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La España probable
 
Viernes 11 de Noviembre de 2005
 El Mundo
Diario El Mundo
En el descoyuntado debate sobre eso que se llama el “modelo territorial”, que estamos soportando esta temporada, hemos oído, junto a improvisadas mistificaciones y algunas payasadas, no pocos conceptos alarmantes. El último, que reclamaría esas dos calificaciones, es la idea lanzada por el presidente Maragall de que España –el estado-nación más viejo viejo mundo-- es una realidad política constituida “por tres naciones seguras y alguna probable”. Es verdad que tan colosal disparate no abre, precisamente, un festival del absurdo en el que ya hemos vivido una falsificación de la razón histórica tan desenfrenada que la sorpresa resulta poco probable. ¿Acaso no hemos escuchado al Consejo de Europa argumentar a favor de la “inmersión lingüística” catalana haciendo suya la peregrina apropiación nacionalista de la Corona de Aragón? Alguien subrayaba hace poco la inconsecuencia que subyace bajo un conflicto como el desatado en torno a aquella guerra lingüística, recordando que, en sus mil años de existencia, el español no había sido cuestionado con beligerancia hasta la República y tras la muerte de Franco. Pero mirar desde estas perspectivas el conflicto que padece España como consecuencia del chantaje nacionalista quizá no resulte del todo apropiado, porque tanto ahora como en la circunstancia republicana, cuando se cuestionan obviedades tales como la identidad o el derecho a usar la lengua vernácula, lo que en realidad se busca es quebrar el hecho histórico innegable de la realidad de España, sustituyendo artificialmente el modelo territorial consagrado por el tiempo.

Un enorme equívoco ha servido bien --bajo la Dictadura, en la Transición y ya en la Democracia-- los intereses del secesionismo pleno o relativo, y es éste: que la defensa, incluso la tesis, de la realidad histórica de España, como diría don Américo Castro, no es más que un reflejo conservador y, en su caso, fascista, mientras que su cuestionamiento o el reclamo abierto de su quiebra sería lo propio de la mentalidad de progreso. Diría incluso, si se me permite el ejercicio proudhoniano, que la miseria de la propia alternativa nacionalista –“tres naciones seguras y una probable”, imagínense-- revela sin remedio, desde una perspectiva crítica, cuánto tiene ella misma de “alternativa de la miseria”. Pero no perdamos más tiempo, si es posible; limitémonos a postular esta otra evidencia: que so capa de una legítima reforma estatutaria lo que anda buscando, desde que llegó el nuevo Gobierno, es romper el decisivo pacto nacional –en mi opinión no poco fortuito y, por eso, afortunado—que, entre el miedo y la razón, lograron muñir a la salida del túnel. Podemos perdernos en los meandros del laberinto pero la realidad es tan sencilla como que esta crisis nacional se debe a la debilidad del Gobierno que busca conseguir con sus concesiones al ultranacionalismo dos objetivos clave: mantenerse él mismo en el Poder y constituir una mayoría estable –al estilo de la intentada por el “arquitecto de Bush”, aunque bajo otro zodiaco simbólico—a costa de la destrucción, a ser posible definitiva, de la oposición conservadora.

Habrá pocos personajes que puedan escapar de ese Minotauro sin necesidad siquiera del hilo de Ariadna, pero entre ellos está, sin duda posible, Jaime Mayor Oreja, aquel ministro que en las encuestas “cualitativas” polarizaba simpatías de todos los azimuts políticos bajo la sugestión del “hombre tranquilo”, y frente al que, como inevitable consecuencia, se levantó con premeditación y alevosía una leyenda negra que pretendía entronizarlo como ideólogo del “frentismo” contra la locura disgregadora. Ya resulta extravagante que en un país se tilde despectivamente una actitud política con el dictado de “constitucionalista” pero eso es lo que aquí hubo de soportar –y no sólo por parte de los ultranacionalistas, que es lo peor—este personaje que logró salir intacto de los sondeos de opinión aunque no sobreviviera íntegramente al disparate político. Quien hoy nos va a hablar fue acaso el responsable de seguridad más fiable que los españoles han tenido en democracia y él fue también quien consiguió para ese “frente constitucionalista”, por la banda que le correspondía, los mejores resultados jamás obtenidos frente al designio antihistórico de la histeria nacionalista, en una elección vasca. Ahí terminó la aventura, sin embargo, al menos para quienes mirábamos al futuro confiados, a través de esa atrevida lente suya que hacía converger las energías generales, como un espejo ustorio, en el interés colectivo que hace tiempo que unos pocos tratan de destruir. Mayor Oreja conoce como nadie ese mundo, maneja como pocos sus razones, traspasa su deplorable mitomanía, desmonta sus trucos y, en definitiva, tal vez sea el mejor activo de que disponga la esperanza superviviente que aún vislumbra la posibilidad de que este mal sueño no sea sino una pesadilla pasajera.

Se habla estos días sin reposo de Azaña, de Ortega, ¡hasta de Azorín!, unos en busca de razones para calmar el seísmo, en procura de argumentos para reactivarlo, otros. Está bien, por eso mismo, que un testigo de excepción nos descifre la crónica de esa guerra sucia, y mejor aún que quien forma parte de esa Historia nos muestre por dentro el detalle de esa hegeliana “razón del tiempo”. No hay modo de separar Historia y Política, por supuesto, bien lo sabemos desde Herodoto. Cuando se está pervirtiendo en las escuelas, a la sombra del propio Poder, esa historia y esas razones, viene a ser incluso imprescindible, por eso mismo, el intento de separarlas con respetuosa verdad. No estamos donde estamos por azar, ni siquiera porque ZP no pueda ser presidente sin el rodrigón de los adversarios de esa Historia. Hemos llegado a este punto, en buena medida, por haber descuidado la ruta, por no advertir con atención las vueltas y revueltas por las ha campado a sus anchas el río que nos lleva. Deduzco por el título de esta “Charla” que nuestro excepcional invitado habrá de iluminarnos en lo posible los recovecos del dédalo. El conocimiento es el requisito inevitable de la solución. Pero en último término es también el combustible que ha de suministrar la energía moral a todo combatiente. Porque estamos en una lucha, en una guerra desarmada pero fatal en la que se juega, efectivamente, la identidad de todos. No la imaginaria surgida de la leyenda sino la certificada por el tiempo. Justo la que pretenden arrebatarnos, disfrazados de libertadores, esos monterillas míticos que Mayor conoce como nadie.

 
La conquista de la tele
 
Viernes 29 de Abril de 2005
 El Mundo
 
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Hay al menos un punto en que los sociólogos de la comunicación –y los del conocimiento en general—, desde Mac Donnald o Bell a Bourdieu y Vidal Beneyto, están hoy plenamente de acuerdo: la relación entre el Poder y los “mass media” es un rasgo característico de la ‘sociedad medial’, un rasgo de cuyo perfil depende la índole del montaje político y, en consecuencia, la virtualidad del propio sistema de libertades. La irrupción de la comunicación audiovisual ha trastornado sin remedio la conciencia pública tradicional evidenciando que el control social efectivo, el auténtico poder de influencia que pone la Libertad en manos del Poder, no reside ya en las instituciones y sus instrumentos de influenciación sino en el imperio de unos “medios” cuya creciente acuidad está aumentando exponencialmente su capacidad persuasiva. Los viejos políticos, las fuerza antiguas, disponían todo lo más de un periódico, vehículo “doméstico” en el sentido de que circulaba sólo entre los propios convencidos y también de que había de ejercer su persuasión sin otro recurso que su capacidad dialéctica. En la sociedad medial, en el planeta inmerso fatalmente en el mensaje, en un modo de convivencia sometido voluntariamente a la comunión racional pero también subliminal con el Poder, hace tiempo que sabemos que la famosa “integración” de que hablaban los funciolistas no es, en altísima medida, más que el efecto de la tiranía doméstica de los medios audiovisuales. Una sociedad que confiesa ver la tele más de cuatro horas diarias, una infancia perdida y una adolescencia desnortada que miran al receptor hipnotizadas como el pájaro a la serpiente, se someten a la dictadura que el mercado ejerce sobre ellas a través de esa potencia desconocida en épocas menos dotadas, seguramente, pero también menos sometidas.

La experiencia demuestra, por lo demás, un poco en todas las democracias –y por descontado en las dictaduras—que la inevitable tentación absolutista del Poder conduce inexorablemente a la búsqueda del monopolio mediático. Goebbels fue quizá un precursor diligente pero no podía ni imaginar el concurso que a su implacable proyecto de control social (es decir, político) habría de prestar la alianza más o menos discreta entre el Poder y un negocio que, como es lógico, persigue, apoyado en aquel y como contraprestación por sus imprescindibles servicios, nada menos que el monopolio de la comunicación. Miren a nuestro alrededor y vean lo que está ocurriendo en esta España que ha recorrido ya un largo trecho entre el primer y discutido reparto de emisoras de FM y la reciente orgía de las televisiones locales, claramente vinculadas a partidos o grupos de presión cuando no a imaginarios “emprendedores” que hacen de intermediarios en un negocio bajo el que subyace otro de mucho más calado: el del secuestro efectivo de la conciencia pública. Desde el “palancazo” –aquella gratuita concesión de la primera licencia de TV privada o “de pago”-- hasta el desconcierto en que el actual Gobierno ha sumido al país tras prometer el arreglo de la tele pública y la reordenación del espacio audiovisual a través de la revolución digital, han ocurrido tantas cosas que no será necesario subrayar ni las dudosas causas ni los perniciosos efectos. Y no se olvide que en medio de esta historia han campeado los nuevos conservadores, críticos tan feroces de los manejos socialdemócratas como pasivos cómplices de aquellos, durante ocho años, con una extravagante política de comunicación cuyas causas y razones, el propio Rajoy, vicepresidente durante esa etapa crucial, reconocía en esta misma tribuna, desconocer.

Carlotti –el gran ejecutivo que hoy nos acompaña—ha explicado con claridad al Senado que la concesión de nuevas licencias de emisoras analógicas en pleno proyecto de conversión digital y más a quien monopoliza la televisión de pago, no sólo no favorece sino que impide de modo decisivo el pluralismo que todos predican y ninguno respeta cuando le llega el turno. Pero el Gobierno no es en este terreno, justo por las razones que venimos enunciando, lo libre que puede creer el ciudadano ingenuo. Al contrario: ahí está la decisión de ZP, adoptada por sorpresa y sin diálogo alguno a finales del 2004, de reformar la normativa que afecta a la televisión, para probarlo. Poco pudo su compromiso expreso de no realizar iniciativa alguna en materia audiovisual antes de arreglar decorosamente la mediocre y prohibitiva tele pública. Sus ministros y él mismo no ocultan su intención de conceder licencia al actual monopolio ‘de pago’ para que, sin aguardar a la revolución digital, pueda emitir “en abierto”. Y no hace más que un par de días un ministro de Franco resellado por la Democracia exigía en público ese trato privilegiado para su patrón que no era otro que el que domina a placer esa TV de pago. Y es que la Democracia es ya, tal vez sin remedio, rehén del Poder --¡a ver qué van a contarnos sobre el particular en Andalucía!—y sus manijeros saben que han de contar con una clientela de ‘medios’ adictos para conseguir el control social que comienza en la sugestión electoralista y remata en el control arbitrario del gusto, de las costumbres, de la opinión y la conciencia, en suma. Ningún Poder quiere pluralismo y ninguno lo apoya si puede evitarlo. La aventura de Berlusconi –que Carlotti, este utopista de vuelta del “paraíso feliz”, conoce como pocos—lo demuestra e ilustra. La que vivimos en España también. Y la que se avecina, mucho me temo que más aún. La reordenación del espacio audiovisual no es un problema que concierna a la tecnología sino a la política. A ZP se lo han explicado así y todo indica que lo ha entendido divinamente.

La corbata de Savater

Martes 5 de Abril de 2005
 El Mundo
 

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El filósofo Fernando Savater es gran aficionado a las carreras de caballos. Quizá por eso se presentó a la sexta Charla de El Mundo”, celebrada en el auditorio del Hotel Macarena, con su corbata del derby, caballos playeros sobre un fondo rosa de atardeceres sanluqueños, para hablarle a una muchedumbre visiblemente conectada por su excepcional empatía sobre un tema de grave actualidad: las relaciones entre educación y democracia. Se nota cuando el público es predominantemente joven, cuando hay en él un fuerte contingente de “connaiseurs” (en este caso, de enseñantes de todos los niveles) y, en especial, cuando quien va a hablar cuenta de antemano con la confianza y cercanía del auditorio. Y el lunes se notó todo eso.

Sostiene Savater tesis nada complacientes sobre la decadencia de la pedagogía, es decir, contra el irresponsable fracaso de los poderes públicos, pero también de las instancias privadas, tan decisivas como la propia familia y, más en general, de eso que se llama “comunidad educativa”. ¿Una enseñanza amable, una ilustración lúdica? Frente a ese tópico tenazmente sostenido por tantos falsos profetas, Savater defiende, sobre las huellas de Aristóteles, que la educación es la primera experiencia de gobierno, que su papel “socializador” sólo cobra sentido en democracia –un sistema complejo cuyas reglas han de ser aprendidas—mientras que resulta inútil bajo la tiranía y que, en definitiva, por eso mismo y por la alta consideración que en el sistema de libertades se concede al individuo, “toda educación es educación de príncipes”.

Siempre sobre filo atrayente de la paradoja, el filósofo va desgranando su filípica ante un público visiblemente cómplice. El ciudadano ideal debe “participar” más que “pertenecer”, debe afirmarse con su propia aportación más que abullonarse en lo que Niestzche llamaba el “calor de establo”: una pedagogía razonable no debe tender a reforzar la “pertenencia” sino a “preparar para lo desconocido”, a iniciar al “mystes” que es todo educando en los arcanos racionales de la convivencia. Y claro está –a estas alturas, la parroquia profesoral vibraba ya como un campanón bien templado--, la educación ha de ser inevitablemente coactiva, sin rastro de guiños al neófito, subida en la convicción de que no hay conocimiento sin esfuerzo ni varas mágicas para insuflar saberes en el patio del recreo. Toda educación frustra, dijo Savater, ya sin asomo de ironía, tensando el arco certero de su insobornable sinceridad: frustra para potenciar libertades mayores, pero frustra, y volvió a evocar al Estagirita: “todos hemos sido frustrados”.

La verdad es que a la dudosa sombra del nuevo proyecto de ley educativa, la palabra de Savater resonaba como un trallazo. Se equivoca el maestro complaciente, falla la familia clueca en su afán por preservar al aprendiz de su fatal necesidad de aprender. ¿”Enseñar deleitando”?, como decían los ‘ilustrados’? Bueno, eso son palabras, miel sobre hojuelas, pero la realidad es otra bien distinta. La educación es tarea y derecho de todos –no sólo de los padres, ni del Poder-- porque a todos concierne el éxito del aprendizaje o su fracaso. Pero a esas alturas, el público –el del lunes fue auténtico y amable gentío—estaba ya entregado al filósofo, pendiente de su gesto persuasivo, embriagado con el vino sutil de su ironía. Lord Keynes, Woody Allen, John K. Galbraith, Nietszche, Aristóteles, juntos pero no revueltos, ilustraban la sabia charla del filósofo que en la corbata, sobre el arrebol sanluqueño como tomado de un atardecer de Turner, lucía repetidas las siluetas de sus caballos playeros. La gente estaba encantada. Y entre ella, “los que tiene que enseñar” mostraban su satisfacción terciada de amargura.
Ejemplo y lección de Savater

Domingo 3 de Abril de 2005
 El Mundo
 

Diario El Mundo
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En España hay no poca gente que puede decir con verdad que padeció la sorda guerra contra la dictadura de Franco. También la hay que la está padeciendo ahora en alguno de nuestros frentes abiertos, pero sobre todo en el que aflige al País Vasco. Hay mucha menos, sin embargo, que haya estado en las dos contiendas, es decir, que haya debido continuar en esta otra lucha en democracia tras haber sufrido su dura pelea bajo la tiranía. Y uno de esos españoles es Fernando Savater, personalidad indomable, a quien desde que lo descubriéramos estupefactos en aquel breve “Nihilismo y acción” no hemos dejado de admirar muchos de nosotros en su continuo testimonio de entereza moral y en su progreso intelectual.

Es posible que el encanto de Savater deba bastante al hecho de su espléndida imaginación literaria en un país en el que, a mi entender, no sobran hace tiempo los buenos escritores. La elegancia de su prosa, la contundencia de su estilo, su capacidad sofística (en el buen sentido, que es el suyo), lo colocaron hace mucho en cabeza de una generación que no ha necesitado, como las nuevas, descubrir jugándose la vida al Savater valeroso que nos ha proporcionado a los españoles tan alto ejemplo de entereza al tiempo que nos descubría amplias perspectivas intelectuales. Pero lo que posiblemente constituye la más admirable paradoja de este personaje excepcional es la rara manera con que ha sido capaz de mantenerse tantos años en lucha abierta contra esto y aquello separando radicalmente la actitud ética del compromiso político, o no sé si decir que uniéndolos en una fórmula magistral con la que ha desconcertado a mucha gente, en especial en el ámbito académico y en esa zona pantanosa donde se mueve el propósito político.

Cierto que un ironista como él se complace en confundir al tiempo que aviva la lámpara para iluminar, y más cierto todavía que su propuesta entre nihilista y epicúrea –todo eso de la “ética de la buena vida” y el elogio del “amor propio”—debe resultar más cautivadora que convincente en este país de cabreros, que es como lo veía hace años Gil de Biedma, y lo seguimos viendo acaso hoy en no pocas ocasiones. De lo que no tengo ninguna duda es de que los admiradores de Fernando Savater, esa legión de todas las edades que lee lo mismo sus reflexiones sobre los cuentos de nuestra infancia que sus revisiones sobre Niestzche, saben apreciar lo que vale ese compromiso moral supremo que hay bajo la apariencia de jovialidad que es uno de sus encantos más irresistibles. Todos estos años venimos viendo a este hombre que hoy está con nosotros, enfrentado con serenidad y valor a la amenaza de esos matones absolutamente incapaces de comprender la intensísima relación sentimental de Savater con Euskadi y ni por asomo capaces de apreciar el sentido de su postura pacífica y de su propuesta integradora. Pero eso, que tanto nos preocupa y asusta a los demás, a él no parece hacerle tanta mella como la barbarie misma ni preocuparle tanto como el previsible efecto de la locura terrorista sobre nuestra vida colectiva.

Novedad para las nuevas generaciones, no lo es, desde luego, para los que ya lo vimos mantenerse erguido frente al viejo terror, sin permitirse siquiera la licencia de la ociosidad intelectual que tantos otros han reclamado a cambio del riesgo. Estos mismos días hemos podido leer una sugerente novela suya, como hace poco la teníamos de repasar, recogidos como libro, los artículos brillantes que Fernando ha escrito entre concentración y concentración, viviendo en auténtica libertad vigilada, como ajeno al vocerío caníbal, enteramente sordo a las amenazas e indiferente frente a las insidias, que no han faltado. Se pueden contar con los dedos de una mano los españoles como Savater, y sobrarían dedos, por supuesto, si lo que intentáramos contar fueran intelectuales españoles de semejante estatura ética. Por eso nos interesa tanto escuchar su lección sobre educación y democracia. Y por eso también le agradecemos, junto a su esfuerzo por estar hoy con nosotros en Sevilla, el alto ejemplo ético que implica su coraje y su valor para pensar libremente en cualquier situación.

 

Miedo al cuerpo

Jueves 24 de Marzo de 2005
 El Mundo
 

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Discuten en Francia por una publicidad basada en el cuerpo masculino que algunos ciudadanos y la ministra de la Paridad (no se pierdan el solecismo organigrámico), consideran inadecuada. Ante la imagen de un varón pisado por un tacón femenino se ha clamado por el “respeto a la persona humana”. Frente a un hombre con unas braguitas en la nariz, el organismo controlador de la publicidad ha manifestado no estar dispuesto a someterse a los dictados del “porno chic”. Y en fin, unos calzoncillos con encajes bajo el sugerente lema “enrojecer de placer”, han disparado todas las alarmas. Llevamos siglos halando del cuerpo de acá para allá, tapando con “braghetoni” los cuerpos celestes de la Sixtina, temiendo que el mero y mixto imperio de la carne haga que se venga abajo nuestro planeta moral. Un sabio como Ruskin hubo de inventarse a mediados del XIX una hoguera inquisitorial para salvar los dibujos eróticos de Turner, nefandos para los victorianos. Pero no siempre hubo tanta suerte. La criminalización del cuerpo constituye una de las más señeras hipocresías de la Humanidad pero la verdad es que, desde la Edad Media para acá, nadie ha podido con él. Estos mismos días se  ha visto en Internet un estudio del Congreso americano en el que se afirma que “tocar los genitales de una persona provoca embarazo” (sic) o que “el sexo fuera del matrimonio produce cáncer” (sic también), al margen de establecer la doctrina de que, al menos en la América de Bush, si un padre entrega su hija a un hombre es para que la proteja de por vida y desde el presupuesto de que la entregada habrá de ser vitaliciamente fiel a su protector. El cuerpo es un peligro. En eso coinciden todos, sin problemas, desde Pablo de Tarso a Bush.

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Nuestro humanismo se orienta al cuerpo mucho más que al alma y más al varón que a la hembra. Siempre será mucho más fuerte la reacción cívica y la política frente a la injuria racista que contra la explotación. La exhibición del cuerpo hace indefectiblemente más ruido que el abuso que el retratado pueda estar soportando en sus carnes. A Bush, mismamente, le quita el sueño que sus yanquis anden tocándose los genitales pero duerme a pierna suelta después del bombardeo, porque el cuerpo que cuenta moralmente es el cuerpo ‘quiescente’ --como explicó Laín y mostró Rembrandt-- y no el vivo que tiene derechos y obligaciones. Con motivo de la exposición “Picasso erótico” que montaron en ‘L’Orangerie’ algún crítico habló de la obsesión sexual de Picasso. No he escuchado a ninguno, sin embargo, referirse a la de Bush o a la de esos congresistas a los que preocupa más un revolcón en el auto que una sesión de picana en Guantánamo. Proust llegó a la conclusión de que el cuerpo suponía una grave amenaza para el espíritu. Y aquí casi nadie se libra de esa tiranía ideológica. Si el maestro  llega a ver ese cuerpo glorioso con una braguita en la nariz o unos gayumbos bordados, seguro que tira de veneno y acaba como su Bovary.

 

Perfil de Rosa Díez
Los principios y el final

Miércoles 2 de Febrero de 2005
Charlas de El Mundo
 

Diario El Mundo
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El bizarro debate celebrado en el Congreso en torno a ese proyecto ilegal de secesión que se conoce como “Plan Ibarretxe” ha dejado al país más confundido que otra cosa. Se ha conseguido con él prestarle al disparate una suerte de legitimidad mostrenca reforzada por la idea –sostenida por el propio Presidente del Gobierno y rubricada por el desafió del lehendakari—de que con la discusión parlamentaria no acaban las cosas sino que, en todo caso, comienzan. La frase que Churchill pronunció creo que fue cuando se ganó el Alamein se viene a la cabeza: “Esto no es el final, ni siquiera es el principio del final; pero bien pudiera ser el fin del principio”. Y ello quiere decir, ni más ni menos, que el principio del fin de la era democrática felizmente consensuada a la salida de la dictadura, en nuestro caso, pero quizá también el punto de inflexión de esa afortunada democracia o el arranque del ocaso de una insólita etapa de paz española que no cumple ya el cuarto de siglo.

