos estupefactos en aquel breve “Nihilismo y acción” no hemos dejado de admirar muchos de nosotros en su continuo testimonio de entereza moral y en su progreso intelectual.

Es posible que el encanto de Savater deba bastante al hecho de su espléndida imaginación literaria en un país en el que, a mi entender, no sobran hace tiempo los buenos escritores. La elegancia de su prosa, la contundencia de su estilo, su capacidad sofística (en el buen sentido, que es el suyo), lo colocaron hace mucho en cabeza de una generación que no ha necesitado, como las nuevas, descubrir jugándose la vida al Savater valeroso que nos ha proporcionado a los españoles tan alto ejemplo de entereza al tiempo que nos descubría amplias perspectivas intelectuales. Pero lo que posiblemente constituye la más admirable paradoja de este personaje excepcional es la rara manera con que ha sido capaz de mantenerse tantos años en lucha abierta contra esto y aquello separando radicalmente la actitud ética del compromiso político, o no sé si decir que uniéndolos en una fórmula magistral con la que ha desconcertado a mucha gente, en especial en el ámbito académico y en esa zona pantanosa donde se mueve el propósito político.

Cierto que un ironista como él se complace en confundir al tiempo que aviva la lámpara para iluminar, y más cierto todavía que su propuesta entre nihilista y epicúrea –todo eso de la “ética de la buena vida” y el elogio del “amor propio”—debe resultar más cautivadora que convincente en este país de cabreros, que es como lo veía hace años Gil de Biedma, y lo seguimos viendo acaso hoy en no pocas ocasiones. De lo que no tengo ninguna duda es de que los admiradores de Fernando Savater, esa legión de todas las edades que lee lo mismo sus reflexiones sobre los cuentos de nuestra infancia que sus revisiones sobre Niestzche, saben apreciar lo que vale ese compromiso moral supremo que hay bajo la apariencia de jovialidad que es uno de sus encantos más irresistibles. Todos estos años venimos viendo a este hombre que hoy está con nosotros, enfrentado con serenidad y valor a la amenaza de esos matones absolutamente incapaces de comprender la intensísima relación sentimental de Savater con Euskadi y ni por asomo capaces de apreciar el sentido de su postura pacífica y de su propuesta integradora. Pero eso, que tanto nos preocupa y asusta a los demás, a él no parece hacerle tanta mella como la barbarie misma ni preocuparle tanto como el previsible efecto de la locura terrorista sobre nuestra vida colectiva.

Novedad para las nuevas generaciones, no lo es, desde luego, para los que ya lo vimos mantenerse erguido frente al viejo terror, sin permitirse siquiera la licencia de la ociosidad intelectual que tantos otros han reclamado a cambio del riesgo. Estos mismos días hemos podido leer una sugerente novela suya, como hace poco la teníamos de repasar, recogidos como libro, los artículos brillantes que Fernando ha escrito entre concentración y concentración, viviendo en auténtica libertad vigilada, como ajeno al vocerío caníbal, enteramente sordo a las amenazas e indiferente frente a las insidias, que no han faltado. Se pueden contar con los dedos de una mano los españoles como Savater, y sobrarían dedos, por supuesto, si lo que intentáramos contar fueran intelectuales españoles de semejante estatura ética. Por eso nos interesa tanto escuchar su lección sobre educación y democracia. Y por eso también le agradecemos, junto a su esfuerzo por estar hoy con nosotros en Sevilla, el alto ejemplo ético que implica su coraje y su valor para pensar libremente en cualquier situación.

 

Miedo al cuerpo

Jueves 24 de Marzo de 2005
 El Mundo
 

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Discuten en Francia por una publicidad basada en el cuerpo masculino que algunos ciudadanos y la ministra de la Paridad (no se pierdan el solecismo organigrámico), consideran inadecuada. Ante la imagen de un varón pisado por un tacón femenino se ha clamado por el “respeto a la persona humana”. Frente a un hombre con unas braguitas en la nariz, el organismo controlador de la publicidad ha manifestado no estar dispuesto a someterse a los dictados del “porno chic”. Y en fin, unos calzoncillos con encajes bajo el sugerente lema “enrojecer de placer”, han disparado todas las alarmas. Llevamos siglos halando del cuerpo de acá para allá, tapando con “braghetoni” los cuerpos celestes de la Sixtina, temiendo que el mero y mixto imperio de la carne haga que se venga abajo nuestro planeta moral. Un sabio como Ruskin hubo de inventarse a mediados del XIX una hoguera inquisitorial para salvar los dibujos eróticos de Turner, nefandos para los victorianos. Pero no siempre hubo tanta suerte. La criminalización del cuerpo constituye una de las más señeras hipocresías de la Humanidad pero la verdad es que, desde la Edad Media para acá, nadie ha podido con él. Estos mismos días se  ha visto en Internet un estudio del Congreso americano en el que se afirma que “tocar los genitales de una persona provoca embarazo” (sic) o que “el sexo fuera del matrimonio produce cáncer” (sic también), al margen de establecer la doctrina de que, al menos en la América de Bush, si un padre entrega su hija a un hombre es para que la proteja de por vida y desde el presupuesto de que la entregada habrá de ser vitaliciamente fiel a su protector. El cuerpo es un peligro. En eso coinciden todos, sin problemas, desde Pablo de Tarso a Bush.

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Nuestro humanismo se orienta al cuerpo mucho más que al alma y más al varón que a la hembra. Siempre será mucho más fuerte la reacción cívica y la política frente a la injuria racista que contra la explotación. La exhibición del cuerpo hace indefectiblemente más ruido que el abuso que el retratado pueda estar soportando en sus carnes. A Bush, mismamente, le quita el sueño que sus yanquis anden tocándose los genitales pero duerme a pierna suelta después del bombardeo, porque el cuerpo que cuenta moralmente es el cuerpo ‘quiescente’ --como explicó Laín y mostró Rembrandt-- y no el vivo que tiene derechos y obligaciones. Con motivo de la exposición “Picasso erótico” que montaron en ‘L’Orangerie’ algún crítico habló de la obsesión sexual de Picasso. No he escuchado a ninguno, sin embargo, referirse a la de Bush o a la de esos congresistas a los que preocupa más un revolcón en el auto que una sesión de picana en Guantánamo. Proust llegó a la conclusión de que el cuerpo suponía una grave amenaza para el espíritu. Y aquí casi nadie se libra de esa tiranía ideológica. Si el maestro  llega a ver ese cuerpo glorioso con una braguita en la nariz o unos gayumbos bordados, seguro que tira de veneno y acaba como su Bovary.

 

Perfil de Rosa Díez
Los principios y el final

Miércoles 2 de Febrero de 2005
Charlas de El Mundo
 

Diario El Mundo
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El bizarro debate celebrado en el Congreso en torno a ese proyecto ilegal de secesión que se conoce como “Plan Ibarretxe” ha dejado al país más confundido que otra cosa. Se ha conseguido con él prestarle al disparate una suerte de legitimidad mostrenca reforzada por la idea –sostenida por el propio Presidente del Gobierno y rubricada por el desafió del lehendakari—de que con la discusión parlamentaria no acaban las cosas sino que, en todo caso, comienzan. La frase que Churchill pronunció creo que fue cuando se ganó el Alamein se viene a la cabeza: “Esto no es el final, ni siquiera es el principio del final; pero bien pudiera ser el fin del principio”. Y ello quiere decir, ni más ni menos, que el principio del fin de la era democrática felizmente consensuada a la salida de la dictadura, en nuestro caso, pero quizá también el punto de inflexión de esa afortunada democracia o el arranque del ocaso de una insólita etapa de paz española que no cumple ya el cuarto de siglo.

 

Hay cuestiones políticas de tanto calado que producen el peregrino efecto de unir a los contrarios. El designio de romper eso que se ha llamado “el ámbito de convivencia constitucional”, es decir, la realidad histórica de España y su libre organización política, ha conseguido, en efecto, o lo parecía al menos hasta el martes, el acuerdo estupendo entre la Derecha y la Izquierda, dispuestas ambas a rechazar finalmente la propuesta de ruptura. Pero no confundamos los conceptos. El secesionismo, travestido de lo que fuere, es en España una tradición derechista que va desde el integrismo carlistón a ERC pasando por el PNV, esa derecha cerrada y clerical de la que Prieto esperaba que convirtiera al País Vasco nada menos que un “Gibraltar vaticano”. Ahora bien, también ha funcionado como un confuso ideal de la Izquierda, un ideal que tiene raíces profundas en el sueño libertario, fourierista y pimargalliano del país federal, y que hoy profesa, cierto que muy probablemente por puro oportunismo, un PSC que acaba de legalizar su autonomía respecto del PSOE, pero que ha conseguido ya de éste el compromiso de aceptar su “vía diferente” a la insolidaridad y al separatismo de hecho bajo la desconcertante fórmula de la “asimetria” . Claro que igual que existe una derecha cerril, “españolista” en exclusiva, hay una Izquierda que disiente de estos proyectos suicidas  y peligrosas aventuras. He de extremar la cortesía con Rosa Díez, pero no creo que tenga que callar por ello –acaso todo lo contrario—la evidencia de que dentro del PSOE hay voces más o menos sofocadas (y yo he escuchado, claro y distinto, el acento valeroso de la suya) que claman contra el maximalismo de unas minorías absolutamente indiferentes a las consecuencias suicidas de su proyecto.

