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La España probable
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Viernes 11 de Noviembre de 2005
El Mundo |
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En el descoyuntado debate sobre eso que se llama el “modelo territorial”, que estamos soportando esta temporada, hemos oído, junto a improvisadas mistificaciones y algunas payasadas, no pocos conceptos alarmantes. El último, que reclamaría esas dos calificaciones, es la idea lanzada por el presidente Maragall de que España –el estado-nación más viejo viejo mundo-- es una realidad política constituida “por tres naciones seguras y alguna probable”. Es verdad que tan colosal disparate no abre, precisamente, un festival del absurdo en el que ya hemos vivido una falsificación de la razón histórica tan desenfrenada que la sorpresa resulta poco probable. ¿Acaso no hemos escuchado al Consejo de Europa argumentar a favor de la “inmersión lingüística” catalana haciendo suya la peregrina apropiación nacionalista de la Corona de Aragón? Alguien subrayaba hace poco la inconsecuencia que subyace bajo un conflicto como el desatado en torno a aquella guerra lingüística, recordando que, en sus mil años de existencia, el español no había sido cuestionado con beligerancia hasta la República y tras la muerte de Franco. Pero mirar desde estas perspectivas el conflicto que padece España como consecuencia del chantaje nacionalista quizá no resulte del todo apropiado, porque tanto ahora como en la circunstancia republicana, cuando se cuestionan obviedades tales como la identidad o el derecho a usar la lengua vernácula, lo que en realidad se busca es quebrar el hecho histórico innegable de la realidad de España, sustituyendo artificialmente el modelo territorial consagrado por el tiempo.
Un enorme equívoco ha servido bien --bajo la Dictadura, en la Transición y ya en la Democracia-- los intereses del secesionismo pleno o relativo, y es éste: que la defensa, incluso la tesis, de la realidad histórica de España, como diría don Américo Castro, no es más que un reflejo conservador y, en su caso, fascista, mientras que su cuestionamiento o el reclamo abierto de su quiebra sería lo propio de la mentalidad de progreso. Diría incluso, si se me permite el ejercicio proudhoniano, que la miseria de la propia alternativa nacionalista –“tres naciones seguras y una probable”, imagínense-- revela sin remedio, desde una perspectiva crítica, cuánto tiene ella misma de “alternativa de la miseria”. Pero no perdamos más tiempo, si es posible; limitémonos a postular esta otra evidencia: que so capa de una legítima reforma estatutaria lo que anda buscando, desde que llegó el nuevo Gobierno, es romper el decisivo pacto nacional –en mi opinión no poco fortuito y, por eso, afortunado—que, entre el miedo y la razón, lograron muñir a la salida del túnel. Podemos perdernos en los meandros del laberinto pero la realidad es tan sencilla como que esta crisis nacional se debe a la debilidad del Gobierno que busca conseguir con sus concesiones al ultranacionalismo dos objetivos clave: mantenerse él mismo en el Poder y constituir una mayoría estable –al estilo de la intentada por el “arquitecto de Bush”, aunque bajo otro zodiaco simbólico—a costa de la destrucción, a ser posible definitiva, de la oposición conservadora.
Habrá pocos personajes que puedan escapar de ese Minotauro sin necesidad siquiera del hilo de Ariadna, pero entre ellos está, sin duda posible, Jaime Mayor Oreja, aquel ministro que en las encuestas “cualitativas” polarizaba simpatías de todos los azimuts políticos bajo la sugestión del “hombre tranquilo”, y frente al que, como inevitable consecuencia, se levantó con premeditación y alevosía una leyenda negra que pretendía entronizarlo como ideólogo del “frentismo” contra la locura disgregadora. Ya resulta extravagante que en un país se tilde despectivamente una actitud política con el dictado de “constitucionalista” pero eso es lo que aquí hubo de soportar –y no sólo por parte de los ultranacionalistas, que es lo peor—este personaje que logró salir intacto de los sondeos de opinión aunque no sobreviviera íntegramente al disparate político. Quien hoy nos va a hablar fue acaso el responsable de seguridad más fiable que los españoles han tenido en democracia y él fue también quien consiguió para ese “frente constitucionalista”, por la banda que le correspondía, los mejores resultados jamás obtenidos frente al designio antihistórico de la histeria nacionalista, en una elección vasca. Ahí terminó la aventura, sin embargo, al menos para quienes mirábamos al futuro confiados, a través de esa atrevida lente suya que hacía converger las energías generales, como un espejo ustorio, en el interés colectivo que hace tiempo que unos pocos tratan de destruir. Mayor Oreja conoce como nadie ese mundo, maneja como pocos sus razones, traspasa su deplorable mitomanía, desmonta sus trucos y, en definitiva, tal vez sea el mejor activo de que disponga la esperanza superviviente que aún vislumbra la posibilidad de que este mal sueño no sea sino una pesadilla pasajera.
Se habla estos días sin reposo de Azaña, de Ortega, ¡hasta de Azorín!, unos en busca de razones para calmar el seísmo, en procura de argumentos para reactivarlo, otros. Está bien, por eso mismo, que un testigo de excepción nos descifre la crónica de esa guerra sucia, y mejor aún que quien forma parte de esa Historia nos muestre por dentro el detalle de esa hegeliana “razón del tiempo”. No hay modo de separar Historia y Política, por supuesto, bien lo sabemos desde Herodoto. Cuando se está pervirtiendo en las escuelas, a la sombra del propio Poder, esa historia y esas razones, viene a ser incluso imprescindible, por eso mismo, el intento de separarlas con respetuosa verdad. No estamos donde estamos por azar, ni siquiera porque ZP no pueda ser presidente sin el rodrigón de los adversarios de esa Historia. Hemos llegado a este punto, en buena medida, por haber descuidado la ruta, por no advertir con atención las vueltas y revueltas por las ha campado a sus anchas el río que nos lleva. Deduzco por el título de esta “Charla” que nuestro excepcional invitado habrá de iluminarnos en lo posible los recovecos del dédalo. El conocimiento es el requisito inevitable de la solución. Pero en último término es también el combustible que ha de suministrar la energía moral a todo combatiente. Porque estamos en una lucha, en una guerra desarmada pero fatal en la que se juega, efectivamente, la identidad de todos. No la imaginaria surgida de la leyenda sino la certificada por el tiempo. Justo la que pretenden arrebatarnos, disfrazados de libertadores, esos monterillas míticos que Mayor conoce como nadie. |
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La conquista de la tele
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Viernes 29 de Abril de 2005
El Mundo |
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Hay al menos un punto en que los sociólogos de la comunicación –y los del conocimiento en general—, desde Mac Donnald o Bell a Bourdieu y Vidal Beneyto, están hoy plenamente de acuerdo: la relación entre el Poder y los “mass media” es un rasgo característico de la ‘sociedad medial’, un rasgo de cuyo perfil depende la índole del montaje político y, en consecuencia, la virtualidad del propio sistema de libertades. La irrupción de la comunicación audiovisual ha trastornado sin remedio la conciencia pública tradicional evidenciando que el control social efectivo, el auténtico poder de influencia que pone la Libertad en manos del Poder, no reside ya en las instituciones y sus instrumentos de influenciación sino en el imperio de unos “medios” cuya creciente acuidad está aumentando exponencialmente su capacidad persuasiva. Los viejos políticos, las fuerza antiguas, disponían todo lo más de un periódico, vehículo “doméstico” en el sentido de que circulaba sólo entre los propios convencidos y también de que había de ejercer su persuasión sin otro recurso que su capacidad dialéctica. En la sociedad medial, en el planeta inmerso fatalmente en el mensaje, en un modo de convivencia sometido voluntariamente a la comunión racional pero también subliminal con el Poder, hace tiempo que sabemos que la famosa “integración” de que hablaban los funciolistas no es, en altísima medida, más que el efecto de la tiranía doméstica de los medios audiovisuales. Una sociedad que confiesa ver la tele más de cuatro horas diarias, una infancia perdida y una adolescencia desnortada que miran al receptor hipnotizadas como el pájaro a la serpiente, se someten a la dictadura que el mercado ejerce sobre ellas a través de esa potencia desconocida en épocas menos dotadas, seguramente, pero también menos sometidas.
La experiencia demuestra, por lo demás, un poco en todas las democracias –y por descontado en las dictaduras—que la inevitable tentación absolutista del Poder conduce inexorablemente a la búsqueda del monopolio mediático. Goebbels fue quizá un precursor diligente pero no podía ni imaginar el concurso que a su implacable proyecto de control social (es decir, político) habría de prestar la alianza más o menos discreta entre el Poder y un negocio que, como es lógico, persigue, apoyado en aquel y como contraprestación por sus imprescindibles servicios, nada menos que el monopolio de la comunicación. Miren a nuestro alrededor y vean lo que está ocurriendo en esta España que ha recorrido ya un largo trecho entre el primer y discutido reparto de emisoras de FM y la reciente orgía de las televisiones locales, claramente vinculadas a partidos o grupos de presión cuando no a imaginarios “emprendedores” que hacen de intermediarios en un negocio bajo el que subyace otro de mucho más calado: el del secuestro efectivo de la conciencia pública. Desde el “palancazo” –aquella gratuita concesión de la primera licencia de TV privada o “de pago”-- hasta el desconcierto en que el actual Gobierno ha sumido al país tras prometer el arreglo de la tele pública y la reordenación del espacio audiovisual a través de la revolución digital, han ocurrido tantas cosas que no será necesario subrayar ni las dudosas causas ni los perniciosos efectos. Y no se olvide que en medio de esta historia han campeado los nuevos conservadores, críticos tan feroces de los manejos socialdemócratas como pasivos cómplices de aquellos, durante ocho años, con una extravagante política de comunicación cuyas causas y razones, el propio Rajoy, vicepresidente durante esa etapa crucial, reconocía en esta misma tribuna, desconocer.
Carlotti –el gran ejecutivo que hoy nos acompaña—ha explicado con claridad al Senado que la concesión de nuevas licencias de emisoras analógicas en pleno proyecto de conversión digital y más a quien monopoliza la televisión de pago, no sólo no favorece sino que impide de modo decisivo el pluralismo que todos predican y ninguno respeta cuando le llega el turno. Pero el Gobierno no es en este terreno, justo por las razones que venimos enunciando, lo libre que puede creer el ciudadano ingenuo. Al contrario: ahí está la decisión de ZP, adoptada por sorpresa y sin diálogo alguno a finales del 2004, de reformar la normativa que afecta a la televisión, para probarlo. Poco pudo su compromiso expreso de no realizar iniciativa alguna en materia audiovisual antes de arreglar decorosamente la mediocre y prohibitiva tele pública. Sus ministros y él mismo no ocultan su intención de conceder licencia al actual monopolio ‘de pago’ para que, sin aguardar a la revolución digital, pueda emitir “en abierto”. Y no hace más que un par de días un ministro de Franco resellado por la Democracia exigía en público ese trato privilegiado para su patrón que no era otro que el que domina a placer esa TV de pago. Y es que la Democracia es ya, tal vez sin remedio, rehén del Poder --¡a ver qué van a contarnos sobre el particular en Andalucía!—y sus manijeros saben que han de contar con una clientela de ‘medios’ adictos para conseguir el control social que comienza en la sugestión electoralista y remata en el control arbitrario del gusto, de las costumbres, de la opinión y la conciencia, en suma. Ningún Poder quiere pluralismo y ninguno lo apoya si puede evitarlo. La aventura de Berlusconi –que Carlotti, este utopista de vuelta del “paraíso feliz”, conoce como pocos—lo demuestra e ilustra. La que vivimos en España también. Y la que se avecina, mucho me temo que más aún. La reordenación del espacio audiovisual no es un problema que concierna a la tecnología sino a la política. A ZP se lo han explicado así y todo indica que lo ha entendido divinamente. |
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La corbata de Savater
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Martes 5 de Abril de 2005
El Mundo
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El filósofo Fernando Savater es gran aficionado a las carreras de caballos. Quizá por eso se presentó a la sexta Charla de El Mundo”, celebrada en el auditorio del Hotel Macarena, con su corbata del derby, caballos playeros sobre un fondo rosa de atardeceres sanluqueños, para hablarle a una muchedumbre visiblemente conectada por su excepcional empatía sobre un tema de grave actualidad: las relaciones entre educación y democracia. Se nota cuando el público es predominantemente joven, cuando hay en él un fuerte contingente de “connaiseurs” (en este caso, de enseñantes de todos los niveles) y, en especial, cuando quien va a hablar cuenta de antemano con la confianza y cercanía del auditorio. Y el lunes se notó todo eso.
Sostiene Savater tesis nada complacientes sobre la decadencia de la pedagogía, es decir, contra el irresponsable fracaso de los poderes públicos, pero también de las instancias privadas, tan decisivas como la propia familia y, más en general, de eso que se llama “comunidad educativa”. ¿Una enseñanza amable, una ilustración lúdica? Frente a ese tópico tenazmente sostenido por tantos falsos profetas, Savater defiende, sobre las huellas de Aristóteles, que la educación es la primera experiencia de gobierno, que su papel “socializador” sólo cobra sentido en democracia –un sistema complejo cuyas reglas han de ser aprendidas—mientras que resulta inútil bajo la tiranía y que, en definitiva, por eso mismo y por la alta consideración que en el sistema de libertades se concede al individuo, “toda educación es educación de príncipes”.
Siempre sobre filo atrayente de la paradoja, el filósofo va desgranando su filípica ante un público visiblemente cómplice. El ciudadano ideal debe “participar” más que “pertenecer”, debe afirmarse con su propia aportación más que abullonarse en lo que Niestzche llamaba el “calor de establo”: una pedagogía razonable no debe tender a reforzar la “pertenencia” sino a “preparar para lo desconocido”, a iniciar al “mystes” que es todo educando en los arcanos racionales de la convivencia. Y claro está –a estas alturas, la parroquia profesoral vibraba ya como un campanón bien templado--, la educación ha de ser inevitablemente coactiva, sin rastro de guiños al neófito, subida en la convicción de que no hay conocimiento sin esfuerzo ni varas mágicas para insuflar saberes en el patio del recreo. Toda educación frustra, dijo Savater, ya sin asomo de ironía, tensando el arco certero de su insobornable sinceridad: frustra para potenciar libertades mayores, pero frustra, y volvió a evocar al Estagirita: “todos hemos sido frustrados”.
La verdad es que a la dudosa sombra del nuevo proyecto de ley educativa, la palabra de Savater resonaba como un trallazo. Se equivoca el maestro complaciente, falla la familia clueca en su afán por preservar al aprendiz de su fatal necesidad de aprender. ¿”Enseñar deleitando”?, como decían los ‘ilustrados’? Bueno, eso son palabras, miel sobre hojuelas, pero la realidad es otra bien distinta. La educación es tarea y derecho de todos –no sólo de los padres, ni del Poder-- porque a todos concierne el éxito del aprendizaje o su fracaso. Pero a esas alturas, el público –el del lunes fue auténtico y amable gentío—estaba ya entregado al filósofo, pendiente de su gesto persuasivo, embriagado con el vino sutil de su ironía. Lord Keynes, Woody Allen, John K. Galbraith, Nietszche, Aristóteles, juntos pero no revueltos, ilustraban la sabia charla del filósofo que en la corbata, sobre el arrebol sanluqueño como tomado de un atardecer de Turner, lucía repetidas las siluetas de sus caballos playeros. La gente estaba encantada. Y entre ella, “los que tiene que enseñar” mostraban su satisfacción terciada de amargura. |
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Ejemplo y lección de Savater
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Domingo 3 de Abril de 2005
El Mundo
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En España hay no poca gente que puede decir con verdad que padeció la sorda guerra contra la dictadura de Franco. También la hay que la está padeciendo ahora en alguno de nuestros frentes abiertos, pero sobre todo en el que aflige al País Vasco. Hay mucha menos, sin embargo, que haya estado en las dos contiendas, es decir, que haya debido continuar en esta otra lucha en democracia tras haber sufrido su dura pelea bajo la tiranía. Y uno de esos españoles es Fernando Savater, personalidad indomable, a quien desde que lo descubriéramos estupefactos en aquel breve “Nihilismo y acción” no hemos dejado de admirar muchos de nosotros en su continuo testimonio de entereza moral y en su progreso intelectual.
Es posible que el encanto de Savater deba bastante al hecho de su espléndida imaginación literaria en un país en el que, a mi entender, no sobran hace tiempo los buenos escritores. La elegancia de su prosa, la contundencia de su estilo, su capacidad sofística (en el buen sentido, que es el suyo), lo colocaron hace mucho en cabeza de una generación que no ha necesitado, como las nuevas, descubrir jugándose la vida al Savater valeroso que nos ha proporcionado a los españoles tan alto ejemplo de entereza al tiempo que nos descubría amplias perspectivas intelectuales. Pero lo que posiblemente constituye la más admirable paradoja de este personaje excepcional es la rara manera con que ha sido capaz de mantenerse tantos años en lucha abierta contra esto y aquello separando radicalmente la actitud ética del compromiso político, o no sé si decir que uniéndolos en una fórmula magistral con la que ha desconcertado a mucha gente, en especial en el ámbito académico y en esa zona pantanosa donde se mueve el propósito político.
Cierto que un ironista como él se complace en confundir al tiempo que aviva la lámpara para iluminar, y más cierto todavía que su propuesta entre nihilista y epicúrea –todo eso de la “ética de la buena vida” y el elogio del “amor propio”—debe resultar más cautivadora que convincente en este país de cabreros, que es como lo veía hace años Gil de Biedma, y lo seguimos viendo acaso hoy en no pocas ocasiones. De lo que no tengo ninguna duda es de que los admiradores de Fernando Savater, esa legión de todas las edades que lee lo mismo sus reflexiones sobre los cuentos de nuestra infancia que sus revisiones sobre Niestzche, saben apreciar lo que vale ese compromiso moral supremo que hay bajo la apariencia de jovialidad que es uno de sus encantos más irresistibles. Todos estos años venimos viendo a este hombre que hoy está con nosotros, enfrentado con serenidad y valor a la amenaza de esos matones absolutamente incapaces de comprender la intensísima relación sentimental de Savater con Euskadi y ni por asomo capaces de apreciar el sentido de su postura pacífica y de su propuesta integradora. Pero eso, que tanto nos preocupa y asusta a los demás, a él no parece hacerle tanta mella como la barbarie misma ni preocuparle tanto como el previsible efecto de la locura terrorista sobre nuestra vida colectiva.
Novedad para las nuevas generaciones, no lo es, desde luego, para los que ya lo vimos mantenerse erguido frente al viejo terror, sin permitirse siquiera la licencia de la ociosidad intelectual que tantos otros han reclamado a cambio del riesgo. Estos mismos días hemos podido leer una sugerente novela suya, como hace poco la teníamos de repasar, recogidos como libro, los artículos brillantes que Fernando ha escrito entre concentración y concentración, viviendo en auténtica libertad vigilada, como ajeno al vocerío caníbal, enteramente sordo a las amenazas e indiferente frente a las insidias, que no han faltado. Se pueden contar con los dedos de una mano los españoles como Savater, y sobrarían dedos, por supuesto, si lo que intentáramos contar fueran intelectuales españoles de semejante estatura ética. Por eso nos interesa tanto escuchar su lección sobre educación y democracia. Y por eso también le agradecemos, junto a su esfuerzo por estar hoy con nosotros en Sevilla, el alto ejemplo ético que implica su coraje y su valor para pensar libremente en cualquier situación.
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Miedo al cuerpo
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Jueves 24 de Marzo de 2005
El Mundo
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Discuten en Francia por una publicidad basada en el cuerpo masculino que algunos ciudadanos y la ministra de la Paridad (no se pierdan el solecismo organigrámico), consideran inadecuada. Ante la imagen de un varón pisado por un tacón femenino se ha clamado por el “respeto a la persona humana”. Frente a un hombre con unas braguitas en la nariz, el organismo controlador de la publicidad ha manifestado no estar dispuesto a someterse a los dictados del “porno chic”. Y en fin, unos calzoncillos con encajes bajo el sugerente lema “enrojecer de placer”, han disparado todas las alarmas. Llevamos siglos halando del cuerpo de acá para allá, tapando con “braghetoni” los cuerpos celestes de la Sixtina, temiendo que el mero y mixto imperio de la carne haga que se venga abajo nuestro planeta moral. Un sabio como Ruskin hubo de inventarse a mediados del XIX una hoguera inquisitorial para salvar los dibujos eróticos de Turner, nefandos para los victorianos. Pero no siempre hubo tanta suerte. La criminalización del cuerpo constituye una de las más señeras hipocresías de la Humanidad pero la verdad es que, desde la Edad Media para acá, nadie ha podido con él. Estos mismos días se ha visto en Internet un estudio del Congreso americano en el que se afirma que “tocar los genitales de una persona provoca embarazo” (sic) o que “el sexo fuera del matrimonio produce cáncer” (sic también), al margen de establecer la doctrina de que, al menos en la América de Bush, si un padre entrega su hija a un hombre es para que la proteja de por vida y desde el presupuesto de que la entregada habrá de ser vitaliciamente fiel a su protector. El cuerpo es un peligro. En eso coinciden todos, sin problemas, desde Pablo de Tarso a Bush.
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Nuestro humanismo se orienta al cuerpo mucho más que al alma y más al varón que a la hembra. Siempre será mucho más fuerte la reacción cívica y la política frente a la injuria racista que contra la explotación. La exhibición del cuerpo hace indefectiblemente más ruido que el abuso que el retratado pueda estar soportando en sus carnes. A Bush, mismamente, le quita el sueño que sus yanquis anden tocándose los genitales pero duerme a pierna suelta después del bombardeo, porque el cuerpo que cuenta moralmente es el cuerpo ‘quiescente’ --como explicó Laín y mostró Rembrandt-- y no el vivo que tiene derechos y obligaciones. Con motivo de la exposición “Picasso erótico” que montaron en ‘L’Orangerie’ algún crítico habló de la obsesión sexual de Picasso. No he escuchado a ninguno, sin embargo, referirse a la de Bush o a la de esos congresistas a los que preocupa más un revolcón en el auto que una sesión de picana en Guantánamo. Proust llegó a la conclusión de que el cuerpo suponía una grave amenaza para el espíritu. Y aquí casi nadie se libra de esa tiranía ideológica. Si el maestro llega a ver ese cuerpo glorioso con una braguita en la nariz o unos gayumbos bordados, seguro que tira de veneno y acaba como su Bovary.
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Perfil de Rosa Díez
Los principios y el final
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Miércoles 2 de Febrero de 2005
Charlas de El Mundo
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El bizarro debate celebrado en el Congreso en torno a ese proyecto ilegal de secesión que se conoce como “Plan Ibarretxe” ha dejado al país más confundido que otra cosa. Se ha conseguido con él prestarle al disparate una suerte de legitimidad mostrenca reforzada por la idea –sostenida por el propio Presidente del Gobierno y rubricada por el desafió del lehendakari—de que con la discusión parlamentaria no acaban las cosas sino que, en todo caso, comienzan. La frase que Churchill pronunció creo que fue cuando se ganó el Alamein se viene a la cabeza: “Esto no es el final, ni siquiera es el principio del final; pero bien pudiera ser el fin del principio”. Y ello quiere decir, ni más ni menos, que el principio del fin de la era democrática felizmente consensuada a la salida de la dictadura, en nuestro caso, pero quizá también el punto de inflexión de esa afortunada democracia o el arranque del ocaso de una insólita etapa de paz española que no cumple ya el cuarto de siglo.