 

Hay cuestiones políticas de tanto calado que producen el peregrino efecto de unir a los contrarios. El designio de romper eso que se ha llamado “el ámbito de convivencia constitucional”, es decir, la realidad histórica de España y su libre organización política, ha conseguido, en efecto, o lo parecía al menos hasta el martes, el acuerdo estupendo entre la Derecha y la Izquierda, dispuestas ambas a rechazar finalmente la propuesta de ruptura. Pero no confundamos los conceptos. El secesionismo, travestido de lo que fuere, es en España una tradición derechista que va desde el integrismo carlistón a ERC pasando por el PNV, esa derecha cerrada y clerical de la que Prieto esperaba que convirtiera al País Vasco nada menos que un “Gibraltar vaticano”. Ahora bien, también ha funcionado como un confuso ideal de la Izquierda, un ideal que tiene raíces profundas en el sueño libertario, fourierista y pimargalliano del país federal, y que hoy profesa, cierto que muy probablemente por puro oportunismo, un PSC que acaba de legalizar su autonomía respecto del PSOE, pero que ha conseguido ya de éste el compromiso de aceptar su “vía diferente” a la insolidaridad y al separatismo de hecho bajo la desconcertante fórmula de la “asimetria” . Claro que igual que existe una derecha cerril, “españolista” en exclusiva, hay una Izquierda que disiente de estos proyectos suicidas  y peligrosas aventuras. He de extremar la cortesía con Rosa Díez, pero no creo que tenga que callar por ello –acaso todo lo contrario—la evidencia de que dentro del PSOE hay voces más o menos sofocadas (y yo he escuchado, claro y distinto, el acento valeroso de la suya) que claman contra el maximalismo de unas minorías absolutamente indiferentes a las consecuencias suicidas de su proyecto.

 

Vamos a escuchar hoy con el máximo respeto a Rosa Díez, pero las cosas están como están –y más desde el martes-- en el marco de esta tautología política que se mueve ideológicamente sobre el pérfido e injustificado equívoco de que el nacionalismo regionalista es cosa del “progreso” mientras que la mera y discreta conciencia de la unidad histórica y democrática sería seña cierta de “reacción”. El Mito sobre la Razón, las racionalizaciones más infundadas por encima del sentido de lo real, Sabino Arana sobre Unamuno, Baroja, don Julio Caro o Jon Juaristi: ésa es la palestra en la que debe disputarse esta liza sin sentido. Y sin embargo, ahí están las dudas del Gobierno (frente a cierta contundencia de su partido, al menos en el debate de marras), ahí queda abierto el postigo a la voracidad insolidaria para que tome sin resistencia la plaza fuerte que es aún el sentir de la inmensa mayoría. Se ha puesto en almoneda el reciente “pacto por arriba”, se ha emborronado la foto de los dos grandes partidos –esto es, de la inmensa mayoría-- flanqueando significativamente al Jefe del Estado. Pero no puede dudarse de que hay, tanto en la Izquierda como en la Derecha, cabales que lamentan el disparate y trabajan por evitar que se consume, lo que nos obliga a todos a extremar no sólo nuestro reconocimiento a la nobleza de su gesto, sino nuestro apoyo incondicional, que van a necesitarlo.

 

Las “Charlas de El Mundo” cierran hoy este diálogo a dos voces sobre esa gran amenaza que Rajoy calificó en ellas de “desafío” y en la que Rosa Díez ve sencillamente “una traición”. Pero entre ambas voces hemos oído hablar en el Congreso de procesos de futuro, de diálogos pendientes, como hemos tenido que escuchar proclamas independentistas o tibias propuestas de maduración, que han venido a sumarse a la generalizada inquietud española que deriva del pacto público y notorio de que el Gobierno mantiene consigo mismo en Cataluña un compromiso de “asimetría” entre los españoles, del que depende nada menos que su estabilidad y su permanencia en el Poder. Vamos a dejar que un personaje de tan significado perfil socialista como Rosa Díez se exprese libremente. Lo que no es poco, tal como van estando ya las cosas en España, dentro y fuera de los partidos.

 

Presentación de Mariano Rajoy

Jueves 27 de Enero de 2005
 

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No le habrá pasado desapercibido, señor Presidente, la entidad de la sede en que nos encontramos. La Casa de Pilatos, nexo entre dos estilos y dos mundos, punto de encuentro entre la voluptuosidad oriental del mudéjar y la exigencia racional del orden renacentista, constituye un ámbito de privilegio en este confuso momento que vivimos, pero su significado, como solariega de la Casa de Medinaceli, cuya Fundación Ducal nos acoge, mucho podría aportar, ciertamente, a las discusiones de hogaño. Para empezar ahí está el propio Presidente de la Fundación, el duque de Segorbe, que acaso convenga recordar que es también conde de Ampurias –es decir, titular de una de las Casas claves en la Marca Hispánica carolingia-- y, curiosa coincidencia, señor Presidente, que a usted ha de sonarle familiar, también conde de Rivadavia. Seguro que un pontevedrés del lugar de Rendo, como usted, conoce bien ese “Versalles gallego”, propiedad de esta Casa y Fundación, que es el Paço de Oca, aunque quizá no recuerde tanto que en esta Casa está el marquesado de Camarasa, lejano por su origen es verdad, como aragonés, pero a la postre, florón de viejas casas galaicas entre las más distinguidas históricamente. Y menos probable aún será que se recuerde, a estas castigadas alturas, que la actual titular del ducado de Medinaceli, la madre de Segorbe, es el último eslabón, por el momento, de la rama mayor de Borgoña-Palatinado, uno de los cuatro caudales aristocráticos que constituyeron lo que ha dado en llamarse “Monarquía Hispánica” del Emperador Carlos. En fin, justo es recordarle a los aventureros del “regionalismo histórico”, con perdón, que esa misma Dama es hoy, por la Casa de Idiáquez Butrón- Múgica,  la “pariente Mayor” entre los doce antiguos linajes existentes en el Señorío de Vizcaya. Ya ven, Sr. Presidente, queridos amigos, qué gran paradoja, y cómo el marco que tenemos la suerte de disfrutar no resulta, en esta ocasión, ni indiferente ni casual. Y por supuesto, que el “problema de España”, como decían los del 98, no es tan elemental como quieren esos improvisadores ni tan favorable a sus ambiciosas tesis derribistas.

 

La sinrazón de un desafío


Jueves 27 de Enero de 2005
 

Diario El Mundo
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Nuestra preocupación por mantener este foro cercano a la inquietud de la opinión nos sugirió desde el principio atender con atención al problema que, seguramente, sobrevuela hoy entre nosotros la conciencia colectiva. Hay una grave discusión en esta hora española, tan grave que versa precisamente sobre la propia entidad histórica de nuestra vida, y en un plano muy subordinado pero, por desgracia, más llamativo, sobre la entidad política en que nuestra convivencia se viene expresando hace siglos. Lo diré por derecho y sin ambages: los demócratas de esta nueva era venimos padeciendo un absurdo complejo frente al concepto de España, como han dicho siempre nuestros historiadores, que tiene una doble mala razón que es herencia de la dictadura y que se resume en que si para la Izquierda, la reivindicación de España o el sentimiento patriota aparece desteñido en su genuino color sentimental por al chafarrinón franquista; para la Derecha, una sugestión simétrica convierte ese elemental derecho cívico en sospechoso de franquismo. Es cierto que algún líder de la Izquierda ha podido proclamar alguna vez, desde la portada de una revista, el grotesco lema que reza “Para patriota, yo”, y que por la acera de enfrente otros provocadores paseaban en la correa del reloj la enseña nacional. Y es obvio que de ese duelo goyesco deriva el doble complejo que ha hecho de esta nación tres veces milenaria una suerte de país amilanado por la paradoja que convierte el sentimiento más primario de un ser humano en un laberinto fatal.

El otro día, sin embargo, un apretón de manos primero y una foto después parece que han supuesto un decisivo vuelco en una situación que, desde luego, había superado la ridiculez sobradamente. Los líderes de los dos grandes partidos nacionales (es decir la inmensa mayoría del país) flanqueando al Jefe del Estado: quizá los aprendices de brujo no habían contado con la eficacia de una imagen semejante, pero todo indica que, salvo que se consienta una nueva debacle moral y política, ese separatismo minoritario que ha cuestionado nuestra convivencia hasta meterle en un puño el alma a los españoles, se ha dado de bruces contra la que un vasco insigne, es decir, un gran español, Blas de Otero, llamaba ‘la inmensa mayoría’.

Al propiciar este debate a dos voces en las “Charlas de El Mundo” no pretendemos más que acercar a la opinión las razones, habitualmente, reservadas, de la política. Y lo hacemos porque nos consta, como a cualquiera, que este debate político se ha pervertido aviesamente en un falso debate histórico hasta extremos tan críticos que hemos debido oír por ahí la descerebrada invitación a que “el resto de la Península” busque un nombre apropiado, ya que Cataluña y Euskadi lo tienen de herencia, y porque –siempre desde la idea truhanesca de que la reiteración del absurdo acaba convirtiendo en certeza la falsedad—ha llegado a cuestionarse, contra un criterio historiográfico masivamente contrario, ‘la realidad histórica de España’, como diría don Américo Castro. ¡Para qué recordar a Idacio, a Orosio, a Juan de Biclaro,  al santo Agobardo, a tantos como, en plena penumbra medieval, ven ya con claridad esa entidad que cuatro chuflas pretenden negar hoy desde la osadía más ignara! Escuchemos a Isidoro de Sevilla hablar de España y situarla con precisión en el mapa “inter Africam et Galliam”, sigamos con paciencia las Crónicas, leamos los diplomas, para ver como esa línea que afirma --¡desde el siglo VIII!—la lógica de la unidad española fundada “en un mismo destino de invasión” se mantiene a través de los siglos. Un gran medievalista reputaba “extraordinaria” la visión unitaria de la realidad española que tenían por ahí fuera a pesar de las diferencias internas que dominaban aquella era fundacional, cosa que Entwistle expresó agudamente diciendo que, más allá de la “historiografía regional”, siempre estuvo patente “una entidad más amplia, España”.

¿”Las Españas”? Bueno, hace tiempo que sabemos que ese inquietante corónimo no es sino una licencia retórica de procedencia clerical, eclesiástica. Escuchen a Orosio definir a España como un triángulo entre el faro de Brigantia, en Galicia, la Narbona transpirenaica y el golfo de Cádiz. O a la Primera Crónica General de España decir que España se divide “en Galicia et en Asturias et en Portugal et en el Andaluzia et en Aragón et en Catalonia… et en las otras partidas de Espanna”. ¿Puede dudarse, seriamente, de esa “unidad moral de España” de que ha hablado algún historiador y no precisamente Menéndez Pidal? Pues por si alguien duda aún, escuchemos a don Diego de Valera en su Crónica incluir en España a “la Francia gótica que es Languedoc, Narbona, Tolosa, Castilla, León, Aragón, Navarra, Granada, Portugal”, o a Joan Margarit, el obispo historiador, establecer las lindes claras de España. ¿Tendremos que soportar aún por mucho tiempo y en silencio esta metahistoria imaginaria que pretende hacer de la Corona de Aragón un argumento imposible contra esa España histórica? No sé porque soy lego, pero en mi ignorancia tengo para mí que lo que estamos viviendo en esta postmodernidad que quiere quitar la Historia de los planes de estudio, es ni más ni menos que “regresar” al pluralismo particularista que –como explicó Ruggiero entre otros— logró superar la Edad Media. ¿Será esta otra “edad oscura”, como pretenden Eco y sus amigos? Pues ya veremos, pero el flash que el otro día alumbró la foto de “las dos Españas” que no debemos consentir que naveguen por separado, permite confiar en lo contrario. Nosotros hemos querido ofrecer a nuestros responsables políticos que expliquen en esta tribuna libre –sin menoscabo de sus diferencias legítimas, por supuesto—ese capítulo de la Historia que es el presente y ese otro, tan huidizo pero crucial, que es el futuro. Desde la Derecha, desde la Izquierda. Hay realidades que están por encima de estas legítimas opciones y la primera de ellas es nuestra propia y clara identidad.

 

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La salud se paga

 23/08/03

Diario El Mundo
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Cada día se ve más claro que el ‘Estado del Bienestar’ no sabe qué hacer con el servicio sanitario. El poder tiene sus trucos para aliviar esas situaciones, claro, como demorar de manera indefinida la atención quirúrgica, dejar sigilosamente sin asistencia nocturna a cientos de miles de ciudadanos concentrados en el litoral o, como hace poco era denunciado por los sindicatos, aliviar las famosas “listas de espera” a base de citar a los pacientes a consultas asistidas por médicos generalistas, es decir, no por el especialista que aguardaban: un fraude como una casa. Lo que de verdad le gustaría a ese Poder es liquidar un compromiso tan caro, a ser posible privatizando la asistencia hasta ahora pública, en concordancia con el modelo ultraliberal que está tan de moda, y supongo que el hecho de que en Francia el Gobierno haya renunciado, de momento, a meter las tijeras en el sistema no va a detener un proceso que embelesa lo mismo a los gobernantes conservadores que a sus rivales socialdemócratas.

No hay más que ver el recorte perpetrado en pleno verano en Alemania, donde aparte de eliminarse viejas ayudas como las que primaban los partos, se ha decidido eliminar el tradicional gasto de los desplazamiento de impedidos en taxi y dejar de pagar las lentillas salvo casos excepcionales, y algo más adelante, exigir el pago de un seguro complementario para tener derecho a prótesis dentarias. Con esa estrategia de ahorro piensa el Estado recaudar unos 14.000 millones de euros (bastante más de dos billones de las antiguas pesetas), para lo cual se ha recurrido también a un remedio sencillo: imponer al usuario un canon que variará entre 10 euros trimestrales por consultas generales, 10 por cada visita directa al especialista, otros 10 euros diarios por día de hospitalización y un 10 por ciento del precio de los medicamentos consumidos. Los socialdemócratas ya han puesto el grito en su cielo, pero no hay razón para pensar que ellos no han de mantener los duros recortes el día en que de nuevo alcancen el poder.

La novedad está en la multa que, en nombre de la equidad, se le impone a los fumadores, condenados en adelante a pagar más caro su vicio hasta compensar al Estado, según las previsiones oficiales, con unos 12.000 millones de euros. Evidentemente, ninguna de esas medidas va a conseguir detener el crecimiento exponencial del gasto médico, pero por intentarlo no ha de quedar. Ya verán qué poco tardan en Francia en volver sobre el tema, si es que antes no nos levantamos aquí cualquier día con esa providencia planeando sobre nosotros.


Antiguos y modernos

 Opinión
19/08/03

Diario El Mundo
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En una ocasión, cuando aún era presidente andaluz, Borbolla aseguró a los periodistas que los arquitectos eran un peligro. No diría yo tanto, pero es verdad que opiniones drásticas como ésa rozan, si es que no coinciden enteramente, con otras generalizadas que el hombre de la calle va ideando cuando ve lo que ve por nuestras calles y plazas. Cuando Moneo hizo el primer edificio en Sevilla, a orillas del Guadalquivir, recuerdo que me sugirió, mientras contemplábamos el panorama desde el mirador más alto de Triana, que antes de juzgarlo, dejara pasar el tiempo, que le diera ocasión a la vista y a la memoria de hacerse con la novedad y reconciliarse con la agresión que siempre supone la obra nueva. Luego construyó el aeropuerto de la EXPO o la seo de Los Ángeles dando lugar a esa broma terciada de equívoco que dice que ese maestro construye aeropuertos como mezquitas y catedrales como aeropuertos. En fin, no creo yo que la polémica levantada por el edificio que rompe con violencia el ambiente de la gran plaza abulense, condenado cuando ya la cosa tiene poco remedio por la UNESCO, vaya a conseguir gran cosa aparte de animar la decaída actualidad del verano en las redacciones de los medios. Francisco José se cargó la recoleta plazuela del Hofburg dejando levantar un edificio agresivo, aunque no tanto como ése de vidrio escandaloso con el que un genio contemporáneo hizo estallar la armonía de la plaza de la catedral vienesa. La arquitectura avanza a saltos –imaginen lo que el gótico debió suponer para la mirada románica—, pero hay un elemento nuevo en este proceso y es la especulación que robustece las promociones en la misma medida que debilita la capacidad de intervención del poder. Miren cómo el ministerio de Cultura no dice una palabra sobre el atentado de Ávila a pesar de contar con el respaldo internacional. Y consideren la presión que ejerce el criterio de modernidad en permanente conflicto con las actitudes tradicionalistas. El Guggenheim de Bilbao o el Pompidou de Paris llevan ventaja en esta contienda entre ‘antiguos’ y ‘modernos’, sobre eso no hay dudas, pero sería estupendo que el poder hiciera de árbitro discreto en defensa de un patrimonio cuyo daño podría ser irreparable si se decide ofrendar sin límites en el altar de las novedades. A lo mejor no es verdad, pero se dice de Pedro el Grande que llegó a echar para atrás hasta siete proyectos palaciegos antes de autorizar la erección de uno junto a los canales de San Petersburgo. No estaría de más que nuestros ministros y alcaldes, sin llegar a tanto, rechazaran alguno que otro de vez en cuando. El gran Marcel Duchamp decía que el peor enemigo del arte es el ‘buen gusto’. Pues depende de lo que entendamos por uno y por otro. Y, por supuesto, de qué haya de cierto en la vieja profecía de que el arte acabaría ejerciendo en estas sociedades su papel de sumiso servidor de la publicidad.


El último verano

 

 Opinión
14/08/2003

Diario El Mundo
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Cuentan que hubo un año en el siglo antepasado, el de gracia de 1816, que no tuvo prácticamente verano. Bajo un cielo encapotado o lluvioso, medio mundo, desde Europa a USA, hubo de soportar las bajas temperaturas, las precipitaciones impropias y hasta algunas nevadas fuera de estación. A Maria Shelley le pilló aquel estío en Suiza, en compañía de su marido y de lord Byron que había montado a orillas del lago Ginebra una especie parnasillo con pretensiones de academia, y parece que fue aquel clima desolado el que contribuyó a inspirar a la Shelley su “Frankenstein”. La causa de tal rareza –que hoy se achaca al vulcanismo-- nunca se supo entonces, pues mientras unos, como hoy, la achacaban a la evolución solar y hasta a la proliferación de pararrayos, otros, como el rey Luis XVIII, ordenaba a sus párrocos, tal como hoy hace el papa, elevar rogativas pidiendo la intercesión divina. Bueno, éste del 2003 no será, sin duda, “el año sin verano”, como apodaron a aquel, sino eventualmente, el año en que se descubrió que la amenaza de un fracaso global de la atmósfera no era sólo un ‘chisme ecologista’ (así lo calificó algún dirigente mundial alguna vez) sino algo real y, ciertamente, con grave sugestión apocalíptica. Imaginen, por ejemplo, qué energía habrá sido necesaria para elevar cinco grados la ingente masa de agua del Mediterráneo o, más prosaicamente, cual será, una vez cerradas las cuentas, el coste económico de tan severo estiaje. O quizá mejor, no imaginen nada, pero convengan conmigo en que, cuando llegue Septiembre, este mundo feliz y orwelliano habrá de replantearse, junto al problema que supone la quiebra clamorosa de la meteorología, qué está pasando no sólo de tejas debajo de los Ayuntamientos, Juntas o Gobiernos, sino de tejas arriba del caserío nacional y europeo en general.

No sería ni siquiera mínimamente discreto olvidar estos rigores cuando, tras el esplendor septembrino de los membrillos, lleguen los aires frescos nuncios de la vida que continúa su larga marcha. Pero tampoco lo sería correr un velo sobre la escena de ese mísero teatro de la venalidad y la ambición en que se desenvuelve la tragicomedia de nuestra vida pública. Apenas hay partido ya que se libre de responsabilidad en estas corrupciones como no hay argumentos lógicos para seguir tapándonos los oídos ante el clamor que anuncia una catástrofe planetaria si no se modera la máquina del industrialismo salvaje y rebelde. En Septiembre, sin más demora, habrá que plantear ambas evidencias, tocando a rebato a ser posible. De no hacerlo quizá la ruina democrática importaría menos que la que amenaza a la vida misma de la especie a la que este verano ha ilustrado con una metáfora colosal.


Famas parásitas

 

 Opinión
12/08/2003

Diario El Mundo
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La fama del personaje público no siempre es personal y menos aún meritoria. Es más, estamos viviendo unos tiempos en los que la actualidad entroniza constantemente a famosos vicarios, contrafiguras de personajes lanzados a la fama, a su vez, por motivos minúsculos, que viven durante un tiempo de esa popularidad sobrevenida aunque luego desaparezcan. En España es hoy cosa corriente que acaparen la tele las novias del padre de Jesulín, la exmujer de un primo de la hija natural de Pajares o la presunta secretaria de Carmina Ordóñez testigo de las sevicias que sufrió esta otra y desdichada famosa, vicaria también por ser hija de un maestro del toreo y exmujer de otro.

Hay otro tipo de famas parásitas, sin embargo, que se ven como más naturales y justificadas sin otra razón que el hecho de pertenecer los famosillos a ámbitos en  apariencia menos folclóricos de la vida pública, pero que en realidad, deben igualmente su origen y desarrollo a la luz (o a la sombra) proyectada sobre ellos por algún personaje con brillo propio. En Marbella, sin ir más lejos, hemos visto florecer en el fétido jardín municipal de Jesús Gil, a personas que han logrado considerable notoriedad en su papel de antagonistas del inhabilitado, no sin tener que soportar durante años la injuria constante del iluminador aparte de su público y olímpico desprecio. Gente como Isabel García Marcos (PSOE) o el exgilista Carlos Fernández (PA), pongo por caso, no tienen más “backcround” que la crónica de sus trifulcas con Gil a quien han puesto en la picota o llevado a los tribunales como pregonado criminal durante muchos años antes de pactar por sorpresa con él y hasta prestarse a reírle sus gracias chabacanas en algún programa de los llamados del corazón. Nuestra actualidad se ilustra con planetas sin luz propia (como la propia política, por otra parte), se ilumina con la estela escandalosa de fugaces asteroides sin otro rumbo que el que le impone la atracción de turno, a los que extrae de las ignotas profundidades del anonimato para devolverlos en su día, con idéntica indiferencia, a las tinieblas exteriores. Existe en nuestra vida pública, qué duda cabe, una grave disfunción que fabrica famas y logra confundirlas con prestigios, para acabar, generalmente, haciéndolas implosionar, dóciles a la irresistible gravitación de su íntima Nada. Hoy veo, un suponer, a la García Marcos y ni siquiera me da pena por ella ni por el partido al que ha dejado en tan incómoda evidencia, sino por cuanto su imagen significa en la irremediable banalización de nuestra vida colectiva.


La historia en las calles (y II)

 La Ría
02/08/03

Diario El Mundo
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Vaya como intermedio lúdico entre la exposición de las calles onubenses que recuerdan, aunque en plena desmemoria, a los revolucionarios del siglo XIX, de que me ocupé en la entrega anterior, un caso anecdótico que ilustra muy bien, a mi modo de ver, la fuerza del uso popular y su capacidad de confusión sobre la memoria y, en particular, sobre la toponimia. Me refiero al de la calle Ginés Martín, antiquísima vía al pie de la ancestral acrópolis que siempre fue el cabezo de San Pedro, cuya antigüedad remonta, probablemente hasta el siglo XV aunque su primera mención, como anotó Díaz Hierro, aparece en una escritura de venta fechada en 1585 ante el escribano Juan de Segura y por la que se vendían unas “casas moradas” en la calle de “Jinés Martín” (sic).