 

Vamos a escuchar hoy con el máximo respeto a Rosa Díez, pero las cosas están como están –y más desde el martes-- en el marco de esta tautología política que se mueve ideológicamente sobre el pérfido e injustificado equívoco de que el nacionalismo regionalista es cosa del “progreso” mientras que la mera y discreta conciencia de la unidad histórica y democrática sería seña cierta de “reacción”. El Mito sobre la Razón, las racionalizaciones más infundadas por encima del sentido de lo real, Sabino Arana sobre Unamuno, Baroja, don Julio Caro o Jon Juaristi: ésa es la palestra en la que debe disputarse esta liza sin sentido. Y sin embargo, ahí están las dudas del Gobierno (frente a cierta contundencia de su partido, al menos en el debate de marras), ahí queda abierto el postigo a la voracidad insolidaria para que tome sin resistencia la plaza fuerte que es aún el sentir de la inmensa mayoría. Se ha puesto en almoneda el reciente “pacto por arriba”, se ha emborronado la foto de los dos grandes partidos –esto es, de la inmensa mayoría-- flanqueando significativamente al Jefe del Estado. Pero no puede dudarse de que hay, tanto en la Izquierda como en la Derecha, cabales que lamentan el disparate y trabajan por evitar que se consume, lo que nos obliga a todos a extremar no sólo nuestro reconocimiento a la nobleza de su gesto, sino nuestro apoyo incondicional, que van a necesitarlo.

 

Las “Charlas de El Mundo” cierran hoy este diálogo a dos voces sobre esa gran amenaza que Rajoy calificó en ellas de “desafío” y en la que Rosa Díez ve sencillamente “una traición”. Pero entre ambas voces hemos oído hablar en el Congreso de procesos de futuro, de diálogos pendientes, como hemos tenido que escuchar proclamas independentistas o tibias propuestas de maduración, que han venido a sumarse a la generalizada inquietud española que deriva del pacto público y notorio de que el Gobierno mantiene consigo mismo en Cataluña un compromiso de “asimetría” entre los españoles, del que depende nada menos que su estabilidad y su permanencia en el Poder. Vamos a dejar que un personaje de tan significado perfil socialista como Rosa Díez se exprese libremente. Lo que no es poco, tal como van estando ya las cosas en España, dentro y fuera de los partidos.

 

Presentación de Mariano Rajoy

Jueves 27 de Enero de 2005
 

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No le habrá pasado desapercibido, señor Presidente, la entidad de la sede en que nos encontramos. La Casa de Pilatos, nexo entre dos estilos y dos mundos, punto de encuentro entre la voluptuosidad oriental del mudéjar y la exigencia racional del orden renacentista, constituye un ámbito de privilegio en este confuso momento que vivimos, pero su significado, como solariega de la Casa de Medinaceli, cuya Fundación Ducal nos acoge, mucho podría aportar, ciertamente, a las discusiones de hogaño. Para empezar ahí está el propio Presidente de la Fundación, el duque de Segorbe, que acaso convenga recordar que es también conde de Ampurias –es decir, titular de una de las Casas claves en la Marca Hispánica carolingia-- y, curiosa coincidencia, señor Presidente, que a usted ha de sonarle familiar, también conde de Rivadavia. Seguro que un pontevedrés del lugar de Rendo, como usted, conoce bien ese “Versalles gallego”, propiedad de esta Casa y Fundación, que es el Paço de Oca, aunque quizá no recuerde tanto que en esta Casa está el marquesado de Camarasa, lejano por su origen es verdad, como aragonés, pero a la postre, florón de viejas casas galaicas entre las más distinguidas históricamente. Y menos probable aún será que se recuerde, a estas castigadas alturas, que la actual titular del ducado de Medinaceli, la madre de Segorbe, es el último eslabón, por el momento, de la rama mayor de Borgoña-Palatinado, uno de los cuatro caudales aristocráticos que constituyeron lo que ha dado en llamarse “Monarquía Hispánica” del Emperador Carlos. En fin, justo es recordarle a los aventureros del “regionalismo histórico”, con perdón, que esa misma Dama es hoy, por la Casa de Idiáquez Butrón- Múgica,  la “pariente Mayor” entre los doce antiguos linajes existentes en el Señorío de Vizcaya. Ya ven, Sr. Presidente, queridos amigos, qué gran paradoja, y cómo el marco que tenemos la suerte de disfrutar no resulta, en esta ocasión, ni indiferente ni casual. Y por supuesto, que el “problema de España”, como decían los del 98, no es tan elemental como quieren esos improvisadores ni tan favorable a sus ambiciosas tesis derribistas.

 

La sinrazón de un desafío


Jueves 27 de Enero de 2005
 

Diario El Mundo
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Nuestra preocupación por mantener este foro cercano a la inquietud de la opinión nos sugirió desde el principio atender con atención al problema que, seguramente, sobrevuela hoy entre nosotros la conciencia colectiva. Hay una grave discusión en esta hora española, tan grave que versa precisamente sobre la propia entidad histórica de nuestra vida, y en un plano muy subordinado pero, por desgracia, más llamativo, sobre la entidad política en que nuestra convivencia se viene expresando hace siglos. Lo diré por derecho y sin ambages: los demócratas de esta nueva era venimos padeciendo un absurdo complejo frente al concepto de España, como han dicho siempre nuestros historiadores, que tiene una doble mala razón que es herencia de la dictadura y que se resume en que si para la Izquierda, la reivindicación de España o el sentimiento patriota aparece desteñido en su genuino color sentimental por al chafarrinón franquista; para la Derecha, una sugestión simétrica convierte ese elemental derecho cívico en sospechoso de franquismo. Es cierto que algún líder de la Izquierda ha podido proclamar alguna vez, desde la portada de una revista, el grotesco lema que reza “Para patriota, yo”, y que por la acera de enfrente otros provocadores paseaban en la correa del reloj la enseña nacional. Y es obvio que de ese duelo goyesco deriva el doble complejo que ha hecho de esta nación tres veces milenaria una suerte de país amilanado por la paradoja que convierte el sentimiento más primario de un ser humano en un laberinto fatal.

El otro día, sin embargo, un apretón de manos primero y una foto después parece que han supuesto un decisivo vuelco en una situación que, desde luego, había superado la ridiculez sobradamente. Los líderes de los dos grandes partidos nacionales (es decir la inmensa mayoría del país) flanqueando al Jefe del Estado: quizá los aprendices de brujo no habían contado con la eficacia de una imagen semejante, pero todo indica que, salvo que se consienta una nueva debacle moral y política, ese separatismo minoritario que ha cuestionado nuestra convivencia hasta meterle en un puño el alma a los españoles, se ha dado de bruces contra la que un vasco insigne, es decir, un gran español, Blas de Otero, llamaba ‘la inmensa mayoría’.

Al propiciar este debate a dos voces en las “Charlas de El Mundo” no pretendemos más que acercar a la opinión las razones, habitualmente, reservadas, de la política. Y lo hacemos porque nos consta, como a cualquiera, que este debate político se ha pervertido aviesamente en un falso debate histórico hasta extremos tan críticos que hemos debido oír por ahí la descerebrada invitación a que “el resto de la Península” busque un nombre apropiado, ya que Cataluña y Euskadi lo tienen de herencia, y porque –siempre desde la idea truhanesca de que la reiteración del absurdo acaba convirtiendo en certeza la falsedad—ha llegado a cuestionarse, contra un criterio historiográfico masivamente contrario, ‘la realidad histórica de España’, como diría don Américo Castro. ¡Para qué recordar a Idacio, a Orosio, a Juan de Biclaro,  al santo Agobardo, a tantos como, en plena penumbra medieval, ven ya con claridad esa entidad que cuatro chuflas pretenden negar hoy desde la osadía más ignara! Escuchemos a Isidoro de Sevilla hablar de España y situarla con precisión en el mapa “inter Africam et Galliam”, sigamos con paciencia las Crónicas, leamos los diplomas, para ver como esa línea que afirma --¡desde el siglo VIII!—la lógica de la unidad española fundada “en un mismo destino de invasión” se mantiene a través de los siglos. Un gran medievalista reputaba “extraordinaria” la visión unitaria de la realidad española que tenían por ahí fuera a pesar de las diferencias internas que dominaban aquella era fundacional, cosa que Entwistle expresó agudamente diciendo que, más allá de la “historiografía regional”, siempre estuvo patente “una entidad más amplia, España”.