Hay cuestiones políticas de tanto calado que producen el peregrino efecto de unir a los contrarios. El designio de romper eso que se ha llamado “el ámbito de convivencia constitucional”, es decir, la realidad histórica de España y su libre organización política, ha conseguido, en efecto, o lo parecía al menos hasta el martes, el acuerdo estupendo entre la Derecha y la Izquierda, dispuestas ambas a rechazar finalmente la propuesta de ruptura. Pero no confundamos los conceptos. El secesionismo, travestido de lo que fuere, es en España una tradición derechista que va desde el integrismo carlistón a ERC pasando por el PNV, esa derecha cerrada y clerical de la que Prieto esperaba que convirtiera al País Vasco nada menos que un “Gibraltar vaticano”. Ahora bien, también ha funcionado como un confuso ideal de la Izquierda, un ideal que tiene raíces profundas en el sueño libertario, fourierista y pimargalliano del país federal, y que hoy profesa, cierto que muy probablemente por puro oportunismo, un PSC que acaba de legalizar su autonomía respecto del PSOE, pero que ha conseguido ya de éste el compromiso de aceptar su “vía diferente” a la insolidaridad y al separatismo de hecho bajo la desconcertante fórmula de la “asimetria” . Claro que igual que existe una derecha cerril, “españolista” en exclusiva, hay una Izquierda que disiente de estos proyectos suicidas y peligrosas aventuras. He de extremar la cortesía con Rosa Díez, pero no creo que tenga que callar por ello –acaso todo lo contrario—la evidencia de que dentro del PSOE hay voces más o menos sofocadas (y yo he escuchado, claro y distinto, el acento valeroso de la suya) que claman contra el maximalismo de unas minorías absolutamente indiferentes a las consecuencias suicidas de su proyecto.
Vamos a escuchar hoy con el máximo respeto a Rosa Díez, pero las cosas están como están –y más desde el martes-- en el marco de esta tautología política que se mueve ideológicamente sobre el pérfido e injustificado equívoco de que el nacionalismo regionalista es cosa del “progreso” mientras que la mera y discreta conciencia de la unidad histórica y democrática sería seña cierta de “reacción”. El Mito sobre la Razón, las racionalizaciones más infundadas por encima del sentido de lo real, Sabino Arana sobre Unamuno, Baroja, don Julio Caro o Jon Juaristi: ésa es la palestra en la que debe disputarse esta liza sin sentido. Y sin embargo, ahí están las dudas del Gobierno (frente a cierta contundencia de su partido, al menos en el debate de marras), ahí queda abierto el postigo a la voracidad insolidaria para que tome sin resistencia la plaza fuerte que es aún el sentir de la inmensa mayoría. Se ha puesto en almoneda el reciente “pacto por arriba”, se ha emborronado la foto de los dos grandes partidos –esto es, de la inmensa mayoría-- flanqueando significativamente al Jefe del Estado. Pero no puede dudarse de que hay, tanto en la Izquierda como en la Derecha, cabales que lamentan el disparate y trabajan por evitar que se consume, lo que nos obliga a todos a extremar no sólo nuestro reconocimiento a la nobleza de su gesto, sino nuestro apoyo incondicional, que van a necesitarlo.
Las “Charlas de El Mundo” cierran hoy este diálogo a dos voces sobre esa gran amenaza que Rajoy calificó en ellas de “desafío” y en la que Rosa Díez ve sencillamente “una traición”. Pero entre ambas voces hemos oído hablar en el Congreso de procesos de futuro, de diálogos pendientes, como hemos tenido que escuchar proclamas independentistas o tibias propuestas de maduración, que han venido a sumarse a la generalizada inquietud española que deriva del pacto público y notorio de que el Gobierno mantiene consigo mismo en Cataluña un compromiso de “asimetría” entre los españoles, del que depende nada menos que su estabilidad y su permanencia en el Poder. Vamos a dejar que un personaje de tan significado perfil socialista como Rosa Díez se exprese libremente. Lo que no es poco, tal como van estando ya las cosas en España, dentro y fuera de los partidos.
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Presentación de Mariano Rajoy
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Jueves 27 de Enero de 2005
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No le habrá pasado desapercibido, señor Presidente, la entidad de la sede en que nos encontramos. La Casa de Pilatos, nexo entre dos estilos y dos mundos, punto de encuentro entre la voluptuosidad oriental del mudéjar y la exigencia racional del orden renacentista, constituye un ámbito de privilegio en este confuso momento que vivimos, pero su significado, como solariega de la Casa de Medinaceli, cuya Fundación Ducal nos acoge, mucho podría aportar, ciertamente, a las discusiones de hogaño. Para empezar ahí está el propio Presidente de la Fundación, el duque de Segorbe, que acaso convenga recordar que es también conde de Ampurias –es decir, titular de una de las Casas claves en la Marca Hispánica carolingia-- y, curiosa coincidencia, señor Presidente, que a usted ha de sonarle familiar, también conde de Rivadavia. Seguro que un pontevedrés del lugar de Rendo, como usted, conoce bien ese “Versalles gallego”, propiedad de esta Casa y Fundación, que es el Paço de Oca, aunque quizá no recuerde tanto que en esta Casa está el marquesado de Camarasa, lejano por su origen es verdad, como aragonés, pero a la postre, florón de viejas casas galaicas entre las más distinguidas históricamente. Y menos probable aún será que se recuerde, a estas castigadas alturas, que la actual titular del ducado de Medinaceli, la madre de Segorbe, es el último eslabón, por el momento, de la rama mayor de Borgoña-Palatinado, uno de los cuatro caudales aristocráticos que constituyeron lo que ha dado en llamarse “Monarquía Hispánica” del Emperador Carlos. En fin, justo es recordarle a los aventureros del “regionalismo histórico”, con perdón, que esa misma Dama es hoy, por la Casa de Idiáquez Butrón- Múgica, la “pariente Mayor” entre los doce antiguos linajes existentes en el Señorío de Vizcaya. Ya ven, Sr. Presidente, queridos amigos, qué gran paradoja, y cómo el marco que tenemos la suerte de disfrutar no resulta, en esta ocasión, ni indiferente ni casual. Y por supuesto, que el “problema de España”, como decían los del 98, no es tan elemental como quieren esos improvisadores ni tan favorable a sus ambiciosas tesis derribistas.
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La sinrazón de un desafío
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Jueves 27 de Enero de 2005
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Nuestra preocupación por mantener este foro cercano a la inquietud de la opinión nos sugirió desde el principio atender con atención al problema que, seguramente, sobrevuela hoy entre nosotros la conciencia colectiva. Hay una grave discusión en esta hora española, tan grave que versa precisamente sobre la propia entidad histórica de nuestra vida, y en un plano muy subordinado pero, por desgracia, más llamativo, sobre la entidad política en que nuestra convivencia se viene expresando hace siglos. Lo diré por derecho y sin ambages: los demócratas de esta nueva era venimos padeciendo un absurdo complejo frente al concepto de España, como han dicho siempre nuestros historiadores, que tiene una doble mala razón que es herencia de la dictadura y que se resume en que si para la Izquierda, la reivindicación de España o el sentimiento patriota aparece desteñido en su genuino color sentimental por al chafarrinón franquista; para la Derecha, una sugestión simétrica convierte ese elemental derecho cívico en sospechoso de franquismo. Es cierto que algún líder de la Izquierda ha podido proclamar alguna vez, desde la portada de una revista, el grotesco lema que reza “Para patriota, yo”, y que por la acera de enfrente otros provocadores paseaban en la correa del reloj la enseña nacional. Y es obvio que de ese duelo goyesco deriva el doble complejo que ha hecho de esta nación tres veces milenaria una suerte de país amilanado por la paradoja que convierte el sentimiento más primario de un ser humano en un laberinto fatal.
El otro día, sin embargo, un apretón de manos primero y una foto después parece que han supuesto un decisivo vuelco en una situación que, desde luego, había superado la ridiculez sobradamente. Los líderes de los dos grandes partidos nacionales (es decir la inmensa mayoría del país) flanqueando al Jefe del Estado: quizá los aprendices de brujo no habían contado con la eficacia de una imagen semejante, pero todo indica que, salvo que se consienta una nueva debacle moral y política, ese separatismo minoritario que ha cuestionado nuestra convivencia hasta meterle en un puño el alma a los españoles, se ha dado de bruces contra la que un vasco insigne, es decir, un gran español, Blas de Otero, llamaba ‘la inmensa mayoría’.
Al propiciar este debate a dos voces en las “Charlas de El Mundo” no pretendemos más que acercar a la opinión las razones, habitualmente, reservadas, de la política. Y lo hacemos porque nos consta, como a cualquiera, que este debate político se ha pervertido aviesamente en un falso debate histórico hasta extremos tan críticos que hemos debido oír por ahí la descerebrada invitación a que “el resto de la Península” busque un nombre apropiado, ya que Cataluña y Euskadi lo tienen de herencia, y porque –siempre desde la idea truhanesca de que la reiteración del absurdo acaba convirtiendo en certeza la falsedad—ha llegado a cuestionarse, contra un criterio historiográfico masivamente contrario, ‘la realidad histórica de España’, como diría don Américo Castro. ¡Para qué recordar a Idacio, a Orosio, a Juan de Biclaro, al santo Agobardo, a tantos como, en plena penumbra medieval, ven ya con claridad esa entidad que cuatro chuflas pretenden negar hoy desde la osadía más ignara! Escuchemos a Isidoro de Sevilla hablar de España y situarla con precisión en el mapa “inter Africam et Galliam”, sigamos con paciencia las Crónicas, leamos los diplomas, para ver como esa línea que afirma --¡desde el siglo VIII!—la lógica de la unidad española fundada “en un mismo destino de invasión” se mantiene a través de los siglos. Un gran medievalista reputaba “extraordinaria” la visión unitaria de la realidad española que tenían por ahí fuera a pesar de las diferencias internas que dominaban aquella era fundacional, cosa que Entwistle expresó agudamente diciendo que, más allá de la “historiografía regional”, siempre estuvo patente “una entidad más amplia, España”.
¿”Las Españas”? Bueno, hace tiempo que sabemos que ese inquietante corónimo no es sino una licencia retórica de procedencia clerical, eclesiástica. Escuchen a Orosio definir a España como un triángulo entre el faro de Brigantia, en Galicia, la Narbona transpirenaica y el golfo de Cádiz. O a la Primera Crónica General de España decir que España se divide “en Galicia et en Asturias et en Portugal et en el Andaluzia et en Aragón et en Catalonia… et en las otras partidas de Espanna”. ¿Puede dudarse, seriamente, de esa “unidad moral de España” de que ha hablado algún historiador y no precisamente Menéndez Pidal? Pues por si alguien duda aún, escuchemos a don Diego de Valera en su Crónica incluir en España a “la Francia gótica que es Languedoc, Narbona, Tolosa, Castilla, León, Aragón, Navarra, Granada, Portugal”, o a Joan Margarit, el obispo historiador, establecer las lindes claras de España. ¿Tendremos que soportar aún por mucho tiempo y en silencio esta metahistoria imaginaria que pretende hacer de la Corona de Aragón un argumento imposible contra esa España histórica? No sé porque soy lego, pero en mi ignorancia tengo para mí que lo que estamos viviendo en esta postmodernidad que quiere quitar la Historia de los planes de estudio, es ni más ni menos que “regresar” al pluralismo particularista que –como explicó Ruggiero entre otros— logró superar la Edad Media. ¿Será esta otra “edad oscura”, como pretenden Eco y sus amigos? Pues ya veremos, pero el flash que el otro día alumbró la foto de “las dos Españas” que no debemos consentir que naveguen por separado, permite confiar en lo contrario. Nosotros hemos querido ofrecer a nuestros responsables políticos que expliquen en esta tribuna libre –sin menoscabo de sus diferencias legítimas, por supuesto—ese capítulo de la Historia que es el presente y ese otro, tan huidizo pero crucial, que es el futuro. Desde la Derecha, desde la Izquierda. Hay realidades que están por encima de estas legítimas opciones y la primera de ellas es nuestra propia y clara identidad.
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La
salud se paga
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23/08/03 |
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Cada
día se ve más claro que el ‘Estado del Bienestar’ no sabe qué hacer con el
servicio sanitario. El poder tiene sus trucos para aliviar esas situaciones,
claro, como demorar de manera indefinida la atención quirúrgica, dejar
sigilosamente sin asistencia nocturna a cientos de miles de ciudadanos
concentrados en el litoral o, como hace poco era denunciado por los sindicatos,
aliviar las famosas “listas de espera” a base de citar a los pacientes a
consultas asistidas por médicos generalistas, es decir, no por el especialista
que aguardaban: un fraude como una casa. Lo que de verdad le gustaría a ese
Poder es liquidar un compromiso tan caro, a ser posible privatizando la
asistencia hasta ahora pública, en concordancia con el modelo ultraliberal que
está tan de moda, y supongo que el hecho de que en Francia el Gobierno haya
renunciado, de momento, a meter las tijeras en el sistema no va a detener un
proceso que embelesa lo mismo a los gobernantes conservadores que a sus rivales
socialdemócratas.
No hay
más que ver el recorte perpetrado en pleno verano en Alemania, donde aparte de
eliminarse viejas ayudas como las que primaban los partos, se ha decidido
eliminar el tradicional gasto de los desplazamiento de impedidos en taxi y
dejar de pagar las lentillas salvo casos excepcionales, y algo más adelante,
exigir el pago de un seguro complementario para tener derecho a prótesis
dentarias. Con esa estrategia de ahorro piensa el Estado recaudar unos 14.000
millones de euros (bastante más de dos billones de las antiguas pesetas), para
lo cual se ha recurrido también a un remedio sencillo: imponer al usuario un
canon que variará entre 10 euros trimestrales por consultas generales, 10 por
cada visita directa al especialista, otros 10 euros diarios por día de
hospitalización y un 10 por ciento del precio de los medicamentos consumidos.
Los socialdemócratas ya han puesto el grito en su cielo, pero no hay razón para
pensar que ellos no han de mantener los duros recortes el día en que de nuevo
alcancen el poder.
La
novedad está en la multa que, en nombre de la equidad, se le impone a los
fumadores, condenados en adelante a pagar más caro su vicio hasta compensar al
Estado, según las previsiones oficiales, con unos 12.000 millones de euros.
Evidentemente, ninguna de esas medidas va a conseguir detener el crecimiento
exponencial del gasto médico, pero por intentarlo no ha de quedar. Ya verán qué
poco tardan en Francia en volver sobre el tema, si es que antes no nos
levantamos aquí cualquier día con esa providencia planeando sobre nosotros.
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Antiguos y modernos
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Opinión
19/08/03 |
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En una
ocasión, cuando aún era presidente andaluz, Borbolla aseguró a los periodistas
que los arquitectos eran un peligro. No diría yo tanto, pero es verdad que
opiniones drásticas como ésa rozan, si es que no coinciden enteramente, con
otras generalizadas que el hombre de la calle va ideando cuando ve lo que ve
por nuestras calles y plazas. Cuando Moneo hizo el primer edificio en Sevilla,
a orillas del Guadalquivir, recuerdo que me sugirió, mientras contemplábamos el
panorama desde el mirador más alto de Triana, que antes de juzgarlo, dejara
pasar el tiempo, que le diera ocasión a la vista y a la memoria de hacerse con
la novedad y reconciliarse con la agresión que siempre supone la obra nueva.
Luego construyó el aeropuerto de la EXPO o la seo de Los Ángeles dando lugar a
esa broma terciada de equívoco que dice que ese maestro construye aeropuertos
como mezquitas y catedrales como aeropuertos. En fin, no creo yo que la
polémica levantada por el edificio que rompe con violencia el ambiente de la
gran plaza abulense, condenado cuando ya la cosa tiene poco remedio por la
UNESCO, vaya a conseguir gran cosa aparte de animar la decaída actualidad del
verano en las redacciones de los medios. Francisco José se cargó la recoleta
plazuela del Hofburg dejando levantar un edificio agresivo, aunque no tanto
como ése de vidrio escandaloso con el que un genio contemporáneo hizo estallar
la armonía de la plaza de la catedral vienesa. La arquitectura avanza a saltos
–imaginen lo que el gótico debió suponer para la mirada románica—, pero hay un
elemento nuevo en este proceso y es la especulación que robustece las
promociones en la misma medida que debilita la capacidad de intervención del
poder. Miren cómo el ministerio de Cultura no dice una palabra sobre el
atentado de Ávila a pesar de contar con el respaldo internacional. Y consideren
la presión que ejerce el criterio de modernidad en permanente conflicto con las
actitudes tradicionalistas. El Guggenheim de Bilbao o el Pompidou de Paris
llevan ventaja en esta contienda entre ‘antiguos’ y ‘modernos’, sobre eso no
hay dudas, pero sería estupendo que el poder hiciera de árbitro discreto en
defensa de un patrimonio cuyo daño podría ser irreparable si se decide ofrendar
sin límites en el altar de las novedades. A lo mejor no es verdad, pero se dice
de Pedro el Grande que llegó a echar para atrás hasta siete proyectos palaciegos
antes de autorizar la erección de uno junto a los canales de San Petersburgo.
No estaría de más que nuestros ministros y alcaldes, sin llegar a tanto,
rechazaran alguno que otro de vez en cuando. El gran Marcel Duchamp decía que
el peor enemigo del arte es el ‘buen gusto’. Pues depende de lo que entendamos
por uno y por otro. Y, por supuesto, de qué haya de cierto en la vieja profecía
de que el arte acabaría ejerciendo en estas sociedades su papel de sumiso
servidor de la publicidad.
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El último verano
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Opinión
14/08/2003 |
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Cuentan
que hubo un año en el siglo antepasado, el de gracia de 1816, que no tuvo
prácticamente verano. Bajo un cielo encapotado o lluvioso, medio mundo, desde
Europa a USA, hubo de soportar las bajas temperaturas, las precipitaciones
impropias y hasta algunas nevadas fuera de estación. A Maria Shelley le pilló
aquel estío en Suiza, en compañía de su marido y de lord Byron que había
montado a orillas del lago Ginebra una especie parnasillo con pretensiones de
academia, y parece que fue aquel clima desolado el que contribuyó a inspirar a
la Shelley su “Frankenstein”. La causa de tal rareza –que hoy se achaca al vulcanismo--
nunca se supo entonces, pues mientras unos, como hoy, la achacaban a la evolución
solar y hasta a la proliferación de pararrayos, otros, como el rey Luis XVIII,
ordenaba a sus párrocos, tal como hoy hace el papa, elevar rogativas pidiendo
la intercesión divina. Bueno, éste del 2003 no será, sin duda, “el año sin
verano”, como apodaron a aquel, sino eventualmente, el año en que se descubrió
que la amenaza de un fracaso global de la atmósfera no era sólo un ‘chisme
ecologista’ (así lo calificó algún dirigente mundial alguna vez) sino algo real
y, ciertamente, con grave sugestión apocalíptica. Imaginen, por ejemplo, qué
energía habrá sido necesaria para elevar cinco grados la ingente masa de agua
del Mediterráneo o, más prosaicamente, cual será, una vez cerradas las cuentas,
el coste económico de tan severo estiaje. O quizá mejor, no imaginen nada, pero
convengan conmigo en que, cuando llegue Septiembre, este mundo feliz y
orwelliano habrá de replantearse, junto al problema que supone la quiebra clamorosa
de la meteorología, qué está pasando no sólo de tejas debajo de los
Ayuntamientos, Juntas o Gobiernos, sino de tejas arriba del caserío nacional y
europeo en general.
No
sería ni siquiera mínimamente discreto olvidar estos rigores cuando, tras el
esplendor septembrino de los membrillos, lleguen los aires frescos nuncios de
la vida que continúa su larga marcha. Pero tampoco lo sería correr un velo
sobre la escena de ese mísero teatro de la venalidad y la ambición en que se
desenvuelve la tragicomedia de nuestra vida pública. Apenas hay partido ya que
se libre de responsabilidad en estas corrupciones como no hay argumentos
lógicos para seguir tapándonos los oídos ante el clamor que anuncia una
catástrofe planetaria si no se modera la máquina del industrialismo salvaje y
rebelde. En Septiembre, sin más demora, habrá que plantear ambas evidencias,
tocando a rebato a ser posible. De no hacerlo quizá la ruina democrática
importaría menos que la que amenaza a la vida misma de la especie a la que este
verano ha ilustrado con una metáfora colosal.
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Famas parásitas
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Opinión
12/08/2003 |
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La fama
del personaje público no siempre es personal y menos aún meritoria. Es más,
estamos viviendo unos tiempos en los que la actualidad entroniza constantemente
a famosos vicarios, contrafiguras de personajes lanzados a la fama, a su vez,
por motivos minúsculos, que viven durante un tiempo de esa popularidad
sobrevenida aunque luego desaparezcan. En España es hoy cosa corriente que
acaparen la tele las novias del padre de Jesulín, la exmujer de un primo de la
hija natural de Pajares o la presunta secretaria de Carmina Ordóñez testigo de
las sevicias que sufrió esta otra y desdichada famosa, vicaria también por ser
hija de un maestro del toreo y exmujer de otro.
Hay otro
tipo de famas parásitas, sin embargo, que se ven como más naturales y
justificadas sin otra razón que el hecho de pertenecer los famosillos a ámbitos
en apariencia menos folclóricos de la
vida pública, pero que en realidad, deben igualmente su origen y desarrollo a la
luz (o a la sombra) proyectada sobre ellos por algún personaje con brillo
propio. En Marbella, sin ir más lejos, hemos visto florecer en el fétido jardín
municipal de Jesús Gil, a personas que han logrado considerable notoriedad en
su papel de antagonistas del inhabilitado, no sin tener que soportar durante
años la injuria constante del iluminador aparte de su público y olímpico
desprecio. Gente como Isabel García Marcos (PSOE) o el exgilista Carlos
Fernández (PA), pongo por caso, no tienen más “backcround” que la crónica de
sus trifulcas con Gil a quien han puesto en la picota o llevado a los
tribunales como pregonado criminal durante muchos años antes de pactar por
sorpresa con él y hasta prestarse a reírle sus gracias chabacanas en algún programa
de los llamados del corazón. Nuestra actualidad se ilustra con planetas sin luz
propia (como la propia política, por otra parte), se ilumina con la estela
escandalosa de fugaces asteroides sin otro rumbo que el que le impone la
atracción de turno, a los que extrae de las ignotas profundidades del anonimato
para devolverlos en su día, con idéntica indiferencia, a las tinieblas
exteriores. Existe en nuestra vida pública, qué duda cabe, una grave disfunción
que fabrica famas y logra confundirlas con prestigios, para acabar,
generalmente, haciéndolas implosionar, dóciles a la irresistible gravitación de
su íntima Nada. Hoy veo, un suponer, a la García Marcos y ni siquiera me da
pena por ella ni por el partido al que ha dejado en tan incómoda evidencia, sino
por cuanto su imagen significa en la irremediable banalización de nuestra vida
colectiva.
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La
historia en las calles
(y II)
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La Ría
02/08/03 |
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Vaya
como intermedio lúdico entre la exposición de las calles onubenses que
recuerdan, aunque en plena desmemoria, a los revolucionarios del siglo XIX, de
que me ocupé en la entrega anterior, un caso anecdótico que ilustra muy bien, a
mi modo de ver, la fuerza del uso popular y su capacidad de confusión sobre la
memoria y, en particular, sobre la toponimia. Me refiero al de la calle Ginés
Martín, antiquísima vía al pie de la ancestral acrópolis que siempre fue el
cabezo de San Pedro, cuya antigüedad remonta, probablemente hasta el siglo XV
aunque su primera mención, como anotó Díaz Hierro, aparece en una escritura de
venta fechada en 1585 ante el escribano Juan de Segura y por la que se vendían
unas “casas moradas” en la calle de “Jinés Martín” (sic).
Quien
fuera el titular de ese letrero es cosa prácticamente indescifrable, a pesar de
las piruetas que hace don Diego alrededor de un sastre llamado Xinés Martín o,
menos inverosímilmente, en torno a un Ginés Martín, hermano de un indiano de
fortuna, Lázaro, que fue encomendero en el Perú y dispuso la creación de un
patronazgo y capellanía, y que sufragaría los gastos para erigir la capilla que
hoy es de N.S. de Pasión en la vieja arciprestal de San Pedro. Sin embargo, mi
amiga Cinta López, posee, como resto superviviente del tesorillo admirable que
tenía su abuelo don Enrique Pérez Núñez, la losa-rótulo de la calle en cuestión
que reza con claridad, en bellos trazos de mayúsculas negras sobre loza blanca,
“Calle de Ynés Martín”. Y en efecto,
hubo una etapa en la que el uso popular deformó la denominación genuina en esta
otra, como recogiera también Díaz Hierro en su tratado sobre nuestro callejero,
aunque él cree que el error no se produce hasta avanzada la segunda mitad del
XIX --pues no encuentra rastro documental hasta dar con otra escritura de venta
de una casa que reza “situada en la calle de Inés Martín de esta población”--
mientras que yo, por el aspecto de la loseta que conserva mi amiga Cinta,
sospecho que es anterior. Absurda es, de necesidad, la hipótesis de la “Guía de
Hueva” de 1901 que propone que a quien honra la calle es a un Gil Martín,
alcalde de la ciudad en el periodo señorial, allá pasada la mitad del siglo XV.
