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| La España probable |
Viernes 11 de Noviembre de 2005 El Mundo |
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| En el descoyuntado debate sobre eso que se llama el “modelo territorial”, que estamos soportando esta temporada, hemos oído, junto a improvisadas mistificaciones y algunas payasadas, no pocos conceptos alarmantes. El último, que reclamaría esas dos calificaciones, es la idea lanzada por el presidente Maragall de que España –el estado-nación más viejo viejo mundo-- es una realidad política constituida “por tres naciones seguras y alguna probable”. Es verdad que tan colosal disparate no abre, precisamente, un festival del absurdo en el que ya hemos vivido una falsificación de la razón histórica tan desenfrenada que la sorpresa resulta poco probable. ¿Acaso no hemos escuchado al Consejo de Europa argumentar a favor de la “inmersión lingüística” catalana haciendo suya la peregrina apropiación nacionalista de la Corona de Aragón? Alguien subrayaba hace poco la inconsecuencia que subyace bajo un conflicto como el desatado en torno a aquella guerra lingüística, recordando que, en sus mil años de existencia, el español no había sido cuestionado con beligerancia hasta la República y tras la muerte de Franco. Pero mirar desde estas perspectivas el conflicto que padece España como consecuencia del chantaje nacionalista quizá no resulte del todo apropiado, porque tanto ahora como en la circunstancia republicana, cuando se cuestionan obviedades tales como la identidad o el derecho a usar la lengua vernácula, lo que en realidad se busca es quebrar el hecho histórico innegable de la realidad de España, sustituyendo artificialmente el modelo territorial consagrado por el tiempo. Un enorme equívoco ha servido bien --bajo la Dictadura, en la Transición y ya en la Democracia-- los intereses del secesionismo pleno o relativo, y es éste: que la defensa, incluso la tesis, de la realidad histórica de España, como diría don Américo Castro, no es más que un reflejo conservador y, en su caso, fascista, mientras que su cuestionamiento o el reclamo abierto de su quiebra sería lo propio de la mentalidad de progreso. Diría incluso, si se me permite el ejercicio proudhoniano, que la miseria de la propia alternativa nacionalista –“tres naciones seguras y una probable”, imagínense-- revela sin remedio, desde una perspectiva crítica, cuánto tiene ella misma de “alternativa de la miseria”. Pero no perdamos más tiempo, si es posible; limitémonos a postular esta otra evidencia: que so capa de una legítima reforma estatutaria lo que anda buscando, desde que llegó el nuevo Gobierno, es romper el decisivo pacto nacional –en mi opinión no poco fortuito y, por eso, afortunado—que, entre el miedo y la razón, lograron muñir a la salida del túnel. Podemos perdernos en los meandros del laberinto pero la realidad es tan sencilla como que esta crisis nacional se debe a la debilidad del Gobierno que busca conseguir con sus concesiones al ultranacionalismo dos objetivos clave: mantenerse él mismo en el Poder y constituir una mayoría estable –al estilo de la intentada por el “arquitecto de Bush”, aunque bajo otro zodiaco simbólico—a costa de la destrucción, a ser posible definitiva, de la oposición conservadora. Habrá pocos personajes que puedan escapar de ese Minotauro sin necesidad siquiera del hilo de Ariadna, pero entre ellos está, sin duda posible, Jaime Mayor Oreja, aquel ministro que en las encuestas “cualitativas” polarizaba simpatías de todos los azimuts políticos bajo la sugestión del “hombre tranquilo”, y frente al que, como inevitable consecuencia, se levantó con premeditación y alevosía una leyenda negra que pretendía entronizarlo como ideólogo del “frentismo” contra la locura disgregadora. Ya resulta extravagante que en un país se tilde despectivamente una actitud política con el dictado de “constitucionalista” pero eso es lo que aquí hubo de soportar –y no sólo por parte de los ultranacionalistas, que es lo peor—este personaje que logró salir intacto de los sondeos de opinión aunque no sobreviviera íntegramente al disparate político. Quien hoy nos va a hablar fue acaso el responsable de seguridad más fiable que los españoles han tenido en democracia y él fue también quien consiguió para ese “frente constitucionalista”, por la banda que le correspondía, los mejores resultados jamás obtenidos frente al designio antihistórico de la histeria nacionalista, en una elección vasca. Ahí terminó la aventura, sin embargo, al menos para quienes mirábamos al futuro confiados, a través de esa atrevida lente suya que hacía converger las energías generales, como un espejo ustorio, en el interés colectivo que hace tiempo que unos pocos tratan de destruir. Mayor Oreja conoce como nadie ese mundo, maneja como pocos sus razones, traspasa su deplorable mitomanía, desmonta sus trucos y, en definitiva, tal vez sea el mejor activo de que disponga la esperanza superviviente que aún vislumbra la posibilidad de que este mal sueño no sea sino una pesadilla pasajera. Se habla estos días sin reposo de Azaña, de Ortega, ¡hasta de Azorín!, unos en busca de razones para calmar el seísmo, en procura de argumentos para reactivarlo, otros. Está bien, por eso mismo, que un testigo de excepción nos descifre la crónica de esa guerra sucia, y mejor aún que quien forma parte de esa Historia nos muestre por dentro el detalle de esa hegeliana “razón del tiempo”. No hay modo de separar Historia y Política, por supuesto, bien lo sabemos desde Herodoto. Cuando se está pervirtiendo en las escuelas, a la sombra del propio Poder, esa historia y esas razones, viene a ser incluso imprescindible, por eso mismo, el intento de separarlas con respetuosa verdad. No estamos donde estamos por azar, ni siquiera porque ZP no pueda ser presidente sin el rodrigón de los adversarios de esa Historia. Hemos llegado a este punto, en buena medida, por haber descuidado la ruta, por no advertir con atención las vueltas y revueltas por las ha campado a sus anchas el río que nos lleva. Deduzco por el título de esta “Charla” que nuestro excepcional invitado habrá de iluminarnos en lo posible los recovecos del dédalo. El conocimiento es el requisito inevitable de la solución. Pero en último término es también el combustible que ha de suministrar la energía moral a todo combatiente. Porque estamos en una lucha, en una guerra desarmada pero fatal en la que se juega, efectivamente, la identidad de todos. No la imaginaria surgida de la leyenda sino la certificada por el tiempo. Justo la que pretenden arrebatarnos, disfrazados de libertadores, esos monterillas míticos que Mayor conoce como nadie. |
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| La conquista de la tele |
Viernes 29 de Abril de 2005 El Mundo |
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Hay al menos un punto en que los sociólogos de la comunicación –y los del conocimiento en general—, desde Mac Donnald o Bell a Bourdieu y Vidal Beneyto, están hoy plenamente de acuerdo: la relación entre el Poder y los “mass media” es un rasgo característico de la ‘sociedad medial’, un rasgo de cuyo perfil depende la índole del montaje político y, en consecuencia, la virtualidad del propio sistema de libertades. La irrupción de la comunicación audiovisual ha trastornado sin remedio la conciencia pública tradicional evidenciando que el control social efectivo, el auténtico poder de influencia que pone la Libertad en manos del Poder, no reside ya en las instituciones y sus instrumentos de influenciación sino en el imperio de unos “medios” cuya creciente acuidad está aumentando exponencialmente su capacidad persuasiva. Los viejos políticos, las fuerza antiguas, disponían todo lo más de un periódico, vehículo “doméstico” en el sentido de que circulaba sólo entre los propios convencidos y también de que había de ejercer su persuasión sin otro recurso que su capacidad dialéctica. En la sociedad medial, en el planeta inmerso fatalmente en el mensaje, en un modo de convivencia sometido voluntariamente a la comunión racional pero también subliminal con el Poder, hace tiempo que sabemos que la famosa “integración” de que hablaban los funciolistas no es, en altísima medida, más que el efecto de la tiranía doméstica de los medios audiovisuales. Una sociedad que confiesa ver la tele más de cuatro horas diarias, una infancia perdida y una adolescencia desnortada que miran al receptor hipnotizadas como el pájaro a la serpiente, se someten a la dictadura que el mercado ejerce sobre ellas a través de esa potencia desconocida en épocas menos dotadas, seguramente, pero también menos sometidas. La experiencia demuestra, por lo demás, un poco en todas las democracias –y por descontado en las dictaduras—que la inevitable tentación absolutista del Poder conduce inexorablemente a la búsqueda del monopolio mediático. Goebbels fue quizá un precursor diligente pero no podía ni imaginar el concurso que a su implacable proyecto de control social (es decir, político) habría de prestar la alianza más o menos discreta entre el Poder y un negocio que, como es lógico, persigue, apoyado en aquel y como contraprestación por sus imprescindibles servicios, nada menos que el monopolio de la comunicación. Miren a nuestro alrededor y vean lo que está ocurriendo en esta España que ha recorrido ya un largo trecho entre el primer y discutido reparto de emisoras de FM y la reciente orgía de las televisiones locales, claramente vinculadas a partidos o grupos de presión cuando no a imaginarios “emprendedores” que hacen de intermediarios en un negocio bajo el que subyace otro de mucho más calado: el del secuestro efectivo de la conciencia pública. Desde el “palancazo” –aquella gratuita concesión de la primera licencia de TV privada o “de pago”-- hasta el desconcierto en que el actual Gobierno ha sumido al país tras prometer el arreglo de la tele pública y la reordenación del espacio audiovisual a través de la revolución digital, han ocurrido tantas cosas que no será necesario subrayar ni las dudosas causas ni los perniciosos efectos. Y no se olvide que en medio de esta historia han campeado los nuevos conservadores, críticos tan feroces de los manejos socialdemócratas