¿”Las Españas”? Bueno, hace tiempo que sabemos que ese inquietante corónimo no es sino una licencia retórica de procedencia clerical, eclesiástica. Escuchen a Orosio definir a España como un triángulo entre el faro de Brigantia, en Galicia, la Narbona transpirenaica y el golfo de Cádiz. O a la Primera Crónica General de España decir que España se divide “en Galicia et en Asturias et en Portugal et en el Andaluzia et en Aragón et en Catalonia… et en las otras partidas de Espanna”. ¿Puede dudarse, seriamente, de esa “unidad moral de España” de que ha hablado algún historiador y no precisamente Menéndez Pidal? Pues por si alguien duda aún, escuchemos a don Diego de Valera en su Crónica incluir en España a “la Francia gótica que es Languedoc, Narbona, Tolosa, Castilla, León, Aragón, Navarra, Granada, Portugal”, o a Joan Margarit, el obispo historiador, establecer las lindes claras de España. ¿Tendremos que soportar aún por mucho tiempo y en silencio esta metahistoria imaginaria que pretende hacer de la Corona de Aragón un argumento imposible contra esa España histórica? No sé porque soy lego, pero en mi ignorancia tengo para mí que lo que estamos viviendo en esta postmodernidad que quiere quitar la Historia de los planes de estudio, es ni más ni menos que “regresar” al pluralismo particularista que –como explicó Ruggiero entre otros— logró superar la Edad Media. ¿Será esta otra “edad oscura”, como pretenden Eco y sus amigos? Pues ya veremos, pero el flash que el otro día alumbró la foto de “las dos Españas” que no debemos consentir que naveguen por separado, permite confiar en lo contrario. Nosotros hemos querido ofrecer a nuestros responsables políticos que expliquen en esta tribuna libre –sin menoscabo de sus diferencias legítimas, por supuesto—ese capítulo de la Historia que es el presente y ese otro, tan huidizo pero crucial, que es el futuro. Desde la Derecha, desde la Izquierda. Hay realidades que están por encima de estas legítimas opciones y la primera de ellas es nuestra propia y clara identidad.

 

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La salud se paga

 23/08/03

Diario El Mundo
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Cada día se ve más claro que el ‘Estado del Bienestar’ no sabe qué hacer con el servicio sanitario. El poder tiene sus trucos para aliviar esas situaciones, claro, como demorar de manera indefinida la atención quirúrgica, dejar sigilosamente sin asistencia nocturna a cientos de miles de ciudadanos concentrados en el litoral o, como hace poco era denunciado por los sindicatos, aliviar las famosas “listas de espera” a base de citar a los pacientes a consultas asistidas por médicos generalistas, es decir, no por el especialista que aguardaban: un fraude como una casa. Lo que de verdad le gustaría a ese Poder es liquidar un compromiso tan caro, a ser posible privatizando la asistencia hasta ahora pública, en concordancia con el modelo ultraliberal que está tan de moda, y supongo que el hecho de que en Francia el Gobierno haya renunciado, de momento, a meter las tijeras en el sistema no va a detener un proceso que embelesa lo mismo a los gobernantes conservadores que a sus rivales socialdemócratas.

No hay más que ver el recorte perpetrado en pleno verano en Alemania, donde aparte de eliminarse viejas ayudas como las que primaban los partos, se ha decidido eliminar el tradicional gasto de los desplazamiento de impedidos en taxi y dejar de pagar las lentillas salvo casos excepcionales, y algo más adelante, exigir el pago de un seguro complementario para tener derecho a prótesis dentarias. Con esa estrategia de ahorro piensa el Estado recaudar unos 14.000 millones de euros (bastante más de dos billones de las antiguas pesetas), para lo cual se ha recurrido también a un remedio sencillo: imponer al usuario un canon que variará entre 10 euros trimestrales por consultas generales, 10 por cada visita directa al especialista, otros 10 euros diarios por día de hospitalización y un 10 por ciento del precio de los medicamentos consumidos. Los socialdemócratas ya han puesto el grito en su cielo, pero no hay razón para pensar que ellos no han de mantener los duros recortes el día en que de nuevo alcancen el poder.

La novedad está en la multa que, en nombre de la equidad, se le impone a los fumadores, condenados en adelante a pagar más caro su vicio hasta compensar al Estado, según las previsiones oficiales, con unos 12.000 millones de euros. Evidentemente, ninguna de esas medidas va a conseguir detener el crecimiento exponencial del gasto médico, pero por intentarlo no ha de quedar. Ya verán qué poco tardan en Francia en volver sobre el tema, si es que antes no nos levantamos aquí cualquier día con esa providencia planeando sobre nosotros.


Antiguos y modernos

 Opinión
19/08/03

Diario El Mundo
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En una ocasión, cuando aún era presidente andaluz, Borbolla aseguró a los periodistas que los arquitectos eran un peligro. No diría yo tanto, pero es verdad que opiniones drásticas como ésa rozan, si es que no coinciden enteramente, con otras generalizadas que el hombre de la calle va ideando cuando ve lo que ve por nuestras calles y plazas. Cuando Moneo hizo el primer edificio en Sevilla, a orillas del Guadalquivir, recuerdo que me sugirió, mientras contemplábamos el panorama desde el mirador más alto de Triana, que antes de juzgarlo, dejara pasar el tiempo, que le diera ocasión a la vista y a la memoria de hacerse con la novedad y reconciliarse con la agresión que siempre supone la obra nueva. Luego construyó el aeropuerto de la EXPO o la seo de Los Ángeles dando lugar a esa broma terciada de equívoco que dice que ese maestro construye aeropuertos como mezquitas y catedrales como aeropuertos. En fin, no creo yo que la polémica levantada por el edificio que rompe con violencia el ambiente de la gran plaza abulense, condenado cuando ya la cosa tiene poco remedio por la UNESCO, vaya a conseguir gran cosa aparte de animar la decaída actualidad del verano en las redacciones de los medios. Francisco José se cargó la recoleta plazuela del Hofburg dejando levantar un edificio agresivo, aunque no tanto como ése de vidrio escandaloso con el que un genio contemporáneo hizo estallar la armonía de la plaza de la catedral vienesa. La arquitectura avanza a saltos –imaginen lo que el gótico debió suponer para la mirada románica—, pero hay un elemento nuevo en este proceso y es la especulación que robustece las promociones en la misma medida que debilita la capacidad de intervención del poder. Miren cómo el ministerio de Cultura no dice una palabra sobre el atentado de Ávila a pesar de contar con el respaldo internacional. Y consideren la presión que ejerce el criterio de modernidad en permanente conflicto con las actitudes tradicionalistas. El Guggenheim de Bilbao o el Pompidou de Paris llevan ventaja en esta contienda entre ‘antiguos’ y ‘modernos’, sobre eso no hay dudas, pero sería estupendo que el poder hiciera de árbitro discreto en defensa de un patrimonio cuyo daño podría ser irreparable si se decide ofrendar sin límites en el altar de las novedades. A lo mejor no es verdad, pero se dice de Pedro el Grande que llegó a echar para atrás hasta siete proyectos palaciegos antes de autorizar la erección de uno junto a los canales de San Petersburgo. No estaría de más que nuestros ministros y alcaldes, sin llegar a tanto, rechazaran alguno que otro de vez en cuando. El gran Marcel Duchamp decía que el peor enemigo del arte es el ‘buen gusto’. Pues depende de lo que entendamos por uno y por otro. Y, por supuesto, de qué haya de cierto en la vieja profecía de que el arte acabaría ejerciendo en estas sociedades su papel de sumiso servidor de la publicidad.


El último verano

 

 Opinión
14/08/2003

Diario El Mundo
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Cuentan que hubo un año en el siglo antepasado, el de gracia de 1816, que no tuvo prácticamente verano. Bajo un cielo encapotado o lluvioso, medio mundo, desde Europa a USA, hubo de soportar las bajas temperaturas, las precipitaciones impropias y hasta algunas nevadas fuera de estación. A Maria Shelley le pilló aquel estío en Suiza, en compañía de su marido y de lord Byron que había montado a orillas del lago Ginebra una especie parnasillo con pretensiones de academia, y parece que fue aquel clima desolado el que contribuyó a inspirar a la Shelley su “Frankenstein”. La causa de tal rareza –que hoy se achaca al vulcanismo-- nunca se supo entonces, pues mientras unos, como hoy, la achacaban a la evolución solar y hasta a la proliferación de pararrayos, otros, como el rey Luis XVIII, ordenaba a sus párrocos, tal como hoy hace el papa, elevar rogativas pidiendo la intercesión divina. Bueno, éste del 2003 no será, sin duda, “el año sin verano”, como apodaron a aquel, sino eventualmente, el año en que se descubrió que la amenaza de un fracaso global de la atmósfera no era sólo un ‘chisme ecologista’ (así lo calificó algún dirigente mundial alguna vez) sino algo real y, ciertamente, con grave sugestión apocalíptica. Imaginen, por ejemplo, qué energía habrá sido necesaria para elevar cinco grados la ingente masa de agua del Mediterráneo o, más prosaicamente, cual será, una vez cerradas las cuentas, el coste económico de tan severo estiaje. O quizá mejor, no imaginen nada, pero convengan conmigo en que, cuando llegue Septiembre, este mundo feliz y orwelliano habrá de replantearse, junto al problema que supone la quiebra clamorosa de la meteorología, qué está pasando no sólo de tejas debajo de los Ayuntamientos, Juntas o Gobiernos, sino de tejas arriba del caserío nacional y europeo en general.