De manera que no hay otra alternativa que admitir con evidente que la calle se
llamó siempre Ginés Martín y que fue el habla cotidiana la responsable de la
mutación. El error, a pesar de todo, fue tan arraigado que, en algún momento,
el Ayuntamiento picó el anzuelo del habla corrupta y colocó bajo el rótulo otro
que rezaba “Antigua Calle de Inés Martín”. No es ése, en todo caso, el que
posee mi amiga Cinta, que consigna exactamente lo que antes dije.
Un caso
notable –por comenzar por esa zona onfálica, desde la perspectiva histórica, que son los aledaños de San Pedro—es el de la
calle dedicada por los onubenses a un lepero insigne, don Álvaro Alonso Barba,
a quien el callejero despacha con un expeditivo “Alonso Barba”, probablemente confundiendo
con un nombre lo que fue un apellido. Don Álvaro fue un personaje
singularísimo, ordenado sacerdote, que nació en Lepe en 1561 (o 69) y murió no
se sabe con certeza cuándo pero, al parecer, en 1653, es decir, en todo caso, a
una edad avanzada para la época. Don Alonso fue un auténtico cura de almas, con
independencia de su curiosidad científica y como tal ejerció de misionero en el
Perú, llevando primero la parroquia de Tihuanaco y san Cristóbal y, luego, la
de san Bernardo, ya en Potosí, por entonces en plena efervescencia minera. Todo
indica que fue un curioso lector, aficionado a la alquimia (la química de la
época, por supuesto) así como un naturalista familiarizado igual con la
“Materia Médica” de Dioscórides –que por entonces comentó y reeditó el doctor
Laguna, el sabio médico segoviano, picado de humanista (hasta se le atribuyó
alguna vez el precioso “Viaje a Turquía”) del Emperador don Carlos—que la
“Historia Natural” de Plinio, o las obras “modernas” del jesuita portugués
padre Acosta (con quien tal vez coincidió en Perú) , o los conocidos tratados
de Biringuccio, Agrícola y otros.
De su
aguda observación de la vida extrajo, no obstante, el cura de Lepe su enorme
experiencia mineralógica, hasta el punto de que don Julio Cejador, el minucioso
historiador de la literatura, lo considera, en su obra monumental, “el más
insigne de nuestros antiguos mineralogistas”, sin ninguna duda, me parece a mí,
tras las huellas de Menéndez Pelayo que consideraba su obra como la más
importante en ese ramo de la historia española. Esa obra clave se editó en 1640
con el título de “Arte de los metales en que se enseña el verdadero beneficio
de los de oro, plata y azogue…”, y sería reeditada, ya en tiempos “ilustrados”,
en 1729 y en 1770, aparte de las varias reediciones recientes, hasta un total
de más de treinta ediciones, incluyendo las francesas, inglesas, alemanas,
holandesas e italianas. Su principal estudioso, Rodríguez Carracido, lo tenía,
junto al citado padre Acosta y al padre Bernabé Cobo, como una de las tres
grandes figuras de la historia de la ciencia española, lo cual, leído con
atención el vigoroso alegato de Menéndez Pelayo, no parece excesivo juicio,
sino bien ponderado. Su hallazgo importante fue el descubrimiento del método
llamado “del cazo y cocimiento”, que fue empleado, de hecho, en Perú por los
mineros durante muchos años, al menos hasta 1790, cuando aparecieron otros más
sofisticados, como el que se atribuye al barón de Bom. Gran consideración
siguen dispensándole a don Álvaro actualmente historiadores como López Piñero o
J.E. Muñoz, aunque resulte obligado remitir, a quien quiera conocer a don
Alonso, a la “Bibliografía Mineralógica” de Maffei y Rua Figueroa. Don Álvaro Alonso Barba,
pues, sin amputaciones. ¿Tanto le costaría a nuestros munícipes rotular
correctamente la calle de este onubense, lepero, insigne?
En la
Huelva llana, Berdigón adelante, puede leerse en un rótulo el nombre “Obispo
Díaz Bernal”. Se refiere al insigne obispo de Calahorra-La Calzada, don Juan
Bernal Díaz de Luco (o Lugo), talento notabilísimo nacido en Huelva, aunque
otra dijera él mismo (y no sería el único onubense incurso ene se pecado) y
algunos contemporáneos suyos, que lo hacían natural de Sevilla. Pero si es
indemostrable que naciera en Huelva por no comenzar los archivos de San Pedro
hasta 1537, yo mismo he argumentado –en mi ensayo sobre el personaje que editó
la Universidad onubense-- que
seguramente fueron las vidriosas circunstancias de su naturaleza (fue “de
subdiacono et soluta genito”, es decir, hijo de subdiácono y mujer soltera y,
en consecuencia, hijo sacrílego) las que impiden resolver el enigma. En su
dilatada carrera fue don Bernal –que es como le llamaban sus contemporáneos,
incluyendo a sus muy amigos Ignacio de Loyola o Francisco de Borja, con quienes
mantuvo intensa e interesante correspondencia—provisor de varios mitrados,
hasta que halló en Toledo, junto al gran cardenal Tavera, aquel eminente
príncipe del Renacimiento, un protector seguro que lo lanzó al epicospado y lo
hizo Oidor del Consejo de Indias. En mi trabajo detallo su labor trascendental
en el Concilio de Trento, al que asistió como miembro del “bando del
Emperador”, pero aquí no hay lugar para esos detalles, como no lo hay para
consignar su vasta tarea pastoral y doctrinaria, amén de la crónica de sus
tristes frustaciones, primero en la propia Roma, luego en su diócesis rebelde,
donde los canónigos adueñados del cabildo le amargaron, a fuerza de dineros
prodigados en el entorno pontificio, la última etapa de su vida. ¿Tanto cuesta
reponer el auténtico nombre en una calle? ¿Acaso sobran los obispos --¡y de
semejante talla!-- en la historia onubense? La memoria del gran obispo onubense
–uno de los españoles más influyentes de su época por su cercanía al Trono, por
su relación estrecha con la Compañía, por su extensa fama clerical—deberían
bastar para que en su tierra se honrara como es debido y no de cualquier manera
a un hijo ilustre que tengo razones para pensar que debió nacer en La Placeta
en tiempos de Carlos V. De Huelva, en este sentido, no se puede decir lo que el
clásico decía del embrión de nuestra patria, aquello de “Castilla, que hace a
sus hombres y los gasta”. En Huelva, por desgracia desde luego reparable, hoy
habría que decir que ni siquiera los estrena.
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La
historia en las calles
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La Ría
26/07/03 |
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Hace bastantes años, más
de los que él y yo querríamos, el gran letrado onubense Juan José Domínguez,
que hacía poco que se había independizado del bufete de Antonio Segovia,
me contó una historia deslumbradora. Se trataba del incidente vivido
durante la Guerra Mundial por el cónsul alemán en Huelva, Luis Klaus, a
quien su Embajada, avisada a su vez por los servicios secretos de Berlín,
le ordenaba avisar a la autoridad española de una circunstancia del
callejero onubense que los nazis habían
descubierto precisamente en el remite de los sobres del consulado:
la calle donde vivía el representante de la Alemania de Hitler lucía el
nombre de un reconocido revolucionario del siglo XIX que debía habérsele
escapado a la diligencia represiva de los rebeldes franquistas y ese
nombre era nada menos que el de Roque Barcia. Klaus vivía en una casa
singular, aún existente, rodeada de amplio jardín allá por los altos
del Matadero, al final, más o menos por el Pozo Dulce, es decir, en la
misma calle Roque Barcia actual antes de que la explosión urbanística la
transformara y, seguramente, nunca habría recelado de esa sombra
amenazante que un nombre olvidado podía significar para el celo
inquisitorial de los burócratas bien organizados de Berlín. Lo que no he
llegado a saber es cómo acabó la historia, pero no me digan que no es
elocuente.
¿Por qué habría en
Huelva una calle dedicada a un revolucionario sevillano que había muerto
casi tres cuartos de siglos antes, en 1885? Ésa es una pregunta que tral
vez no pudiera cohonestarse de ser planteada sola, pero que en relación
con otros rótulos que vamos a ver, sugieren que en Huelva se vivió políticamente
con intensidad --aunque ciertamente haya quedado de ello poco rastro en
las historias generales—el periodo convulso pero decisivo para la
modernización española que constituye el Sexenio y la I República, es
decir, el que va de 1868 a 1973, aunque, por supuesto, incluyendo los años
precedente4s y los que vinieron detrás. Barcia fue, en realidad, un
republicano que había crecido a la sombra de don Emilio Castelar en su
periódico “La Democracia”, para acabar fundando en Cádiz, en 1864,
uno propio y bien combativo llamado “El Demócrata Andaluz” que
compitió en aquel clima prerrevolucionario que, desde la etapa en que
sirvió de sede a las Cortes Españolas y vivió la laboriosa gestación
de “la Pepa”, nuestra primera Constitución, hizo de la vieja ciudad
andaluza “el faro de las libertades de Europa”. Pero la aventura
gaditana de Barcia duraría apenas dos años, porque pronto lo encontramos
en Isla Cristina –su casa se conserva todavía en La Redondela—desde
donde, tras los graves acontecimientos del golpe de Estado del 66, optaría
por exilarse en Portugal donde, tras un periodo de detención, presidiría
la Junta de Exilados Españoles.
Pero Barcia no estaba solo
ni ocioso en Lisboa ni lo había estado en Andalucía o Madrid, como lo
prueba su activa participación en los preparativos de la “Gloriosa”.
Al contrario, como el callejero de Huelva prueba indiciariamente, y bien
sabemos por los estudios modernos (Elorza, Álvarez Junco, C. Iglesias y
otros) o por los clásicos (“El proletariado militante” de Anselmo
Lorenzo, la “Historia de las Clases Trabajadoras” de Fernando Garrido,
también entre otros), la “Idea” revolucionaria germina en España,
además de Barcelona, en Andalucía y, particularmente, en la zona
gaditana, donde desde el ilusionismo fourierista de un Joaquín Abreu
hasta los tristes sucesos de la Mano Negra que refirió como cronista el
propio “Clarín”, pasando por la inquietante aventura
internacionalista y figuras señeras como la de Fermín Salvochea,
cupieron en aquellos años todas las novedades que proliferaban por la
culta Europa. El prestigio revolucionario de Andalucía fue tal que
nuestro Barcia fue halagado nada menos que con dieciséis ofertas de
candidatura para las elecciones a Cortes, entre las que figuraban la de
Lisboa pero también, significativamente, la de Huelva. Barcia, en suma,
era un personaje de época, uno de aquellos revolucionarios de leyenda (el
propio Salvochea que todavía durante la II República dará nombre al
pueblo onubense de El Campillo, el oscuro conspirador burgués Paúl y
Angulo, el Doctor Cala o Rafael Guillén de quienes ahora hablaremos también
en relación con Huelva, los mentados Abreu y Garrido, Bohórquez, el médico
malagueño García Viñas, “el alma de la Internacional” y tantos más)
que confieren a la época ese nimbo sutil de misterio ya claramente
diferenciado del “conspirador romántico” para mostrar su perfil de
“agitador burgués”, por seguir la propuesta del maestro José María
Jover.
Por eso tras su actuación
en el movimiento que acaba echando de España a los Borbones, Barcia
reaparece en Madrid, en plena Junta Central Revolucionaria, junto a
Cristino Martos, y brujulea activamente en el entorno de Pí y Margall en
busca de una embajada que jamás conseguirá, siendo, en cambio,
encarcelado en la famosa prisión madrileña de El Saladero, tras ser
implicado –con seguridad sin fundamento—en el magnicidio que acabó
con la vida del general Prim, acusación que provocará una ardua y
altisonante campaña escrita por parte de Barcia que se defendió con la
natural indignación. Sin embargo, quizá la página más fuerte de la
vida de quien da nombre a nuestra vieja calle, sería su actuación en el
movimiento cantonalista, cuyos hilos contribuyó a mover de modo decisivo,
llegando a ejercer de Jefe del Cantón de Cartagena (vea el lector la
novela de Sender “Mr. Witt en el Cantón”), aventura tras la que le
esperaba un nuevo exilio en Francia.
Barcia fue, aparte de su
actividad política, un consumado etimólogo, autor del primer y utilísimo
(aunque no exento de alguna excentricidad) “Diccionario General Etimológico
de la Lengua Española”, así como de un pionero “Diccionario de Sinónimos”
casi tan divulgado como su “Catón Político” al que puso rimbombante
prólogo, en 1864, la musa difusa de don Emilio Castelar. Contaba la
leyenda de Barcia que había recibido en su vida sesenta excomuniones, hipérbole
que parece valleinclaniana, en verdad, pero que sin duda pertenece al
mendaz acervo del anticlericalismo de la época. Barcia tuvo también su
calle en Sevilla, la actual Lirios, y su decorosa estatua en Isla Cristina
conde, por cierto, fue robada el año pasado.
Es curioso (o tal vez no,
dada la ideología del autor) que don Diego Díaz Hierro no mencione
nuestra calle en su obra “Las calles de Huelva”, aunque sí habla por
extenso de la calle Cala y de la de Rafael Guillén. De la primera,
demuestra sin lugar a dudas que el nombre primitivo era “Calleja del Tío
Cala”, que caía por “la Vega Larga, inmediata a la Cruz de la calle
La Palma”, y de la que hay vieja y repetida constancia en los protocolos
notariales. Más alambicada, incluso funambulista, es su sugerencia de que
el nombre se deba a un hijo del “Tío Cala” llamado Ramón, pues él
mismo se da cuenta de que el primer documento que da fe de su existencia
lleva una fecha tan inequívoca como es la de 1871 y repara en que no debe
ser casualidad que esté situada junto a la consagrada a la memoria de
otro revolucionario, Rafael Guillén, del que luego nos hemos de ocupar.
Lo que parece obvio es que Huelva no se mantuvo ajena ni mucho menos a los
movimientos e inquietudes de la agitada época, y que fue voluntad de su
Ayuntamiento, como veremos, homenajear a los revolucionarios gaditanos.
Pero ¿quién era Cala? El
doctor Cala, don Ramón de Cala y Barea, jerezano de 1854 que moriría en
1903, fue presidente de la Junta Revolucionaria de su ciudad natal y también
hubo de emigrar, como Barcia, en 1866 tras la dura represión
desencadenada por el golpe militar, en su caso a Francia. Y como Barcia
participó febrilmente en la Septembrina, tras cuyo triunfo obtuvo acta de
diputado en las decisivas Cortes del 69, sin embargo de lo cual aparece
como relacionado con la insurrección federal en Andalucía –la pulsión
federalista será el nervio de la izquierda andaluza occidental hasta la
II República—y algo mucho más divertido: obtener plaza en la Cámara
Alta ¡como senador carlista!, algo que sé bien que puede explicarse a
medias pero que no deja de resultar pintoresco. Cala fue incluso redactor,
junto con Díaz Quintero y algún otro
quizá, de un proyecto de Constitución Federal y alcanzó la
Vicepresidencia de las Cortes Republicanas, para retirarse de la política,
más que desengañado, tras la caída del régimen y el triunfo de la
Restauración. Elorza lo destaca, junto a Joaquín Abreu, como símbolo de
ese fourierismo de tan hondo arraigo andaluz, refiriéndose elogiosamente
a su interesante estudio/encuesta “El problema de la miseria resuelto
por la harmonía (sic) de los intereses humanos”, documento tan
estremecedor sobre la situación de la campiña jerezana como el que en su
día escribirá “Clarín”, como corresponsal de “El Día” en el
juicio sobre al Mano Negra. En fin, don Ramón fue acusado también de
participar en el asesinato de Prim, acusación a todas luces absurda, de
la en el Diario de Sesiones debe conservar su ardiente autodefensa.
La calle Cala, pues, con independencia de que se llamara antes “Calleja
del Tío Cala”, debió entrar en el mismo lote de homenajes
revolucionarios que el Ayuntamiento de Huelva hizo a los republicanos
fourieristas de Cádiz, como no escapó al propio don Diego, al comentar
el caso de la calle Rafael Guillén, así denominada en abril de 1870 tras
una curiosa discusión consistorial en la que a la candidatura del
revolucionario, propuesta “por un grupo de vecinos” en consideración
a los méritos “que todos sabemos -- decían—en todas épocas hizo
Guillén a favor de la libertad”, se oponía nada menos que la de Miguel
de Cervantes, circunstancia que delata de lejos una maniobra
obstruccionista por parte del bando conservador. Huelva vivía de lejos
pero bien cerca las pasiones nacionales, esas “esencias liberales y
republicanas” de las que con indisimulado desdén habla don Diego, situándolas
muy justamente, tal como hacía yo más arriba, entre el año 68 y el 74.
Aunque fuera junto al lupanario, Huelva honraba
a los héroes de una leyenda todavía fuertemente romántica,
dejando claro que –aunque aún no aparezca mención de ello en la
historiografía—la ciudad vivió atentamente y con pasión indisimulada
la efervescencia política de una época en la que, en realidad, o que se
estaba cuestionando era el papel retrasado y marginal de España en
Europa.
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Debajo
de la encina
Para Lole, Lourdes y Manolo,
recordando a su padre
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El Alpende
Mayo 2003 |
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Una
mediodía, en aquellos tiempos de “vespa” y “lambretta”, Manolo Marín me habló de un
proyecto que le bullía en la cabeza desde que, unos años antes, los estudiantes
de Madrid hubiéramos fracasado en el de constituir una especie de círculo
cultural con el epónimo de Facanías por bandera. Hace de eso treinta años (algo
más, hay que suponer) y recuerdo que Manolo sólo tenía clara una idea: la de
que un pueblo necesita una voz y que esa voz no puede alzarse sólo en vísperas
de Feria, como era lo propio entonces, para que la legión de poetas locales
diera rienda suelta a su Musa y algunos razonantes aprovecharan para exponernos
sus reflexiones. Esa generación intermedia de Manolo, que tan escépticamente
había tratado de colarse por la falsa apertura del “tercio familiar” en los
últimos Ayuntamientos franquistas, pretendía abrir un espacio cívico tan
alejado del régimen como de las utopías más nuevas, para ellos enteramente
ajenas, y fue por eso por lo que buscaron asilo en el Casino Católico,
institución que, dentro de un orden, bien podía proteger un proyecto equidistante
de ambos extremos.
Tiempo
después me volvió a hablar Manolo de su proyecto –lo que a él se le metía en la
cabeza acababa siendo realidad--, ya madurado en torno a la vieja idea de la
Revista de Feria que, tras el impulso inicial de Diego Romero el Notario
confeccionaba cada año, con celo y paciencia admirables, Aniceto Perea.
“Facanías” salió, sin embargo, y como era de esperar, se arrimó pronto a una
línea crítica, blanda si se quiere, pero que tenía el mérito de acercar ese
espíritu crítico a la gente, tal vez de meter la crítica en sus casas y acabar
por dar algún ánimo a una sociedad
decaída. Aquellos centones de versos, tantas veces malos, eran la cobertura de
unas prosas que buscaban a ciegas crear cierto estado crítico compatible con la
entonces rígida censura, pero capaz de ofrecer una espita al espíritu de
creciente inquietud que vivía el pueblo
No hay
que olvidar lo que fueron los años 70, ni lo distante que Valverde (como la
inmensa mayoría de la España profunda) quedaba de la llamada Transición, como
no debe confundirse la intención de aquellos promotores de orientación moderada
con cualquier otra cosa. Pero vistas las cosas desde 30 años después, hay que
reconocer que “Facanías” contrajo méritos notables con el proceso que se iba
produciendo a su alrededor, consolidándose como un periódico local clásico
hasta que, finalmente, los jóvenes actuales lo transformaron en un órgano de
crítica radical (lo que no quiere decir obcecada) y, a la vista está, en un
periódico auténtico al que no solamente hay que adjudicar su papel cultural y
su aportación como agente de conciencia pública, sino el mérito de haber hecho
posible, por primera vez, que en Valverde se publique un periódico libre, en el
que cabe todas las opiniones y nada dispuesto, a pesar de su evidente
pluralidad (en su Consejo hay varios miembros del PSOE), a disimular los abusos
o los fallos del poder municipal. En ese sentido, yo estoy seguro de que Manolo
Marín, a su manera tan personal, no hubiera diferido mucho del “medio” que esos
jóvenes han acabado por hacer, bajo la muy discreta coordinación de Manolo
Romero Pérez, y que hoy, treinta años después, mantendría este mismo enfoque
inobjetable de pluralismo, diversidad de criterio, libertad de expresión e
independencia --¡bueno era él!—que han conseguido acreditarlo como el periódico
de Valverde, dentro y fuera del pueblo.
Que
“Facanías” se ha transformado de un papel localista en un medio con
aspiraciones más vastas y comprometidas, duro con los abusos (recuérdense sus
denuncias sobre Wenceslao y tantas otras) y fiel a su pacto de libertad, es
algo incuestionable que no ha logrado ni arañar la bienpagada campaña política
de los periódicos y radios de un alcalde incapaz de procurar un acercamiento en
libertad ni unas dosis razonables de crítica. Hay números que se han acabado en
los kioskos, los hay que se guardan como oro en paño y no falta quien los
colecciona. Por algo será. Y aparte de todo, nadie negará que el periódico ha
sido capaz de quemar etapas –el “Ña Ña” fue una demostración de ingenio,
lamentablemente perdida--, elevando la prosa a planos muy comprometidos y
soltando notas agudas como la que más. De “Facanías” han salido en cosa de un
año dos periodistas acreditados ya en un diario nacional de primer nivel,
varios columnistas cuasi profesionalizados, y en él han escrito cosas valiosas
otros en plan “amateur”. Ahora bien, la medida del éxito popular de “Facanías”
está en el miedo del alcalde y sus maniobras para rodearlo de medios
subvencionados e intentar detractarlo, como es lógico sin el menor éxito, línea
a línea. ¿Por qué, alcalde? ¿Por qué no arrimar esfuerzos, porqué no ahorrar
dineros del común y aceptar cierto nivel tolerable de críticas legítimas que
“Facanías” jamás traspasó? ¿Por qué no aceptar las denuncias demostradas –ay,
Wenceslao--como tales en vez de tratar
de castigar al mensajero?
Lo
importante es que la obra de Manolo Marín sigue en pie treinta años después, la
edad de toda una generación. Que no parece que las presiones políticas logren
amedrentar a sus autores. Que la gente se la disputa, la lee, la comenta y la
conserva. Y que está ahí, abierta a cualquier colaboración, incluso a la de sus
detractores, cosa que, me temo, no ocurre en los medios pagados con el dinero
de la caja municipal. Recordar hoy aquella mediodía de verano, cuando bajo una
encima de la venta Paco, Manolo me esbozaba su sueño de hacer un periódico para
Valverde, nos anima a seguir en su proyecto. Un proyecto que nadie había
intentado en Valverde en toda su historia y que yo creo que puede aportar mucho
todavía en el futuro que viene.
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Los
ocho del infierno
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La Ría
26/03/03 |
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Uno de
los grandes montajes propagandísticos de la dictadura franquista fue la vuelta
en la primavera del 54 de los combatientes españoles que aún quedaban en la
URSS como últimos testigos de la Guerra Mundial. Se trataba, obviamente, de
integrantes de la División Azul o División 250 del ejército nazi que luchó en
el frente ruso –entre las afueras de Leningrado y el lago Ilmen, a orillas del
Volchov—en uno de los más colosales disparates militares registrados en nuestra
historia, como reconocen hoy los historiadores y expertos castrenses. El
fracaso de aquella unidad, heroificada aquí hasta la saciedad, fue liquidado
por Franco en 1944 al ordenar su repatriación, pero hubo un grupo de 2.300
combatientes que constituyeron la llamada “Legión Azul” y al mando del coronel
García Navarro permanecieron en territorio soviético, antes de acabar
disolviéndose en grupúsculos erráticos alguno de los cuales acabaría, según una
leyenda que tiene muchos visos de ser cierta, defendiendo la mismísima
Cancillería del Reich enrolados en las asesinas SS.