como pasivos cómplices de aquellos, durante ocho años, con una extravagante política de comunicación cuyas causas y razones, el propio Rajoy, vicepresidente durante esa etapa crucial, reconocía en esta misma tribuna, desconocer. Carlotti –el gran ejecutivo que hoy nos acompaña—ha explicado con claridad al Senado que la concesión de nuevas licencias de emisoras analógicas en pleno proyecto de conversión digital y más a quien monopoliza la televisión de pago, no sólo no favorece sino que impide de modo decisivo el pluralismo que todos predican y ninguno respeta cuando le llega el turno. Pero el Gobierno no es en este terreno, justo por las razones que venimos enunciando, lo libre que puede creer el ciudadano ingenuo. Al contrario: ahí está la decisión de ZP, adoptada por sorpresa y sin diálogo alguno a finales del 2004, de reformar la normativa que afecta a la televisión, para probarlo. Poco pudo su compromiso expreso de no realizar iniciativa alguna en materia audiovisual antes de arreglar decorosamente la mediocre y prohibitiva tele pública. Sus ministros y él mismo no ocultan su intención de conceder licencia al actual monopolio ‘de pago’ para que, sin aguardar a la revolución digital, pueda emitir “en abierto”. Y no hace más que un par de días un ministro de Franco resellado por la Democracia exigía en público ese trato privilegiado para su patrón que no era otro que el que domina a placer esa TV de pago. Y es que la Democracia es ya, tal vez sin remedio, rehén del Poder --¡a ver qué van a contarnos sobre el particular en Andalucía!—y sus manijeros saben que han de contar con una clientela de ‘medios’ adictos para conseguir el control social que comienza en la sugestión electoralista y remata en el control arbitrario del gusto, de las costumbres, de la opinión y la conciencia, en suma. Ningún Poder quiere pluralismo y ninguno lo apoya si puede evitarlo. La aventura de Berlusconi –que Carlotti, este utopista de vuelta del “paraíso feliz”, conoce como pocos—lo demuestra e ilustra. La que vivimos en España también. Y la que se avecina, mucho me temo que más aún. La reordenación del espacio audiovisual no es un problema que concierna a la tecnología sino a la política. A ZP se lo han explicado así y todo indica que lo ha entendido divinamente. |
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El filósofo Fernando Savater es gran aficionado a las carreras de caballos. Quizá por eso se presentó a la sexta Charla de El Mundo”, celebrada en el auditorio del Hotel Macarena, con su corbata del derby, caballos playeros sobre un fondo rosa de atardeceres sanluqueños, para hablarle a una muchedumbre visiblemente conectada por su excepcional empatía sobre un tema de grave actualidad: las relaciones entre educación y democracia. Se nota cuando el público es predominantemente joven, cuando hay en él un fuerte contingente de “connaiseurs” (en este caso, de enseñantes de todos los niveles) y, en especial, cuando quien va a hablar cuenta de antemano con la confianza y cercanía del auditorio. Y el lunes se notó todo eso. Sostiene Savater tesis nada complacientes sobre la decadencia de la pedagogía, es decir, contra el irresponsable fracaso de los poderes públicos, pero también de las instancias privadas, tan decisivas como la propia familia y, más en general, de eso que se llama “comunidad educativa”. ¿Una enseñanza amable, una ilustración lúdica? Frente a ese tópico tenazmente sostenido por tantos falsos profetas, Savater defiende, sobre las huellas de Aristóteles, que la educación es la primera experiencia de gobierno, que su papel “socializador” sólo cobra sentido en democracia –un sistema complejo cuyas reglas han de ser aprendidas—mientras que resulta inútil bajo la tiranía y que, en definitiva, por eso mismo y por la alta consideración que en el sistema de libertades se concede al individuo, “toda educación es educación de príncipes”. Siempre sobre filo atrayente de la paradoja, el filósofo va desgranando su filípica ante un público visiblemente cómplice. El ciudadano ideal debe “participar” más que “pertenecer”, debe afirmarse con su propia aportación más que abullonarse en lo que Niestzche llamaba el “calor de establo”: una pedagogía razonable no debe tender a reforzar la “pertenencia” sino a “preparar para lo desconocido”, a iniciar al “mystes” que es todo educando en los arcanos racionales de la convivencia. Y claro está –a estas alturas, la parroquia profesoral vibraba ya como un campanón bien templado--, la educación ha de ser inevitablemente coactiva, sin rastro de guiños al neófito, subida en la convicción de que no hay conocimiento sin esfuerzo ni varas mágicas para insuflar saberes en el patio del recreo. Toda educación frustra, dijo Savater, ya sin asomo de ironía, tensando el arco certero de su insobornable sinceridad: frustra para potenciar libertades mayores, pero frustra, y volvió a evocar al Estagirita: “todos hemos sido frustrados”. La verdad es que a la dudosa sombra del nuevo proyecto de ley educativa, la palabra de Savater resonaba como un trallazo. Se equivoca el maestro complaciente, falla la familia clueca en su afán por preservar al aprendiz de su fatal necesidad de aprender. ¿”Enseñar deleitando”?, como decían los ‘ilustrados’? Bueno, eso son palabras, miel sobre hojuelas, pero la realidad es otra bien distinta. La educación es tarea y derecho de todos –no sólo de los padres, ni del Poder-- porque a todos concierne el éxito del aprendizaje o su fracaso. Pero a esas alturas, el público –el del lunes fue auténtico y amable gentío—estaba ya entregado al filósofo, pendiente de su gesto persuasivo, embriagado con el vino sutil de su ironía. Lord Keynes, Woody Allen, John K. Galbraith, Nietszche, Aristóteles, juntos pero no revueltos, ilustraban la sabia charla del filósofo que en la corbata, sobre el arrebol sanluqueño como tomado de un atardecer de Turner, lucía repetidas las siluetas de sus caballos playeros. La gente estaba encantada. Y entre ella, “los que tiene que enseñar” mostraban su satisfacción terciada de amargura. |
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En España hay no poca gente que puede decir con verdad que padeció la sorda guerra contra la dictadura de Franco. También la hay que la está padeciendo ahora en alguno de nuestros frentes abiertos, pero sobre todo en el que aflige al País Vasco. Hay mucha menos, sin embargo, que haya estado en las dos contiendas, es decir, que haya debido continuar en esta otra lucha en democracia tras haber sufrido su dura pelea bajo la tiranía. Y uno de esos españoles es Fernando Savater, personalidad indomable, a quien desde que lo descubriéramos estupefactos en aquel breve “Nihilismo y acción” no hemos dejado de admirar muchos de nosotros en su continuo testimonio de entereza moral y en su progreso intelectual. Es posible que el encanto de Savater deba bastante al hecho de su espléndida imaginación literaria en un país en el que, a mi entender, no sobran hace tiempo los buenos escritores. La elegancia de su prosa, la contundencia de su estilo, su capacidad sofística (en el buen sentido, que es el suyo), lo colocaron hace mucho en cabeza de una generación que no ha necesitado, como las nuevas, descubrir jugándose la vida al Savater valeroso que nos ha proporcionado a los españoles tan alto ejemplo de entereza al tiempo que nos descubría amplias perspectivas intelectuales. Pero lo que posiblemente constituye la más admirable paradoja de este personaje excepcional es la rara manera con que ha sido capaz de mantenerse tantos años en lucha abierta contra esto y aquello separando radicalmente la actitud ética del compromiso político, o no sé si decir que uniéndolos en una fórmula magistral con la que ha desconcertado a mucha gente, en especial en el ámbito académico y en esa zona pantanosa donde se mueve el propósito político. Cierto que un ironista como él se complace en confundir al tiempo que aviva la lámpara para iluminar, y más cierto todavía que su propuesta entre nihilista y epicúrea –todo eso de la “ética de la buena vida” y el elogio del “amor propio”—debe resultar más cautivadora que convincente en este país de cabreros, que es como lo veía hace años Gil de Biedma, y lo seguimos viendo acaso hoy en no pocas ocasiones. De lo que no tengo ninguna duda es de que los admiradores de Fernando Savater, esa legión de todas las edades que lee lo mismo sus reflexiones sobre los cuentos de nuestra infancia que sus revisiones sobre Niestzche, saben apreciar lo que vale ese compromiso moral supremo que hay bajo la apariencia de jovialidad que es uno de sus encantos más irresistibles. Todos estos años venimos viendo a este hombre que hoy está con nosotros, enfrentado con serenidad y valor a la amenaza de esos matones absolutamente incapaces de comprender la intensísima relación sentimental de Savater con Euskadi y ni por asomo capaces de apreciar el sentido de su postura pacífica y de su propuesta integradora. Pero eso, que tanto nos preocupa y asusta a los demás, a él no parece hacerle tanta mella como la barbarie misma ni preocuparle tanto como el previsible efecto de la locura terrorista sobre nuestra vida colectiva. Novedad para las nuevas generaciones, no lo es, desde luego, para los que ya lo vimos mantenerse erguido frente al viejo terror, sin permitirse siquiera la licencia de la ociosidad intelectual que tantos otros han reclamado a cambio del riesgo. Estos mismos días hemos podido leer una sugerente novela suya, como hace poco la teníamos de repasar, recogidos como libro, los artículos brillantes que Fernando ha escrito entre concentración y concentración, viviendo en auténtica libertad vigilada, como ajeno al vocerío caníbal, enteramente sordo a las amenazas e indiferente frente a las insidias, que no han faltado. Se pueden contar con los dedos de una mano los españoles como Savater, y sobrarían dedos, por supuesto, si lo que intentáramos contar fueran intelectuales españoles de semejante estatura ética. Por eso nos interesa tanto escuchar su lección sobre educación y democracia. Y por eso también le agradecemos, junto a su esfuerzo por estar hoy con nosotros en Sevilla, el alto ejemplo ético que implica su coraje y su valor para pensar libremente en cualquier situación.