 

Quien fuera el titular de ese letrero es cosa prácticamente indescifrable, a pesar de las piruetas que hace don Diego alrededor de un sastre llamado Xinés Martín o, menos inverosímilmente, en torno a un Ginés Martín, hermano de un indiano de fortuna, Lázaro, que fue encomendero en el Perú y dispuso la creación de un patronazgo y capellanía, y que sufragaría los gastos para erigir la capilla que hoy es de N.S. de Pasión en la vieja arciprestal de San Pedro. Sin embargo, mi amiga Cinta López, posee, como resto superviviente del tesorillo admirable que tenía su abuelo don Enrique Pérez Núñez, la losa-rótulo de la calle en cuestión que reza con claridad, en bellos trazos de mayúsculas negras sobre loza blanca, “Calle de Ynés Martín”.  Y en efecto, hubo una etapa en la que el uso popular deformó la denominación genuina en esta otra, como recogiera también Díaz Hierro en su tratado sobre nuestro callejero, aunque él cree que el error no se produce hasta avanzada la segunda mitad del XIX --pues no encuentra rastro documental hasta dar con otra escritura de venta de una casa que reza “situada en la calle de Inés Martín de esta población”-- mientras que yo, por el aspecto de la loseta que conserva mi amiga Cinta, sospecho que es anterior. Absurda es, de necesidad, la hipótesis de la “Guía de Hueva” de 1901 que propone que a quien honra la calle es a un Gil Martín, alcalde de la ciudad en el periodo señorial, allá pasada la mitad del siglo XV. De manera que no hay otra alternativa que admitir con evidente que la calle se llamó siempre Ginés Martín y que fue el habla cotidiana la responsable de la mutación. El error, a pesar de todo, fue tan arraigado que, en algún momento, el Ayuntamiento picó el anzuelo del habla corrupta y colocó bajo el rótulo otro que rezaba “Antigua Calle de Inés Martín”. No es ése, en todo caso, el que posee mi amiga Cinta, que consigna exactamente lo que antes dije.

 

Un caso notable –por comenzar por esa zona onfálica, desde la perspectiva histórica,  que son los aledaños de San Pedro—es el de la calle dedicada por los onubenses a un lepero insigne, don Álvaro Alonso Barba, a quien el callejero despacha con un expeditivo “Alonso Barba”, probablemente confundiendo con un nombre lo que fue un apellido. Don Álvaro fue un personaje singularísimo, ordenado sacerdote, que nació en Lepe en 1561 (o 69) y murió no se sabe con certeza cuándo pero, al parecer, en 1653, es decir, en todo caso, a una edad avanzada para la época. Don Alonso fue un auténtico cura de almas, con independencia de su curiosidad científica y como tal ejerció de misionero en el Perú, llevando primero la parroquia de Tihuanaco y san Cristóbal y, luego, la de san Bernardo, ya en Potosí, por entonces en plena efervescencia minera. Todo indica que fue un curioso lector, aficionado a la alquimia (la química de la época, por supuesto) así como un naturalista familiarizado igual con la “Materia Médica” de Dioscórides –que por entonces comentó y reeditó el doctor Laguna, el sabio médico segoviano, picado de humanista (hasta se le atribuyó alguna vez el precioso “Viaje a Turquía”) del Emperador don Carlos—que la “Historia Natural” de Plinio, o las obras “modernas” del jesuita portugués padre Acosta (con quien tal vez coincidió en Perú) , o los conocidos tratados de Biringuccio, Agrícola y otros.

 

De su aguda observación de la vida extrajo, no obstante, el cura de Lepe su enorme experiencia mineralógica, hasta el punto de que don Julio Cejador, el minucioso historiador de la literatura, lo considera, en su obra monumental, “el más insigne de nuestros antiguos mineralogistas”, sin ninguna duda, me parece a mí, tras las huellas de Menéndez Pelayo que consideraba su obra como la más importante en ese ramo de la historia española. Esa obra clave se editó en 1640 con el título de “Arte de los metales en que se enseña el verdadero beneficio de los de oro, plata y azogue…”, y sería reeditada, ya en tiempos “ilustrados”, en 1729 y en 1770, aparte de las varias reediciones recientes, hasta un total de más de treinta ediciones, incluyendo las francesas, inglesas, alemanas, holandesas e italianas. Su principal estudioso, Rodríguez Carracido, lo tenía, junto al citado padre Acosta y al padre Bernabé Cobo, como una de las tres grandes figuras de la historia de la ciencia española, lo cual, leído con atención el vigoroso alegato de Menéndez Pelayo, no parece excesivo juicio, sino bien ponderado. Su hallazgo importante fue el descubrimiento del método llamado “del cazo y cocimiento”, que fue empleado, de hecho, en Perú por los mineros durante muchos años, al menos hasta 1790, cuando aparecieron otros más sofisticados, como el que se atribuye al barón de Bom. Gran consideración siguen dispensándole a don Álvaro actualmente historiadores como López Piñero o J.E. Muñoz, aunque resulte obligado remitir, a quien quiera conocer a don Alonso, a la “Bibliografía Mineralógica” de Maffei  y Rua Figueroa. Don Álvaro Alonso Barba, pues, sin amputaciones. ¿Tanto le costaría a nuestros munícipes rotular correctamente la calle de este onubense, lepero, insigne?

 

En la Huelva llana, Berdigón adelante, puede leerse en un rótulo el nombre “Obispo Díaz Bernal”. Se refiere al insigne obispo de Calahorra-La Calzada, don Juan Bernal Díaz de Luco (o Lugo), talento notabilísimo nacido en Huelva, aunque otra dijera él mismo (y no sería el único onubense incurso ene se pecado) y algunos contemporáneos suyos, que lo hacían natural de Sevilla. Pero si es indemostrable que naciera en Huelva por no comenzar los archivos de San Pedro hasta 1537, yo mismo he argumentado –en mi ensayo sobre el personaje que editó la Universidad onubense--  que seguramente fueron las vidriosas circunstancias de su naturaleza (fue “de subdiacono et soluta genito”, es decir, hijo de subdiácono y mujer soltera y, en consecuencia, hijo sacrílego) las que impiden resolver el enigma. En su dilatada carrera fue don Bernal –que es como le llamaban sus contemporáneos, incluyendo a sus muy amigos Ignacio de Loyola o Francisco de Borja, con quienes mantuvo intensa e interesante correspondencia—provisor de varios mitrados, hasta que halló en Toledo, junto al gran cardenal Tavera, aquel eminente príncipe del Renacimiento, un protector seguro que lo lanzó al epicospado y lo hizo Oidor del Consejo de Indias. En mi trabajo detallo su labor trascendental en el Concilio de Trento, al que asistió como miembro del “bando del Emperador”, pero aquí no hay lugar para esos detalles, como no lo hay para consignar su vasta tarea pastoral y doctrinaria, amén de la crónica de sus tristes frustaciones, primero en la propia Roma, luego en su diócesis rebelde, donde los canónigos adueñados del cabildo le amargaron, a fuerza de dineros prodigados en el entorno pontificio, la última etapa de su vida. ¿Tanto cuesta reponer el auténtico nombre en una calle? ¿Acaso sobran los obispos --¡y de semejante talla!-- en la historia onubense? La memoria del gran obispo onubense –uno de los españoles más influyentes de su época por su cercanía al Trono, por su relación estrecha con la Compañía, por su extensa fama clerical—deberían bastar para que en su tierra se honrara como es debido y no de cualquier manera a un hijo ilustre que tengo razones para pensar que debió nacer en La Placeta en tiempos de Carlos V. De Huelva, en este sentido, no se puede decir lo que el clásico decía del embrión de nuestra patria, aquello de “Castilla, que hace a sus hombres y los gasta”. En Huelva, por desgracia desde luego reparable, hoy habría que decir que ni siquiera los estrena.


La historia en las calles

 La Ría
26/07/03

Diario El Mundo
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Hace bastantes años, más de los que él y yo querríamos, el gran letrado onubense Juan José Domínguez, que hacía poco que se había independizado del bufete de Antonio Segovia, me contó una historia deslumbradora. Se trataba del incidente vivido durante la Guerra Mundial por el cónsul alemán en Huelva, Luis Klaus, a quien su Embajada, avisada a su vez por los servicios secretos de Berlín, le ordenaba avisar a la autoridad española de una circunstancia del callejero onubense que los nazis habían  descubierto precisamente en el remite de los sobres del consulado: la calle donde vivía el representante de la Alemania de Hitler lucía el  nombre de un reconocido revolucionario del siglo XIX que debía habérsele escapado a la diligencia represiva de los rebeldes franquistas y ese nombre era nada menos que el de Roque Barcia. Klaus vivía en una casa singular, aún existente, rodeada de amplio jardín allá por los altos del Matadero, al final, más o menos por el Pozo Dulce, es decir, en la misma calle Roque Barcia actual antes de que la explosión urbanística la transformara y, seguramente, nunca habría recelado de esa sombra amenazante que un nombre olvidado podía significar para el celo inquisitorial de los burócratas bien organizados de Berlín. Lo que no he llegado a saber es cómo acabó la historia, pero no me digan que no es elocuente.

 

¿Por qué habría en Huelva una calle dedicada a un revolucionario sevillano que había muerto casi tres cuartos de siglos antes, en 1885? Ésa es una pregunta que tral vez no pudiera cohonestarse de ser planteada sola, pero que en relación con otros rótulos que vamos a ver, sugieren que en Huelva se vivió políticamente con intensidad --aunque ciertamente haya quedado de ello poco rastro en las historias generales—el periodo convulso pero decisivo para la modernización española que constituye el Sexenio y la I República, es decir, el que va de 1868 a 1973, aunque, por supuesto, incluyendo los años precedente4s y los que vinieron detrás. Barcia fue, en realidad, un republicano que había crecido a la sombra de don Emilio Castelar en su periódico “La Democracia”, para acabar fundando en Cádiz, en 1864, uno propio y bien combativo llamado “El Demócrata Andaluz” que compitió en aquel clima prerrevolucionario que, desde la etapa en que sirvió de sede a las Cortes Españolas y vivió la laboriosa gestación de “la Pepa”, nuestra primera Constitución, hizo de la vieja ciudad andaluza “el faro de las libertades de Europa”. Pero la aventura gaditana de Barcia duraría apenas dos años, porque pronto lo encontramos en Isla Cristina –su casa se conserva todavía en La Redondela—desde donde, tras los graves acontecimientos del golpe de Estado del 66, optaría por exilarse en Portugal donde, tras un periodo de detención, presidiría la Junta de Exilados Españoles.

 

Pero Barcia no estaba solo ni ocioso en Lisboa ni lo había estado en Andalucía o Madrid, como lo prueba su activa participación en los preparativos de la “Gloriosa”. Al contrario, como el callejero de Huelva prueba indiciariamente, y bien sabemos por los estudios modernos (Elorza, Álvarez Junco, C. Iglesias y otros) o por los clásicos (“El proletariado militante” de Anselmo Lorenzo, la “Historia de las Clases Trabajadoras” de Fernando Garrido, también entre otros), la “Idea” revolucionaria germina en España, además de Barcelona, en Andalucía y, particularmente, en la zona gaditana, donde desde el ilusionismo fourierista de un Joaquín Abreu hasta los tristes sucesos de la Mano Negra que refirió como cronista el propio “Clarín”, pasando por la inquietante aventura internacionalista y figuras señeras como la de Fermín Salvochea, cupieron en aquellos años todas las novedades que proliferaban por la culta Europa. El prestigio revolucionario de Andalucía fue tal que nuestro Barcia fue halagado nada menos que con dieciséis ofertas de candidatura para las elecciones a Cortes, entre las que figuraban la de Lisboa pero también, significativamente, la de Huelva. Barcia, en suma, era un personaje de época, uno de aquellos revolucionarios de leyenda (el propio Salvochea que todavía durante la II República dará nombre al pueblo onubense de El Campillo, el oscuro conspirador burgués Paúl y Angulo, el Doctor Cala o Rafael Guillén de quienes ahora hablaremos también en relación con Huelva, los mentados Abreu y Garrido, Bohórquez, el médico malagueño García Viñas, “el alma de la Internacional” y tantos más) que confieren a la época ese nimbo sutil de misterio ya claramente diferenciado del “conspirador romántico” para mostrar su perfil de “agitador burgués”, por seguir la propuesta del maestro José María Jover.

 

Por eso tras su actuación en el movimiento que acaba echando de España a los Borbones, Barcia reaparece en Madrid, en plena Junta Central Revolucionaria, junto a Cristino Martos, y brujulea activamente en el entorno de Pí y Margall en busca de una embajada que jamás conseguirá, siendo, en cambio, encarcelado en la famosa prisión madrileña de El Saladero, tras ser implicado –con seguridad sin fundamento—en el magnicidio que acabó con la vida del general Prim, acusación que provocará una ardua y altisonante campaña escrita por parte de Barcia que se defendió con la natural indignación. Sin embargo, quizá la página más fuerte de la vida de quien da nombre a nuestra vieja calle, sería su actuación en el movimiento cantonalista, cuyos hilos contribuyó a mover de modo decisivo, llegando a ejercer de Jefe del Cantón de Cartagena (vea el lector la novela de Sender “Mr. Witt en el Cantón”), aventura tras la que le esperaba un nuevo exilio en Francia.

 

Barcia fue, aparte de su actividad política, un consumado etimólogo, autor del primer y utilísimo (aunque no exento de alguna excentricidad) “Diccionario General Etimológico de la Lengua Española”, así como de un pionero “Diccionario de Sinónimos” casi tan divulgado como su “Catón Político” al que puso rimbombante prólogo, en 1864, la musa difusa de don Emilio Castelar. Contaba la leyenda de Barcia que había recibido en su vida sesenta excomuniones, hipérbole que parece valleinclaniana, en verdad, pero que sin duda pertenece al mendaz acervo del anticlericalismo de la época. Barcia tuvo también su calle en Sevilla, la actual Lirios, y su decorosa estatua en Isla Cristina conde, por cierto, fue robada el año pasado.

 

Es curioso (o tal vez no, dada la ideología del autor) que don Diego Díaz Hierro no mencione nuestra calle en su obra “Las calles de Huelva”, aunque sí habla por extenso de la calle Cala y de la de Rafael Guillén. De la primera, demuestra sin lugar a dudas que el nombre primitivo era “Calleja del Tío Cala”, que caía por “la Vega Larga, inmediata a la Cruz de la calle La Palma”, y de la que hay vieja y repetida constancia en los protocolos notariales. Más alambicada, incluso funambulista, es su sugerencia de que el nombre se deba a un hijo del “Tío Cala” llamado Ramón, pues él mismo se da cuenta de que el primer documento que da fe de su existencia lleva una fecha tan inequívoca como es la de 1871 y repara en que no debe ser casualidad que esté situada junto a la consagrada a la memoria de otro revolucionario, Rafael Guillén, del que luego nos hemos de ocupar. Lo que parece obvio es que Huelva no se mantuvo ajena ni mucho menos a los movimientos e inquietudes de la agitada época, y que fue voluntad de su Ayuntamiento, como veremos, homenajear a los revolucionarios gaditanos.

 

Pero ¿quién era Cala? El doctor Cala, don Ramón de Cala y Barea, jerezano de 1854 que moriría en 1903, fue presidente de la Junta Revolucionaria de su ciudad natal y también hubo de emigrar, como Barcia, en 1866 tras la dura represión desencadenada por el golpe militar, en su caso a Francia. Y como Barcia participó febrilmente en la Septembrina, tras cuyo triunfo obtuvo acta de diputado en las decisivas Cortes del 69, sin embargo de lo cual aparece como relacionado con la insurrección federal en Andalucía –la pulsión federalista será el nervio de la izquierda andaluza occidental hasta la II República—y algo mucho más divertido: obtener plaza en la Cámara Alta ¡como senador carlista!, algo que sé bien que puede explicarse a medias pero que no deja de resultar pintoresco. Cala fue incluso redactor, junto con Díaz Quintero y algún otro  quizá, de un proyecto de Constitución Federal y alcanzó la Vicepresidencia de las Cortes Republicanas, para retirarse de la política, más que desengañado, tras la caída del régimen y el triunfo de la Restauración. Elorza lo destaca, junto a Joaquín Abreu, como símbolo de ese fourierismo de tan hondo arraigo andaluz, refiriéndose elogiosamente a su interesante estudio/encuesta “El problema de la miseria resuelto por la harmonía (sic) de los intereses humanos”, documento tan estremecedor sobre la situación de la campiña jerezana como el que en su día escribirá “Clarín”, como corresponsal de “El Día” en el juicio sobre al Mano Negra. En fin, don Ramón fue acusado también de participar en el asesinato de Prim, acusación a todas luces absurda, de la en el Diario de Sesiones debe conservar su ardiente autodefensa.

 

La calle Cala, pues, con independencia de que se llamara antes “Calleja del Tío Cala”, debió entrar en el mismo lote de homenajes revolucionarios que el Ayuntamiento de Huelva hizo a los republicanos fourieristas de Cádiz, como no escapó al propio don Diego, al comentar el caso de la calle Rafael Guillén, así denominada en abril de 1870 tras una curiosa discusión consistorial en la que a la candidatura del revolucionario, propuesta “por un grupo de vecinos” en consideración a los méritos “que todos sabemos -- decían—en todas épocas hizo Guillén a favor de la libertad”, se oponía nada menos que la de Miguel de Cervantes, circunstancia que delata de lejos una maniobra obstruccionista por parte del bando conservador. Huelva vivía de lejos pero bien cerca las pasiones nacionales, esas “esencias liberales y republicanas” de las que con indisimulado desdén habla don Diego, situándolas muy justamente, tal como hacía yo más arriba, entre el año 68 y el 74. Aunque fuera junto al lupanario, Huelva honraba  a los héroes de una leyenda todavía fuertemente romántica, dejando claro que –aunque aún no aparezca mención de ello en la historiografía—la ciudad vivió atentamente y con pasión indisimulada la efervescencia política de una época en la que, en realidad, o que se estaba cuestionando era el papel retrasado y marginal de España en Europa.


Debajo de la encina

Para Lole, Lourdes y Manolo,
recordando a su padre

 

 El Alpende
Mayo 2003

Diario El Mundo
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Una mediodía, en aquellos tiempos de “vespa” y “lambretta”, Manolo Marín me habló de un proyecto que le bullía en la cabeza desde que, unos años antes, los estudiantes de Madrid hubiéramos fracasado en el de constituir una especie de círculo cultural con el epónimo de Facanías por bandera. Hace de eso treinta años (algo más, hay que suponer) y recuerdo que Manolo sólo tenía clara una idea: la de que un pueblo necesita una voz y que esa voz no puede alzarse sólo en vísperas de Feria, como era lo propio entonces, para que la legión de poetas locales diera rienda suelta a su Musa y algunos razonantes aprovecharan para exponernos sus reflexiones. Esa generación intermedia de Manolo, que tan escépticamente había tratado de colarse por la falsa apertura del “tercio familiar” en los últimos Ayuntamientos franquistas, pretendía abrir un espacio cívico tan alejado del régimen como de las utopías más nuevas, para ellos enteramente ajenas, y fue por eso por lo que buscaron asilo en el Casino Católico, institución que, dentro de un orden, bien podía proteger un proyecto equidistante de ambos extremos.

Tiempo después me volvió a hablar Manolo de su proyecto –lo que a él se le metía en la cabeza acababa siendo realidad--, ya madurado en torno a la vieja idea de la Revista de Feria que, tras el impulso inicial de Diego Romero el Notario confeccionaba cada año, con celo y paciencia admirables, Aniceto Perea. “Facanías” salió, sin embargo, y como era de esperar, se arrimó pronto a una línea crítica, blanda si se quiere, pero que tenía el mérito de acercar ese espíritu crítico a la gente, tal vez de meter la crítica en sus casas y acabar por dar algún ánimo a una sociedad decaída. Aquellos centones de versos, tantas veces malos, eran la cobertura de unas prosas que buscaban a ciegas crear cierto estado crítico compatible con la entonces rígida censura, pero capaz de ofrecer una espita al espíritu de creciente inquietud que vivía el pueblo

No hay que olvidar lo que fueron los años 70, ni lo distante que Valverde (como la inmensa mayoría de la España profunda) quedaba de la llamada Transición, como no debe confundirse la intención de aquellos promotores de orientación moderada con cualquier otra cosa. Pero vistas las cosas desde 30 años después, hay que reconocer que “Facanías” contrajo méritos notables con el proceso que se iba produciendo a su alrededor, consolidándose como un periódico local clásico hasta que, finalmente, los jóvenes actuales lo transformaron en un órgano de crítica radical (lo que no quiere decir obcecada) y, a la vista está, en un periódico auténtico al que no solamente hay que adjudicar su papel cultural y su aportación como agente de conciencia pública, sino el mérito de haber hecho posible, por primera vez, que en Valverde se publique un periódico libre, en el que cabe todas las opiniones y nada dispuesto, a pesar de su evidente pluralidad (en su Consejo hay varios miembros del PSOE), a disimular los abusos o los fallos del poder municipal. En ese sentido, yo estoy seguro de que Manolo Marín, a su manera tan personal, no hubiera diferido mucho del “medio” que esos jóvenes han acabado por hacer, bajo la muy discreta coordinación de Manolo Romero Pérez, y que hoy, treinta años después, mantendría este mismo enfoque inobjetable de pluralismo, diversidad de criterio, libertad de expresión e independencia --¡bueno era él!—que han conseguido acreditarlo como el periódico de Valverde, dentro y fuera del pueblo.

Que “Facanías” se ha transformado de un papel localista en un medio con aspiraciones más vastas y comprometidas, duro con los abusos (recuérdense sus denuncias sobre Wenceslao y tantas otras) y fiel a su pacto de libertad, es algo incuestionable que no ha logrado ni arañar la bienpagada campaña política de los periódicos y radios de un alcalde incapaz de procurar un acercamiento en libertad ni unas dosis razonables de crítica. Hay números que se han acabado en los kioskos, los hay que se guardan como oro en paño y no falta quien los colecciona. Por algo será. Y aparte de todo, nadie negará que el periódico ha sido capaz de quemar etapas –el “Ña Ña” fue una demostración de ingenio, lamentablemente perdida--, elevando la prosa a planos muy comprometidos y soltando notas agudas como la que más. De “Facanías” han salido en cosa de un año dos periodistas acreditados ya en un diario nacional de primer nivel, varios columnistas cuasi profesionalizados, y en él han escrito cosas valiosas otros en plan “amateur”. Ahora bien, la medida del éxito popular de “Facanías” está en el miedo del alcalde y sus maniobras para rodearlo de medios subvencionados e intentar detractarlo, como es lógico sin el menor éxito, línea a línea. ¿Por qué, alcalde? ¿Por qué no arrimar esfuerzos, porqué no ahorrar dineros del común y aceptar cierto nivel tolerable de críticas legítimas que “Facanías” jamás traspasó? ¿Por qué no aceptar las denuncias demostradas –ay, Wenceslao--como tales en vez de tratar de castigar al mensajero?

Lo importante es que la obra de Manolo Marín sigue en pie treinta años después, la edad de toda una generación. Que no parece que las presiones políticas logren amedrentar a sus autores. Que la gente se la disputa, la lee, la comenta y la conserva. Y que está ahí, abierta a cualquier colaboración, incluso a la de sus detractores, cosa que, me temo, no ocurre en los medios pagados con el dinero de la caja municipal. Recordar hoy aquella mediodía de verano, cuando bajo una encima de la venta Paco, Manolo me esbozaba su sueño de hacer un periódico para Valverde, nos anima a seguir en su proyecto. Un proyecto que nadie había intentado en Valverde en toda su historia y que yo creo que puede aportar mucho todavía en el futuro que viene.