En el
año 54, muy diferentes ya las circunstancias internacionales, el franquismo
aprovechó la repatriación de esos resistentes –no de todos: yo he encontrado no
hace tanto a algunos descolgados
viviendo integrados entre los kulacs de la comarca—para organizar el paradójico
espectáculo triunfal de la vuelta de los derrotados, cuya primera expedición se
llegaría a Barcelona el día 2 de Abril en el navío “Semíramis”, procedente de
Odessa, en medio del lógico entusiasmo de familiares y un clima de exaltación
profusamente apoyado por los medios adictos, es decir, por todos los que
entonces había en España. El viaje mediterráneo, los primeros contactos de los
repatriados desde las escalas o desde alta mar, fueron preparando a una opinión
pública a la que hacía años se les venía presentando a sus protagonistas –una
obra famosa llevada al cine llevaba ese título—como auténticos “Embajadores en
el Infierno”, y una sensacional movilización consiguió reunir en Barcelona una
multitud notable que las estimaciones oficiales calculaban en un millón de
personas.
Entre
telegramas, radiomensajes, gestiones diplomáticas e informes oficiales,
finalmente se supo que entre los que volvían en el “Semíramis” había ocho
onubenses que, como resultaba natural, habían sido dados por desaparecidos o
por muertos por sus propias familias hacía años y entre los que destacaba un
soldado de Almonte que se creyó perdido hasta 1946 y otros dados por muertos en
sus pueblos de Ayamonte o Aracena, Riotinto, Calañas, Alájar o Santa Bárbara,
estos tres últimos sin referencias concretas hasta el último momento. Todos
ellos llegaron a una Huelva movilizada que había cerrado el comercio y los
colegios, el 6 de Abril, procedentes de Barcelona y a bordo de un autobús, al
pie del cual, como después en los actos programados, las autoridades locales
escenificaron una réplica del recibimiento caluroso ofrecido en Barcelona por
el capitán general Muñoz Grandes, entre las escenas emotivas que son de
suponer, los conmovedores reecuentros familiares y una vasta tramoya de
representaciones oficiales de todo tipo, bandas militares, organizaciones
juveniles y, claro está, el cabildo en pleno presidido por el recién llegado
obispo, don Pedro Cantero, aquel sacerdote que nunca ocultó su identificación
con el régimen ni de palabra ni por escrito, y que acabaría integrando el
triunvirato que rellenó el vacío de poder tras la muerte de Franco y hasta la
llegada de la monarquía “instaurada”.
La
recepción onubense tuvo lugar en la Plaza de la Merced en cuya flamante
Catedral se cantó una solemne Salve para marchar luego a los Jardines del
Muelle con objeto de depositar la tradicional corona de laurel ante la Cruz de
los Caídos. Y finalmente, las autoridades, un gobernador, Summers, que cumplía
su tercer año de mandato por aquellos días, el joven alcalde Antonio Segovia,
entre otros, ofrecería una recepción y agasajo en el nuevo Ayuntamiento. La
Historia, que gasta mucha ironía, hizo que el ensayo de fervor patriótico y
partidista, coincidiera con las “elecciones sindicales” en las que ya apuntaban
secretamente las clandestinas Comisiones Obreras, y con el fervorín ritual del
pregoneo de Semana Santa, aquel año a cargo del alcalde de Moguer, Juan
Gorostidi, que no era mal rapsoda. La juventud también percibía los primeros
efluvios de una revolución de largo alcance, con las primeras entregas de rock
que conseguían los iniciados, mientras se hablaba oscuramente de un nuevo mito
llamado Elvis, y la radio oficial nos mantenía informados sobre las
inquisiciones americanas del macarthysmo cuyas víctimas –desde Chaplin a Orson
Welles pasando por Bercht y Thomas Mann, entre tantas otras—nos presentaba la
propaganda como agentes del comunismo internacional.
Pero Huelva quedaba lejos de todo aquello. La
ciudad que poco más de una década antes había perdido, según los historiadores
más recientes, no menos de 5.500 ciudadanos en el ominoso ajuste de cuentas de
la represión, trataba de rehacerse sin prisas, superado el gigantesco susto,
pendiente de los triunfos del Madrid y de las hazañas de Bahamontes, cuya
leyenda contaba que, tras superar los picos más tremendos del Tour, se paraba
en el descenso a tomar un helado… El cine –más de 200 películas se estrenaban
en Huelva al año—oscilaba entre “Marcelino Pan y Vino” y “La Strada” de
Fellini, y las muchachas ayunaban dentro de un orden para marcar sus clavículas
casi invisibles como aquella Audrey Hepburn que aquel mismo año ganaba el Oscar
por “Vacaciones en Roma”. Como aquel montaje de los repatriados pudo de
relieve, el Régimen comenzaba a esclerotizarse, encerrado en sí mismo y sus
mitologías, mientras por la calle corrían inevitablemente vientos que traían
olores y sonidos nuevos. Francisco Zarza, Antonio Peláez, José Vázquez, Enrique
González, Juan Franco, José Barrios, Ramón López o Bartolomé Lazo, los ocho
onubenses perdidos en la estepa, encontraban una Huelva que ya no era la que un
día dejaron . En una década larga, seguro que apenas si la reconocerían.
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La
tragedia del Cabezo
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La Ría
15/03/03 |
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Es
admirable la precisión con que los viajeros clásicos describen a Onuba
Estuaria, poblamiento que hallan a levante, al fondo de una anchurosa ría, extendido
al pie de una media luna de cabezos o eminencias de arcillas y gravas obra
precisamente de la acumulación provocada por la acción marina o fluvial. No
hace tanto tiempo esa media luna –con el islote del cabeza de San Pedro o del
Castillo, y las estribaciones en que, desde La Joya y el Conquero, termina la
larga sierpecilla que ha sido siempre la espalda de la ciudad—era aún más
visible que ahora y, en algunos casos, permitía ver la forma específica del
trogloditismo onubense, tan peculiar, que excavaba habitaciones en el barro
tras la medianera de fondo de la casa para prolongarla no poco temerariamente,
como era el caso del Chorrito Chico, el ámbito poético de Villa Rosa, confuso y
travieso, pintoresco y lamentable también, como supo Cernuda por experiencia
propia.
La
existencia de esos cabezos fue siempre una amenaza que no dejan de reseñar
otros viajeros más recientes, pero que en la ciudad, la costumbre no permitía
ver con suficiente perspectiva. El Cabezo de San Pedro, aislado en el centro y
sede del desaparecido Castillo ducal, era uno de esos puntos negros en los que
una previsión adecuada debería haber hecho pensar a la autoridad en los riesgos
que entrañaba mantener viviendas construidas bajo taludes y hasta salientes de
los cabezos, y de hecho, si no recuerdo mal, ya un Corpus desdichado –aquel en
que el toro mató a Rafael Carbonell en nuestra Plaza de Toros de la Merced—, el
17 de Junio del 54, había habido un desplome de cierta envergadura que, de
momento, no he podido documentar por faltarle inexplicablemente a la reciente
edición digital del periódico local que ha hecho la Diputación los decisivos
ejemplares correspondientes a esos días.
La
mañana del miércoles 12 de septiembre del 56 amaneció espléndida, como
correspondía a esos otoños veraniegos que en Huelva, como aquel día, mantienen
aún las máximas por encima de los 30 grados y la media más arriba de los 25.
Sin embargo, nada más despuntar el sol, un grave desprendimiento de tierras en
el cabezo de San Pedro, en su vertiente a la calle Aragón, sorprendería a los
habitantes de ocho viviendas, especialmente a los que se hallaban en la parte
trasera de éstas situadas bajo un saliente del cabezo, en dos alturas que
contenían cuatro pisos altos y cuatro bajos. En el brusco despertar de la
ciudad de aquella mañana de rumores, las cifras de víctimas se disparaban y
encogían mientras en la tremenda escena se iban personando, primero las
asistencias policiales y una representación religiosa encabezada por el viejo
deán de la Catedral don Julio Guzmán al que asistía un joven don Juan de la
Rosa, junto a brigadas de obreros municipales que, bajo la autoridad del Gobernador
en persona procedían a los primeros trabajos de desescombro y rescate de las
víctimas. Muchas horas más tardes, una vez formalizada en el Hospital
Provincial la capilla ardiente, se supo que el luctuoso balance era de 17
fallecidos y diez vecinos heridos, de los cuales cinco presentaban lesiones de
carácter grave.
Los
trabajos continuaron durante todo el día, en medio de un desfile de autoridades
y una muchedumbre consternada, y fueron descubriendo horrorosas escenas, como
es natural, pues el desplome había sorprendido aún dormidas a no pocas de las
víctimas, algunas de las cuales aparecieron en actitudes de clara e inútil
protección de sus hijos. Huelva estaba de luto, como decía el periódico y
relataba “Flery” en sus páginas, y a duras penas podía la fuerza pública –en la
calle Aragón estuvieron dotaciones de todos los cuerpos, incluidos los soldados
del Regimiento de Granada número 34, entonces y hasta su desaparición de guarnición
en Huelva, bajo el mando directo del Gobernador Militar, coronel Jalón—la
avalancha de “voluntarios” que se presentaban en el lugar de la catástrofe. El
Gobernador Civil, Valencia Remón, coordinaba, por su parte, aquel enjambre de trabajadores
y ciudadanos, servicios de Cruz Roja que repartía alimentos y bebidas a todos
ellos, y la escasa dotación de bomberos entonces existentes –no había llegado aún
la hora de nuestros bomberos expertos y perros adiestrados—junto a la
aglomeración de familiares y amigos de las víctimas. Un albañil resultó
gravemente herido, para colmo de males, al desplomarse sobre él el techo de la
vivienda en la que trabajaba y un voluntario sufriría quemaduras de importancia
al estallar una cocinilla de petróleo, tan frecuentes en la época, mientras se
iban recogiendo enseres –bajo los escombros los trabajadores irían recuperando
hasta siete mil pesetas en billetes y monedas—y nuevas escenas de horror eran
descubiertas y pasaban de inmediato a recorrer de boca en boca una opinión traspasada
por una consternación pocas veces igualada en nuestra ciudad.
Aquel
día hubo de suspenderse en Huelva la conferencia que iba a desarrollar don José
María Pemán en el centenario de Menéndez Pelayo, como bien recordará José María
Segovia, joven cónsul pemaniano en nuestra ciudad, cuyo hermano Antonio,
alcalde de la capital se multiplicaría en aquella jornada trágica justamente
cuando en la propia familia había de celebrarse un acontecimiento íntimo. Será difícil
recordar, en efecto, una ocasión tan sincera y apretada como la que constituyó
el entierro colectivo celebrado al día siguiente a la una de la tarde, y al que
asistieron más de 30.000 personas, es decir, más de la mitad de los onubenses
de la capital más muchos acompañantes venidos de la provincia. Las banderas a
media asta, el comercio cerrado a cal y canto, el trajín callejero que
demostraba el sentimiento popular serían inolvidables para los que vivieron
aquella negra hora onubense, y los pésames se acumulaban en los despachos
oficiales, junto a uno de los cuales se recibió una petición de informe urgente
del Gobierno sobre las causas y consecuencias de la tragedia. No sonaron
cohetes como era lo habitual, aquella tarde al conocerse que Litri había
triunfado, en unión de Ordóñez, en la plaza de Albacete ni el desconcierto
ciudadano cesó más que poco a poco, a medida que los días alejaban la noticia y
desde Madrid llegaban las primeras ayudas para los damnificados, unas 10.000
pesetas de donativo para ajuar y mobiliario, más 7.000 que era lo que costaba
en aquel entonces la entrada de una vivienda en una barriada de nueva
construcción, concretamente la llamada “Caudillo de España”. Otras
instituciones consiguieron unir a esas ayudas las procedentes de la suscripción
espontánea que las autoridades convocaron y entre las que figuraba una partida
de cuatro mil pesetas por persona destinadas a la urgente reposición del
vestuario perdido bajo los escombros.
Los cabezos continuaron encima de muchas viviendas
después de aquel día, pero tras la amarga experiencia una nueva y más prudente
ordenación del territorio estaba decidida. Medio siglo después esa obra está
concluida –no siempre con gran acierto estético, todo hay que decirlo—y los
cabezos han ido poblándose de viviendas privilegiadas que gozan desde su alto
emplazamiento de una vista de excepcional belleza. Tampoco hay ya ciudadanos
expuestos en zonas peligrosas, como es natural, en una ciudad que se ha
transformado tan radicalmente y no sólo por su forzada extensión territorial. A
tan larga distancia sólo queda recordar aquel despertar de pesadilla que fue el
derrumbe del cabezo de san Pedro sobre la calle Aragón, a la altura del número
12, donde hoy nada recuerda, por fortuna, una conmoción que sirvió para poner
de relieve el sentimiento de comunidad con que Huelva vivía sus cosas cuando
llegaba la ocasión. Alguna vez me ha dicho aquel brillante alcalde, Antonio
Segovia, que aquel 12 de Septiembre fue el peor día de su vida. Lo fue,
posiblemente, para muchos ciudadanos de Huelva que no tenían, como él, el peso
de la responsabilidad. Y puestos a citar, recuerdo que decía Jesús Arcensio, el
poeta, que él no reconocía a Huelva a fondo más que cuando la veía llorar.
Aquellos días en que él también mandó cerrar su cabaret, seguro que reconoció
la cara trágica de la ciudad que no se veía ya, al menos en público, desde
hacía cosa de veinte años.
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El club
de los selectos
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La Ría
28/02/03 |
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Un
cuarto de siglo de autonomía no nos habrá servido para eso que los
profesionales de la política llaman “ahondar en la identidad” pero sí para
acrisolar los tópicos que ya informaban nuestra actitud menos crítica (o más,
según se mire). Y entre ellos, la peregrina y panglossiana idea de que
Andalucía es lo mejor de los mundos, el país de las maravillas que se esconde
tras el espejo, el edén prometido donde la piedra mana leche y miel, las gentes
se divierten como en ningún otro lugar del planeta y la naturaleza prodiga a
sus afortunados hijos toda clase de beneficios. Un camarero amigo mío, que a
diario me ameniza el desayuno con sus teorías, sostiene que es tal la ventaja
de esta tierra bendita, que él no concibe siquiera la existencia fuera de ella,
perspectiva que, en definitiva, no difiere gran cosa –o quizá es que le debe
mucho—de la versión oficial que machaconamente repite hace años la propaganda
autonómica. Pero lo de mi camarero tiene su explicación, se comprende, en
cierto infundio del criterio, que por lo demás, es moneda corriente un poco por
todas partes. Más me sorprende escuchar a un sociólogo acreditado, al que de
antiguo profeso respeto por su trabajo, decir las cosas que le ha dicho aquí
mismo hace unos días a Javier Caraballo el director del Instituto de Estudios
Sociales de Andalucía, Manuel Pérez Yruela, y entre ellas ésa tan pintoresca de
que , dado que en cualquier situación de competencia, alguien tiene que ir el
último, tampoco es grave que Andalucía arrastre una y otra vez el farolillo
rojo dado que vamos en el tren de los mejores o, como dice él exactamente, en
“el club de los selectos”.
Bien, pero ¿de verdad somos los andaluces tan
afortunados en nuestra descolgada posición a la cola de España y Europa? Una
aplastante mayoría de informes expertos dicen que no, pero Yruela explica eso
diciendo que los demás ofrecen “una visión alarmista” de la realidad que
contrasta, de eso no hay duda, con la mirada mucho más amable que en su condición
de áulico de San Telmo, él suministra regularmente – y que Dios le conserve el
negocio—al presidente de esta Arcadia feliz. De hecho, el mismo ejemplo que él
pone explicaría esta inopia colectiva en que, al margen del trabajo forzoso,
parecemos instalados: Canal Sur. ¿”Acaso hay alguna televisión diferente”?, se
pregunta él mismo como si no fuera obvio que sí, que la hay, y tanto que la
hay, y que la bazofia y la inopia misma no son sino instrumentos alienantes del
sistema político. ¡Pues claro que no! Y si encima “la gente los ve”, como él
dice, para qué continuar hablando.
Entre
el camarero y el profesor, la verdad es que la salida no parece fácil. Y yo veo
en esa tenaza mental un temible artilugio que no va a permitirnos despegar
nunca, sino que nos va a mantener en este estado semihipnótico mientras
regiones no tan lejanas –pongamos el Algarve portugués, que partió con nosotros
para el viaje europeo y ha superado ya medio tren. ¿Cómo se puede ser lo “mejón
der mundo” y navegar tan malamente por la estadística? La opinión del sociólogo
ya se la he referido; la mía, me la reservo. Pero no sin decir que en esta hora
difícil que vivimos, mantenernos en la cola en ese “club de los selectos” –con
Franco éramos ya la undécima potencia industrial, ¿recuerdan?—supone un fracaso
rotundo de la autonomía. De una autonomía que cuenta ya un cuarto de siglo y
que lleva gastados, más que nada en autofinanciarse, tantos billones como
hubieran hecho falta para escalar unos cuantos puestos. “Ca uno es ca uno”,
gustaba repetir filosóficamente un expresidente de la Junta. Tan seguro estoy
de eso como de que unos son más que otros y nosotros menos que la inmensa
mayoría.
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La
leyenda de Litri
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La Ría
15/02/03 |
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Yo creo
que Miguel Báez Litri jugó un papel no bien valorado en la Huelva de postguerra
onubense. Fue, por decirlo brevemente, el gran elemento sublimador capaz de
aunar la ciudad, de reunir a una población demediada por la tragedia bélica,
tan cercana todavía –Litri empieza a torear, abandonado su colegio de los
Maristas, hacia el 47--, de lograr que una colectividad se apaciguara en la
medida de lo posible –“panem et circensis”, ya saben—por encima y por debajo de
la gravedad de la fractura. Aquel muchacho, casi un chiquillo, descendiente de
una dinastía en la que el recuerdo de su padre estaba todavía bien presente y
en la que había un héroe caído, Manolito el Litri, muerto en plena juventud,
llenaba la imaginación onubense con una leyenda y con una promesa de triunfo
que nimbaba de delicados tonos afectuosos la imagen de la familia rota, la de
Miguelito y su madre, allá en su piso alto del esquinazo del callejón
Montrocal, en pleno San Sebastián, frente al altillo hasta el que un día habría
de seguirlo, con un grupo de turistas curiosos la mismísima Simone de Beauvoir.
Entre
estrechuras y miedos contenidos, la gente alimentaba su esperanza pendiente de
un chiquillo que torearía su primer becerro en Manzanilla en Marzo del 47 y se
vestiría de luces en la plaza de Valverde el 17 de Agosto del mismo año, con un
bronco encierro de Gerardo y un cartel en el que, junto a un joven Costillares,
ya figuraba el que había de ser su deuteragonista local, Juanito Posada, hoy
crítico acreditado y torero siempre de finísimas cualidades, en particular con
el capote, también de familia torera onubense, con su parroquia de de la calle
Valencia y su afición de provincia, además de alta estima en la Maestranza.
Pero el toreo atravesaba un momento de desánimo quizá y fue Litri quien en el
año 49 surgió arrollador como surgen los toreros de época—entre discusiones
encarnizadas en las que no faltaron los ditirambos (ahí están los de Enrique
Vila y algún otro) ni las críticas más despectivas. Litri, eso sí, batió el
récord hasta entonces conocido toreando 114 novilladas aquella temporada, una cifra jamás alcanzada en la
estadística taurina y que, lógicamente, lo convirtió en figura del toreo tan
tempranamente, siempre emparejado con el que sí conseguiría ser de por vida su
antagonista, el madrileño Julio Aparicio, una figura excepcional del toreo
artista que combinaba bien con la maestría temperamental y arrojada de
Miguelito, como se le seguiría llamando siempre por aquella generación de
onubenses.
La
competencia con Aparicio, verdadero revulsivo de la Fiesta, cuajó al año
siguiente, en el que Miguel Báez toreó casi 90 novilladas incluyendo presentación triunfal en la Monumental de
Madrid con ganado de Manuel González y compartiendo cartel con Pablo Lalanda –el hijo de Eduardo, el
banderillero, y sobrino de Marcial--, cortando una oreja que sería el preludio
del primer “litrazo” madrileño –todavía con su hijo, estos años atrás, los
viejos aficionados sacaban lo del “litrazo” constantemente—, y en su doble
actuación en días posteriores, con triunfos que le reportaron sendas orejas y
la adopción definitiva por un amplio sector de aquella protestante pero cálida
plaza. Litri estaba ya hecho, era un novillero escalofriante del que hablaban
con estupor desde Cañabate a Ka-Hito pasando por su panegirista Vila, cuando
llegó el momento de su alternativa en Valencia –ni Ponce ha sido más hijo
taurino de Valencia que Litri--, que se produjo el 12 de Octubre del 52, ante
un encierro de Urquijo, que tomó de manos de Cagancho en competencia con
Aparicio, que actuaría como testigo, a pesar de que él también se “doctoraba”,
tras un sorteo que el maestro Cossío califica, con razón, de ridículo y que
favoreció a Miguel.
Huelva
vivía con emoción la carrera de Litri, los cohetes preparados en alguna azotea,
anunciadores de sus orejas, rabos y hasta patas, tarde tras tarde de aquella
era gris que sólo la nostalgia nos hace colorear. Gloriosa fue, por ejemplo, la
tarde de su confirmación madrileña, que las críticas exaltaron al límite, en
Mayo del 51, toreando mano a mano con dos ídolos de aquella plaza, Antonio
Bienvenida, que lo apadrinó, y Pepe Luis. Y más gloriosa si cabe --¡qué
derroche de cohetería, casi valenciano!—cuando finales de mes y principios de
Abril confirmó con sendos triunfos su cartel madrileño. Porque, hay que
decirlo, Litri tuvo siempre una enorme
parroquia en Madrid, parroquia que heredó a justo título y por méritos propios
su hijo, a pesar de las críticas “puristas” de ciertos sectores. Aunque no era
como en Huelva, claro, donde las madres rezaban solidarias durante las corridas,
místicamente unidas a la madre que se sabía que rezaba también en su
improvisada capilla doméstica, o donde los niños lo seguían por la calle, se
asomaban a la banquilla zapatera de la calle Rafael López donde solía recalar
con sus incondicionales, o a la antigua Tertulia Litri, que por San Sebastián
ganaba siempre los concursos con sus mantones de Manila y sus rábanos gigantes.
Ningún
crítico, eso sí, dejó de reconocer el impacto de aquel “mano a mano” clásico,
por el que Litri y Aparicio cobraban quince mil duros todavía en el año 49,
pero que habría de revolucionar la cartelería y el negocio, incluyendo sus
tarifas, que las temporadas americanas, sobre todo la de México, contribuirían
a elevar rápidamente. Huelva seguía esa historia, leía con avidez las prosas de
“Don Francisco”, y repetía en familia aquel catecismo modesto y discreto, “Yo
pienso mucho antes de hacer una cosa, pero cuando lo hago es en serio”, o “la
borrachera del toreo hace olvidar el miedo”. Litri era así, y no lo cambió el
trato cosmopolita, ni la inevitable adulación, ni las tentaciones que el toreo
conlleva, con sus estrellas, ni la propia Gilda, sino que tras cada temporada
volvía a Huelva en busca de lo suyo, de la Cinta, de Punta, de sus amigos, de
su Tertulia y, finalmente, de su familia y sus trajines de ganadero. Su conocimiento del toro le evitó percances
y quizá la tragedia, pero hubo de pagar su grave tributo de sangre: la cogida
de Barcelona, en el muslo derecho en el 52, la de Zafra, en la otra pierna,
tres años después, el tremendo revolcón que le propinó un Guardiola en Huelva,
cuando le impusieron la Gran Cruz de Beneficencia, allá por el 65, la de que
infligió un sobrero de Palhas en Castellón el mismo año, la cogida de la feria
de Sevilla, algún pisotón malhadado de una vaca en algún tentadero… Cuando
Agustín de Foxá imaginó la película “El Litri y su sombra”, la fábula se
quedaba corta para una Huelva que aguardaba todo el despliegue homérico para su
héroe, una Huelva que andaba iniciando su transformación y en la que él jamás
quiso salir de ese discreto segundo plano de la intimidad familiar y amistosa.