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Discuten en Francia por una publicidad basada en el cuerpo masculino que algunos ciudadanos y la ministra de la Paridad (no se pierdan el solecismo organigrámico), consideran inadecuada. Ante la imagen de un varón pisado por un tacón femenino se ha clamado por el “respeto a la persona humana”. Frente a un hombre con unas braguitas en la nariz, el organismo controlador de la publicidad ha manifestado no estar dispuesto a someterse a los dictados del “porno chic”. Y en fin, unos calzoncillos con encajes bajo el sugerente lema “enrojecer de placer”, han disparado todas las alarmas. Llevamos siglos halando del cuerpo de acá para allá, tapando con “braghetoni” los cuerpos celestes de la Sixtina, temiendo que el mero y mixto imperio de la carne haga que se venga abajo nuestro planeta moral. Un sabio como Ruskin hubo de inventarse a mediados del XIX una hoguera inquisitorial para salvar los dibujos eróticos de Turner, nefandos para los victorianos. Pero no siempre hubo tanta suerte. La criminalización del cuerpo constituye una de las más señeras hipocresías de la Humanidad pero la verdad es que, desde la Edad Media para acá, nadie ha podido con él. Estos mismos días se ha visto en Internet un estudio del Congreso americano en el que se afirma que “tocar los genitales de una persona provoca embarazo” (sic) o que “el sexo fuera del matrimonio produce cáncer” (sic también), al margen de establecer la doctrina de que, al menos en la América de Bush, si un padre entrega su hija a un hombre es para que la proteja de por vida y desde el presupuesto de que la entregada habrá de ser vitaliciamente fiel a su protector. El cuerpo es un peligro. En eso coinciden todos, sin problemas, desde Pablo de Tarso a Bush. xxxxx Nuestro humanismo se orienta al cuerpo mucho más que al alma y más al varón que a la hembra. Siempre será mucho más fuerte la reacción cívica y la política frente a la injuria racista que contra la explotación. La exhibición del cuerpo hace indefectiblemente más ruido que el abuso que el retratado pueda estar soportando en sus carnes. A Bush, mismamente, le quita el sueño que sus yanquis anden tocándose los genitales pero duerme a pierna suelta después del bombardeo, porque el cuerpo que cuenta moralmente es el cuerpo ‘quiescente’ --como explicó Laín y mostró Rembrandt-- y no el vivo que tiene derechos y obligaciones. Con motivo de la exposición “Picasso erótico” que montaron en ‘L’Orangerie’ algún crítico habló de la obsesión sexual de Picasso. No he escuchado a ninguno, sin embargo, referirse a la de Bush o a la de esos congresistas a los que preocupa más un revolcón en el auto que una sesión de picana en Guantánamo. Proust llegó a la conclusión de que el cuerpo suponía una grave amenaza para el espíritu. Y aquí casi nadie se libra de esa tiranía ideológica. Si el maestro llega a ver ese cuerpo glorioso con una braguita en la nariz o unos gayumbos bordados, seguro que tira de veneno y acaba como su Bovary.
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El bizarro debate celebrado en el Congreso en torno a ese proyecto ilegal de secesión que se conoce como “Plan Ibarretxe” ha dejado al país más confundido que otra cosa. Se ha conseguido con él prestarle al disparate una suerte de legitimidad mostrenca reforzada por la idea –sostenida por el propio Presidente del Gobierno y rubricada por el desafió del lehendakari—de que con la discusión parlamentaria no acaban las cosas sino que, en todo caso, comienzan. La frase que Churchill pronunció creo que fue cuando se ganó el Alamein se viene a la cabeza: “Esto no es el final, ni siquiera es el principio del final; pero bien pudiera ser el fin del principio”. Y ello quiere decir, ni más ni menos, que el principio del fin de la era democrática felizmente consensuada a la salida de la dictadura, en nuestro caso, pero quizá también el punto de inflexión de esa afortunada democracia o el arranque del ocaso de una insólita etapa de paz española que no cumple ya el cuarto de siglo. Hay cuestiones políticas de tanto calado que producen el peregrino efecto de unir a los contrarios. El designio de romper eso que se ha llamado “el ámbito de convivencia constitucional”, es decir, la realidad histórica de España y su libre organización política, ha conseguido, en efecto, o lo parecía al menos hasta el martes, el acuerdo estupendo entre la Derecha y la Izquierda, dispuestas ambas a rechazar finalmente la propuesta de ruptura. Pero no confundamos los conceptos. El secesionismo, travestido de lo que fuere, es en España una tradición derechista que va desde el integrismo carlistón a ERC pasando por el PNV, esa derecha cerrada y clerical de la que Prieto esperaba que convirtiera al País Vasco nada menos que un “Gibraltar vaticano”. Ahora bien, también ha funcionado como un confuso ideal de la Izquierda, un ideal que tiene raíces profundas en el sueño libertario, fourierista y pimargalliano del país federal, y que hoy profesa, cierto que muy probablemente por puro oportunismo, un PSC que acaba de legalizar su autonomía respecto del PSOE, pero que ha conseguido ya de éste el compromiso de aceptar su “vía diferente” a la insolidaridad y al separatismo de hecho bajo la desconcertante fórmula de la “asimetria” . Claro que igual que existe una derecha cerril, “españolista” en exclusiva, hay una Izquierda que disiente de estos proyectos suicidas y peligrosas aventuras. He de extremar la cortesía con Rosa Díez, pero no creo que tenga que callar por ello –acaso todo lo contrario—la evidencia de que dentro del PSOE hay voces más o menos sofocadas (y yo he escuchado, claro y distinto, el acento valeroso de la suya) que claman contra el maximalismo de unas minorías absolutamente indiferentes a las consecuencias suicidas de su proyecto. Vamos a escuchar hoy con el máximo respeto a Rosa Díez, pero las cosas están como están –y más desde el martes-- en el marco de esta tautología política que se mueve ideológicamente sobre el pérfido e injustificado equívoco de que el nacionalismo regionalista es cosa del “progreso” mientras que la mera y discreta conciencia de la unidad histórica y democrática sería seña cierta de “reacción”. El Mito sobre la Razón, las racionalizaciones más infundadas por encima del sentido de lo real, Sabino Arana sobre Unamuno, Baroja, don Julio Caro o Jon Juaristi: ésa es la palestra en la que debe disputarse esta liza sin sentido. Y sin embargo, ahí están las dudas del Gobierno (frente a cierta contundencia de su partido, al menos en el debate de marras), ahí queda abierto el postigo a la voracidad insolidaria para que tome sin resistencia la plaza fuerte que es aún el sentir de la inmensa mayoría. Se ha puesto en almoneda el reciente “pacto por arriba”, se ha emborronado la foto de los dos grandes partidos –esto es, de la inmensa mayoría-- flanqueando significativamente al Jefe del Estado. Pero no puede dudarse de que hay, tanto en la Izquierda como en la Derecha, cabales que lamentan el disparate y trabajan por evitar que se consume, lo que nos obliga a todos a extremar no sólo nuestro reconocimiento a la nobleza de su gesto, sino nuestro apoyo incondicional, que van a necesitarlo. Las “Charlas de El Mundo” cierran hoy este diálogo a dos voces sobre esa gran amenaza que Rajoy calificó en ellas de “desafío” y en la que Rosa Díez ve sencillamente “una traición”. Pero entre ambas voces hemos oído hablar en el Congreso de procesos de futuro, de diálogos pendientes, como hemos tenido que escuchar proclamas independentistas o tibias propuestas de maduración, que han venido a sumarse a la generalizada inquietud española que deriva del pacto público y notorio de que el Gobierno mantiene consigo mismo en Cataluña un compromiso de “asimetría” entre los españoles, del que depende nada menos que su estabilidad y su permanencia en el Poder. Vamos a dejar que un personaje de tan significado perfil socialista como Rosa Díez se exprese libremente. Lo que no es poco, tal como van estando ya las cosas en España, dentro y fuera de los partidos.