Los ocho del infierno

 La Ría
26/03/03

Diario El Mundo
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Uno de los grandes montajes propagandísticos de la dictadura franquista fue la vuelta en la primavera del 54 de los combatientes españoles que aún quedaban en la URSS como últimos testigos de la Guerra Mundial. Se trataba, obviamente, de integrantes de la División Azul o División 250 del ejército nazi que luchó en el frente ruso –entre las afueras de Leningrado y el lago Ilmen, a orillas del Volchov—en uno de los más colosales disparates militares registrados en nuestra historia, como reconocen hoy los historiadores y expertos castrenses. El fracaso de aquella unidad, heroificada aquí hasta la saciedad, fue liquidado por Franco en 1944 al ordenar su repatriación, pero hubo un grupo de 2.300 combatientes que constituyeron la llamada “Legión Azul” y al mando del coronel García Navarro permanecieron en territorio soviético, antes de acabar disolviéndose en grupúsculos erráticos alguno de los cuales acabaría, según una leyenda que tiene muchos visos de ser cierta, defendiendo la mismísima Cancillería del Reich enrolados en las asesinas SS.

En el año 54, muy diferentes ya las circunstancias internacionales, el franquismo aprovechó la repatriación de esos resistentes –no de todos: yo he encontrado no hace tanto a algunos descolgados viviendo integrados entre los kulacs de la comarca—para organizar el paradójico espectáculo triunfal de la vuelta de los derrotados, cuya primera expedición se llegaría a Barcelona el día 2 de Abril en el navío “Semíramis”, procedente de Odessa, en medio del lógico entusiasmo de familiares y un clima de exaltación profusamente apoyado por los medios adictos, es decir, por todos los que entonces había en España. El viaje mediterráneo, los primeros contactos de los repatriados desde las escalas o desde alta mar, fueron preparando a una opinión pública a la que hacía años se les venía presentando a sus protagonistas –una obra famosa llevada al cine llevaba ese título—como auténticos “Embajadores en el Infierno”, y una sensacional movilización consiguió reunir en Barcelona una multitud notable que las estimaciones oficiales calculaban en un millón de personas.

Entre telegramas, radiomensajes, gestiones diplomáticas e informes oficiales, finalmente se supo que entre los que volvían en el “Semíramis” había ocho onubenses que, como resultaba natural, habían sido dados por desaparecidos o por muertos por sus propias familias hacía años y entre los que destacaba un soldado de Almonte que se creyó perdido hasta 1946 y otros dados por muertos en sus pueblos de Ayamonte o Aracena, Riotinto, Calañas, Alájar o Santa Bárbara, estos tres últimos sin referencias concretas hasta el último momento. Todos ellos llegaron a una Huelva movilizada que había cerrado el comercio y los colegios, el 6 de Abril, procedentes de Barcelona y a bordo de un autobús, al pie del cual, como después en los actos programados, las autoridades locales escenificaron una réplica del recibimiento caluroso ofrecido en Barcelona por el capitán general Muñoz Grandes, entre las escenas emotivas que son de suponer, los conmovedores reecuentros familiares y una vasta tramoya de representaciones oficiales de todo tipo, bandas militares, organizaciones juveniles y, claro está, el cabildo en pleno presidido por el recién llegado obispo, don Pedro Cantero, aquel sacerdote que nunca ocultó su identificación con el régimen ni de palabra ni por escrito, y que acabaría integrando el triunvirato que rellenó el vacío de poder tras la muerte de Franco y hasta la llegada de la monarquía “instaurada”.

La recepción onubense tuvo lugar en la Plaza de la Merced en cuya flamante Catedral se cantó una solemne Salve para marchar luego a los Jardines del Muelle con objeto de depositar la tradicional corona de laurel ante la Cruz de los Caídos. Y finalmente, las autoridades, un gobernador, Summers, que cumplía su tercer año de mandato por aquellos días, el joven alcalde Antonio Segovia, entre otros, ofrecería una recepción y agasajo en el nuevo Ayuntamiento. La Historia, que gasta mucha ironía, hizo que el ensayo de fervor patriótico y partidista, coincidiera con las “elecciones sindicales” en las que ya apuntaban secretamente las clandestinas Comisiones Obreras, y con el fervorín ritual del pregoneo de Semana Santa, aquel año a cargo del alcalde de Moguer, Juan Gorostidi, que no era mal rapsoda. La juventud también percibía los primeros efluvios de una revolución de largo alcance, con las primeras entregas de rock que conseguían los iniciados, mientras se hablaba oscuramente de un nuevo mito llamado Elvis, y la radio oficial nos mantenía informados sobre las inquisiciones americanas del macarthysmo cuyas víctimas –desde Chaplin a Orson Welles pasando por Bercht y Thomas Mann, entre tantas otras—nos presentaba la propaganda como agentes del comunismo internacional.

Pero Huelva quedaba lejos de todo aquello. La ciudad que poco más de una década antes había perdido, según los historiadores más recientes, no menos de 5.500 ciudadanos en el ominoso ajuste de cuentas de la represión, trataba de rehacerse sin prisas, superado el gigantesco susto, pendiente de los triunfos del Madrid y de las hazañas de Bahamontes, cuya leyenda contaba que, tras superar los picos más tremendos del Tour, se paraba en el descenso a tomar un helado… El cine –más de 200 películas se estrenaban en Huelva al año—oscilaba entre “Marcelino Pan y Vino” y “La Strada” de Fellini, y las muchachas ayunaban dentro de un orden para marcar sus clavículas casi invisibles como aquella Audrey Hepburn que aquel mismo año ganaba el Oscar por “Vacaciones en Roma”. Como aquel montaje de los repatriados pudo de relieve, el Régimen comenzaba a esclerotizarse, encerrado en sí mismo y sus mitologías, mientras por la calle corrían inevitablemente vientos que traían olores y sonidos nuevos. Francisco Zarza, Antonio Peláez, José Vázquez, Enrique González, Juan Franco, José Barrios, Ramón López o Bartolomé Lazo, los ocho onubenses perdidos en la estepa, encontraban una Huelva que ya no era la que un día dejaron . En una década larga, seguro que apenas si la reconocerían.


La tragedia del Cabezo

 La Ría
15/03/03

Diario El Mundo
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Es admirable la precisión con que los viajeros clásicos describen a Onuba Estuaria, poblamiento que hallan a levante, al fondo de una anchurosa ría, extendido al pie de una media luna de cabezos o eminencias de arcillas y gravas obra precisamente de la acumulación provocada por la acción marina o fluvial. No hace tanto tiempo esa media luna –con el islote del cabeza de San Pedro o del Castillo, y las estribaciones en que, desde La Joya y el Conquero, termina la larga sierpecilla que ha sido siempre la espalda de la ciudad—era aún más visible que ahora y, en algunos casos, permitía ver la forma específica del trogloditismo onubense, tan peculiar, que excavaba habitaciones en el barro tras la medianera de fondo de la casa para prolongarla no poco temerariamente, como era el caso del Chorrito Chico, el ámbito poético de Villa Rosa, confuso y travieso, pintoresco y lamentable también, como supo Cernuda por experiencia propia.

La existencia de esos cabezos fue siempre una amenaza que no dejan de reseñar otros viajeros más recientes, pero que en la ciudad, la costumbre no permitía ver con suficiente perspectiva. El Cabezo de San Pedro, aislado en el centro y sede del desaparecido Castillo ducal, era uno de esos puntos negros en los que una previsión adecuada debería haber hecho pensar a la autoridad en los riesgos que entrañaba mantener viviendas construidas bajo taludes y hasta salientes de los cabezos, y de hecho, si no recuerdo mal, ya un Corpus desdichado –aquel en que el toro mató a Rafael Carbonell en nuestra Plaza de Toros de la Merced—, el 17 de Junio del 54, había habido un desplome de cierta envergadura que, de momento, no he podido documentar por faltarle inexplicablemente a la reciente edición digital del periódico local que ha hecho la Diputación los decisivos ejemplares correspondientes a esos días.

La mañana del miércoles 12 de septiembre del 56 amaneció espléndida, como correspondía a esos otoños veraniegos que en Huelva, como aquel día, mantienen aún las máximas por encima de los 30 grados y la media más arriba de los 25. Sin embargo, nada más despuntar el sol, un grave desprendimiento de tierras en el cabezo de San Pedro, en su vertiente a la calle Aragón, sorprendería a los habitantes de ocho viviendas, especialmente a los que se hallaban en la parte trasera de éstas situadas bajo un saliente del cabezo, en dos alturas que contenían cuatro pisos altos y cuatro bajos. En el brusco despertar de la ciudad de aquella mañana de rumores, las cifras de víctimas se disparaban y encogían mientras en la tremenda escena se iban personando, primero las asistencias policiales y una representación religiosa encabezada por el viejo deán de la Catedral don Julio Guzmán al que asistía un joven don Juan de la Rosa, junto a brigadas de obreros municipales que, bajo la autoridad del Gobernador en persona procedían a los primeros trabajos de desescombro y rescate de las víctimas. Muchas horas más tardes, una vez formalizada en el Hospital Provincial la capilla ardiente, se supo que el luctuoso balance era de 17 fallecidos y diez vecinos heridos, de los cuales cinco presentaban lesiones de carácter grave.

Los trabajos continuaron durante todo el día, en medio de un desfile de autoridades y una muchedumbre consternada, y fueron descubriendo horrorosas escenas, como es natural, pues el desplome había sorprendido aún dormidas a no pocas de las víctimas, algunas de las cuales aparecieron en actitudes de clara e inútil protección de sus hijos. Huelva estaba de luto, como decía el periódico y relataba “Flery” en sus páginas, y a duras penas podía la fuerza pública –en la calle Aragón estuvieron dotaciones de todos los cuerpos, incluidos los soldados del Regimiento de Granada número 34, entonces y hasta su desaparición de guarnición en Huelva, bajo el mando directo del Gobernador Militar, coronel Jalón—la avalancha de “voluntarios” que se presentaban en el lugar de la catástrofe. El Gobernador Civil, Valencia Remón, coordinaba, por su parte, aquel enjambre de trabajadores y ciudadanos, servicios de Cruz Roja que repartía alimentos y bebidas a todos ellos, y la escasa dotación de bomberos entonces existentes –no había llegado aún la hora de nuestros bomberos expertos y perros adiestrados—junto a la aglomeración de familiares y amigos de las víctimas. Un albañil resultó gravemente herido, para colmo de males, al desplomarse sobre él el techo de la vivienda en la que trabajaba y un voluntario sufriría quemaduras de importancia al estallar una cocinilla de petróleo, tan frecuentes en la época, mientras se iban recogiendo enseres –bajo los escombros los trabajadores irían recuperando hasta siete mil pesetas en billetes y monedas—y nuevas escenas de horror eran descubiertas y pasaban de inmediato a recorrer de boca en boca una opinión traspasada por una consternación pocas veces igualada en nuestra ciudad.

Aquel día hubo de suspenderse en Huelva la conferencia que iba a desarrollar don José María Pemán en el centenario de Menéndez Pelayo, como bien recordará José María Segovia, joven cónsul pemaniano en nuestra ciudad, cuyo hermano Antonio, alcalde de la capital se multiplicaría en aquella jornada trágica justamente cuando en la propia familia había de celebrarse un acontecimiento íntimo. Será difícil recordar, en efecto, una ocasión tan sincera y apretada como la que constituyó el entierro colectivo celebrado al día siguiente a la una de la tarde, y al que asistieron más de 30.000 personas, es decir, más de la mitad de los onubenses de la capital más muchos acompañantes venidos de la provincia. Las banderas a media asta, el comercio cerrado a cal y canto, el trajín callejero que demostraba el sentimiento popular serían inolvidables para los que vivieron aquella negra hora onubense, y los pésames se acumulaban en los despachos oficiales, junto a uno de los cuales se recibió una petición de informe urgente del Gobierno sobre las causas y consecuencias de la tragedia. No sonaron cohetes como era lo habitual, aquella tarde al conocerse que Litri había triunfado, en unión de Ordóñez, en la plaza de Albacete ni el desconcierto ciudadano cesó más que poco a poco, a medida que los días alejaban la noticia y desde Madrid llegaban las primeras ayudas para los damnificados, unas 10.000 pesetas de donativo para ajuar y mobiliario, más 7.000 que era lo que costaba en aquel entonces la entrada de una vivienda en una barriada de nueva construcción, concretamente la llamada “Caudillo de España”. Otras instituciones consiguieron unir a esas ayudas las procedentes de la suscripción espontánea que las autoridades convocaron y entre las que figuraba una partida de cuatro mil pesetas por persona destinadas a la urgente reposición del vestuario perdido bajo los escombros.

Los cabezos continuaron encima de muchas viviendas después de aquel día, pero tras la amarga experiencia una nueva y más prudente ordenación del territorio estaba decidida. Medio siglo después esa obra está concluida –no siempre con gran acierto estético, todo hay que decirlo—y los cabezos han ido poblándose de viviendas privilegiadas que gozan desde su alto emplazamiento de una vista de excepcional belleza. Tampoco hay ya ciudadanos expuestos en zonas peligrosas, como es natural, en una ciudad que se ha transformado tan radicalmente y no sólo por su forzada extensión territorial. A tan larga distancia sólo queda recordar aquel despertar de pesadilla que fue el derrumbe del cabezo de san Pedro sobre la calle Aragón, a la altura del número 12, donde hoy nada recuerda, por fortuna, una conmoción que sirvió para poner de relieve el sentimiento de comunidad con que Huelva vivía sus cosas cuando llegaba la ocasión. Alguna vez me ha dicho aquel brillante alcalde, Antonio Segovia, que aquel 12 de Septiembre fue el peor día de su vida. Lo fue, posiblemente, para muchos ciudadanos de Huelva que no tenían, como él, el peso de la responsabilidad. Y puestos a citar, recuerdo que decía Jesús Arcensio, el poeta, que él no reconocía a Huelva a fondo más que cuando la veía llorar. Aquellos días en que él también mandó cerrar su cabaret, seguro que reconoció la cara trágica de la ciudad que no se veía ya, al menos en público, desde hacía cosa de veinte años.


El club de los selectos

 La Ría
28/02/03

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Un cuarto de siglo de autonomía no nos habrá servido para eso que los profesionales de la política llaman “ahondar en la identidad” pero sí para acrisolar los tópicos que ya informaban nuestra actitud menos crítica (o más, según se mire). Y entre ellos, la peregrina y panglossiana idea de que Andalucía es lo mejor de los mundos, el país de las maravillas que se esconde tras el espejo, el edén prometido donde la piedra mana leche y miel, las gentes se divierten como en ningún otro lugar del planeta y la naturaleza prodiga a sus afortunados hijos toda clase de beneficios. Un camarero amigo mío, que a diario me ameniza el desayuno con sus teorías, sostiene que es tal la ventaja de esta tierra bendita, que él no concibe siquiera la existencia fuera de ella, perspectiva que, en definitiva, no difiere gran cosa –o quizá es que le debe mucho—de la versión oficial que machaconamente repite hace años la propaganda autonómica. Pero lo de mi camarero tiene su explicación, se comprende, en cierto infundio del criterio, que por lo demás, es moneda corriente un poco por todas partes. Más me sorprende escuchar a un sociólogo acreditado, al que de antiguo profeso respeto por su trabajo, decir las cosas que le ha dicho aquí mismo hace unos días a Javier Caraballo el director del Instituto de Estudios Sociales de Andalucía, Manuel Pérez Yruela, y entre ellas ésa tan pintoresca de que , dado que en cualquier situación de competencia, alguien tiene que ir el último, tampoco es grave que Andalucía arrastre una y otra vez el farolillo rojo dado que vamos en el tren de los mejores o, como dice él exactamente, en “el club de los selectos”.

Bien, pero ¿de verdad somos los andaluces tan afortunados en nuestra descolgada posición a la cola de España y Europa? Una aplastante mayoría de informes expertos dicen que no, pero Yruela explica eso diciendo que los demás ofrecen “una visión alarmista” de la realidad que contrasta, de eso no hay duda, con la mirada mucho más amable que en su condición de áulico de San Telmo, él suministra regularmente – y que Dios le conserve el negocio—al presidente de esta Arcadia feliz. De hecho, el mismo ejemplo que él pone explicaría esta inopia colectiva en que, al margen del trabajo forzoso, parecemos instalados: Canal Sur. ¿”Acaso hay alguna televisión diferente”?, se pregunta él mismo como si no fuera obvio que sí, que la hay, y tanto que la hay, y que la bazofia y la inopia misma no son sino instrumentos alienantes del sistema político. ¡Pues claro que no! Y si encima “la gente los ve”, como él dice, para qué continuar hablando.

Entre el camarero y el profesor, la verdad es que la salida no parece fácil. Y yo veo en esa tenaza mental un temible artilugio que no va a permitirnos despegar nunca, sino que nos va a mantener en este estado semihipnótico mientras regiones no tan lejanas –pongamos el Algarve portugués, que partió con nosotros para el viaje europeo y ha superado ya medio tren. ¿Cómo se puede ser lo “mejón der mundo” y navegar tan malamente por la estadística? La opinión del sociólogo ya se la he referido; la mía, me la reservo. Pero no sin decir que en esta hora difícil que vivimos, mantenernos en la cola en ese “club de los selectos” –con Franco éramos ya la undécima potencia industrial, ¿recuerdan?—supone un fracaso rotundo de la autonomía. De una autonomía que cuenta ya un cuarto de siglo y que lleva gastados, más que nada en autofinanciarse, tantos billones como hubieran hecho falta para escalar unos cuantos puestos. “Ca uno es ca uno”, gustaba repetir filosóficamente un expresidente de la Junta. Tan seguro estoy de eso como de que unos son más que otros y nosotros menos que la inmensa mayoría.


La leyenda de Litri

 La Ría
15/02/03

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Yo creo que Miguel Báez Litri jugó un papel no bien valorado en la Huelva de postguerra onubense. Fue, por decirlo brevemente, el gran elemento sublimador capaz de aunar la ciudad, de reunir a una población demediada por la tragedia bélica, tan cercana todavía –Litri empieza a torear, abandonado su colegio de los Maristas, hacia el 47--, de lograr que una colectividad se apaciguara en la medida de lo posible –“panem et circensis”, ya saben—por encima y por debajo de la gravedad de la fractura. Aquel muchacho, casi un chiquillo, descendiente de una dinastía en la que el recuerdo de su padre estaba todavía bien presente y en la que había un héroe caído, Manolito el Litri, muerto en plena juventud, llenaba la imaginación onubense con una leyenda y con una promesa de triunfo que nimbaba de delicados tonos afectuosos la imagen de la familia rota, la de Miguelito y su madre, allá en su piso alto del esquinazo del callejón Montrocal, en pleno San Sebastián, frente al altillo hasta el que un día habría de seguirlo, con un grupo de turistas curiosos la mismísima Simone de Beauvoir.

Entre estrechuras y miedos contenidos, la gente alimentaba su esperanza pendiente de un chiquillo que torearía su primer becerro en Manzanilla en Marzo del 47 y se vestiría de luces en la plaza de Valverde el 17 de Agosto del mismo año, con un bronco encierro de Gerardo y un cartel en el que, junto a un joven Costillares, ya figuraba el que había de ser su deuteragonista local, Juanito Posada, hoy crítico acreditado y torero siempre de finísimas cualidades, en particular con el capote, también de familia torera onubense, con su parroquia de de la calle Valencia y su afición de provincia, además de alta estima en la Maestranza. Pero el toreo atravesaba un momento de desánimo quizá y fue Litri quien en el año 49 surgió arrollador como surgen los toreros de época—entre discusiones encarnizadas en las que no faltaron los ditirambos (ahí están los de Enrique Vila y algún otro) ni las críticas más despectivas. Litri, eso sí, batió el récord hasta entonces conocido toreando 114 novilladas aquella temporada, una cifra jamás alcanzada en la estadística taurina y que, lógicamente, lo convirtió en figura del toreo tan tempranamente, siempre emparejado con el que sí conseguiría ser de por vida su antagonista, el madrileño Julio Aparicio, una figura excepcional del toreo artista que combinaba bien con la maestría temperamental y arrojada de Miguelito, como se le seguiría llamando siempre por aquella generación de onubenses.

La competencia con Aparicio, verdadero revulsivo de la Fiesta, cuajó al año siguiente, en el que Miguel Báez toreó casi 90 novilladas incluyendo presentación triunfal en la Monumental de Madrid con ganado de Manuel González y compartiendo cartel con Pablo Lalanda –el hijo de Eduardo, el banderillero, y sobrino de Marcial--, cortando una oreja que sería el preludio del primer “litrazo” madrileño –todavía con su hijo, estos años atrás, los viejos aficionados sacaban lo del “litrazo” constantemente—, y en su doble actuación en días posteriores, con triunfos que le reportaron sendas orejas y la adopción definitiva por un amplio sector de aquella protestante pero cálida plaza. Litri estaba ya hecho, era un novillero escalofriante del que hablaban con estupor desde Cañabate a Ka-Hito pasando por su panegirista Vila, cuando llegó el momento de su alternativa en Valencia –ni Ponce ha sido más hijo taurino de Valencia que Litri--, que se produjo el 12 de Octubre del 52, ante un encierro de Urquijo, que tomó de manos de Cagancho en competencia con Aparicio, que actuaría como testigo, a pesar de que él también se “doctoraba”, tras un sorteo que el maestro Cossío califica, con razón, de ridículo y que favoreció a Miguel.

Huelva vivía con emoción la carrera de Litri, los cohetes preparados en alguna azotea, anunciadores de sus orejas, rabos y hasta patas, tarde tras tarde de aquella era gris que sólo la nostalgia nos hace colorear. Gloriosa fue, por ejemplo, la tarde de su confirmación madrileña, que las críticas exaltaron al límite, en Mayo del 51, toreando mano a mano con dos ídolos de aquella plaza, Antonio Bienvenida, que lo apadrinó, y Pepe Luis. Y más gloriosa si cabe --¡qué derroche de cohetería, casi valenciano!—cuando finales de mes y principios de Abril confirmó con sendos triunfos su cartel madrileño. Porque, hay que decirlo, Litri tuvo siempre una enorme parroquia en Madrid, parroquia que heredó a justo título y por méritos propios su hijo, a pesar de las críticas “puristas” de ciertos sectores. Aunque no era como en Huelva, claro, donde las madres rezaban solidarias durante las corridas, místicamente unidas a la madre que se sabía que rezaba también en su improvisada capilla doméstica, o donde los niños lo seguían por la calle, se asomaban a la banquilla zapatera de la calle Rafael López donde solía recalar con sus incondicionales, o a la antigua Tertulia Litri, que por San Sebastián ganaba siempre los concursos con sus mantones de Manila y sus rábanos gigantes.