El Litri fue lo que expresa el monumento de Francisco Germán Franco, otro
onubense de dinastía artística, que ha sabido extraer del miniaturismo de su
abuelo el inspirado detalle y de la plástica generosa de su padre todo el sabor
de la epopeya estética local: a saber, quietud, seriedad, sentido de lo recto,
sencillez absoluta. –“Parece que va a hablar”, me dijo Curro Romero en día de
su inauguración. Pero había que verlo de joven, impecable siempre en sus trajes
bien cortados, cuando todavía se confesaba con la opinión en estos términos:
“Unas veces manda el torero y otras el toro. Yo he mandado casi siempre”. Era
su teoría del autodominio, su concepto del valor. Y tuvo ese mérito que decía
al principio que no se le había reconocido: el de haber unido a Huelva, el de
ese liderato imaginario que a lo mejor no sobraba hoy para bien de todos, con
tanto como han cambiado las cosas.
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Evita
en Huelva
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La Ría
08/02/03 |
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En la
España aislada de la postguerra, Hispanoamérica se convirtió en el referente
obligado de la política internacional y Argentina, probablemente, en el “país
hermano” por excelencia. En Huelva, cuyo puerto recibió buena parte de la ayuda
alimentaria en los peores momentos --el trigo y la carne de Perón--, unido a la
circunstancia colombina, entonces muy acentuada, ese sentimiento de proximidad
y simpatía era aún mayor, al menos desde la mitad vencedora de la guerra civil,
que veía en el peronismo un régimen similar y recibía de él continuas
expresiones de afecto. Francisco Jiménez, el gran Jota, tan precozmente
perdido, decía por aquellos entonces que Argentina había sido “la primera
nación en defender contra viento y marea la verdad y la justicia de nuestra
causa política”. Se refería a la suya, claro está, pero era enteramente cierto
que la actitud de Argentina desbordaba bastante la proximidad que impone la
afinidad ideológica por muchas y muy viejas razones.
Por
eso, cuando el 4 de Junio se anunció que Evita vendría a España para, con
centro en el palacio de El Pardo, girar varias visitas por España, Huelva
anduvo conmovida, como media España, por aquel acontecimiento político
trascendental, que venía nimbado de leyenda por si algo faltaba. Hacía tiempo
que no era un secreto la enfermedad mortal de Evita –o María Eva, como decía el
ODIEL adelantando premonitoriamente el nombre de la segunda esposa—y esa
circunstancia potenciaba los sentimientos de quien la propaganda constante
acreditaba como el gran amigo, el verdadero hermano de la nación. Y por eso,
cuando tras arribar a Villa-Cisneros --y, tras breve estancia en Canarias—Eva
Perón voló a España para celebrar la apoteosis de hermanamiento en la Plaza de
Oriente madrileña, además de visitar Ávila, Segovia, Granada y Sevilla— la
noticia que daba un suelto en el periódico local del 17 en el sentido de que
quedaba suspendida la visita a nuestra ciudad, la decepción fue sólo comparable
al sentimiento muy general de pesar por lo que, sin duda, debía ser un mal
episodio de su enfermedad.
La
decepción duró poco, sin embargo, porque al día siguiente, el 18 de Junio,
Evita decidía visitarnos con un apretado programa de actos y en medio de un
clima que, con justicia, el periodismo de entonces calificó de “clamoroso”. Eva
llegó desde Sevilla recorrió las calles
en choche descubierto acompañada por el alcalde Juan Rebollo, que había
proclamado un bando en el que instaba a la población a volcarse en la
bienvenida, empezando por recomendar imperativamente que “todos nuestros
balcones” deberían estar engalanados con sus mejores colgaduras” además de
incitar en nota de la alcaldía a una recepción que incluía la suposición y el
deseo de que “todas las muchachas onubenses vistan esa tarde el traje de
volantes” como marco amplio a la espectacla cabalgata de jinetes “a la
andaluza” y muchachas vestidas efectivamente con el traje regional que desde la
calle Moraclaros, tras el triunfal recorrido por las calles 18 de Julio, General
Primo de Rivera,, Calvo Sotelo, Concepción, General Mola, Generalísimo Franco,
Plaza 12 de Octubre y Paseo de las Palmeras, habría de conducirla hasta el
Muelle en el que se había levantado un gran arco triunfal y dispuesto una
amplia alfombra roja rodeada de flores hasta el embarcadero.
Recuerdo
aquel cortejo –era completamente cierta la apreciación del cronista de que “la
simpatía de la ilustre dama se bastaba por sí sola para encender el entusiasmo
de las masas”--, que yo ví con mirada niña desde un balcón de la consulta que
tenían en los altos del que fuera Bar América, Manuel Gómez y Rosario
Contioso,
una mujer frágil y elegante vestida con traje de seda natural tocada con un sombrero de flores lilas y blancas,
zapatos negros, discretos pendientes y un lucido broche de oro sobre el pecho
seguramente agobiado. A Evita la llevaron como panderillo de brujas hasta la
Punta del Sebo, donde depositó unas flores ante el monumento a Colón, y
posteriormente a los lugares colombinos, Palos y Moguer, rodeada durante la
travesía por numerosas embarcaciones empavesadas que ensordecían con el clamor
de sus sirenas y duplicaban en el espejo de la Ría el juego de colores de las
dos banderas, la española y la argentina, que inundaba la capital llena de
forasteros y con la población en peso en la calle.
Gritos
de “¡Franco, Perón!” durante todo el espectáculo, balcones decorados con
tapices, reposteros y mantones de Manila, flores desde los balcones y “¡Guapa!”
como grito más común eran respondidos con una páloda sonrisa por aquella mujer
al borde de sus fuerzas que en poco recordaba a la leona justicialista que se
metía en los barrios porteños o se encaraba con los “cabecitas negras” llegados
del Interior para ser su apoyo popular más fuerte y demagógico. Hay unas
imágenes de entonces en la que puede comprobarse ese cansancio disimulado y esa
fortaleza de ánimo, y están precisamente por NO-DO cuando Evita posó rodeada de
un grupo de jóvenes de Huelva envuelta en el mantón de Manila que le obsequió
al Ciudad: unos ojos brillantes pero una mirada sin vigor, un rostro delicado,
casi transparente, sobre el que se dibujaban netas las finas líneas de las
cejas perfiladas con esmero. La Sociedad Colombina, entonces an combativa por
razones obvias, le regaló n relicario tallado del siglo XVIII en el que creo
recordar que se conservaba la tierra que el propio Colón, acompañado de su hijo
Diego, recogió del pie de la Cruz rabideña. “Huelva puso su encendido
entusiasmo a los pies de la primera dama argentina”, escribió el cronista
entusiasmado. Pero esta vez era verdad, como pueden atestiguarnos todavía, por
fortuna, muchos onubenses que recuerdan aquella romántica imagen final de Evita
recorriendo la calle Concepción, deteniéndose a besar a algún niño, sonriendo
hacia los balcones y aceras en los que una muchedumbre la aclamaba sin cesar.
Eva se fue de vuelta y no tardaría en morir. Yo ve
visto varias veces su tumba en el cementerio de la Recoleta, y nunca he
olvidado el ilusorio lema que campea sobra la losa que, finalmente, cubre el
cuerpo fetichizado y profanado durante años por ciertas pasiones fanáticas tan
argentinas, como sabemos, y que reza: “Volveré seré legiones”, un lema ajeno, por cierto, pero que encaja divinamente
sobre ese mármol de leyenda. En el periódico, rendido al acontecimiento y
fervoroso por razones políticas, se leía junto a su despedida una noticia
extraordinaria: “Todo estaba preparado para el viaje a la Luna”. Según nuestros
sagaces informadores el proyecto –americano, of course—consistiría en recorrer
384.000 kilómetros a una velocidad inicial de 11 kilómetros por segundo. Una
odisea. Pero los niños, las mujeres y, supongo que sobe todo, los hombres de
Huelva andaban con la imaginación en otra cosa, cabalmente en la imagen de
aquella frágil mujer –tan tremenda políticamente, por supuesto, como hoy
sabemos bien—que cruzó la ciudad en coche descubierto, vestida de seda natural
y toada con un sombrero nen el que se mezclaban flores lilas y blancas. Yo creo
que ése fue elacontecimiento social más conmovedor de la postguerra onubense,
cuando aún la sangre derramada estaba fresca y las conciencias erizadas por
tanto miedo y tanto rencor. Eva llegó y se fu, pero dejó tras de sí una rara
fragancia de personaje soñado e inalcanzable. Quedaban muchos días por delante
para seguir hablando de aquella “aparición” que, seguramente, había debido
sacar fuerzas de flaqueza para pasear su sonrisa aquel día por nuestra capital,
entonces tan lejana.
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La diócesis, cumple medio siglo
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La Ría
01/02/03 |
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Tras la organización territorial de España que en 1833 hace don Javier
de Burgos, la Iglesia planteó la necesidad de adaptar su estructura al esquema
provincial para mejor desenvolverse en las nuevas circunstancias. Esa idea se
debate ya en torno al Concordato de de 1851 y no es retomada hasta que pasa la
Guerra Civil del 36, en tiempos en que la diócesis hispalense estaba en manos
del cardenal Ilundain, a cuya muerte, su sucesor, don Pedro Segura decide
paralizarla indefinidamente. La presión onubense, no obstante, parece que
consigue adelantar acontecimientos –sin duda, apoyados políticamente desde el
círculo íntimo de Franco—pues al filo del nuevo Concordato del 195, el cardenal recibiría en su Palacio
sevillano la nueva de la creación de la diócesis dictada desde la propia
Secretaría de Estado. Poco pudo contra esa determinación la resistencia de un
Segura ya en los amenes de su vida –cuando atravesaba “tormento de ánimo”,
según su más reciente biógrafo—pues el 22 de Octubre del 53 Roma expediría la
bula “Laetabur Vehementer” que el periódico local anunciaría al día siguente
con gran depsligue anunciando el nombramiento del entonces obispo de Barbastro,
don Pedro Cantero Cuadrado, como primer titular de la nueva diócesis.
Pio XII no era ajeno a las tensiones que la creación del nuevo
obispado crearía, como lo demuestra la tensa relación posterior con egura en la
que habría de mediar, y no templando gaitas precisamente, el nuncio Antoniutti,
que también estuvo de visita en Huelva. En Huelva la noticia se vivió con la
natural alegría no sólo por la relevancia que a la capital y a la provincia
prestaba su nuevo rango eclesiástico, sino porque en el fondo latían antiguas
tensiones con Sevilla que dieron lugar a una especie de autonomismo
eclesiástico con cierto trasunto social. El nuevo obipos, por lo demás, era
hombre del Régimen, alguien de la anigua confianza de Franco, que había sido
Asesor Nacional de Auxilio Social, procurador en Cortes, además de Consejero
del Reino (y como tal había de formar parte, en su día, del triunvirato que
quedó como órgano regente a la muerte del Dictador), aparte de conocido
partidario del Régimen al que defendió con sus escritos desde “Arriba” y otras
publicaciones. “Un hombre estrechamente unido a la obra social de Falange”,
como dice un panegirista suyo, que escribió cosas como “Cristianos voluit
facere non matemáticos”, aparte de duros rechazos de la democracia, nuevas
teorizaciones de “las dos Españas” surgidas según él del “Estado liberal”,
vigorosas defensas del Partido Único y del Sindicato Vertical, elogios
“imperiales” del franquismo, duras condenas de la “apostasía de las masas” (una
expresión acuñada en la represión y para la represión) y teorías sobre la “catolicidad”
de España.
A este hombre bien definido es a quien elige PIO XII –aún regía el
“privilegio de presentación” política, no se olvide—a instancias de Franco, que
sabe bien que puede confiar en aquel “capellán en la línea de fuego” y
“servidor de España con estilo de la milicia”, como lo calificaba al día
siguiente en las páginas del diario local el mismísimo Delegado Nacional de
Prensa, Juan José Pradera. Quizá por eso, el cardenal trató con frialdad al
nuevo prelado, quien le había escrito desde Barbastro en Febrero para recibir
una gélida contestación de Segura quei, eso sí, lo ofreció albergue en Sevilla,
a su paso para Huelva, en una carta posterior.
El Obispo entró en Huelva en medio de un entusiasmo general el 15 de
Marzo del año 54, recorriendo en triunfo las calles hasta la nueva Catedral
donde, por no haber constituido Cabildo aún, sólo se leyeron dos bulas de las
tres preparadas por la Congregación Consistorial, una dirigida al clero y otra
al pueblo. El cardenal que había calificado a la Huelva de posguerra de nueva
Sodoma y que, todavía en 1953 prohibía severamente los balies de Colombinas,
reprimió su disgusto y no hubo más. Y en el obispo vio mucha gente una nueva
era de la ciudad, una especie de consagración de la capitalidad, tras aquel
complicado blasón en el que figuraban –además de mitra, báculo en lo alto,
cuarteles con la casa de Nazaret y la estrella de Belén (Belén era la
advocación de la patrona de su pueblo, Barbastro), dos columnas rotas de plata
que significaban –ignoro con qué fundamento simbólico—la primacía del
cristianismo sobre al paganismo, simbolizado por las de Hércules, el escudo de
Carrión de los Condes, con león, carreta y granada, y una escena en la que
Cristo entregaba las llaves a san Pedro Bernabé. El lema escogido fue de lujo
y, ciertamente, próximo a la nueva retórica fascista (era, por ejemplo, el del
primer Colegio Mayor): nada menos que el “Veritas liberabit vos”.
El Sábado Santo hubo por vez primera en la Catedral consagración de
óleos por el Obispo, quien compartió presidencia –“las dos espadas”—en las procesiones del Jueves. Tras él, severo
y quizá algo defraudado, marchaba le viejo arcipreste, don Julio Guzmán, primer
deán del nuevo Cabildo, que habían tenido la osadía de dirigirse al Nuncio
metiéndole prisas a espaldas del Cardenal. Nunca llueve a gusto de todos. Pero
la muchedumbre se agitaba en Huelva en aquellas históricas jornadas satisfecha
y esperanzada. Empezaba otra etapa. Cada cual juzgue hoy, medio siglo después,
el resultado del acontecimiento.
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La
ciudad, la ría, el Polo
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La Ría
25/01/03 |
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La decisión de la Dictadura de planear un desarrollo industrial a gran escala
cambió muchas cosas en España. Por empezar por una curiosa, rara, que pueden
atestiguar varios de mis antiguos alumnos de la Complutense, los “índices de
frecuentación sacramental” inician una curva descendente que quiebra justo en
ese quicio histórico que cae a mitad de los años 60. En lo que se refiere a
Huelva, donde aparte la industria minera, la derivada de la pesquería y la más o menos artesanal, no había aún otro
penacho que el que salía de la Central Térmica –“la última palabra en
centrales”, se nos decía--, el año decisivo fue 1964 en que se aprueba el
modelo definitivo y se crea el “polo” químico de Huelva que cambiaría la vida
de la ciudad. Suelo repetir que por entonces –y ahí está la hemeroteca—casi
todos los onubenses aceptaron la aventura con simpatía si no con orgullo,
ajenos aún a lo bueno y a lo malo que un “polo” que había sido rechazado
previamente en varios países del chaflán atlántico, incluido alguno africano.
El Polo, en efecto, hizo de Huelva otra ciudad. Y no sólo porque atrajera
masivamente a la mano de obra rural que era un gravamen insostenible, sino
porque su presencia supuso la llamada a importantes colectivos de técnicos y
personal cualificado que, como es natural, ayudó por la vía rápida a la
transformación de la vieja estructura. Una estructura que, de momento, dobló su
población, y abrió la ciudad –y la capital—a un futuro radicalmente distinto,
en el que se multiplicarían los servicios, se modernizaría la vida y acabaría
por enriquecer al conjunto. Fue en los años 70, cuando ya la Dictadura se
resquebrajaba y emergían algunas voces críticas –todo lo sofocadas que se
quiera, pero críticas—cuando comenzó cierto movimiento de oposición a un modelo
de vida, el impuesto por el Polo, que resultaba irrenunciable pero que suponía
una dura carga para el medioambiente. Recuerdo que en unas jornadas que
organizaron los paleosociatas de barba y chambergo –aquellas en que Mario
Gaviria dijo eso tan genial y enigmático de que “el eucaliptos es un árbol
burgués”--, uno de esos opositores más o menos tolerados le
contestó con gracia a un técnico que trataba de vender la idea de que el Polo
jamás perjudicaría a la ciudad dado su orientación en el régimen de vientos
dominantes, que “to el viento es reondo”.
Pero dejemos las nostalgias. La decisión vecinal de retirarse de la Mesa por la Ría
propuesta por los arquitectos, precedida del abandono de los propios empresarios,
condena de nuevo a la espera un proyecto que no es nuevo en Huelva. Si hoy la
consejera del PSOE dice que la solución no es alejar el Polo la ciudad, sino
alejar a Huelva del Polo –bobada sin duda insigne—hay que recordar que fueron
los jóvenes todavía utópicos y sin instalar de su partido quienes lanzaron los
primeros la idea de que, sin plantear siquiera la renuncia al Polo, resultaba
necesario ir pensando sin prisas en un futuro desplazamiento a zonas más
adecuadas, desde las cuales la amenaza y el riesgo fueran mínimos si no
inexistentes. Sería un despropósito imaginar siquiera una vuelta atrás que implicara el rechazo de la
Huelva industrial que hemos llegado a ser –no se olvide que el día de San Sebastián
se premiaba a las huertas, ubérrimas huertas onubenses--, por la sencilla razón
de que una alternativa global no se construye así como así. Si se hiciera un
referéndum local (ahora posible legalmente) sobre el tema, seguro que ganaba la
opinión favorable a la continuidad de una realidad de la que vive media ciudad
y parte de la otra media, con independencia de los efectos negativos que todo
desarrollo fabril provoca.
Ahora bien, la idea propuesta de acercar Huelva a la Ría y hacer de la capital una
ciudad fluvial, unida al derecho a aspirar a vivir en una atmósfera restaurada,
poco tienen que ver con esa idea utópica de prescindir del Polo. Lo que ahora
han hecho los arquitectos tiene sentido, y más cuando ya es un hecho que la
ciudad se está asomando a la Ría de modo que la marisma parece destinada sin
remedio a constituir el emplazamiento de esa futura ciudad fluvial, y los
vecinos deberían ser los primeros en entender que aspirar a una mejora
necesaria –hay documentadas teorías médicas no poco alarmantes que hasta
hablan, en revistas solventes, del “síndrome de Huelva”—a la que nadie ha
puesto plazo y menos plazo perentorio.
Aquel polo ideado por los tecnócratas de López Bravo en el 64 no tiene por qué ser
inamovible, sino que podría ser reubicado, en las condiciones y con el
calendario que fuera posible, allí donde, rindiendo lo mismo a sus
beneficiarios directos, no perjudicara al conjunto. Porque entre otras cosas,
esa población que llegó en los lejanos 60, constituye ya un bloque de segunda
generación, indiscernible de la onubense genuina, lo que, por cierto, ha tenido
si efecto determinante sobre la redefinición del papel capitalino de Huelva en
términos que, me parece a mí, no se valoran debidamente. ¿Por qué no hablar,
por qué no estudiar posibilidades, por qué cerrarse por inercia como si la
Huelva actual, con sus virtudes y defectos, no pudiera cambiar de postura como
cambió cuando a la Dictadura le vino en gana? Porque si no es la Mesa por la
Ría, si no son estos arquitectos, serán otros, u otros más lejanos aún, pero no
es posible dudar de que el futuro de Huelva señala hacia su expansión
urbanística por la zona que hoy ocupa el Polo. Y por supuesto deberían ser las propias empresas que lo constituyen
parte interesada como la que más en un proyecto que aleja la posibilidad de
riesgos que, no nos engañemos, existen y deben eliminarse. Habrá que esperar,
no obstante, a otro golpe de utopía, aunque bien pensado, más propio sería
hablar aquí de sentido común que de utopía propiamente. Es curioso, en fin, que
en una ciudad en la que existen Mesas hasta para respirar, ésta de la Ría haya
sido tan expeditivamente combatida y desarmada. Yo que no estuve en ella ni sé
de lo que en ella se habló, pienso que, a pesar de todo, acabamos de perder una
ocasión más de buscar por las buenas y con tiempo lo que ojalá no haya que
procurar nunca con prisas y penas.
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Ayer
falleció en XX??? el maestro de historiadores Antonio Domínguez Ortiz. Deja
tras de sí el ejemplo de una vida de obstinada dedicación y el bagaje de una
obra difícilmente parangonable en la actual historiografía española. La
biografía de este granadino profundo, andaluz sin complejos ni fisuras, es
también un ejemplo no poco desolador del alcance de nuestra indiferencia hacia
la Cultura, a pesar de que en sus últimos años su prestigio provocaría –otra
circunstancia muy nuestra—la moda de su figura y una avalancha de invitaciones
difícil muchas veces de atender como él acostumbraba.
La
Historia moderna de España no será la misma, desde luego, tras la aportación
amplia y al tiempo minuciosa de Domínguez, y no diremos nada fuera de lugar
asegurando que lo que hoy sabemos de los siglos XVII y XVIII –con ser bastante
lo que otros historiadores, en especial extranjeros, han aportado a su
conocimiento—permanecerá durante años uncido a la memoria de este singular
maestro, tan severo en su inalterable método como reacio a las modas y
aventuras que le salieron al paso. Su exposición de la estructura de la vida
barroca así como de la ilustrada, sitúan su obra –que cuenta ya muchos
decenios, por otra parte—muy lejos del alcance medio, y su firmeza de criterio
al describir la transformación del Imperio en monarquía castellana, o al
estudiar la evolución del poder nobiliario lo mismo que el papel de la naciente
burguesía, y hasta el rol desempeñado por ese telón de fondo que es durante el
Antiguo Régimen la apenas rumorosa presencia popular, marcan un antes y un
después en nuestra idea de esa España “moderna”.
Mucha
ha sido, por otra parte, la atención dedicada por el maestro desaparecido a los
temas andaluces, en especial a la historia sevillana, área en la que
esforzadamente ha logrado proporcionarnos un delicioso repertorio de estudios
medianos y más chicos, que van desde la tragedia de las epidemias antiguas a la
de la Inquisición pasando por un repertorio admirable de temas. Se opuso con
firmeza, sin embargo, a la novelería –él, que había sabido mantenerse al margen
de tentaciones unidimensionales, en el pleito entre Castro y Albornoz, al
tiempo que ajeno a la obsesión castellanista de Pidal— que trató sin éxito de
poner algo así como los fundamentos de una interpretación islamista de la
historia de España y, en concreto de la de Andalucía, del mismo modo que
rechazó de plano algún anacronismo sin mayor fundamento como el que se empeñó
en ver en la sedición del Duque de Medinasidonia una precoz revolución andaluza
en pleno XVII.
Ortiz
fue toda su vida, trabajo, esfuerzo, inteligencia, buen criterio,
interpretación templada, erudición sin fin. Andalucía, España, Europa en fin,
acaban de perder uno de los grandes maestros del siglo. Un maestro con el que
su patria fue más bien madrastra, dura madrastra, pero que supo dejar de lado
la ofensa y el desdén para consagrarse sin desmayo a una tarea que ha traído
entre manos, prácticamente, hasta su última hora.
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La
vuelta al campus
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La Ría
11/01/03 |
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| Artículos anteriores 2001-2002 |
El año
2003 parece que va a ser trascendente la para la Universidad de Huelva. Y no lo
digo porque un grupo de expertos de nuestro claustro ande combinando esfuerzos
con otros sabios de Freiburg para tratar de identificar la plata de nuestros
yacimientos que en las edades más remotas –quizá cuando en el libro Segundo de
los Reyes se habla del mítico Tharsis, no poco dudoso por cierto—iban a parar a
las factorías del próximo Oriente para fundirse y dar cuerpo al joyel de la
época. Me cuentan que de lo que se trata es de determinar la composición
isotópica del plomo que pueda hallarse en esos objetos para compararla con la
de la plata que todavía subsiste en nuestros filones, tan esquilmados, ay, por
tirios y por troyanos. Tampoco porque la oposición haya apostado por nuestra
primera institución consagrándole un año en el que espera ver ampliada una
oferta de títulos y grados en la que personalmente, de verdad, no confío
demasiado. No estoy yo pensando en una Universidad que crezca a base de ofrecer
títulos llamativos, incluso extravagantes o, simplemente, de esos que ya sobran
en el mercado, sino en una corporación dinámica que enseñe e investigue a un
tiempo, hasta dinamizar la casi cataléptica vida cultural onubense.