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No le habrá pasado desapercibido, señor Presidente, la entidad de la sede en que nos encontramos. La Casa de Pilatos, nexo entre dos estilos y dos mundos, punto de encuentro entre la voluptuosidad oriental del mudéjar y la exigencia racional del orden renacentista, constituye un ámbito de privilegio en este confuso momento que vivimos, pero su significado, como solariega de la Casa de Medinaceli, cuya Fundación Ducal nos acoge, mucho podría aportar, ciertamente, a las discusiones de hogaño. Para empezar ahí está el propio Presidente de la Fundación, el duque de Segorbe, que acaso convenga recordar que es también conde de Ampurias –es decir, titular de una de las Casas claves en la Marca Hispánica carolingia-- y, curiosa coincidencia, señor Presidente, que a usted ha de sonarle familiar, también conde de Rivadavia. Seguro que un pontevedrés del lugar de Rendo, como usted, conoce bien ese “Versalles gallego”, propiedad de esta Casa y Fundación, que es el Paço de Oca, aunque quizá no recuerde tanto que en esta Casa está el marquesado de Camarasa, lejano por su origen es verdad, como aragonés, pero a la postre, florón de viejas casas galaicas entre las más distinguidas históricamente. Y menos probable aún será que se recuerde, a estas castigadas alturas, que la actual titular del ducado de Medinaceli, la madre de Segorbe, es el último eslabón, por el momento, de la rama mayor de Borgoña-Palatinado, uno de los cuatro caudales aristocráticos que constituyeron lo que ha dado en llamarse “Monarquía Hispánica” del Emperador Carlos. En fin, justo es recordarle a los aventureros del “regionalismo histórico”, con perdón, que esa misma Dama es hoy, por la Casa de Idiáquez Butrón- Múgica, la “pariente Mayor” entre los doce antiguos linajes existentes en el Señorío de Vizcaya. Ya ven, Sr. Presidente, queridos amigos, qué gran paradoja, y cómo el marco que tenemos la suerte de disfrutar no resulta, en esta ocasión, ni indiferente ni casual. Y por supuesto, que el “problema de España”, como decían los del 98, no es tan elemental como quieren esos improvisadores ni tan favorable a sus ambiciosas tesis derribistas.
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Nuestra preocupación por mantener este foro cercano a la inquietud de la opinión nos sugirió desde el principio atender con atención al problema que, seguramente, sobrevuela hoy entre nosotros la conciencia colectiva. Hay una grave discusión en esta hora española, tan grave que versa precisamente sobre la propia entidad histórica de nuestra vida, y en un plano muy subordinado pero, por desgracia, más llamativo, sobre la entidad política en que nuestra convivencia se viene expresando hace siglos. Lo diré por derecho y sin ambages: los demócratas de esta nueva era venimos padeciendo un absurdo complejo frente al concepto de España, como han dicho siempre nuestros historiadores, que tiene una doble mala razón que es herencia de la dictadura y que se resume en que si para la Izquierda, la reivindicación de España o el sentimiento patriota aparece desteñido en su genuino color sentimental por al chafarrinón franquista; para la Derecha, una sugestión simétrica convierte ese elemental derecho cívico en sospechoso de franquismo. Es cierto que algún líder de la Izquierda ha podido proclamar alguna vez, desde la portada de una revista, el grotesco lema que reza “Para patriota, yo”, y que por la acera de enfrente otros provocadores paseaban en la correa del reloj la enseña nacional. Y es obvio que de ese duelo goyesco deriva el doble complejo que ha hecho de esta nación tres veces milenaria una suerte de país amilanado por la paradoja que convierte el sentimiento más primario de un ser humano en un laberinto fatal. El otro día, sin embargo, un apretón de manos primero y una foto después parece que han supuesto un decisivo vuelco en una situación que, desde luego, había superado la ridiculez sobradamente. Los líderes de los dos grandes partidos nacionales (es decir la inmensa mayoría del país) flanqueando al Jefe del Estado: quizá los aprendices de brujo no habían contado con la eficacia de una imagen semejante, pero todo indica que, salvo que se consienta una nueva debacle moral y política, ese separatismo minoritario que ha cuestionado nuestra convivencia hasta meterle en un puño el alma a los españoles, se ha dado de bruces contra la que un vasco insigne, es decir, un gran español, Blas de Otero, llamaba ‘la inmensa mayoría’. Al propiciar este debate a dos voces en las “Charlas de El Mundo” no pretendemos más que acercar a la opinión las razones, habitualmente, reservadas, de la política. Y lo hacemos porque nos consta, como a cualquiera, que este debate político se ha pervertido aviesamente en un falso debate histórico hasta extremos tan críticos que hemos debido oír por ahí la descerebrada invitación a que “el resto de la Península” busque un nombre apropiado, ya que Cataluña y Euskadi lo tienen de herencia, y porque –siempre desde la idea truhanesca de que la reiteración del absurdo acaba convirtiendo en certeza la falsedad—ha llegado a cuestionarse, contra un criterio historiográfico masivamente contrario, ‘la realidad histórica de España’, como diría don Américo Castro. ¡Para qué recordar a Idacio, a Orosio, a Juan de Biclaro, al santo Agobardo, a tantos como, en plena penumbra medieval, ven ya con claridad esa entidad que cuatro chuflas pretenden negar hoy desde la osadía más ignara! Escuchemos a Isidoro de Sevilla hablar de España y situarla con precisión en el mapa “inter Africam et Galliam”, sigamos con paciencia las Crónicas, leamos los diplomas, para ver como esa línea que afirma --¡desde el siglo VIII!—la lógica de la unidad española fundada “en un mismo destino de invasión” se mantiene a través de los siglos. Un gran medievalista reputaba “extraordinaria” la visión unitaria de la realidad española que tenían por ahí fuera a pesar de las diferencias internas que dominaban aquella era fundacional, cosa que Entwistle expresó agudamente diciendo que, más allá de la “historiografía regional”, siempre estuvo patente “una entidad más amplia, España”. ¿”Las Españas”? Bueno, hace tiempo que sabemos que ese inquietante corónimo no es sino una licencia retórica de procedencia clerical, eclesiástica. Escuchen a Orosio definir a España como un triángulo entre el faro de Brigantia, en Galicia, la Narbona transpirenaica y el golfo de Cádiz. O a la Primera Crónica General de España decir que España se divide “en Galicia et en Asturias et en Portugal et en el Andaluzia et en Aragón et en Catalonia… et en las otras partidas de Espanna”. ¿Puede dudarse, seriamente, de esa “unidad moral de España” de que ha hablado algún historiador y no precisamente Menéndez Pidal? Pues por si alguien duda aún, escuchemos a don Diego de Valera en su Crónica incluir en España a “la Francia gótica que es Languedoc, Narbona, Tolosa, Castilla, León, Aragón, Navarra, Granada, Portugal”, o a Joan Margarit, el obispo historiador, establecer las lindes claras de España. ¿Tendremos que soportar aún por mucho tiempo y en silencio esta metahistoria imaginaria que pretende hacer de la Corona de Aragón un argumento imposible contra esa España histórica? No sé porque soy lego, pero en mi ignorancia tengo para mí que lo que estamos viviendo en esta postmodernidad que quiere quitar la Historia de los planes de estudio, es ni más ni menos que “regresar” al pluralismo particularista que –como explicó Ruggiero entre otros— logró superar la Edad Media. ¿Será esta otra “edad oscura”, como pretenden Eco y sus amigos? Pues ya veremos, pero el flash que el otro día alumbró la foto de “las dos Españas” que no debemos consentir que naveguen por separado, permite confiar en lo contrario. Nosotros hemos querido ofrecer a nuestros responsables políticos que expliquen en esta tribuna libre –sin menoscabo de sus diferencias legítimas, por supuesto—ese capítulo de la Historia que es el presente y ese otro, tan huidizo pero crucial, que es el futuro. Desde la Derecha, desde la Izquierda. Hay realidades que están por encima de estas legítimas opciones y la primera de ellas es nuestra propia y clara identidad.