No sería ni siquiera mínimamente discreto olvidar estos rigores cuando, tras el esplendor septembrino de los membrillos, lleguen los aires frescos nuncios de la vida que continúa su larga marcha. Pero tampoco lo sería correr un velo sobre la escena de ese mísero teatro de la venalidad y la ambición en que se desenvuelve la tragicomedia de nuestra vida pública. Apenas hay partido ya que se libre de responsabilidad en estas corrupciones como no hay argumentos lógicos para seguir tapándonos los oídos ante el clamor que anuncia una catástrofe planetaria si no se modera la máquina del industrialismo salvaje y rebelde. En Septiembre, sin más demora, habrá que plantear ambas evidencias, tocando a rebato a ser posible. De no hacerlo quizá la ruina democrática importaría menos que la que amenaza a la vida misma de la especie a la que este verano ha ilustrado con una metáfora colosal.


Famas parásitas

 

 Opinión
12/08/2003

Diario El Mundo
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La fama del personaje público no siempre es personal y menos aún meritoria. Es más, estamos viviendo unos tiempos en los que la actualidad entroniza constantemente a famosos vicarios, contrafiguras de personajes lanzados a la fama, a su vez, por motivos minúsculos, que viven durante un tiempo de esa popularidad sobrevenida aunque luego desaparezcan. En España es hoy cosa corriente que acaparen la tele las novias del padre de Jesulín, la exmujer de un primo de la hija natural de Pajares o la presunta secretaria de Carmina Ordóñez testigo de las sevicias que sufrió esta otra y desdichada famosa, vicaria también por ser hija de un maestro del toreo y exmujer de otro.

Hay otro tipo de famas parásitas, sin embargo, que se ven como más naturales y justificadas sin otra razón que el hecho de pertenecer los famosillos a ámbitos en  apariencia menos folclóricos de la vida pública, pero que en realidad, deben igualmente su origen y desarrollo a la luz (o a la sombra) proyectada sobre ellos por algún personaje con brillo propio. En Marbella, sin ir más lejos, hemos visto florecer en el fétido jardín municipal de Jesús Gil, a personas que han logrado considerable notoriedad en su papel de antagonistas del inhabilitado, no sin tener que soportar durante años la injuria constante del iluminador aparte de su público y olímpico desprecio. Gente como Isabel García Marcos (PSOE) o el exgilista Carlos Fernández (PA), pongo por caso, no tienen más “backcround” que la crónica de sus trifulcas con Gil a quien han puesto en la picota o llevado a los tribunales como pregonado criminal durante muchos años antes de pactar por sorpresa con él y hasta prestarse a reírle sus gracias chabacanas en algún programa de los llamados del corazón. Nuestra actualidad se ilustra con planetas sin luz propia (como la propia política, por otra parte), se ilumina con la estela escandalosa de fugaces asteroides sin otro rumbo que el que le impone la atracción de turno, a los que extrae de las ignotas profundidades del anonimato para devolverlos en su día, con idéntica indiferencia, a las tinieblas exteriores. Existe en nuestra vida pública, qué duda cabe, una grave disfunción que fabrica famas y logra confundirlas con prestigios, para acabar, generalmente, haciéndolas implosionar, dóciles a la irresistible gravitación de su íntima Nada. Hoy veo, un suponer, a la García Marcos y ni siquiera me da pena por ella ni por el partido al que ha dejado en tan incómoda evidencia, sino por cuanto su imagen significa en la irremediable banalización de nuestra vida colectiva.


La historia en las calles (y II)

 La Ría
02/08/03

Diario El Mundo
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Vaya como intermedio lúdico entre la exposición de las calles onubenses que recuerdan, aunque en plena desmemoria, a los revolucionarios del siglo XIX, de que me ocupé en la entrega anterior, un caso anecdótico que ilustra muy bien, a mi modo de ver, la fuerza del uso popular y su capacidad de confusión sobre la memoria y, en particular, sobre la toponimia. Me refiero al de la calle Ginés Martín, antiquísima vía al pie de la ancestral acrópolis que siempre fue el cabezo de San Pedro, cuya antigüedad remonta, probablemente hasta el siglo XV aunque su primera mención, como anotó Díaz Hierro, aparece en una escritura de venta fechada en 1585 ante el escribano Juan de Segura y por la que se vendían unas “casas moradas” en la calle de “Jinés Martín” (sic).

 

Quien fuera el titular de ese letrero es cosa prácticamente indescifrable, a pesar de las piruetas que hace don Diego alrededor de un sastre llamado Xinés Martín o, menos inverosímilmente, en torno a un Ginés Martín, hermano de un indiano de fortuna, Lázaro, que fue encomendero en el Perú y dispuso la creación de un patronazgo y capellanía, y que sufragaría los gastos para erigir la capilla que hoy es de N.S. de Pasión en la vieja arciprestal de San Pedro. Sin embargo, mi amiga Cinta López, posee, como resto superviviente del tesorillo admirable que tenía su abuelo don Enrique Pérez Núñez, la losa-rótulo de la calle en cuestión que reza con claridad, en bellos trazos de mayúsculas negras sobre loza blanca, “Calle de Ynés Martín”.  Y en efecto, hubo una etapa en la que el uso popular deformó la denominación genuina en esta otra, como recogiera también Díaz Hierro en su tratado sobre nuestro callejero, aunque él cree que el error no se produce hasta avanzada la segunda mitad del XIX --pues no encuentra rastro documental hasta dar con otra escritura de venta de una casa que reza “situada en la calle de Inés Martín de esta población”-- mientras que yo, por el aspecto de la loseta que conserva mi amiga Cinta, sospecho que es anterior. Absurda es, de necesidad, la hipótesis de la “Guía de Hueva” de 1901 que propone que a quien honra la calle es a un Gil Martín, alcalde de la ciudad en el periodo señorial, allá pasada la mitad del siglo XV. De manera que no hay otra alternativa que admitir con evidente que la calle se llamó siempre Ginés Martín y que fue el habla cotidiana la responsable de la mutación. El error, a pesar de todo, fue tan arraigado que, en algún momento, el Ayuntamiento picó el anzuelo del habla corrupta y colocó bajo el rótulo otro que rezaba “Antigua Calle de Inés Martín”. No es ése, en todo caso, el que posee mi amiga Cinta, que consigna exactamente lo que antes dije.

 

Un caso notable –por comenzar por esa zona onfálica, desde la perspectiva histórica,  que son los aledaños de San Pedro—es el de la calle dedicada por los onubenses a un lepero insigne, don Álvaro Alonso Barba, a quien el callejero despacha con un expeditivo “Alonso Barba”, probablemente confundiendo con un nombre lo que fue un apellido. Don Álvaro fue un personaje singularísimo, ordenado sacerdote, que nació en Lepe en 1561 (o 69) y murió no se sabe con certeza cuándo pero, al parecer, en 1653, es decir, en todo caso, a una edad avanzada para la época. Don Alonso fue un auténtico cura de almas, con independencia de su curiosidad científica y como tal ejerció de misionero en el Perú, llevando primero la parroquia de Tihuanaco y san Cristóbal y, luego, la de san Bernardo, ya en Potosí, por entonces en plena efervescencia minera. Todo indica que fue un curioso lector, aficionado a la alquimia (la química de la época, por supuesto) así como un naturalista familiarizado igual con la “Materia Médica” de Dioscórides –que por entonces comentó y reeditó el doctor Laguna, el sabio médico segoviano, picado de humanista (hasta se le atribuyó alguna vez el precioso “Viaje a Turquía”) del Emperador don Carlos—que la “Historia Natural” de Plinio, o las obras “modernas” del jesuita portugués padre Acosta (con quien tal vez coincidió en Perú) , o los conocidos tratados de Biringuccio, Agrícola y otros.

 

De su aguda observación de la vida extrajo, no obstante, el cura de Lepe su enorme experiencia mineralógica, hasta el punto de que don Julio Cejador, el minucioso historiador de la literatura, lo considera, en su obra monumental, “el más insigne de nuestros antiguos mineralogistas”, sin ninguna duda, me parece a mí, tras las huellas de Menéndez Pelayo que consideraba su obra como la más importante en ese ramo de la historia española. Esa obra clave se editó en 1640 con el título de “Arte de los metales en que se enseña el verdadero beneficio de los de oro, plata y azogue…”, y sería reeditada, ya en tiempos “ilustrados”, en 1729 y en 1770, aparte de las varias reediciones recientes, hasta un total de más de treinta ediciones, incluyendo las francesas, inglesas, alemanas, holandesas e italianas. Su principal estudioso, Rodríguez Carracido, lo tenía, junto al citado padre Acosta y al padre Bernabé Cobo, como una de las tres grandes figuras de la historia de la ciencia española, lo cual, leído con atención el vigoroso alegato de Menéndez Pelayo, no parece excesivo juicio, sino bien ponderado. Su hallazgo importante fue el descubrimiento del método llamado “del cazo y cocimiento”, que fue empleado, de hecho, en Perú por los mineros durante muchos años, al menos hasta 1790, cuando aparecieron otros más sofisticados, como el que se atribuye al barón de Bom. Gran consideración siguen dispensándole a don Álvaro actualmente historiadores como López Piñero o J.E. Muñoz, aunque resulte obligado remitir, a quien quiera conocer a don Alonso, a la “Bibliografía Mineralógica” de Maffei  y Rua Figueroa. Don Álvaro Alonso Barba, pues, sin amputaciones. ¿Tanto le costaría a nuestros munícipes rotular correctamente la calle de este onubense, lepero, insigne?