Estos
paréntesis navideños dan para todo. Incluso para comprobar por la Internet la
multiplicación de títulos de trabajos producidos en nuestra “alma mater”,
trabajos diversísimos que abarcan desde la filología o la historia hasta la
química o la biología, trabajos seguramente novatos en muchos casos, pero
indicativos, en cualquiera de ellos, de una
actividad intensa, casi frenética, que dice mucho del entusiasmo con que
funcionan nuestros mal pagados profesores e investigadores. Se consagren o no
las nuevas titulaciones –insisto en que me complacería más ver cómo se
consolidan las clásicas--, nuestra Universidad tiene que encabezar en los
próximos años cruciales el avance de una sociedad recién despertada de su sueño
plurisecular. Es encantador comprar la vida cotidiana de la Huelva que
conocimos no hace tanto con la que en el siglo XVIII vivían –según ha pintado
con mano maestra su mejor experto, el profesor Manuel Lara—gentes como Pérez
Quintero, el padre Jacobo del Barco (del que tengo pendiente aquí alguna
perorata de mayor cuantía) o el autor de la “Huelva Ilustrada”: las mismas
calles, el mismo ambiente pasivo, la misma penumbra intelectual, las mismas
rencillas, idénticos cabildeos. Aquella Huelva –atravesando el meridiano de la
guerra civil incluso—llega prácticamente hasta nuestros días, Hasta esta
época en que el desarrollo, con su
inmigración masiva y los cambios introducidos por la autonomía, abren un
horizonte distinto que parece que va a ser felizmente aprovechado.
En lo
que lleva razón la oposición al proponer el pacto institucional con la
Universidad –al margen del discutible programa de ampliación de títulos—es en
que esa centro neurálgico de la vida onubense debe funcionar con solvencia económica garantizada. No es
posible mantener en vilo a sus gestores con promesas siempre renovadas y jamás
cumplidas por parte de la Junta, de la misma Junta que, todo debe decirse, ha
arrimado al “campus” onubense una importante inversión en infraestructuras que
porque ahora se planee ampliar no debe menospreciarse. Si esta provincia va a
ser capaz de superar la actual crisis de crecimiento, remendando los sectores
ruinosos y potenciando los de nueva planta, la Universidad ha de jugar en ello
un papel de primero orden, no sólo proporcionando expertos de calidad, sino
promoviendo una inquietud investigadora capaz de centrar en casa las
investigaciones que vayan haciendo falta para acompañar el desarrollo y sus
complicaciones. ¿Qué hacer hoy con los plásticos agrarios, qué hacer con las
cenizas minerales, cómo eliminar los residuos que general una vida compleja de
altísimo consumo y escasa responsabilidad? Pues yo creo que son los
universitarios onubenses quienes tendrán que contestar a esas preguntas que hoy
hacemos por Europa o América, cuando no escondemos como podemos los trastos
rotos y la ropa sucia. No el 2003, sino el próximo decenio y quizá los años que
le sigan, van a ser los años de una Universidad en la que creía poca gente hace
bien poco pero se ha de convertir, sin remedio, en el centro de la vida
provincial. Y eso ha de costar mucho dinero, ciertamente, pero no será por
dinero por lo que las instituciones –piénsese en la Diputación provincial, por
ejemplo—dejen de asistir a este proyecto capital. Puede que un día sepamos si
la plata vieja de Tartessos pervive en museos ajenos, anónima, desconocida,
como tantas cosas de Huelva. Me conformo con que se conozca nuestra
Universidad, con que nuestros historiadores amplíen nuestra mirada hacia atrás,
con que nuestros científicos nos acerquen a Marte o aligeren y enriquezcan el
crecimiento de nuestra colosal producción hortofrutícola. Una Universidad no es
una factoría de títulos para reproducir en lo posible los esquemas de
dominación social. Es una grave industria de la cultura sobre la que gravita el
peso de la vida pública. En aquel XVIII que nos muestra Manolo Lara Huelva era
un erial pacífico en el que se hablaba latín, cuando se hablaba, en algún
cenáculo privado. Nuestro futuro debe ser abierto y su cultura también. Y la
Universidad juega en esa dramática función el papel protagonista. Los sabios de
Freiburg no saben que la plata que queda en nuestras veneros es más abundante y
tiene mejor ley que la que quizá sirvió en los tocadores del Oriente
mediterráneo en la diadema de una reina púnica o en la vacía del barbero
cretense que rapaba las barbas al dueño antañón de las viejas civilizaciones.
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La
generación del salto
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La Ría
21/12/02 |
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La otra
noche, durante una amigable cena, estuve escuchando cábalas sobre el proyecto
de levantarle una modesta estatua en Huelva a aquel torbellino genial que fue
Paco Toronjo. Me llamó la atención la sobra de palabras –estaba presente la
mayoría de la gente que tiene en su mano decidir en Huelva—, cierto regateo
trufado de fintas y promesas, que me hicieron pensar en la diferencia con otras
partes andaluzas y españolas. En Sevilla, por ejemplo, se quiso levantar un
monumento a Curro –no hay que decir a qué Curro—y hubo “overbooking” de
colaboradores, arbitristas que proponían ideas (alguna descabellada),
instituciones que trataban de desplazarse a codazos de la primera fila y, por
descontado, un buen montón de figuras, figuritas y figurones que buscaban salir
aunque fuera en la peana. Aquí en Huelva –lo del monumento a los Litros es otra
cosa, porque concierne en su entraña al mitologema local—, en cambio, para
hacerle un monumento a Toronjo andamos regateando, que si esto que si lo otro,
que si yo te pongo el pedestal y tú pones la figura, y hasta que vamos a ver si
el escultor –el pobre escultor—nos hace una rebaja y cerramos el trato.
Hay
cosas que aún tiene que cambiar en Huelva. Empezando, a mi juicio, y lo digo
sin tentarme la ropa, por la consolidación de un grupo dirigente capaz de
anteponer los intereses generales a los propios, una “clase” si se quiere,
generosa al menos hasta el límite imprescindible que impone la revolución
socioecómica que están viviendo la provincia y la capital. A esa oportunidad
histórica ha de responder en Huelva una cohorte generacional consciente de su
papel histórico y no una patulea de espontáneos reliados con oportunistas más
atentos al negocio que al alto fin de sacarnos de donde siempre estuvimos.
Pocas generaciones tienen ese privilegio, que no deja de ser duro ni exigente,
pero a la que le toca, o lo asume con liberalidad y grandeza de miras, o
fracasa y nos arrastra con ella hacia un futuro imperfecto.
Curiosamente,
en cambio, hay hoy en Huelva un plantel de personalidades que ostentan niveles
de representación institucional y manejan el cotarro financiero quizá
inigualable a ningún otro anterior, plantel que debería exigirse a sí mismo
enunciar la tentación caciquil ara hacer gran política y, por descontado, gran
economía. Desde luego, poco va a ayudar en ese sentido la perpetua reyerta
partidista que ensombrece nuestra convivencia cada vez que un imaginario puñado
de votos asoma en el horizonte o, incluso, sin necesidad de que asome. Una
pendencia absurda porque nadie puede ignorar la fundamental aportación de las
Administraciones del PSOE a la transformación provincial, como sería del género
tonto negar lo que ha hecho y sigue haciendo la del PP. Se ha transformado de
arriba abajo el precario sistema de comunicaciones que teníamos, se ha
consolidado el sueño del regadío y la agricultura intensiva (que la presa del
Andévalo, retrasada tantos años por melindres hiperecologistas, relanzará con
fuerza en poco tiempo), y a pesar de la crisis de nuestros clásicos sectores,
la minería y la pesca, parece que en conjunto, rl progreso conjunto permitiría
hablar hoy de la posibilidad de una búsqueda de solución global que no deje a
nadie fuera.
Pero
esa tarea no se va a hacer mientras marchemos políticamente partidos por dos,
ni mientras nuestra dirigencia económica no consiga un nivel mínimo, crítico,
de unidad de acción. Es verdad que se están creando instrumentos (el último
surgido de la propia patronal de la construcción) para centrar el negocio en
Huelva y evita la huida de las plusvalías y la deserción del valor añadido de
lo que aquí se hace y se gana. Pero falta no poco, a mi juicio, para que se
consiga acordar el paso, concertar el liderazgo político con el económico y a
éste consigo mismo), poner el progreso de Huelva, en definitiva, por encima de
la ganancia y humana ambición de cada cual por separado. No es que sea uno tan
ingenuo como para imaginar una clase dirigente franciscana, sometida en todo y
por todo a una disciplina de solidaridad, sencillamente porque eso es la
antítesis del mecanismo de función en el sistema de capital, que es el que hay.
Pero sí que es legítimo para cualquier onubense exigirle a esos que tiene el
poder, la responsabilidad de ejercerlo pensando con anchas miras, no movidos
sólo por la sugestión de la propia faltriquera. Esos que hoy mandan en Huelva,
los que tiene el poder político y el económico, deben asumir la responsabilidad
especialísima que impone dirigir el tránsito desde una sociedad lastrada por
siglos de inepcia y conformismo, hacia una nueva realidad que no es nada
descabellado imaginar esplendorosa. Hoy la fragmentación caciquil no tendría
perdón y, lamentablemente, hay signos de ella aún por ahí. Imbuir en la
conciencia esa necesidad de acción conjunta es quizá la necesidad más urgente
de cuantas tiene planteadas –que no son pocas, ni mucho menos—esta provincia y
esta capital que andan despegándose del conjunto regional y hasta de los
conciertos nacional y europeo con una energía que bien merece el privilegio de
ser dirigida con generosa dignidad.
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Dos
futuros para Huelva
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La Ría
16/11/02 |
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Los trajines preelectorales que tienen patas arriba la gran
entrada de Huelva por la autopista de Sevilla van a darle, seguro, al
Ayuntamiento otra baza importante, pero sobre todo, van a rematar un elemento
urbanístico de gran categoría con el que pocas ciudades españolas podrán
competir. El viejo diseño de Alejandro Herrero –abrir un agresivo eje que
permitiera alcanzar el corazón de la ciudad--, puesto en marcha por el
Ayuntamiento del PSOE, es ya una realidad admirable, de enorme aceptación
ciudadana además, que ahora se verá prolongada en otro kilómetro, lo que abre a
ambos lados de la espléndida vía sendas áreas de expansión que, sin duda, serán
vitales para la Huelva del futuro. El otro gran proyecto progresista de los
años 60, la ambición de acercar la ciudad a la Ría, ha sido acometido paradójicamente
(aunque eso no es nuevo en la Historia de España, ni mucho menos) por un gobierno
municipal conservador, en medio de alguna polémica pronto sepultada por la realidad,
con la decisión de construir el nuevo Estadio Colombino en los aledaños de la
marismas, casi en la orilla, junto al Polo Químico, lo que ha descubierto de un
golpe las posibilidades de expansión que Huelva tení, también por esa fachada,
una vez salvada la histórica divisoria que era la vía del ferrocarril. De estas
cosas hablaba la progresía de los 60 y 70, ya digo, pero ha sido la derecha la
que las anda poniendo en práctica.
Claro está que, así como la extensión superficial en la alta
marisma más allá de la Isla Chica no plantea problemas ni objeciones, el
proyecto de “ciudad fluvial” al que señala la ocupación de la marisma ribereña conecta
inevitablemente con otra vieja aspiración onubense: el traslado del Polo. El
Colegio de Arquitecto (prescindo de la letra chica y sus minucias) ha relanzado
la vieja idea y propuesto una Mesa (¡otra!) para ir estudiando esa posibilidad
en modo alguno imposible por más que se empeñen los interesados. Hace poco, es
cierto, la propia consejera de Medio Ambiente decía que la solución no era otra
que el alejamiento de la ciudad respecto del Polo, pamplina que no requiere
comentario. Y también se han alzado voces que agitan el fantasma de la huida
industrial, supuesto no poco inverosímil como se ha demostrado tantas veces a
medida que se le han ido exigiendo inversiones a quienes tanto han aportado a
Huelva pero también, todo hay que decirlo, tanto han sacado de ella. El asunto
es sencillo en principio: el tema de la ubicación del Polo no puede ser mirado
hoy, con los elementos de futuro ya disparados, de la misma manera que se
miraban en los primeros años del desarrollismo. Nadie mete prisas, nadie
amenaza con nada. Simplemente se exige plantear la cuestión con rigor, con
respaldo oficial, y sin dejarse amilanar por ningún género de amenazas.
Es curioso que el crecimiento de Huelva haya sido tan
exhaustivamente anárquico. Más aún que las dos grandes ocurrencias –la de crear
una zona edificable junto a la columna vertebral de la futura ciudad y la de
poblar la marisma hasta ahora arrasada por el uso industrial— se hayan eludido
con cuidado. Que Huelva creciera al otro lado del río, por ejemplo, aparte de
que constituía una explicable tentación dada la belleza del paraje, no tenía
demasiado sentido mientras se mantenía el viejo esquema de la ciudad
tradicional. Hoy el vigor de la vida social permite contemplar un futuro
distinto en el que la capital crecerá hacia el Oeste, como arrastrada por la fenomenal Avenida, y hacia el Sur al
conjuro de la intervención que origina el nuevo Estadio.
Habrá que discutir, qué duda cabe, y no entre
espontáneos (como yo mismo) sino entre especialistas, entre empresarios, y en régimen
de puertas abiertas para que la población escuche el debate y sepa a qué
atenerse. Y habrá campañas duras, incluso apocalípticas –ya lo verán--, a pesar
de las cuales esa batalla de futuro es pan comido. Miren, yo tengo desde
siempre una teoría sencilla: el traslado del Polo no se conseguiría jamás por
razones ecológicas, ni por consideraciones políticas de índole benéfica; lo que
hará que el Polo pueda en su día ser trasladado a un sitio más razonable,para
devolver a Huelva su salubridad y su perdida y excepcional atmósfera, es el
incalculable valor del suelo de marisma que la industria ocupa y que, insisto,
está llamado a ser el plano expansivo de la ciudad por razones absolutamente lógicas.
Si la idea de la “ciudad fluvial” prospera y se abre paso, si los onubenses se
arraciman en torno al sueño de vivir alguna vez una ciudad asomada a la Ría, no
habrá quien pueda detener la expansión que ha comenzado donde Huelva acababa –en
Correos—y ha puesto un pie adelantado en el Estadio, demostrando que no era tan
difícil derribar prejuicios. Si es verdad que una generación dura cosa de
quince años, como sostenía Ortega, en Huelva van a hacer falta un par de ellas
para que ese proyecto revolucionario cuaje en un plano irreconocible para los
pesimistas, y para acometer la inmensa obra de ajuste que va a requerir el
nuevo puzzle urbano. Pero que nadie dude de que eso es posible porque será la
propia lógica del dinero la que tal vez devuelva a los despojados, por una vez, lo que nunca se les debió arrebatar.
Algún día no lejano la Huelva originaria no será sino el núcleo memorial de un
pasado que jamás fue capaz de pensar con audacia, entre otras cosas porque no
era posible imaginar el futuro. Hoy no hay otro remedio sino tratar de acercar
ese futuro, aprendiendo de los viejos errores, y desde el convencimiento de que
tampoco nosotros vamos a cerrar ese proceso inacabable. Alejandro Herrero puede
que se alegrara hoy de ver las máquinas remover con prisa electoral la
prolongación de su sueño. Él, que fue quien no tuvo más remedio que tragar con
el emplazamiento del Polo en sitio tan poco adecuado, comprendería también
mejor que nadie que lo que no sería pensable que consiguiera la razón ordenada
lo ha de conseguir, antes que después, la propia fortuna solariega sobre la que
el viejo problema se asienta quizá sin percatarse siquiera.
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¿Adios
a los cortinales?
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El Apende - Facanías. Noviembre de 2002 |
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Pergeño a vuela pluma esta columnilla –Dios sabe que la
bulla me come este mes—dudando entre dos temas muy valverdeños los dos, depende
de cómo se miren. Uno el de la diatriba de Arturo Carrasco, o sea, Arturo por
antonomasia, Arturo el del Juzgado, contra el juez Garzón, quien ha reaccionado
con una mesura sólo comparable a su delicadeza. El palo de Arturo, chungo, las
cosas como son, irrespetuoso sobre todo, cegado por la pasión que es como personajes
como Arturo suelen hacer las cosas. Y sobre todo ahora que el Juez ha entrado a
saco en el avispero aberchale del que Arturo, él sabrá por qué, es medio
corresponsal en Valverde desde hace años. Chungo, de verdad, pero también es
cierto que –como seguramente ha entendido Garzón—las cosas hay que valorarlas
sin desatender la peculiaridad del sujeto, y el sujeto Arturo es, como casi
nadie ignora, un buen hombre extraviado por la ilusión, un frustrado
(ideológica, políticamente hablando) como muchos de nosotros pero con mucha
peor suerte, que ha hecho toda su vida de su capa un sayo, lo cual,
ciertamente, no le autoriza a cortarle el sayo a otros. Pelillos a la mar.
Repito que creo en la bondad fundamental de Arturo, en el carácter noble de sus
extravagantes convicciones, que creo que se explican muy bien en términos sublimatorios,
como creo que se fundan en la confusión entre fidelidad a los principios y
empecinamiento antilógico. Dios le conserve la moral, pero ojalá que él la
administre mejor.
El otro asunto es el de los cortinales, o sea, el de la
dimisión del arquitecto José Ramón Moreno tras una década de preocupación y
trabajos por el urbanismo valverdeño. Leí en el número anterior la dura réplica
de los afectados por el criterio restrictivo de Moreno, que sostiene –a mi
juicio con razón, entre otras cosas porque ése es el espíritu de la ley—que las
trama urbanas deben respetarse en lo posible, conservando sus espacios generosos,
sin ceder a la tentación especulativa que es tan comprensible como dudosa. “Facanías”
no publicó –no hubiera podido—la respuesta íntegra que el arquitecto le hizo
llegar, pero con ésta o sin ella hay que decir que José Ramón Moreno no se ha
ido de Valverde sólo porque unos vecinos, en explicable defensa de sus
intereses, le hayan plantado cara a su proyecto conservacionista, sino porque
su gestión venía chocando hace tiempo con el criterio político que dirige el
Ayuntamiento. ¿Se debe recalificar como suelo industrial un suelo previamente
recalificado como urbanizable, por ejemplo? Pues francamente, yo creo que eso
no tiene lógica y supongo que José Ramón también. ¿Tiene lógica mantener
cerrado a cal y canto el Valle de la Fuente –nótese la elocuente toponimia: “valle”
y, encima, con una fuente—porque unas familias –la mía fundamentalmente—así lo
decidieran hace un siglo, cuando dominaban el pueblo? Pues francamente también,
creo que no, aunque nos cueste hoy imaginar un Valle de la Fuente abierto a sus
trascorrales y aceptar que bajo algunas de las buenas casas actuales del área
discurre aguas vivas que es un milagro que no hayan dado alguna vez un
disgusto.
Verán, quiero decir que el proyecto de José Ramón Moreno ha
chocado con intereses –de los particulares, de ciertos industriales, de la
propia política local—como, según él mismo explicaba a “Facanías”, chocara en
su día el que pudo tener José Manuel Romero antes de que el alcalde decidiera
ningunearlo hasta el aburrimiento. Hay en Valverde, por lo demás, demasiada
gente que mira a su cortinal como quien mira a un campo petrolífero y nadie
dejará de entender esa lógica ambición que, sin embargo, colmataría la trama
urbana del pueblo ahogándola sin remedio. La oposición a las Normas
Subsidiarias por parte de un colectivo (hoy, por cierto, encabezado por un político
en expectativa) trae inevitablemente estas tensiones, porque no es difícil
entender que lo que beneficia a unos puede perjudicar a otros. Yo creo que
Valverde pierde más que gana con la marcha de Moreno y que esa victoria pírrica
de sus opositores bien podría constituir el inicio de una transformación nada
benéfica para Valverde.
En cuanto a Arturo, debería haber oído las cosas que Garzón
me contaba la otra noche, con evidente cariño, de alguien, como él, que acababa
de intentar mantearlo en público. Siempre he defendido a Arturo tratando de
comprenderlo. A Garzón lo he criticado mucho pero sería la mayor mascá del
mundo no ver en su trabajo un acontecimiento excepcional de la actualidad
nacional. Aquel 28-F fimos muchos los que pusimos de bote en bote la ancha fuente
del Berecillo en que se convirtió la oscura madrugada española, en mi caso sin
escopeta. Pero de ello, Arturo, hace más de veinte años. Fíjate en que esa “gente
nueva” que nos abarrota la vida no había ni nacido para entonces. No les
faltaba más a los pobres que los carrozas los abrumáramos con batallas.
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en Huelva (y 2)
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El Mundo - Huelva Noticias
09/11/02
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Ya hemos mencionado a Ernesto Feria y a Manolo Pizán. Del
primero se recogió hace poco –en el excelente Servicio de Publicaciones de la
Diputación—un curioso volumen de artículos al que alguien, con mano certera, le
puso de título “Crítica de la razón tecnológica” en evidente alusión al título
sartriano. Feria se impuso voluntariamente la pesada carga de difundir en
Huelva, a base de artículos de periódico, lo más fuerte de la reflexión europea
y americana, y así, durante años, predicó en nuestro desierto sobre cuantas
ideas iban surgiendo por ahí, y a mi modo de ver, con especial agudeza en torno
a la crítica filosófica, al marxismo o al estructuralismo en boga, sin olvidar
el existencialismo que había precedido a ésta. De Pizán no se ha hecho, que yo
sepa, esa antología, y me temo que no se haga nuca dada su especial
indiferencia a la hora de publicar y de expresarse. En aquella Huelva que parecía
dormida, in situ o en el exilio, había quien se dejaba ordenadamente las
pestañas desentrañando papeles viejos, como Diego Díaz Hierro, el pobre, o
quien como Manolo dilapidaba su talento en cualquier parte, donde de terciara,
mientras en algún escaparate podía verse, como ya dije, alguna novela exótica,
histórica, de Alberto Luis Pérez, y Manolo Garrido hacía sus primeros pinitos
literarios en los ratos que le dejaba libre al autodidacta el trabajo que dio
de sí series televisivas tan reveladoras como “Raíces” o “La duna móvil”. De
Manolo hablaba con gravedad y cariño el maestro don Julio Caro Baroja mientras
las televisiones públicas lo dejaban pudrirse al sol que más calentaba en cada
momento, cosa que no vino mal a efectos literarios porque ello le permitió
centrarse en la escritura con notable talento. Hace poco leí un cuentecillo suyo,
irreverente donde los haya (“Retablillo del aprendiz y el maestro”), que es una
joya pero que, hay que ser comprensivos, casi me reconcilió con los burócratas celosos o simplemente
ignaros que han conseguido apartarlo de las cámaras: esos no confunden nunca la
autorizada y explotada pornografía con libertarias como ese retablillo.
Yo creo, en todo caso, que el escritor onubense más granado
es José María Vaz de Soto, ese doctísimo lingüista, conocedor minucioso y
apasionado de nuestra literatura y de la ajena, cuya primera novela –pasada al
cine con el título de “Arriba Azaña”—constituye, a mi entender, un testimonio
estupendo de lo que era el ambiente juvenil (escolar) de nuestra generación y
en consecuencia, el sistema educativo, más allá de la circunstancia de estar
imaginada en el viejo colegio de los Maristas, paredaño con la Escuela Francesa.