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Cada
día se ve más claro que el ‘Estado del Bienestar’ no sabe qué hacer con el
servicio sanitario. El poder tiene sus trucos para aliviar esas situaciones,
claro, como demorar de manera indefinida la atención quirúrgica, dejar
sigilosamente sin asistencia nocturna a cientos de miles de ciudadanos
concentrados en el litoral o, como hace poco era denunciado por los sindicatos,
aliviar las famosas “listas de espera” a base de citar a los pacientes a
consultas asistidas por médicos generalistas, es decir, no por el especialista
que aguardaban: un fraude como una casa. Lo que de verdad le gustaría a ese
Poder es liquidar un compromiso tan caro, a ser posible privatizando la
asistencia hasta ahora pública, en concordancia con el modelo ultraliberal que
está tan de moda, y supongo que el hecho de que en Francia el Gobierno haya
renunciado, de momento, a meter las tijeras en el sistema no va a detener un
proceso que embelesa lo mismo a los gobernantes conservadores que a sus rivales
socialdemócratas. No hay
más que ver el recorte perpetrado en pleno verano en Alemania, donde aparte de
eliminarse viejas ayudas como las que primaban los partos, se ha decidido
eliminar el tradicional gasto de los desplazamiento de impedidos en taxi y
dejar de pagar las lentillas salvo casos excepcionales, y algo más adelante,
exigir el pago de un seguro complementario para tener derecho a prótesis
dentarias. Con esa estrategia de ahorro piensa el Estado recaudar unos 14.000
millones de euros (bastante más de dos billones de las antiguas pesetas), para
lo cual se ha recurrido también a un remedio sencillo: imponer al usuario un
canon que variará entre 10 euros trimestrales por consultas generales, 10 por
cada visita directa al especialista, otros 10 euros diarios por día de
hospitalización y un 10 por ciento del precio de los medicamentos consumidos.
Los socialdemócratas ya han puesto el grito en su cielo, pero no hay razón para
pensar que ellos no han de mantener los duros recortes el día en que de nuevo
alcancen el poder. La
novedad está en la multa que, en nombre de la equidad, se le impone a los
fumadores, condenados en adelante a pagar más caro su vicio hasta compensar al
Estado, según las previsiones oficiales, con unos 12.000 millones de euros.
Evidentemente, ninguna de esas medidas va a conseguir detener el crecimiento
exponencial del gasto médico, pero por intentarlo no ha de quedar. Ya verán qué
poco tardan en Francia en volver sobre el tema, si es que antes no nos
levantamos aquí cualquier día con esa providencia planeando sobre nosotros.
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En una
ocasión, cuando aún era presidente andaluz, Borbolla aseguró a los periodistas
que los arquitectos eran un peligro. No diría yo tanto, pero es verdad que
opiniones drásticas como ésa rozan, si es que no coinciden enteramente, con
otras generalizadas que el hombre de la calle va ideando cuando ve lo que ve
por nuestras calles y plazas. Cuando Moneo hizo el primer edificio en Sevilla,
a orillas del Guadalquivir, recuerdo que me sugirió, mientras contemplábamos el
panorama desde el mirador más alto de Triana, que antes de juzgarlo, dejara
pasar el tiempo, que le diera ocasión a la vista y a la memoria de hacerse con
la novedad y reconciliarse con la agresión que siempre supone la obra nueva.
Luego construyó el aeropuerto de la EXPO o la seo de Los Ángeles dando lugar a
esa broma terciada de equívoco que dice que ese maestro construye aeropuertos
como mezquitas y catedrales como aeropuertos. En fin, no creo yo que la
polémica levantada por el edificio que rompe con violencia el ambiente de la
gran plaza abulense, condenado cuando ya la cosa tiene poco remedio por la
UNESCO, vaya a conseguir gran cosa aparte de animar la decaída actualidad del
verano en las redacciones de los medios. Francisco José se cargó la recoleta
plazuela del Hofburg dejando levantar un edificio agresivo, aunque no tanto
como ése de vidrio escandaloso con el que un genio contemporáneo hizo estallar
la armonía de la plaza de la catedral vienesa. La arquitectura avanza a saltos
–imaginen lo que el gótico debió suponer para la mirada románica—, pero hay un
elemento nuevo en este proceso y es la especulación que robustece las
promociones en la misma medida que debilita la capacidad de intervención del
poder. Miren cómo el ministerio de Cultura no dice una palabra sobre el
atentado de Ávila a pesar de contar con el respaldo internacional. Y consideren
la presión que ejerce el criterio de modernidad en permanente conflicto con las
actitudes tradicionalistas. El Guggenheim de Bilbao o el Pompidou de Paris
llevan ventaja en esta contienda entre ‘antiguos’ y ‘modernos’, sobre eso no
hay dudas, pero sería estupendo que el poder hiciera de árbitro discreto en
defensa de un patrimonio cuyo daño podría ser irreparable si se decide ofrendar
sin límites en el altar de las novedades. A lo mejor no es verdad, pero se dice
de Pedro el Grande que llegó a echar para atrás hasta siete proyectos palaciegos
antes de autorizar la erección de uno junto a los canales de San Petersburgo.
No estaría de más que nuestros ministros y alcaldes, sin llegar a tanto,
rechazaran alguno que otro de vez en cuando. El gran Marcel Duchamp decía que
el peor enemigo del arte es el ‘buen gusto’. Pues depende de lo que entendamos
por uno y por otro. Y, por supuesto, de qué haya de cierto en la vieja profecía
de que el arte acabaría ejerciendo en estas sociedades su papel de sumiso
servidor de la publicidad.
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Cuentan
que hubo un año en el siglo antepasado, el de gracia de 1816, que no tuvo
prácticamente verano. Bajo un cielo encapotado o lluvioso, medio mundo, desde
Europa a USA, hubo de soportar las bajas temperaturas, las precipitaciones
impropias y hasta algunas nevadas fuera de estación. A Maria Shelley le pilló
aquel estío en Suiza, en compañía de su marido y de lord Byron que había
montado a orillas del lago Ginebra una especie parnasillo con pretensiones de
academia, y parece que fue aquel clima desolado el que contribuyó a inspirar a
la Shelley su “Frankenstein”. La causa de tal rareza –que hoy se achaca al vulcanismo--
nunca se supo entonces, pues mientras unos, como hoy, la achacaban a la evolución
solar y hasta a la proliferación de pararrayos, otros, como el rey Luis XVIII,
ordenaba a sus párrocos, tal como hoy hace el papa, elevar rogativas pidiendo
la intercesión divina. Bueno, éste del 2003 no será, sin duda, “el año sin
verano”, como apodaron a aquel, sino eventualmente, el año en que se descubrió
que la amenaza de un fracaso global de la atmósfera no era sólo un ‘chisme
ecologista’ (así lo calificó algún dirigente mundial alguna vez) sino algo real
y, ciertamente, con grave sugestión apocalíptica. Imaginen, por ejemplo, qué
energía habrá sido necesaria para elevar cinco grados la ingente masa de agua
del Mediterráneo o, más prosaicamente, cual será, una vez cerradas las cuentas,
el coste económico de tan severo estiaje. O quizá mejor, no imaginen nada, pero
convengan conmigo en que, cuando llegue Septiembre, este mundo feliz y
orwelliano habrá de replantearse, junto al problema que supone la quiebra clamorosa
de la meteorología, qué está pasando no sólo de tejas debajo de los
Ayuntamientos, Juntas o Gobiernos, sino de tejas arriba del caserío nacional y
europeo en general. No
sería ni siquiera mínimamente discreto olvidar estos rigores cuando, tras el
esplendor septembrino de los membrillos, lleguen los aires frescos nuncios de
la vida que continúa su larga marcha. Pero tampoco lo sería correr un velo
sobre la escena de ese mísero teatro de la venalidad y la ambición en que se
desenvuelve la tragicomedia de nuestra vida pública. Apenas hay partido ya que
se libre de responsabilidad en estas corrupciones como no hay argumentos
lógicos para seguir tapándonos los oídos ante el clamor que anuncia una
catástrofe planetaria si no se modera la máquina del industrialismo salvaje y
rebelde. En Septiembre, sin más demora, habrá que plantear ambas evidencias,
tocando a rebato a ser posible. De no hacerlo quizá la ruina democrática
importaría menos que la que amenaza a la vida misma de la especie a la que este
verano ha ilustrado con una metáfora colosal.