Ningún crítico, eso sí, dejó de reconocer el impacto de aquel “mano a mano” clásico, por el que Litri y Aparicio cobraban quince mil duros todavía en el año 49, pero que habría de revolucionar la cartelería y el negocio, incluyendo sus tarifas, que las temporadas americanas, sobre todo la de México, contribuirían a elevar rápidamente. Huelva seguía esa historia, leía con avidez las prosas de “Don Francisco”, y repetía en familia aquel catecismo modesto y discreto, “Yo pienso mucho antes de hacer una cosa, pero cuando lo hago es en serio”, o “la borrachera del toreo hace olvidar el miedo”. Litri era así, y no lo cambió el trato cosmopolita, ni la inevitable adulación, ni las tentaciones que el toreo conlleva, con sus estrellas, ni la propia Gilda, sino que tras cada temporada volvía a Huelva en busca de lo suyo, de la Cinta, de Punta, de sus amigos, de su Tertulia y, finalmente, de su familia y sus trajines de ganadero. Su conocimiento del toro le evitó percances y quizá la tragedia, pero hubo de pagar su grave tributo de sangre: la cogida de Barcelona, en el muslo derecho en el 52, la de Zafra, en la otra pierna, tres años después, el tremendo revolcón que le propinó un Guardiola en Huelva, cuando le impusieron la Gran Cruz de Beneficencia, allá por el 65, la de que infligió un sobrero de Palhas en Castellón el mismo año, la cogida de la feria de Sevilla, algún pisotón malhadado de una vaca en algún tentadero… Cuando Agustín de Foxá imaginó la película “El Litri y su sombra”, la fábula se quedaba corta para una Huelva que aguardaba todo el despliegue homérico para su héroe, una Huelva que andaba iniciando su transformación y en la que él jamás quiso salir de ese discreto segundo plano de la intimidad familiar y amistosa. El Litri fue lo que expresa el monumento de Francisco Germán Franco, otro onubense de dinastía artística, que ha sabido extraer del miniaturismo de su abuelo el inspirado detalle y de la plástica generosa de su padre todo el sabor de la epopeya estética local: a saber, quietud, seriedad, sentido de lo recto, sencillez absoluta. –“Parece que va a hablar”, me dijo Curro Romero en día de su inauguración. Pero había que verlo de joven, impecable siempre en sus trajes bien cortados, cuando todavía se confesaba con la opinión en estos términos: “Unas veces manda el torero y otras el toro. Yo he mandado casi siempre”. Era su teoría del autodominio, su concepto del valor. Y tuvo ese mérito que decía al principio que no se le había reconocido: el de haber unido a Huelva, el de ese liderato imaginario que a lo mejor no sobraba hoy para bien de todos, con tanto como han cambiado las cosas.


Evita en Huelva

 La Ría
08/02/03

Diario El Mundo
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En la España aislada de la postguerra, Hispanoamérica se convirtió en el referente obligado de la política internacional y Argentina, probablemente, en el “país hermano” por excelencia. En Huelva, cuyo puerto recibió buena parte de la ayuda alimentaria en los peores momentos --el trigo y la carne de Perón--, unido a la circunstancia colombina, entonces muy acentuada, ese sentimiento de proximidad y simpatía era aún mayor, al menos desde la mitad vencedora de la guerra civil, que veía en el peronismo un régimen similar y recibía de él continuas expresiones de afecto. Francisco Jiménez, el gran Jota, tan precozmente perdido, decía por aquellos entonces que Argentina había sido “la primera nación en defender contra viento y marea la verdad y la justicia de nuestra causa política”. Se refería a la suya, claro está, pero era enteramente cierto que la actitud de Argentina desbordaba bastante la proximidad que impone la afinidad ideológica por muchas y muy viejas razones.

Por eso, cuando el 4 de Junio se anunció que Evita vendría a España para, con centro en el palacio de El Pardo, girar varias visitas por España, Huelva anduvo conmovida, como media España, por aquel acontecimiento político trascendental, que venía nimbado de leyenda por si algo faltaba. Hacía tiempo que no era un secreto la enfermedad mortal de Evita –o María Eva, como decía el ODIEL adelantando premonitoriamente el nombre de la segunda esposa—y esa circunstancia potenciaba los sentimientos de quien la propaganda constante acreditaba como el gran amigo, el verdadero hermano de la nación. Y por eso, cuando tras arribar a Villa-Cisneros --y, tras breve estancia en Canarias—Eva Perón voló a España para celebrar la apoteosis de hermanamiento en la Plaza de Oriente madrileña, además de visitar Ávila, Segovia, Granada y Sevilla— la noticia que daba un suelto en el periódico local del 17 en el sentido de que quedaba suspendida la visita a nuestra ciudad, la decepción fue sólo comparable al sentimiento muy general de pesar por lo que, sin duda, debía ser un mal episodio de su enfermedad.

La decepción duró poco, sin embargo, porque al día siguiente, el 18 de Junio, Evita decidía visitarnos con un apretado programa de actos y en medio de un clima que, con justicia, el periodismo de entonces calificó de “clamoroso”. Eva llegó desde Sevilla recorrió las calles en choche descubierto acompañada por el alcalde Juan Rebollo, que había proclamado un bando en el que instaba a la población a volcarse en la bienvenida, empezando por recomendar imperativamente que “todos nuestros balcones” deberían estar engalanados con sus mejores colgaduras” además de incitar en nota de la alcaldía a una recepción que incluía la suposición y el deseo de que “todas las muchachas onubenses vistan esa tarde el traje de volantes” como marco amplio a la espectacla cabalgata de jinetes “a la andaluza” y muchachas vestidas efectivamente con el traje regional que desde la calle Moraclaros, tras el triunfal recorrido por las calles 18 de Julio, General Primo de Rivera,, Calvo Sotelo, Concepción, General Mola, Generalísimo Franco, Plaza 12 de Octubre y Paseo de las Palmeras, habría de conducirla hasta el Muelle en el que se había levantado un gran arco triunfal y dispuesto una amplia alfombra roja rodeada de flores hasta el embarcadero.

Recuerdo aquel cortejo –era completamente cierta la apreciación del cronista de que “la simpatía de la ilustre dama se bastaba por sí sola para encender el entusiasmo de las masas”--, que yo ví con mirada niña desde un balcón de la consulta que tenían en los altos del que fuera Bar América, Manuel Gómez y Rosario Contioso, una mujer frágil y elegante vestida con traje de seda natural tocada con un sombrero de flores lilas y blancas, zapatos negros, discretos pendientes y un lucido broche de oro sobre el pecho seguramente agobiado. A Evita la llevaron como panderillo de brujas hasta la Punta del Sebo, donde depositó unas flores ante el monumento a Colón, y posteriormente a los lugares colombinos, Palos y Moguer, rodeada durante la travesía por numerosas embarcaciones empavesadas que ensordecían con el clamor de sus sirenas y duplicaban en el espejo de la Ría el juego de colores de las dos banderas, la española y la argentina, que inundaba la capital llena de forasteros y con la población en peso en la calle.

Gritos de “¡Franco, Perón!” durante todo el espectáculo, balcones decorados con tapices, reposteros y mantones de Manila, flores desde los balcones y “¡Guapa!” como grito más común eran respondidos con una páloda sonrisa por aquella mujer al borde de sus fuerzas que en poco recordaba a la leona justicialista que se metía en los barrios porteños o se encaraba con los “cabecitas negras” llegados del Interior para ser su apoyo popular más fuerte y demagógico. Hay unas imágenes de entonces en la que puede comprobarse ese cansancio disimulado y esa fortaleza de ánimo, y están precisamente por NO-DO cuando Evita posó rodeada de un grupo de jóvenes de Huelva envuelta en el mantón de Manila que le obsequió al Ciudad: unos ojos brillantes pero una mirada sin vigor, un rostro delicado, casi transparente, sobre el que se dibujaban netas las finas líneas de las cejas perfiladas con esmero. La Sociedad Colombina, entonces an combativa por razones obvias, le regaló n relicario tallado del siglo XVIII en el que creo recordar que se conservaba la tierra que el propio Colón, acompañado de su hijo Diego, recogió del pie de la Cruz rabideña. “Huelva puso su encendido entusiasmo a los pies de la primera dama argentina”, escribió el cronista entusiasmado. Pero esta vez era verdad, como pueden atestiguarnos todavía, por fortuna, muchos onubenses que recuerdan aquella romántica imagen final de Evita recorriendo la calle Concepción, deteniéndose a besar a algún niño, sonriendo hacia los balcones y aceras en los que una muchedumbre la aclamaba sin cesar.

Eva se fue de vuelta y no tardaría en morir. Yo ve visto varias veces su tumba en el cementerio de la Recoleta, y nunca he olvidado el ilusorio lema que campea sobra la losa que, finalmente, cubre el cuerpo fetichizado y profanado durante años por ciertas pasiones fanáticas tan argentinas, como sabemos, y que reza: “Volveré seré legiones”, un lema ajeno, por cierto, pero que encaja divinamente sobre ese mármol de leyenda. En el periódico, rendido al acontecimiento y fervoroso por razones políticas, se leía junto a su despedida una noticia extraordinaria: “Todo estaba preparado para el viaje a la Luna”. Según nuestros sagaces informadores el proyecto –americano, of course—consistiría en recorrer 384.000 kilómetros a una velocidad inicial de 11 kilómetros por segundo. Una odisea. Pero los niños, las mujeres y, supongo que sobe todo, los hombres de Huelva andaban con la imaginación en otra cosa, cabalmente en la imagen de aquella frágil mujer –tan tremenda políticamente, por supuesto, como hoy sabemos bien—que cruzó la ciudad en coche descubierto, vestida de seda natural y toada con un sombrero nen el que se mezclaban flores lilas y blancas. Yo creo que ése fue elacontecimiento social más conmovedor de la postguerra onubense, cuando aún la sangre derramada estaba fresca y las conciencias erizadas por tanto miedo y tanto rencor. Eva llegó y se fu, pero dejó tras de sí una rara fragancia de personaje soñado e inalcanzable. Quedaban muchos días por delante para seguir hablando de aquella “aparición” que, seguramente, había debido sacar fuerzas de flaqueza para pasear su sonrisa aquel día por nuestra capital, entonces tan lejana.


La diócesis, cumple medio siglo

 La Ría
01/02/03

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Tras la organización territorial de España que en 1833 hace don Javier de Burgos, la Iglesia planteó la necesidad de adaptar su estructura al esquema provincial para mejor desenvolverse en las nuevas circunstancias. Esa idea se debate ya en torno al Concordato de de 1851 y no es retomada hasta que pasa la Guerra Civil del 36, en tiempos en que la diócesis hispalense estaba en manos del cardenal Ilundain, a cuya muerte, su sucesor, don Pedro Segura decide paralizarla indefinidamente. La presión onubense, no obstante, parece que consigue adelantar acontecimientos –sin duda, apoyados políticamente desde el círculo íntimo de Franco—pues al filo del nuevo Concordato del 195, el cardenal recibiría en su Palacio sevillano la nueva de la creación de la diócesis dictada desde la propia Secretaría de Estado. Poco pudo contra esa determinación la resistencia de un Segura ya en los amenes de su vida –cuando atravesaba “tormento de ánimo”, según su más reciente biógrafo—pues el 22 de Octubre del 53 Roma expediría la bula “Laetabur Vehementer” que el periódico local anunciaría al día siguente con gran depsligue anunciando el nombramiento del entonces obispo de Barbastro, don Pedro Cantero Cuadrado, como primer titular de la nueva diócesis.

Pio XII no era ajeno a las tensiones que la creación del nuevo obispado crearía, como lo demuestra la tensa relación posterior con egura en la que habría de mediar, y no templando gaitas precisamente, el nuncio Antoniutti, que también estuvo de visita en Huelva. En Huelva la noticia se vivió con la natural alegría no sólo por la relevancia que a la capital y a la provincia prestaba su nuevo rango eclesiástico, sino porque en el fondo latían antiguas tensiones con Sevilla que dieron lugar a una especie de autonomismo eclesiástico con cierto trasunto social. El nuevo obipos, por lo demás, era hombre del Régimen, alguien de la anigua confianza de Franco, que había sido Asesor Nacional de Auxilio Social, procurador en Cortes, además de Consejero del Reino (y como tal había de formar parte, en su día, del triunvirato que quedó como órgano regente a la muerte del Dictador), aparte de conocido partidario del Régimen al que defendió con sus escritos desde “Arriba” y otras publicaciones. “Un hombre estrechamente unido a la obra social de Falange”, como dice un panegirista suyo, que escribió cosas como “Cristianos voluit facere non matemáticos”, aparte de duros rechazos de la democracia, nuevas teorizaciones de “las dos Españas” surgidas según él del “Estado liberal”, vigorosas defensas del Partido Único y del Sindicato Vertical, elogios “imperiales” del franquismo, duras condenas de la “apostasía de las masas” (una expresión acuñada en la represión y para la represión) y teorías sobre la “catolicidad” de España.

A este hombre bien definido es a quien elige PIO XII –aún regía el “privilegio de presentación” política, no se olvide—a instancias de Franco, que sabe bien que puede confiar en aquel “capellán en la línea de fuego” y “servidor de España con estilo de la milicia”, como lo calificaba al día siguiente en las páginas del diario local el mismísimo Delegado Nacional de Prensa, Juan José Pradera. Quizá por eso, el cardenal trató con frialdad al nuevo prelado, quien le había escrito desde Barbastro en Febrero para recibir una gélida contestación de Segura quei, eso sí, lo ofreció albergue en Sevilla, a su paso para Huelva, en una carta posterior.

El Obispo entró en Huelva en medio de un entusiasmo general el 15 de Marzo del año 54, recorriendo en triunfo las calles hasta la nueva Catedral donde, por no haber constituido Cabildo aún, sólo se leyeron dos bulas de las tres preparadas por la Congregación Consistorial, una dirigida al clero y otra al pueblo. El cardenal que había calificado a la Huelva de posguerra de nueva Sodoma y que, todavía en 1953 prohibía severamente los balies de Colombinas, reprimió su disgusto y no hubo más. Y en el obispo vio mucha gente una nueva era de la ciudad, una especie de consagración de la capitalidad, tras aquel complicado blasón en el que figuraban –además de mitra, báculo en lo alto, cuarteles con la casa de Nazaret y la estrella de Belén (Belén era la advocación de la patrona de su pueblo, Barbastro), dos columnas rotas de plata que significaban –ignoro con qué fundamento simbólico—la primacía del cristianismo sobre al paganismo, simbolizado por las de Hércules, el escudo de Carrión de los Condes, con león, carreta y granada, y una escena en la que Cristo entregaba las llaves a san Pedro Bernabé. El lema escogido fue de lujo y, ciertamente, próximo a la nueva retórica fascista (era, por ejemplo, el del primer Colegio Mayor): nada menos que el “Veritas liberabit vos”.

El Sábado Santo hubo por vez primera en la Catedral consagración de óleos por el Obispo, quien compartió presidencia –“las dos espadas”—en las procesiones del Jueves. Tras él, severo y quizá algo defraudado, marchaba le viejo arcipreste, don Julio Guzmán, primer deán del nuevo Cabildo, que habían tenido la osadía de dirigirse al Nuncio metiéndole prisas a espaldas del Cardenal. Nunca llueve a gusto de todos. Pero la muchedumbre se agitaba en Huelva en aquellas históricas jornadas satisfecha y esperanzada. Empezaba otra etapa. Cada cual juzgue hoy, medio siglo después, el resultado del acontecimiento.


La ciudad, la ría, el Polo

 La Ría
25/01/03

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La decisión de la Dictadura de planear un desarrollo industrial a gran escala cambió muchas cosas en España. Por empezar por una curiosa, rara, que pueden atestiguar varios de mis antiguos alumnos de la Complutense, los “índices de frecuentación sacramental” inician una curva descendente que quiebra justo en ese quicio histórico que cae a mitad de los años 60. En lo que se refiere a Huelva, donde aparte la industria minera, la derivada de la pesquería y la más o menos artesanal, no había aún otro penacho que el que salía de la Central Térmica –“la última palabra en centrales”, se nos decía--, el año decisivo fue 1964 en que se aprueba el modelo definitivo y se crea el “polo” químico de Huelva que cambiaría la vida de la ciudad. Suelo repetir que por entonces –y ahí está la hemeroteca—casi todos los onubenses aceptaron la aventura con simpatía si no con orgullo, ajenos aún a lo bueno y a lo malo que un “polo” que había sido rechazado previamente en varios países del chaflán atlántico, incluido alguno africano.

El Polo, en efecto, hizo de Huelva otra ciudad. Y no sólo porque atrajera masivamente a la mano de obra rural que era un gravamen insostenible, sino porque su presencia supuso la llamada a importantes colectivos de técnicos y personal cualificado que, como es natural, ayudó por la vía rápida a la transformación de la vieja estructura. Una estructura que, de momento, dobló su población, y abrió la ciudad –y la capital—a un futuro radicalmente distinto, en el que se multiplicarían los servicios, se modernizaría la vida y acabaría por enriquecer al conjunto. Fue en los años 70, cuando ya la Dictadura se resquebrajaba y emergían algunas voces críticas –todo lo sofocadas que se quiera, pero críticas—cuando comenzó cierto movimiento de oposición a un modelo de vida, el impuesto por el Polo, que resultaba irrenunciable pero que suponía una dura carga para el medioambiente. Recuerdo que en unas jornadas que organizaron los paleosociatas de barba y chambergo –aquellas en que Mario Gaviria dijo eso tan genial y enigmático de que “el eucaliptos es un árbol burgués”--, uno de esos opositores más o menos tolerados le contestó con gracia a un técnico que trataba de vender la idea de que el Polo jamás perjudicaría a la ciudad dado su orientación en el régimen de vientos dominantes, que “to el viento es reondo”.

Pero dejemos las nostalgias. La decisión vecinal de retirarse de la Mesa por la Ría propuesta por los arquitectos, precedida del abandono de los propios empresarios, condena de nuevo a la espera un proyecto que no es nuevo en Huelva. Si hoy la consejera del PSOE dice que la solución no es alejar el Polo la ciudad, sino alejar a Huelva del Polo –bobada sin duda insigne—hay que recordar que fueron los jóvenes todavía utópicos y sin instalar de su partido quienes lanzaron los primeros la idea de que, sin plantear siquiera la renuncia al Polo, resultaba necesario ir pensando sin prisas en un futuro desplazamiento a zonas más adecuadas, desde las cuales la amenaza y el riesgo fueran mínimos si no inexistentes. Sería un despropósito imaginar siquiera una vuelta atrás que implicara el rechazo de la Huelva industrial que hemos llegado a ser –no se olvide que el día de San Sebastián se premiaba a las huertas, ubérrimas huertas onubenses--, por la sencilla razón de que una alternativa global no se construye así como así. Si se hiciera un referéndum local (ahora posible legalmente) sobre el tema, seguro que ganaba la opinión favorable a la continuidad de una realidad de la que vive media ciudad y parte de la otra media, con independencia de los efectos negativos que todo desarrollo fabril provoca.

Ahora bien, la idea propuesta de acercar Huelva a la Ría y hacer de la capital una ciudad fluvial, unida al derecho a aspirar a vivir en una atmósfera restaurada, poco tienen que ver con esa idea utópica de prescindir del Polo. Lo que ahora han hecho los arquitectos tiene sentido, y más cuando ya es un hecho que la ciudad se está asomando a la Ría de modo que la marisma parece destinada sin remedio a constituir el emplazamiento de esa futura ciudad fluvial, y los vecinos deberían ser los primeros en entender que aspirar a una mejora necesaria –hay documentadas teorías médicas no poco alarmantes que hasta hablan, en revistas solventes, del “síndrome de Huelva”—a la que nadie ha puesto plazo y menos plazo perentorio.

Aquel polo ideado por los tecnócratas de López Bravo en el 64 no tiene por qué ser inamovible, sino que podría ser reubicado, en las condiciones y con el calendario que fuera posible, allí donde, rindiendo lo mismo a sus beneficiarios directos, no perjudicara al conjunto. Porque entre otras cosas, esa población que llegó en los lejanos 60, constituye ya un bloque de segunda generación, indiscernible de la onubense genuina, lo que, por cierto, ha tenido si efecto determinante sobre la redefinición del papel capitalino de Huelva en términos que, me parece a mí, no se valoran debidamente. ¿Por qué no hablar, por qué no estudiar posibilidades, por qué cerrarse por inercia como si la Huelva actual, con sus virtudes y defectos, no pudiera cambiar de postura como cambió cuando a la Dictadura le vino en gana? Porque si no es la Mesa por la Ría, si no son estos arquitectos, serán otros, u otros más lejanos aún, pero no es posible dudar de que el futuro de Huelva señala hacia su expansión urbanística por la zona que hoy ocupa el Polo. Y por supuesto deberían ser las propias empresas que lo constituyen parte interesada como la que más en un proyecto que aleja la posibilidad de riesgos que, no nos engañemos, existen y deben eliminarse. Habrá que esperar, no obstante, a otro golpe de utopía, aunque bien pensado, más propio sería hablar aquí de sentido común que de utopía propiamente. Es curioso, en fin, que en una ciudad en la que existen Mesas hasta para respirar, ésta de la Ría haya sido tan expeditivamente combatida y desarmada. Yo que no estuve en ella ni sé de lo que en ella se habló, pienso que, a pesar de todo, acabamos de perder una ocasión más de buscar por las buenas y con tiempo lo que ojalá no haya que procurar nunca con prisas y penas.


Don Antonio


 22/01/03

Diario El Mundo
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Ayer falleció en XX??? el maestro de historiadores Antonio Domínguez Ortiz. Deja tras de sí el ejemplo de una vida de obstinada dedicación y el bagaje de una obra difícilmente parangonable en la actual historiografía española. La biografía de este granadino profundo, andaluz sin complejos ni fisuras, es también un ejemplo no poco desolador del alcance de nuestra indiferencia hacia la Cultura, a pesar de que en sus últimos años su prestigio provocaría –otra circunstancia muy nuestra—la moda de su figura y una avalancha de invitaciones difícil muchas veces de atender como él acostumbraba.

La Historia moderna de España no será la misma, desde luego, tras la aportación amplia y al tiempo minuciosa de Domínguez, y no diremos nada fuera de lugar asegurando que lo que hoy sabemos de los siglos XVII y XVIII –con ser bastante lo que otros historiadores, en especial extranjeros, han aportado a su conocimiento—permanecerá durante años uncido a la memoria de este singular maestro, tan severo en su inalterable método como reacio a las modas y aventuras que le salieron al paso. Su exposición de la estructura de la vida barroca así como de la ilustrada, sitúan su obra –que cuenta ya muchos decenios, por otra parte—muy lejos del alcance medio, y su firmeza de criterio al describir la transformación del Imperio en monarquía castellana, o al estudiar la evolución del poder nobiliario lo mismo que el papel de la naciente burguesía, y hasta el rol desempeñado por ese telón de fondo que es durante el Antiguo Régimen la apenas rumorosa presencia popular, marcan un antes y un después en nuestra idea de esa España “moderna”.

Mucha ha sido, por otra parte, la atención dedicada por el maestro desaparecido a los temas andaluces, en especial a la historia sevillana, área en la que esforzadamente ha logrado proporcionarnos un delicioso repertorio de estudios medianos y más chicos, que van desde la tragedia de las epidemias antiguas a la de la Inquisición pasando por un repertorio admirable de temas. Se opuso con firmeza, sin embargo, a la novelería –él, que había sabido mantenerse al margen de tentaciones unidimensionales, en el pleito entre Castro y Albornoz, al tiempo que ajeno a la obsesión castellanista de Pidal— que trató sin éxito de poner algo así como los fundamentos de una interpretación islamista de la historia de España y, en concreto de la de Andalucía, del mismo modo que rechazó de plano algún anacronismo sin mayor fundamento como el que se empeñó en ver en la sedición del Duque de Medinasidonia una precoz revolución andaluza en pleno XVII.

Ortiz fue toda su vida, trabajo, esfuerzo, inteligencia, buen criterio, interpretación templada, erudición sin fin. Andalucía, España, Europa en fin, acaban de perder uno de los grandes maestros del siglo. Un maestro con el que su patria fue más bien madrastra, dura madrastra, pero que supo dejar de lado la ofensa y el desdén para consagrarse sin desmayo a una tarea que ha traído entre manos, prácticamente, hasta su última hora.