 

En la Huelva llana, Berdigón adelante, puede leerse en un rótulo el nombre “Obispo Díaz Bernal”. Se refiere al insigne obispo de Calahorra-La Calzada, don Juan Bernal Díaz de Luco (o Lugo), talento notabilísimo nacido en Huelva, aunque otra dijera él mismo (y no sería el único onubense incurso ene se pecado) y algunos contemporáneos suyos, que lo hacían natural de Sevilla. Pero si es indemostrable que naciera en Huelva por no comenzar los archivos de San Pedro hasta 1537, yo mismo he argumentado –en mi ensayo sobre el personaje que editó la Universidad onubense--  que seguramente fueron las vidriosas circunstancias de su naturaleza (fue “de subdiacono et soluta genito”, es decir, hijo de subdiácono y mujer soltera y, en consecuencia, hijo sacrílego) las que impiden resolver el enigma. En su dilatada carrera fue don Bernal –que es como le llamaban sus contemporáneos, incluyendo a sus muy amigos Ignacio de Loyola o Francisco de Borja, con quienes mantuvo intensa e interesante correspondencia—provisor de varios mitrados, hasta que halló en Toledo, junto al gran cardenal Tavera, aquel eminente príncipe del Renacimiento, un protector seguro que lo lanzó al epicospado y lo hizo Oidor del Consejo de Indias. En mi trabajo detallo su labor trascendental en el Concilio de Trento, al que asistió como miembro del “bando del Emperador”, pero aquí no hay lugar para esos detalles, como no lo hay para consignar su vasta tarea pastoral y doctrinaria, amén de la crónica de sus tristes frustaciones, primero en la propia Roma, luego en su diócesis rebelde, donde los canónigos adueñados del cabildo le amargaron, a fuerza de dineros prodigados en el entorno pontificio, la última etapa de su vida. ¿Tanto cuesta reponer el auténtico nombre en una calle? ¿Acaso sobran los obispos --¡y de semejante talla!-- en la historia onubense? La memoria del gran obispo onubense –uno de los españoles más influyentes de su época por su cercanía al Trono, por su relación estrecha con la Compañía, por su extensa fama clerical—deberían bastar para que en su tierra se honrara como es debido y no de cualquier manera a un hijo ilustre que tengo razones para pensar que debió nacer en La Placeta en tiempos de Carlos V. De Huelva, en este sentido, no se puede decir lo que el clásico decía del embrión de nuestra patria, aquello de “Castilla, que hace a sus hombres y los gasta”. En Huelva, por desgracia desde luego reparable, hoy habría que decir que ni siquiera los estrena.


La historia en las calles

 La Ría
26/07/03

Diario El Mundo
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Hace bastantes años, más de los que él y yo querríamos, el gran letrado onubense Juan José Domínguez, que hacía poco que se había independizado del bufete de Antonio Segovia, me contó una historia deslumbradora. Se trataba del incidente vivido durante la Guerra Mundial por el cónsul alemán en Huelva, Luis Klaus, a quien su Embajada, avisada a su vez por los servicios secretos de Berlín, le ordenaba avisar a la autoridad española de una circunstancia del callejero onubense que los nazis habían  descubierto precisamente en el remite de los sobres del consulado: la calle donde vivía el representante de la Alemania de Hitler lucía el  nombre de un reconocido revolucionario del siglo XIX que debía habérsele escapado a la diligencia represiva de los rebeldes franquistas y ese nombre era nada menos que el de Roque Barcia. Klaus vivía en una casa singular, aún existente, rodeada de amplio jardín allá por los altos del Matadero, al final, más o menos por el Pozo Dulce, es decir, en la misma calle Roque Barcia actual antes de que la explosión urbanística la transformara y, seguramente, nunca habría recelado de esa sombra amenazante que un nombre olvidado podía significar para el celo inquisitorial de los burócratas bien organizados de Berlín. Lo que no he llegado a saber es cómo acabó la historia, pero no me digan que no es elocuente.

 

¿Por qué habría en Huelva una calle dedicada a un revolucionario sevillano que había muerto casi tres cuartos de siglos antes, en 1885? Ésa es una pregunta que tral vez no pudiera cohonestarse de ser planteada sola, pero que en relación con otros rótulos que vamos a ver, sugieren que en Huelva se vivió políticamente con intensidad --aunque ciertamente haya quedado de ello poco rastro en las historias generales—el periodo convulso pero decisivo para la modernización española que constituye el Sexenio y la I República, es decir, el que va de 1868 a 1973, aunque, por supuesto, incluyendo los años precedente4s y los que vinieron detrás. Barcia fue, en realidad, un republicano que había crecido a la sombra de don Emilio Castelar en su periódico “La Democracia”, para acabar fundando en Cádiz, en 1864, uno propio y bien combativo llamado “El Demócrata Andaluz” que compitió en aquel clima prerrevolucionario que, desde la etapa en que sirvió de sede a las Cortes Españolas y vivió la laboriosa gestación de “la Pepa”, nuestra primera Constitución, hizo de la vieja ciudad andaluza “el faro de las libertades de Europa”. Pero la aventura gaditana de Barcia duraría apenas dos años, porque pronto lo encontramos en Isla Cristina –su casa se conserva todavía en La Redondela—desde donde, tras los graves acontecimientos del golpe de Estado del 66, optaría por exilarse en Portugal donde, tras un periodo de detención, presidiría la Junta de Exilados Españoles.

 

Pero Barcia no estaba solo ni ocioso en Lisboa ni lo había estado en Andalucía o Madrid, como lo prueba su activa participación en los preparativos de la “Gloriosa”. Al contrario, como el callejero de Huelva prueba indiciariamente, y bien sabemos por los estudios modernos (Elorza, Álvarez Junco, C. Iglesias y otros) o por los clásicos (“El proletariado militante” de Anselmo Lorenzo, la “Historia de las Clases Trabajadoras” de Fernando Garrido, también entre otros), la “Idea” revolucionaria germina en España, además de Barcelona, en Andalucía y, particularmente, en la zona gaditana, donde desde el ilusionismo fourierista de un Joaquín Abreu hasta los tristes sucesos de la Mano Negra que refirió como cronista el propio “Clarín”, pasando por la inquietante aventura internacionalista y figuras señeras como la de Fermín Salvochea, cupieron en aquellos años todas las novedades que proliferaban por la culta Europa. El prestigio revolucionario de Andalucía fue tal que nuestro Barcia fue halagado nada menos que con dieciséis ofertas de candidatura para las elecciones a Cortes, entre las que figuraban la de Lisboa pero también, significativamente, la de Huelva. Barcia, en suma, era un personaje de época, uno de aquellos revolucionarios de leyenda (el propio Salvochea que todavía durante la II República dará nombre al pueblo onubense de El Campillo, el oscuro conspirador burgués Paúl y Angulo, el Doctor Cala o Rafael Guillén de quienes ahora hablaremos también en relación con Huelva, los mentados Abreu y Garrido, Bohórquez, el médico malagueño García Viñas, “el alma de la Internacional” y tantos más) que confieren a la época ese nimbo sutil de misterio ya claramente diferenciado del “conspirador romántico” para mostrar su perfil de “agitador burgués”, por seguir la propuesta del maestro José María Jover.

 

Por eso tras su actuación en el movimiento que acaba echando de España a los Borbones, Barcia reaparece en Madrid, en plena Junta Central Revolucionaria, junto a Cristino Martos, y brujulea activamente en el entorno de Pí y Margall en busca de una embajada que jamás conseguirá, siendo, en cambio, encarcelado en la famosa prisión madrileña de El Saladero, tras ser implicado –con seguridad sin fundamento—en el magnicidio que acabó con la vida del general Prim, acusación que provocará una ardua y altisonante campaña escrita por parte de Barcia que se defendió con la natural indignación. Sin embargo, quizá la página más fuerte de la vida de quien da nombre a nuestra vieja calle, sería su actuación en el movimiento cantonalista, cuyos hilos contribuyó a mover de modo decisivo, llegando a ejercer de Jefe del Cantón de Cartagena (vea el lector la novela de Sender “Mr. Witt en el Cantón”), aventura tras la que le esperaba un nuevo exilio en Francia.