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La fama
del personaje público no siempre es personal y menos aún meritoria. Es más,
estamos viviendo unos tiempos en los que la actualidad entroniza constantemente
a famosos vicarios, contrafiguras de personajes lanzados a la fama, a su vez,
por motivos minúsculos, que viven durante un tiempo de esa popularidad
sobrevenida aunque luego desaparezcan. En España es hoy cosa corriente que
acaparen la tele las novias del padre de Jesulín, la exmujer de un primo de la
hija natural de Pajares o la presunta secretaria de Carmina Ordóñez testigo de
las sevicias que sufrió esta otra y desdichada famosa, vicaria también por ser
hija de un maestro del toreo y exmujer de otro. Hay otro
tipo de famas parásitas, sin embargo, que se ven como más naturales y
justificadas sin otra razón que el hecho de pertenecer los famosillos a ámbitos
en apariencia menos folclóricos de la
vida pública, pero que en realidad, deben igualmente su origen y desarrollo a la
luz (o a la sombra) proyectada sobre ellos por algún personaje con brillo
propio. En Marbella, sin ir más lejos, hemos visto florecer en el fétido jardín
municipal de Jesús Gil, a personas que han logrado considerable notoriedad en
su papel de antagonistas del inhabilitado, no sin tener que soportar durante
años la injuria constante del iluminador aparte de su público y olímpico
desprecio. Gente como Isabel García Marcos (PSOE) o el exgilista Carlos
Fernández (PA), pongo por caso, no tienen más “backcround” que la crónica de
sus trifulcas con Gil a quien han puesto en la picota o llevado a los
tribunales como pregonado criminal durante muchos años antes de pactar por
sorpresa con él y hasta prestarse a reírle sus gracias chabacanas en algún programa
de los llamados del corazón. Nuestra actualidad se ilustra con planetas sin luz
propia (como la propia política, por otra parte), se ilumina con la estela
escandalosa de fugaces asteroides sin otro rumbo que el que le impone la
atracción de turno, a los que extrae de las ignotas profundidades del anonimato
para devolverlos en su día, con idéntica indiferencia, a las tinieblas
exteriores. Existe en nuestra vida pública, qué duda cabe, una grave disfunción
que fabrica famas y logra confundirlas con prestigios, para acabar,
generalmente, haciéndolas implosionar, dóciles a la irresistible gravitación de
su íntima Nada. Hoy veo, un suponer, a la García Marcos y ni siquiera me da
pena por ella ni por el partido al que ha dejado en tan incómoda evidencia, sino
por cuanto su imagen significa en la irremediable banalización de nuestra vida
colectiva.
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Vaya
como intermedio lúdico entre la exposición de las calles onubenses que
recuerdan, aunque en plena desmemoria, a los revolucionarios del siglo XIX, de
que me ocupé en la entrega anterior, un caso anecdótico que ilustra muy bien, a
mi modo de ver, la fuerza del uso popular y su capacidad de confusión sobre la
memoria y, en particular, sobre la toponimia. Me refiero al de la calle Ginés
Martín, antiquísima vía al pie de la ancestral acrópolis que siempre fue el
cabezo de San Pedro, cuya antigüedad remonta, probablemente hasta el siglo XV
aunque su primera mención, como anotó Díaz Hierro, aparece en una escritura de
venta fechada en 1585 ante el escribano Juan de Segura y por la que se vendían
unas “casas moradas” en la calle de “Jinés Martín” (sic). Quien
fuera el titular de ese letrero es cosa prácticamente indescifrable, a pesar de
las piruetas que hace don Diego alrededor de un sastre llamado Xinés Martín o,
menos inverosímilmente, en torno a un Ginés Martín, hermano de un indiano de
fortuna, Lázaro, que fue encomendero en el Perú y dispuso la creación de un
patronazgo y capellanía, y que sufragaría los gastos para erigir la capilla que
hoy es de N.S. de Pasión en la vieja arciprestal de San Pedro. Sin embargo, mi
amiga Cinta López, posee, como resto superviviente del tesorillo admirable que
tenía su abuelo don Enrique Pérez Núñez, la losa-rótulo de la calle en cuestión
que reza con claridad, en bellos trazos de mayúsculas negras sobre loza blanca,
“Calle de Ynés Martín”. Y en efecto,
hubo una etapa en la que el uso popular deformó la denominación genuina en esta
otra, como recogiera también Díaz Hierro en su tratado sobre nuestro callejero,
aunque él cree que el error no se produce hasta avanzada la segunda mitad del
XIX --pues no encuentra rastro documental hasta dar con otra escritura de venta
de una casa que reza “situada en la calle de Inés Martín de esta población”--
mientras que yo, por el aspecto de la loseta que conserva mi amiga Cinta,
sospecho que es anterior. Absurda es, de necesidad, la hipótesis de la “Guía de
Hueva” de 1901 que propone que a quien honra la calle es a un Gil Martín,
alcalde de la ciudad en el periodo señorial, allá pasada la mitad del siglo XV.
De manera que no hay otra alternativa que admitir con evidente que la calle se
llamó siempre Ginés Martín y que fue el habla cotidiana la responsable de la
mutación. El error, a pesar de todo, fue tan arraigado que, en algún momento,
el Ayuntamiento picó el anzuelo del habla corrupta y colocó bajo el rótulo otro
que rezaba “Antigua Calle de Inés Martín”. No es ése, en todo caso, el que
posee mi amiga Cinta, que consigna exactamente lo que antes dije. Un caso
notable –por comenzar por esa zona onfálica, desde la perspectiva histórica, que son los aledaños de San Pedro—es el de la
calle dedicada por los onubenses a un lepero insigne, don Álvaro Alonso Barba,
a quien el callejero despacha con un expeditivo “Alonso Barba”, probablemente confundiendo
con un nombre lo que fue un apellido. Don Álvaro fue un personaje
singularísimo, ordenado sacerdote, que nació en Lepe en 1561 (o 69) y murió no
se sabe con certeza cuándo pero, al parecer, en 1653, es decir, en todo caso, a
una edad avanzada para la época. Don Alonso fue un auténtico cura de almas, con
independencia de su curiosidad científica y como tal ejerció de misionero en el
Perú, llevando primero la parroquia de Tihuanaco y san Cristóbal y, luego, la
de san Bernardo, ya en Potosí, por entonces en plena efervescencia minera. Todo
indica que fue un curioso lector, aficionado a la alquimia (la química de la
época, por supuesto) así como un naturalista familiarizado igual con la
“Materia Médica” de Dioscórides –que por entonces comentó y reeditó el doctor
Laguna, el sabio médico segoviano, picado de humanista (hasta se le atribuyó
alguna vez el precioso “Viaje a Turquía”) del Emperador don Carlos—que la
“Historia Natural” de Plinio, o las obras “modernas” del jesuita portugués
padre Acosta (con quien tal vez coincidió en Perú) , o los conocidos tratados
de Biringuccio, Agrícola y otros. De su
aguda observación de la vida extrajo, no obstante, el cura de Lepe su enorme
experiencia mineralógica, hasta el punto de que don Julio Cejador, el minucioso
historiador de la literatura, lo considera, en su obra monumental, “el más
insigne de nuestros antiguos mineralogistas”, sin ninguna duda, me parece a mí,
tras las huellas de Menéndez Pelayo que consideraba su obra como la más
importante en ese ramo de la historia española. Esa obra clave se editó en 1640
con el título de “Arte de los metales en que se enseña el verdadero beneficio
de los de oro, plata y azogue…”, y sería reeditada, ya en tiempos “ilustrados”,
en 1729 y en 1770, aparte de las varias reediciones recientes, hasta un total
de más de treinta ediciones, incluyendo las francesas, inglesas, alemanas,
holandesas e italianas. Su principal estudioso, Rodríguez Carracido, lo tenía,
junto al citado padre Acosta y al padre Bernabé Cobo, como una de las tres
grandes figuras de la historia de la ciencia española, lo cual, leído con
atención el vigoroso alegato de Menéndez Pelayo, no parece excesivo juicio,
sino bien ponderado. Su hallazgo importante fue el descubrimiento del método
llamado “del cazo y cocimiento”, que fue empleado, de hecho, en Perú por los
mineros durante muchos años, al menos hasta 1790, cuando aparecieron otros más
sofisticados, como el que se atribuye al barón de Bom. Gran consideración
siguen dispensándole a don Álvaro actualmente historiadores como López Piñero o
J.E. Muñoz, aunque resulte obligado remitir, a quien quiera conocer a don
Alonso, a la “Bibliografía Mineralógica” de Maffei y Rua Figueroa. Don Álvaro Alonso Barba,
pues, sin amputaciones. ¿Tanto le costaría a nuestros munícipes rotular
correctamente la calle de este onubense, lepero, insigne? En la
Huelva llana, Berdigón adelante, puede leerse en un rótulo el nombre “Obispo
Díaz Bernal”. Se refiere al insigne obispo de Calahorra-La Calzada, don Juan
Bernal Díaz de Luco (o Lugo), talento notabilísimo nacido en Huelva, aunque
otra dijera él mismo (y no sería el único onubense incurso ene se pecado) y
algunos contemporáneos suyos, que lo hacían natural de Sevilla. Pero si es
indemostrable que naciera en Huelva por no comenzar los archivos de San Pedro
hasta 1537, yo mismo he argumentado –en mi ensayo sobre el personaje que editó
la Universidad onubense-- que
seguramente fueron las vidriosas circunstancias de su naturaleza (fue “de
subdiacono et soluta genito”, es decir, hijo de subdiácono y mujer soltera y,
en consecuencia, hijo sacrílego) las que impiden resolver el enigma. En su
dilatada carrera fue don Bernal –que es como le llamaban sus contemporáneos,
incluyendo a sus muy amigos Ignacio de Loyola o Francisco de Borja, con quienes
mantuvo intensa e interesante correspondencia—provisor de varios mitrados,
hasta que halló en Toledo, junto al gran cardenal Tavera, aquel eminente
príncipe del Renacimiento, un protector seguro que lo lanzó al epicospado y lo
hizo Oidor del Consejo de Indias. En mi trabajo detallo su labor trascendental
en el Concilio de Trento, al que asistió como miembro del “bando del
Emperador”, pero aquí no hay lugar para esos detalles, como no lo hay para
consignar su vasta tarea pastoral y doctrinaria, amén de la crónica de sus
tristes frustaciones, primero en la propia Roma, luego en su diócesis rebelde,
donde los canónigos adueñados del cabildo le amargaron, a fuerza de dineros
prodigados en el entorno pontificio, la última etapa de su vida. ¿Tanto cuesta
reponer el auténtico nombre en una calle? ¿Acaso sobran los obispos --¡y de
semejante talla!-- en la historia onubense? La memoria del gran obispo onubense
–uno de los españoles más influyentes de su época por su cercanía al Trono, por
su relación estrecha con la Compañía, por su extensa fama clerical—deberían
bastar para que en su tierra se honrara como es debido y no de cualquier manera
a un hijo ilustre que tengo razones para pensar que debió nacer en La Placeta
en tiempos de Carlos V. De Huelva, en este sentido, no se puede decir lo que el
clásico decía del embrión de nuestra patria, aquello de “Castilla, que hace a
sus hombres y los gasta”. En Huelva, por desgracia desde luego reparable, hoy
habría que decir que ni siquiera los estrena.