Poca atención le ha dedicado Huelva a ese paymogueño recalcitrante que, a pesar
de su cosmopolitismo y su experiencia políglota, se delata a la legua por sus
elles andevalinas y su estilo sobrio, tan barojiano, que ha permitido hablar de
él como del mejor escritor de diálogos que se ha roto en muchos años. Una
novela como “Diálogos al anochecer”, o como “Dialógos de la alta noche” o “Despeñaperros”
(con la que obtuvo el Premio Andalucía de Novela) no deberían quedar tan a
trasmano en nuestras librerías como determina nuestra mísera realidad editorial,
pero a trasmano están y temo que con mal remedio, al menos de parte de la
iniciativa andaluza. José María, que es surfista aficionado, planea sobre esa
ola adversa con la serena tenacidad que propicia su carácter entre estoico y cínico,
dicho sea pensando en Antístenes y no en cualquiera de los marmolillos que puedan
venírsenos ahora a la cabeza. Pero a mí me reconcome –no lo puedo remediar—reconocer
que esos límites a la difusión de su importante obra novelística los agravan más
que alivian las actuales políticas de promoción editorial. Muchas veces lo
tengo hablado con Víctor Márquez, otro andevalino puro a pesar de su exilio
perpetuo, cuya obra –menos mal--, en especial su crítica parlamentaria, en la
que es hoy maestro indiscutido, ha merecido no sólo la atención del público
sino su oportuna reedición. Tampoco Víctor debe mucho a Huelva –corazón aparte--,
a pesar de ser uno de los conocedores más perspicaces de su pasado y, en
especial, de su baja postguerra, con sus paisajes y sus gentes, sus claves y
sus intríngulis. Premios, como el Nacional de Periodismo, el Espejo de España o
el González Ruano, son la innecesaria confirmación de su talento de escritor y,
en especial, de cronista inimitable. Pero yo aguardo con ansiedad esas Memorias
que puede que esté urdiendo con su memoria meticulosa y fiel. Alguna vez,
hablando con Ricardo Bada, de quien tengo que escribir por menudo, creo haber
coincidido que si Vaz era el escritor más elegante y eficaz de la Huelva
actual, Márquez Reviriego era el más culto y simpático. El Andévalo profundo da
esos hombres de una pieza y esos talentos encumbrados. Lo malo para nosotros,
aunque no para ellos, es que los dos hayan debido abrirse paso en el exilio,
siempre con el morral nativo a cuestas, siempre a vueltas con la memoria de la
tierra vivida y siempre nutriéndose de ella para alimentar su literatura. Hay
mucho que hablar de esta Huelva tan mal conocida y procuraremos no dejarlo en
el tintero en otras ocasiones, en las que habrá que ocuparse de los novísimos,
que son legión, así como de algunos olvidados y de los ensayistas que, por fin,
aparecen en una Huelva universitaria que empieza a hacerse un hueco en el
panorama cultural.
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en Huelva
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La Ría, 02/11/02 |
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Estos días se ha hablado y discutido en Huelva sobre
escritos y escritores, reales o supuestos, en una agria polémica, por mi
intervención provocadora (vitalizadora,
diría yo) en la cual, no siento el menor remordimiento. Eso no es malo, después
de todo, teniendo en cuenta el escasísimo peso específico que lo literario y,
en general, lo cultural, ha tenido tradicionalmente entre nosotros. Pero lo que
hay que defender en Huelva, como en todas partes, no es lo malo sino lo bueno,
que lo hay. El otro día, sin ir más lejos, me encontré en la mesilla de uno de
nuestros hoteles patrocinadores de las “Charlas en el Mundo” un librito de
relatos cortos entre los que enseguida me lancé a leer el de Juan Cobos
Wilkins,
“Cadáveres tan hermosos”, justo ganador del certamen que justificaba la edición.
Me encontré en esas páginas con una bellísima metáfora, una especie de cristal
fragilísimo pero hipnótico a través del cual (o en sí mismo, quizá mejor) se
podía entrever la seductora y fría imagen de Catherine Deneuve tras la seda
transparente en un episodio que no les descubriré. No les voy a contar el relato
pero sí he de constatar el regusto más bien amargo que me produjo pensar en
este escritor hecho y derecho encerrado en su Riotinto natal o en la propia
Huelva, volcado como un azacán sobre ese misterioso trabajo de creación pero,
ay, con muy escasas oportunidades respecto de las que merece.
Tras la deliciosa lectura de Juan Cobos me entretuve en la
duermevela reinando en el destino de los escritores locales, condenados en su
totalidad –salvo los trucados-- a elegir entre el exilio o el silencio. Hombre,
no hablemos siquiera de Juan Ramón, porque JRJ no es ya de Huelva –ni lo fue
nunca—sino que pertenece al universo literario general o, para ser más exacto,
al Mercado, ese laberíntico mecanismo ajustado por un relojero ciego que, según
dicen, tiene la “mano invisible”. No hablemos, pues, de Juan Ramón, porque
tenemos otros casos más apropiados para el debate, y para empezar el de un
poeta tan fino como Rogelio Buendía, cuyo poema a la perdiz, ese camafeo
precioso, conocíamos los jóvenes de mi generación por la generosa antología poética
de Sainz de Robles en Aguilar, pero del que nos costó Dios y ayuda conseguir
luego algún que otro poema y unas cuantas referencia de quien fuera como Buendía,
en realidad, más allá de los caprichos de críticos y manuales, un muy característico
miembro de lo que, en el fondo más escondido, fue la generación poética del 27.
Yo no llevo en la cabeza la enciclopedia onubense, por supuesto, pero temo que
mi ignorancia de la obra de Buendía se deba a que nadie ha apostado nunca entre
nosotros –y ya podemos esperar sentados si creemos que van a apostar por ahí
fuera—a rescatar del olvido los textos que, sin duda, tiene su conocida familia
onubense, además de los que conservan (o conservaban hace años) en Madrid, algunos
literatos que fueron sus contemporáneos o amigos.
Con José Nogales la cosa ha ido mejor –aparte de la temprana
atención de que le dedicó el notario Diego Romero, editor y prologuista de su
famoso cuento, un excelente libro de Angel Manuel Rodríguez Castillo, que yo
mismo presenté en el Ateneo sevillano y Víctor Márquez Reviriego en Madrid, fue
publicado hace bien poco—y hasta se han mantenido en varios pueblos y ciudades
onubenses rótulos callejeros con su nombre. Y menos mal, porque la fortuna de
ganar aquel concurso de “El Liberal” con uno de los grandes cuentos de habla
española, “La tres cosas del tío Juan”, nunca podría compensarlo de la
malquerencia de los críticos de la España oficial encabezados por mi adorado
Valle-Inclán, lengua bífida donde las haya habido y perdedor del concurso de
marras, cuyo retrato de Nogales en la figura cómica del “redactor jefe” de “Luces
de Bohemia” tanto ha contribuido a desprestigiarlo en los cenáculos elevados.
Por culpa de esos desdenes casi nadie ha leído “Mariquita León”, por ejemplo, donde
ya nuestro escritor apuntaba a un
costumbrismo de mayor aliento, o sus innumerables crónicas y artículos periodísticos
hoy de relativo interés colectivo, pero trascendentales, por ejemplo, a efectos
de una hipotética historia de las mentalidades.
Ustedes se saben el resto, supongo, del mismo modo que todos
nos preguntamos dónde están esos escritores nuestros, fuera, naturalmente, de las
nóminas de un eventual Instituto de Escritores Onubenses o algún otro registro
semioficial por el estilo. ¿Dónde está la obra de Ernesto Feria Jaldón, valga el
caso, a pesar de que a este afortunado (ahora, no en vida) y admirable pensador
no le hayan faltado mentores y, en consecuencia, ediciones? Pues desde luego no
al alcance de nuestros universitarios, que es donde deberían estar. ¿Y la de Manolo
Pizán, aquel fugaz soñador, tan egocéntrico pero tan vertido hacia los demás,
que ejercía de corresponsal de Radio España Independiente en plena y peligrosa
clandestinidad, al tiempo que traducía con primor a un pensador tan fundamental como Paul Nizán (“Los perros
guardianes”, mismamente) o nos recordaba cada dos por tres en sus escritos los
versos de aquel árabe cordobés/onubense, Ibn Hazam, que releería “El collar de
la paloma” y hubo de escribir sus últimos versos ahí mismo, en la orilla del
Tinto, cerca de La Ruiza, donde murió y sería enterrado?
Es necesario reconocer que Huelva no le da el sitio debido a
los que viven de escribir o, simplemente, dedican su vida a esa tarea, al
margen de sus profesiones. Ni antes ni ahora. Pero en esta primera entrega, que
no quiero alargar, no puedo meterme en la nómina de los nuevos y novísimos,
entre los cuales y los autores anteriores, --como el muy exótico Alberto Luís Pérez
o un casi ignorado autor de policiacas “Alex Wilki” (pseudónimo de Alejandro
Wilke), y tantos otros que flanquearon la generación de Adriano del Valle—el doctor
Ernesto Feria, con su gran amigo Márquez Reviriego, harían de generosa charnela.
De ellos, sobre todo, de José María Vaz de Soto, sin duda posible el más destacado,
me ocuparé después. Aunque me temo que para repetir el lamento y aplicarles
también a ellos el cuento del olvido que adormeció a los que nos precedieron.
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Entre
la independencia y la disciplina
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08/11/02 |
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La vida de partido incluye el leninismo, no hay que
engañarse. Y allí donde la disciplina se relaja y la democracia interna
invierte el axioma de Troski –el criterio personal ha de supeditarse al del
colectivo—la libertad suele iluminar esplendorosos derrumbes. Pero eso es tan
cierto como que hay políticos, militantes quiero decir, que se mantienen libres
de criterio sencillamente porque no hay quien haga carrera de ellos. Rafael Escuredo
planteando su huelga de hambre, más bien simbólica, supongo, para exigirle a su
propio Gobierno que autorizara la todavía insepulta “reforma agraria” es uno de
ellos. Es curioso: he oído hablar muchas veces de Escuredo con irritación
partidista, pero siempre con cierta reverencia, incluso entre sus adversarios de
partido que son, como se sabe, los enemigos más feroces. Por algo será.
A Escuredo le tocó improvisar una tarea política
excepcional: armar la autonomía que no había entrado hasta entonces –para qué
vamos a engañarnos—en los planes de su partido. Y lo hizo, posiblemente, al subido
precio que se hacen las cosas improvisadas, es decir, con improvisaciones, con errores
de cálculo y hasta a costa de su magistratura. Dos presidentes han sido neutralizados
desde Madrid cuando en el PSOE funcionaba todavía a rajatabla el leninismo genérico
a que nos referíamos. Pero Escuredo pasó del trance al éxito profesional sin
descomponerse, volviendo a sus tareas de abogado, aunque sin perder nunca le
interés por una política de la que, sin embargo, supo aislarse con cautela, y
en la que sigue presente como una voz cimarrona que no se deja encerrar en círculos
de tiza así como así. En este mismo periódico ha dado frecuentes testimonios de
una postura crítica que, sin perderse en ejercicios estériles de censura o
denuncia, ha contribuido lo suyo a componer un criterio plural demostrando que
es posible la crítica desde dentro y que su única condición es la fidelidad a
los propios principios.
Es posible que, como mantienen quienes no valoran tanto la
libertad, Escuredo no sea un político compatible con la dependencia que impone
la vida de partido. Pero será cierto sólo si se da por cierto que la
independencia es incompatible con la disciplina, es decir, si se menosprecia el
valor de la libertad inalienable que el militante debe conservar por debajo de
su compromiso fiel. Y basta escuchar a Escuredo en una tertulia, o leer su
opinión en la prensa, o hablar con él para convencerse de que este hombre sin
duda algo extremado, entusiasta contagioso y no poco lanzado, es la antítesis
de los políticos que han dirigido la autonomía andaluza después de su
defenestración. Cierto, yo mismo recuerdo el ilusionado desorden que a su
salida del poder hubo que tratar de corregir, por cierto sin gran éxito. Como
comparto las críticas que a toro pasado se le pueden hacer a aquella “reforma
agraria” que Escuredo proclamó antes de que sus técnicos la barnizaran
debidamente o al caos fundante que era la Junta a comienzo de los años 80. Pero
lo cierto es que los que tras él vinieron ni arreglaron ese caos ni siquiera fueron
capaces de dar sepultura a una ley que el vértigo europeo convirtió en obsoleta
antes de nacer.
Imprevisible Escuredo, pero fiel en su centro. Provocador,
descarado, si se quiere, pero nunca insolidario con los suyos. Sus críticas no
van nunca solas sino que llevan aparejada propuesta alternativa. Sus puyas
profundizan pero no “barrenan”. Y sobre todo, su palabra en cada momento es su
verdad de ese momento. Se puede no tener un pelo de veleidoso y ser flexible al
máximo. Escuredo es, seguramente, uno de esos hombres capaces de mantenerse en
ese alambre movedizo. Lo que tenga que decirnos interesará a unos más que
otros, pero es más que probable que no deje a ninguno indiferente. Por eso le
hemos pedido que venga a Huelva. Esa lección de la libertad desde la disciplina
y de la crítica desde la adhesión puede venirle aquí muy bien a tirios y a
troyanos.
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Entre
la independencia y la disciplina
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08/11/02 |
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La vida de partido incluye el leninismo, no hay que
engañarse. Y allí donde la disciplina se relaja y la democracia interna
invierte el axioma de Troski –el criterio personal ha de supeditarse al del
colectivo—la libertad suele iluminar esplendorosos derrumbes. Pero eso es tan
cierto como que hay políticos, militantes quiero decir, que se mantienen libres
de criterio sencillamente porque no hay quien haga carrera de ellos. Rafael Escuredo
planteando su huelga de hambre, más bien simbólica, supongo, para exigirle a su
propio Gobierno que autorizara la todavía insepulta “reforma agraria” es uno de
ellos. Es curioso: he oído hablar muchas veces de Escuredo con irritación
partidista, pero siempre con cierta reverencia, incluso entre sus adversarios de
partido que son, como se sabe, los enemigos más feroces. Por algo será.
A Escuredo le tocó improvisar una tarea política
excepcional: armar la autonomía que no había entrado hasta entonces –para qué
vamos a engañarnos—en los planes de su partido. Y lo hizo, posiblemente, al subido
precio que se hacen las cosas improvisadas, es decir, con improvisaciones, con errores
de cálculo y hasta a costa de su magistratura. Dos presidentes han sido neutralizados
desde Madrid cuando en el PSOE funcionaba todavía a rajatabla el leninismo genérico
a que nos referíamos. Pero Escuredo pasó del trance al éxito profesional sin
descomponerse, volviendo a sus tareas de abogado, aunque sin perder nunca le
interés por una política de la que, sin embargo, supo aislarse con cautela, y
en la que sigue presente como una voz cimarrona que no se deja encerrar en círculos
de tiza así como así. En este mismo periódico ha dado frecuentes testimonios de
una postura crítica que, sin perderse en ejercicios estériles de censura o
denuncia, ha contribuido lo suyo a componer un criterio plural demostrando que
es posible la crítica desde dentro y que su única condición es la fidelidad a
los propios principios.
Es posible que, como mantienen quienes no valoran tanto la
libertad, Escuredo no sea un político compatible con la dependencia que impone
la vida de partido. Pero será cierto sólo si se da por cierto que la
independencia es incompatible con la disciplina, es decir, si se menosprecia el
valor de la libertad inalienable que el militante debe conservar por debajo de
su compromiso fiel. Y basta escuchar a Escuredo en una tertulia, o leer su
opinión en la prensa, o hablar con él para convencerse de que este hombre sin
duda algo extremado, entusiasta contagioso y no poco lanzado, es la antítesis
de los políticos que han dirigido la autonomía andaluza después de su
defenestración. Cierto, yo mismo recuerdo el ilusionado desorden que a su
salida del poder hubo que tratar de corregir, por cierto sin gran éxito. Como
comparto las críticas que a toro pasado se le pueden hacer a aquella “reforma
agraria” que Escuredo proclamó antes de que sus técnicos la barnizaran
debidamente o al caos fundante que era la Junta a comienzo de los años 80. Pero
lo cierto es que los que tras él vinieron ni arreglaron ese caos ni siquiera fueron
capaces de dar sepultura a una ley que el vértigo europeo convirtió en obsoleta
antes de nacer.
Imprevisible Escuredo, pero fiel en su centro. Provocador,
descarado, si se quiere, pero nunca insolidario con los suyos. Sus críticas no
van nunca solas sino que llevan aparejada propuesta alternativa. Sus puyas
profundizan pero no “barrenan”. Y sobre todo, su palabra en cada momento es su
verdad de ese momento. Se puede no tener un pelo de veleidoso y ser flexible al
máximo. Escuredo es, seguramente, uno de esos hombres capaces de mantenerse en
ese alambre movedizo. Lo que tenga que decirnos interesará a unos más que
otros, pero es más que probable que no deje a ninguno indiferente. Por eso le
hemos pedido que venga a Huelva. Esa lección de la libertad desde la disciplina
y de la crítica desde la adhesión puede venirle aquí muy bien a tirios y a
troyanos.
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Novela,
comedia, tragedia
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Tribuna
Libre 29/10/02 |
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No es nuevo que un político quiera escribir. La caricatura
de Nerón es proverbial, la guasa de Petronio, también. Ante la presentación de
la “novela” de Juan Ceada se pueden adoptar diversas actitudes. Una, tomarse la
cosa a chacota, lo que, desde cierta perspectiva, vengo haciendo no sólo con su
anunciada prosa sino con sus abominables versos. Otra, no hacer ni caso, que
seguramente debe de ser la más discreta. Y una tercera, en fin, pillarla, si no
por la tremenda, al menos en serio y desde la crítica. De momento yo tengo un
título que profetizo raro: he leído esa obra días pasados, antes de su
presentación. Y desde esa legitimidad les digo, de entrada, que esa cosa gorda
y a doble espacio publicada bajo la portada de Ricardo Aramburu, es,
sencillamente, una bobada. No esto ni lo otro: una bobada como una catedral que
sólo, exclusivamente, el juego de los intereses políticos puede permitir que
salga a la luz publicada.
No es saña, es realismo. Vengo haciendo crítica literaria
desde hace un cuarto de siglo, con cierta notoriedad, pero si alguien quiere le
digo dónde. Me considero, pues, habilitado moralmente, casi profesionalmente,
para decirles que esa cosa que le han publicado a Ceada no es una novela mala
sino una tontería, un centón mal escrito, plagado de mala ortografía, débil de
sintaxis, ridículo en la trama. Que eso se presente en serio, formalmente, es
una afrenta para la Huelva moderna. Que lo firme un alcalde de la capital es un
escarnio. Que lo financien desde el Polo Químico, un abuso. Que se pretenda
presentar en las restantes siete provincias andaluzas aprovechando la larga
mano de las delegaciones de la Junta, un disparate y, si me apuran, una
auténtica malversación, de mayor o menor cuantía, ésa sería ya otra historia.
No, no es broma lo que debe oponerse a la indignante
sumisión política de una sociedad a un osado megalómano que, en su ignorancia,
carece de la mínima capacidad –de verdad que mínima—que se requiere para
comprender que esas casi quinientas páginas (ya digo que a doble espacio) son
un puro capricho de la voluntad, un juguete que se le regala al responsable de
la Administración autónoma en la provincia, que se le financia desde nuestra
industria, se le encomia y hasta se le piensa promocionar, mientras nuestros
jóvenes autores están a la intemperie más absoluta y algunos no tan jóvenes
guardan novelas en sus gavetas por falta de editora. Esa ñoña y calentorra
historieta de amor prohibido entre un concejal y una compañera revolucionaria
–¡hay que ser primo!—recorriendo un Paris de guía y visita rápida, es para mear
y no echar gota. La aventura marcopolesca a las tierras del Gran Khan, para
troncharse de risa (no sabe, por ejemplo, que los chinos lo que no pronuncia es
la ele, no la erre, como él caricaturiza en sus diálogos). Su exhibición
ideológica, a medias entre “El Motín” y
la fantasía marxistorra, puro cacao maravillao. De verdad, se entiende que le
fallara la aventura con la compi en Paris: con ese rollo no se come una rosca
ni Paul Newman. ¿No le dará vergüenza a ese estudiante de “humanidades clásicas
y filosofía en San Telmo” de haber perpetrado un engendro tan seminarista? A mí
me da igual lo que le dé, pero me molesta una barbaridad que ponga debajo de su
nombre la leyenda de Alcalde de Huelva, porque es que nos van a poner en coplas
por ahí si llegaran a leer esta “Ola del Sur”.
De novela, nada. Ni de comedia. A mí me sugerido más bien
cierta condición trágica: la de un miembro mediocre de una generación perdida
(hay muchas maneras de extraviarse, incluso en el éxito político), la de uno de
tantos insensatos como acosan a los editores, sólo que éste pone bajo su nombre
el cargo de Delegado del Gobierno que, como se ve, abre de par en par todas las
puertas, incluso las de las cajas fuertes. ¡Vaya papelón ha hecho la Huelva
oficial en ese acto! Me consuela sólo la convicción de que poca gente va a leer
esa cosa, al menos más allá de la primera página. Pero creo que es necesario
decir la verdad, plantarse ante este planetilla de aduladores y afirmar que son
unos pringaos si es que no están en nómina. Pasen, pasen y lean, verán como me
dan la razón. Quiero creerlo con firmeza porque si así no fuera es que nuestra
Huelva –tierra sobrada de escritores de verdad—está mochales perdida o ha
extraviado enteramente la vergüenza. ¡Qué pena ver que se toma en serio esta
chorrada insigne y que se le ciñe el laurel a uno que no tiene pajolera idea de
cómo poner las comas o los acentos ni, por supuesto, tiene nada que contar! Eso
sí, cabe lo de la guasa, cargarse ese folletón banal, tratar de identificar –aunque
no sé bien para qué—a los personajes del politiqueo citados bajo pseudónimo
literario, escucharlo hacer parlotear en un pésimo francés a la estrecha de su
compañera y perseguida hasta el catre, deleitarse con la toponimia parisina, y
ya al final, en plan traca, elegir un párrafo al azar para troncharse de risa.
Este por ejemplo, que pertenecería, no se lo pierdan, a un discurso en una
universidad china: “Luchadores y luchadoras chinos, (sic) un saludo de los
españoles y muy especialmente de los que hemos aprendido del pensamiento de Mao
un método para la acción política”… Seminarista, prochino, sociata al fin,
comprenderán ustedes que ese rollo no hay por donde cogerlo. No sé, la verdad,
si al final escribí esta critiquilla en
broma, en serio o como quien deja pasar ante sí el aire caprichoso. Pero ustedes
van a saber lo que es bueno si se les ocurre asomarse, aunque sea por un
momento, a este calamitoso centón de banalidades.
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La
cultura, ayer y hoy
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La Ría
26/10/02 |
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Una mañana de primavera me encontré casualmente en la calle
de Alcalá al insigne ingeniero onubense don Gustavo Fernández-Balbuena, auténtica
alma del llamado resurgimiento minero de la postguerra como director técnico
que fue de un sin fin de explotaciones de nuestra cuenca. Entramos (le ayudé a
entrar, vamos) en un digamos “club” de superlujo que se llamaba “Mansard” y
que, situado frente por frente al Club XIX, el restaurante del “todo Madrid”, venía
a ser como su antesala antes del almuerzo y su salón diverso tras la
prohibitiva ingesta. Don Gustavo era un hombre extraordinario, que tenía en
Punta, nada más entrar en la Ría, una vieja casa inglesa rodeada del césped más
romántico de la playa, un césped si cuidar que crecía cimarrón libre de
guadañas y cortadoras, hasta conferirle a la mansión un cierto nimbo de
misterio. Al atardecer, don Gustavo paseaba indefectiblemente a caballo desde
esa casa de la Ría entonces transparente, hasta el confín de la playa, que a la
sazón andaba poco más allá de las Tres Marías, pero lo hacía con la
peculiaridad de que iba dormido sobre el caballo al paso, como un campeador en
sueños, cuyo babieca se conociera de meoria –y así era—el mapa de su vida
cotidiana. Pidió finalmente que le enterraran en Punta Umbría, manda que sus
hijas, piadosamente, me consta, que cumplieron a pesar de algunas dificultades
y allí debe descansar aunque yo no dejo de verlo, cuando me pilla por la orilla
la caída del lubricán, cabalgando con los ojos entornados en mis propios sueños
también lejanos. En aquella ocasión, Balbuena me dijo una de esas cosas que,
siendo él tan cosmopolita, lo acreditaban como huelvano profundo en la medida
en que había asimilado a fondo, a pesar de su aislamiento, la guasa local. “¿Tú
sabes de dónde me viene a mí la afición a estos clubs?”, me espetó con un güisqui
en la mano. Y continuó ante mi perplejo silencio: “Pues mira, chico, porque,
como en Huelva no hay nunca conferencias, pues me vengo a Madrid muchas veces,
y como las conferencias tienen los horarios que tienen, pues ya me dirás qué
hace uno después de que te suelten el rollo”… No sé qué le dije, pero recuerdo
que el que la cogió mortal antes de rematar en el Club XIX con el soñado
tournedó fui yo mismo. Él no cogió nada, porque él “estaba” siempre en su
sitio.