La vuelta al campus


 La Ría 
11/01/03

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El año 2003 parece que va a ser trascendente la para la Universidad de Huelva. Y no lo digo porque un grupo de expertos de nuestro claustro ande combinando esfuerzos con otros sabios de Freiburg para tratar de identificar la plata de nuestros yacimientos que en las edades más remotas –quizá cuando en el libro Segundo de los Reyes se habla del mítico Tharsis, no poco dudoso por cierto—iban a parar a las factorías del próximo Oriente para fundirse y dar cuerpo al joyel de la época. Me cuentan que de lo que se trata es de determinar la composición isotópica del plomo que pueda hallarse en esos objetos para compararla con la de la plata que todavía subsiste en nuestros filones, tan esquilmados, ay, por tirios y por troyanos. Tampoco porque la oposición haya apostado por nuestra primera institución consagrándole un año en el que espera ver ampliada una oferta de títulos y grados en la que personalmente, de verdad, no confío demasiado. No estoy yo pensando en una Universidad que crezca a base de ofrecer títulos llamativos, incluso extravagantes o, simplemente, de esos que ya sobran en el mercado, sino en una corporación dinámica que enseñe e investigue a un tiempo, hasta dinamizar la casi cataléptica vida cultural onubense.

Estos paréntesis navideños dan para todo. Incluso para comprobar por la Internet la multiplicación de títulos de trabajos producidos en nuestra “alma mater”, trabajos diversísimos que abarcan desde la filología o la historia hasta la química o la biología, trabajos seguramente novatos en muchos casos, pero indicativos, en cualquiera de ellos, de una actividad intensa, casi frenética, que dice mucho del entusiasmo con que funcionan nuestros mal pagados profesores e investigadores. Se consagren o no las nuevas titulaciones –insisto en que me complacería más ver cómo se consolidan las clásicas--, nuestra Universidad tiene que encabezar en los próximos años cruciales el avance de una sociedad recién despertada de su sueño plurisecular. Es encantador comprar la vida cotidiana de la Huelva que conocimos no hace tanto con la que en el siglo XVIII vivían –según ha pintado con mano maestra su mejor experto, el profesor Manuel Lara—gentes como Pérez Quintero, el padre Jacobo del Barco (del que tengo pendiente aquí alguna perorata de mayor cuantía) o el autor de la “Huelva Ilustrada”: las mismas calles, el mismo ambiente pasivo, la misma penumbra intelectual, las mismas rencillas, idénticos cabildeos. Aquella Huelva –atravesando el meridiano de la guerra civil incluso—llega prácticamente hasta nuestros días, Hasta esta época en que el desarrollo, con su inmigración masiva y los cambios introducidos por la autonomía, abren un horizonte distinto que parece que va a ser felizmente aprovechado.

En lo que lleva razón la oposición al proponer el pacto institucional con la Universidad –al margen del discutible programa de ampliación de títulos—es en que esa centro neurálgico de la vida onubense debe funcionar con solvencia económica garantizada. No es posible mantener en vilo a sus gestores con promesas siempre renovadas y jamás cumplidas por parte de la Junta, de la misma Junta que, todo debe decirse, ha arrimado al “campus” onubense una importante inversión en infraestructuras que porque ahora se planee ampliar no debe menospreciarse. Si esta provincia va a ser capaz de superar la actual crisis de crecimiento, remendando los sectores ruinosos y potenciando los de nueva planta, la Universidad ha de jugar en ello un papel de primero orden, no sólo proporcionando expertos de calidad, sino promoviendo una inquietud investigadora capaz de centrar en casa las investigaciones que vayan haciendo falta para acompañar el desarrollo y sus complicaciones. ¿Qué hacer hoy con los plásticos agrarios, qué hacer con las cenizas minerales, cómo eliminar los residuos que general una vida compleja de altísimo consumo y escasa responsabilidad? Pues yo creo que son los universitarios onubenses quienes tendrán que contestar a esas preguntas que hoy hacemos por Europa o América, cuando no escondemos como podemos los trastos rotos y la ropa sucia. No el 2003, sino el próximo decenio y quizá los años que le sigan, van a ser los años de una Universidad en la que creía poca gente hace bien poco pero se ha de convertir, sin remedio, en el centro de la vida provincial. Y eso ha de costar mucho dinero, ciertamente, pero no será por dinero por lo que las instituciones –piénsese en la Diputación provincial, por ejemplo—dejen de asistir a este proyecto capital. Puede que un día sepamos si la plata vieja de Tartessos pervive en museos ajenos, anónima, desconocida, como tantas cosas de Huelva. Me conformo con que se conozca nuestra Universidad, con que nuestros historiadores amplíen nuestra mirada hacia atrás, con que nuestros científicos nos acerquen a Marte o aligeren y enriquezcan el crecimiento de nuestra colosal producción hortofrutícola. Una Universidad no es una factoría de títulos para reproducir en lo posible los esquemas de dominación social. Es una grave industria de la cultura sobre la que gravita el peso de la vida pública. En aquel XVIII que nos muestra Manolo Lara Huelva era un erial pacífico en el que se hablaba latín, cuando se hablaba, en algún cenáculo privado. Nuestro futuro debe ser abierto y su cultura también. Y la Universidad juega en esa dramática función el papel protagonista. Los sabios de Freiburg no saben que la plata que queda en nuestras veneros es más abundante y tiene mejor ley que la que quizá sirvió en los tocadores del Oriente mediterráneo en la diadema de una reina púnica o en la vacía del barbero cretense que rapaba las barbas al dueño antañón de las viejas civilizaciones.


La generación del salto


 La Ría 
21/12/02

Diario El Mundo
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La otra noche, durante una amigable cena, estuve escuchando cábalas sobre el proyecto de levantarle una modesta estatua en Huelva a aquel torbellino genial que fue Paco Toronjo. Me llamó la atención la sobra de palabras –estaba presente la mayoría de la gente que tiene en su mano decidir en Huelva—, cierto regateo trufado de fintas y promesas, que me hicieron pensar en la diferencia con otras partes andaluzas y españolas. En Sevilla, por ejemplo, se quiso levantar un monumento a Curro –no hay que decir a qué Curro—y hubo “overbooking” de colaboradores, arbitristas que proponían ideas (alguna descabellada), instituciones que trataban de desplazarse a codazos de la primera fila y, por descontado, un buen montón de figuras, figuritas y figurones que buscaban salir aunque fuera en la peana. Aquí en Huelva –lo del monumento a los Litros es otra cosa, porque concierne en su entraña al mitologema local—, en cambio, para hacerle un monumento a Toronjo andamos regateando, que si esto que si lo otro, que si yo te pongo el pedestal y tú pones la figura, y hasta que vamos a ver si el escultor –el pobre escultor—nos hace una rebaja y cerramos el trato.

Hay cosas que aún tiene que cambiar en Huelva. Empezando, a mi juicio, y lo digo sin tentarme la ropa, por la consolidación de un grupo dirigente capaz de anteponer los intereses generales a los propios, una “clase” si se quiere, generosa al menos hasta el límite imprescindible que impone la revolución socioecómica que están viviendo la provincia y la capital. A esa oportunidad histórica ha de responder en Huelva una cohorte generacional consciente de su papel histórico y no una patulea de espontáneos reliados con oportunistas más atentos al negocio que al alto fin de sacarnos de donde siempre estuvimos. Pocas generaciones tienen ese privilegio, que no deja de ser duro ni exigente, pero a la que le toca, o lo asume con liberalidad y grandeza de miras, o fracasa y nos arrastra con ella hacia un futuro imperfecto.

Curiosamente, en cambio, hay hoy en Huelva un plantel de personalidades que ostentan niveles de representación institucional y manejan el cotarro financiero quizá inigualable a ningún otro anterior, plantel que debería exigirse a sí mismo enunciar la tentación caciquil ara hacer gran política y, por descontado, gran economía. Desde luego, poco va a ayudar en ese sentido la perpetua reyerta partidista que ensombrece nuestra convivencia cada vez que un imaginario puñado de votos asoma en el horizonte o, incluso, sin necesidad de que asome. Una pendencia absurda porque nadie puede ignorar la fundamental aportación de las Administraciones del PSOE a la transformación provincial, como sería del género tonto negar lo que ha hecho y sigue haciendo la del PP. Se ha transformado de arriba abajo el precario sistema de comunicaciones que teníamos, se ha consolidado el sueño del regadío y la agricultura intensiva (que la presa del Andévalo, retrasada tantos años por melindres hiperecologistas, relanzará con fuerza en poco tiempo), y a pesar de la crisis de nuestros clásicos sectores, la minería y la pesca, parece que en conjunto, rl progreso conjunto permitiría hablar hoy de la posibilidad de una búsqueda de solución global que no deje a nadie fuera.

Pero esa tarea no se va a hacer mientras marchemos políticamente partidos por dos, ni mientras nuestra dirigencia económica no consiga un nivel mínimo, crítico, de unidad de acción. Es verdad que se están creando instrumentos (el último surgido de la propia patronal de la construcción) para centrar el negocio en Huelva y evita la huida de las plusvalías y la deserción del valor añadido de lo que aquí se hace y se gana. Pero falta no poco, a mi juicio, para que se consiga acordar el paso, concertar el liderazgo político con el económico y a éste consigo mismo), poner el progreso de Huelva, en definitiva, por encima de la ganancia y humana ambición de cada cual por separado. No es que sea uno tan ingenuo como para imaginar una clase dirigente franciscana, sometida en todo y por todo a una disciplina de solidaridad, sencillamente porque eso es la antítesis del mecanismo de función en el sistema de capital, que es el que hay. Pero sí que es legítimo para cualquier onubense exigirle a esos que tiene el poder, la responsabilidad de ejercerlo pensando con anchas miras, no movidos sólo por la sugestión de la propia faltriquera. Esos que hoy mandan en Huelva, los que tiene el poder político y el económico, deben asumir la responsabilidad especialísima que impone dirigir el tránsito desde una sociedad lastrada por siglos de inepcia y conformismo, hacia una nueva realidad que no es nada descabellado imaginar esplendorosa. Hoy la fragmentación caciquil no tendría perdón y, lamentablemente, hay signos de ella aún por ahí. Imbuir en la conciencia esa necesidad de acción conjunta es quizá la necesidad más urgente de cuantas tiene planteadas –que no son pocas, ni mucho menos—esta provincia y esta capital que andan despegándose del conjunto regional y hasta de los conciertos nacional y europeo con una energía que bien merece el privilegio de ser dirigida con generosa dignidad.


Dos futuros para Huelva


 La Ría 
16/11/02

Diario El Mundo
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Los trajines preelectorales que tienen patas arriba la gran entrada de Huelva por la autopista de Sevilla van a darle, seguro, al Ayuntamiento otra baza importante, pero sobre todo, van a rematar un elemento urbanístico de gran categoría con el que pocas ciudades españolas podrán competir. El viejo diseño de Alejandro Herrero –abrir un agresivo eje que permitiera alcanzar el corazón de la ciudad--, puesto en marcha por el Ayuntamiento del PSOE, es ya una realidad admirable, de enorme aceptación ciudadana además, que ahora se verá prolongada en otro kilómetro, lo que abre a ambos lados de la espléndida vía sendas áreas de expansión que, sin duda, serán vitales para la Huelva del futuro. El otro gran proyecto progresista de los años 60, la ambición de acercar la ciudad a la Ría, ha sido acometido paradójicamente (aunque eso no es nuevo en la Historia de España, ni mucho menos) por un gobierno municipal conservador, en medio de alguna polémica pronto sepultada por la realidad, con la decisión de construir el nuevo Estadio Colombino en los aledaños de la marismas, casi en la orilla, junto al Polo Químico, lo que ha descubierto de un golpe las posibilidades de expansión que Huelva tení, también por esa fachada, una vez salvada la histórica divisoria que era la vía del ferrocarril. De estas cosas hablaba la progresía de los 60 y 70, ya digo, pero ha sido la derecha la que las anda poniendo en práctica.

Claro está que, así como la extensión superficial en la alta marisma más allá de la Isla Chica no plantea problemas ni objeciones, el proyecto de “ciudad fluvial” al que señala la ocupación de la marisma ribereña conecta inevitablemente con otra vieja aspiración onubense: el traslado del Polo. El Colegio de Arquitecto (prescindo de la letra chica y sus minucias) ha relanzado la vieja idea y propuesto una Mesa (¡otra!) para ir estudiando esa posibilidad en modo alguno imposible por más que se empeñen los interesados. Hace poco, es cierto, la propia consejera de Medio Ambiente decía que la solución no era otra que el alejamiento de la ciudad respecto del Polo, pamplina que no requiere comentario. Y también se han alzado voces que agitan el fantasma de la huida industrial, supuesto no poco inverosímil como se ha demostrado tantas veces a medida que se le han ido exigiendo inversiones a quienes tanto han aportado a Huelva pero también, todo hay que decirlo, tanto han sacado de ella. El asunto es sencillo en principio: el tema de la ubicación del Polo no puede ser mirado hoy, con los elementos de futuro ya disparados, de la misma manera que se miraban en los primeros años del desarrollismo. Nadie mete prisas, nadie amenaza con nada. Simplemente se exige plantear la cuestión con rigor, con respaldo oficial, y sin dejarse amilanar por ningún género de amenazas.

Es curioso que el crecimiento de Huelva haya sido tan exhaustivamente anárquico. Más aún que las dos grandes ocurrencias –la de crear una zona edificable junto a la columna vertebral de la futura ciudad y la de poblar la marisma hasta ahora arrasada por el uso industrial— se hayan eludido con cuidado. Que Huelva creciera al otro lado del río, por ejemplo, aparte de que constituía una explicable tentación dada la belleza del paraje, no tenía demasiado sentido mientras se mantenía el viejo esquema de la ciudad tradicional. Hoy el vigor de la vida social permite contemplar un futuro distinto en el que la capital crecerá hacia el Oeste, como arrastrada por la fenomenal Avenida, y hacia el Sur al conjuro de la intervención que origina el nuevo Estadio.

Habrá que discutir, qué duda cabe, y no entre espontáneos (como yo mismo) sino entre especialistas, entre empresarios, y en régimen de puertas abiertas para que la población escuche el debate y sepa a qué atenerse. Y habrá campañas duras, incluso apocalípticas –ya lo verán--, a pesar de las cuales esa batalla de futuro es pan comido. Miren, yo tengo desde siempre una teoría sencilla: el traslado del Polo no se conseguiría jamás por razones ecológicas, ni por consideraciones políticas de índole benéfica; lo que hará que el Polo pueda en su día ser trasladado a un sitio más razonable,para devolver a Huelva su salubridad y su perdida y excepcional atmósfera, es el incalculable valor del suelo de marisma que la industria ocupa y que, insisto, está llamado a ser el plano expansivo de la ciudad por razones absolutamente lógicas. Si la idea de la “ciudad fluvial” prospera y se abre paso, si los onubenses se arraciman en torno al sueño de vivir alguna vez una ciudad asomada a la Ría, no habrá quien pueda detener la expansión que ha comenzado donde Huelva acababa –en Correos—y ha puesto un pie adelantado en el Estadio, demostrando que no era tan difícil derribar prejuicios. Si es verdad que una generación dura cosa de quince años, como sostenía Ortega, en Huelva van a hacer falta un par de ellas para que ese proyecto revolucionario cuaje en un plano irreconocible para los pesimistas, y para acometer la inmensa obra de ajuste que va a requerir el nuevo puzzle urbano. Pero que nadie dude de que eso es posible porque será la propia lógica del dinero la que tal vez devuelva a los despojados, por una vez, lo que nunca se les debió arrebatar. Algún día no lejano la Huelva originaria no será sino el núcleo memorial de un pasado que jamás fue capaz de pensar con audacia, entre otras cosas porque no era posible imaginar el futuro. Hoy no hay otro remedio sino tratar de acercar ese futuro, aprendiendo de los viejos errores, y desde el convencimiento de que tampoco nosotros vamos a cerrar ese proceso inacabable. Alejandro Herrero puede que se alegrara hoy de ver las máquinas remover con prisa electoral la prolongación de su sueño. Él, que fue quien no tuvo más remedio que tragar con el emplazamiento del Polo en sitio tan poco adecuado, comprendería también mejor que nadie que lo que no sería pensable que consiguiera la razón ordenada lo ha de conseguir, antes que después, la propia fortuna solariega sobre la que el viejo problema se asienta quizá sin percatarse siquiera.


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¿Adios a los cortinales?


 El Apende - Facanías. Noviembre de 2002

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Pergeño a vuela pluma esta columnilla –Dios sabe que la bulla me come este mes—dudando entre dos temas muy valverdeños los dos, depende de cómo se miren. Uno el de la diatriba de Arturo Carrasco, o sea, Arturo por antonomasia, Arturo el del Juzgado, contra el juez Garzón, quien ha reaccionado con una mesura sólo comparable a su delicadeza. El palo de Arturo, chungo, las cosas como son, irrespetuoso sobre todo, cegado por la pasión que es como personajes como Arturo suelen hacer las cosas. Y sobre todo ahora que el Juez ha entrado a saco en el avispero aberchale del que Arturo, él sabrá por qué, es medio corresponsal en Valverde desde hace años. Chungo, de verdad, pero también es cierto que –como seguramente ha entendido Garzón—las cosas hay que valorarlas sin desatender la peculiaridad del sujeto, y el sujeto Arturo es, como casi nadie ignora, un buen hombre extraviado por la ilusión, un frustrado (ideológica, políticamente hablando) como muchos de nosotros pero con mucha peor suerte, que ha hecho toda su vida de su capa un sayo, lo cual, ciertamente, no le autoriza a cortarle el sayo a otros. Pelillos a la mar. Repito que creo en la bondad fundamental de Arturo, en el carácter noble de sus extravagantes convicciones, que creo que se explican muy bien en términos sublimatorios, como creo que se fundan en la confusión entre fidelidad a los principios y empecinamiento antilógico. Dios le conserve la moral, pero ojalá que él la administre mejor.

El otro asunto es el de los cortinales, o sea, el de la dimisión del arquitecto José Ramón Moreno tras una década de preocupación y trabajos por el urbanismo valverdeño. Leí en el número anterior la dura réplica de los afectados por el criterio restrictivo de Moreno, que sostiene –a mi juicio con razón, entre otras cosas porque ése es el espíritu de la ley—que las trama urbanas deben respetarse en lo posible, conservando sus espacios generosos, sin ceder a la tentación especulativa que es tan comprensible como dudosa. “Facanías” no publicó –no hubiera podido—la respuesta íntegra que el arquitecto le hizo llegar, pero con ésta o sin ella hay que decir que José Ramón Moreno no se ha ido de Valverde sólo porque unos vecinos, en explicable defensa de sus intereses, le hayan plantado cara a su proyecto conservacionista, sino porque su gestión venía chocando hace tiempo con el criterio político que dirige el Ayuntamiento. ¿Se debe recalificar como suelo industrial un suelo previamente recalificado como urbanizable, por ejemplo? Pues francamente, yo creo que eso no tiene lógica y supongo que José Ramón también. ¿Tiene lógica mantener cerrado a cal y canto el Valle de la Fuente –nótese la elocuente toponimia: “valle” y, encima, con una fuente—porque unas familias –la mía fundamentalmente—así lo decidieran hace un siglo, cuando dominaban el pueblo? Pues francamente también, creo que no, aunque nos cueste hoy imaginar un Valle de la Fuente abierto a sus trascorrales y aceptar que bajo algunas de las buenas casas actuales del área discurre aguas vivas que es un milagro que no hayan dado alguna vez un disgusto.

Verán, quiero decir que el proyecto de José Ramón Moreno ha chocado con intereses –de los particulares, de ciertos industriales, de la propia política local—como, según él mismo explicaba a “Facanías”, chocara en su día el que pudo tener José Manuel Romero antes de que el alcalde decidiera ningunearlo hasta el aburrimiento. Hay en Valverde, por lo demás, demasiada gente que mira a su cortinal como quien mira a un campo petrolífero y nadie dejará de entender esa lógica ambición que, sin embargo, colmataría la trama urbana del pueblo ahogándola sin remedio. La oposición a las Normas Subsidiarias por parte de un colectivo (hoy, por cierto, encabezado por un político en expectativa) trae inevitablemente estas tensiones, porque no es difícil entender que lo que beneficia a unos puede perjudicar a otros. Yo creo que Valverde pierde más que gana con la marcha de Moreno y que esa victoria pírrica de sus opositores bien podría constituir el inicio de una transformación nada benéfica para Valverde.

En cuanto a Arturo, debería haber oído las cosas que Garzón me contaba la otra noche, con evidente cariño, de alguien, como él, que acababa de intentar mantearlo en público. Siempre he defendido a Arturo tratando de comprenderlo. A Garzón lo he criticado mucho pero sería la mayor mascá del mundo no ver en su trabajo un acontecimiento excepcional de la actualidad nacional. Aquel 28-F fimos muchos los que pusimos de bote en bote la ancha fuente del Berecillo en que se convirtió la oscura madrugada española, en mi caso sin escopeta. Pero de ello, Arturo, hace más de veinte años. Fíjate en que esa “gente nueva” que nos abarrota la vida no había ni nacido para entonces. No les faltaba más a los pobres que los carrozas los abrumáramos con batallas.


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Escribir en Huelva (y 2)


 El Mundo - Huelva Noticias 
09/11/02

Diario El Mundo
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Ya hemos mencionado a Ernesto Feria y a Manolo Pizán. Del primero se recogió hace poco –en el excelente Servicio de Publicaciones de la Diputación—un curioso volumen de artículos al que alguien, con mano certera, le puso de título “Crítica de la razón tecnológica” en evidente alusión al título sartriano. Feria se impuso voluntariamente la pesada carga de difundir en Huelva, a base de artículos de periódico, lo más fuerte de la reflexión europea y americana, y así, durante años, predicó en nuestro desierto sobre cuantas ideas iban surgiendo por ahí, y a mi modo de ver, con especial agudeza en torno a la crítica filosófica, al marxismo o al estructuralismo en boga, sin olvidar el existencialismo que había precedido a ésta. De Pizán no se ha hecho, que yo sepa, esa antología, y me temo que no se haga nuca dada su especial indiferencia a la hora de publicar y de expresarse. En aquella Huelva que parecía dormida, in situ o en el exilio, había quien se dejaba ordenadamente las pestañas desentrañando papeles viejos, como Diego Díaz Hierro, el pobre, o quien como Manolo dilapidaba su talento en cualquier parte, donde de terciara, mientras en algún escaparate podía verse, como ya dije, alguna novela exótica, histórica, de Alberto Luis Pérez, y Manolo Garrido hacía sus primeros pinitos literarios en los ratos que le dejaba libre al autodidacta el trabajo que dio de sí series televisivas tan reveladoras como “Raíces” o “La duna móvil”. De Manolo hablaba con gravedad y cariño el maestro don Julio Caro Baroja mientras las televisiones públicas lo dejaban pudrirse al sol que más calentaba en cada momento, cosa que no vino mal a efectos literarios porque ello le permitió centrarse en la escritura con notable talento. Hace poco leí un cuentecillo suyo, irreverente donde los haya (“Retablillo del aprendiz y el maestro”), que es una joya pero que, hay que ser comprensivos, casi me reconcilió con los burócratas celosos o simplemente ignaros que han conseguido apartarlo de las cámaras: esos no confunden nunca la autorizada y explotada pornografía con libertarias como ese retablillo.