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Hace bastantes años, más
de los que él y yo querríamos, el gran letrado onubense Juan José Domínguez,
que hacía poco que se había independizado del bufete de Antonio Segovia,
me contó una historia deslumbradora. Se trataba del incidente vivido
durante la Guerra Mundial por el cónsul alemán en Huelva, Luis Klaus, a
quien su Embajada, avisada a su vez por los servicios secretos de Berlín,
le ordenaba avisar a la autoridad española de una circunstancia del
callejero onubense que los nazis habían
descubierto precisamente en el remite de los sobres del consulado:
la calle donde vivía el representante de la Alemania de Hitler lucía el
nombre de un reconocido revolucionario del siglo XIX que debía habérsele
escapado a la diligencia represiva de los rebeldes franquistas y ese
nombre era nada menos que el de Roque Barcia. Klaus vivía en una casa
singular, aún existente, rodeada de amplio jardín allá por los altos
del Matadero, al final, más o menos por el Pozo Dulce, es decir, en la
misma calle Roque Barcia actual antes de que la explosión urbanística la
transformara y, seguramente, nunca habría recelado de esa sombra
amenazante que un nombre olvidado podía significar para el celo
inquisitorial de los burócratas bien organizados de Berlín. Lo que no he
llegado a saber es cómo acabó la historia, pero no me digan que no es
elocuente. ¿Por qué habría en
Huelva una calle dedicada a un revolucionario sevillano que había muerto
casi tres cuartos de siglos antes, en 1885? Ésa es una pregunta que tral
vez no pudiera cohonestarse de ser planteada sola, pero que en relación
con otros rótulos que vamos a ver, sugieren que en Huelva se vivió políticamente
con intensidad --aunque ciertamente haya quedado de ello poco rastro en
las historias generales—el periodo convulso pero decisivo para la
modernización española que constituye el Sexenio y la I República, es
decir, el que va de 1868 a 1973, aunque, por supuesto, incluyendo los años
precedente4s y los que vinieron detrás. Barcia fue, en realidad, un
republicano que había crecido a la sombra de don Emilio Castelar en su
periódico “La Democracia”, para acabar fundando en Cádiz, en 1864,
uno propio y bien combativo llamado “El Demócrata Andaluz” que
compitió en aquel clima prerrevolucionario que, desde la etapa en que
sirvió de sede a las Cortes Españolas y vivió la laboriosa gestación
de “la Pepa”, nuestra primera Constitución, hizo de la vieja ciudad
andaluza “el faro de las libertades de Europa”. Pero la aventura
gaditana de Barcia duraría apenas dos años, porque pronto lo encontramos
en Isla Cristina –su casa se conserva todavía en La Redondela—desde
donde, tras los graves acontecimientos del golpe de Estado del 66, optaría
por exilarse en Portugal donde, tras un periodo de detención, presidiría
la Junta de Exilados Españoles. Pero Barcia no estaba solo
ni ocioso en Lisboa ni lo había estado en Andalucía o Madrid, como lo
prueba su activa participación en los preparativos de la “Gloriosa”.
Al contrario, como el callejero de Huelva prueba indiciariamente, y bien
sabemos por los estudios modernos (Elorza, Álvarez Junco, C. Iglesias y
otros) o por los clásicos (“El proletariado militante” de Anselmo
Lorenzo, la “Historia de las Clases Trabajadoras” de Fernando Garrido,
también entre otros), la “Idea” revolucionaria germina en España,
además de Barcelona, en Andalucía y, particularmente, en la zona
gaditana, donde desde el ilusionismo fourierista de un Joaquín Abreu
hasta los tristes sucesos de la Mano Negra que refirió como cronista el
propio “Clarín”, pasando por la inquietante aventura
internacionalista y figuras señeras como la de Fermín Salvochea,
cupieron en aquellos años todas las novedades que proliferaban por la
culta Europa. El prestigio revolucionario de Andalucía fue tal que
nuestro Barcia fue halagado nada menos que con dieciséis ofertas de
candidatura para las elecciones a Cortes, entre las que figuraban la de
Lisboa pero también, significativamente, la de Huelva. Barcia, en suma,
era un personaje de época, uno de aquellos revolucionarios de leyenda (el
propio Salvochea que todavía durante la II República dará nombre al
pueblo onubense de El Campillo, el oscuro conspirador burgués Paúl y
Angulo, el Doctor Cala o Rafael Guillén de quienes ahora hablaremos también
en relación con Huelva, los mentados Abreu y Garrido, Bohórquez, el médico
malagueño García Viñas, “el alma de la Internacional” y tantos más)
que confieren a la época ese nimbo sutil de misterio ya claramente
diferenciado del “conspirador romántico” para mostrar su perfil de
“agitador burgués”, por seguir la propuesta del maestro José María
Jover. Por eso tras su actuación
en el movimiento que acaba echando de España a los Borbones, Barcia
reaparece en Madrid, en plena Junta Central Revolucionaria, junto a
Cristino Martos, y brujulea activamente en el entorno de Pí y Margall en
busca de una embajada que jamás conseguirá, siendo, en cambio,
encarcelado en la famosa prisión madrileña de El Saladero, tras ser
implicado –con seguridad sin fundamento—en el magnicidio que acabó
con la vida del general Prim, acusación que provocará una ardua y
altisonante campaña escrita por parte de Barcia que se defendió con la
natural indignación. Sin embargo, quizá la página más fuerte de la
vida de quien da nombre a nuestra vieja calle, sería su actuación en el
movimiento cantonalista, cuyos hilos contribuyó a mover de modo decisivo,
llegando a ejercer de Jefe del Cantón de Cartagena (vea el lector la
novela de Sender “Mr. Witt en el Cantón”), aventura tras la que le
esperaba un nuevo exilio en Francia. Barcia fue, aparte de su
actividad política, un consumado etimólogo, autor del primer y utilísimo
(aunque no exento de alguna excentricidad) “Diccionario General Etimológico
de la Lengua Española”, así como de un pionero “Diccionario de Sinónimos”
casi tan divulgado como su “Catón Político” al que puso rimbombante
prólogo, en 1864, la musa difusa de don Emilio Castelar. Contaba la
leyenda de Barcia que había recibido en su vida sesenta excomuniones, hipérbole
que parece valleinclaniana, en verdad, pero que sin duda pertenece al
mendaz acervo del anticlericalismo de la época. Barcia tuvo también su
calle en Sevilla, la actual Lirios, y su decorosa estatua en Isla Cristina
conde, por cierto, fue robada el año pasado. Es curioso (o tal vez no,
dada la ideología del autor) que don Diego Díaz Hierro no mencione
nuestra calle en su obra “Las calles de Huelva”, aunque sí habla por
extenso de la calle Cala y de la de Rafael Guillén. De la primera,
demuestra sin lugar a dudas que el nombre primitivo era “Calleja del Tío
Cala”, que caía por “la Vega Larga, inmediata a la Cruz de la calle
La Palma”, y de la que hay vieja y repetida constancia en los protocolos
notariales. Más alambicada, incluso funambulista, es su sugerencia de que
el nombre se deba a un hijo del “Tío Cala” llamado Ramón, pues él
mismo se da cuenta de que el primer documento que da fe de su existencia
lleva una fecha tan inequívoca como es la de 1871 y repara en que no debe
ser casualidad que esté situada junto a la consagrada a la memoria de
otro revolucionario, Rafael Guillén, del que luego nos hemos de ocupar.