Me he acordado estos días de don Gustavo entre tantas
gestiones como he debido hacer por aquí y por allá para ir dándole cuerpo al
plan de El Mundo/Huelva Noticias de ofrecer a Huelva y su provincia la
oportunidad de asistir en directo al debate cultural e intelectual de lo que
vaya ocurriendo. Un periódico puede hacer mucho en tal sentido, y aquí se
intenta, pero hemos creído que la experiencia del contacto directo con los
protagonistas de la vida cultural es inapreciable y, en cierto modo, imprescindible.
Y vaya por delante, no mi sorpresa, pero sí mi contento al comprobar la
generosa disposición de no pocas instituciones onubenses que se han ofrecido prácticamente
a colaborar en el proyecto que comenzó ayer. Es cierto que en la Huelva de hace
unos años –incluso en la de no hace tantos—resultaba más difícil que hoy
conseguir que la empresa entendiera la ventaja general de su implicación en la
vida de la cultura. Hoy, hay que repetirlo, no parece tan difícil.
Comprenderán que un proyecto que sólo cuenta con personajes de
primer nivel tenga que contar, de entrada, con el problema de la muy relativa
disponibilidad de esos personajes. Conseguir que el juez Garzón cierre sus
carpetas y se venga a Huelva para hablarnos de nuestra máxima actualidad es una
aventura que ni el propio juez –consideren que el jueves estaba en el Helsinki,
en la inauguración del Parlamento sueco, que ayer se vino con nosotros y que
hoy está ya en su despacho madrileño de nuevo—puede cerrar con tranquilidad, pues
en cualquier momento, causas mayores pueden dejarnos compuestos y sin novio,
como es natural. Y lo mismo que Garzón, los demás. Este otoño vamos a ocuparlo,
tras esta charla inaugural, con las intervenciones de Melchor Miralles, de Ramón
Tamames, de Cristina Alberdi y de Alfonso Ussía. Es decir, que vamos a
asomarnos al terrorismo y sus laberintos; a la aventura del periodismo de
investigación que del Gobierno abajo no excluye a nadie de su noble intención
declarada ni de su cámara oculta; al mundo de la revolución femenina, sin duda
el fenómeno más singular de la actualidad; al paisaje económico, ciertamente
inquietante que vivimos en campos de batalla prometidos y en los pudrideros de
los ejecutivos multinacionales; para cerrar seguramente con el humor de Ussía,
uno de los espíritus más inflexibles que he visto capaces de compatibilizar su
dureza crítica con esa salsa de la vida que es el humor, el buen humor, el
limpio aunque sea cortante, el que no dsitingue entre propios y extraños a la
hora de hacernos “re-flexionar” (en eso consiste el humor), inclinarnos dos
veces sobre la realidad para que no nos engañe la primera impresión.
Vamos a ver cual es la respuesta de Huelva a nuestro
esfuerzo. Un esfuerzo al que se unirán nombres como el de José Saramago,
Antonio Burgos, Manuel Vázquez Montalbán, protagonistas del imparable
desarrollo científico (en especial, biólogos genetistas), algún sociólogo, algún
teólogo y otros “testigos de influencia”, como decía Russell, de lo que está
ocurriendo a nuestro alrededor. Todo esto es necesario hacerlo en esta Huelva
nueva que evoluciona a ojos vista pero a la que le sigue faltando impulso crítico
y presencia cultural. Y nosotros estamos en ello, por ustedes, por nosotros
mismos, por todos.
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El juez
Garzón
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El Mundo-
Huelva Noticias 25/10/02 |
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La
situación de la Justicia en España no es deslumbrante que digamos. Yo suelo
repetir la ocurrencia de Jules Renard, aquello de “La Justicia es gratuita, menos
mal que no es obligatoria”. Nada nuevo en nuestra memoria colectiva cuyo adagio
dice eso tan temible de “pleitos tengas y los ganes” o “más vale un mal acuerdo
que un buen pleito”. Y hay que decir, vistas las cosas desde un elemental
enfoque sociológico, que no le falta alguna lógica al proceso que ha conducido
a esta crisis. Esa fuga controlada hacia delante que llamamos “Transición”,
tantos pactos oscuros suscritos en la catacumba partidista, los compromisos de
la corrupción y el terrorismo de Estado, la exponencial crecida de la
complejidad económica de nuestra sociedad en el último cuarto de siglo: todo
eso, entre otros factores, explica si no justifica que la Justicia haya acusado
el golpe, que esté en crisis y que necesite con urgencia un remedio.
Pero
al margen de ese cierto desprestigio de la Justicia se da la paradoja del
singular de que el prestigio de algunos jueces que, como en Italia, decidieron
un día no consentir la impunidad ni tolerar el retorno a la selva, ha crecido
sobremanera. Y entre ellos, en España, Baltasar Garzón es, sin duda posible, el
más destacado entre ellos, hasta el punto de que demuestran los fervores
colectivos que despierta en el otro extremo del balacín pasional donde se
columpian la envidia y otras cegueras.
No
tiene sentido, naturalmente, descubrir a un personaje al que todo el mundo
conoce. Diré sólo que el predicamento de Garzón en nuestra sociedad dice mucho
sobre la crisis del liderato político que esa sociedad padece y, por
descontado, sobre la debilidad de una sociedad civil que se entusiasma en
cuanto vislumbra algún resquicio por el que asomarse a la energía genuina de la
base civil de la vida. Hay una cosa en Baltasar Garzón, por otra parte, que
siempre me ha impresionado –no voy a hablar de su einsteniano manejo del tiempo
y el espacio, ni de su probado valor personal, ni de su sobriedades ya proverbiales--,
y es que ha sido capaz de conservar su identidad íntegra, de no desleírse en su
propia e inevitable leyenda, de no olvidar quien es, y mantener intacto un
entorno sentimental al que, lógicamente, se han ido agregando elementos, pero
cuyo núcleo –me consta—permanece apretado como una gavilla primordial. Este
juez que se planta en la Cámara de los Lores o en el Parlamento Sueco, que va
pedirle cuentas a los milicos de Argentina o le amarga legítimamente su impune
retiro a Pinochet, que lo mismo le da que le da lo mismo encerrar a un narco
que a cuarenta, y volverlos a encerrar si falla la mecánica procesal, ceder
ingenuamente a la tentación que le ofrece tramposamente el timón de la
regeneración nacional con tal de ganar unas elecciones quien las tenía
perdidas, o que desempolva sin que le tiemble la mano los más oscuros legajos
del terror de Estado y sus corrupciones máximas, éste juez, digo, es el mismo
que cruza hoy un continente para venir a Huelva desde Estocolmo y hablarnos de
nuestras cosas españolas, o el que halla hueco para responderle con guante de
seda a quien en un periódico local de nuestra provincia busca protagonismo metiéndose
intolerablemente con él. Y bien, ¿que tiene defectos, que desde la psicología
del personaje se pueden hacer copias distintas de frente y de perfil? ¡Y eso qué
le importa a un pueblo que ve cómo lo desvalijan desde el Poder, cómo lo
atropellan en sus derechos elementales, cómo el propio Estado –el Gobierno, o
miembros suyos—se ven mezclados en delitos atroces?
El
juez Garzón deberá confiar a la Historia que se haga justicia con su obra, ya
que de la memoria colectiva poco cabe fiar y de la imparcialidad “mediática”
casi menos. Con él, suelo repetir, se ha entregado sin reservas la Opinión pero
ha sido maltratado por los “medios”, en ocasiones por personas en las que
cuesta aceptar tal radicalismo. Lo que no quiere decir que uno esté de acuerdo
con esa obra entera, por supuesto. Es más, él tiene la grandeza de ánimo de
aceptar esas críticas –doy fe—sin alterar su talante. Pero lo peor es cuando se
le critica y yo mismo lo he hecho –mea culpa—desde enfoques psicologistas y, en
consecuencia subjetivos. Remetiré frente a todo ello, una pregunta que alguna
vez hemos formulado y que repite mucho la gente de la calle: “¿Qué sería de
este precito país si contara con dos, tres, cinco jueces Garzón? Desde luego,
ni me imagino la respuesta, pero a mí, en todo caos,me gusta más formular la
cuestión desde otra lado: “¿Sería la misma esta España que, bien que mal, se
mantiene frente a la hidra de cien cabezas, sin el ojo avizorante del juez Garzón?
Me encantaría escuchar la respuesta privada de los narcotraficantes, de los
secuestradores, de los malversadores, de los agiotistas y profesionales del
peculado que tiemblan ante este hombre apoyados, incomprensiblemente, incluso
por algunos espíritus discretos. Aunque ni que decir tiene que lo que me privaría
realmente sería escuchar la conciencia de ese personaje, seguramente múltiple,
que se esconde tras la famosa X que hace años trazó Garzón. En su día –un día
no lejano, seguro—la Historia dará por despejada esa incógnita restituyéndole
al juez lo que es del juez y pasándole a esos césares eventuales la factura que
nos deben.
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No es nuevo que un político quiera escribir. La caricatura
de Nerón es proverbial, la guasa de Petronio, también. Ante la presentación de
la “novela” de Juan Ceada se pueden adoptar diversas actitudes. Una, tomarse la
cosa a chacota, lo que, desde cierta perspectiva, vengo haciendo no sólo con su
anunciada prosa sino con sus abominables versos. Otra, no hacer ni caso, que
seguramente debe de ser la más discreta. Y una tercera, en fin, pillarla, si no
por la tremenda, al menos en serio y desde la crítica. De momento yo tengo un
título que profetizo raro: he leído esa obra días pasados, antes de su
presentación. Y desde esa legitimidad les digo, de entrada, que esa cosa gorda
y a doble espacio publicada bajo la portada de Ricardo Aramburu, es,
sencillamente, una bobada. No esto ni lo otro: una bobada como una catedral que
sólo, exclusivamente, el juego de los intereses políticos puede permitir que
salga a la luz publicada.
No se saña, es realismo. Vengo haciendo crítica literaria
desde hace un cuarto de siglo, con cierta notoriedad, pero si alguien quiere le
digo dónde. Me considero, pues, habilitado moralmente, casi profesionalmente,
para decirles que esa cosa que le han publicado a Ceada no es una novela mala
sino una tontería, un centón mal escrito, plagado de mala ortografía, débil de
sintaxis, ridículo en la trama. Que eso se presente en serio, formalmente, es
una afrenta para la Huelva moderna. Que lo firme un alcalde de la capital es un
escarnio. Que lo financien desde el Polo Químico, un abuso. Que se pretenda
presentar en las restantes siete provincias andaluzas aprovechando la larga
mano de las delegaciones de la Junta, un disparate y, si me apuran, una
auténtica malversación, de mayor o menor cuantía, ésa sería ya otra historia.
No, no es broma lo que debe oponerse a la indignante
sumisión política de una sociedad a un osado megalómano que, en su ignorancia,
carece de la mínima capacidad –de verdad que mínima—que se requiere para
comprender que esas casi quinientas páginas (ya digo que a doble espacio) son
un puro capricho de la voluntad, un juguete que se le regala al responsable de
la Administración autónoma en la provincia, que se le financia desde nuestra
industria, se le encomia y hasta se le piensa promocionar, mientras nuestros
jóvenes autores están a la intemperie más absoluta y algunos no tan jóvenes
guardan novelas en sus gavetas por falta de editora. Esa ñoña y calentorra
historieta de amor prohibido entre un concejal y una compañera revolucionaria
–¡hay que ser primo!—recorriendo un Paris de guía y visita rápida, es para mear
y no echar gota. La aventura marcopolesca a las tierras del Gran Khan, para
troncharse de risa (no sabe, por ejemplo, que los chinos lo que no pronuncia es
la ele, no la erre, como él caricaturiza en sus diálogos). Su exhibición
ideológica, a medias entre “El Motín” y
la fantasía marxistorra, puro cacao maravillao. De verdad, se entiende que le
fallara la aventura con la compi en Paris: con ese rollo no se come una rosca
ni Paul Newman. ¿No le dará vergüenza a ese estudiante de “humanidades clásicas
y filosofía en San Telmo” de haber perpetrado un engendro tan seminarista? A mí
me da igual lo que le dé, pero me molesta una barbaridad que ponga debajo de su
nombre la leyenda de Alcalde de Huelva, porque es que nos van a poner en coplas
por ahí si llegaran a leer esta “Ola del Sur”.
De novela, nada. Ni de comedia. A mí me sugerido más bien
cierta condición trágica: la de un miembro mediocre de una generación perdida
(hay muchas maneras de extraviarse, incluso en el éxito político), la de uno de
tantos insensatos como acosan a los editores, sólo que éste pone bajo su nombre
el cargo de Delegado del Gobierno que, como se ve, abre de par en par todas las
puertas, incluso las de las cajas fuertes. ¡Vaya papelón ha hecho la Huelva
oficial en ese acto! Me consuela sólo la convicción de que poca gente va a leer
esa cosa, al menos más allá de la primera página. Pero creo que es necesario
decir la verdad, plantarse ante este planetilla de aduladores y afirmar que son
unos pringaos si es que no están en nómina. Pasen, pasen y lean, verán como me
dan la razón. Quiero creerlo con firmeza porque si así no fuera es que nuestra
Huelva –tierra sobrada de escritores de verdad—está mochales perdida o ha
extraviado enteramente la vergüenza. ¡Qué pena ver que se toma en serio esta
chorrada insigne y que se le ciñe el laurel a uno que no tiene pajolera idea de
cómo poner las comas o los acentos ni, por supuesto, tiene nada que contar! Eso
sí, cabe lo de la guasa, cargarse ese folletón banal, tratar de identificar –aunque
no sé bien para qué—a los personajes del politiqueo citados bajo pseudónimo
literario, escucharlo hacer parlotear en un pésimo francés a la estrecha de su
compañera y perseguida hasta el catre, deleitarse con la toponimia parisina, y
ya al final, en plan traca, elegir un párrafo al azar para troncharse de risa.
Este por ejemplo, que pertenecería, no se lo pierdan, a un discurso en una
universidad china: “Luchadores y luchadoras chinos, (sic) un saludo de los
españoles y muy especialmente de los que hemos aprendido del pensamiento de Mao
un método para la acción política”… Seminarista, prochino, sociata al fin,
comprenderán ustedes que ese rollo no hay por donde cogerlo. No sé, la verdad,
si al final escribí esta critiquilla en
broma, en serio o como quien deja pasar ante sí el aire caprichoso. Pero ustedes
van a saber lo que es bueno si se les ocurre asomarse, aunque sea por un
momento, a este calamitoso centón de banalidades.
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aventura de leer
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La Ría
Sábado 12/10/02 |
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Alguna vez le he propuesto al Rector onubense, tan ilustre
ovidiano, el proyecto de una biblioteca onubense formada con los fondos que
muchos de nosotros en su día –dies certus an incertus quandum—pudiéramos legarla
a nuestra Universidad en evitación de que nos la venda un yerno más aficionado
al bricolage que a la lectura o una nuera ajena a esas preucupaicones. En
Huelva, como en todas partes, se sigue la tradición española de hacer y
deshacer bibliotecas generación tras generación, como la tela de Penélope, con
el resultado que pueden –podían, al menos—contarse con los dedos de la mano las
que merecería la pena conservar como patrimonio colectivo. No se trataría de
deshacerse del tesoro del viejo, sino de aportar cada caudal particular, en régimen
de fundación, en la que los herederos de los donantes podrían ser patronos
durante dos o tres generaciones, unos fondos que, de otra manera, se disiparían
sin remedio. Los historiadores de la Huelva antigua, los del XVIII, siglo
libresco por excelencia, echan de menos aquellas librerías escogidas en que
nuestros licenciados Mora, nuestros Pérez Quintero o nuestro Juan Jacobo del
Barco atesoraban y, a veces, intercambiaban entre sí. Yo mismo echo de menos la
que una mediodía me enseñó en su modesto piso don Antonio Palma, con algún
ejemplar inestimable ejemplar de “La Nobleza del Andaluzía” que no he olvidado,
o la que me mostraba don Plácido Bañuelos, o la más reservada de don Francisco
Vázquez Limón, o la que en mi misma calle, la del Puerto, me permitía ver
alguna vez Marchena Colombo, un hombre imponente y algo huraño, pero expedito a
estas confianzas literarias. ¿Dónde están, que fue de esas colecciones, en que
almonedas se habrán visto desmembradas (dicho sea sin menoscabo d ela piedad
familiar de algunos, que me consta) y vendidas tal vez a precio saldo lejos de
Huelva, como es natural?
Para enpezar leer en Huelva –años 40, 50 y hasta 60—no era
fácil. La biblioteca que dirigía precisamente Palma Chaguaceda estaba sometida
a una severa censura. Para que se hagan una idea no figuraba en ella –o no se
incluía en ficheros y menos en “préstamos”—la obra de Juan Ramón. Y ni que
decir tiene que ni rastro de la generación del 27, y fuertes recortes a la del
98. Don Antonio me citó en su casa un día para prestarme un calderón,
concretamente “La vida es sueño”, y “Vieja y nueva Política” de Ortega. Dios se
lo pague. Don Emiliano Jos, ya lo conté alguna vez, me dejó una edición de “La
Jornada de Omagüa”, que conservo. También nos proporcionaba generosamente
libros de su estupenda biblioteca don Diego Díaz Hierro, tan laborioso en
cuanto se relacionaba con la ciudad y su historia. En la biblioteca de la
Escuela Francesa --¿por qué seguir llamando Colegio Molière a una institución
con nombre propio tan acreditado--, madame Ivonne me inició en la fundamental literatura
de viajes y aventuras, empezando por Verne, y luego Stevenson, Conrad,
Melville. Una razón más para conservarle mi eterna y entrañable memoria.
Incluso me dejó --¿por qué?, vaya usted a saber—algo de Drieu de la Rochelle
que, por fortuna, no leí entonces (luego sí). Había pocos libros.
Los pocos amigos interesados teníamos cita y parada forzosa
en la librería de Ribari, con aquel fondo de almacén en el que yo encontré
cosas muy adelantadas y sospecho que deliberadas, como deliberada era la
generosidad que hacía la vista gorda con los mangazos que vez en cuando le metíamos
al negocio. Digamos que Ribari era el punto obligado de novedad editorial que
había en Huelva (luego creo recordar que se llamó Pastoriza y que también
estuvo gestionada con liberalidad notable), y no resistía la competencia del
estratégico escaparate de El Diario de Huelva, tras cuya vidriera mayor, reservada
al belenismo más tempranero en Diciembre, nos dejábamos seducir el resto del
año por aquella bobliografía ecléctica, más bien “mass cult”, ya saben, a base
de Emil Ludwing, Stephan Zweig y los patrióticos azorines de última hora. Más
seria me parecía a mí la exposición de la imprenta Mojarro, la que a la entrada
de la calle Marina, nos deslumbraba con sus inasequibles estilográficas y una
cuidada oferta de lecturas que siempre me hizo sospechar una mano experta detrás
del mostrador.
El resto era desierto, como decía Bowles, y sin ánimo de
comparar. Yo sé que mi padre intercambiaba libros con cierto secretismo con el cónsul de Portugal que había
entonces, y en ocasiones tuve en mi mano por primera vez unos versos de Leopardi,
propiedad de aquel cónsul de Italia, comandante de la flojísima armada mussoliniana
pero que con porte tan gallardo como altivo recorría la antigua plaza de las
Monjas arriba y abajo, seguido a dos pasos por una mujer menuda, también
lectora impenitente, que era su secretaria y, según la mojarra onubense, la
fiel amante que lo siguió a aquel destierro dorado (creo recordar que vivían en
el Hotel Victoria). A esas lecturas debí un pasajero despiste sobre lo que había
sido la Guerra aún llamada Mundial, amén de bárbaras versiones del “affaire Dreyffus”
y las andanzas de Vichy y la “Francia Libre”.
Los más jóvenes rompimos pronto ese círculo de tiza (o de
hierro) haciéndonos con los versos del 27, los ensayos del 98 y hasta alguna
audaz obrilla ya abiertamente “roja”, que era como entonces se le llamaba a cualquier cosa que no fuera abiertamente
integrada o luciera el “nihil obstat”. Vaya como compensación con la bazofia
que nos daban, seguro que con ingenua intención, ciertas manos católicas. Aún
recuerdo las miserias de Tihamer Thot, que creo que era un obispo húngaro
lanzado por la propaganda paccelista en los años de postguerra y que hizo de la
castidad blindada un fastuoso negocio y, como es natural, también una fuente
procelosa de neorosis. El cambio del lectorado que se produjo en Huelva a principio
de los 60 fue radical, en este sentido. Entonces entraron embarulladamente los
viejso que faltaban y las novedades recién salidas, y pudimos leer sin
problemas a Jovellanos (censurado antes, palabra) lo mismo que a Sartre o a
Camus, que los estudiantes traíamos en el equipaje cada vacación. No se olvide
que en Huelva, solo veinte años antes, se había quemado en público auto de fe
celebrado la Plaza 12 de Octubre, la obra de Juan Ramón. Ni que desde el
Instituto al último rincón (excepciones aparte: ya hable de Palma, por ejemplo)
una legión de arcángeles flamígeros vigilaba el Paraíso adocenado que recorría
una y otra vez la calle Concepción y tomaba el aperitivo en el Onuba o en el
Pelayo, quizá en Las Palmeras. Manolo Sánchez Tello me habló, antes incluso, de
Luis Cernuda y de los sonetos juanramonianos, cierto; Alberto Vázquez me dejó
una edicioncilla de “La Catorce” la novelilla del doctor Pedro Mata que, con
otras, algunas mujeres marginadas vendían durante el recreo por la tapia del “Francés”;
el biológo José Luis Díez me descubrió tempranamente a Huxley y me ayudaba a
leer a Marañón y a Unamuno; el notario Diego Romero nos trajo a Hernández –a quien
incluso defendió y a quién biografió—mucho antes de la moda; Vázquez Limón me
prestó cosas del doctor Hernando y me ayudó a entender con paciencia aspectos
complejos de Ramón y Cajal; mi padre me dio, unos Reyes, el Quijote, no digo más.
Pero no puedo olvidar al activista mayor del alfoz, el doctor Ernesto Feria Jaldón,
lector maniático (porque eso no cabía ya ni en terquedad) con quien, ya
libremente y desde muy pronto, intercambié los grandes libros que en aquel
decisivo periodo estaban cambiando la cultura euroepa, y que él conocía al
dedillo ¿Se hacen cargo de la eventualidad de la oferta? Insistiré al Rector en
mi idea de conservar para Huelva las bibliotecas de Huelva (Víctor Márquez ya
ha dado la suya para su Villanueva de los Castillejos natal). Pero eso no
basta. Sería menester ese gesto solidario que, sin desposeer a nuestros
descendientes de un bien cierto, conseguiría un beneficio colectivo de
incalculable valor para cualquier institución, pero más si me apuran para una
universidad joven. El propio Verger daría gustoso sus Ovidios y Catulos, quién
sabe. Uno de los mecanismos de que se vale la inercia histórica es ese de la
volatilización de las bibliotecas, que al fin y al cabo, no son sino el depósito
del saber de cada época. Imagínense que, sólo en una generación, juntáramos
para la Onubense un fondo que abarcara desde nuestra historia y costumbres,
hasta la filosofía o la Ciencia en general, pasando por el Derecho, la religión
o la literatura. Una vez vi cargar un camión con los libros de quien había sido
gran lector y amigo, además de gran onubense. No olvidaré que la matrícula era
de Tarragona. Pero andando el tiempo encontré ejemplares de mi pobre amigo en
la cuesto de Moyano de Madrid, Llevaban un ex_libris con un lema que tampoco se
me olvidó, “Omnia mea mecum porto”, más o menos, lo llevo todo conmigo. Pensé y
sigo pensando que la vida se burló de él hasta en esa última, ingenua,
voluntad.
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