Yo creo, en todo caso, que el escritor onubense más granado es José María Vaz de Soto, ese doctísimo lingüista, conocedor minucioso y apasionado de nuestra literatura y de la ajena, cuya primera novela –pasada al cine con el título de “Arriba Azaña”—constituye, a mi entender, un testimonio estupendo de lo que era el ambiente juvenil (escolar) de nuestra generación y en consecuencia, el sistema educativo, más allá de la circunstancia de estar imaginada en el viejo colegio de los Maristas, paredaño con la Escuela Francesa. Poca atención le ha dedicado Huelva a ese paymogueño recalcitrante que, a pesar de su cosmopolitismo y su experiencia políglota, se delata a la legua por sus elles andevalinas y su estilo sobrio, tan barojiano, que ha permitido hablar de él como del mejor escritor de diálogos que se ha roto en muchos años. Una novela como “Diálogos al anochecer”, o como “Dialógos de la alta noche” o “Despeñaperros” (con la que obtuvo el Premio Andalucía de Novela) no deberían quedar tan a trasmano en nuestras librerías como determina nuestra mísera realidad editorial, pero a trasmano están y temo que con mal remedio, al menos de parte de la iniciativa andaluza. José María, que es surfista aficionado, planea sobre esa ola adversa con la serena tenacidad que propicia su carácter entre estoico y cínico, dicho sea pensando en Antístenes y no en cualquiera de los marmolillos que puedan venírsenos ahora a la cabeza. Pero a mí me reconcome –no lo puedo remediar—reconocer que esos límites a la difusión de su importante obra novelística los agravan más que alivian las actuales políticas de promoción editorial. Muchas veces lo tengo hablado con Víctor Márquez, otro andevalino puro a pesar de su exilio perpetuo, cuya obra –menos mal--, en especial su crítica parlamentaria, en la que es hoy maestro indiscutido, ha merecido no sólo la atención del público sino su oportuna reedición. Tampoco Víctor debe mucho a Huelva –corazón aparte--, a pesar de ser uno de los conocedores más perspicaces de su pasado y, en especial, de su baja postguerra, con sus paisajes y sus gentes, sus claves y sus intríngulis. Premios, como el Nacional de Periodismo, el Espejo de España o el González Ruano, son la innecesaria confirmación de su talento de escritor y, en especial, de cronista inimitable. Pero yo aguardo con ansiedad esas Memorias que puede que esté urdiendo con su memoria meticulosa y fiel. Alguna vez, hablando con Ricardo Bada, de quien tengo que escribir por menudo, creo haber coincidido que si Vaz era el escritor más elegante y eficaz de la Huelva actual, Márquez Reviriego era el más culto y simpático. El Andévalo profundo da esos hombres de una pieza y esos talentos encumbrados. Lo malo para nosotros, aunque no para ellos, es que los dos hayan debido abrirse paso en el exilio, siempre con el morral nativo a cuestas, siempre a vueltas con la memoria de la tierra vivida y siempre nutriéndose de ella para alimentar su literatura. Hay mucho que hablar de esta Huelva tan mal conocida y procuraremos no dejarlo en el tintero en otras ocasiones, en las que habrá que ocuparse de los novísimos, que son legión, así como de algunos olvidados y de los ensayistas que, por fin, aparecen en una Huelva universitaria que empieza a hacerse un hueco en el panorama cultural.


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Escribir en Huelva


 La Ría, 02/11/02

Diario El Mundo
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Estos días se ha hablado y discutido en Huelva sobre escritos y escritores, reales o supuestos, en una agria polémica, por mi intervención provocadora (vitalizadora, diría yo) en la cual, no siento el menor remordimiento. Eso no es malo, después de todo, teniendo en cuenta el escasísimo peso específico que lo literario y, en general, lo cultural, ha tenido tradicionalmente entre nosotros. Pero lo que hay que defender en Huelva, como en todas partes, no es lo malo sino lo bueno, que lo hay. El otro día, sin ir más lejos, me encontré en la mesilla de uno de nuestros hoteles patrocinadores de las “Charlas en el Mundo” un librito de relatos cortos entre los que enseguida me lancé a leer el de Juan Cobos Wilkins, “Cadáveres tan hermosos”, justo ganador del certamen que justificaba la edición. Me encontré en esas páginas con una bellísima metáfora, una especie de cristal fragilísimo pero hipnótico a través del cual (o en sí mismo, quizá mejor) se podía entrever la seductora y fría imagen de Catherine Deneuve tras la seda transparente en un episodio que no les descubriré. No les voy a contar el relato pero sí he de constatar el regusto más bien amargo que me produjo pensar en este escritor hecho y derecho encerrado en su Riotinto natal o en la propia Huelva, volcado como un azacán sobre ese misterioso trabajo de creación pero, ay, con muy escasas oportunidades respecto de las que merece.

Tras la deliciosa lectura de Juan Cobos me entretuve en la duermevela reinando en el destino de los escritores locales, condenados en su totalidad –salvo los trucados-- a elegir entre el exilio o el silencio. Hombre, no hablemos siquiera de Juan Ramón, porque JRJ no es ya de Huelva –ni lo fue nunca—sino que pertenece al universo literario general o, para ser más exacto, al Mercado, ese laberíntico mecanismo ajustado por un relojero ciego que, según dicen, tiene la “mano invisible”. No hablemos, pues, de Juan Ramón, porque tenemos otros casos más apropiados para el debate, y para empezar el de un poeta tan fino como Rogelio Buendía, cuyo poema a la perdiz, ese camafeo precioso, conocíamos los jóvenes de mi generación por la generosa antología poética de Sainz de Robles en Aguilar, pero del que nos costó Dios y ayuda conseguir luego algún que otro poema y unas cuantas referencia de quien fuera como Buendía, en realidad, más allá de los caprichos de críticos y manuales, un muy característico miembro de lo que, en el fondo más escondido, fue la generación poética del 27. Yo no llevo en la cabeza la enciclopedia onubense, por supuesto, pero temo que mi ignorancia de la obra de Buendía se deba a que nadie ha apostado nunca entre nosotros –y ya podemos esperar sentados si creemos que van a apostar por ahí fuera—a rescatar del olvido los textos que, sin duda, tiene su conocida familia onubense, además de los que conservan (o conservaban hace años) en Madrid, algunos literatos que fueron sus contemporáneos o amigos.

Con José Nogales la cosa ha ido mejor –aparte de la temprana atención de que le dedicó el notario Diego Romero, editor y prologuista de su famoso cuento, un excelente libro de Angel Manuel Rodríguez Castillo, que yo mismo presenté en el Ateneo sevillano y Víctor Márquez Reviriego en Madrid, fue publicado hace bien poco—y hasta se han mantenido en varios pueblos y ciudades onubenses rótulos callejeros con su nombre. Y menos mal, porque la fortuna de ganar aquel concurso de “El Liberal” con uno de los grandes cuentos de habla española, “La tres cosas del tío Juan”, nunca podría compensarlo de la malquerencia de los críticos de la España oficial encabezados por mi adorado Valle-Inclán, lengua bífida donde las haya habido y perdedor del concurso de marras, cuyo retrato de Nogales en la figura cómica del “redactor jefe” de “Luces de Bohemia” tanto ha contribuido a desprestigiarlo en los cenáculos elevados. Por culpa de esos desdenes casi nadie ha leído “Mariquita León”, por ejemplo, donde ya nuestro escritor apuntaba a un costumbrismo de mayor aliento, o sus innumerables crónicas y artículos periodísticos hoy de relativo interés colectivo, pero trascendentales, por ejemplo, a efectos de una hipotética historia de las mentalidades.

Ustedes se saben el resto, supongo, del mismo modo que todos nos preguntamos dónde están esos escritores nuestros, fuera, naturalmente, de las nóminas de un eventual Instituto de Escritores Onubenses o algún otro registro semioficial por el estilo. ¿Dónde está la obra de Ernesto Feria Jaldón, valga el caso, a pesar de que a este afortunado (ahora, no en vida) y admirable pensador no le hayan faltado mentores y, en consecuencia, ediciones? Pues desde luego no al alcance de nuestros universitarios, que es donde deberían estar. ¿Y la de Manolo Pizán, aquel fugaz soñador, tan egocéntrico pero tan vertido hacia los demás, que ejercía de corresponsal de Radio España Independiente en plena y peligrosa clandestinidad, al tiempo que traducía con primor a un pensador tan fundamental como Paul Nizán (“Los perros guardianes”, mismamente) o nos recordaba cada dos por tres en sus escritos los versos de aquel árabe cordobés/onubense, Ibn Hazam, que releería “El collar de la paloma” y hubo de escribir sus últimos versos ahí mismo, en la orilla del Tinto, cerca de La Ruiza, donde murió y sería enterrado?

Es necesario reconocer que Huelva no le da el sitio debido a los que viven de escribir o, simplemente, dedican su vida a esa tarea, al margen de sus profesiones. Ni antes ni ahora. Pero en esta primera entrega, que no quiero alargar, no puedo meterme en la nómina de los nuevos y novísimos, entre los cuales y los autores anteriores, --como el muy exótico Alberto Luís Pérez o un casi ignorado autor de policiacas “Alex Wilki” (pseudónimo de Alejandro Wilke), y tantos otros que flanquearon la generación de Adriano del Valle—el doctor Ernesto Feria, con su gran amigo Márquez Reviriego, harían de generosa charnela. De ellos, sobre todo, de José María Vaz de Soto, sin duda posible el más destacado, me ocuparé después. Aunque me temo que para repetir el lamento y aplicarles también a ellos el cuento del olvido que adormeció a los que nos precedieron.


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Entre la independencia y la disciplina


 08/11/02

Diario El Mundo
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La vida de partido incluye el leninismo, no hay que engañarse. Y allí donde la disciplina se relaja y la democracia interna invierte el axioma de Troski –el criterio personal ha de supeditarse al del colectivo—la libertad suele iluminar esplendorosos derrumbes. Pero eso es tan cierto como que hay políticos, militantes quiero decir, que se mantienen libres de criterio sencillamente porque no hay quien haga carrera de ellos. Rafael Escuredo planteando su huelga de hambre, más bien simbólica, supongo, para exigirle a su propio Gobierno que autorizara la todavía insepulta “reforma agraria” es uno de ellos. Es curioso: he oído hablar muchas veces de Escuredo con irritación partidista, pero siempre con cierta reverencia, incluso entre sus adversarios de partido que son, como se sabe, los enemigos más feroces. Por algo será.

A Escuredo le tocó improvisar una tarea política excepcional: armar la autonomía que no había entrado hasta entonces –para qué vamos a engañarnos—en los planes de su partido. Y lo hizo, posiblemente, al subido precio que se hacen las cosas improvisadas, es decir, con improvisaciones, con errores de cálculo y hasta a costa de su magistratura. Dos presidentes han sido neutralizados desde Madrid cuando en el PSOE funcionaba todavía a rajatabla el leninismo genérico a que nos referíamos. Pero Escuredo pasó del trance al éxito profesional sin descomponerse, volviendo a sus tareas de abogado, aunque sin perder nunca le interés por una política de la que, sin embargo, supo aislarse con cautela, y en la que sigue presente como una voz cimarrona que no se deja encerrar en círculos de tiza así como así. En este mismo periódico ha dado frecuentes testimonios de una postura crítica que, sin perderse en ejercicios estériles de censura o denuncia, ha contribuido lo suyo a componer un criterio plural demostrando que es posible la crítica desde dentro y que su única condición es la fidelidad a los propios principios.

Es posible que, como mantienen quienes no valoran tanto la libertad, Escuredo no sea un político compatible con la dependencia que impone la vida de partido. Pero será cierto sólo si se da por cierto que la independencia es incompatible con la disciplina, es decir, si se menosprecia el valor de la libertad inalienable que el militante debe conservar por debajo de su compromiso fiel. Y basta escuchar a Escuredo en una tertulia, o leer su opinión en la prensa, o hablar con él para convencerse de que este hombre sin duda algo extremado, entusiasta contagioso y no poco lanzado, es la antítesis de los políticos que han dirigido la autonomía andaluza después de su defenestración. Cierto, yo mismo recuerdo el ilusionado desorden que a su salida del poder hubo que tratar de corregir, por cierto sin gran éxito. Como comparto las críticas que a toro pasado se le pueden hacer a aquella “reforma agraria” que Escuredo proclamó antes de que sus técnicos la barnizaran debidamente o al caos fundante que era la Junta a comienzo de los años 80. Pero lo cierto es que los que tras él vinieron ni arreglaron ese caos ni siquiera fueron capaces de dar sepultura a una ley que el vértigo europeo convirtió en obsoleta antes de nacer.

Imprevisible Escuredo, pero fiel en su centro. Provocador, descarado, si se quiere, pero nunca insolidario con los suyos. Sus críticas no van nunca solas sino que llevan aparejada propuesta alternativa. Sus puyas profundizan pero no “barrenan”. Y sobre todo, su palabra en cada momento es su verdad de ese momento. Se puede no tener un pelo de veleidoso y ser flexible al máximo. Escuredo es, seguramente, uno de esos hombres capaces de mantenerse en ese alambre movedizo. Lo que tenga que decirnos interesará a unos más que otros, pero es más que probable que no deje a ninguno indiferente. Por eso le hemos pedido que venga a Huelva. Esa lección de la libertad desde la disciplina y de la crítica desde la adhesión puede venirle aquí muy bien a tirios y a troyanos.


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Entre la independencia y la disciplina


 08/11/02

Diario El Mundo
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La vida de partido incluye el leninismo, no hay que engañarse. Y allí donde la disciplina se relaja y la democracia interna invierte el axioma de Troski –el criterio personal ha de supeditarse al del colectivo—la libertad suele iluminar esplendorosos derrumbes. Pero eso es tan cierto como que hay políticos, militantes quiero decir, que se mantienen libres de criterio sencillamente porque no hay quien haga carrera de ellos. Rafael Escuredo planteando su huelga de hambre, más bien simbólica, supongo, para exigirle a su propio Gobierno que autorizara la todavía insepulta “reforma agraria” es uno de ellos. Es curioso: he oído hablar muchas veces de Escuredo con irritación partidista, pero siempre con cierta reverencia, incluso entre sus adversarios de partido que son, como se sabe, los enemigos más feroces. Por algo será.

A Escuredo le tocó improvisar una tarea política excepcional: armar la autonomía que no había entrado hasta entonces –para qué vamos a engañarnos—en los planes de su partido. Y lo hizo, posiblemente, al subido precio que se hacen las cosas improvisadas, es decir, con improvisaciones, con errores de cálculo y hasta a costa de su magistratura. Dos presidentes han sido neutralizados desde Madrid cuando en el PSOE funcionaba todavía a rajatabla el leninismo genérico a que nos referíamos. Pero Escuredo pasó del trance al éxito profesional sin descomponerse, volviendo a sus tareas de abogado, aunque sin perder nunca le interés por una política de la que, sin embargo, supo aislarse con cautela, y en la que sigue presente como una voz cimarrona que no se deja encerrar en círculos de tiza así como así. En este mismo periódico ha dado frecuentes testimonios de una postura crítica que, sin perderse en ejercicios estériles de censura o denuncia, ha contribuido lo suyo a componer un criterio plural demostrando que es posible la crítica desde dentro y que su única condición es la fidelidad a los propios principios.

Es posible que, como mantienen quienes no valoran tanto la libertad, Escuredo no sea un político compatible con la dependencia que impone la vida de partido. Pero será cierto sólo si se da por cierto que la independencia es incompatible con la disciplina, es decir, si se menosprecia el valor de la libertad inalienable que el militante debe conservar por debajo de su compromiso fiel. Y basta escuchar a Escuredo en una tertulia, o leer su opinión en la prensa, o hablar con él para convencerse de que este hombre sin duda algo extremado, entusiasta contagioso y no poco lanzado, es la antítesis de los políticos que han dirigido la autonomía andaluza después de su defenestración. Cierto, yo mismo recuerdo el ilusionado desorden que a su salida del poder hubo que tratar de corregir, por cierto sin gran éxito. Como comparto las críticas que a toro pasado se le pueden hacer a aquella “reforma agraria” que Escuredo proclamó antes de que sus técnicos la barnizaran debidamente o al caos fundante que era la Junta a comienzo de los años 80. Pero lo cierto es que los que tras él vinieron ni arreglaron ese caos ni siquiera fueron capaces de dar sepultura a una ley que el vértigo europeo convirtió en obsoleta antes de nacer.

Imprevisible Escuredo, pero fiel en su centro. Provocador, descarado, si se quiere, pero nunca insolidario con los suyos. Sus críticas no van nunca solas sino que llevan aparejada propuesta alternativa. Sus puyas profundizan pero no “barrenan”. Y sobre todo, su palabra en cada momento es su verdad de ese momento. Se puede no tener un pelo de veleidoso y ser flexible al máximo. Escuredo es, seguramente, uno de esos hombres capaces de mantenerse en ese alambre movedizo. Lo que tenga que decirnos interesará a unos más que otros, pero es más que probable que no deje a ninguno indiferente. Por eso le hemos pedido que venga a Huelva. Esa lección de la libertad desde la disciplina y de la crítica desde la adhesión puede venirle aquí muy bien a tirios y a troyanos.


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Novela, comedia, tragedia


Tribuna Libre 29/10/02

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No es nuevo que un político quiera escribir. La caricatura de Nerón es proverbial, la guasa de Petronio, también. Ante la presentación de la “novela” de Juan Ceada se pueden adoptar diversas actitudes. Una, tomarse la cosa a chacota, lo que, desde cierta perspectiva, vengo haciendo no sólo con su anunciada prosa sino con sus abominables versos. Otra, no hacer ni caso, que seguramente debe de ser la más discreta. Y una tercera, en fin, pillarla, si no por la tremenda, al menos en serio y desde la crítica. De momento yo tengo un título que profetizo raro: he leído esa obra días pasados, antes de su presentación. Y desde esa legitimidad les digo, de entrada, que esa cosa gorda y a doble espacio publicada bajo la portada de Ricardo Aramburu, es, sencillamente, una bobada. No esto ni lo otro: una bobada como una catedral que sólo, exclusivamente, el juego de los intereses políticos puede permitir que salga a la luz publicada.

No es saña, es realismo. Vengo haciendo crítica literaria desde hace un cuarto de siglo, con cierta notoriedad, pero si alguien quiere le digo dónde. Me considero, pues, habilitado moralmente, casi profesionalmente, para decirles que esa cosa que le han publicado a Ceada no es una novela mala sino una tontería, un centón mal escrito, plagado de mala ortografía, débil de sintaxis, ridículo en la trama. Que eso se presente en serio, formalmente, es una afrenta para la Huelva moderna. Que lo firme un alcalde de la capital es un escarnio. Que lo financien desde el Polo Químico, un abuso. Que se pretenda presentar en las restantes siete provincias andaluzas aprovechando la larga mano de las delegaciones de la Junta, un disparate y, si me apuran, una auténtica malversación, de mayor o menor cuantía, ésa sería ya otra historia.

No, no es broma lo que debe oponerse a la indignante sumisión política de una sociedad a un osado megalómano que, en su ignorancia, carece de la mínima capacidad –de verdad que mínima—que se requiere para comprender que esas casi quinientas páginas (ya digo que a doble espacio) son un puro capricho de la voluntad, un juguete que se le regala al responsable de la Administración autónoma en la provincia, que se le financia desde nuestra industria, se le encomia y hasta se le piensa promocionar, mientras nuestros jóvenes autores están a la intemperie más absoluta y algunos no tan jóvenes guardan novelas en sus gavetas por falta de editora. Esa ñoña y calentorra historieta de amor prohibido entre un concejal y una compañera revolucionaria –¡hay que ser primo!—recorriendo un Paris de guía y visita rápida, es para mear y no echar gota. La aventura marcopolesca a las tierras del Gran Khan, para troncharse de risa (no sabe, por ejemplo, que los chinos lo que no pronuncia es la ele, no la erre, como él caricaturiza en sus diálogos). Su exhibición ideológica, a medias entre “El Motín” y la fantasía marxistorra, puro cacao maravillao. De verdad, se entiende que le fallara la aventura con la compi en Paris: con ese rollo no se come una rosca ni Paul Newman. ¿No le dará vergüenza a ese estudiante de “humanidades clásicas y filosofía en San Telmo” de haber perpetrado un engendro tan seminarista? A mí me da igual lo que le dé, pero me molesta una barbaridad que ponga debajo de su nombre la leyenda de Alcalde de Huelva, porque es que nos van a poner en coplas por ahí si llegaran a leer esta “Ola del Sur”.

De novela, nada. Ni de comedia. A mí me sugerido más bien cierta condición trágica: la de un miembro mediocre de una generación perdida (hay muchas maneras de extraviarse, incluso en el éxito político), la de uno de tantos insensatos como acosan a los editores, sólo que éste pone bajo su nombre el cargo de Delegado del Gobierno que, como se ve, abre de par en par todas las puertas, incluso las de las cajas fuertes. ¡Vaya papelón ha hecho la Huelva oficial en ese acto! Me consuela sólo la convicción de que poca gente va a leer esa cosa, al menos más allá de la primera página. Pero creo que es necesario decir la verdad, plantarse ante este planetilla de aduladores y afirmar que son unos pringaos si es que no están en nómina. Pasen, pasen y lean, verán como me dan la razón. Quiero creerlo con firmeza porque si así no fuera es que nuestra Huelva –tierra sobrada de escritores de verdad—está mochales perdida o ha extraviado enteramente la vergüenza. ¡Qué pena ver que se toma en serio esta chorrada insigne y que se le ciñe el laurel a uno que no tiene pajolera idea de cómo poner las comas o los acentos ni, por supuesto, tiene nada que contar! Eso sí, cabe lo de la guasa, cargarse ese folletón banal, tratar de identificar –aunque no sé bien para qué—a los personajes del politiqueo citados bajo pseudónimo literario, escucharlo hacer parlotear en un pésimo francés a la estrecha de su compañera y perseguida hasta el catre, deleitarse con la toponimia parisina, y ya al final, en plan traca, elegir un párrafo al azar para troncharse de risa. Este por ejemplo, que pertenecería, no se lo pierdan, a un discurso en una universidad china: “Luchadores y luchadoras chinos, (sic) un saludo de los españoles y muy especialmente de los que hemos aprendido del pensamiento de Mao un método para la acción política”… Seminarista, prochino, sociata al fin, comprenderán ustedes que ese rollo no hay por donde cogerlo. No sé, la verdad, si al final escribí esta critiquilla en broma, en serio o como quien deja pasar ante sí el aire caprichoso. Pero ustedes van a saber lo que es bueno si se les ocurre asomarse, aunque sea por un momento, a este calamitoso centón de banalidades.


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La cultura, ayer y hoy


La Ría 26/10/02

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Una mañana de primavera me encontré casualmente en la calle de Alcalá al insigne ingeniero onubense don Gustavo Fernández-Balbuena, auténtica alma del llamado resurgimiento minero de la postguerra como director técnico que fue de un sin fin de explotaciones de nuestra cuenca. Entramos (le ayudé a entrar, vamos) en un digamos “club” de superlujo que se llamaba “Mansard” y que, situado frente por frente al Club XIX, el restaurante del “todo Madrid”, venía a ser como su antesala antes del almuerzo y su salón diverso tras la prohibitiva ingesta. Don Gustavo era un hombre extraordinario, que tenía en Punta, nada más entrar en la Ría, una vieja casa inglesa rodeada del césped más romántico de la playa, un césped si cuidar que crecía cimarrón libre de guadañas y cortadoras, hasta conferirle a la mansión un cierto nimbo de misterio. Al atardecer, don Gustavo paseaba indefectiblemente a caballo desde esa casa de la Ría entonces transparente, hasta el confín de la playa, que a la sazón andaba poco más allá de las Tres Marías, pero lo hacía con la peculiaridad de que iba dormido sobre el caballo al paso, como un campeador en sueños, cuyo babieca se conociera de meoria –y así era—el mapa de su vida cotidiana. Pidió finalmente que le enterraran en Punta Umbría, manda que sus hijas, piadosamente, me consta, que cumplieron a pesar de algunas dificultades y allí debe descansar aunque yo no dejo de verlo, cuando me pilla por la orilla la caída del lubricán, cabalgando con los ojos entornados en mis propios sueños también lejanos. En aquella ocasión, Balbuena me dijo una de esas cosas que, siendo él tan cosmopolita, lo acreditaban como huelvano profundo en la medida en que había asimilado a fondo, a pesar de su aislamiento, la guasa local. “¿Tú sabes de dónde me viene a mí la afición a estos clubs?”, me espetó con un güisqui en la mano. Y continuó ante mi perplejo silencio: “Pues mira, chico, porque, como en Huelva no hay nunca conferencias, pues me vengo a Madrid muchas veces, y como las conferencias tienen los horarios que tienen, pues ya me dirás qué hace uno después de que te suelten el rollo”… No sé qué le dije, pero recuerdo que el que la cogió mortal antes de rematar en el Club XIX con el soñado tournedó fui yo mismo. Él no cogió nada, porque él “estaba” siempre en su sitio.