Lo que parece obvio es que Huelva no se mantuvo ajena ni mucho menos a los
movimientos e inquietudes de la agitada época, y que fue voluntad de su
Ayuntamiento, como veremos, homenajear a los revolucionarios gaditanos. Pero ¿quién era Cala? El
doctor Cala, don Ramón de Cala y Barea, jerezano de 1854 que moriría en
1903, fue presidente de la Junta Revolucionaria de su ciudad natal y también
hubo de emigrar, como Barcia, en 1866 tras la dura represión
desencadenada por el golpe militar, en su caso a Francia. Y como Barcia
participó febrilmente en la Septembrina, tras cuyo triunfo obtuvo acta de
diputado en las decisivas Cortes del 69, sin embargo de lo cual aparece
como relacionado con la insurrección federal en Andalucía –la pulsión
federalista será el nervio de la izquierda andaluza occidental hasta la
II República—y algo mucho más divertido: obtener plaza en la Cámara
Alta ¡como senador carlista!, algo que sé bien que puede explicarse a
medias pero que no deja de resultar pintoresco. Cala fue incluso redactor,
junto con Díaz Quintero y algún otro
quizá, de un proyecto de Constitución Federal y alcanzó la
Vicepresidencia de las Cortes Republicanas, para retirarse de la política,
más que desengañado, tras la caída del régimen y el triunfo de la
Restauración. Elorza lo destaca, junto a Joaquín Abreu, como símbolo de
ese fourierismo de tan hondo arraigo andaluz, refiriéndose elogiosamente
a su interesante estudio/encuesta “El problema de la miseria resuelto
por la harmonía (sic) de los intereses humanos”, documento tan
estremecedor sobre la situación de la campiña jerezana como el que en su
día escribirá “Clarín”, como corresponsal de “El Día” en el
juicio sobre al Mano Negra. En fin, don Ramón fue acusado también de
participar en el asesinato de Prim, acusación a todas luces absurda, de
la en el Diario de Sesiones debe conservar su ardiente autodefensa. La calle Cala, pues, con independencia de que se llamara antes “Calleja del Tío Cala”, debió entrar en el mismo lote de homenajes revolucionarios que el Ayuntamiento de Huelva hizo a los republicanos fourieristas de Cádiz, como no escapó al propio don Diego, al comentar el caso de la calle Rafael Guillén, así denominada en abril de 1870 tras una curiosa discusión consistorial en la que a la candidatura del revolucionario, propuesta “por un grupo de vecinos” en consideración a los méritos “que todos sabemos -- decían—en todas épocas hizo Guillén a favor de la libertad”, se oponía nada menos que la de Miguel de Cervantes, circunstancia que delata de lejos una maniobra obstruccionista por parte del bando conservador. Huelva vivía de lejos pero bien cerca las pasiones nacionales, esas “esencias liberales y republicanas” de las que con indisimulado desdén habla don Diego, situándolas muy justamente, tal como hacía yo más arriba, entre el año 68 y el 74. Aunque fuera junto al lupanario, Huelva honraba a los héroes de una leyenda todavía fuertemente romántica, dejando claro que –aunque aún no aparezca mención de ello en la historiografía—la ciudad vivió atentamente y con pasión indisimulada la efervescencia política de una época en la que, en realidad, o que se estaba cuestionando era el papel retrasado y marginal de España en Europa.
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| Artículos anteriores 2001-2002 | Una
mediodía, en aquellos tiempos de “vespa” y “lambretta”, Manolo Marín me habló de un
proyecto que le bullía en la cabeza desde que, unos años antes, los estudiantes
de Madrid hubiéramos fracasado en el de constituir una especie de círculo
cultural con el epónimo de Facanías por bandera. Hace de eso treinta años (algo
más, hay que suponer) y recuerdo que Manolo sólo tenía clara una idea: la de
que un pueblo necesita una voz y que esa voz no puede alzarse sólo en vísperas
de Feria, como era lo propio entonces, para que la legión de poetas locales
diera rienda suelta a su Musa y algunos razonantes aprovecharan para exponernos
sus reflexiones. Esa generación intermedia de Manolo, que tan escépticamente
había tratado de colarse por la falsa apertura del “tercio familiar” en los
últimos Ayuntamientos franquistas, pretendía abrir un espacio cívico tan
alejado del régimen como de las utopías más nuevas, para ellos enteramente
ajenas, y fue por eso por lo que buscaron asilo en el Casino Católico,
institución que, dentro de un orden, bien podía proteger un proyecto equidistante
de ambos extremos.
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| Artículos anteriores 2001-2002 | Uno de
los grandes montajes propagandísticos de la dictadura franquista fue la vuelta
en la primavera del 54 de los combatientes españoles que aún quedaban en la
URSS como últimos testigos de la Guerra Mundial. Se trataba, obviamente, de
integrantes de la División Azul o División 250 del ejército nazi que luchó en
el frente ruso –entre las afueras de Leningrado y el lago Ilmen, a orillas del
Volchov—en uno de los más colosales disparates militares registrados en nuestra
historia, como reconocen hoy los historiadores y expertos castrenses. El
fracaso de aquella unidad, heroificada aquí hasta la saciedad, fue liquidado
por Franco en 1944 al ordenar su repatriación, pero hubo un grupo de 2.300
combatientes que constituyeron la llamada “Legión Azul” y al mando del coronel
García Navarro permanecieron en territorio soviético, antes de acabar
disolviéndose en grupúsculos erráticos alguno de los cuales acabaría, según una
leyenda que tiene muchos visos de ser cierta, defendiendo la mismísima
Cancillería del Reich enrolados en las asesinas SS.
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| Artículos anteriores 2001-2002 | Es
admirable la precisión con que los viajeros clásicos describen a Onuba
Estuaria, poblamiento que hallan a levante, al fondo de una anchurosa ría, extendido
al pie de una media luna de cabezos o eminencias de arcillas y gravas obra
precisamente de la acumulación provocada por la acción marina o fluvial. No
hace tanto tiempo esa media luna –con el islote del cabeza de San Pedro o del
Castillo, y las estribaciones en que, desde La Joya y el Conquero, termina la
larga sierpecilla que ha sido siempre la espalda de la ciudad—era aún más
visible que ahora y, en algunos casos, permitía ver la forma específica del
trogloditismo onubense, tan peculiar, que excavaba habitaciones en el barro
tras la medianera de fondo de la casa para prolongarla no poco temerariamente,
como era el caso del Chorrito Chico, el ámbito poético de Villa Rosa, confuso y
travieso, pintoresco y lamentable también, como supo Cernuda por experiencia
propia.
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| Artículos anteriores 2001-2002 | Un
cuarto de siglo de autonomía no nos habrá servido para eso que los
profesionales de la política llaman “ahondar en la identidad” pero sí para
acrisolar los tópicos que ya informaban nuestra actitud menos crítica (o más,
según se mire). Y entre ellos, la peregrina y panglossiana idea de que
Andalucía es lo mejor de los mundos, el país de las maravillas que se esconde
tras el espejo, el edén prometido donde la piedra mana leche y miel, las gentes
se divierten como en ningún otro lugar del planeta y la naturaleza prodiga a
sus afortunados hijos toda clase de beneficios. Un camarero amigo mío, que a
diario me ameniza el desayuno con sus teorías, sostiene que es tal la ventaja
de esta tierra bendita, que él no concibe siquiera la existencia fuera de ella,
perspectiva que, en definitiva, no difiere gran cosa –o quizá es que le debe
mucho—de la versión oficial que machaconamente repite hace años la propaganda
autonómica. Pero lo de mi camarero tiene su explicación, se comprende, en
cierto infundio del criterio, que por lo demás, es moneda corriente un poco por
todas partes. Más me sorprende escuchar a un sociólogo acreditado, al que de
antiguo profeso respeto por su trabajo, decir las cosas que le ha dicho aquí
mismo hace unos días a Javier Caraballo el director del Instituto de Estudios
Sociales de Andalucía, Manuel Pérez Yruela, y entre ellas ésa tan pintoresca de
que , dado que en cualquier situación de competencia, alguien tiene que ir el
último, tampoco es grave que Andalucía arrastre una y otra vez el farolillo
rojo dado que vamos en el tren de los mejores o, como dice él exactamente, en
“el club de los selectos”. |