 

Barcia fue, aparte de su actividad política, un consumado etimólogo, autor del primer y utilísimo (aunque no exento de alguna excentricidad) “Diccionario General Etimológico de la Lengua Española”, así como de un pionero “Diccionario de Sinónimos” casi tan divulgado como su “Catón Político” al que puso rimbombante prólogo, en 1864, la musa difusa de don Emilio Castelar. Contaba la leyenda de Barcia que había recibido en su vida sesenta excomuniones, hipérbole que parece valleinclaniana, en verdad, pero que sin duda pertenece al mendaz acervo del anticlericalismo de la época. Barcia tuvo también su calle en Sevilla, la actual Lirios, y su decorosa estatua en Isla Cristina conde, por cierto, fue robada el año pasado.

 

Es curioso (o tal vez no, dada la ideología del autor) que don Diego Díaz Hierro no mencione nuestra calle en su obra “Las calles de Huelva”, aunque sí habla por extenso de la calle Cala y de la de Rafael Guillén. De la primera, demuestra sin lugar a dudas que el nombre primitivo era “Calleja del Tío Cala”, que caía por “la Vega Larga, inmediata a la Cruz de la calle La Palma”, y de la que hay vieja y repetida constancia en los protocolos notariales. Más alambicada, incluso funambulista, es su sugerencia de que el nombre se deba a un hijo del “Tío Cala” llamado Ramón, pues él mismo se da cuenta de que el primer documento que da fe de su existencia lleva una fecha tan inequívoca como es la de 1871 y repara en que no debe ser casualidad que esté situada junto a la consagrada a la memoria de otro revolucionario, Rafael Guillén, del que luego nos hemos de ocupar. Lo que parece obvio es que Huelva no se mantuvo ajena ni mucho menos a los movimientos e inquietudes de la agitada época, y que fue voluntad de su Ayuntamiento, como veremos, homenajear a los revolucionarios gaditanos.

 

Pero ¿quién era Cala? El doctor Cala, don Ramón de Cala y Barea, jerezano de 1854 que moriría en 1903, fue presidente de la Junta Revolucionaria de su ciudad natal y también hubo de emigrar, como Barcia, en 1866 tras la dura represión desencadenada por el golpe militar, en su caso a Francia. Y como Barcia participó febrilmente en la Septembrina, tras cuyo triunfo obtuvo acta de diputado en las decisivas Cortes del 69, sin embargo de lo cual aparece como relacionado con la insurrección federal en Andalucía –la pulsión federalista será el nervio de la izquierda andaluza occidental hasta la II República—y algo mucho más divertido: obtener plaza en la Cámara Alta ¡como senador carlista!, algo que sé bien que puede explicarse a medias pero que no deja de resultar pintoresco. Cala fue incluso redactor, junto con Díaz Quintero y algún otro  quizá, de un proyecto de Constitución Federal y alcanzó la Vicepresidencia de las Cortes Republicanas, para retirarse de la política, más que desengañado, tras la caída del régimen y el triunfo de la Restauración. Elorza lo destaca, junto a Joaquín Abreu, como símbolo de ese fourierismo de tan hondo arraigo andaluz, refiriéndose elogiosamente a su interesante estudio/encuesta “El problema de la miseria resuelto por la harmonía (sic) de los intereses humanos”, documento tan estremecedor sobre la situación de la campiña jerezana como el que en su día escribirá “Clarín”, como corresponsal de “El Día” en el juicio sobre al Mano Negra. En fin, don Ramón fue acusado también de participar en el asesinato de Prim, acusación a todas luces absurda, de la en el Diario de Sesiones debe conservar su ardiente autodefensa.

 

La calle Cala, pues, con independencia de que se llamara antes “Calleja del Tío Cala”, debió entrar en el mismo lote de homenajes revolucionarios que el Ayuntamiento de Huelva hizo a los republicanos fourieristas de Cádiz, como no escapó al propio don Diego, al comentar el caso de la calle Rafael Guillén, así denominada en abril de 1870 tras una curiosa discusión consistorial en la que a la candidatura del revolucionario, propuesta “por un grupo de vecinos” en consideración a los méritos “que todos sabemos -- decían—en todas épocas hizo Guillén a favor de la libertad”, se oponía nada menos que la de Miguel de Cervantes, circunstancia que delata de lejos una maniobra obstruccionista por parte del bando conservador. Huelva vivía de lejos pero bien cerca las pasiones nacionales, esas “esencias liberales y republicanas” de las que con indisimulado desdén habla don Diego, situándolas muy justamente, tal como hacía yo más arriba, entre el año 68 y el 74. Aunque fuera junto al lupanario, Huelva honraba  a los héroes de una leyenda todavía fuertemente romántica, dejando claro que –aunque aún no aparezca mención de ello en la historiografía—la ciudad vivió atentamente y con pasión indisimulada la efervescencia política de una época en la que, en realidad, o que se estaba cuestionando era el papel retrasado y marginal de España en Europa.


Debajo de la encina

Para Lole, Lourdes y Manolo,
recordando a su padre

 

 El Alpende
Mayo 2003

Diario El Mundo
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Una mediodía, en aquellos tiempos de “vespa” y “lambretta”, Manolo Marín me habló de un proyecto que le bullía en la cabeza desde que, unos años antes, los estudiantes de Madrid hubiéramos fracasado en el de constituir una especie de círculo cultural con el epónimo de Facanías por bandera. Hace de eso treinta años (algo más, hay que suponer) y recuerdo que Manolo sólo tenía clara una idea: la de que un pueblo necesita una voz y que esa voz no puede alzarse sólo en vísperas de Feria, como era lo propio entonces, para que la legión de poetas locales diera rienda suelta a su Musa y algunos razonantes aprovecharan para exponernos sus reflexiones. Esa generación intermedia de Manolo, que tan escépticamente había tratado de colarse por la falsa apertura del “tercio familiar” en los últimos Ayuntamientos franquistas, pretendía abrir un espacio cívico tan alejado del régimen como de las utopías más nuevas, para ellos enteramente ajenas, y fue por eso por lo que buscaron asilo en el Casino Católico, institución que, dentro de un orden, bien podía proteger un proyecto equidistante de ambos extremos.

Tiempo después me volvió a hablar Manolo de su proyecto –lo que a él se le metía en la cabeza acababa siendo realidad--, ya madurado en torno a la vieja idea de la Revista de Feria que, tras el impulso inicial de Diego Romero el Notario confeccionaba cada año, con celo y paciencia admirables, Aniceto Perea. “Facanías” salió, sin embargo, y como era de esperar, se arrimó pronto a una línea crítica, blanda si se quiere, pero que tenía el mérito de acercar ese espíritu crítico a la gente, tal vez de meter la crítica en sus casas y acabar por dar algún ánimo a una sociedad decaída. Aquellos centones de versos, tantas veces malos, eran la cobertura de unas prosas que buscaban a ciegas crear cierto estado crítico compatible con la entonces rígida censura, pero capaz de ofrecer una espita al espíritu de creciente inquietud que vivía el pueblo

No hay que olvidar lo que fueron los años 70, ni lo distante que Valverde (como la inmensa mayoría de la España profunda) quedaba de la llamada Transición, como no debe confundirse la intención de aquellos promotores de orientación moderada con cualquier otra cosa. Pero vistas las cosas desde 30 años después, hay que reconocer que “Facanías” contrajo méritos notables con el proceso que se iba produciendo a su alrededor, consolidándose como un periódico local clásico hasta que, finalmente, los jóvenes actuales lo transformaron en un órgano de crítica radical (lo que no quiere decir obcecada) y, a la vista está, en un periódico auténtico al que no solamente hay que adjudicar su papel cultural y su aportación como agente de conciencia pública, sino el mérito de haber hecho posible, por primera vez, que en Valverde se publique un periódico libre, en el que cabe todas las opiniones y nada dispuesto, a pesar de su evidente pluralidad (en su Consejo hay varios miembros del PSOE), a disimular los abusos o los fallos del poder municipal. En ese sentido, yo estoy seguro de que Manolo Marín, a su manera tan personal, no hubiera diferido mucho del “medio” que esos jóvenes han acabado por hacer, bajo la muy discreta coordinación de Manolo Romero Pérez, y que hoy, treinta años después, mantendría este mismo enfoque inobjetable de pluralismo, diversidad de criterio, libertad de expresión e independencia --¡bueno era él!—que han conseguido acreditarlo como el periódico de Valverde, dentro y fuera del pueblo.

Que “Facanías” se ha transformado de un papel localista en un medio con aspiraciones más vastas y comprometidas, duro con los abusos (recuérdense sus denuncias sobre Wenceslao y tantas otras) y fiel a su pacto de libertad, es algo incuestionable que no ha logrado ni arañar la bienpagada campaña política de los periódicos y radios de un alcalde incapaz de procurar un acercamiento en libertad ni unas dosis razonables de crítica. Hay números que se han acabado en los kioskos, los hay que se guardan como oro en paño y no falta quien los colecciona. Por algo será. Y aparte de todo, nadie negará que el periódico ha sido capaz de quemar etapas –el “Ña Ña” fue una demostración de ingenio, lamentablemente perdida--, elevando la prosa a planos muy comprometidos y soltando notas agudas como la que más. De “Facanías” han salido en cosa de un año dos periodistas acreditados ya en un diario nacional de primer nivel, varios columnistas cuasi profesionalizados, y en él han escrito cosas valiosas otros en plan “amateur”. Ahora bien, la medida del éxito popular de “Facanías” está en el miedo del alcalde y sus maniobras para rodearlo de medios subvencionados e intentar detractarlo, como es lógico sin el menor éxito, línea a línea. ¿Por qué, alcalde? ¿Por qué no arrimar esfuerzos, porqué no ahorrar dineros del común y aceptar cierto nivel tolerable de críticas legítimas que “Facanías” jamás traspasó? ¿Por qué no aceptar las denuncias demostradas –ay, Wenceslao--como tales en vez de tratar de castigar al mensajero?