Me he acordado estos días de don Gustavo entre tantas gestiones como he debido hacer por aquí y por allá para ir dándole cuerpo al plan de El Mundo/Huelva Noticias de ofrecer a Huelva y su provincia la oportunidad de asistir en directo al debate cultural e intelectual de lo que vaya ocurriendo. Un periódico puede hacer mucho en tal sentido, y aquí se intenta, pero hemos creído que la experiencia del contacto directo con los protagonistas de la vida cultural es inapreciable y, en cierto modo, imprescindible. Y vaya por delante, no mi sorpresa, pero sí mi contento al comprobar la generosa disposición de no pocas instituciones onubenses que se han ofrecido prácticamente a colaborar en el proyecto que comenzó ayer. Es cierto que en la Huelva de hace unos años –incluso en la de no hace tantos—resultaba más difícil que hoy conseguir que la empresa entendiera la ventaja general de su implicación en la vida de la cultura. Hoy, hay que repetirlo, no parece tan difícil.

Comprenderán que un proyecto que sólo cuenta con personajes de primer nivel tenga que contar, de entrada, con el problema de la muy relativa disponibilidad de esos personajes. Conseguir que el juez Garzón cierre sus carpetas y se venga a Huelva para hablarnos de nuestra máxima actualidad es una aventura que ni el propio juez –consideren que el jueves estaba en el Helsinki, en la inauguración del Parlamento sueco, que ayer se vino con nosotros y que hoy está ya en su despacho madrileño de nuevo—puede cerrar con tranquilidad, pues en cualquier momento, causas mayores pueden dejarnos compuestos y sin novio, como es natural. Y lo mismo que Garzón, los demás. Este otoño vamos a ocuparlo, tras esta charla inaugural, con las intervenciones de Melchor Miralles, de Ramón Tamames, de Cristina Alberdi y de Alfonso Ussía. Es decir, que vamos a asomarnos al terrorismo y sus laberintos; a la aventura del periodismo de investigación que del Gobierno abajo no excluye a nadie de su noble intención declarada ni de su cámara oculta; al mundo de la revolución femenina, sin duda el fenómeno más singular de la actualidad; al paisaje económico, ciertamente inquietante que vivimos en campos de batalla prometidos y en los pudrideros de los ejecutivos multinacionales; para cerrar seguramente con el humor de Ussía, uno de los espíritus más inflexibles que he visto capaces de compatibilizar su dureza crítica con esa salsa de la vida que es el humor, el buen humor, el limpio aunque sea cortante, el que no dsitingue entre propios y extraños a la hora de hacernos “re-flexionar” (en eso consiste el humor), inclinarnos dos veces sobre la realidad para que no nos engañe la primera impresión.

Vamos a ver cual es la respuesta de Huelva a nuestro esfuerzo. Un esfuerzo al que se unirán nombres como el de José Saramago, Antonio Burgos, Manuel Vázquez Montalbán, protagonistas del imparable desarrollo científico (en especial, biólogos genetistas), algún sociólogo, algún teólogo y otros “testigos de influencia”, como decía Russell, de lo que está ocurriendo a nuestro alrededor. Todo esto es necesario hacerlo en esta Huelva nueva que evoluciona a ojos vista pero a la que le sigue faltando impulso crítico y presencia cultural. Y nosotros estamos en ello, por ustedes, por nosotros mismos, por todos.


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El juez Garzón

El Mundo-
Huelva Noticias 25/10/02

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La situación de la Justicia en España no es deslumbrante que digamos. Yo suelo repetir la ocurrencia de Jules Renard, aquello de “La Justicia es gratuita, menos mal que no es obligatoria”. Nada nuevo en nuestra memoria colectiva cuyo adagio dice eso tan temible de “pleitos tengas y los ganes” o “más vale un mal acuerdo que un buen pleito”. Y hay que decir, vistas las cosas desde un elemental enfoque sociológico, que no le falta alguna lógica al proceso que ha conducido a esta crisis. Esa fuga controlada hacia delante que llamamos “Transición”, tantos pactos oscuros suscritos en la catacumba partidista, los compromisos de la corrupción y el terrorismo de Estado, la exponencial crecida de la complejidad económica de nuestra sociedad en el último cuarto de siglo: todo eso, entre otros factores, explica si no justifica que la Justicia haya acusado el golpe, que esté en crisis y que necesite con urgencia un remedio.

Pero al margen de ese cierto desprestigio de la Justicia se da la paradoja del singular de que el prestigio de algunos jueces que, como en Italia, decidieron un día no consentir la impunidad ni tolerar el retorno a la selva, ha crecido sobremanera. Y entre ellos, en España, Baltasar Garzón es, sin duda posible, el más destacado entre ellos, hasta el punto de que demuestran los fervores colectivos que despierta en el otro extremo del balacín pasional donde se columpian la envidia y otras cegueras.

No tiene sentido, naturalmente, descubrir a un personaje al que todo el mundo conoce. Diré sólo que el predicamento de Garzón en nuestra sociedad dice mucho sobre la crisis del liderato político que esa sociedad padece y, por descontado, sobre la debilidad de una sociedad civil que se entusiasma en cuanto vislumbra algún resquicio por el que asomarse a la energía genuina de la base civil de la vida. Hay una cosa en Baltasar Garzón, por otra parte, que siempre me ha impresionado –no voy a hablar de su einsteniano manejo del tiempo y el espacio, ni de su probado valor personal, ni de su sobriedades ya proverbiales--, y es que ha sido capaz de conservar su identidad íntegra, de no desleírse en su propia e inevitable leyenda, de no olvidar quien es, y mantener intacto un entorno sentimental al que, lógicamente, se han ido agregando elementos, pero cuyo núcleo –me consta—permanece apretado como una gavilla primordial. Este juez que se planta en la Cámara de los Lores o en el Parlamento Sueco, que va pedirle cuentas a los milicos de Argentina o le amarga legítimamente su impune retiro a Pinochet, que lo mismo le da que le da lo mismo encerrar a un narco que a cuarenta, y volverlos a encerrar si falla la mecánica procesal, ceder ingenuamente a la tentación que le ofrece tramposamente el timón de la regeneración nacional con tal de ganar unas elecciones quien las tenía perdidas, o que desempolva sin que le tiemble la mano los más oscuros legajos del terror de Estado y sus corrupciones máximas, éste juez, digo, es el mismo que cruza hoy un continente para venir a Huelva desde Estocolmo y hablarnos de nuestras cosas españolas, o el que halla hueco para responderle con guante de seda a quien en un periódico local de nuestra provincia busca protagonismo metiéndose intolerablemente con él. Y bien, ¿que tiene defectos, que desde la psicología del personaje se pueden hacer copias distintas de frente y de perfil? ¡Y eso qué le importa a un pueblo que ve cómo lo desvalijan desde el Poder, cómo lo atropellan en sus derechos elementales, cómo el propio Estado –el Gobierno, o miembros suyos—se ven mezclados en delitos atroces?

El juez Garzón deberá confiar a la Historia que se haga justicia con su obra, ya que de la memoria colectiva poco cabe fiar y de la imparcialidad “mediática” casi menos. Con él, suelo repetir, se ha entregado sin reservas la Opinión pero ha sido maltratado por los “medios”, en ocasiones por personas en las que cuesta aceptar tal radicalismo. Lo que no quiere decir que uno esté de acuerdo con esa obra entera, por supuesto. Es más, él tiene la grandeza de ánimo de aceptar esas críticas –doy fe—sin alterar su talante. Pero lo peor es cuando se le critica y yo mismo lo he hecho –mea culpa—desde enfoques psicologistas y, en consecuencia subjetivos. Remetiré frente a todo ello, una pregunta que alguna vez hemos formulado y que repite mucho la gente de la calle: “¿Qué sería de este precito país si contara con dos, tres, cinco jueces Garzón? Desde luego, ni me imagino la respuesta, pero a mí, en todo caos,me gusta más formular la cuestión desde otra lado: “¿Sería la misma esta España que, bien que mal, se mantiene frente a la hidra de cien cabezas, sin el ojo avizorante del juez Garzón? Me encantaría escuchar la respuesta privada de los narcotraficantes, de los secuestradores, de los malversadores, de los agiotistas y profesionales del peculado que tiemblan ante este hombre apoyados, incomprensiblemente, incluso por algunos espíritus discretos. Aunque ni que decir tiene que lo que me privaría realmente sería escuchar la conciencia de ese personaje, seguramente múltiple, que se esconde tras la famosa X que hace años trazó Garzón. En su día –un día no lejano, seguro—la Historia dará por despejada esa incógnita restituyéndole al juez lo que es del juez y pasándole a esos césares eventuales la factura que nos deben.


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Novela, comedia, tragedia

Tribuna Libre 25/10/02

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No es nuevo que un político quiera escribir. La caricatura de Nerón es proverbial, la guasa de Petronio, también. Ante la presentación de la “novela” de Juan Ceada se pueden adoptar diversas actitudes. Una, tomarse la cosa a chacota, lo que, desde cierta perspectiva, vengo haciendo no sólo con su anunciada prosa sino con sus abominables versos. Otra, no hacer ni caso, que seguramente debe de ser la más discreta. Y una tercera, en fin, pillarla, si no por la tremenda, al menos en serio y desde la crítica. De momento yo tengo un título que profetizo raro: he leído esa obra días pasados, antes de su presentación. Y desde esa legitimidad les digo, de entrada, que esa cosa gorda y a doble espacio publicada bajo la portada de Ricardo Aramburu, es, sencillamente, una bobada. No esto ni lo otro: una bobada como una catedral que sólo, exclusivamente, el juego de los intereses políticos puede permitir que salga a la luz publicada.

No se saña, es realismo. Vengo haciendo crítica literaria desde hace un cuarto de siglo, con cierta notoriedad, pero si alguien quiere le digo dónde. Me considero, pues, habilitado moralmente, casi profesionalmente, para decirles que esa cosa que le han publicado a Ceada no es una novela mala sino una tontería, un centón mal escrito, plagado de mala ortografía, débil de sintaxis, ridículo en la trama. Que eso se presente en serio, formalmente, es una afrenta para la Huelva moderna. Que lo firme un alcalde de la capital es un escarnio. Que lo financien desde el Polo Químico, un abuso. Que se pretenda presentar en las restantes siete provincias andaluzas aprovechando la larga mano de las delegaciones de la Junta, un disparate y, si me apuran, una auténtica malversación, de mayor o menor cuantía, ésa sería ya otra historia.

No, no es broma lo que debe oponerse a la indignante sumisión política de una sociedad a un osado megalómano que, en su ignorancia, carece de la mínima capacidad –de verdad que mínima—que se requiere para comprender que esas casi quinientas páginas (ya digo que a doble espacio) son un puro capricho de la voluntad, un juguete que se le regala al responsable de la Administración autónoma en la provincia, que se le financia desde nuestra industria, se le encomia y hasta se le piensa promocionar, mientras nuestros jóvenes autores están a la intemperie más absoluta y algunos no tan jóvenes guardan novelas en sus gavetas por falta de editora. Esa ñoña y calentorra historieta de amor prohibido entre un concejal y una compañera revolucionaria –¡hay que ser primo!—recorriendo un Paris de guía y visita rápida, es para mear y no echar gota. La aventura marcopolesca a las tierras del Gran Khan, para troncharse de risa (no sabe, por ejemplo, que los chinos lo que no pronuncia es la ele, no la erre, como él caricaturiza en sus diálogos). Su exhibición ideológica, a medias entre “El Motín” y la fantasía marxistorra, puro cacao maravillao. De verdad, se entiende que le fallara la aventura con la compi en Paris: con ese rollo no se come una rosca ni Paul Newman. ¿No le dará vergüenza a ese estudiante de “humanidades clásicas y filosofía en San Telmo” de haber perpetrado un engendro tan seminarista? A mí me da igual lo que le dé, pero me molesta una barbaridad que ponga debajo de su nombre la leyenda de Alcalde de Huelva, porque es que nos van a poner en coplas por ahí si llegaran a leer esta “Ola del Sur”.

De novela, nada. Ni de comedia. A mí me sugerido más bien cierta condición trágica: la de un miembro mediocre de una generación perdida (hay muchas maneras de extraviarse, incluso en el éxito político), la de uno de tantos insensatos como acosan a los editores, sólo que éste pone bajo su nombre el cargo de Delegado del Gobierno que, como se ve, abre de par en par todas las puertas, incluso las de las cajas fuertes. ¡Vaya papelón ha hecho la Huelva oficial en ese acto! Me consuela sólo la convicción de que poca gente va a leer esa cosa, al menos más allá de la primera página. Pero creo que es necesario decir la verdad, plantarse ante este planetilla de aduladores y afirmar que son unos pringaos si es que no están en nómina. Pasen, pasen y lean, verán como me dan la razón. Quiero creerlo con firmeza porque si así no fuera es que nuestra Huelva –tierra sobrada de escritores de verdad—está mochales perdida o ha extraviado enteramente la vergüenza. ¡Qué pena ver que se toma en serio esta chorrada insigne y que se le ciñe el laurel a uno que no tiene pajolera idea de cómo poner las comas o los acentos ni, por supuesto, tiene nada que contar! Eso sí, cabe lo de la guasa, cargarse ese folletón banal, tratar de identificar –aunque no sé bien para qué—a los personajes del politiqueo citados bajo pseudónimo literario, escucharlo hacer parlotear en un pésimo francés a la estrecha de su compañera y perseguida hasta el catre, deleitarse con la toponimia parisina, y ya al final, en plan traca, elegir un párrafo al azar para troncharse de risa. Este por ejemplo, que pertenecería, no se lo pierdan, a un discurso en una universidad china: “Luchadores y luchadoras chinos, (sic) un saludo de los españoles y muy especialmente de los que hemos aprendido del pensamiento de Mao un método para la acción política”… Seminarista, prochino, sociata al fin, comprenderán ustedes que ese rollo no hay por donde cogerlo. No sé, la verdad, si al final escribí esta critiquilla en broma, en serio o como quien deja pasar ante sí el aire caprichoso. Pero ustedes van a saber lo que es bueno si se les ocurre asomarse, aunque sea por un momento, a este calamitoso centón de banalidades.



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La aventura de leer

La Ría
Sábado 12/10/02

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Alguna vez le he propuesto al Rector onubense, tan ilustre ovidiano, el proyecto de una biblioteca onubense formada con los fondos que muchos de nosotros en su día –dies certus an incertus quandum—pudiéramos legarla a nuestra Universidad en evitación de que nos la venda un yerno más aficionado al bricolage que a la lectura o una nuera ajena a esas preucupaicones. En Huelva, como en todas partes, se sigue la tradición española de hacer y deshacer bibliotecas generación tras generación, como la tela de Penélope, con el resultado que pueden –podían, al menos—contarse con los dedos de la mano las que merecería la pena conservar como patrimonio colectivo. No se trataría de deshacerse del tesoro del viejo, sino de aportar cada caudal particular, en régimen de fundación, en la que los herederos de los donantes podrían ser patronos durante dos o tres generaciones, unos fondos que, de otra manera, se disiparían sin remedio. Los historiadores de la Huelva antigua, los del XVIII, siglo libresco por excelencia, echan de menos aquellas librerías escogidas en que nuestros licenciados Mora, nuestros Pérez Quintero o nuestro Juan Jacobo del Barco atesoraban y, a veces, intercambiaban entre sí. Yo mismo echo de menos la que una mediodía me enseñó en su modesto piso don Antonio Palma, con algún ejemplar inestimable ejemplar de “La Nobleza del Andaluzía” que no he olvidado, o la que me mostraba don Plácido Bañuelos, o la más reservada de don Francisco Vázquez Limón, o la que en mi misma calle, la del Puerto, me permitía ver alguna vez Marchena Colombo, un hombre imponente y algo huraño, pero expedito a estas confianzas literarias. ¿Dónde están, que fue de esas colecciones, en que almonedas se habrán visto desmembradas (dicho sea sin menoscabo d ela piedad familiar de algunos, que me consta) y vendidas tal vez a precio saldo lejos de Huelva, como es natural?

Para enpezar leer en Huelva –años 40, 50 y hasta 60—no era fácil. La biblioteca que dirigía precisamente Palma Chaguaceda estaba sometida a una severa censura. Para que se hagan una idea no figuraba en ella –o no se incluía en ficheros y menos en “préstamos”—la obra de Juan Ramón. Y ni que decir tiene que ni rastro de la generación del 27, y fuertes recortes a la del 98. Don Antonio me citó en su casa un día para prestarme un calderón, concretamente “La vida es sueño”, y “Vieja y nueva Política” de Ortega. Dios se lo pague. Don Emiliano Jos, ya lo conté alguna vez, me dejó una edición de “La Jornada de Omagüa”, que conservo. También nos proporcionaba generosamente libros de su estupenda biblioteca don Diego Díaz Hierro, tan laborioso en cuanto se relacionaba con la ciudad y su historia. En la biblioteca de la Escuela Francesa --¿por qué seguir llamando Colegio Molière a una institución con nombre propio tan acreditado--, madame Ivonne me inició en la fundamental literatura de viajes y aventuras, empezando por Verne, y luego Stevenson, Conrad, Melville. Una razón más para conservarle mi eterna y entrañable memoria. Incluso me dejó --¿por qué?, vaya usted a saber—algo de Drieu de la Rochelle que, por fortuna, no leí entonces (luego sí). Había pocos libros.

Los pocos amigos interesados teníamos cita y parada forzosa en la librería de Ribari, con aquel fondo de almacén en el que yo encontré cosas muy adelantadas y sospecho que deliberadas, como deliberada era la generosidad que hacía la vista gorda con los mangazos que vez en cuando le metíamos al negocio. Digamos que Ribari era el punto obligado de novedad editorial que había en Huelva (luego creo recordar que se llamó Pastoriza y que también estuvo gestionada con liberalidad notable), y no resistía la competencia del estratégico escaparate de El Diario de Huelva, tras cuya vidriera mayor, reservada al belenismo más tempranero en Diciembre, nos dejábamos seducir el resto del año por aquella bobliografía ecléctica, más bien “mass cult”, ya saben, a base de Emil Ludwing, Stephan Zweig y los patrióticos azorines de última hora. Más seria me parecía a mí la exposición de la imprenta Mojarro, la que a la entrada de la calle Marina, nos deslumbraba con sus inasequibles estilográficas y una cuidada oferta de lecturas que siempre me hizo sospechar una mano experta detrás del mostrador.

El resto era desierto, como decía Bowles, y sin ánimo de comparar. Yo sé que mi padre intercambiaba libros con cierto secretismo con el cónsul de Portugal que había entonces, y en ocasiones tuve en mi mano por primera vez unos versos de Leopardi, propiedad de aquel cónsul de Italia, comandante de la flojísima armada mussoliniana pero que con porte tan gallardo como altivo recorría la antigua plaza de las Monjas arriba y abajo, seguido a dos pasos por una mujer menuda, también lectora impenitente, que era su secretaria y, según la mojarra onubense, la fiel amante que lo siguió a aquel destierro dorado (creo recordar que vivían en el Hotel Victoria). A esas lecturas debí un pasajero despiste sobre lo que había sido la Guerra aún llamada Mundial, amén de bárbaras versiones del “affaire Dreyffus” y las andanzas de Vichy y la “Francia Libre”.

Los más jóvenes rompimos pronto ese círculo de tiza (o de hierro) haciéndonos con los versos del 27, los ensayos del 98 y hasta alguna audaz obrilla ya abiertamente “roja”, que era como entonces se le llamaba a cualquier cosa que no fuera abiertamente integrada o luciera el “nihil obstat”. Vaya como compensación con la bazofia que nos daban, seguro que con ingenua intención, ciertas manos católicas. Aún recuerdo las miserias de Tihamer Thot, que creo que era un obispo húngaro lanzado por la propaganda paccelista en los años de postguerra y que hizo de la castidad blindada un fastuoso negocio y, como es natural, también una fuente procelosa de neorosis. El cambio del lectorado que se produjo en Huelva a principio de los 60 fue radical, en este sentido. Entonces entraron embarulladamente los viejso que faltaban y las novedades recién salidas, y pudimos leer sin problemas a Jovellanos (censurado antes, palabra) lo mismo que a Sartre o a Camus, que los estudiantes traíamos en el equipaje cada vacación. No se olvide que en Huelva, solo veinte años antes, se había quemado en público auto de fe celebrado la Plaza 12 de Octubre, la obra de Juan Ramón. Ni que desde el Instituto al último rincón (excepciones aparte: ya hable de Palma, por ejemplo) una legión de arcángeles flamígeros vigilaba el Paraíso adocenado que recorría una y otra vez la calle Concepción y tomaba el aperitivo en el Onuba o en el Pelayo, quizá en Las Palmeras. Manolo Sánchez Tello me habló, antes incluso, de Luis Cernuda y de los sonetos juanramonianos, cierto; Alberto Vázquez me dejó una edicioncilla de “La Catorce” la novelilla del doctor Pedro Mata que, con otras, algunas mujeres marginadas vendían durante el recreo por la tapia del “Francés”; el biológo José Luis Díez me descubrió tempranamente a Huxley y me ayudaba a leer a Marañón y a Unamuno; el notario Diego Romero nos trajo a Hernández –a quien incluso defendió y a quién biografió—mucho antes de la moda; Vázquez Limón me prestó cosas del doctor Hernando y me ayudó a entender con paciencia aspectos complejos de Ramón y Cajal; mi padre me dio, unos Reyes, el Quijote, no digo más. Pero no puedo olvidar al activista mayor del alfoz, el doctor Ernesto Feria Jaldón, lector maniático (porque eso no cabía ya ni en terquedad) con quien, ya libremente y desde muy pronto, intercambié los grandes libros que en aquel decisivo periodo estaban cambiando la cultura euroepa, y que él conocía al dedillo ¿Se hacen cargo de la eventualidad de la oferta? Insistiré al Rector en mi idea de conservar para Huelva las bibliotecas de Huelva (Víctor Márquez ya ha dado la suya para su Villanueva de los Castillejos natal). Pero eso no basta. Sería menester ese gesto solidario que, sin desposeer a nuestros descendientes de un bien cierto, conseguiría un beneficio colectivo de incalculable valor para cualquier institución, pero más si me apuran para una universidad joven. El propio Verger daría gustoso sus Ovidios y Catulos, quién sabe. Uno de los mecanismos de que se vale la inercia histórica es ese de la volatilización de las bibliotecas, que al fin y al cabo, no son sino el depósito del saber de cada época. Imagínense que, sólo en una generación, juntáramos para la Onubense un fondo que abarcara desde nuestra historia y costumbres, hasta la filosofía o la Ciencia en general, pasando por el Derecho, la religión o la literatura. Una vez vi cargar un camión con los libros de quien había sido gran lector y amigo, además de gran onubense. No olvidaré que la matrícula era de Tarragona. Pero andando el tiempo encontré ejemplares de mi pobre amigo en la cuesto de Moyano de Madrid, Llevaban un ex_libris con un lema que tampoco se me olvidó, “Omnia mea mecum porto”, más o menos, lo llevo todo conmigo. Pensé y sigo pensando que la vida se burló de él hasta en esa última, ingenua, voluntad.