Lo importante es que la obra de Manolo Marín sigue en pie treinta años después, la edad de toda una generación. Que no parece que las presiones políticas logren amedrentar a sus autores. Que la gente se la disputa, la lee, la comenta y la conserva. Y que está ahí, abierta a cualquier colaboración, incluso a la de sus detractores, cosa que, me temo, no ocurre en los medios pagados con el dinero de la caja municipal. Recordar hoy aquella mediodía de verano, cuando bajo una encima de la venta Paco, Manolo me esbozaba su sueño de hacer un periódico para Valverde, nos anima a seguir en su proyecto. Un proyecto que nadie había intentado en Valverde en toda su historia y que yo creo que puede aportar mucho todavía en el futuro que viene.


Los ocho del infierno

 La Ría
26/03/03

Diario El Mundo
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Uno de los grandes montajes propagandísticos de la dictadura franquista fue la vuelta en la primavera del 54 de los combatientes españoles que aún quedaban en la URSS como últimos testigos de la Guerra Mundial. Se trataba, obviamente, de integrantes de la División Azul o División 250 del ejército nazi que luchó en el frente ruso –entre las afueras de Leningrado y el lago Ilmen, a orillas del Volchov—en uno de los más colosales disparates militares registrados en nuestra historia, como reconocen hoy los historiadores y expertos castrenses. El fracaso de aquella unidad, heroificada aquí hasta la saciedad, fue liquidado por Franco en 1944 al ordenar su repatriación, pero hubo un grupo de 2.300 combatientes que constituyeron la llamada “Legión Azul” y al mando del coronel García Navarro permanecieron en territorio soviético, antes de acabar disolviéndose en grupúsculos erráticos alguno de los cuales acabaría, según una leyenda que tiene muchos visos de ser cierta, defendiendo la mismísima Cancillería del Reich enrolados en las asesinas SS.

En el año 54, muy diferentes ya las circunstancias internacionales, el franquismo aprovechó la repatriación de esos resistentes –no de todos: yo he encontrado no hace tanto a algunos descolgados viviendo integrados entre los kulacs de la comarca—para organizar el paradójico espectáculo triunfal de la vuelta de los derrotados, cuya primera expedición se llegaría a Barcelona el día 2 de Abril en el navío “Semíramis”, procedente de Odessa, en medio del lógico entusiasmo de familiares y un clima de exaltación profusamente apoyado por los medios adictos, es decir, por todos los que entonces había en España. El viaje mediterráneo, los primeros contactos de los repatriados desde las escalas o desde alta mar, fueron preparando a una opinión pública a la que hacía años se les venía presentando a sus protagonistas –una obra famosa llevada al cine llevaba ese título—como auténticos “Embajadores en el Infierno”, y una sensacional movilización consiguió reunir en Barcelona una multitud notable que las estimaciones oficiales calculaban en un millón de personas.

Entre telegramas, radiomensajes, gestiones diplomáticas e informes oficiales, finalmente se supo que entre los que volvían en el “Semíramis” había ocho onubenses que, como resultaba natural, habían sido dados por desaparecidos o por muertos por sus propias familias hacía años y entre los que destacaba un soldado de Almonte que se creyó perdido hasta 1946 y otros dados por muertos en sus pueblos de Ayamonte o Aracena, Riotinto, Calañas, Alájar o Santa Bárbara, estos tres últimos sin referencias concretas hasta el último momento. Todos ellos llegaron a una Huelva movilizada que había cerrado el comercio y los colegios, el 6 de Abril, procedentes de Barcelona y a bordo de un autobús, al pie del cual, como después en los actos programados, las autoridades locales escenificaron una réplica del recibimiento caluroso ofrecido en Barcelona por el capitán general Muñoz Grandes, entre las escenas emotivas que son de suponer, los conmovedores reecuentros familiares y una vasta tramoya de representaciones oficiales de todo tipo, bandas militares, organizaciones juveniles y, claro está, el cabildo en pleno presidido por el recién llegado obispo, don Pedro Cantero, aquel sacerdote que nunca ocultó su identificación con el régimen ni de palabra ni por escrito, y que acabaría integrando el triunvirato que rellenó el vacío de poder tras la muerte de Franco y hasta la llegada de la monarquía “instaurada”.

La recepción onubense tuvo lugar en la Plaza de la Merced en cuya flamante Catedral se cantó una solemne Salve para marchar luego a los Jardines del Muelle con objeto de depositar la tradicional corona de laurel ante la Cruz de los Caídos. Y finalmente, las autoridades, un gobernador, Summers, que cumplía su tercer año de mandato por aquellos días, el joven alcalde Antonio Segovia, entre otros, ofrecería una recepción y agasajo en el nuevo Ayuntamiento. La Historia, que gasta mucha ironía, hizo que el ensayo de fervor patriótico y partidista, coincidiera con las “elecciones sindicales” en las que ya apuntaban secretamente las clandestinas Comisiones Obreras, y con el fervorín ritual del pregoneo de Semana Santa, aquel año a cargo del alcalde de Moguer, Juan Gorostidi, que no era mal rapsoda. La juventud también percibía los primeros efluvios de una revolución de largo alcance, con las primeras entregas de rock que conseguían los iniciados, mientras se hablaba oscuramente de un nuevo mito llamado Elvis, y la radio oficial nos mantenía informados sobre las inquisiciones americanas del macarthysmo cuyas víctimas –desde Chaplin a Orson Welles pasando por Bercht y Thomas Mann, entre tantas otras—nos presentaba la propaganda como agentes del comunismo internacional.

Pero Huelva quedaba lejos de todo aquello. La ciudad que poco más de una década antes había perdido, según los historiadores más recientes, no menos de 5.500 ciudadanos en el ominoso ajuste de cuentas de la represión, trataba de rehacerse sin prisas, superado el gigantesco susto, pendiente de los triunfos del Madrid y de las hazañas de Bahamontes, cuya leyenda contaba que, tras superar los picos más tremendos del Tour, se paraba en el descenso a tomar un helado… El cine –más de 200 películas se estrenaban en Huelva al año—oscilaba entre “Marcelino Pan y Vino” y “La Strada” de Fellini, y las muchachas ayunaban dentro de un orden para marcar sus clavículas casi invisibles como aquella Audrey Hepburn que aquel mismo año ganaba el Oscar por “Vacaciones en Roma”. Como aquel montaje de los repatriados pudo de relieve, el Régimen comenzaba a esclerotizarse, encerrado en sí mismo y sus mitologías, mientras por la calle corrían inevitablemente vientos que traían olores y sonidos nuevos. Francisco Zarza, Antonio Peláez, José Vázquez, Enrique González, Juan Franco, José Barrios, Ramón López o Bartolomé Lazo, los ocho onubenses perdidos en la estepa, encontraban una Huelva que ya no era la que un día dejaron . En una década larga, seguro que apenas si la reconocerían.


La tragedia del Cabezo

 La Ría
15/03/03

Diario El Mundo
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Es admirable la precisión con que los viajeros clásicos describen a Onuba Estuaria, poblamiento que hallan a levante, al fondo de una anchurosa ría, extendido al pie de una media luna de cabezos o eminencias de arcillas y gravas obra precisamente de la acumulación provocada por la acción marina o fluvial. No hace tanto tiempo esa media luna –con el islote del cabeza de San Pedro o del Castillo, y las estribaciones en que, desde La Joya y el Conquero, termina la larga sierpecilla que ha sido siempre la espalda de la ciudad—era aún más visible que ahora y, en algunos casos, permitía ver la forma específica del trogloditismo onubense, tan peculiar, que excavaba habitaciones en el barro tras la medianera de fondo de la casa para prolongarla no poco temerariamente, como era el caso del Chorrito Chico, el ámbito poético de Villa Rosa, confuso y travieso, pintoresco y lamentable también, como supo Cernuda por experiencia propia.

La existencia de esos cabezos fue siempre una amenaza que no dejan de reseñar otros viajeros más recientes, pero que en la ciudad, la costumbre no permitía ver con suficiente perspectiva. El Cabezo de San Pedro, aislado en el centro y sede del desaparecido Castillo ducal, era uno de esos puntos negros en los que una previsión adecuada debería haber hecho pensar a la autoridad en los riesgos que entrañaba mantener viviendas construidas bajo taludes y hasta salientes de los cabezos, y de hecho, si no recuerdo mal, ya un Corpus desdichado –aquel en que el toro mató a Rafael Carbonell en nuestra Plaza de Toros de la Merced—, el 17 de Junio del 54, había habido un desplome de cierta envergadura que, de momento, no he podido documentar por faltarle inexplicablemente a la reciente edición digital del periódico local que ha hecho la Diputación los decisivos ejemplares correspondientes a esos días.

La mañana del miércoles 12 de septiembre del 56 amaneció espléndida, como correspondía a esos otoños veraniegos que en Huelva, como aquel día, mantienen aún las máximas por encima de los 30 grados y la media más arriba de los 25. Sin embargo, nada más despuntar el sol, un grave desprendimiento de tierras en el cabezo de San Pedro, en su vertiente a la calle Aragón, sorprendería a los habitantes de ocho viviendas, especialmente a los que se hallaban en la parte trasera de éstas situadas bajo un saliente del cabezo, en dos alturas que contenían cuatro pisos altos y cuatro bajos. En el brusco despertar de la ciudad de aquella mañana de rumores, las cifras de víctimas se disparaban y encogían mientras en la tremenda escena se iban personando, primero las asistencias policiales y una representación religiosa encabezada por el viejo deán de la Catedral don Julio Guzmán al que asistía un joven don Juan de la Rosa, junto a brigadas de obreros municipales que, bajo la autoridad del Gobernador en persona procedían a los primeros trabajos de desescombro y rescate de las víctimas. Muchas horas más tardes, una vez formalizada en el Hospital Provincial la capilla ardiente, se supo que el luctuoso balance era de 17 fallecidos y diez vecinos heridos, de los cuales cinco presentaban lesiones de carácter grave.

Los trabajos continuaron durante todo el día, en medio de un desfile de autoridades y una muchedumbre consternada, y fueron descubriendo horrorosas escenas, como es natural, pues el desplome había sorprendido aún dormidas a no pocas de las víctimas, algunas de las cuales aparecieron en actitudes de clara e inútil protección de sus hijos. Huelva estaba de luto, como decía el periódico y relataba “Flery” en sus páginas, y a duras penas podía la fuerza pública –en la calle Aragón estuvieron dotaciones de todos los cuerpos, incluidos los soldados del Regimiento de Granada número 34, entonces y hasta su desaparición de guarnición en Huelva, bajo el mando directo del Gobernador Militar, coronel Jalón—la avalancha de “voluntarios” que se presentaban en el lugar de la catástrofe. El Gobernador Civil, Valencia Remón, coordinaba, por su parte, aquel enjambre de trabajadores y ciudadanos, servicios de Cruz Roja que repartía alimentos y bebidas a todos ellos, y la escasa dotación de bomberos entonces existentes –no había llegado aún la hora de nuestros bomberos expertos y perros adiestrados—junto a la aglomeración de familiares y amigos de las víctimas. Un albañil resultó gravemente herido, para colmo de males, al desplomarse sobre él el techo de la vivienda en la que trabajaba y un voluntario sufriría quemaduras de importancia al estallar una cocinilla de petróleo, tan frecuentes en la época, mientras se iban recogiendo enseres –bajo los escombros los trabajadores irían recuperando hasta siete mil pesetas en billetes y monedas—y nuevas escenas de horror eran descubiertas y pasaban de inmediato a recorrer de boca en boca una opinión traspasada por una consternación pocas veces igualada en nuestra ciudad.

Aquel día hubo de suspenderse en Huelva la conferencia que iba a desarrollar don José María Pemán en el centenario de Menéndez Pelayo, como bien recordará José María Segovia, joven cónsul pemaniano en nuestra ciudad, cuyo hermano Antonio, alcalde de la capital se multiplicaría en aquella jornada trágica justamente cuando en la propia familia había de celebrarse un acontecimiento íntimo. Será difícil recordar, en efecto, una ocasión tan sincera y apretada como la que constituyó el entierro colectivo celebrado al día siguiente a la una de la tarde, y al que asistieron más de 30.000 personas, es decir, más de la mitad de los onubenses de la capital más muchos acompañantes venidos de la provincia. Las banderas a media asta, el comercio cerrado a cal y canto, el trajín callejero que demostraba el sentimiento popular serían inolvidables para los que vivieron aquella negra hora onubense, y los pésames se acumulaban en los despachos oficiales, junto a uno de los cuales se recibió una petición de informe urgente del Gobierno sobre las causas y consecuencias de la tragedia. No sonaron cohetes como era lo habitual, aquella tarde al conocerse que Litri había triunfado, en unión de Ordóñez, en la plaza de Albacete ni el desconcierto ciudadano cesó más que poco a poco, a medida que los días alejaban la noticia y desde Madrid llegaban las primeras ayudas para los damnificados, unas 10.000 pesetas de donativo para ajuar y mobiliario, más 7.000 que era lo que costaba en aquel entonces la entrada de una vivienda en una barriada de nueva construcción, concretamente la llamada “Caudillo de España”. Otras instituciones consiguieron unir a esas ayudas las procedentes de la suscripción espontánea que las autoridades convocaron y entre las que figuraba una partida de cuatro mil pesetas por persona destinadas a la urgente reposición del vestuario perdido bajo los escombros.

Los cabezos continuaron encima de muchas viviendas después de aquel día, pero tras la amarga experiencia una nueva y más prudente ordenación del territorio estaba decidida. Medio siglo después esa obra está concluida –no siempre con gran acierto estético, todo hay que decirlo—y los cabezos han ido poblándose de viviendas privilegiadas que gozan desde su alto emplazamiento de una vista de excepcional belleza. Tampoco hay ya ciudadanos expuestos en zonas peligrosas, como es natural, en una ciudad que se ha transformado tan radicalmente y no sólo por su forzada extensión territorial. A tan larga distancia sólo queda recordar aquel despertar de pesadilla que fue el derrumbe del cabezo de san Pedro sobre la calle Aragón, a la altura del número 12, donde hoy nada recuerda, por fortuna, una conmoción que sirvió para poner de relieve el sentimiento de comunidad con que Huelva vivía sus cosas cuando llegaba la ocasión. Alguna vez me ha dicho aquel brillante alcalde, Antonio Segovia, que aquel 12 de Septiembre fue el peor día de su vida. Lo fue, posiblemente, para muchos ciudadanos de Huelva que no tenían, como él, el peso de la responsabilidad. Y puestos a citar, recuerdo que decía Jesús Arcensio, el poeta, que él no reconocía a Huelva a fondo más que cuando la veía llorar. Aquellos días en que él también mandó cerrar su cabaret, seguro que reconoció la cara trágica de la ciudad que no se veía ya, al menos en público, desde hacía cosa de veinte años.


El club de los selectos

 La Ría
28/02/03

Diario El Mundo
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Un cuarto de siglo de autonomía no nos habrá servido para eso que los profesionales de la política llaman “ahondar en la identidad” pero sí para acrisolar los tópicos que ya informaban nuestra actitud menos crítica (o más, según se mire). Y entre ellos, la peregrina y panglossiana idea de que Andalucía es lo mejor de los mundos, el país de las maravillas que se esconde tras el espejo, el edén prometido donde la piedra mana leche y miel, las gentes se divierten como en ningún otro lugar del planeta y la naturaleza prodiga a sus afortunados hijos toda clase de beneficios. Un camarero amigo mío, que a diario me ameniza el desayuno con sus teorías, sostiene que es tal la ventaja de esta tierra bendita, que él no concibe siquiera la existencia fuera de ella, perspectiva que, en definitiva, no difiere gran cosa –o quizá es que le debe mucho—de la versión oficial que machaconamente repite hace años la propaganda autonómica. Pero lo de mi camarero tiene su explicación, se comprende, en cierto infundio del criterio, que por lo demás, es moneda corriente un poco por todas partes. Más me sorprende escuchar a un sociólogo acreditado, al que de antiguo profeso respeto por su trabajo, decir las cosas que le ha dicho aquí mismo hace unos días a Javier Caraballo el director del Instituto de Estudios Sociales de Andalucía, Manuel Pérez Yruela, y entre ellas ésa tan pintoresca de que , dado que en cualquier situación de competencia, alguien tiene que ir el último, tampoco es grave que Andalucía arrastre una y otra vez el farolillo rojo dado que vamos en el tren de los mejores o, como dice él exactamente, en “el club de los selectos”.

Bien, pero ¿de verdad somos los andaluces tan afortunados en nuestra descolgada posición a la cola de España y Europa? Una aplastante mayoría de informes expertos dicen que no, pero Yruela explica eso diciendo que los demás ofrecen “una visión alarmista” de la realidad que contrasta, de eso no hay duda, con la mirada mucho más amable que en su condición de áulico de San Telmo, él suministra regularmente – y que Dios le conserve el negocio—al presidente de esta Arcadia feliz. De hecho, el mismo ejemplo que él pone explicaría esta inopia colectiva en que, al margen del trabajo forzoso, parecemos instalados: Canal Sur. ¿”Acaso hay alguna televisión diferente”?, se pregunta él mismo como si no fuera obvio que sí, que la hay, y tanto que la hay, y que la bazofia y la inopia misma no son sino instrumentos alienantes del sistema político. ¡Pues